PASTORES DABO VOBIS
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
JUAN PABLO II
SOBRE LA FORMACIÓN DE LOS SACERDOTES
EN LA SITUACIÓN ACTUAL
INTRODUCCIÓN
CAPITULO
I
TOMADO
DE ENTRE LOS HOMBRES: La formación sacerdotal ante los desafíos del
final del segundo milenio
El
Sacerdote en su Tiempo
El
Evangelio Hoy: Esperanzas y Obstáculos
Los
Jóvenes ante la Vocación y la Formación Sacerdotal
El
Discernimiento Evangélico
CAPITULO
II
ME
HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO: Naturaleza y misión del Sacerdocio
Ministerial
Mirada
sobre el Sacerdote
En
la Iglesia Misterio, Comunión y Misión
Relación
Fundamental con Cristo Cabeza y Pastor
Al
Servicio de la Iglesia y del Mundo
CAPITULO
III
EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTA SOBRE MI: La vida espiritual del
sacerdote
Una
Vocación Específica a la Santidad
La
Configuración con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y la Caridad
Pastoral
La
Vida Espiritual en el Ejercicio del Ministerio
Existencia
Sacerdotal y Radicalismo Evangélico
Pertenencia
y Dedicación a la Iglesia Particular
"Renueva
en sus Corazones el Espíritu de Santidad"
CAPITULO
IV
VENID
Y LO VERÉIS: La vocación sacerdotal en la pastoral de la Iglesia
Buscar,
Seguir, Permanecer
La
Iglesia y el Don de la Vocación
El
Diálogo Vocacional: Iniciativa de Dios y Respuesta del Hombre
Contenidos
y Medios de la Pastoral Vocacional
Todos
somos responsables de las vocaciones sacerdotales
CAPITULO
V
INSTITUYO
DOCE PARA QUE ESTUVIERAN CON EL: Formación a los candidatos al
sacerdocio
Vivir,
como los Apóstoles, en el seguimiento de Cristo
I.
DIMENSIONES DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La
formación humana, fundamento de toda la formación sacerdotal
La
formación espiritual: en comunión con Dios y a la búsqueda de
Cristo
Formación
intelectual: inteligencia de la fe
La
formación pastoral: comunicar la caridad de Jesucristo buen
Pastor
II.
AMBIENTES PROPIOS DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La
comunidad formativa del Seminario mayor
El
Seminario menor y otras formas de acompañamiento
vocacional
III.
PROTAGONISTAS DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La
Iglesia y el Obispo
La
comunidad educativa del Seminario
Los
profesores de teología
Comunidades
de origen, asociaciones, movimientos juveniles
El
mismo aspirante
CAPITULO
VI
TE
RECOMIENDO QUE REAVIVES EL CARISMA DE DIOS QUE ESTA EN TI: Formación
permanente de los sacerdotes
Razones
Teológicas de la Formación Permanente
Los
Diversos Aspectos de la Formación Permanente
Significado
Profundo de la Formación Permanente
En
Cualquier Edad y Situación
Los
Responsables de la Formación Permanente
Momentos,
Formas y Medios de la Formación Permanente
CONCLUSIÓN
INTRODUCCIÓN
1. "Os daré Pastores según mi corazón" (Jer. 3, 15).
Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no
dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen: "Pondré
al frente de ellas (o sea, de mis ovejas) Pastores que las apacienten, y
nunca más estarán medrosas ni asustadas" (Jer. 23, 4).
La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de
este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al
Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y
definitivo de la promesa de Dios: "Yo soy el buen Pastor" (Jn. 10, 11).
El, "el gran Pastor de las ovejas" (Heb. 13, 20), encomienda a los
apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios
(cf. Jn. 21, 15 ss.; 1 Pe. 5, 2).
Concretamente, sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella
obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia
y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de
Jesús "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes" (Mt. 28, 19) y
"Haced esto en conmemoración mía" (Lc. 22, 19; cf. 1 Cor. 11, 24), o
sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el
sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida
del mundo.
Sabemos por la fe que la promesa del Señor no puede fallar.
Precisamente esta promesa es la razón y fuerza que infunde alegría a la
Iglesia ante el florecimiento y aumento de las vocaciones sacerdotales,
que hoy se da en algunas partes del mundo; y representa también el
fundamento y estímulo para un acto de fe más grande y de esperanza más
viva, ante la grave escasez de sacerdotes que afecta a otras partes del
mundo.
Todos estamos llamados a compartir la confianza en el cumplimiento
ininterrumpido de la promesa de Dios, que los Padres sinodales han
querido testimoniar de un modo claro y decidido: "El Sínodo con plena
confianza en la promesa de Cristo, que ha dicho: < He aquí que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo> (Mt. 28,
20), y consciente de la acción constante del Espíritu Santo en la
Iglesia, cree firmemente que nunca faltarán del todo los ministros
sagrados en la Iglesia... Aunque en algunas regiones haya escasez de
clero, sin embargo la acción del Padre, que suscita las vocaciones,
nunca cesará en la Iglesia"[1].
Como he dicho en la clausura del Sínodo, ante la crisis de las
vocaciones sacerdotales, "la primera respuesta que la Iglesia da,
consiste en un acto de confianza total en el Espíritu Santo. Estamos
profundamente convencidos de que esta entrega confiada no será
defraudada, si, por nuestra parte, nos mantenemos fieles a la gracia
recibida"[2].
2. ¡Permanecer fieles a la gracia recibida! En efecto, el
don de Dios no anula la libertad del hombre, sino que la promueve, la
desarrolla y la exige.
Por esto, la confianza total en la incondicional fidelidad de Dios a
su promesa va unida en la Iglesia a la grave responsabilidad de cooperar
con la acción de Dios que llama y, a la vez, contribuir a crear y
mantener las condiciones en las cuales la buena semilla, sembrada por
Dios, pueda echar raíces y dar frutos abundantes. La Iglesia no puede
dejar jamás de rogar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies
(cf. Mt. 9, 38), ni de dirigir a las nuevas generaciones una nítida y
valiente propuesta vocacional, ayudándoles a discernir la verdad de la
llamada de Dios para que respondan a ella con generosidad; ni puede
dejar de dedicar un cuidado especial a la formación de los candidatos al
presbiterado.
En realidad, la formación de los futuros sacerdotes, tanto diocesanos
como religiosos, y la atención asidua, llevada a cabo durante toda la
vida, con miras a su santificación personal en el ministerio y mediante
la actualización constante de su dedicación pastoral lo considera la
Iglesia como una de las tareas de máxima importancia para el futuro de
la evangelización de la humanidad.
Esta tarea formativa de la Iglesia continúa en el tiempo la acción de
Cristo, que el evangelista Marcos indica con estas palabras: "Subió al
monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce,
para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de
expulsar los demonios" (Mc. 3, 13-15).
Se puede afirmar que la Iglesia -aunque con intensidad y modalidades
diversas- ha vivido continuamente en su historia esta página del
Evangelio, mediante la labor formativa dedicada a los candidatos al
presbiterado y a los sacerdotes mismos. Pero hoy la Iglesia se siente
llamada a revivir con un nuevo esfuerzo lo que el Maestro hizo con sus
apóstoles, ya que se siente apremiada por las profundas y rápidas
transformaciones de la sociedad y de las culturas de nuestro tiempo así
como por la multiplicidad y diversidad de contextos en los que anuncia y
da testimonio del Evangelio; también por el favorable aumento de las
vocaciones sacerdotales en diversas diócesis del mundo; por la urgencia
de una nueva verificación de los contenidos y métodos de la formación
sacerdotal; por la preocupación de los Obispos y de sus comunidades por
la persistente escasez de clero; por la absoluta necesidad de que la
nueva evangelización tenga en los sacerdotes sus primeros "nuevos
evangelizadores".
Precisamente en este contexto histórico y cultural se ha situado la
última Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, dedicada a
"La formación de los sacerdotes en la situación actual, con la
intención, después de veinticinco años de la clausura del Concilio, de
poner en práctica la doctrina conciliar sobre este tema y hacerla más
actual e incisiva en las circunstancias actuales"[3].
3. En línea con el Concilio Vaticano II acerca del Orden de los
presbíteros y su formación[4],
y deseando aplicar concretamente a las diversas situaciones esa rica y
probada doctrina, la Iglesia ha afrontado en muchas ocasiones los
problemas de la vida, ministerio y formación de los sacerdotes.
Las ocasiones más solemnes han sido los Sínodos de los Obispos. Ya en
la primera Asamblea general, celebrada en octubre de 1967, el Sínodo
dedicó cinco congregaciones generales al tema de la renovación de los
seminarios. Este trabajo dio un impulso decisivo a la elaboración del
documento de la Congregación para la Educación Católica titulado "Normas
fundamentales para la formación sacerdotal"[5].
La segunda Asamblea general ordinaria de 1971 dedicó la mitad de sus
trabajos al sacerdocio ministerial. Los frutos de este largo estudio
sinodal, recogidos y condensados en algunas "recomendaciones", sometidas
a mi predecesor el Papa Pablo VI y leídas en la apertura del Sínodo de
1974, se referían principalmente a la doctrina sobre el sacerdocio
ministerial y a algunos aspectos de la espiritualidad y del ministerio
sacerdotal.
También en otras muchas ocasiones el Magisterio de la Iglesia ha
seguido manifestando su solicitud por la vida y el ministerio de los
sacerdotes. Se puede decir que en los años posconciliares no ha habido
ninguna intervención magisterial que, en alguna medida, no se haya
referido, de modo explícito o implícito, al significado de la presencia
de los sacerdotes en la comunidad, a su misión y su necesidad en la
Iglesia y para la vida del mundo.
En estos últimos años y desde varias partes se ha insistido en la
necesidad de volver sobre el tema del sacerdocio, afrontándolo desde un
punto de vista relativamente nuevo y más adecuado a las presentes
circunstancias eclesiales y culturales. La atención ha sido puesta no
tanto en el problema de la identidad del sacerdote cuanto en problemas
relacionados con el itinerario formativo para el sacerdocio y con el
estilo de vida de los sacerdotes. En realidad, las nuevas generaciones
de los que son llamados al sacerdocio ministerial presentan
características bastante distintas respecto a las de sus inmediatos
predecesores y viven en un mundo que en muchos aspectos es nuevo y que
está en continua y rápida evolución. Todo esto debe ser tenido en cuenta
en la programación y realización de los planes de formación para el
sacerdocio ministerial.
Además, los sacerdotes que están ya en el ejercicio de su ministerio,
parece que hoy sufren una excesiva dispersión en las crecientes
actividades pastorales y, frente a la problemática de la sociedad y de
la cultura contemporánea, se sienten impulsados a replantearse su estilo
de vida y las prioridades de los trabajos pastorales, a la vez que
notan, cada vez más, la necesidad de una formación permanente.
Por ello, la atención y las reflexiones del Sínodo de los Obispos de
1990 se ha centrado en el aumento de las vocaciones para el
presbiterado; en la formación básica para que los candidatos conozcan y
sigan a Jesús, preparándose a celebrar y vivir el sacramento del Orden
que los configura con Cristo Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la
Iglesia; en el estudio específico de los programas de formación
permanente, capaces de sostener, de una manera real y eficaz, el
ministerio y vida espiritual de los sacerdotes.
El mismo Sínodo quería responder también a una petición hecha por el
Sínodo anterior que trató sobre la vocación y misión de los laicos en la
Iglesia y en el mundo. Los mismos laicos habían pedido la dedicación de
los sacerdotes a su formación, para ser ayudados oportunamente en el
cumplimiento de su común misión eclesial. Y en realidad, "cuanto más se
desarrolla el apostolado de los laicos, tanto más fuertemente se percibe
la necesidad de contar con sacerdotes bien formados, sacerdotes santos.
De esta manera, la vida misma del pueblo de Dios pone de manifiesto la
enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la relación entre sacerdocio
común y sacerdocio ministerial o jerárquico, pues en el misterio de la
Iglesia la jerarquía tiene un carácter ministerial (cf. Lumen
gentium, 10). Cuanto más se profundiza el sentido de la vocación
propia de los laicos, más se evidencia lo que es propio del
sacerdocio"[6].
4. En la experiencia eclesial típica del Sínodo, aquella "singular
experiencia de comunión episcopal en la universalidad, que refuerza el
sentido de la Iglesia universal, la responsabilidad de los Obispos en
relación con la Iglesia universal y su misión, en comunión afectiva y
efectiva en torno a Pedro"[7],
se ha dejado oír claramente la voz de las diversas Iglesias
particulares, y en este Sínodo, por vez primera, la de algunas
Iglesias del Este. Las Iglesias han proclamado su fe en el cumplimiento
de la promesa de Dios: "Os daré Pastores según mi corazón" (Jer. 3, 15),
y han renovado su compromiso pastoral por la atención a las vocaciones y
por la formación de los sacerdotes, con el convencimiento de que de ello
depende el futuro de la Iglesia, su desarrollo y su misión universal de
salvación.
Considerando ahora el rico patrimonio de las reflexiones,
orientaciones e indicaciones que han preparado y acompañado los trabajos
de los Padres sinodales, uno a la de ellos mi voz de Obispo de Roma y
Sucesor de Pedro, con esta Exhortación Apostólica postsinodal; y la
dirijo al corazón de todos los fieles y de cada uno de ellos, en
particular al corazón de los sacerdotes y de cuantos están dedicados al
delicado ministerio de su formación. Con esta Exhortación Apostólica
deseo salir al encuentro y unirme a todos y cada uno de los sacerdotes,
tanto diocesanos como religiosos.
Con la voz y el corazón de los Padres sinodales hago mías las
palabras y los sentimientos del "Mensaje final del Sínodo al Pueblo de
Dios": "Con ánimo agradecido y lleno de admiración nos dirigimos a
vosotros, que sois nuestros primeros cooperadores en el servicio
apostólico. Vuestra tarea en la Iglesia es verdaderamente necesaria e
insustituible. Vosotros lleváis el peso del ministerio sacerdotal y
mantenéis el contacto diario con los fieles. Vosotros sois los ministros
de la Eucaristía, los dispensadores de la misericordia divina en el
Sacramento de la Penitencia, los consoladores de las almas, los guías de
todos los fieles en las tempestuosas dificultades de la vida".
"Os saludamos con todo el corazón, os expresamos nuestra gratitud
y os exhortamos a perseverar en este camino con ánimo alegre y decidido.
No cedáis al desaliento. Nuestra obra no es nuestra, sino de Dios".
"El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a nosotros todos
los días de nuestra vida, ya que nosotros actuamos por mandato de
Cristo"[8].
CAPITULO I
TOMADO DE ENTRE LOS HOMBRES:
La formación sacerdotal ante los desafíos del
final del segundo milenio
EL SACERDOTE EN SU
TIEMPO
5. "Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres
y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios"
(Heb. 5, 1).
La Carta a los Hebreos subraya claramente la "humanidad" del
ministro de Dios: pues procede de los hombres y está al servicio de
los hombres, imitando a Jesucristo, "probado en todo igual que nosotros,
excepto en el pecado" (Heb. 4, 15).
Dios llama siempre a sus sacerdotes desde determinados contextos
humanos y eclesiales, que inevitablemente los caracterizan y a los
cuales son enviados para el servicio del Evangelio de Cristo.
Por eso el Sínodo ha estudiado el tema de los sacerdotes en su
contexto actual, situándolo en el hoy de la sociedad y de la Iglesia y
abriéndolo a las perspectivas del tercer milenio, como se deduce
claramente de la misma formulación del tema: "La formación de los
sacerdotes en la situación actual".
Ciertamente "hay una fisonomía esencial del sacerdote que no cambia:
en efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá
asemejarse a Cristo. Cuando vivía en la tierra, Jesús reflejó en sí
mismo el rostro definitivo del presbítero, realizando un sacerdocio
ministerial del que los apóstoles fueron los primeros investidos y que
está destinado a durar, a continuarse incesantemente en todos los
periodos de la historia. El presbítero del tercer milenio será, en este
sentido, el continuador de los presbíteros que, en los milenios
precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en el dos mil la
vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único y
permanente sacerdocio de Cristo"[9].
Pero ciertamente la vida y el ministerio del sacerdote deben también
"adaptarse a cada época y a cada ambiente de vida... Por ello, por
nuestra parte debemos procurar abrirnos, en la medida de lo posible, a
la iluminación superior del Espíritu Santo, para descubrir las
orientaciones de la sociedad moderna, reconocer las necesidades
espirituales más profundas, determinar las tareas concretas más
importantes, los métodos pastorales que habrá que adoptar, y así
responder de manera adecuada a las esperanzas humanas"[10].
Por ser necesario conjugar la verdad permanente del ministerio
presbiteral con las instancias y características del hoy, los Padres
sinodales han tratado de responder a algunas preguntas urgentes:
¿qué problemas y, al mismo tiempo, qué estímulos positivos suscita el
actual contexto sociocultural y eclesial en los muchachos, en los
adolescentes y en los jóvenes, que han de madurar un proyecto de vida
sacerdotal para toda su existencia? ¿qué dificultades y qué nuevas
posibilidades ofrece nuestro tiempo para el ejercicio de un ministerio
sacerdotal coherente con el don del Sacramento recibido y con la
exigencia de una vida espiritual correspondiente?
Presento ahora algunos elementos del análisis de la situación que los
Padres sinodales han desarrollado, conscientes de que la gran variedad
de circunstancias socioculturales y eclesiales presentes en los diversos
países aconseja señalar sólo los fenómenos más profundos y extendidos,
particularmente aquellos que se refieren a los problemas educativos y a
la formación sacerdotal.
EL EVANGELIO HOY: ESPERANZAS Y
OBSTÁCULOS
6. Múltiples factores parecen favorecer en los
hombres de hoy una conciencia más madura de la dignidad de la persona y
una nueva apertura a los valores religiosos, al Evangelio y al
ministerio sacerdotal.
En la sociedad encontramos, a pesar de tantas contradicciones, una
sed de justicia y de paz muy difundida e intensa; una conciencia más
viva del cuidado del hombre por la creación y por el respeto a la
naturaleza; una búsqueda más abierta de la verdad y de la tutela de la
dignidad humana; el compromiso creciente, en muchas zonas de la
población mundial, por una solidaridad internacional más concreta y por
un nuevo orden mundial, en la libertad y en la justicia. Junto al
desarrollo cada vez mayor del potencial de energías ofrecido por las
ciencias y las técnicas, y la difusión de la información y de la
cultura, surge también una nueva pregunta ética; la pregunta sobre el
sentido, es decir, sobre una escala objetiva de valores que permita
establecer las posibilidades y los límites del progreso.
En el campo más propiamente religioso y cristiano, caen prejuicios
ideológicos y cerrazones violentas al anuncio de los valores
espirituales y religiosos, mientras surgen nuevas e inesperadas
posibilidades para la evangelización y la renovación de la vida eclesial
en muchas partes del mundo. Tiene lugar así una creciente difusión del
conocimiento de las Sagradas Escrituras; una nueva vitalidad y fuerza
expansiva de muchas Iglesias jóvenes, con un papel cada vez más
relevante en la defensa y promoción de los valores de la persona y de la
vida humana; un espléndido testimonio del martirio por parte de las
Iglesias del Centro y Este europeo, como también un testimonio de la
fidelidad y firmeza de otras Iglesias que todavía están sometidas a
persecuciones y tribulaciones por la fe[11].
El deseo de Dios y de una relación viva y significativa con El se
presenta hoy tan intenso, que favorecen, allí donde falta el auténtico e
íntegro anuncio del Evangelio de Jesús, la difusión de formas de
religiosidad sin Dios y de múltiples sectas. Su expansión, incluso en
algunos ambientes tradicionalmente cristianos, es ciertamente para todos
los hijos de la Iglesia, y para los sacerdotes en particular, un motivo
constante de examen de conciencia sobre la credibilidad de su testimonio
del Evangelio, pero es también signo de cuán profunda y difundida está
la búsqueda de Dios.
7. Pero junto con estos y otros factores positivos están relacionados
muchos elementos problemáticos o negativos.
Todavía está muy difundido el racionalismo que, en nombre de
una concepción reductiva de "ciencia", hace insensible la razón humana
al encuentro con la Revelación y con la trascendencia divina.
Hay que constatar también una defensa exacerbada de la
subjetividad de la persona, que tiende a encerrarla en el
individualismo incapaz de relaciones humanas auténticas. De este modo,
muchos, principalmente muchachos y jóvenes, buscan compensar esta
soledad con sucedáneos de varias clases, con formas más o menos agudas
de hedonismo, de huida de las responsabilidades; prisioneros del
instante fugaz, intentan "consumir" experiencias individuales lo más
intensas posibles y gratificantes en el plano de las emociones y de las
sensaciones inmediatas, pero se muestran indiferentes y como paralizados
ante la oferta de un proyecto de vida que incluya una dimensión
espiritual y religiosa y un compromiso de solidaridad.
Además, se extiende por todo el mundo -incluso después de la caída de
las ideologías que habían hecho del materialismo un dogma y del rechazo
de la religión un programa- una especie de ateísmo práctico y
existencial que coincide con una visión secularizada de la vida y
del destino del hombre. Este hombre "enteramente lleno de sí, este
hombre que no sólo se pone como centro de todo su interés, sino que se
atreve a llamarse principio y razón de toda realidad"[12],
se encuentra cada vez más empobrecido de aquel "suplemento de alma" que
le es tanto más necesario cuanto más una gran disponibilidad de bienes
materiales y de recursos lo hace creer falsamente autosuficiente. Ya no
hay necesidad de combatir a Dios; se piensa que basta simplemente con
prescindir de El.
En este contexto hay que destacar en particular la disgregación de
la realidad familiar y el oscurecimiento o tergiversación del verdadero
significado de la sexualidad humana. Son fenómenos que influyen, de
modo muy negativo, en la educación de los jóvenes y en su disponibilidad
para toda vocación religiosa. Igualmente debe tenerse en cuenta el
agravarse de las injusticias sociales y la concentración de la riqueza
en manos de pocos, como fruto de un capitalismo inhumano[13],
que hace cada vez mayor la distancia entre pueblos ricos y pueblos
pobres; de esta manera se crean en la convivencia humana tensiones e
inquietudes que perturban profundamente la vida de las personas y de las
comunidades.
Incluso en el campo eclesial se dan fenómenos preocupantes y
negativos, que influyen directamente en la vida y el ministerio de los
sacerdotes, como la ignorancia religiosa que persiste en muchos
creyentes; la escasa incidencia de la catequesis, sofocada por los
mensajes más difundidos y persuasivos de los medios de comunicación de
masas; el mal entendido pluralismo teológico, cultural y pastoral que,
aun partiendo a veces de buenas intenciones, termina por hacer difícil
el diálogo ecuménico y atentar contra la necesaria unidad de la fe; la
persistencia de un sentido de desconfianza y casi de intolerancia hacia
el magisterio jerárquico; las presentaciones unilaterales y reductivas
de la riqueza del mensaje evangélico, que transforman el anuncio y el
testimonio de la fe en un factor exclusivo de liberación humana y social
o en un refugio alienante en la superstición y en la religiosidad sin
Dios[14].
Un fenómeno de gran relieve, aunque relativamente reciente en muchos
países de antigua tradición cristiana, es la presencia en un mismo
territorio de consistentes núcleos de razas y religiones diversas. Se
desarrolla así cada vez más la sociedad multirracial y multirreligiosa.
Si, por un lado, esto puede ser ocasión de un ejercicio más frecuente y
fructuoso del diálogo, de una apertura de mentalidad, de una experiencia
de acogida y de justa tolerancia, por otro lado, puede ser causa de
confusión y relativismo, sobre todo en personas y poblaciones de una fe
menos madura.
A estos factores, y en relación íntima con el crecimiento del
individualismo, hay que añadir el fenómeno de la concepción subjetiva
de la fe. Por parte de un número creciente de cristianos se da una
menor sensibilidad al conjunto global y objetivo de la doctrina de la fe
en favor de una adhesión subjetiva a lo que agrada, que corresponde a la
propia experiencia y que no afecta a las propias costumbres. Incluso
apelar a la inviolabilidad de la conciencia individual, cosa legítima en
sí misma, no deja de ser, en este contexto, peligrosamente ambiguo.
De aquí se sigue también el fenómeno de los modos cada vez más
parciales y condicionados de pertenecer a la Iglesia, que ejercen un
influjo negativo sobre el nacimiento de nuevas vocaciones al sacerdocio,
sobre la autoconciencia misma del sacerdote y su ministerio en la
comunidad.
Finalmente, la escasa presencia y disponibilidad de sacerdotes crea
todavía hoy en muchos ambientes eclesiales graves problemas. Los fieles
quedan con frecuencia abandonados durante largos periodos y sin la
adecuada asistencia pastoral; esto perjudica el crecimiento de su vida
cristiana en su conjunto y, más aún, su capacidad de ser ulteriormente
promotores de evangelización.
LOS JÓVENES ANTE LA
VOCACIÓN Y LA FORMACIÓN SACERDOTAL
8. Las numerosas contradicciones y
posibilidades que presentan nuestras sociedades y culturas y, al mismo
tiempo, las comunidades eclesiales, son percibidas, vividas y
experimentadas con una intensidad muy particular por el mundo de los
jóvenes, con repercusiones inmediatas y más que nunca incisivas en su
proceso educativo. En este sentido el nacimiento y desarrollo de la
vocación sacerdotal en los niños, adolescentes y jóvenes encuentran
continuamente obstáculos y estímulos.
Los jóvenes sienten más que nunca el atractivo de la llamada
"sociedad de consumo", que los hace dependientes y prisioneros de
una interpretación individualista, materialista y hedonista de la
existencia humana. El "bienestar" materialísticamente entendido tiende a
imponerse como único ideal de vida, un bienestar que hay que lograr a
cualquier condición y precio. De aquí el rechazo de todo aquello que
sepa a sacrificio y renuncia al esfuerzo de buscar y vivir los valores
espirituales y religiosos. La "preocupación" exclusiva por el
tener suplanta la primacía del ser, con la consecuencia de
interpretar y de vivir los valores personales e interpersonales, no
según la lógica del don y de la gratuidad, sino según la de la posesión
egoísta y de la instrumentalización del otro.
Esto se refleja, en particular, sobre la visión de la sexualidad
humana, a la que se priva de su dignidad de servicio a la comunión y a
la entrega entre las personas, para quedar reducida simplemente a un
bien de consumo. Así, la experiencia afectiva de muchos jóvenes no
conduce a un crecimiento armonioso y gozoso de la propia personalidad
que se abre al otro en el don de sí mismo, sino a una grave involución
psicológica y ética, que no dejará de tener influencias graves para su
porvenir.
En la raíz de estas tendencias se halla, en no pocos jóvenes, una
experiencia desviada de la libertad: lejos de ser obediencia a la
verdad objetiva y universal, la libertad se vive como un asentimiento
ciego a las fuerzas instintivas y a la voluntad de poder del individuo.
Se hacen así, en cierto modo, naturales en el plano de la mentalidad y
del comportamiento el resquebrajamiento de la aceptación de los
principios éticos, y en el plano religioso -aunque no haya siempre un
rechazo de Dios explícito- una amplia indiferencia y desde luego una
vida que, incluso en sus momentos más significativos y en las opciones
más decisivas, es vivida como si Dios no existiese. En este contexto se
hace difícil no sólo la realización, sino la misma comprensión del
sentido de una vocación al sacerdocio, que es un testimonio específico
de la primacía del ser sobre el tener; es un reconocimiento del
significado de la vida como don libre y responsable de sí mismo a los
demás, como disponibilidad para ponerse enteramente al servicio del
Evangelio y del Reino de Dios bajo la particular forma del sacerdocio.
Incluso en el ámbito de la comunidad eclesial, el mundo de los
jóvenes constituye, no pocas veces, un "problema". En realidad, si en
los jóvenes, todavía más que en los adultos, se dan una fuerte tendencia
a la concepción subjetiva de la fe cristiana y una pertenencia sólo
parcial y condicionada a la vida y a la misión de la Iglesia, cuesta
emprender en la comunidad eclesial, por una serie de razones, una
pastoral juvenil actualizada y entusiasta. Los jóvenes corren el riesgo
de ser abandonados a sí mismos, al arbitrio de su fragilidad
psicológica, insatisfechos y críticos frente a un mundo de adultos que,
no viviendo de forma coherente y madura la fe, no se presentan ante
ellos como modelos creíbles.
Se hace entonces evidente la dificultad de proponer a los jóvenes una
experiencia integral y comprometida de vida cristiana y eclesial, y de
educarlos para la misma. De esta manera, la perspectiva de la vocación
al sacerdocio queda lejana a los intereses concretos y vivos de los
jóvenes.
9. Sin embargo, no faltan situaciones y estímulos positivos, que
suscitan y alimentan en el corazón de los adolescentes y jóvenes una
nueva disponibilidad, así como una verdadera y propia búsqueda de
valores éticos y espirituales, que por su naturaleza ofrecen terreno
propicio para un camino vocacional a la entrega total de sí mismos a
Cristo y a la Iglesia en el sacerdocio.
Hay que decir, antes que nada, que se han atenuado algunos fenómenos
que en un pasado reciente habían provocado no pocos problemas, como la
contestación radical, los movimientos libertarios, las reivindicaciones
utópicas, las formas indiscriminadas de socialización, la violencia.
Hay que reconocer además que también los jóvenes de hoy, con la
fuerza y la ilusión típicas de la edad, son portadores de los ideales
que se abren camino en la historia: la sed de libertad; el
reconocimiento del valor inconmensurable de la persona; la necesidad de
autenticidad y de transparencia; un nuevo concepto y estilo de
reciprocidad en las relaciones entre hombre y mujer; la búsqueda
convencida y apasionada de un mundo más justo, más solidario, más unido;
la apertura y el diálogo con todos; el compromiso por la paz.
El desarrollo, tan rico y vivaz en tantos jóvenes de nuestro tiempo,
de numerosas y variadas formas de voluntariado dirigidas a las
situaciones más olvidadas y pobres de nuestra sociedad, representa hoy
un recurso educativo particularmente importante porque estimula y
sostiene a los jóvenes hacia un estilo de vida más desinteresado,
abierto y solidario con los necesitados. Este estilo de vida puede
facilitar la comprensión, el deseo y la respuesta a una vocación de
servicio estable y total a los demás, incluso en el camino de una plena
consagración a Dios mediante la vida sacerdotal.
La reciente caída de las ideologías, la forma tan crítica de situarse
ante el mundo de los adultos que no siempre ofrecen un testimonio de
vida entregada a los valores morales y trascendentes, la misma
experiencia de compañeros que buscan evasiones en la droga y en la
violencia, contribuyen a hacer más aguda e ineludible la pregunta
fundamental sobre los valores que son verdaderamente capaces de dar
plenitud de significado a la vida, al sufrimiento y a la muerte. En
muchos jóvenes se hacen más explícitos el interrogante religioso y la
necesidad de vida espiritual. De ahí el deseo de experiencia "de
desierto" y de oración, el retorno a una lectura más personal y habitual
de la Palabra de Dios, y al estudio de la teología.
Al igual que eran ya activos y protagonistas en el ámbito del
voluntariado social, los jóvenes lo son también cada vez más en el
ámbito de la comunidad eclesial, sobre todo con la participación en las
diversas agrupaciones, desde las más tradicionales, aunque renovadas,
hasta las más recientes. La experiencia de una Iglesia llamada a la
"nueva evangelización" por su fidelidad al Espíritu que la anima y por
las exigencias del mundo alejado de Cristo pero necesitado de El, como
también la experiencia de una Iglesia cada vez más solidaria con el
hombre y con los pueblos en la defensa y en la promoción de la dignidad
personal y de los derechos humanos de todos y cada uno, abren el corazón
y la vida de los jóvenes a ideales muy atrayentes y que exigen un
compromiso, que puede encontrar su realización concreta en el
seguimiento de Cristo y en el sacerdocio.
Es natural que de esta situación humana y eclesial, caracterizada por
una fuerte ambivalencia, no se pueda prescindir de hecho ni en la
pastoral de las vocaciones y en la labor de formación de los futuros
sacerdotes, ni tampoco en el ámbito de la vida y del ministerio de los
sacerdotes así como en el de su formación permanente. Por ello, si bien
se pueden comprender los diversos tipos de "crisis", que padecen algunos
sacerdotes de hoy en el ejercicio del ministerio, en su vida espiritual
y también en la misma interpretación de la naturaleza y significado del
sacerdocio ministerial, también hay que constatar, con alegría y
esperanza, las nuevas posibilidades positivas que el momento histórico
actual ofrece a los sacerdotes para el cumplimiento de su misión.
EL DISCERNIMIENTO
EVANGÉLICO
10. La compleja situación actual, someramente
expuesta mediante alusiones y a modo de ejemplo, exige no sólo ser
conocida, sino sobre todo interpretada. Únicamente así se podrá
responder de forma adecuada a la pregunta fundamental: ¿Cómo formar
sacerdotes que estén verdaderamente a la altura de estos tiempos,
capaces de evangelizar al mundo de hoy?[15]
Es importante el conocimiento de la situación. No basta una
simple descripción de los datos; hace falta una investigación científica
con la que se pueda delinear un cuadro exacto de las circunstancias
socioculturales y eclesiales concretas.
Pero es aún más importante la interpretación de la situación.
Ello lo exige la ambivalencia y a veces la contradictoriedad que
caracterizan las situaciones, las cuales presentan a la vez dificultades
y posibilidades, elementos negativos y razones de esperanza, obstáculos
y aperturas, a semejanza del campo evangélico en el que han sido
sembrados y "conviven" el trigo y la cizaña (cf. Mt. 13, 24 ss.).
No siempre es fácil una lectura interpretativa, que sepa distinguir
entre el bien y el mal, entre signos de esperanza y peligros. En la
formación de los sacerdotes no se trata sólo y simplemente de acoger los
factores positivos y constatar abiertamente los negativos. Se trata de
someter los mismos factores positivos a un cuidadoso discernimiento,
para que no se aíslen el uno del otro ni estén en contraste entre sí,
absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de
los factores negativos: no hay que rechazarlos en bloque y sin
distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún valor,
que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad.
Para el creyente, la interpretación de la situación histórica
encuentra el principio cognoscitivo y el criterio de las opciones de
actuación consiguientes en una realidad nueva y original, a saber, en el
discernimiento evangélico; es la interpretación que nace a la luz
y bajo la fuerza del Evangelio, del Evangelio vivo y personal que es
Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo. De ese modo, el
discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de sus
vicisitudes y circunstancias no un simple "dato", que hay que registrar
con precisión y frente al cual se puede permanecer indiferentes o
pasivos, sino un "deber", un reto a la libertad responsable, tanto de la
persona individual como de la comunidad. Es un "reto" vinculado a una
"llamada" que Dios hace oír en una situación histórica determinada; en
ella y por medio de ella Dios llama al creyente; pero antes aún llama a
la Iglesia, para que mediante "el Evangelio de la vocación y del
sacerdocio" exprese su verdad perenne en las diversas circunstancias de
la vida. También deben aplicarse a la formación de los sacerdotes las
palabras del Concilio Vaticano II: "Es deber permanente de la Iglesia
escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretados a la luz del
Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda ella
responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido
de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de
ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que
vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con
frecuencia le caracteriza"[16].
Este discernimiento evangélico se funda en la confianza en el amor de
Jesucristo, que siempre e incansablemente cuida de su Iglesia (cf.
Ef. 5, 29); El es el Señor y el Maestro, piedra angular, centro y
fin de toda la historia humana[17].
Este discernimiento se alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu
Santo, que suscita por todas partes y en toda circunstancia la
obediencia de la fe, el valor gozoso del seguimiento de Jesús, el don de
la sabiduría que lo juzga todo y no es juzgada por nadie (cf. 1
Cor. 2, 15); y se apoya en la fidelidad del Padre a sus promesas.
De este modo, la Iglesia sabe que puede afrontar las dificultades y
los retos de este nuevo periodo de la historia sabiendo que puede
asegurar, incluso para el presente y para el futuro, sacerdotes bien
formados, que sean ministros convencidos y fervorosos de la "nueva
evangelización", servidores fieles y generosos de Jesucristo y de los
hombres.
Mas no ocultemos las dificultades. No son pocas, ni leves. Pero para
vencerlas están nuestra esperanza, nuestra fe en el amor indefectible de
Cristo, nuestra certeza de que el ministerio sacerdotal es insustituible
para la vida de la Iglesia y del mundo.
CAPITULO II
ME HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO:
Naturaleza y misión del Sacerdocio
Ministerial
MIRADA SOBRE EL
SACERDOTE
11. "En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en
él" (Lc. 4, 20). Lo que dice el evangelista san Lucas de quienes estaban
presentes aquel sábado en la sinagoga de Nazaret, escuchando el
comentario que Jesús haría del texto del profeta Isaías leído por él
mismo, puede aplicarse a todos los cristianos, llamados a reconocer
siempre en Jesús de Nazaret el cumplimiento definitivo del anuncio
profético: "Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura, que acabáis de
oír, se ha cumplido hoy" (Lc. 4, 21). Y la "escritura" era ésta: "El
Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los
pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los
cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y
proclamar un año de gracia del Señor" (Lc. 4, 18-19; cf. Is. 61, 1-2).
En efecto, Jesús se presenta a sí mismo como lleno del Espíritu, "ungido
para anunciar a los pobres la Buena Nueva"; es el Mesías, el Mesías
sacerdote, profeta y rey.
Es éste el rostro de Cristo en el que deben fijarse los ojos de la fe
y del amor de los cristianos. Precisamente a partir de esta
"contemplación" y en relación con ella los Padres sinodales han
reflexionado sobre el problema de la formación de los sacerdotes en la
situación actual. Tal problema sólo puede encontrar respuesta partiendo
de una reflexión previa sobre la meta a la que está dirigido el proceso
formativo, es decir, el sacerdocio ministerial como participación en la
Iglesia del sacerdocio mismo de Jesucristo. El conocimiento de la
naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el presupuesto
irrenunciable, y al mismo tiempo la guía más segura y el estímulo más
incisivo, para desarrollar en la Iglesia la acción pastoral de promoción
y discernimiento de las vocaciones sacerdotales, y la de formación de
los llamados al ministerio ordenado.
El conocimiento recto y profundo de la naturaleza y misión del
sacerdocio ministerial es el camino a seguir, y que el Sínodo ha seguido
de hecho, para salir de la crisis sobre la identidad sacerdotal.
"Esta crisis -decía en el Discurso al final del Sínodo- había nacido en
los años inmediatamente siguientes al Concilio. Se fundaba sobre una
comprensión errónea, y tal vez hasta intencionadamente tendenciosa, de
la doctrina del magisterio conciliar. Y aquí está indudablemente una de
las causas del gran número de pérdidas padecidas entonces por la
Iglesia, pérdidas que han afectado gravemente al servicio pastoral y a
las vocaciones al sacerdocio, en particular a las vocaciones misioneras.
Es como si el Sínodo de 1990, redescubriendo toda la profundidad de la
identidad sacerdotal, a través de tantas intervenciones que hemos
escuchado en esta aula, hubiese llegado a infundir la esperanza después
de esas pérdidas dolorosas. Estas intervenciones han manifestado la
conciencia de la ligazón ontológica específica que une al sacerdote con
Cristo, Sumo Sacerdote y buen Pastor. Esta identidad está en la raíz de
la naturaleza de la formación que debe darse en vista del sacerdocio y,
por tanto, a lo largo de toda la vida sacerdotal. Esta era precisamente
la finalidad del Sínodo"[18].
Por esto el Sínodo ha creído necesario volver a recordar, de manera
sintética y fundamental, la naturaleza y misión del sacerdocio
ministerial, tal y como la fe de la Iglesia las ha reconocido a través
de los siglos de su historia y como el Concilio Vaticano II las ha
vuelto a presentar a los hombres de nuestro tiempo[19].
EN LA IGLESIA MISTERIO,
COMUNIÓN Y MISIÓN
12. "La identidad sacerdotal -han afirmado los
Padres sinodales-, como toda identidad cristiana, tiene su fuente en la
Santísima Trinidad"[20],
que se revela y se autocomunica a los hombres en Cristo, constituyendo
en El y por medio del Espíritu la Iglesia como "el germen y el principio
de ese reino"[21].
La Exhortación Christifideles laici, sintetizando la enseñanza
conciliar, presenta la Iglesia como misterio, comunión y misión: ella
"es misterio porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos
han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn. 3, 5), llamados a revivir la
comunión misma de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia
(misión)"[22].
Es en el misterio de la Iglesia, como misterio de comunión trinitaria
en tensión misionera, donde se manifiesta toda identidad cristiana, y
por tanto también la identidad específica del sacerdote y de su
ministerio. En efecto, el presbítero, en virtud de la consagración que
recibe con el sacramento del Orden, es enviado por el Padre, por medio
de Jesucristo, con el cual, como Cabeza y Pastor de su pueblo se
configura de un modo especial para vivir y actuar con la fuerza del
Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y por la salvación del mundo[23].
Se puede entender así el aspecto esencialmente relacional de la
identidad del presbítero. Mediante el sacerdocio que nace de la
profundidad del inefable misterio de Dios, o sea, del amor del Padre, de
la gracia de Jesucristo y del don de la unidad del Espíritu Santo, el
presbítero está inserto sacramentalmente en la comunión con el Obispo y
con los otros presbíteros[24],
para servir al Pueblo de Dios que es la Iglesia y atraer a todos a
Cristo, según la oración del Señor: "Padre santo, cuida en tu nombre a
los que me has dado, para que sean uno como nosotros... Como tú, Padre,
en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el
mundo crea que tú me has enviado" (Jn. 17, 11.21).
Por tanto, no se puede definir la naturaleza y la misión del
sacerdocio ministerial si no es bajo este multiforme y rico conjunto de
relaciones que brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan en la
comunión de la Iglesia, como signo e instrumento, en Cristo, de la unión
con Dios y de la unidad de todo el género humano[25].
Por ello, la eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la
identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su misión
en el Pueblo de Dios y en el mundo. La referencia a la Iglesia es pues
necesaria, aunque no prioritaria, en la definición de la identidad del
presbítero. En efecto, en cuanto misterio la Iglesia está
esencialmente relacionada con Jesucristo: es su plenitud, su cuerpo,
su esposa. Es el "signo" y el "memorial" vivo de su presencia permanente
y de su acción entre nosotros y para nosotros. El presbítero encuentra
la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación
específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote
de la nueva y eterna Alianza: es una imagen viva y transparente de
Cristo sacerdote. El sacerdocio de Cristo, expresión de su absoluta
"novedad" en la historia de la salvación, constituye la única fuente y
el paradigma insustituible del sacerdocio del cristiano y, en
particular, del presbítero. La referencia a Cristo es, pues, la clave
absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades
sacerdotales.
RELACIÓN
FUNDAMENTAL CON CRISTO
CABEZA Y PASTOR
13. Jesucristo ha manifestado en sí mismo el
rostro perfecto y definitivo del sacerdocio de la nueva Alianza[26].
Esto lo ha hecho en su vida terrena, pero sobre todo en el
acontecimiento central de su pasión, muerte y resurrección.
Como escribe el autor de la Carta a los Hebreos, Jesús siendo hombre
como nosotros y a la vez el Hijo unigénito de Dios, es en su propio ser
mediador perfecto entre el Padre y la humanidad (cf. Heb. 8-9);
Aquél que nos abre el acceso inmediato a Dios, gracias al don del
Espíritu: "Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo
que clama: ¡Abbá, Padre!" (Gál. 4, 6; cf. Rom.
8, 15).
Jesús lleva a su plena realización el ser mediador al ofrecerse a sí
mismo en la cruz, con la cual nos abre, una vez por todas, el acceso al
santuario celestial, a la casa del Padre (cf. Heb. 9, 24-26). Comparados
con Jesús, Moisés y todos los mediadores del Antiguo Testamento entre
Dios y su pueblo -los reyes, los sacerdotes y los profetas- son sólo
como "figuras" y "sombra de los bienes futuros, no la realidad de las
cosas" (cf. Heb. 10, 1).
Jesús es el buen Pastor anunciado (cf. Ez. 34); Aquel que conoce a
sus ovejas una a una, que ofrece su vida por ellas y que quiere
congregar a todos en "un solo rebaño y un solo pastor" (cf. Jn. 10,
11-16). Es el Pastor que ha venido "no para ser servido, sino para
servir" (cf. Mt. 20, 24-28), el que, en la escena pascual del lavatorio
de los pies (cf. Jn. 13, 1-20), deja a los suyos el modelo de servicio
que deberán ejercer los unos con los otros, a la vez que se ofrece
libremente como cordero inocente inmolado para nuestra redención (cf.
Jn. 1, 36; Ap. 5, 6.12).
Con el único y definitivo sacrificio de la cruz, Jesús comunica a
todos sus discípulos la dignidad y la misión de sacerdotes de la nueva y
eterna Alianza. Se cumple así la promesa que Dios hizo a Israel: "Seréis
para mí un reino de sacerdotes y una nación santa" (Ex. 19, 6). Y todo
el pueblo de la nueva Alianza -escribe San Pedro- queda constituido como
"un edificio espiritual", "un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios
espirituales aceptos a Dios por mediación de Jesucristo" (1 Pe. 2, 5).
Los bautizados son las "piedras vivas" que construyen el edificio
espiritual uniéndose a Cristo "piedra viva... elegida, preciosa ante
Dios" (1 Pe. 2, 4.5). El nuevo pueblo sacerdotal, que es la Iglesia, no
sólo tiene en Cristo su propia imagen auténtica, sino que también recibe
de El una participación real y ontológica en su eterno y único
sacerdocio, al que debe conformarse toda su vida.
14. Al servicio de este sacerdocio universal de la nueva Alianza,
Jesús llamó consigo, durante su misión terrena, a algunos discípulos
(cf. Lc. 10, 1-12) y con una autoridad y un mandato específicos llamó y
constituyó a los Doce para que "estuvieran con él, y para enviarlos a
predicar con poder de expulsar los demonios" (Mc. 3, 14-15).
Por esto, ya durante su ministerio público (cf. Mt. 16, 18) y de modo
pleno después de su muerte y resurrección (cf. Mt. 28; Jn. 20, 21),
Jesús confiere a Pedro y a los Doce poderes muy particulares sobre la
futura comunidad y para la evangelización de todos los pueblos. Después
de haberles llamado a seguirle, los tiene cerca y vive con ellos,
impartiendo con el ejemplo y con la palabra su enseñanza de salvación, y
finalmente los envía a todos los hombres. Y para el cumplimiento de esta
misión Jesús confiere a los apóstoles, en virtud de una especial efusión
pascual del Espíritu Santo, la misma autoridad mesiánica que le viene
del Padre y que le ha sido conferida en plenitud con la resurrección:
"Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y
haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo
os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo" (Mt. 28, 18-20).
Jesús establece así un estrecho paralelismo entre el ministerio
confiado a los apóstoles y su propia misión: "quien a vosotros recibe, a
mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquél que me ha enviado"
(Mt. 10, 40); "quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a
vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza
al que me ha enviado" (Lc. 10, 16). Es más, el cuarto evangelio, a la
luz del acontecimiento pascual de la muerte y resurrección, afirma con
gran fuerza y claridad: "Como el Padre me envió, también yo os envío"
(Jn. 20, 21; cf. 13, 20; 17, 18). Igual que Jesús tiene una misión que
recibe directamente de Dios y que concretiza la autoridad misma de Dios
(cf. Mt. 7, 29; 21, 23; Mc. 1, 27; 11, 28; Lc. 20, 2; 24, 19), así los
apóstoles tienen una misión que reciben de Jesús. Y de la misma manera
que "el Hijo no puede hacer nada por su cuenta" (Jn. 5, 19.30) -de
suerte que su doctrina no es suya, sino de aquél que lo ha enviado (cf.
Jn. 7, 16)- Jesús dice a los apóstoles: "separados de mí no podéis hacer
nada" (Jn. 15, 5): su misión no es propia, sino que es la misma misión
de Jesús. Y esto es posible no por las fuerzas humanas, sino sólo con el
"don" de Cristo y de su Espíritu, con el "sacramento": "Recibid el
Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados;
a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn. 20, 22-23). Y así
los apóstoles, no por algún mérito particular, sino por la participación
gratuita en la gracia de Cristo, prolongan en la historia, hasta el
final de los tiempos, la misma misión de salvación de Jesús en favor de
los hombres.
Signo y presupuesto de la autenticidad y fecundidad de esta misión es
la unidad de los apóstoles con Jesús y, en El, entre sí y con el Padre,
como dice la oración sacerdotal del Señor, síntesis de su misión (cf.
Jn. 17, 20-23).
15. A su vez, los apóstoles instituidos por el Señor llevarán a cabo
su misión llamando, de diversas formas pero todas convergentes, a otros
hombres, como Obispos, presbíteros y diáconos, para cumplir el mandato
de Jesús resucitado, que los ha enviado a todos los hombres de todos los
tiempos.
El Nuevo Testamento es unánime al subrayar que es el mismo Espíritu
de Cristo el que introduce en el ministerio a estos hombres, escogidos
de entre los hermanos. Mediante el gesto de la imposición de manos (Hch.
6, 6; 1 Tim. 4, 14; 5, 22; 2 Tim. 1, 6), que transmite el don del
Espíritu, ellos son llamados y capacitados para continuar el mismo
ministerio apostólico de reconciliar, apacentar el rebaño de Dios y
enseñar (cf. Hch. 20, 28; 1 Pe. 5, 2).
Por tanto, los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de
Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo
como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido
confiado. Como escribe de manera clara y precisa la primera carta de san
Pedro: "A los presbíteros que están entre vosotros les exhorto yo, como
copresbítero, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la
gloria que está para manifestarse. Apacentad la grey de Dios que os está
encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios;
no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los
que os ha tocado guiar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando
aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se
marchita" (1 Pe. 5, 1-4).
Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una
representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor, proclaman con
autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de
la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la
Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso
del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio
de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y
actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de
la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre[27].
Este es el modo típico y propio con que los ministros ordenados
participan en el único sacerdocio de Cristo. El Espíritu Santo, mediante
la unción sacramental del Orden, los configura con un título nuevo y
específico a Jesucristo Cabeza y Pastor, los conforma y anima con su
caridad pastoral y los pone en la Iglesia como servidores autorizados
del anuncio del Evangelio a toda criatura y como servidores de la
plenitud de la vida cristiana de todos los bautizados.
La verdad del presbítero, tal como emerge de la Palabra de Dios, o
sea, Jesucristo mismo y su plan constitutivo de la Iglesia, es cantada
con agradecimiento gozoso por la Liturgia en el Prefacio de la Misa
Crismal: "Constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y
eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio
salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. El no sólo ha
conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino
también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para
que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.
Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, y
preparan a tus hijos al banquete pascual, donde el pueblo santo se reúne
en tu amor, se alimenta de tu palabra y se fortalece con tus
sacramentos. Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por Ti y por la
salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan
testimonio constante de fidelidad y amor".
AL SERVICIO DE LA IGLESIA Y DEL
MUNDO
16. El sacerdote tiene como relación fundamental la que
le une con Jesucristo Cabeza y Pastor. Así participa, de manera
específica y auténtica, de la "unción" y de la "misión" de Cristo (cf.
Lc. 4, 18-19). Pero íntimamente unida a esta relación está la que tiene
con la Iglesia. No se trata de "relaciones" simplemente cercanas entre
sí, sino unidas interiormente en una especie de mutua inmanencia. La
relación con la Iglesia se inscribe en la única y misma relación del
sacerdote con Cristo, en el sentido de que la "representación
sacramental" de Cristo es la que instaura y anima la relación del
sacerdote con la Iglesia.
En este sentido los Padres sinodales han dicho: "El sacerdote, en
cuanto que representa a Cristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, se
sitúa no sólo en la Iglesia, sino también al frente de la
Iglesia. El sacerdocio, junto con la Palabra de Dios y los signos
sacramentales, a cuyo servicio está, pertenece a los elementos
constitutivos de la Iglesia. El ministerio del presbítero está
totalmente al servicio de la Iglesia; está para la promoción del
ejercicio del sacerdocio común de todo el Pueblo de Dios; está ordenado
no sólo para la Iglesia particular, sino también para la Iglesia
universal (cf. Presbyterorum Ordinis, 10), en comunión con el
Obispo, con Pedro y bajo Pedro. Mediante el sacerdocio del Obispo, el
sacerdocio de segundo orden se incorpora a la estructura apostólica de
la Iglesia. Así el presbítero, como los apóstoles, hace de embajador de
Cristo (cf. 2 Cor. 5, 20). En esto se funda el carácter misionero
de todo sacerdote[28].
Por tanto, el ministerio ordenado surge con la Iglesia y tiene en los
Obispos, y en relación y comunión con ellos también en los presbíteros,
una referencia particular al ministerio originario de los apóstoles, al
cual sucede realmente, aunque el mismo tenga unas modalidades diversas.
De ahí que no se deba pensar en el sacerdocio ordenado como si fuese
anterior a la Iglesia, porque está totalmente al servicio de la misma;
pero tampoco como si fuera posterior a la comunidad eclesial, como si
ésta pudiera concebirse como constituida ya sin este sacerdocio.
La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en El con su Iglesia,
-en virtud de la unción sacramental- se sitúa en el ser y en el obrar
del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio. En particular, "el
sacerdote ministro es servidor de Cristo presente en la Iglesia
misterio, comunión y misión. Por el hecho de participar en la
"unción" y en la "misión" de Cristo, puede prolongar en la Iglesia su
oración, su palabra, su sacrificio, su acción salvífica. Y así es
servidor de la Iglesia misterio porque realiza los signos
eclesiales y sacramentales de la presencia de Cristo resucitado. Es
servidor de la Iglesia comunión porque -unido al Obispo y en
estrecha relación con el presbiterio- construye la unidad de la
comunidad eclesial en la armonía de las diversas vocaciones, carismas y
servicios. Por último, es servidor de la Iglesia misión porque
hace a la comunidad anunciadora y testigo del Evangelio"[29].
De este modo, por su misma naturaleza y misión sacramental, el
sacerdote aparece, en la estructura de la Iglesia, como signo de la
prioridad absoluta y gratuidad de la gracia que Cristo resucitado ha
dado a su Iglesia. Por medio del sacerdocio ministerial la Iglesia toma
conciencia en la fe de que no proviene de sí misma, sino de la gracia de
Cristo en el Espíritu Santo. Los apóstoles, y sus sucesores, revestidos
de una autoridad que reciben de Cristo Cabeza y Pastor, han sido puestos
-con su ministerio- al frente de la Iglesia, como prolongación
visible y signo sacramental de Cristo, que también está al frente de la
Iglesia y del mundo, como origen permanente y siempre nuevo de la
salvación, El, que es "el salvador del Cuerpo" (Ef. 5, 23).
17. El ministerio ordenado, por su propia naturaleza, puede ser
desempeñado sólo en la medida en que el presbítero esté unido con Cristo
mediante la inserción sacramental en el orden presbiteral, y por tanto
en la medida que esté en comunión jerárquica con el propio Obispo. El
ministerio ordenado tiene una radical "forma comunitaria" y puede
ser ejercido sólo como "una tarea colectiva"[30].
Sobre este carácter de comunión del sacerdocio ha hablado largamente el
Concilio[31],
examinando claramente la relación del presbítero con el propio Obispo,
con los demás presbíteros y con los fieles laicos.
El ministerio de los presbíteros es, ante todo, comunión y
colaboración responsable y necesaria con el ministerio del Obispo, en su
solicitud por la Iglesia universal y por cada una de las Iglesias
particulares, al servicio de las cuales constituyen con el Obispo un
único presbiterio.
Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido a los
demás miembros de este presbiterio, gracias al sacramento del Orden, con
vínculos particulares de caridad apostólica, de ministerio y de
fraternidad. En efecto, todos los presbíteros, sean diocesanos o
religiosos, participan en el único sacerdocio de Cristo Cabeza y Pastor,
"trabajan por la misma causa, esto es, para la edificación del cuerpo de
Cristo, que exige funciones diversas y nuevas adaptaciones,
principalmente en estos tiempos"[32],
y se enriquece a través de los siglos con carismas siempre nuevos.
Finalmente, los presbíteros se encuentran en relación positiva y
animadora con los laicos, ya que su figura y su misión en la Iglesia no
sustituye sino que más bien promueve el sacerdocio bautismal de todo el
Pueblo de Dios, conduciéndolo a su plena realización eclesial. Están al
servicio de su fe, de su esperanza y de su caridad. Reconocen y
defienden, como hermanos y amigos, su dignidad de hijos de Dios y les
ayudan a ejercitar en plenitud su misión específica en el ámbito de la
misión de la Iglesia[33].
El sacerdocio ministerial, conferido por el sacramento del Orden, y
el sacerdocio común o "real" de los fieles, aunque diferentes
esencialmente entre sí y no sólo en grado[34],
están recíprocamente coordinados, derivando ambos -de manera diversa-
del único sacerdocio de Cristo. En efecto, el sacerdocio ministerial no
significa de por sí un mayor grado de santidad respecto al sacerdocio
común de los fieles; pero, por medio de él, los presbíteros reciben de
Cristo en el Espíritu un don particular, para que puedan ayudar al
Pueblo de Dios a ejercitar con fidelidad y plenitud el sacerdocio común
que les ha sido conferido[35].
18. Como subraya el Concilio, "el don espiritual que los presbíteros
recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y
restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación hasta
los confines del mundo, pues cualquier ministerio sacerdotal participa
de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los
Apóstoles"[36].
Por la naturaleza misma de su ministerio, deben por tanto estar llenos y
animados de un profundo espíritu misionero y "de un espíritu
genuinamente católico que les habitúe a trascender los límites de la
propia diócesis, nación o rito y proyectarse en una generosa ayuda a las
necesidades de toda la Iglesia y con ánimo dispuesto a predicar el
Evangelio en todas partes"[37].
Además, precisamente porque dentro de la Iglesia es el hombre de la
comunión, el presbítero debe ser, en su relación con todos los hombres,
el hombre de la misión y del diálogo. Enraizado profundamente en la
verdad y en la caridad de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de
anunciar a todos su salvación, está llamado a establecer con todos los
hombres relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la
verdad, de promoción de la justicia y la paz. En primer lugar con los
hermanos de las otras Iglesias y confesiones cristianas; pero también
con los fieles de las otras religiones; con los hombres de buena
voluntad, de manera especial con los pobres y los más débiles, y con
todos aquellos que buscan aun sin saberlo ni decirlo, la verdad y la
salvación de Cristo, según las palabras de Jesús, que dijo: "No
necesitan médico los que están sanos, sino los que están enfermos; no he
venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Mc. 2, 17).
Hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva
evangelización, que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo
ardor, nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el
testimonio del Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente
inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo
de vida pastoral, marcado por la profunda comunión con el Papa, con los
Obispos y entre sí, y por una colaboración fecunda con los fieles
laicos, en el respeto y la promoción de los diversos cometidos, carismas
y ministerios dentro de la comunidad eclesial[38].
"Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy" (Lc. 4, 21).
Escuchemos una vez más estas palabras de Jesús, a la luz del sacerdocio
ministerial que hemos presentado en su naturaleza y en su misión. El
"hoy" del que habla Jesús indica el tiempo de la Iglesia, precisamente
porque pertenece a la "plenitud del tiempo", o sea, el tiempo de la
salvación plena y definitiva. La consagración y la misión de Cristo: "El
Espíritu del Señor... me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena
Nueva" (Lc. 4, 18), son la raíz viva de la que brotan la consagración y
la misión de la Iglesia "plenitud" de Cristo (cf. Ef. 1, 23). Con la
regeneración bautismal desciende sobre todos los creyentes el Espíritu
del Señor, que los consagra para formar un templo espiritual y un
sacerdocio santo y los envía a dar a conocer los prodigios de Aquél que,
desde las tinieblas, los ha llamado a su luz admirable (cf. 1 Pe. 2,
4-10). El presbítero participa de la consagración y misión de Cristo
de un modo específico y auténtico, o sea, mediante el sacramento del
Orden, en virtud del cual está configurado en su ser con Cristo Cabeza y
Pastor, y comparte la misión de "anunciar a los pobres la Buena
Noticia", en el nombre y en la persona del mismo Cristo.
En su Mensaje final los Padres sinodales han resumido, en pocas pero
muy ricas palabras, la "verdad", más aún el "misterio" y el "don" del
sacerdocio ministerial, diciendo: "Nuestra identidad tiene su fuente
última en la caridad del Padre. Con el sacerdocio ministerial, por la
acción del Espíritu Santo, estamos unidos sacramentalmente al Hijo,
enviado por el Padre como Sumo Sacerdote y buen Pastor. La vida y el
ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del
mismo Cristo. Esta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la
fuente de nuestra alegría, la certeza de nuestra vida"[39].
CAPITULO III
EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTA SOBRE
MI:
La vida espiritual del
sacerdote
UNA VOCACIÓN
ESPECÍFICA A LA
SANTIDAD
19. "El Espíritu del Señor está sobre mí" (Lc. 4,
18). El Espíritu no está simplemente sobre el Mesías, sino que lo llena,
lo penetra, lo invade en su ser y en su obrar. En efecto, el Espíritu es
el principio de la consagración y de la misión del Mesías: porque me ha
ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva... (Lc. 4, 18). En
virtud del Espíritu, Jesús pertenece total y exclusivamente a Dios,
participa de la infinita santidad de Dios que lo llama, elige y envía.
Así el Espíritu del Señor se manifiesta como fuente de santidad y
llamada a la santificación.
Este mismo "Espíritu del Señor" está "sobre" todo el Pueblo de Dios,
constituido como pueblo "consagrado" a El y "enviado" por El para
anunciar el Evangelio que salva. Los miembros del Pueblo de Dios son
"embebidos" y "marcados" por el Espíritu (cf. 1 Cor. 12, 13; 2 Cor. 1,
21 ss; Ef. 1, 13; 4, 30), y llamados a la santidad.
En efecto, el Espíritu nos revela y comunica la vocación
fundamental que el Padre dirige a todos desde la eternidad: la
vocación a ser "santos e inmaculados en su presencia, en el
amor", en virtud de la predestinación "para ser sus hijos adoptivos por
medio de Jesucristo" (Ef. 1, 4-5). Revelándonos y comunicándonos esta
vocación, el Espíritu se hace en nosotros principio y fuente de su
realización: él, el Espíritu del Hijo (cf. Gál. 4, 6), nos conforma
con Cristo Jesús y nos hace partícipes de su vida filial, o sea, de su
amor al Padre y a los hermanos. "Si vivimos según el Espíritu, obremos
también según el Espíritu" (Gál. 5, 25). Con estas palabras el apóstol
Pablo nos recuerda que la existencia cristiana es "vida espiritual", o
sea, vida animada y dirigida por el Espíritu hacia la santidad o
perfección de la caridad.
La afirmación del Concilio, "todos los fieles, de cualquier estado o
condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la
perfección de la caridad"[40],
encuentra una particular aplicación referida a los presbíteros. Estos
son llamados no sólo en cuanto bautizados, sino también y
específicamente en cuanto presbíteros, es decir, con un nuevo título y
con modalidades originales que derivan del sacramento del Orden.
20. El Decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los
presbíteros nos ofrece una síntesis rica y alentadora sobre la "vida
espiritual" de los sacerdotes y sobre el don y la responsabilidad de
hacerse "santos". <<Por el sacramento del Orden se configuran
los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para
construir y edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como
cooperadores del Orden episcopal. Cierto que ya en la consagración del
bautismo -al igual que todos los fieles de Cristo- recibieron el signo y
don de tan gran vocación y gracia, a fin de que, aun con la flaqueza
humana, puedan y deban aspirar a la perfección, según la palabra del
Señor: "Vosotros, pues, sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre
celestial" (Mt. 5, 48). Ahora bien, los sacerdotes están
obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que,
consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del Orden, se
convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno, para
proseguir en el tiempo la obra admirable del que, con celeste eficacia,
reintegró a todo el género humano. Por tanto, puesto que todo sacerdote
personifica de modo específico al mismo Cristo, es también enriquecido
de gracia particular para que pueda alcanzar mejor, por el servicio de
los fieles que se les han confiado y de todo el Pueblo de Dios, la
perfección de Aquel a quien representa, y cure la flaqueza humana de la
carne la santidad de Aquel que fue hecho para nosotros pontífice "santo,
inocente, incontaminado, apartado de los pecadores" (Heb. 7,
26)>>[41].
El Concilio afirma, ante todo, la "común" vocación a la
santidad. Esta vocación se fundamenta en el Bautismo, que
caracteriza al presbítero como un "fiel" (Christifideles), como
un "hermano entre hermanos", inserto y unido al Pueblo de Dios, con el
gozo de compartir los dones de la salvación (cf. Ef. 4, 4-6) y en el
esfuerzo común de caminar "según el Espíritu", siguiendo al único
Maestro y Señor. Recordemos la célebre frase de San Agustín: "Para
vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquél es un nombre de
oficio recibido, éste es un nombre de gracia; aquél es un nombre de
peligro, éste de salvación"[42].
Con la misma claridad el texto conciliar habla de una vocación
"específica" a la santidad, y más precisamente de una vocación que
se basa en el sacramento del Orden, como sacramento propio y específico
del sacerdote, en virtud pues de una nueva consagración a Dios mediante
la ordenación. A esta vocación específica alude también San Agustín,
que, a la afirmación "Para vosotros soy obispo, con vosotros soy
cristiano", añade esta otra: "Siendo, pues, para mí causa del mayor gozo
el haber sido rescatado con vosotros, que el haber sido puesto a la
cabeza -siguiendo el mandato del Señor- me dedicaré con el mayor empeño
a serviros, para no ser ingrato a quien me ha rescatado con aquel precio
que me ha hecho ser vuestro con-siervo"[43].
El texto del Concilio va más allá señalando algunos elementos
necesarios para definir el contenido de la "especificidad" de la vida
espiritual de los presbíteros. Son éstos elementos que se refieren a la
"consagración" propia de los presbíteros, que los configura con
Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia; los configura con la "misión"
o ministerio típico de los mismos presbíteros, la cual los capacita y
compromete para ser "instrumentos vivos de Cristo Sacerdote eterno" y
para actuar "personificando a Cristo mismo"; los configura en su "vida"
entera, llamada a manifestar y testimoniar de manera original el
"radicalismo evangélico"[44].
LA CONFIGURACIÓN
CON JESUCRISTO,
CABEZA Y PASTOR, Y LA CARIDAD PASTORAL
21. Mediante la
consagración sacramental, el sacerdote se configura con Jesucristo, en
cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia, y recibe como don una "potestad
espiritual", que es participación de la autoridad con la cual
Jesucristo, mediante su Espíritu, guía la Iglesia[45].
Gracias a esta consagración obrada por el Espíritu Santo en la
efusión sacramental del Orden, la vida espiritual del sacerdote queda
caracterizada, plasmada y definida por aquellas actitudes y
comportamientos que son propios de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la
Iglesia y que se compendian en su caridad pastoral.
Jesucristo es Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo. Es "Cabeza" en
el sentido nuevo y original de ser "Siervo", según sus mismas palabras:
"Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a
dar su vida como rescate por muchos" (Mc. 10, 45). El servicio de Jesús
llega a su plenitud con la muerte en cruz, o sea, con el don total de sí
mismo, en la humildad y el amor: "se despojó de sí mismo tomando
condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en
su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la
muerte y muerte de cruz..." (Flp. 2, 78). La autoridad de de Jesucristo
Cabeza coincide pues con su servicio, con su don, con su entrega total,
humilde y amorosa a la Iglesia. Y esto en obediencia perfecta al Padre:
él es el único y verdadero Siervo doliente del Señor, Sacerdote y
Víctima a la vez.
Este tipo concreto de autoridad, o sea, el servicio a la Iglesia,
debe animar y vivificar la existencia espiritual de todo sacerdote,
precisamente como exigencia de su configuración con Jesucristo, Cabeza y
Siervo de la Iglesia[46].
San Agustín exhortaba de esta forma a un obispo en el día de su
ordenación: "El que es cabeza del pueblo debe, antes que nada, darse
cuenta de que es servidor de muchos. Y no se desdeñe de serlo, repito,
no se desdeñe de ser el servidor de muchos, porque el Señor de los
señores no se desdeñó de hacerse nuestro siervo"[47].
La vida espiritual de los ministros del Nuevo Testamento deberá estar
caracterizada, pues, por esta actitud esencial de servicio al Pueblo de
Dios (cf. Mt. 20, 24 ss.; Mc. 10, 43-44), ajena a toda
presunción y a todo deseo de "tiranizar" la grey confiada (cf. 1
Pe. 5, 2-3). Un servicio llevado como Dios espera y con buen
espíritu. De este modo los ministros, los "ancianos" de la comunidad, o
sea, los presbíteros, podrán ser "modelo" de la grey del Señor que, a su
vez, está llamada a asumir ante el mundo entero esta actitud sacerdotal
de servicio a la plenitud de la vida del hombre y a su liberación
integral.
22. La imagen de Jesucristo Pastor de la Iglesia, su grey,
vuelve a proponer, con matices nuevos y más sugestivos, los mismos
contenidos de la imagen de Jesucristo Cabeza y Siervo. Verificándose el
anuncio profético del Mesías Salvador, cantado gozosamente por el
salmista y por el profeta Ezequiel (cf. Sal. 22-23; Ez. 34, 11 ss.),
Jesús se presenta a sí mismo como "el buen Pastor" (Jn. 10, 11. 14), no
sólo de Israel, sino de todos los hombres (cf. Jn. 10, 16). Y su vida es
una manifestación ininterrumpida, es más, una realización diaria de su
"caridad pastoral". El siente compasión de las gentes, porque están
cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor (cf. Mt. 9, 35-36); él busca
las dispersas y las descarriadas (cf. Mt. 18, 12-14) y hace fiesta al
encontrarlas, las recoge y defiende, las conoce y llama una a una (cf.
Jn. 10, 3), las conduce a los pastos frescos y a las aguas tranquilas
(cf. Sal. 22-23), para ellas prepara una mesa, alimentándolas con su
propia vida. Esta vida la ofrece el buen Pastor con su muerte y
resurrección, como canta la liturgia romana de la Iglesia: "Ha
resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó
morir por su grey. Aleluya"[48].
Pedro llama a Jesús el "supremo Pastor" (1 Pe. 5, 4), porque su obra
y misión continúan en la Iglesia a través de los apóstoles (cf. Jn. 21,
15-17) y sus sucesores (cf. 1 Pe. 5, 1 ss), y a través de los
presbíteros. En virtud de su consagración, los presbíteros están
configurados con Jesús buen Pastor y llamados a imitar y revivir su
misma caridad pastoral.
La entrega de Cristo a la Iglesia, fruto de su amor, se caracteriza
por aquella entrega originaria que es propia del esposo hacia su esposa,
como tantas veces sugieren los textos sagrados. Jesús es el verdadero
esposo que ofrece el vino de la salvación a la Iglesia (cf. Jn. 2, 11).
El, que es "Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo" (Ef. 5, 23),
"amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla,
purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y
presentársela a sí mismo resplandeciente; sin que tenga mancha ni arruga
ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada" (Ef. 5, 25-27). La
Iglesia es, desde luego, el cuerpo en el que está presente y operante
Cristo Cabeza, pero es también la Esposa que nace, como nueva Eva, del
costado abierto del Redentor en la cruz; por esto Cristo está "al
frente" de la Iglesia, "la alimenta y la cuida" (Ef. 5, 29) mediante la
entrega de su vida por ella. El sacerdote está llamado a ser imagen viva
de Jesucristo Esposo de la Iglesia[49].
Ciertamente es siempre parte de la comunidad a la que pertenece como
creyente, junto con los otros hermanos y hermanas convocados por el
Espíritu, pero en virtud de su configuración con Cristo Cabeza y Pastor
se encuentra en esta situación esponsal ante la comunidad. "En cuanto
representa a Cristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, el sacerdote
está no sólo en la Iglesia, sino también al frente de la Iglesia"[50].
Por tanto, está llamado a revivir en su vida espiritual el amor de
Cristo Esposo con la Iglesia esposa. Su vida debe estar iluminada y
orientada también por este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del
amor de Cristo como Esposo y, por eso, ser capaz de amar a la gente con
un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí mismo, con
entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de "celo"
divino (cf. 2 Cor. 11, 2), con una ternura que incluso asume matices del
cariño materno, capaz de hacerse cargo de los "dolores de parto" hasta
que "Cristo no sea formado" en los fieles (cf. Gál. 4, 19).
23. El principio interior, la virtud que anima y guía la vida
espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y
Pastor es la caridad pastoral, participación de la misma caridad
pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo
tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del
presbítero.
El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de
sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo
el don de Cristo y a su imagen. "La caridad pastoral es aquella virtud
con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su
servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de
nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La
caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro
modo de comportarnos con la gente. Y resulta particularmente exigente
para nosotros..."[51].
El don de nosotros mismos, raíz y síntesis de la caridad pastoral,
tiene como destinataria la Iglesia. Así lo ha hecho Cristo "que amó a la
Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Ef. 5, 25); así debe
hacerlo el sacerdote. Con la caridad pastoral, que caracteriza el
ejercicio del ministerio sacerdotal como "amoris officium"[52],
"el sacerdote, que recibe la vocación al ministerio, es capaz de hacer
de éste una elección de amor, para el cual la Iglesia y las almas
constituyen su principal interés y, con esta espiritualidad concreta, se
hace capaz de amar a la Iglesia universal y a aquella porción de Iglesia
que le ha sido confiada, con toda la entrega de un esposo hacia su
esposa"[53].
El don de sí no tiene límites, ya que está marcado por la misma fuerza
apostólica y misionera de Cristo, el buen Pastor, que ha dicho: "también
tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a esas las tengo
que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo
pastor" (Jn. 10, 16).
Dentro de la comunidad eclesial, la caridad pastoral del sacerdote le
pide y exige de manera particular y específica una relación personal con
el presbiterio, unido en y con el Obispo, como dice expresamente el
Concilio: "La caridad pastoral pide que, para no correr en vano,
trabajen siempre los presbíteros en vínculo de comunión con los Obispos
y con los otros hermanos en el sacerdocio"[54].
El don de sí mismo a la Iglesia se refiere a ella como cuerpo y
esposa de Jesucristo. Por esto la caridad del sacerdote se
refiere primariamente a Jesucristo: solamente si ama y sirve a Cristo
Cabeza y Esposo, la caridad se hace fuente, criterio, medida, impulso
del amor y del servicio del sacerdote a la Iglesia, cuerpo y esposa de
Cristo. Esta ha sido la conciencia clara y profunda del apóstol Pablo,
que escribe a los cristianos de la Iglesia de Corinto: somos "siervos
vuestros por Jesús" (2 Cor. 4, 5). Esta es, sobre todo, la
enseñanza explícita y programática de Jesús, cuando confía a Pedro el
ministerio de apacentar la grey sólo después de su triple confesión de
amor, e incluso de un amor de predilección: <<Le dice por tercera
vez: "Simón de Juan, ¿me quieres?"... Pedro... le dijo: "Señor, tú lo
sabes todo; tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis
ovejas">> (Jn. 21, 17).
La caridad pastoral, que tiene su fuente específica en el sacramento
del Orden, encuentra su expresión plena y su alimento supremo en la
Eucaristía: "Esta caridad pastoral -dice el Concilio- fluye
ciertamente, sobre todo, del sacrificio eucarístico, que es, por ello,
centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que el alma
sacerdotal se esfuerce en reproducir en sí misma lo que se hace en el
ara sacrificial"[55].
En efecto, en la Eucaristía es donde se representa, es decir, se hace de
nuevo presente el sacrificio de la cruz, el don total de Cristo a su
Iglesia, el don de su cuerpo entregado y de su sangre derramada, como
testimonio supremo de su ser Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la
Iglesia. Precisamente por esto la caridad pastoral del sacerdote no sólo
fluye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta realización en su
celebración, así como también recibe de ella la gracia y la
responsabilidad de impregnar de manera "sacrificial" toda su existencia.
Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y
dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del
sacerdote. Gracias a la misma puede encontrar respuesta la exigencia
esencial y permanente de unidad entre la vida interior y tantas tareas y
responsabilidades del ministerio, exigencia tanto más urgente en un
contexto sociocultural y eclesial fuertemente marcado por la
complejidad, la fragmentación y la dispersión. Solamente la
concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la opción
fundamental y determinante de "dar la vida por la grey" puede garantizar
esta unidad vital, indispensable para la armonía y el equilibrio
espiritual del sacerdote: "La unidad de vida -nos recuerda el Concilio-
pueden construirla los presbíteros si en el cumplimiento de su
ministerio siguieren el ejemplo de Cristo, cuyo alimento era hacer la
voluntad de Aquél que lo envió para que llevara a cabo su obra... Así,
desempeñando el oficio de buen Pastor, en el mismo ejercicio de la
caridad pastoral hallarán el vínculo de la perfección sacerdotal, que
reduzca a unidad su vida y acción"[56].
LA VIDA ESPIRITUAL EN EL
EJERCICIO DEL MINISTERIO
24. El Espíritu del Señor ha
consagrado a Cristo y lo ha enviado a anunciar el Evangelio (cf. Lc. 4,
18). La misión no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto a la
consagración, sino que constituye su finalidad intrínseca y vital: la
consagración es para la misión. De esta manera, no sólo la
consagración, sino también la misión está bajo el signo del Espíritu,
bajo su influjo santificador.
Así fue en Jesús. Así fue en los apóstoles y en sus sucesores. Así es
en toda la Iglesia y en sus presbíteros: todos reciben el Espíritu como
don y llamada a la santificación en el cumplimiento de la misión y a
través de ella[57].
Existe por tanto una relación íntima entre la vida espiritual del
presbítero y el ejercicio de su ministerio[58],
descrita así por el Concilio: "Al ejercer el ministerio del Espíritu y
de la justicia (cf. 2 Cor. 3, 8-9), (los presbíteros) si son
dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivifica y guía, se afirman en la
vida del espíritu. Ya que por las mismas acciones sagradas de cada día,
como por todo su ministerio, que ejercen unidos con el Obispo y los
presbíteros, ellos mismos se ordenan a la perfección de vida. Por otra
parte, la santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al
ejercicio fructuoso del propio ministerio"[59].
"Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor". Esta
es la invitación, la exhortación que la Iglesia hace al presbítero en el
rito de la ordenación, cuando se le entrega las ofrendas del pueblo
santo para el sacrificio eucarístico. El "misterio", cuyo "dispensador"
es el presbítero (cf. 1 Cor. 4, 1), es, en definitiva, Jesucristo mismo,
que en el Espíritu Santo es fuente de santidad y llamada a la
santificación. El "misterio" requiere ser vivido por el presbítero. Por
esto exige gran vigilancia y viva conciencia. Y así, el rito de la
ordenación antepone a esas palabras la recomendación: "Considera lo que
realizas". Ya exhortaba Pablo al obispo Timoteo: "No descuides el
carisma que hay en ti" (1 Tim. 4, 14; cf. 2 Tim. 1, 6).
La relación entre la vida espiritual y el ejercicio del ministerio
sacerdotal puede encontrar su explicación también a partir de la caridad
pastoral otorgada por el sacramento del Orden. El ministerio del
sacerdote, precisamente porque es una participación del ministerio
salvífico de Jesucristo Cabeza y Pastor, expresa y revive su caridad
pastoral, que es a la vez fuente y espíritu de su servicio y del don de
sí mismo. En su realidad objetiva el ministerio sacerdotal es "amoris
officium", según la ya citada expresión de San Agustín. Precisamente
esta realidad objetiva es el fundamento y la llamada para un
ethos correspondiente, que es el vivir el amor, como dice el
mismo San Agustín: Sit amoris officium pascere dominicum gregem"[60].
Este ethos, y también la vida espiritual, es la acogida de la
"verdad" del ministerio sacerdotal como "amoris officium" en la
conciencia y en la libertad, y por tanto en la mente y el corazón, en
las decisiones y las acciones.
25. Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla a través
del ejercicio del ministerio, que el sacerdote renueve continuamente y
profundice cada vez más la conciencia de ser ministro de
Jesucristo, en virtud de la consagración sacramental y de la
configuración con El, Cabeza y Pastor de la Iglesia.
Esa conciencia no sólo corresponde a la verdadera naturaleza de la
misión que el sacerdote desarrolla en favor de la Iglesia y de la
humanidad, sino que influye también en la vida espiritual del sacerdote
que cumple esa misión. En efecto, el sacerdote es escogido por Cristo no
como una "cosa", sino como una "persona". No es un instrumento inerte y
pasivo, sino un "instrumento vivo", como dice el Concilio, precisamente
al hablar de la obligación de tender a la perfección[61].
Y el mismo Concilio habla de los sacerdotes como "compañeros y
colaboradores" del Dios "santo y santificador"[62].
En este sentido, en el ejercicio del ministerio está profundamente
comprometida la persona consciente, libre y responsable del sacerdote.
Su relación con Jesucristo, asegurada por la consagración y
configuración del sacramento del Orden, instaura y exige en el sacerdote
una posterior relación que procede de la intención, es decir, de la
voluntad consciente y libre de hacer, mediante los gestos ministeriales,
lo que quiere hacer la Iglesia. Semejante relación tiende, por su propia
naturaleza, a hacerse lo más profunda posible, implicando la mente, los
sentimientos, la vida, o sea, una serie de "disposiciones" morales y
espirituales correspondientes a los gestos ministeriales que el
sacerdote realiza.
No hay duda de que el ejercicio del ministerio sacerdotal,
especialmente la celebración de los Sacramentos, recibe su eficacia
salvífica de la acción misma de Jesucristo, hecha presente en los
Sacramentos. Pero por un designio divino, que quiere resaltar la
absoluta gratuidad de la salvación, haciendo del hombre un "salvado" a
la vez que un "salvador" -siempre y sólo con Jesucristo-, la eficacia
del ejercicio del ministerio está condicionada también por la mayor o
menor acogida y participación humana[63].
En particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente
en el anuncio de la Palabra, en la celebración de los Sacramentos y en
la dirección de la comunidad en la caridad. Lo afirma con claridad el
Concilio: "La santidad misma de los presbíteros contribuye en gran
manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio; pues, si es cierto
que la gracia de Dios puede llevar a cabo la obra de salvación aun por
medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar
normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e
inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la
santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: "Pero ya no vivo yo,
sino que Cristo vive en mí" (Gál. 2, 20)"[64].
La conciencia de ser ministro de Jesucristo Cabeza y Pastor lleva
consigo también la conciencia agradecida y gozosa de una gracia singular
recibida de Jesucristo: la gracia de haber sido escogido gratuitamente
por el Señor como "instrumento vivo" de la obra de salvación. Esta
elección demuestra el amor de Jesucristo al sacerdote. Precisamente este
amor, más que cualquier otro amor, exige correspondencia. Después de su
resurrección Jesús hace a Pedro una pregunta fundamental sobre el amor:
"Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?". Y a la respuesta de Pedro
sigue la entrega de la misión: "Apacienta mis corderos" (Jn. 21, 15).
Jesús pregunta a Pedro si lo ama, antes de entregarle su grey. Pero es,
en realidad, el amor libre y precedente de Jesús mismo el que origina su
pregunta al apóstol y la entrega de "sus" ovejas. Y así, todo gesto
ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a
madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo Cabeza,
Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como
respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo. A su
vez, el crecimiento del amor a Jesucristo determina el crecimiento del
amor a la Iglesia: "Somos vuestros pastores (pascimus vobis), con
vosotros somos apacentados (pascimur vobiscum). El Señor nos de
la fuerza de amaros hasta el punto de poder morir real o afectivamente
por vosotros (aut effectu aut affectu)"[65].
26. Gracias a la preciosa enseñanza del Concilio Vaticano II[66],
podemos recordar las condiciones y exigencias, las modalidades y frutos
de la íntima relación que existe entre la vida espiritual del sacerdote
y el ejercicio de su triple ministerio: la Palabra, el Sacramento y el
servicio de la Caridad.
El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es
el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino,
llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los
creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundas del
misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo. Por eso,
el sacerdote mismo debe ser el primero en tener una gran familiaridad
personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto
lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a
la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo
en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una
mentalidad nueva: "la mente de Cristo" (1 Cor. 2, 16), de modo que sus
palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una
transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio. Solamente
"permaneciendo" en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del
Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre, superando todo
condicionamiento contrario o extraño al Evangelio (cf. Jn. 8, 31-32). El
sacerdote debe ser el primer "creyente" de la Palabra, con la plena
conciencia de que las palabras de su ministerio no son "suyas", sino de
Aquél que lo ha enviado. El no es el dueño de esta Palabra: es su
servidor. El no es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el
Pueblo de Dios. Precisamente porque evangeliza y para poder evangelizar,
el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su
permanente necesidad de ser evangelizado[67].
El anuncia la Palabra en su cualidad de ministro, partícipe de la
autoridad profética de Cristo y de la Iglesia. Por esto, por tener en sí
mismo y ofrecer a los fieles la garantía de que transmite el Evangelio
en su integridad, el sacerdote ha de cultivar una sensibilidad, un amor
y una disponibilidad particulares hacia la Tradición viva de la Iglesia
y de su Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino que sirven
para su recta interpretación y para custodiar su sentido auténtico[68].
Es sobre todo en la celebración de los Sacramentos, y en la
celebración de la Liturgia de las Horas, donde el sacerdote está llamado
a vivir y testimoniar la unidad profunda entre el ejercicio de su
ministerio y su vida espiritual: el don de gracia ofrecido a la Iglesia
se hace principio de santidad y llamada a la santificación. También para
el sacerdote el lugar verdaderamente central, tanto de su ministerio
como de su vida espiritual, es la Eucaristía, porque en ella "se
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo,
nuestra Pascua y Pan vivo, que mediante su carne, vivificada y
vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres. Así son
ellos invitados y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y
todas sus cosas en unión con El mismo"[69].
De los diversos Sacramentos y, en particular, de la gracia específica
y propia de cada uno de ellos, la vida espiritual del presbítero recibe
unas connotaciones particulares. En efecto, se estructura y es plasmada
por las múltiples características y exigencias de los diversos
Sacramentos celebrados y vividos.
Quiero dedicar unas palabras al Sacramento de la Penitencia, cuyos
ministros son los sacerdotes, pero deben ser también sus beneficiarios,
haciéndose testigos de la misericordia de Dios por los pecadores. Repito
cuanto escribí en la Exhortación Reconciliatio et paenitentia:
"La vida espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos
laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y
consciente práctica personal del Sacramento de la Penitencia. La
celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros Sacramentos,
el celo pastoral, la relación con los fieles, la comunión con los
hermanos, la colaboración con el Obispo, la vida de oración, en una
palabra toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento,
si le falta, por negligencia o cualquier otro motivo, el recurso
periódico e inspirado en una auténtica fe y devoción al Sacramento de la
Penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su
ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muy pronto, y
se daría cuenta también la Comunidad de la que es pastor"[70].
Por último, el sacerdote está llamado a revivir la autoridad y el
servicio de Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia animando y
guiando la comunidad eclesial, o sea, reuniendo "la familia de Dios,
como una fraternidad animada en la unidad" y conduciéndola "al Padre por
medio de Cristo en el Espíritu Santo"[71].
Este "munus regendi" es una misión muy delicada y compleja, que incluye,
además de la atención a cada una de las personas y a las diversas
vocaciones, la capacidad de coordinar todos los dones y carismas que el
Espíritu suscita en la comunidad, examinándolos y valorándolos para la
edificación de la Iglesia, siempre en unión los Obispos. Se trata de un
ministerio que pide al sacerdote una vida espiritual intensa, rica de
aquellas cualidades y virtudes que son típicas de la persona que preside
y "guía" una comunidad; del "anciano" en el sentido más noble y rico de
la palabra. En él se esperan ver virtudes como la fidelidad, la
coherencia, la sabiduría, la acogida de todos, la afabilidad, la firmeza
doctrinal en las cosas esenciales, la libertad sobre los puntos de vista
subjetivos, el desprendimiento personal, la paciencia, el gusto por el
esfuerzo diario, la confianza en la acción escondida de la gracia que se
manifiesta en los sencillos y en los pobres (cf. Tit. 1, 7-8).
EXISTENCIA SACERDOTAL Y
RADICALISMO EVANGÉLICO
27. "El Espíritu del Señor sobre mí"
(Lc. 4, 18). El Espíritu Santo recibido en el sacramento del
Orden es fuente de santidad y llamada a la santificación, no sólo porque
configura al sacerdote con Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia y le
confía la misión profética, sacerdotal y real para que la lleve a cabo
personificando a Cristo, sino también porque anima y vivifica su
existencia de cada día, enriqueciéndola con dones y exigencias, con
virtudes y fuerzas, que se compendian en la caridad pastoral. Esta
caridad es síntesis unificante de los valores y de las virtudes
evangélicas y, a la vez, fuerza que sostiene su desarrollo hasta la
perfección cristiana[72].
Para todos los cristianos, sin excepciones, el radicalismo evangélico
es una exigencia fundamental e irrenunciable, que brota de la llamada de
Cristo a seguirlo e imitarlo, en virtud de la íntima comunión de vida
con él, realizada por el Espíritu (cf. Mt. 8, 18 ss; 10, 37 ss; Mc. 8,
34-38; 10, 17-21; Lc. 9, 57 ss.). Esta misma exigencia se presenta a los
sacerdotes, no sólo porque están "en" la Iglesia, sino también porque
están "al frente" de ella, al estar configurados con Cristo Cabeza y
Pastor, capacitados y comprometidos para el ministerio ordenado,
vivificados por la caridad pastoral. Ahora bien, dentro del radicalismo
evangélico y como manifestación del mismo se encuentra un rico
florecimiento de múltiples virtudes y exigencias éticas, que son
decisivas para la vida pastoral y espiritual del sacerdote, como, por
ejemplo, la fe, la humildad ante el misterio de Dios, la misericordia,
la prudencia. Expresión privilegiada del radicalismo son los varios
consejos evangélicos que Jesús propone en el Sermón de la Montaña (cf.
Mt. 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados
entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:[73]
el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las
finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia
del presbítero y la expresan.
28. "Entre las virtudes más necesarias en el ministerio de los
presbíteros, recordemos la disposición de ánimo para estar siempre
prontos para buscar no la propia voluntad, sino el cumplimiento de la
voluntad de aquél que los ha enviado (cf. Jn. 4, 34; 5, 30; 6, 38)"[74].
Se trata de la obediencia, que, en el caso de la vida espiritual
del sacerdote, presenta algunas características peculiares.
Es, ante todo, una obediencia "apostólica", en cuanto que
reconoce, ama y sirve a la Iglesia en su estructura jerárquica. En
verdad no se da ministerio sacerdotal sino en la comunión con el Sumo
Pontífice y con el Colegio episcopal, particularmente con el propio
Obispo diocesano, hacia los que debe observarse la "obediencia y
respeto" filial, prometidos en el rito de la ordenación. Esta sumisión a
cuantos están revestidos de la autoridad eclesial no tiene nada de
humillante, sino que nace de la libertad responsable del presbítero, que
acoge no sólo las exigencias de una vida eclesial orgánica y organizada,
sino también aquella gracia de discernimiento y de responsabilidad en
las decisiones eclesiales, que Jesús ha garantizado a sus apóstoles y a
sus sucesores, para que sea guardado fielmente el misterio de la
Iglesia, y para que el conjunto de la comunidad cristiana sea servida en
su camino unitario hacia la salvación.
La obediencia cristiana, auténtica, motivada y vivida rectamente sin
servilismos, ayuda al presbítero a ejercer con transparencia evangélica
la autoridad que le ha sido confiada en relación con el Pueblo de Dios:
sin autoritarismos y sin decisiones demagógicas. Sólo el que sabe
obedecer en Cristo, sabe cómo pedir, según el Evangelio, la obediencia
de los demás.
La obediencia del presbítero presenta además una exigencia
comunitaria; en efecto, no se trata de la obediencia de alguien que
se relaciona individualmente con la autoridad, sino que el presbítero
está profundamente inserto en la unidad del presbiterio, que, como tal,
está llamado a vivir en estrecha colaboración con el Obispo y, a través
de él, con el sucesor de Pedro[75].
Este aspecto de la obediencia del sacerdote exige una gran ascesis,
tanto en el sentido de capacidad a no dejarse atar demasiado a las
propias preferencias o a los propios puntos de vista, como en el sentido
de permitir a los hermanos que puedan desarrollar sus talentos y sus
aptitudes, más allá de todo celo, envidia o rivalidad. La obediencia del
sacerdote es una obediencia solidaria, que nace de su pertenencia al
único presbiterio y que siempre dentro de él y con él aporta
orientaciones y toma decisiones corresponsables.
Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial "carácter
de pastoralidad". Es decir, se vive en un clima de constante
disponibilidad a dejarse absorber, y casi "devorar", por las necesidades
y exigencias de la grey. Es verdad que estas exigencias han de tener una
justa racionalidad, y a veces han de ser seleccionadas y controladas;
pero es innegable que la vida del presbítero está ocupada, de manera
total, por el hambre del evangelio, de la fe, la esperanza y el amor de
Dios y de su misterio, que de modo más o menos consciente está presente
en el Pueblo de Dios que le ha sido confiado.
29. Entre los consejos evangélicos -dice el Concilio-, "destaca el
precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf.
Mt. 19, 11; 1 Cor. 7, 7), para que se consagren sólo a Dios con un
corazón que en la virginidad y el celibato se mantiene más fácilmente
indiviso (cf. 1 Cor. 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino
de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la
Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial
extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo"[76].
En la virginidad y el celibato la castidad mantiene su
significado original, a saber, el de una sexualidad humana vivida como
auténtica manifestación y precioso servicio al amor de comunión y de
donación interpersonal. Este significado subsiste plenamente en la
virginidad, que realiza, en la renuncia al matrimonio, el "significado
esponsalicio" del cuerpo mediante una comunión y una donación personal a
Jesucristo y a su Iglesia, que prefiguran y anticipan la comunión y la
donación perfectas y definitivas del más allá: "En la virginidad el
hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas
escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia
con la esperanza de que Cristo se de a ésta en la plena verdad de la
vida eterna"[77].
Bajo esta luz se pueden comprender y apreciar más fácilmente los
motivos de la decisión multisecular que la Iglesia de Occidente tomó y
sigue manteniendo -a pesar de todas las dificultades y objeciones
surgidas a través de los siglos-, de conferir el orden presbiteral sólo
a hombres que den pruebas de ser llamados por Dios al don de la castidad
en el celibato absoluto y perpetuo.
Los Padres sinodales han expresado con clarida y fuerza su
pensamiento con una Proposición importante, que merece ser transcrita
íntegra y literalmente: "Quedando en pie la disciplina de las Iglesias
Orientales, el Sínodo, convencido de que la castidad perfecta en el
celibato sacerdotal es un carisma, recuerda a los presbíteros que ella
constituye un don inestimable de Dios a la Iglesia y representa un valor
profético para el mundo actual. Este Sínodo afirma nuevamente y con
fuerza cuanto la Iglesia Latina y algunos ritos orientales determinan, a
saber, que el sacerdocio se confiera solamente a aquellos hombres que
han recibido de Dios el don de la vocación a la castidad célibe (sin
menoscabo de la tradición de algunas Iglesias orientales y de los casos
particulares del clero casado proveniente de las conversiones al
catolicismo, para los que se hace excepción en la encíclica de Pablo VI
sobre el celibato sacerdotal, n. 42). El Sínodo no quiere dejar ninguna
duda en la mente de nadie sobre la firme voluntad de la Iglesia de
mantener la ley que exige el celibato libremente escogido y perpetuo
para los candidatos a la ordenación sacerdotal en el rito latino. El
Sínodo solicita que el celibato sea presentado y explicado en su plena
riqueza bíblica, teológica y espiritual, como precioso don dado por Dios
a su Iglesia y como signo del Reino que no es de este mundo, signo
también del amor de Dios a este mundo, y del amor indiviso del sacerdote
a Dios y al Pueblo de Dios, de modo que el celibato sea visto como
enriquecimiento positivo del sacerdocio"[78].
Es particularmente importante que el sacerdote comprenda la
motivación teológica de la ley eclesiástia sobre el celibato. En cuanto
ley, ella expresa la voluntad de la Iglesia, antes aún que la
voluntad que el sujeto manifiesta con su disponibilidad. Pero esta
voluntad de la Iglesia encuentra su motivación última en la relación
que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al
sacerdote con Jesucristo Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como
Esposa de Jesucristo, debe ser amada por el sacerdote de modo total y
exclusivo como Jesucristo Cabeza y Esposo la ha amado. Por eso el
celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo
a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia
en y con el Señor.
Para una adecuada vida espiritual del sacerdote es preciso que el
celibato sea considerado y vivido no como un elemento aislado o
puramente negativo, sino como un aspecto de una orientación positiva,
específica y característica del sacerdote: él, dejando padre y madre,
sigue a Jesús buen Pastor, en una comunión apostólica, al servicio del
Pueblo de Dios. Por tanto, el celibato ha de ser acogido con libre y
amorosa decisión que debe ser continuamente renovada, como don
inestimable de Dios, como "estímulo de la caridad pastoral"[79],
como participación singular en la paternidad de Dios y en la fecundidad
de la Iglesia, como testimonio ante el mundo del Reino escatológico.
Para vivir todas las exigencias morales, pastorales y espirituales del
celibato sacerdotal es absolutamente necesaria la oración humilde y
confiada, como nos recuerda el Concilio: "Cuanto más imposible se
considera por no pocos hombres la perfecta continencia en el mundo de
hoy, tanto más humilde y perseverantemente pedirán los presbíteros, a
una con la Iglesia, la gracia de la fidelidad, que nunca se niega a los
que la piden, empleando, al mismo tiempo, todos los medios
sobrenaturales y naturales, que están al alcance de todos"[80].
Será la oración, unida a los Sacramentos de la Iglesia y al esfuerzo
ascético, los que infundan esperanza en las dificultades, perdón en las
faltas, confianza y ánimo en el volver a comenzar.
30. De la pobreza evangélica los Padres sinodales han dado una
descripción muy concisa y profunda, presentándola como "sumisión de
todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino"[81].
En realidad sólo el que contempla y vive el misterio de Dios como único
y sumo Bien, como verdadera y definitiva Riqueza, puede comprender y
vivir la pobreza, que no es ciertamente desprecio y rechazo de los
bienes materiales, sino el uso agradecido y cordial de estos bienes y, a
la vez, la gozosa renuncia a ellos con gran libertad interior, esto es,
hecha por Dios y obedeciendo sus designios.
La pobreza del sacerdote, en virtud de su configuración sacramental
con Cristo Cabeza y Pastor, tiene connotaciones "pastorales" bien
precisas, en las que se han fijado los Padres sinodales, recordando y
desarrollando las enseñanzas conciliares[82].
Afirman, entre otras cosas: "Los sacerdotes, siguiendo el ejemplo de
Cristo que, siendo rico, se ha hecho pobre por nuestro amor (cf. 2 Cor.
8, 9), deben considerar a los pobres y a los más débiles como confiados
a ellos de un modo especial y deben ser capaces de testimoniar la
pobreza con una vida simple y austera, habituados ya a renunciar
generosamente a las cosas superfluas (Optatam totius, 9; C.I.C.,
can. 282)"[83].
Es verdad que "el obrero merece su salario" (Lc. 10, 7) y que "el
Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio"
(1 Cor. 9, 14); pero también es verdad que este derecho del apóstol no
puede absolutamente confundirse con una especie de pretensión de someter
el servicio del evangelio y de la Iglesia a las ventajas e intereses que
del mismo puedan derivarse. Sólo la pobreza asegura al sacerdote su
disponibilidad a ser enviado allí donde su trabajo sea más útil y
urgente, aunque comporte sacrificio personal. Esta es una condición y
una premisa indispensable a la docilidad que el apóstol ha de tener al
Espíritu, el cual lo impulsa para "ir", sin lastres y sin ataduras,
siguiendo sólo la voluntad del Maestro (cf. Lc. 9, 57-62; Mc. 10,
17-22).
Inserto en la vida de la comunidad y responsable de la misma, el
sacerdote debe ofrecer también el testimonio de una total
"transparencia" en la administración de los bienes de la misma
comunidad, que no tratará jamás como un patrimonio propio, sino como
algo de lo que debe rendir cuentas a Dios y a los hermanos, sobre todo a
los pobres. Además, la conciencia de pertenecer al único presbiterio lo
llevará a comprometerse para favorecer una distribución más justa de los
bienes entre los hermanos, así como un cierto uso en común de los bienes
(cf. Hch. 2, 42-47).
La libertad interior, que la pobreza evangélica custodia y alimenta,
prepara al sacerdote para estar al lado de los más débiles; para hacerse
solidario con sus esfuerzos por una sociedad más justa; para ser más
sensible y más capaz de comprensión y de discernimiento de los fenómenos
relativos a los aspectos económicos y sociales de la vida; para promover
la opción preferencial por los pobres; ésta, sin excluir a nadie del
anuncio y del don de la salvación, sabe inclinarse ante los pequeños,
ante los pecadores, ante los marginados de cualquier clase, según el
modelo ofrecido por Jesús en su ministerio profético y sacerdotal (cf.
Lc. 4, 18).
No hay que olvidar el significado profético de la pobreza sacerdotal,
particularmente urgente en las sociedades opulentas y de consumo, pues,
"el sacerdote verdaderamente pobre es ciertamente un signo concreto de
la separación, de la renuncia y de la no sumisión a la tiranía del mundo
contemporáneo, que pone toda su confianza en el dinero y en la seguridad
material"[84].
Jesucristo, que en la cruz lleva a perfección su caridad pastoral con
un total despojo exterior e interior, es el modelo y fuente de las
virtudes de obediencia, castidad y pobreza que el sacerdote está llamado
a vivir como expresión de su amor pastoral por los hermanos. Como
escribe San Pablo a los Filipenses, el sacerdote debe tener "los mismos
sentimientos" de Jesús, despojándose de su propio "yo", para encontrar,
en la caridad obediente, casta y pobre, la vía maestra de la unión con
Dios y de la unidad con los hermanos (cf. Flp. 2, 5).
PERTENENCIA Y
DEDICACIÓN A LA
IGLESIA PARTICULAR
31. Como toda vida espiritual
auténticamente cristiana, también la del sacerdote posee una esencial
e irrenunciable dimensión eclesial: es participación en la santidad
de la misma Iglesia, que en el Credo profesamos como "Comunión de los
Santos". La santidad del cristiano deriva de la de la Iglesia, la
expresa y al mismo tiempo la enriquece. Esta dimensión eclesial reviste
modalidades, finalidades y significados particulares en la vida
espiritual del presbítero, en razón de su relación especial con la
Iglesia, basándose siempre en su configuración con Cristo Cabeza y
Pastor, en su ministerio ordenado, en su caridad pastoral.
En esta perspectiva es necesario considerar como valor espiritual del
presbítero su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular, lo
cual no está motivado solamente por razones organizativas y
disciplinares; al contrario, la relación con el Obispo en el único
presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial, la
dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones
concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular, son
elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la configuración
propia del sacerdote y de su vida espiritual. En este sentido la
"incardinación" no se agota en un vínculo puramente jurídico, sino que
comporta también una serie de actitudes y de opciones espirituales y
pastorales, que contribuyen a dar una fisonomía específica a la figura
vocacional del presbítero.
Es necesario que el sacerdote tenga la conciencia de que su "estar en
una Iglesia particular" constituye, por su propia naturaleza, un
elemento calificativo para vivir una espiritualidad cristiana. Por ello,
el presbítero encuentra, precisamente en su pertenencia y dedicación a
la Iglesia particular, una fuente de significados, de criterios de
discernimiento y de acción, que configuran tanto su misión pastoral,
como su vida espiritual.
En el caminar hacia la perfección pueden ayudar también otras
inspiraciones o referencias a otras tradiciones de vida espiritual,
capaces de enriquecer la vida sacerdotal de cada uno y de animar el
presbiterio con ricos dones espirituales. Es éste el caso de muchas
asociaciones eclesiales -antiguas y nuevas-, que acogen en su seno
también a sacerdotes: desde las sociedades de vida apostólica a los
institutos seculares presbiterales; desde las varias formas de comunión
y participación espiritual a los movimientos eclesiales. Los sacerdotes
que pertenecen a Ordenes y a Congregaciones religiosas son una riqueza
espiritual para todo el presbiterio diocesano, al que contribuyen con
carismas específicos y ministerios especializados; con su presencia
estimulan la Iglesia particular a vivir más intensamente su apertura
universal[85].
La pertenencia del sacerdote a la Iglesia particular y su dedicación,
hasta el don de la propia vida, para la edificación de la Iglesia -"in
persona Christi", Cabeza y Pastor-, al servicio de toda la comunidad
cristiana, en cordial y filial relación con el Obispo, han de ser
favorecidas por todo carisma que forme parte de una existencia
sacerdotal o esté cercano a la misma[86].
Para que la abundancia de los dones del Espíritu Santo sea acogida
con gozo y de frutos para gloria de Dios y bien de la Iglesia entera, se
exige por parte de todos, en primer lugar, el conocimiento y
discernimiento de los carismas propios y ajenos, y un ejercicio de los
mismos acompañado siempre por la humildad cristiana, la valentía de la
autocrítica y la intención -por encima de cualquier otra preocupación-,
de ayudar a la edificación de toda la comunidad, a cuyo servicio está
puesto todo carisma particular. Se pide, además, a todos un sincero
esfuerzo de estima recíproca, de respeto mutuo y de valoración
coordinada de todas las diferencias positivas y justificadas, presentes
en el presbiterio. Todo esto forma parte también de la vida espiritual y
de la constante ascesis del sacerdote.
32. La pertenencia y dedicación a una Iglesia particular no
circunscriben la actividad y la vida del presbítero, pues, dada la misma
naturaleza de la Iglesia particular[87]
y del ministerio sacerdotal, aquella no pueden reducirse a estrechos
límites. El Concilio enseña sobre esto: El don espiritual que los
presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión
limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de
salvación "hasta los confines de la tierra" (Hch. 1, 8), pues
cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal
de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles[88].
Se sigue de esto que la vida espiritual de los sacerdotes debe estar
profundamente marcada por el anhelo y el dinamismo misionero.
Corresponde a ellos, en el ejercicio del ministerio y en el testimonio
de su vida, plasmar la comunidad que se les ha confiado para que sea una
comunidad auténticamente misionera. Como he señalado en la encíclica
Redemptoris missio, "todos los sacerdotes deben de tener corazón
y mentalidad de misioneros, estar abiertos a las necesidades de la
Iglesia y del mundo, atentos a los más lejanos y, sobre todo, a los
grupos no cristianos del propio ambiente. Que en la oración y,
particularmente, en el sacrificio eucarístico sientan la solicitud de
toda la Iglesia por la humanidad entera"[89].
Si este espíritu misionero anima generosamente la vida de los
sacerdotes, será fácil la respuesta a una necesidad cada día más grave
en la Iglesia, que nace de una desigual distribución del clero. En este
sentido ya el Concilio se mostró preciso y enérgico: "Recuerden, pues,
los presbíteros que deben llevar en su corazón la solicitud por todas
las Iglesias. Por tanto, los presbíteros de aquellas diócesis que son
más ricas en abundancia de vocaciones, muéstrense de buen grado
dispuestos, con permiso o por exhortación de su propio Obispo, a ejercer
su ministerio en regiones, misiones u obras que padecen escasez de
clero"[90].
"RENUEVA EN SUS CORAZONES EL
ESPIRITU DE SANTIDAD"
33. "El Espíritu del Señor está sobre
mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva..."
(Lc. 4, 18). Jesús hace resonar también hoy en nuestro corazón de
sacerdotes las palabras que pronunció en la sinagoga de Nazaret.
Efectivamente, nuestra fe nos revela la presencia operante del Espíritu
de Cristo en nuestro ser, en nuestro actuar y en nuestro vivir, tal como
lo ha configurado, capacitado y plasmado el sacramento del Orden.
Ciertamente, el Espíritu del Señor es el gran protagonista de
nuestra vida espiritual. El crea el "corazón nuevo", lo anima y lo
guía con la "ley nueva" de la caridad, de la caridad pastoral. Para el
desarrollo de la vida espiritual es decisiva la certeza de que no
faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo, como don
totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad. La conciencia del
don infunde y sostiene la confianza indestructible del sacerdote en las
dificultades, en las tentaciones, en las debilidades con que puede
encontrarse en el camino espiritual.
Vuelvo a proponer a todos los sacerdotes lo que, en otra ocasión,
dije a un numeroso grupo de ellos, "La vocación sacerdotal es
esencialmente una llamada a la santidad, que nace del sacramento del
Orden. La santidad es intimidad con Dios, es imitación de Cristo, pobre,
casto, humilde; es amor sin reservas a las almas y donación a su
verdadero bien; es amor a la Iglesia que es santa y nos quiere santos,
porque ésta es la misión que Cristo le ha encomendado. Cada uno de
vosotros debe ser santo, también para ayudar a los hermanos a seguir su
vocación a la santidad.
¿Cómo no reflexionar... sobre la función esencial que el Espíritu
Santo ejerce en la específica llamada a la santidad, propia del
ministerio sacerdotal? Recordemos las palabras del rito de la Ordenación
sacerdotal, que se consideran centrales en la fórmula sacramental: "Te
pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la
dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de
santidad; reciban de Ti el sacerdocio de segundo grado y sean, con su
conducta, ejemplo de vida".
Mediante la Ordenación, amadísimos hermanos, habéis recibido el mismo
Espíritu de Cristo, que os hace semejantes a El, para que podáis actuar
en su nombre y vivir en vosotros sus mismos sentimientos. Esta íntima
comunión con el Espíritu de Cristo, a la vez que garantiza la eficacia
de la acción sacramental que realizáis "in persona Christi", debe
expresarse también en el fervor de la oración, en la coherencia de vida,
en la caridad pastoral de un ministerio dirigido incansablemente a la
salvación de los hermanos. Requiere, en una palabra, vuestra
santificación personal[91].
CAPITULO IV
VENID Y LO VERÉIS:
La vocación sacerdotal en la pastoral de la
Iglesia
BUSCAR, SEGUIR,
PERMANECER
34. "Venid y lo veréis" (Jn. 1, 39).
De esta manera responde Jesús a los dos discípulos de Juan el Bautista,
que le preguntaban donde vivía. En estas palabras encontramos el
significado de la vocación.
Así cuenta el evangelista la llamada a Andrés y a Pedro: <<Al
día siguiente, Juan se encontraba en aquel mismo lugar con dos de sus
discípulos. De pronto vio a Jesús que pasaba por allí, y dijo:
"(exclamdown)Este es el cordero de Dios!". Los dos discípulos le oyeron
decir esto y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, viendo que lo
seguían, les preguntó: "¿Qué buscáis?". Ellos contestaron: "Rabbí, (que
quiere decir Maestro) ¿dónde vives?". El les respondió: "Venid y lo
veréis". Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con
él. Eran como las cuatro de la tarde. Uno de los dos que siguieron a
Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Encontró Andrés en primer
lugar a su propio hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías
(que quiere decir Cristo)". Y lo llevó a Jesús. Jesús, al verlo, le
dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan: en adelante te llamarás Cefas, (es
decir, Pedro)">> (Jn. 1, 35-42).
Esta página del Evangelio es una de tantas de la Biblia en las que se
describe el "misterio" de la vocación; en nuestro caso, el misterio de
la vocación a ser apóstoles de Jesús. La página de san Juan, que tiene
también un significado para la vocación cristiana como tal, adquiere un
valor simbólico para la vocación sacerdotal. La Iglesia, como comunidad
de los discípulos de Jesús, está llamada a fijar su mirada en esta
escena que, de alguna manera, se renueva continuamente en la historia.
Se le invita a profundizar el sentido original y personal de la vocación
al seguimiento de Cristo en el ministerio sacerdotal y el vínculo
inseparable entre la gracia divina y la responsabilidad humana contenido
y revelado en esas dos palabras que tantas veces encontramos en el
Evangelio: ven y sígueme (cf. Mt. 19, 21). Se le invita a
interpretar y recorrer el dinamismo propio de la vocación, su desarrollo
gradual y concreto en las frases del buscar a Jesús, seguirlo y
permanecer con El.
La Iglesia encuentra en este Evangelio de la vocación el
modelo, la fuerza y el impulso de su pastoral vocacional, o sea, de su
misión destinada a cuidar el nacimiento, el discernimiento y el
acompañamiento de las vocaciones, en especial de las vocaciones al
sacerdocio. Precisamente porque "la falta de sacerdotes es ciertamente
la tristeza de cada Iglesia"[92],
la pastoral vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo,
vigoroso y más decidido compromiso por parte de todos los miembros de la
Iglesia, con la conciencia de que no es un elemento secundario o
accesorio, ni un aspecto aislado o sectorial, como si fuera algo sólo
parcial, aunque importante, de la pastoral global de la Iglesia. Como
han afirmado repetidamente los Padres sinodales, se trata más bien de
una actividad íntimamente inserta en la pastoral general de cada Iglesia
particular[93],
de una atención que debe integrarse e identificarse plenamente con la
llamada "cura de almas" ordinaria[94],
de una dimensión connatural y esencial de la pastoral eclesial, o sea,
de su vida y de su misión[95].
La dimensión vocacional es esencial y connatural en la pastoral de
la Iglesia. La razón se encuentra en el hecho de que la vocación
define, en cierto sentido, el ser profundo de la Iglesia, incluso antes
que su actuar. En el mismo vocablo de Iglesia (Ecclesia) se
indica su fisonomía vocacional íntima, porque es verdaderamente
"convocatoria", esto es, asamblea de los llamados: "Dios ha
convocado la asamblea de aquellos que miran en la fe a Jesús, autor de
la salvación y principio de unidad y de paz, y así ha constituido la
Iglesia, para que sea para todos y para cada uno el sacramento visible
de esta unidad salvífica"[96].
Una lectura propiamente teológica de la vocación sacerdotal y de su
pastoral, puede nacer sólo de la lectura del misterio de la Iglesia como
mysterium vocationis.
LA IGLESIA Y EL DON DE LA
VOCACION
35. Toda vocación cristiana encuentra su fundamento
en la elección gratuita y precedente de parte del Padre "que desde lo
alto del cielo nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de
bienes espirituales. El nos eligió en Cristo antes de la creación del
mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su
presencia. Llevado de su amor, él nos destinó de antemano, conforme al
beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos, por medio
de Jesucristo" (Ef. 1, 3-5).
Toda vocación cristiana viene de Dios, es don de Dios. Sin embargo
nunca se concede fuera o independientemente de la Iglesia, sino que
siempre tiene lugar en la Iglesia y mediante ella, porque, como nos
recuerda el Concilio Vaticano II, "fue voluntad de Dios el santificar y
salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con
otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le
sirviera santamente"[97].
La Iglesia no sólo contiene en sí todas las vocaciones que Dios le
otorga en su camino de salvación, sino que ella misma se configura como
misterio de vocación, reflejo luminoso y vivo del misterio de la
Santísima Trinidad. En realidad la Iglesia, "pueblo congregado por la
unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"[98],
lleva en sí el misterio del Padre que, sin ser llamado ni enviado por
nadie (cf. Rom. 11, 33-35), llama a todos para santificar su nombre y
cumplir su voluntad; ella custodia dentro de sí el misterio del Hijo,
llamado por el Padre y enviado para anunciar a todos el Reino de Dios, y
que llama a todos a su seguimiento; y es depositaria del misterio del
Espíritu Santo que consagra para la misión a los que el Padre llama
mediante su Hijo Jesucristo.
La Iglesia, que por propia naturaleza es "vocación", es generadora
y educadora de vocaciones. Lo es en su ser de "sacramento", en
cuanto "signo" e "instrumento" en el que resuena y se cumple la vocación
de todo cristiano; y lo es en su actuar, o sea, en el desarrollo de su
ministerio de anuncio de la Palabra, de celebración de los Sacramentos y
de servicio y testimonio de la caridad.
Ahora se puede comprender mejor la esencial dimensión eclesial de
la vocación cristiana: ésta no sólo deriva "de" la Iglesia y de su
mediación, no sólo se reconoce y se cumple "en" la Iglesia, sino que -en
el servicio fundamental de Dios- se configura necesariamente como
servicio "a" la Iglesia. La vocación cristiana, en todas sus formas, es
un don destinado a la edificación de la Iglesia, al crecimiento del
Reino de Dios en el mundo[99].
Esto que decimos de toda vocación cristiana se realiza de un modo
específico en la vocación sacerdotal. Esta es una llamada, a través del
sacramento del Orden recibido en la Iglesia, a ponerse al servicio del
Pueblo de Dios con una peculiar pertenencia y configuración con
Jesucristo y que da también la autoridad para actuar en su nombre "et
in persona" de quien es Cabeza y Pastor de la Iglesia.
En esta perspectiva se comprende lo que manifiestan los Padres
sinodales: "La vocación de cada sacerdote presbítero existe en la
Iglesia y para la Iglesia, y se realiza para ella. De ahí se sigue que
todo presbítero recibe del Señor la vocación a través de la Iglesia como
un don gratuito, una gratia gratis data (charisma). Es tarea del
Obispo o del superior competente no sólo examinar la idoneidad y la
vocación del candidato, sino también reconocerla. Este elemento
eclesiástico pertenece a la vocación, al ministerio presbiteral como
tal. El candidato al presbiterado debe recibir la vocación sin imponer
sus propias condiciones personales, sino aceptando las normas y
condiciones que pone la misma Iglesia, por la responsabilidad que a ella
compete"[100].
EL DIALAGO VOCACIONAL:
INICIATIVA DE DIOS Y RESPUESTA DEL HOMBRE
36. La historia de
toda vocación sacerdotal, como también de toda vocación cristiana, es la
historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el
amor de Dios que llama y la libertad del hombre que, responde a Dios en
el amor. Estos dos aspectos inseparables de la vocación, el don gratuito
de Dios y la libertad responsable del hombre, aparecen de manera clara y
eficaz en las brevísimas palabras con las que el evangelista san Marcos
presenta la vocación de los doce: Jesús "subió a un monte, y llamando
a los que quiso, vinieron a él" (3, 13). Por un lado está la
decisión absolutamente libre de Jesús y por otro, el "venir" de los
doce, o sea, el "seguir" a Jesús.
Este es el modelo constante, el elemento imprescindible de toda
vocación; la de los profetas, apóstoles, sacerdotes, religiosos, fieles
laicos, la de toda persona.
Ahora bien, la intervención libre y gratuita de Dios que llama
es absolutamente prioritaria, anterior y decisiva. Es suya la iniciativa
de llamar. Por ejemplo ésta es, la experiencia del profeta Jeremías:
<<El Señor me habló así: "Antes de formarte en el vientre te
conocí; antes que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de
las naciones">> (Jr. 1, 4-5). Y es la misma verdad
presentada por el apóstol Pablo, que fundamenta toda vocación en la
elección eterna en Cristo, hecha "antes de la creación del mundo" y
"conforme al beneplácito de su voluntad" (Ef. 1, 4. 5). La
primacía absoluta de la gracia en la vocación encuentra su proclamación
perfecta en la palabra de Jesús: "No me elegisteis vosotros a mi, sino
que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y déis
fruto y que vuestro fruto permanezca" (Jn. 15, 16).
Si la vocación sacerdotal testimonia, de manera inequívoca, la
primacía de la gracia, la decisión libre y soberana de Dios de llamar al
hombre exige respeto absoluto, y en modo alguno puede ser forzada por
presiones humanas, ni puede ser sustituida por decisión humana alguna.
La vocación es un don de la gracia divina y no un derecho del hombre, de
forma que "nunca se puede considerar la vida sacerdotal como una
promoción simplemente humana, ni la misión del ministro como un simple
proyecto personal"[101].
De este modo, queda excluida radicalmente toda vanagloria y presunción
por parte de los llamados (cf. Heb. 5, 4 ss) los cuales han de sentir
profundamente una gratitud admirada y conmovida, una confianza y una
esperanza firmes, porque saben que están apoyados no en sus propias
fuerzas, sino en la fidelidad incondicional de Dios que llama.
"Llamó a los que él quiso y vinieron a él" (Mc. 3, 13). Este "venir",
que se identifica con el "seguir" a Jesús, expresa la respuesta libre de
los doce a la llamada del Maestro. Así sucede con Pedro y Andrés; les
dijo: <<'Venid conmigo y os haré pescadores de hombres'. Y ellos
al instante, dejaron, las redes y le siguieron>> (Mt. 4, 19-20).
Idéntica fue la experiencia de Santiago y Juan (cf. Mt. 4, 21-22). Así
sucede siempre: en la vocación brillan a la vez el amor gratuito de Dios
y la exaltación de la libertad del hombre; la adhesión a la llamada de
Dios y su entrega a El.
En realidad, gracia y libertad no se oponen entre sí. Al contraria,
la gracia anima y sostiene la libertad humana, liberándola de la
esclavitud del pecado (cf. Jn. 8, 34-36), sanándola y elevándola en sus
capacidades de apertura y acogida del don de Dios. Y si no se puede
atentar contra la iniciativa absolutamente gratuita de Dios que llama,
tampoco se puede atentar contra la extrema seriedad con la que el hombre
es desafiado en su libertad. Así, al "ven y sígueme" de Jesús, el joven
rico contesta con el rechazo, signo -aunque sea negativo- de su
libertad: "Pero él, abatido por estas palabras, se marcho entristecido,
porque tenía muchos bienes" (Mc. 10, 22).
Por tanto, la libertad es esencial para la vocación, una
libertad que en la respuesta positiva se cualifica como adhesión
personal profunda, como donación de amor -o mejor como re-donación al
Donador: Dios que llama- esto es, como oblación. "A la llamada -decía
Pablo VI- corresponde la respuesta. No puede haber vocaciones, si no son
libres, es decir, si no son ofrendas espontáneas de sí mismo,
conscientes, generosas, totales... Oblaciones; éste es prácticamente el
verdadero problema... Es la voz humilde y penetrante de Cristo que dice,
hoy como ayer y más que ayer: ven. La libertad se sitúa en su raíz más
profunda: la oblación, la generosidad y el sacrificio"[102].
La oblación libre, que constituye el núcleo íntimo y más precioso de
la respuesta del hombre a Dios que llama, encuentra su modelo
incomparable, más aún, su raíz viva, en la oblación libérrima de
Jesucristo -primero de los llamados- a la voluntad del Padre:
<<Por eso, al entrar en este mundo, dice Cristo: "No has querido
sacrificio ni oblación, pero me has formado un cuerpo... Entonces yo
dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad">> (Heb.
10, 5.7).
En íntima unión con Cristo, María, la Virgen Madre, ha sido la
criatura que más ha vivido la plena verdad de la vocación, porque nadie
como Ella ha respondido con un amor tan grande al amor inmenso de Dio[103].
37. "Abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía
muchos bienes" (Mc. 10, 22). El joven rico del Evangelio, que no
sigue la llamada de Jesús, nos recuerda los obstáculos que pueden
bloquear o apagar la respuesta libre del hombre: no sólo los bienes
materiales pueden cerrar el corazón humano a los valores del espíritu y
a las exigencias radicales del Reino de Dios, sino que también algunas
condiciones sociales y culturales de nuestro tiempo pueden representar
no pocas amenazas e imponer visiones desviadas y falsas sobre la
verdadera naturaleza de la vocación, haciendo difíciles, cuando no
imposibles, su acogida y su misma comprensión.
Muchos tienen una idea de Dios tan genérica y confusa que deriva en
formas de religiosidad sin Dios, en las cuales la voluntad de Dios se
concibe como un destino inmutable e inevitable, al que el hombre debe
simplemente adaptarse y resignarse en total pasividad. Pero no es éste
el rostro de Dios que Jesucristo ha venido a revelarnos. En efecto, Dios
es el Padre que, con amor eterno y precedente llama al hombre y lo sitúa
en un maravilloso y permanente diálogo con El, invitándolo a compartir
su misma vida divina como hijo. Es cierto que, con una visión equivocada
de Dios, el hombre no puede reconocer ni siquiera la verdad sobre sí
mismo, de tal forma que la vocación no puede ser ni percibida, ni vivida
en su valor auténtico; puede ser sentida solamente como un peso impuesto
e insoportable.
También algunas ideas equivocadas sobre el hombre, sostenidas con
frecuencia con aparentes argumentos filosóficos o "científicos", inducen
a veces al hombre a interpretar la propia existencia y libertad como
totalmente determinadas y condicionadas por factores externos de orden
educativo, psicológico, cultural o ambiental. Otras veces se entiende la
libertad en términos de absoluta autonomía pretendiendo que sea la única
e inexplorable fuente de opciones personales y considerándola a toda
costa como afirmación de sí mismo. Pero, de ese modo, se cierra el
camino para entender y vivir la vocación como libre diálogo de amor, que
nace de la comunicación de Dios al hombre y se concluye con el don
sincero de sí, por parte del hombre.
En el contexto actual no falta tampoco la tendencia a concebir la
relación del hombre con Dios de un modo individualista e intimista, como
si la llamada de Dios llegase a cada persona por vía directa, sin
mediación comunitaria alguna, y tuviese como meta una ventaja, o la
salvación misma de cada uno de los llamados y no la dedicación total a
Dios en el servicio a la comunidad. Encontramos así otra amenaza, más
profunda y a la vez más sutil, que hace imposible reconocer y aceptar
con gozo la dimensión eclesial inscrita originariamente en toda vocación
cristiana, y en particular en la vocación presbiteral. En efecto, como
nos recuerda el Concilio, el sacerdocio ministerial adquiere su
auténtico significado y realiza la plena verdad de sí mismo en el servir
y hacer crecer la comunidad cristiana y el sacerdocio común de los
fieles[104].
El contexto cultural al que aludimos, cuyo influjo no está ausente
entre los mismos cristianos y especialmente entre los jóvenes, ayuda a
comprender la difusión de la crisis de las mismas vocaciones
sacerdotales, originadas y acompañadas por crisis de fe más radicales.
Lo han declarado explícitamente los Padres sinodales, reconociendo que
la crisis de las vocaciones al presbiterado tiene profundas raíces en el
ambiente cultural y en la mentalidad y praxis de los cristianos[105].
De aquí la urgencia de que la pastoral vocacional de la Iglesia se
dirija decididamente y de modo prioritario hacia la reconstrucción de la
"mentalidad cristiana", tal como la crea y sostiene la fe. Más que nunca
es necesaria una evangelización que no se canse de presentar el
verdadero rostro de Dios -el Padre que en Jesucristo nos llama a cada
uno de nosotros- así como el sentido genuino de la libertad humana como
principio y fuerza del don responsable de sí mismo. Solamente de esta
manera se podrán sentar las bases indispensables para que toda vocación,
incluida la sacerdotal, pueda ser percibida en su verdad, amada en su
belleza y vivida con entrega total y con gozo profundo.
CONTENIDOS Y MEDIOS DE LA
PASTORAL VOCACIONAL
38. Ciertamente la vocación es un
misterio inescrutable que implica la relación que Dios establece con el
hombre como ser único e irrepetible, un misterio percibido y sentido
como una llamada que espera una respuesta en lo profundo de la
conciencia, esto es, en aquel "sagrario del hombre, en el que éste se
siente a solas con Dios, cuya voz resuena en la propia intimidad"[106].
Pero esto no elimina la dimensión comunitaria y, más en concreto,
eclesial de la vocación: la Iglesia está realmente presente y operante
en la vocación de cada sacerdote.
En el servicio a la vocación sacerdotal y a su camino, o sea, al
nacimiento, discernimiento y acompañamiento de la vocación, la Iglesia
puede encontrar un modelo en Andrés, uno de los dos primeros discípulos
que siguieron a Jesús. Es el mismo Andrés el que va a contar a su
hermano lo que le había sucedido: "Hemos encontrado al Mesías (que
quiere decir el Cristo)" (Jn. 1, 41). Y la narración de este
"descubrimiento" abre el camino al encuentro: "Y lo llevó a
Jesús" (Jn. 1, 42). No hay ninguna duda sobre la iniciativa
absolutamente libre, ni sobre la decisión soberana de Jesús: es Jesús el
que llama a Simón y le da un nuevo nombre: <<Jesús, fijando su
mirada en él, le dijo: "Tú eres Simón, el Hijo de Juan; tú te llamarás
Cefas (que quiere decir Pedro)">> (Jn. 1, 42). Pero también
Andrés ha tenido su iniciativa: ha favorecido el encuentro del hermano
con Jesús.
"Y lo llevó a Jesús". Este es el núcleo de toda la pastoral
vocacional de la Iglesia, con la que cuida del nacimiento y crecimiento
de las vocaciones, sirviéndose de los dones y responsabilidades, de los
carismas y del ministerio recibidos de Cristo y de su Espíritu. La
Iglesia, como pueblo sacerdotal, profético y real, está comprometida en
promover y ayudar el nacimiento y la maduración de las vocaciones
sacerdotales con la oración y la vida sacramental, con el anuncio de la
Palabra y la educación en la fe, con la guía y el testimonio de la
caridad.
En su dignidad y responsabilidad de pueblo sacerdotal, la Iglesia
encuentra en la oración y en la celebración de la liturgia
los momentos esenciales y primarios de la pastoral vocacional. En
efecto, la oración cristiana, alimentándose de la Palabra de Dios, crea
el espacio ideal para que cada uno pueda descubrir la verdad de su ser y
la identidad del proyecto de vida, personal e irrepetible, que el Padre
le confía. Por eso es necesario educar, especialmente a los muchachos y
a los jóvenes, para que sean fieles a la oración y meditación de la
Palabra de Dios. En el silencio y en la escucha podrán percibir la
llamada del Señor al sacerdocio y seguirla con prontitud y generosidad.
La Iglesia debe acoger cada día la invitación persuasiva y exigente
de Jesús, que nos pide que "roguemos al dueño de la mies que envíe
obreros a su mies" (Mt. 9, 38). Obedeciendo al mandato de Cristo, la
Iglesia hace, antes que nada, una humilde profesión de fe, pues al rogar
por las vocaciones -mientras toma conciencia de su gran urgencia para su
vida y misión- reconoce que son un don de Dios y, como tal, hay que
pedirlo con súplica incesante y confiada. Ahora bien, esta oración,
centro de toda la pastoral vocacional, debe comprometerse no sólo a cada
persona sino también a todas las comunidades eclesiales. Nadie duda de
la importancia de cada una de las iniciativas de oración y de los
momentos especiales reservados a ésta -comenzando por la Jornada Mundial
anual por las Vocaciones- así como el compromiso explícito de personas y
grupos particularmente sensibles al problema de las vocaciones
sacerdotales. Pero hoy, la espera suplicante de nuevas vocaciones debe
ser cada vez más una práctica constante y difundida en la comunidad
cristiana y en toda realidad eclesial. Así se podrá revivir la
experiencia de los apóstoles que en el Cenáculo, unidos con María,
esperan en oración la venida del Espíritu (cf. Hch. 1, 14), que no
dejará de suscitar también hoy en el Pueblo de Dios "dignos ministros
del altar, testigos valientes y humildes del Evangelio"[107].
También la liturgia, culmen y fuente de la vida de la Iglesia[108]
y, en particular, de toda oración cristiana, tiene un papel
indispensable así como una incidencia privilegiada en la pastoral de las
vocaciones. En efecto, la liturgia constituye una experiencia viva del
don de Dios y una gran escuela de la respuesta a su llamada. Como tal,
toda celebración litúrgica, y sobre todo la eucarística, nos descubre el
verdadero rostro de Dios; nos pone en comunicación con el misterio de la
Pascua, o sea, con la "hora" por la que Jesús vino al mundo y hacia la
que se encaminó libre y voluntariamente en obediencia a la llamada del
Padre (cf. Jn. 13, 1); nos manifiesta el rostro de la Iglesia como
pueblo de sacerdotes y comunidad bien compacta en la variedad y
complementariedad de los carismas y vocaciones. El sacrificio redentor
de Cristo, que la Iglesia celebra sacramentalmente, da un valor
particularmente precioso al sufrimiento vivido en unión con el Señor
Jesús. Los Padres sinodales nos han invitado a no olvidar nunca que "a
través de la oblación de los sufrimientos, tan frecuentes en la vida de
los hombres, el cristiano enfermo se ofrece a sí mismo como víctima a
Dios, a imagen de Cristo, que se inmoló a sí mismo por todos nosotros
(cf. Jn. 17, 19)" y que "el ofrecimiento de los sufrimientos con esta
intención es de gran provecho para la promoción de las vocaciones"[109].
39. En el ejercicio de su misión profética, la Iglesia siente como
urgente e irrenunciable el deber de anunciar y testimoniar el sentido
cristiano de la vocación: lo que podríamos llamar "el Evangelio de
la vocación". También en este campo descubre la urgencia de las palabras
del apóstol: "[exclamdown]Ay de mí si no evangelizara!" (1 Cor. 9, 16).
Esta exclamación resuena principalmente para nosotros pastores y se
refiere, juntamente con nosotros, a todos los educadores en la Iglesia.
La predicación y la catequesis deben manifestar siempre su intrínseca
dimensión vocacional: la Palabra de Dios ilumina a los creyentes para
valorar la vida como respuesta a la llamada de Dios y los acompaña para
acoger en la fe el don de la vocación personal.
Pero todo esto, aun siendo importante y esencial, no basta. Es
necesaria una predicación directa sobre el misterio de la vocación en la
Iglesia, sobre el valor del sacerdocio ministerial, sobre su urgente
necesidad para el Pueblo de Dios[110].
Una catequesis orgánica y difundida a todos los niveles en la Iglesia,
además de disipar dudad y contrastar ideas unilaterales o desviadas
sobre el ministerio sacerdotal, abre los corazones de los creyentes a la
espera del don y crea condiciones favorables para el nacimiento de
nuevas vocaciones. Ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la
vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y
privilegiada de vida cristiana. Los educadores, especialmente los
sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la
vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes
que muestren tener los dones y las cualidades necesarias para ello. No
hay que tener ningún miedo de condicionarles o limitar su libertad; al
contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede
ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y
auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y la de tantas
vocaciones sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad, demuestran
ampliamente el valor providencial de la cercanía y de la palabra de un
sacerdote; no sólo de la palabra sino también de la cercanía, o sea, de
un testimonio concreto y gozoso, capaz de motivar interrogantes y
conducir a decisiones incluso definitivas.
40. Como Pueblo real, la Iglesia se sabe enraizada y animada por la
"ley del Espíritu que da la vida" (Rom. 8, 2), que es esencialmente la
ley regia de la caridad (cf. Sant. 2, 8) o la ley perfecta de la
libertad (cf. Sant. 1, 25). Por eso cumple su misión cuando orienta a
cada uno de los fieles a descubrir y vivir la propia vocación en la
libertad y a realizarla en la caridad.
En su misión educativa, la Iglesia procura con especial atención
suscitar en los niños, adolescentes y jóvenes el deseo y la voluntad de
un seguimiento integral y atrayente de Jesucristo. La tarea educativa,
que corresponde también a la comunidad cristiana como tal, debe
dirigirse a cada persona. En efecto, Dios con su llamada toca el corazón
de cada hombre, y el Espíritu, que habita en lo íntimo de cada discípulo
(cf. 1 Jn. 3, 24), es infundido a cada cristiano con carismas
diversos y con manifestaciones particulares. Por tanto, cada uno ha de
ser ayudado para poder acoger el don que se le ha dado a él en
particular, como persona única e irrepetible, y para escuchar las
palabras que el Espíritu de Dios le dirige.
En esta perspectiva, la atención a las vocaciones al sacerdocio se
debe concretar también en una propuesta decidida y convincente de
dirección espiritual. Es necesario redescubrir la gran tradición
del acompañamiento espiritual individual, que ha dado siempre tantos y
tan preciosos frutos en la vida de la Iglesia. En determinados casos y
bajo precisas condiciones, este acompañamiento podrá verse ayudado, pero
nunca sustituido, con formas de análisis o de ayuda psicológica[111].
Invítese a los niños, los adolescentes y los jóvenes a descubrir y
apreciar el don de la dirección espiritual, a buscarlo y experimentarlo,
a solicitarlo con insistencia confiada a sus educadores en la fe. Por su
parte, los sacerdotes sean los primeros en dedicar tiempo y energías a
esta labor de educación y de ayuda espiritual personal. No se
arrepentirán jamás de haber descuidado o relegado a segundo plano otras
muchas actividades también buenas y útiles, si esto lo exigía la
fidelidad a su ministerio de colaboradores del Espíritu en la
orientación y guía de los llamados.
Finalidad de la educación del cristiano es llegar, bajo el influjo
del Espíritu, a la "plena madurez de Cristo" (Ef. 4, 13). Esto se
verifica cuando, imitando y compartiendo su caridad, se hace de toda la
vida propia un servicio de amor (cf. Jn. 13, 14-15), ofreciendo un culto
espiritual agradable a Dios (cf. Rom, 1) y entregándose a los hermanos.
El servicio de amor es el sentido fundamental de toda vocación,
que encuentra una realización específica en la vocación del sacerdote.
En efecto, él es llamado a revivir, en la forma más radical posible, la
caridad pastoral de Jesús, o sea, el amor del buen Pastor que "da su
vida por las ovejas" (Jn. 10, 11).
Por eso una pastoral vocacional auténtica no se cansará jamás de
educar a los niños, adolescentes y jóvenes al compromiso, al significado
del servicio gratuito, al valor del sacrificio, a la donación
incondicionada de sí mismo. En este sentido, se manifiesta
particularmente útil la experiencia del voluntariado, hacia el cual está
creciendo la sensibilidad de tantos jóvenes. En efecto, se trata de un
voluntariado motivado evangélicamente, capaz de educar al discernimiento
de las necesidades, vivido con entrega y fidelidad cada día, abierto a
la posibilidad de un compromiso definitivo en la vida consagrada,
alimentado por la oración; dicho voluntariado podrá ayudar a sostener
una vida de entrega desinteresada y gratuita, y al que lo practica, le
hará más sensible a la voz de Dios que lo puede llamar al sacerdocio. A
diferencia del joven rico, el voluntario podría aceptar la invitación,
llena de amor, que Jesús le dirige (cf. Mc. 10, 21); y la podría aceptar
porque sus únicos bienes consisten ya en darse a los otros y "perder" su
vida.
TODOS SOMOS REPONSABLES DE LAS
VOCACIONES SACERDOTALES
41. La vocación sacerdotal es un don
de Dios, que constituye ciertamente un gran bien para quien es su primer
destinatario. Pero es también un don para toda la Iglesia, un bien para
su vida y misión. Por eso la Iglesia está llamada a custodiar este don,
a estimarlo y amarlo. Ella es responsable del nacimiento y de la
maduración de las vocaciones sacerdotales. En consecuencia, la pastoral
vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad
eclesial como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia
universal a la Iglesia particular y, análogamente, desde ésta a la
parroquia y a todos los elementos del Pueblo de Dios.
Es muy urgente, sobre todo hoy, que se difunda y arraigue la
convicción de que todos los miembros de la Iglesia, sin excluir
ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones. El
Concilio Vaticano II ha sido muy explícito al afirmar que "el deber de
fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha
de procurarlo, ante todo, con una vida plenamente cristiana"[112].
Solamente sobre la base de esta convicción, la pastoral vocacional podrá
manifestar su rostro verdaderamente eclesial, desarrollar una acción
coordinada, sirviéndose también de organismos específicos y de
instrumentos adecuados de comunión y de corresponsabilidad.
La primera responsabilidad de la pastoral orientada a las vocaciones
sacerdotales es del Obispo[113]
que está llamado a vivirla en primera persona, aunque podrá y deberá
suscitar abundantes tipos de colaboraciones. A él, que es padre y amigo
en su presbiterio, le corresponde, ante todo, la solicitud de dar
continuidad al carisma y al ministerio presbiteral, incorporando a él
nuevos miembros con la imposición de las manos. El se preocupará de que
la dimensión vocacional esté siempre presente en todo el ámbito de la
pastoral ordinaria, es más, que esté plenamente integrada y como
identificada con ella. A él compete el deber de promover y coordinar las
diversas iniciativas vocacionales[114].
El Obispo sabe que puede contar ante todo con la colaboración de su
presbiterio. Todos los sacerdotes son solidarios y corresponsables con
él en la búsqueda y promoción de las vocaciones presbiterales. En
efecto, como afirma el Concilio, "a los sacerdotes, en cuanto educadores
en la fe, atañe procurar, por sí mismos o por otros, que cada uno de los
fieles sea llevado en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación"[115].
"Este deber pertenece a la misión misma sacerdotal, por la que el
presbítero se hace ciertamente partícipe de la solicitud de toda la
Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten operarios en el Pueblo
de Dios"[116].
La vida misma de los presbíteros, su entrega incondicionada a la grey de
Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia -un
testimonio sellado con la opción por la cruz, acogida en la esperanza y
en el gozo pascual-, su concordia fraterna y su celo por la
evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo de
fecundidad vocacional[117].
Una responsabilidad particularísima está confiada a la familia
cristiana, que en virtud del sacramento del matrimonio participa, de
modo propio y original, en la misión educativa de la Iglesia maestra y
madre. Como han afirmado los Padres sinodales, "la familia cristiana,
que es verdaderamente "como iglesia doméstica" (Lumen gentium,
11), ha ofrecido siempre y continúa ofreciendo las condiciones
favorables para el nacimiento de las vocaciones. Y puesto que hoy la
imagen de la familia cristiana está en peligro, se debe dar gran
importancia a la pastoral familiar, de modo que las mismas familias,
acogiendo generosamente el don de la vida humana, formen "como un primer
seminario" (Optatam totius, 2) en el que los hijos puedan
adquirir, desde el comienzo, el sentido de la piedad y de la oración y
el amor a la Iglesia"[118].
En continuidad y en sintonía con la labor de los padres y de la familia
está la escuela, llamada a vivir su identidad de "comunidad
educativa" incluso con una propuesta cultural capaz de iluminar la
dimensión vocacional como valor propio y fundamental de la persona
humana. En este sentido, si es oportunamente enriquecida de espíritu
cristiano (sea a través de presencias eclesiales significativas en la
escuela estatal, según las diversas legislaciones nacionales, sea sobre
todo en el caso de la escuela católica), puede infundir "en el alma de
los muchachos y de los jóvenes el deseo de cumplir la voluntad de Dios
en el estado de vida más idóneo a cada uno, sin excluir nunca la
vocación al ministerio sacerdotal"[119].
También los fieles laicos, en particular los catequistas, los
profesores, los educadores, los animadores de la pastoral juvenil, cada
uno con los medios y modalidades propios, tienen una gran importancia en
la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Cuanto más profundicen en el
sentido de su propia vocación y misión en la Iglesia, tanto más podrán
reconocer el valor y el carácter insustituible de la vocación y de la
misión sacerdotal.
En el ámbito de las comunidades diocesanas y parroquiales hay que
apreciar y promover aquellos grupos vocacionales, cuyos miembros
ofrecen su ayuda de oración y de sufrimiento por las vocaciones
sacerdotales y religiosas, así como su apoyo moral y material.
También hay que mencionar aquí a los numerosos grupos, movimientos
y asociaciones de fieles laicos que el Espíritu Santo hace surgir y
crecer en la Iglesia, con vistas a una presencia cristiana más misionera
en el mundo. Estas diversas agrupaciones de laicos están resultando un
campo particularmente fértil para el nacimiento de vocaciones
consagradas y son ambientes propicios de oferta y crecimiento
vocacional. En efecto, no pocos jóvenes, precisamente en el ambiente de
estas agrupaciones y gracias a ellas, han sentido la llamada del Señor a
seguirlo en el camino del sacerdocio ministerial y han respondido a ella
con generosidad[120].
Por consiguiente, hay que valorarlas para que, en comunión con toda la
Iglesia y para el crecimiento de ésta, presten su colaboración
específica al desarrollo de la pastoral vocacional.
Los diversos integrantes y miembros de la Iglesia comprometidos en la
pastoral vocacional harán tanto más eficaz su trabajo, cuanto más
estimulen a la comunidad eclesial como tal -empezando por la parroquia-
para que sientan que el problema de las vocaciones sacerdotales no puede
ser encomendado en exclusividad a unos "encargados" (los sacerdotes en
general, los sacerdotes del Seminario en particular) pues, por tratarse
de "un problema vital que está en el corazón mismo de la Iglesia"[121],
debe hallarse en el centro del amor que todo cristiano tiene a la misma.
CAPITULO V
INSTITUYÓ DOCE PARA QUE ESTUVIERAN CON ÉL:
Formación a los candidatos al
sacerdocio
Vivir, como los Apóstoles, en
el seguimiento de Cristo
42. "Subió al monte y llamó a
los que él quiso: y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que
estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los
demonios" (Mc. 3, 13-15).
"Que estuvieran con él". No es difícil entender el significado
de estas palabras, esto es, "el acompañamiento vocacional" de los
apóstoles por parte de Jesús. Después de haberlos llamado y antes de
enviarlos, es más, para poder mandarlos a predicar, Jesús les pide un
"tiempo" de formación, destinado a desarrollar una relación de comunión
y de amistad profundas con El. Dedica a ellos una catequesis más intensa
que al resto de la gente (cf. Mt. 13, 11) y quiere que sean
testigos de su oración silenciosa al Padre (cf. Jn. 17, 1-26;
Lc. 22, 39-45).
En su solicitud por las vocaciones sacerdotales la Iglesia de todos
los tiempos se inspira en el ejemplo de Cristo. Han sido -y en parte lo
son todavía- muy diversas las formas concretas con las que la
Iglesia se ha dedicado a la pastoral vocacional, destinada no sólo a
discernir, sino también a "acompañar" las vocaciones al sacerdocio. Pero
el espíritu que debe animarlas y sostenerlas es idéntico:
el de promover al sacerdocio solamente los que han sido llamados y
llevarlos debidamente preparados, esto es, mediante una respuesta
consciente y libre que implica a toda la pesona en su adhesión a
Jesucristo, que llama a su intimidad de vida y a participar en su misión
salvífica. En este sentido el Seminario en sus diversas formas y, de
modo análogo, la casa de formación de los sacerdotes religiosos, antes
que ser un lugar o un espacio material, debe ser un ambiente espiritual,
un itinerario de vida, una atmósfera que favorezca y asegure un proceso
formativo, de manera que el que ha sido llamado por Dios al sacerdocio
pueda llegar a ser, con el sacramento del Orden, una imagen viva de
Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia. Los Padres sinodales, en su
Mensaje final, han expuesto de forma inmediata y profunda el
significado original y específico de la formación de los candidatos al
sacerdocio, diciendo que "vivir en el seminario, escuela del Evangelio,
es vivir en el seguimiento de Cristo como los apóstoles; es dejarse
educar por él para el servicio del Padre y de los hombres, bajo la
conducción del Espíritu Santo. Más aún, es dejarse configurar con Cristo
buen Pastor para un mejor servicio sacerdotal en la Iglesia y en el
mundo. Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta
personal a la pregunta fundamental de Cristo: "¿Me amas?" (Jn.
21, 15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don
total de su vida"[122].
Se trata pues de encarnar este espíritu -que nunca deberá faltar en
la Iglesia- en las condiciones sociales, psicológicas, políticas y
culturales del mundo actual, tan variadas y complejas, como han puesto
de relieve los Padres sinodales en relación con las Iglesias
particulares. Los mismo Padres, manifestando su grave preocupación pero
también su grande esperanza, han podido conocer y reflexionar
ampliamente sobre el esfuerzo de búsqueda y actualización de los métodos
de formación de los aspirantes al sacerdocio, puestos en práctica en
todas sus Iglesias.
La presente Exhortación intenta recoger el fruto de los trabajos
sinodales, señalando algunos objetivos logrados, mostrando
algunas metas irrenunciables, poniendo a disposición de todos la
riqueza de experiencias y de procesos formativos experimentados
ya en modo positivo. En esta Exhortación se exponen separadamente la
formación "inicial" y la formación "permanente", pero sin
olvidar nunca la profunda relación que tienen entre sí y que debe hacer
de las dos un solo proyecto orgánico de vida cristiana y sacerdotal. La
Exhortación trata sobre las diversas dimensiones de la
formación, humana, espiritual, intelectual y pastoral, como
también sobre los ambientes y sobre los responsables de la formación de
los candidatos al sacerdocio.
I. DIMENSIONES DE LA
FORMACIÓN
SACERDOTAL
La formación humana, fundamento de toda la
formación sacerdotal
43. "Sin una adecuada formación humana toda la
formación sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario"[123].
Esta afirmación de los Padres sinodales expresa no solamente un dato
sugerido diariamente por la razón y comprobado por la experiencia, sino
una exigencia que encuentra sus motivos más profundos y específicos en
la naturaleza misma del presbítero y de su ministerio.
El presbítero, llamado a ser "imagen viva" de Jesucristo Cabeza y
Pastor de la Iglesia, debe procurar reflejar en sí mismo, en la medida
de lo posible, aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios
hecho hombre y que se transparenta con singular eficacia en sus
actitudes hacia los demás, tal como nos las presentan los evangelistas.
Además, el ministerio del sacerdote consiste en anunciar la Palabra,
celebrar el Sacramento, guiar en la caridad a la comunidad cristiana
"personificando a Cristo y en su nombre", pero todo esto dirigiéndose
siempre y sólo a hombres concretos: "Todo Sumo Sacerdote es tomado de
entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se
refiere a Dios" (Heb. 5, 1). Por esto la formación humana del
sacerdote expresa una particular importancia en relación con los
destinatarios de su misión: precisamente para que su ministerio sea
humanamente lo más creíble y aceptable, es necesario que el sacerdote
plasme su personalidad humana de manera que sirva de puente y no de
obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del
hombre; es necesario que, a ejemplo de Jesús que "conocía lo que hay en
el hombre" (Jn. 2, 25; cf. 8, 3-11), el sacerdote sea capaz de
conocer en profundidad el alma humana, intuir dificultades y problemas,
facilitar el encuentro y el diálogo, obtener la confianza y
colaboración, expresar juicios serenos y objetivos.
Por tanto, no sólo para una justa y necesaria maduración y
realización de sí mismo, sino también en vista de su ministerio, los
futuros presbíteros deben cultivar una serie de cualidades humanas
necesarias para la formación de personalidades equilibradas, sólidas y
libres, capaces de llevar el peso de las responsabilidades pastorales.
Se hace así necesaria la educación a amar la verdad, la lealtad, el
respeto por la persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la
palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y, en particular, el
equilibrio de juicio y de comportamiento[124].
Un programa sencillo y exigente para esta formación lo propone el
apóstol Pablo a los Filipenses: "Todo cuanto hay de verdadero, de noble,
de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y
cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta" (Flp. 4, 8). Es
interesante señalar cómo Pablo se presenta a sí mismo como modelo para
sus fieles precisamente en estas cualidades profundamente humanas: "Todo
cuanto habéis aprendido -sigue diciendo- y recibido y oído y visto en
mí, ponedlo por obra" (Flp. 4, 9).
De particular importancia es la capacidad de relacionarse con los
demás, elemento verdaderamente esencial para quien ha sido llamado a ser
responsable de una comunidad y "hombre de comunión". Esto exige que el
sacerdote no sea arrogante ni polémico, sino afable, hospitalario,
sincero en sus palabras y en su corazón[125],
prudente y discreto, generoso y disponible para el servicio, capaz de
ofrecer personalmente y de suscitar en todos relaciones leales y
fraternas, dispuesto a comprender, perdonar y consolar (cf. 1
Tim. 3, 1-5; Tit. 1, 7-9). La humanidad de hoy, condenada
frecuentemente a vivir en situaciones de masificación y soledad sobre
todo en las grandes concentraciones urbanas, es sensible cada vez más al
valor de la comunión: éste es hoy uno de los signos más elocuentes y una
de las vías más eficaces del mensaje evangélico.
En dicho contexto se encuadra, como cometido determinante y decisivo,
la formación del candidato al sacerdocio en la madurez afectiva, como
resultado de la educación al amor verdadero y responsable.
44. La madurez afectiva supone ser conscientes del puesto
central del amor en la existencia humana. En realidad, como señalé en la
encíclica Redemptor hominis, "el hombre no puede vivir sin amor.
El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada
de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor,
si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él
vivamente"[126].
Se trata de un amor que compromete a toda la persona, a nivel físico,
psíquico y espiritual, y que se expresa mediante el significado
"esponsal" del cuerpo humano, gracias al cual una persona se entrega a
otra y la acoge. La educación sexual bien entendida tiende a la
comprensión y realización de esta verdad del amor humano. Es necesario
constatar una situación social y cultural difundida que
<<"banaliza" en gran parte la sexualidad humana, porque la
interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola
únicamente con el cuerpo y el placer egoísta>>[127].
Con frecuencia las mismas situaciones familiares, de las que proceden
las vocaciones sacerdotales, presentan al respecto no pocas carencias y
a veces incluso graves desequilibrios.
En un contexto tal se hace más difícil, pero también más urgente, una
educación a la sexualidad que sea verdadera y plenamente personal
y que, por ello, favorezca la estima y el amor a la castidad, como
<<virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la
hace capaz de respetar y promover el "significado esponsal" del
cuerpo>>[128].
Ahora bien, la educación al amor responsable y la madurez afectiva de
la persona son muy necesarias para quien, como el presbítero, está
llamado al celibato, o sea, a ofrecer, con la gracia del Espíritu
y con la respuesta libre de la propia voluntad, la totalidad de su amor
y de su solicitud a Jesucristo y a la Iglesia. A la vista del compromiso
del celibato, la madurez afectiva ha de saber incluir, dentro de las
relaciones humanas de serena amistad y profunda fraternidad, un gran
amor, vivo y personal, a Jesucristo. Como han escrito los Padres
sinodales, "al educar para la madurez afectiva, es de máxima importancia
el amor a Jesucristo, que se prolonga en una entrega universal. Así, el
candidato llamado al celibato, encontrará en la madurez afectiva una
base firme para vivir la castidad con fidelidad y alegría"[129].
Puesto que el carismo del celibato, aun cuando es auténtico y
probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y los
impulsos del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan una
madurez afectiva que capacite a la prudencia, a la renuncia a todo lo
que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia sobre el cuerpo y el
espíritu, a la estima y respeto en las relaciones interpersonales con
hombres y mujeres. Una ayuda valiosa podrá hallarse en una adecuada
educación a la verdadera amistad, a semejanza de los vínculos de
afecto fraterno que Cristo mismo vivió en su vida (cf. Jn. 11,
5).
La madurez humana, y en particular la afectiva, exigen una
formación clara y sólida para una libertad que se presenta
como obediencia convencida y cordial a la "verdad" del propio ser, al
significado de la propia existencia, o sea, al "don sincero de sí
mismo", como camino y contenido fundamental de la auténtica realización
personal[130].
Entendida así, la libertad exige que la persona sea verdaderamente dueña
de sí misma, decidida a combatir y superar las diversas formas de
egoísmo e individualismo que acechan a la vida de cada uno, dispuesta a
abrirse a los demás, generosa en la entrega y en el servicio al prójimo.
Esto es importante para la respuesta que se ha de dar a la vocación, y
en particular a la sacerdotal, y para ser fieles a la misma y a los
compromisos que lleva consigo, incluso en los momentos difíciles. En
este proceso educativo hacia una madura libertad responsable puede ser
de gran ayuda la vida comunitaria del Seminario[131].
Intimamente relacionada con la formación a la libertad responsable
está también la educación de la conciencia moral; la cual, al
requerir desde la intimidad del propio "yo" la obediencia a las
obligaciones morales, descubre el sentido profundo de esa obediencia, a
saber, ser una respuesta consciente y libre -y, por tanto, por amor- a
las exigencias de Dios y de su amor. "La madurez humana del sacerdote
-afirman los Padres sinodales- debe incluir especialmente la formación
de su conciencia. En efecto, el candidato para poder cumplir sus
obligaciones con Dios y con la Iglesia y guiar con sabiduría las
conciencias de los fieles, debe habituarse a escuchar la voz de Dios,
que le habla en su corazón, y adherirse con amor y firmeza a su
voluntad"[132].
La formación espiritual: en comunión con Dios
y a la búsqueda de Cristo
45. La misma formación humana, si viene
desarrollada en el contexto de una antropología que abarca toda la
verdad sobre el hombre, se abre y se completa en la formación
espiritual. Todo hombre, creado por Dios y redimido con la sangre de
Cristo, está llamado a ser regenerado "por el agua y el Espíritu" (cf.
Jn. 3, 5) y a ser "hijo en el Hijo". En este designio eficaz de
Dios está el fundamento de la dimensión constitutivamente religiosa del
ser humano, intuida y reconocida también por la simple razón: el hombre
está abierto a lo trascendente, a lo absoluto; posee un corazón que está
inquieto hasta que no descanse en el Señor[133].
De esta exigencia religiosa fundamental e irrenunciable arranca y se
desarrolla el proceso educativo de una vida espiritual entendida como
relación y comunión con Dios. Según la revelación y la experiencia
cristiana, la formación espiritual posee la originalidad inconfundible
que proviene de la "novedad" evangélica. En efecto, "es obra del
Espíritu y empeña a la persona en su totalidad; introduce en la comunión
profunda con Jesucristo, buen Pastor; conduce a una sumisión de toda la
vida al Espíritu, en una actitud filial respecto al Padre y en una
adhesión confiada a la Iglesia. Ella se arraiga en la experiencia de la
cruz para poder llevar, en comunión profunda, a la plenitud del misterio
pascual"[134].
Como se ve, se trata de una formación espiritual común a todos los
fieles, pero que requiere ser estructurada según los significados y
características que derivan de la identidad del presbítero y de su
ministerio. Así como para todo fiel la formación espiritual debe ser
central y unificadora en su ser y en su vida de cristiano, o sea, de
criatura nueva en Cristo que camina en el Espíritu, de la misma manera,
para todo presbítero la formación espiritual constituye el centro vital
que unifica y vivifica su ser sacerdote y su ejercer el sacerdocio. En
este sentido, los Padres del Sínodo afirman que "sin la formación
espiritual, la formación pastoral estaría privada de fundamento"[135]
y que la formación espiritual constituye "un elemento de máxima
importancia en la educación sacerdotal"[136].
El contenido esencial de la formación espiritual, dentro del
itinerario bien preciso hacia el sacerdocio, está expresado en el
decreto conciliar Optatam totius: "La formación espiritual...
debe darse de tal forma que los alumnos aprendan a vivir en trato
familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu
Santo. Habiendo de configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada
ordenación, habitúense a unirse a El, como amigos, con el consorcio
íntimo de toda su vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal
manera que sepan iniciar en él al pueblo que ha de encomendárseles.
Enséñeseles a buscar a Cristo en la fiel meditación de la Palabra de
Dios, en la activa comunicación con los sacrosantos misterios de la
Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y el Oficio divino; en el Obispo,
que los envía, y en los hombres a quienes son enviados, principalmente
en los pobres, los niños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos.
Amen y veneren con filial confianza a la Santísima Virgen María, a la
que Cristo, muriendo en la cruz, entregó como madre al discípulo"[137].
46. El texto conciliar merece una meditación detenida y amorosa, de
la que fácilmente se pueden sacar algunos valores y exigencias
fundamentales del camino espiritual del candidato al sacerdocio.
Se requiere ante todo, el valor y la exigencia de "vivir
íntimamente unidos" a Jesucristo. La unión con el Señor Jesús,
fundada en el Bautismo y alimentada con la Eucaristía, exige que sea
expresada en la vida de cada día, renovándola radicalmente. La comunión
íntima con la Santísima Trinidad, o sea, la vida nueva de la gracia que
hace hijos de Dios, constituye la "novedad" del creyente: una novedad
que abarca el ser y el actuar. Constituye el "misterio" de la existencia
cristiana que está bajo el influjo del Espíritu; en consecuencia, debe
encarnar el "ethos" de la vida del cristiano. Jesús nos ha enseñado este
maravilloso contenido de la vida cristiana, que es también el centro de
la vida espiritual, con la alegoría de la vid y los sarmientos: "Yo soy
la vid verdadera, y mi Padre es el viñador... Permaneced en mí, como yo
en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo,
si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en
él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada"
(Jn. 15, 1. 4-5).
Cierto que, en la cultura actual, no faltan valores espirituales y
religiosos, y el hombre -a pesar de toda apariencia contraria- sigue
siendo incansablemente un hambriento y sediento de Dios. Pero con
frecuencia la religión cristiana corre el peligro de ser considerada
como una religión entre tantas o quedar reducida a una pura ética social
al servicio del hombre. En efecto, no siempre aparece su inquietante
novedad en la historia: es "misterio"; es el acontecimiento del Hijo de
Dios que se hace hombre y da a cuantos lo acogen el "poder de hacerse
hijos de Dios" (Jn. 1, 12); es el anuncio, más aún, el don de una
alianza personal de amor y de vida de Dios con el hombre. Los futuros
sacerdotes solamente podrán comunicar a los demás este anuncio
sorprendente y gratificante, si, a través de una adecuada formación
espiritual, logran el conocimiento profundo y la experiencia creciente
de este "misterio" (cf. 1 Jn. 1, 1-4).
El texto conciliar, aun consciente de la absoluta trascendencia del
misterio cristiano, relaciona la íntima comunión de los futuros
presbíteros con Jesús con una forma de amistad. No es ésta una
pretensión absurda del hombre. Es simplemente el don inestimable de
Cristo, que dice a sus apóstoles: "No os llamo ya siervos, porque el
siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos,
porque todo lo que oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn.
15, 15).
El texto conciliar prosigue indicando un segundo gran valor
espiritual: la búsqueda de Jesús. "Enséñeles a buscar a Cristo".
Es éste, junto al quaerere Deum, un tema clásico de la
espiritualidad cristiana que encuentra su aplicación específica
precisamente en el contexto de la vocación de los apóstoles. Juan,
cuando nos narra el seguimiento por parte de los dos primeros
discípulos, muestra el lugar que ocupa esta "búsqueda". Es el mismo
Jesús el que pregunta: "¿Qué buscáis?". Y los dos responden: "Rabbí...
¿Dónde vives?". Sigue el evangelista: <<Les respondió: "Venid y lo
veréis". Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel
día>> (Jn. 1, 37-39). En cierto modo la vida espiritual del
que se prepara al sacerdocio está dominada por esta búsqueda: por ella y
por el "encuentro" con el Maestro, para seguirlo, para estar en comunión
con El. También en el ministerio y en la vida sacerdotal deberá
continuar esta "búsqueda", pues es inagotable el misterio de la
imitación y participación en la vida de Cristo. Así como también deberá
continuar este "encontrar" al Maestro, para poder mostrarlo a los demás,
y mejor aún, para suscitar en los demás el deseo de buscar al Maestro.
Pero esto es realmente posible si se propone a los demás una
"experiencia" de vida, una experiencia que vale la pena compartir. Este
ha sido el camino seguido por Andrés para llevar a su hermano Simón a
Jesús: Andrés, escribe el evangelista Juan, "se encuentra primeramente
con su hermano Simón y le dice: "Hemos encontrado al Mesías" -que quiere
decir Cristo-. Y le llevó donde Jesús" (Jn. 1, 41-42). Y así
también Simón es llamado -como apóstol- al seguimiento de Cristo:
<<Jesús, al verlo, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; en
adelante te llamarás Cefas" -que quiere decir, "Pedro"->>
(Jn. 1, 42).
Pero ¿qué significa, en la vida espiritual, buscar a Cristo? y ¿dónde
encontrarlo? "Maestro, ¿dónde vives?". El decreto conciliar Optatam
totius parece indicar un triple camino: la meditación fiel de la
palabra de Dios, la participación activa en los sagrados misterios de la
Iglesia, el servicio de la caridad a los "más pequeños". Se trata de
tres grandes valores y exigencias que nos delimitan ulteriormente el
contenido de la formación espiritual del candidato al sacerdocio.
47. Elemento esencial de la formación espiritual es la lectura
meditada y orante de la Palabra de Dios (lectio divina); es la
escucha humilde y llena de amor que se hace elocuente. En efecto, a la
luz y con la fuerza de la Palabra de Dios es como puede descubrirse,
comprenderse, amarse y seguirse la propia vocación; y también cumplirse
la propia misión, hasta tal punto que toda la existencia encuentra su
significado unitario y radical en ser el fin de la Palabra de Dios que
llama al hombre, y el principio de la palabra del hombre que responde a
Dios. La familiaridad con la Palabra de Dios facilitará el itinerario de
la conversión, no solamente en el sentido de apartarse del mal para
adherirse al bien, sino también en el sentido de alimentar en el corazón
los pensamientos de Dios, de forma que la fe, como respuesta a la
Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y valoración de los
hombres y de las cosas, de los acontecimientos y problemas.
Pero es necesario acercarse y escuchar la Palabra de Dios tal como
es, pues hace encontrar a Dios mismo, a Dios que habla al hombre; hace
encontrar a Cristo, el Verbo de Dios, la Verdad que a la vez es Camino y
Vida (cf. Jn. 14, 6). Se trata de leer las "escrituras"
escuchando las "palabras", la "Palabra" de Dios, como nos recuerda el
Concilio: "La Sagrada Escritura contiene la Palabra de Dios, y en cuanto
inspirada es realmente Palabra de Dios"[138].
Y el mismo Concilio: "En esta revelación Dios invisible (cf. Col.
1, 15; 1 Tim. 1, 17), movido de amor, habla a los hombres como a
amigos (cf. Ex. 33, 11; Jn. 15, 14-15), trata con ellos
(cf. Bar. 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía"[139].
El conocimiento amoroso y la familiaridad orante con la Palabra de
Dios revisten un significado específico en el ministerio profético del
sacerdote, para cuyo cumplimiento adecuado son una condición
imprescindible, principalmente en el contexto de la "nueva
evangelización", a la que hoy la Iglesia está llamada. El Concilio
exhorta: "Todos los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y
catequistas dedicados por oficio al ministerio de la palabra, han de
leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse "predicadores
vacíos de la palabra, que no la escucha por dentro" (San Agustín,
Serm. 179, 1: PL. 38, 966)"[140].
La forma primera y fundamental de respuesta a la Palabra es la
oración, que constituye sin duda un valor y una exigencia
primarios de la formación espiritual. Esta debe llevar a los candidatos
al sacerdocio a conocer y experimentar el sentido auténtico de la
oración cristiana, el de ser un encuentro vivo y personal con el
Padre por medio del Hijo unigénito bajo la acción del Espíritu; un
diálogo que participa en el coloquio filial que Jesús tiene con el
Padre. Un aspecto, ciertamente no secundario, de la misión del sacerdote
es el de ser "maestro de oración". Pero el sacerdote solamente podrá
formar a los demás en la escuela de Jesús orante, si él mismo se ha
formado y continúa formándose en la misma escuela. Esto es lo que piden
los hombres al sacerdote: "El sacerdote es el hombre de Dios, el
que pertenece a Dios y hace pensar en Dios. Cuando la Carta a los
Hebreos habla de Cristo, lo presenta como un Sumo Sacerdote
"misericordioso y fiel en lo que toca a Dios" (Heb. 2, 17)... Los
cristianos esperan encontrar en el sacerdote no sólo un hombre que los
acoge, que los escucha con gusto y les muestra una sincera amistad, sino
también y sobre todo un hombre que les ayude a mirar a Dios, a
subir hacia El. Es preciso, pues, que el sacerdote esté formado en una
profunda intimidad con Dios. Los que se preparan para el sacerdocio
deben comprender que todo el valor de su vida sacerdotal dependerá del
don de sí mismos que sepan hacer a Cristo y, por medio de Cristo, al
Padre"[141].
En un contexto de agitación y bullicio como el de nuestra sociedad,
un elemento pedagógico necesario para la oración es la educación al
significado humano profundo y al valor religioso del silencio,
como atmósfera espiritual indispensable para percibir la presencia de
Dios y dejarse conquistar por ella (cf. 1 Re. 19, 11 ss).
48. El culmen de la oración cristiana es la Eucaristía, que a
su vez es "la cumbre y la fuente" de los Sacramentos y de la Liturgia
de las Horas. Para la formación espiritual de todo cristiano, y en
especial de todo sacerdote, es muy necesaria la educación
litúrgica, en el sentido pleno de una inserción vital en el misterio
pascual de Jesucristo muerto y resucitado, presente y operante en los
sacramentos de la Iglesia. La comunión con Dios, soporte de toda la vida
espiritual, es un don y un fruto de los sacramentos; y al mismo tiempo
es un deber y una responsabilidad que los sacramentos confían a la
libertad del creyente, para que viva esa comunión en las decisiones,
opciones, actitudes y acciones de su existencia diaria. En este sentido,
la "gracia" que hace "nueva" la vida cristiana es la gracia de
Jesucristo muerto y resucitado, que sigue derramando su Espíritu santo y
santificador en los sacramentos; igualmente la "ley nueva", que debe ser
guía y norma de la existencia del cristiano, está escrita por los
sacramentos en el "corazón nuevo". Y es ley de caridad para con Dios y
los hermanos, como respuesta y prolongación del amor de Dios al hombre,
significada y comunicada por los sacramentos. Se entiende el valor de
esta participación "plena, consciente y activa"[142]
en las celebraciones sacramentales, gracias al don y acción de aquella
"caridad pastoral" que constituye el alma del ministerio sacerdotal.
Esto se aplica sobre todo a la participación en la Eucaristía,
memorial de la muerte sacrificial de Cristo y de su gloriosa
resurrección, "sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de
caridad"[143],
banquete pascual en el que "Cristo es nuestra comida, se celebra el
memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda
de la gloria futura"[144].
Ahora bien, los sacerdotes, por su condición de ministros de las cosas
sagradas, son sobre todo los ministros del Sacrificio de la Misa:[145]
su papel es totalmente insustituible, porque sin sacerdote no puede
haber sacrificio eucarístico.
Esto explica la importancia esencial de la Eucaristía para la vida y
el ministerio sacerdotal y, por tanto, para la formación espiritual de
los candidatos al sacerdocio. Con gran sencillez y buscando la máxima
concreción deseo repetir que "es necesario que los seminaristas
participen diariamente en la celebración eucarística, de forma
que luego tomen como regla de su vida sacerdotal la celebración diaria.
Además, han de ser educados a considerar la celebración eucarística como
el momento esencial de su jornada, al que participarán
activamente, sin contentarse nunca con una asistencia meramente
habitual. Fórmese también a los aspirantes al sacerdocio según aquellas
actitudes íntimas que la Eucaristía fomenta: la gratitud
por los bienes recibidos del cielo, ya que la Eucaristía significa
acción de gracias; la actitud donante que los lleve a unir su
entrega personal al ofrecimiento eucarístico de Cristo; la
caridad alimentada por un sacramento que es signo de unidad y de
participación; el deseo de contemplación y adoración ante Cristo
realmente presente bajo las especies eucarísticas"[146].
Es necesario y también urgente invitar a redescubrir, en la formación
espiritual, la belleza y la alegría del Sacramento de la
Penitencia. En una cultura en la que, con nuevas y sutiles formas de
autojustificación, se corre el riesgo de perder el "sentido del pecado"
y, en consecuencia, la alegría consoladora del perdón (cf. Sal.
51, 14) y del encuentro con Dios "rico en misericordia" (Ef. 2,
4), urge educar a los futuros presbíteros en la virtud de la penitencia,
alimentada con sabiduría por la Iglesia en sus celebraciones y en los
tiempos del año litúrgico, y que encuentra su plenitud en el sacramento
de la Reconciliación. De aquí provienen el significado de la ascesis y
de la disciplina interior, el espíritu de sacrificio y de renuncia, la
aceptación de la fatiga y de la cruz. Se trata de elementos de la vida
espiritual, que con frecuencia se presentan particularmente difíciles
para muchos candidatos al sacerdocio, acostumbrados a condiciones de
vida de relativa comodidad y bienestar, y menos propensos y sensibles a
estos elementos a causa de modelos de comportamiento e ideales
presentados por los medios de comunicación social, incluso en los países
donde las condiciones de vida son más pobres y la situación de los
jóvenes más austera. Por esta razón, pero sobre todo para poner en
práctica -a ejemplo de Cristo buen Pastor- "la donación radical de sí
mismo" propia del sacerdote, los Padres sinodales señalan que "es
necesario inculcar el sentido de la cruz, que es el centro del misterio
pascual. Gracias a esta identificación con Cristo crucificado, como
siervo, el mundo puede volver a encontrar el valor de la austeridad, del
dolor y también del martirio, dentro de la actual cultura imbuída de
secularismo, codicia y hedonismo"[147].
49. La formación espiritual comporta también buscar a Cristo en
los hombres.
En efecto, la vida espiritual, es vida interior, vida de intimidad
con Dios, vida de oración y contemplación. Pero del encuentro con Dios y
con su amor de Padre de todos, nace precisamente la exigencia
indeclinable del encuentro con el prójimo, de la propia entrega a los
demás, en el servicio humilde y desinteresado que Jesús ha propuesto a
todos como programa de vida en el lavatorio de los pies a los apóstoles:
"Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho
con vosotros" (Jn. 13, 15).
La formación de la propia entrega generosa y gratuita, favorecida
también por la vida comunitaria seguida en la preparación del
sacerdocio, representa una condición irrenunciable para quien está
llamado a hacerse epifanía y transparencia del buen Pastor que da la
vida (cf. Jn. 10, 11.15). Bajo este aspecto la formación
espiritual tiene y debe desarrollar su dimensión pastoral o caritativa
intrínseca, y puede servirse útilmente de una justa -profunda y tierna,
a la vez- devoción al Corazón de Cristo, como han indicado los Padres
del Sínodo: "Formar a los futuros sacerdotes en la espiritualidad del
Corazón del Señor supone llevar una vida que corresponda al amor y al
afecto de Cristo Sacerdote y buen Pastor: a su amor al Padre en el
Espíritu Santo, a su amor a los hombres hasta inmolarse entregando su
vida"[148].
Por tanto el sacerdote es el hombre de la caridad, y está
llamado a educar a los demás en la imitación de Cristo y en el
mandamiento nuevo del amor fraterno (cf. Jn. 15, 12). Pero esto
exige que él mismo se deje educar continuamente por el Espíritu en la
caridad del Señor. En este sentido, la preparación al sacerdocio tiene
que incluir una seria formación de la caridad, en particular del amor
preferencial por los "pobres", en los cuales, mediante la fe, descubre
la presencia de Jesús (cf. Mt. 25, 40) y al amor misericordioso
por los pecadores.
En la perspectiva de la caridad, que consiste en el don de sí mismo
por amor, encuentra su lugar en la formación espiritual del futuro
sacerdote la educación de la obediencia, del celibato y de la
pobreza[149].
En este sentido invitaba el Concilio: "Entiendan con toda claridad los
alumnos que su destino no es el mando ni son los honores, sino la
entrega total al servicio de Dios y al ministerio pastoral. Con singular
cuidado edúqueselas en la obediencia sacerdotal, en el tenor de vida
pobre y en el espíritu de la propia abnegación, de suerte que se
habitúen a renunciar con prontitud a las cosas que, aun siendo lícitas,
no convienen, y a asemejarse a Cristo crucificado"[150].
50. La formación espiritual de quien es llamado a vivir el celibato
debe dedicar una atención particular a preparar al futuro sacerdote para
conocer, estimar, amar y vivir el celibato en su verdadera
naturaleza y en su verdadera finalidad, y por tanto, en sus
motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales. Presupuesto y
contenido de esta preparación es la virtud de la castidad, que determina
todas las relaciones humanas y lleva a experimentar y manifestar... un
amor sincero, humano, fraterno, personal y capaz de sacrificios,
siguiendo el ejemplo de Cristo, con todos y con cada uno"[151].
El celibato de los sacerdotes reviste a la castidad con algunas
características de las cuales ellos, "renunciando a la sociedad conyugal
por el reino de los cielos (cf. Mt. 19, 12), se unen al Señor con
un amor indiviso, que está íntimamente en consonancia con el Nuevo
Testamento; dan testimonio de la resurrección en el siglo futuro (cf.
Lc. 20, 36) y tienen a mano una ayuda importantísima para el
ejercicio continuo de aquella perfecta caridad que les capacita para
hacerse todo a todos en su ministerio sacerdotal"[152].
En este sentido el celibato sacerdotal no se puede considerar
simplemente como una norma jurídica, ni como una condición totalmente
extrínseca para ser admitidos a la ordenación, sino como un valor
profundamente ligado con la sagrada Ordenación, que configura a
Jesucristo buen Pastor y Esposo de la Iglesia, y, por tanto, como la
opción de un amor más grande e indiviso a Cristo y a su Iglesia, con la
disponibilidad plena y gozosa del corazón para el ministerio pastoral.
El celibato ha de ser considerado como una gracia especial, como un don
que "no todos entienden..., sino sólo aquellos a quienes se les ha
concedido" (Mt. 19, 11).
Ciertamente es una gracia que no dispensa de la respuesta consciente
y libre por parte de quien la recibe, sino que la exige con una fuerza
especial. Este carisma del Espíritu lleva consigo también la gracia para
que el que lo recibe permanezca fiel durante toda su vida y cumpla con
generosidad y alegría los compromisos correspondientes. En la formación
del celibato sacerdotal deberá asegurarse la conciencia del "don
precioso de Dios"[153],
que llevará a la oración y la vigilancia para que el don sea protegido
de todo aquello que pueda amenazarlo.
Viviendo su celibato el sacerdote podrá ejercer mejor su ministerio
en el pueblo de Dios. En particular, dando testimonio del valor
evangélico de la virginidad, podrá ayudar a los esposos cristianos a
vivir en plenitud el "gran sacramento" del amor de Cristo Esposo hacia
la Iglesia su esposa, así como su fidelidad en el celibato servirá
también de ayuda para la fidelidad de los esposos[154].
La importancia y delicadeza de la preparación al celibato sacerdotal,
especialmente en las situaciones sociales y culturales actuales, han
llevado a los Padres sinodales a una serie de cuestiones, cuya validez
permanente está confirmada por la sabiduría de la madre Iglesia. Las
propongo autorizadamente como criterios que deben seguirse en la
formación de la castidad en el celibato: "Los Obispos, junto con los
rectores y directores espirituales de los seminarios, establezcan
principios, ofrezcan criterios y ofrezcan ayudas para el discernimiento
en esta materia. Son de máxima importancia para la formación de la
castidad en el celibato la solicitud del Obispo y la vida fraterna entre
los sacerdotes. En el seminario, o sea, en su programa de formación,
debe presentarse el celibato con claridad, sin ninguna ambigüedad y de
forma positiva. El seminarista debe tener un adecuado grado de madurez
psíquica y sexual, así como una vida asidua y auténtica de oración, y
debe ponerse bajo la dirección de un padre espiritual. El director
espiritual debe ayudar al seminarista para que llegue a una decisión
madura y libre, que esté fundada en la estima de la amistad sacerdotal y
de la autodisciplina, como también en la aceptación de la soledad y en
un correcto estado personal físico y psicológico. Para ello los
seminaristas deben conocer bien la doctrina del Concilio Vaticano II, la
encíclica Sacerdotalis caelibatus y la Instrucción para la
formación del celibato sacerdotal, publicada por la Congregación para la
Educación Católica en 1974. Para que el seminarista pueda abrazar con
libre decisión el celibato por el Reino de los cielos, es necesario que
conozca la naturaleza cristiana y verdaderamente humana, y el fin de la
sexualidad en el matrimonio y en el celibato. También es necesario
instruir y educar a los fieles laicos sobre las motivaciones
evangélicas, espirituales y pastorales propias del celibato sacerdotal,
de modo que ayuden a los presbíteros con la amistad, comprensión y
colaboración"[155].
Formación intelectual: inteligencia de la
fe
51. La formación intelectual, aun teniendo su propio carácter
específico, se relaciona profundamente con la formación humana y
espiritual, constituyendo con ellas un elemento necesario; en efecto, es
como una exigencia insustituible de la inteligencia con la que el
hombre, participando de la luz de la inteligencia divina, trata de
conseguir una sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al conocimiento
de Dios y a su adhesión[156].
La formación intelectual de los candidatos al sacerdocio encuentra su
justificación específica en la naturaleza misma del ministerio ordenado
y manifiesta su urgencia actual ante el reto de la nueva evangelización
a la que el Señor llama a su Iglesia a las puertas del tercer milenio.
"Si todo cristiano -afirman los Padres sinodales- debe estar dispuesto a
defender la fe y a dar razón de la esperanza que vive en nosotros (cf.
1 Pe. 3, 15), mucho más los candidatos al sacerdocio y los
presbíteros deben cuidar diligentemente el valor de la formación
intelectual en la educación y en la actividad pastoral, dado que, para
la salvación de los hermanos y hermanas, deben buscar un conocimiento
más profundo de los misterios divinos"[157].
Además, la situación actual, marcada gravemente por la indiferencia
religiosa y por una difundida desconfianza en la verdadera capacidad de
la razón para alcanzar la verdad objetiva y universal, así como por los
problemas y nuevos interrogantes provocados por los descubrimientos
científicos y tecnológicos, exige un excelente nivel de formación
intelectual, que haga a los sacerdotes capaces de anunciar -precisamente
en ese contexto- el inmutable Evangelio de Cristo y hacerlo creíble
frente a las legítimas exigencias de la razón humana. Añádase además,
que el actual fenómeno del pluralismo, acentuado más que nunca en el
ámbito no sólo de la sociedad humana sino también de la misma comunidad
eclesial, requiere una aptitud especial para el discernimiento crítico:
es un motivo ulterior que demuestra la necesidad de una formación
intelectual más sólida que nunca.
Esta exigencia "pastoral" de la formación intelectual confirma cuanto
se ha dicho ya sobre la unidad del proceso educativo en sus varias
dimensiones. La dedicación al estudio, que ocupa una buena parte de la
vida de quien se prepara al sacerdocio, no es precisamente un elemento
extrínseco y secundario de su crecimiento humano, cristiano, espiritual
y vocacional; en realidad, a través del estudio, sobre todo de la
teología, el futuro sacerdote se adhiere a la palabra de Dios, crece en
su vida espiritual y se dispone a realizar su ministerio pastoral. Es
ésta la finalidad múltiple y unitaria del estudio teológico indicada por
el Concilio[158]
y propuesta nuevamente por el Instrumentum laboris del Sínodo con
las siguientes palabras: "Para que pueda ser pastoralmente eficaz, la
formación intelectual debe integrarse en un camino espiritual marcado
por la experiencia personal de Dios, de tal manera que se pueda superar
una pura ciencia nocionística y llegar a aquella inteligencia del
corazón que sabe "ver" primero y es capaz después de comunicar el
misterio de Dios a los hermanos"[159].
52. Un momento esencial de la formación intelectual es el estudio de
la filosofía, que lleva a un conocimiento y a una interpretación
más profundos de la persona, de su libertad, de sus relaciones con el
mundo y con Dios. Ello es muy urgente, no sólo por la relación que
existe entre los argumentos filosóficos y los misterios de la salvación
estudiados en teología a la luz superior de la fe[160],
sino también frente a una situación cultural muy difundida, que exalta
el subjetivismo como criterio y medida de la verdad. Sólo una sana
filosofía puede ayudar a los candidatos al sacerdocio a desarrollar una
conciencia refleja de la relación constitutiva que existe entre el
espíritu humano y la verdad, la cual se nos revela plenamente en
Jesucristo. Ni tampoco hay que infravalorar la importancia de la
filosofía para garantizar aquella "certeza de verdad", la única que
puede estar en la base de la entrega personal total a Jesús y a la
Iglesia. No es difícil entender cómo algunas cuestiones muy concretas
-como lo son la identidad del sacerdote y su compromiso apostólico y
misionero- están profundamente ligadas a la cuestión, nada abstracta, de
la verdad: si no se está seguro de la verdad, ¿cómo se podrá poner en
juego la propia vida y tener fuerzas para interpelar seriamente la vida
de los demás?
La filosofía ayuda no poco al candidato a enriquecer su formación
intelectual con el "culto de la verdad", es decir, una especie de
veneración amorosa de la verdad, la cual lleva a reconocer que
ésta no es creada y medida por el hombre, sino que es dada al hombre
como don por la Verdad suprema, Dios; que, aun con limitaciones y a
veces con dificultades, la razón humana puede alcanzar la verdad
objetiva y universal, incluso la que se refiere a Dios y al sentido
radical de la existencia; que la fe misma no puede prescindir de la
razón ni del esfuerzo de "pensar" sus contenidos, como testimoniaba la
gran mente de Agustín: "He deseado ver con el entendimiento aqullo que
he creído, y he discutido y trabajado mucho"[161].
Para una comprensión más profunda del hombre y de los fenómenos y
líneas de evolución de la sociedad, en orden al ejercicio, "encarnado"
lo más posible, del ministerio pastoral, pueden ser de gran utilidad
las llamadas "ciencias del hombre", como la sociología, la
psicología, la pedagogía, la ciencia de la economía y de la política, la
ciencia de la comunicación social. Aunque sólo sea en el ámbito muy
concreto de las ciencias positivas o descriptivas, éstas ayudan al
futuro sacerdote a prolongar la "contemporaneidad" vivida por Cristo.
"Cristo, decía Pablo VI, se ha hecho contemporáneo a algunos hombres y
ha hablado su lenguaje. La fidelidad a El requiere que continúe esta
contemporaneidad"[162].
53. La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y se
construye sobre todo en el estudio de la sagrada doctrina y de la
teología. El valor y la autenticidad de la formación teológica dependen
del respeto escrupuloso de la naturaleza propia de la teología, que los
Padres sinodales han resumido así: "La verdadera teología proviene de la
fe y trata de conducir a la fe"[163].
Esta es la concepción que constantemente ha enseñado la Iglesia católica
mediante su Magisterio. Esta es también la línea seguida por los grandes
teólogos, que enriquecieron el pensamiento de la Iglesia católica a
través de los siglos. Santo Tomás es muy explícito cuando afirma que la
fe es como el habitus de la teología, o sea, su principio
operativo permanente[164],
y que "toda la teología está ordenada a alimentar la fe"[165].
Por tanto, el teólogo es ante todo un creyente, un hombre de fe. Pero
es un creyente que se pregunta sobre su fe (fides quaerens
intellectum), que se pregunta para llegar a una comprensión más
profunda de la fe misma. Los dos aspectos, la fe y la reflexión madura,
están profundamente relacionados entre sí; precisamente su íntima
coordinación y compenetración es decisiva para la verdadera naturaleza
de la teología, y, por consiguiente, es decisiva para los contenidos,
modalidades y espíritu según los cuales hay que elaborar y estudiar la
sagrada doctrina.
Además, ya que la fe, punto de partida y de llegada de la teología,
opera una relación personal del creyente con Jesucristo en la Iglesia,
la teología tiene también connotaciones cristológicas y eclesiales
intrínsecas, que el candidato al sacerdocio debe asumir conscientemente,
no sólo por las implicaciones que afectan a su vida personal, sino
también por aquellas que afectan a su ministerio pastoral. Por ser la fe
aceptación de la Palabra de Dios, lleva a un "sí" radical del creyente a
Jesucristo, Palabra plena y definitiva de Dios al mundo (cf. Heb.
1, 1 ss.). Por consiguiente, la reflexión teológica tiene su centro en
la adhesión a Jesucristo, Sabiduría de Dios. La misma reflexión madura
debe considerarse como una participación de la "mente" de Cristo (cf.
1 Cor. 2, 16) en la forma humana de una ciencia (scientia
fidei). Al mismo tiempo la fe introduce al creyente en la Iglesia y
lo hace partícipe de su vida, como comunidad de fe. En consecuencia, la
teología posee una dimensión eclesial, porque es un reflexión madura
sobre la fe de la Iglesia hecha por el teólogo, que es miembro de la
Iglesia[166].
Estas perspectivas cristológicas y eclesiales, que son connaturales a
la teología, ayudan a desarrollar en los candidatos al sacerdocio,
además del rigor científico, un grande y vivo amor a Jesucristo y a su
Iglesia: este amor, a la vez que alimenta su vida espiritual, les sirve
de pauta para el ejercicio generoso de su ministerio. Tal era
precisamente la intención del Concilio Vaticano II, cuando pedía la
reforma de los estudios eclesiásticos, mediante una más adecuada
estructuración de las diversas disciplinas filosóficas y teológicas para
hacer que "concurran armoniosamente a abrir cada vez más las
inteligencias de los alumnos al misterio de Cristo, que afecta a toda la
humanidad, influye constantemente en la Iglesia y actúa sobre todo por
obra del ministerio sacerdotal"[167].
La formación intelectual teológica y la vida espiritual -en
particular la vida de oración- se encuentran y refuerzan mutuamente, sin
quitar por ello nada a la seriedad de la investigación ni al gusto
espiritual de la oración. San Buenaventura advierte: "Nadie crea que le
baste la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la
búsqueda sin el asombro, la observación sin el júbilo, la actividad sin
la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad,
el estudio sin la gracia divina, la investigación sin la sabiduría de la
inspiración sobrenatural"[168].
54. La formación teológica es una tarea sumamente compleja y
comprometida. Ella debe llevar al candidato al sacerdocio a poseer una
visión completa y unitaria de las verdades reveladas por Dios en
Jesucristo y de la experiencia de fe de la Iglesia; de ahí la doble
exigencia de conocer "todas" las verdades cristianas y conocerlas de
manera orgánica, sin hacer selecciones arbitrarias. Esto exige ayudar al
alumno a elaborar una síntesis que sea fruto de las aportaciones de las
diversas disciplinas teológicas, cuyo carácter específico alcanza
auténtico valor sólo en la profunda coordinación de todas ellas.
En su reflexión madura sobre la fe, la teología se mueve en dos
direcciones. La primera es la del estudio de la Palabra de Dios:
la palabra escrita en el Libro sagrado, celebrada y transmitida en la
Tradición viva de la Iglesia e interpretada auténticamente por su
Magisterio. De aquí el estudio de la Sagrada Escritura, "la cual debe
ser como el alma de toda la teología"[169]:
de los Padres de la Iglesia y de la liturgia, de la historia
eclesiástica, de las declaraciones del Magisterio. La segunda dirección
es la del hombre, interlocutor de Dios: el hombre llamado a
"creer", "vivir" y a "comunicar" a los demás la fides y el ethos
cristiano. De aquí el estudio de la dogmática, de la teología moral,
de la teología espiritual, del derecho canónico y de la teología
pastoral.
La referencia al hombre creyente lleva la teología a dedicar una
particular atención, por un lado, a las consecuencias fundamentales y
permanentes de la relación fe-razón; por otro, a algunas exigencias más
relacionadas con la situación social y cultural de hoy. Bajo el primer
punto de vista se sitúa el estudio de la teología fundamental, que tiene
como objeto el hecho de la revelación cristiana y su transmisión en la
Iglesia. En la segunda perspectiva se colocan aquellas disciplinas que
han tenido y tienen un desarrollo más decisivo como respuestas a
problemas hoy intensamente vividos, como por ejemplo el estudio de la
doctrina social de la iglesia, que "pertenece al ámbito... de la
teología y especialmente de la teología moral"[170],
y que es uno de los "componentes esenciales" de la "nueva
evangelización", de la que es instrumento[171];
igualmente el estudio de la misión, del ecumenismo, del judaísmo, del
Islam y de otras religiones no cristianas.
55. La formación teológica actual debe prestar particular atención a
algunos problemas que no pocas veces suscitan dificultades,
tensiones, desorientación en la vida de la Iglesia. Piénsese en la
relación entre las declaraciones del Magisterio y las discusiones
teológicas; relación que no siempre se desarrolla como debería ser,
o sea, en la perspectiva de la colaboración. Ciertamente "el Magisterio
vivo de la Iglesia y la teología -aun desempeñado funciones diversas-
tienen en definitiva el mismo fin: mantener al Pueblo de Dios en la
verdad que hace libres y hacer de él la "luz de las naciones". Dicho
servicio a la comunidad eclesial pone en relación recíproca al teólogo
con el Magisterio. Este último enseña auténticamente la doctrina de los
Apóstoles y, sacando provecho del trabajo teológico, replica a las
objeciones y deformaciones de la fe, proponiendo además, con la
autoridad recibida de Jesucristo, nuevas profundizaciones,
explicitaciones y aplicaciones de la doctrina revelada. La teología, en
cambio, adquiere, de modo reflejo, una comprensión cada vez más profunda
de la Palabra de Dios, contenida en la Escritura y transmitida fielmente
por la Tradición viva de la Iglesia bajo la guía del Magisterio, a la
vez que se esfuerza por aclarar esta enseñanza de la Revelación frente a
las instancias de la razón y le da una forma orgánica y sistemática"[172].
Pero cuando, por una serie de motivos, disminuye esta colaboración, es
preciso no prestarse a equívocos y confusiones, sabiendo distinguir
cuidadosamente <<la doctrina común de la Iglesia, de las opiniones
de los teólogos y de las tendencias que se desvanecen con el pasar del
tiempo (las llamadas "modas")>>[173].
No existe un magisterio "paralelo", porque el único magisterio es el de
Pedro y los apóstoles, el del Papa y los Obispos[174].
Otro problema, que se da principalmente donde los estudios
seminarísticos están encomendados a instituciones académicas, se refiere
a la relación entre el rigor científico de la teología y su aplicación
pastoral, y, por tanto, la naturaleza pastoral de la teología. En
realidad, se trata de dos características de la teología y de su
enseñanza que no sólo no se oponen entre sí sino que coinciden, aunque
sea bajo aspectos diversos, en el plano de una más completa
"inteligencia de la fe". En efecto, el caracter pastoral de la teología
no significa que ésta sea menos doctrinal o incluso que esté privada de
su carácter científico; por el contrario, significa que prepara a los
futuros sacerdotes para anunciar el mensaje evangélico a través de los
medios culturales de su tiempo y a plantear la acción pastoral según una
auténtica visión teológica. Y así, por un lado, un estudio respetuoso
del carácter rigurosamente científico de cada una de las disciplinas
teológicas contribuirá a la formación más completa y profunda del pastor
de almas como maestro de la fe; por otro lado, una adecuada sensibilidad
en su aplicación pastoral hará que sea el estudio serio y científico de
la teología verdaderamente formativo para los futuros presbíteros.
Un problema ulterior nace de la exigencia -hoy intensamente sentida-
de la evangelización de las culturas y de la inculturación del
mensaje de la fe. Es éste un problema eminentemente pastoral, que
debe ser incluido con mayor amplitud y particular sensibilidad en la
formación de los candidatos al sacerdocio: "En las actuales
circunstancias, en que en algunas regiones del mundo la religión
cristiana se considera como algo extraño a las culturas, tanto antiguas
como modernas, es de gran importancia que en toda la formación
intelectual y humana se considere necesaria y esencial la dimensión de
la inculturación[175].
Pero esto exige previamente una teología auténtica, inspirada en los
principios católicos sobre esa inculturación. Estos principios se
relacionan con el misterio de la encarnación del Verbo de Dios y con la
antropología cristiana e iluminan el sentido auténtico de la
inculturación; ésta, ante las culturas más dispares y a veces
contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser
una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las
gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no
significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino
que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en
ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con
la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que
proviene de Cristo[176].
El problema de esta inculturación puede tener un interés específico
cuando los candidatos al sacerdocio provienen de culturas autóctonas;
entonces, necesitarán métodos adecuados de formación, sea para superar
el peligro de ser menos exigentes y desarrollar una educación más débil
de los valores humanos, cristianos y sacerdotales, sea para revalorizar
los elementos buenos y auténticos de sus culturas y tradiciones"[177].
56. Siguiendo las enseñanzas y orientaciones del Concilio Vaticano II
y las normas de aplicación de la Ratio fundamentalis institutionis
sacerdotalis, ha tenido lugar en la Iglesia una amplia actualización
de la enseñanza de las disciplinas filosóficas y, sobre todo, teológicas
en los seminarios. Aun necesitando en algunos casos ulteriores enmiendas
o desarrollos, esta actualización ha contribuido en su conjunto a
destacar cada vez más el proyecto educativo en el ámbito de la formación
intelectual. A este respecto, "los Padres sinodales han afirmado de
nuevo, con frecuencia y claridad, la necesidad -más aún, la urgencia- de
que se aplique en los seminarios y en las casas de formación el plan
fundamental de estudios, tanto el universal como el de cada nación o
Conferencia episcopal"[178].
Es necesario contrarrestar decididamente la tendencia a reducir la
seriedad y el esfuerzo en los estudios, que se deja sentir en algunos
ambientes eclesiales, como consecuencia de una preparación básica
insuficiente y con lagunas en los alumnos que comienzan el periodo
filosófico y teológico. Esta misma situación contemporánea exige cada
vez más maestros que estén realmente a la altura de la complejidad de
los tiempos y sean capaces de afrontar, con competencia, claridad y
profundidad los interrogantes vitales del hombre de hoy, a los que sólo
el Evangelio de Jesús da la plena y definitiva respuesta.
La formación pastoral: comunicar la caridad de
Jesucristo buen Pastor
57. Toda la formación de los candidatos al
sacerdocio está orientada a prepararlos de una manera específica para
comunicar la caridad de Cristo, buen Pastor. Por tanto, esta formación,
en sus diversos aspectos, debe tener un carácter esencialmente pastoral.
Lo afirma claramente el decreto conciliar Optatam totius,
refiriéndose a los seminarios mayores: <<La educación de los
alumnos debe tender a la formación de verdaderos pastores de las
almas, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y
Pastor. Por consiguiente, deben prepararse para el ministerio de la
Palabra: para comprender cada vez mejor la palabra revelada por Dios,
poseerla con la meditación y expresarla con la palabra y la conducta;
deben prepararse para el ministerio del culto y de la santificación, a
fin de que, orando y celebrando las sagradas funciones litúrgicas,
ejerzan la obra de salvación por medio del sacrificio eucarístico y los
sacramentos; deben prepararse para el ministerio del Pastor: para que
sepan representar delante de los hombres a Cristo, que "no vino a ser
servido, sino a servir y dar su vida para redención del mundo"
(Mc. 10, 45; cf. Jn. 13, 12-17), y, hechos servidores de
todos, ganar a muchos (cf. 1 Cor. 9, 19)>>[179].
El texto conciliar insiste en la profunda coordinación que hay entre
los diversos aspectos de la formación humana, espiritual e intelectual;
y, al mismo tiempo, en su finalidad pastoral específica. En este
sentido, la finalidad pastoral asegura a la formación humana, espiritual
e intelectual algunos contenidos y características concretas, a la vez
que unifica y determina toda la formación de los futuros sacerdotes.
Como cualquier otra formación, también la formación pastoral se
desarrolla mediante la reflexión madura y la aplicación práctica, y
tiene sus raíces profundas en un espíritu que es el soporte y la fuerza
impulsora y de desarrollo de todo.
Por tanto, es necesario el estudio de una verdadera y propia
disciplina teológica: la teología pastoral o práctica, que es una
reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza
del Espíritu, a través de la historia; una reflexión, sobre la Iglesia
como "sacramento universal de salvación"[180],
como signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la
Palabra, en los Sacramentos y en el servicio de la caridad. La pastoral
no es solamente un arte ni un conjunto de exhortaciones, experiencias y
métodos; posee una categoría teológica plena, porque recibe de la fe los
principios y criterios de la acción pastoral de la Iglesia en la
historia, de una Iglesia que "engendra" cada día a la Iglesia misma,
según la feliz expresión de San Beda el Venerable: "Nan et Ecclesia
quotidie gignit Ecclesiam"[181].
Entre estos principios y criterios se encuentra aquel especialmente
importante del discernimiento evangélico sobre la situación
sociocultural y eclesial, en cuyo ámbito se desarrolla la acción
pastoral.
El estudio de la teología pastoral debe iluminar la aplicación
práctica mediante la entrega y algunos servicios pastorales que los
candidatos al sacerdocio deben realizar, de manera progresiva y siempre
en armonía con las demás tareas formativas; se trata de "experiencias"
pastorales que han de confluir en un verdadero "aprendizaje pastoral", y
que puede durar incluso algún tiempo y que requiere una verificación de
manera metódica.
Mas el estudio y la actividad pastoral se apoyan en una fuente
interior, que la formación deberá custodiar y valorizar: se trata de
la comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de
Jesús, la cual, así como ha sido el principio y fuerza de su acción
salvífica, también, gracias a la efusión del Espíritu Santo en el
sacramento del Orden, debe ser principio y fuerza del ministerio del
presbítero. Se trata de una formación destinada no sólo a asegurar una
competencia pastoral científica y una preparación práctica, sino
también, y sobre todo, a garantizar el crecimiento de un modo de
estar en comunión con los mismos sentimientos y actitudes de Cristo,
buen Pastor: "Tener entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo"
(Flp. 2, 5).
58. Entendida así, la formación pastoral no puede reducirse a un
simple aprendizaje, dirigido a familiarizarse con una técnica pastoral.
El proyecto educativo del seminario se encarga de una verdadera y propia
iniciación a la sensibilidad del pastor, a asumir de manera consciente y
madura sus responsabilidades, al hábito interior de valorar los
problemas y establecer las prioridades y los medios de solución,
fundados siempre en claras motivaciones de fe y según las exigencias
teológicas de la pastoral misma.
A través de la experiencia inicial y progresiva en el ministerio, los
futuros sacerdotes podrán ser introducidos en la tradición pastoral viva
de su Iglesia particular; aprenderán a abrir el horizonte de su mente y
de su corazón a la dimensión misionera de la vida eclesial; se
ejercitarán en algunas formas iniciales de colaboración entre sí y con
los presbíteros a los cuales serán enviados. En estos últimos recae -en
coordinación con el programa del seminario- una responsabilidad
educativa pastoral de no poca importancia.
En la elección de los lugares y servicios adecuados para la
experiencia pastoral se debe prestar especial atención a la parroquia[182],
célula vital de dichas experiencias sectoriales y especializadas, en la
que los candidatos al sacerdocio se encontrarán frente a los problemas
inherentes a su futuro ministerio. Los Padres sinodales han propuesto
una serie de ejemplos concretos, como la visita a los enfermos, la
atención a los emigrantes, exiliados y nómadas, el celo de la caridad
que se traduce en diversas obras sociales. En particular dicen: "Es
necesario que el presbítero sea testigo de la caridad de Cristo mismo
que "pasó haciendo el bien" (Hch. 10, 38); el presbítero debe ser
también el signo visible de la solicitud de la Iglesia, que es Madre y
Maestra. Y puesto que el hombre de hoy está afectado por tantas
desgracias, especialmente los que viven sometidos a una pobreza
inhumana, a la violencia ciega o al poder abusivo, es necesario que el
hombre de Dios, bien preparado para toda obra buena (cf. 2 Tim.
3, 17), reivindique los derechos y la dignidad del hombre. Pero evite
adherirse a falsas ideologías y olvidar, cuando trata de promover el
bien, que el mundo es redimido sólo por la cruz de Cristo"[183].
El conjunto de estas y de otras actividades pastorales educa al
futuro sacerdote a vivir como "servicio" la propia misión de "autoridad"
en la comunidad, alejándose de toda actitud de superioridad o ejercicio
de un poder que no esté siempre y exclusivamente justificado por la
caridad pastoral.
Para una adecuada formación es necesario que las diversas
experiencias de los candidatos al sacerdocio asuman un claro carácter
"ministerial", siempre en íntima conexión con todas las exigencias
propias de la preparación al presbiterado y, (por supuesto, sin
menoscabo del estudio), relacionados con el triple servicio de la
Palabra, del culto y de presidir la comunidad. Estos servicios pueden
ser la traducción concreta de los ministerios del Lectorado, Acolitado y
Diaconado.
59. Ya que la actividad pastoral está destinada por su naturaleza a
animar la Iglesia, que es esencialmente "misterio", "comunión", y
"misión", la formación pastoral deberá conocer y vivir estas dimensiones
eclesiales en el ejercicio del ministerio.
Es fundamental el ser conscientes de que la Iglesia es
"misterio", obra divina, fruto del Espíritu de Cristo, signo eficaz
de la gracia, presencia de la Trinidad en la comunidad cristiana; esta
conciencia, a la vez que no disminuirá el sentido de responsabilidad
propio del pastor, lo convencerá de que el crecimiento de la Iglesia es
obra gratuita del Espíritu y que su servicio -encomendado por la misma
gracia divina a la libre responsabilidad humana- es el servicio
evangélico del "siervo inútil" (cf. Lc. 17, 10).
En segundo lugar, la conciencia de la Iglesia como "comunión"
ayudará al candidato al sacerdocio a realizar una pastoral comunitaria,
en colaboración cordial con los diversos agentes eclesiales: sacerdotes
y Obispo, sacerdotes diocesanos y religiosos, sacerdotes y laicos. Pero
esta colaboración supone el conocimiento y la estima de los diversos
dones y carismas, de las diversas vocaciones y responsabilidades que el
Espíritu ofrece y confía a los miembros del Cuerpo de Cristo; requiere
un sentido vivo y preciso de la propia identidad y de la de las demás
personas en la Iglesia; exige mutua confianza, paciencia, dulzura,
capacidad de comprensión y de espera; se basa sobre todo en un amor a la
Iglesia más grande que el amor a sí mismos y a las agrupaciones a las
cuales se pertenece. Es especialmente importante preparar a los futuros
sacerdotes para la colaboración con los laicos. "Oigan de buen
grado -dice el Concilio- a los laicos, considerando fraternalmente sus
deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos
campos de la actividad humana, a fin de que, juntamente con ellos,
puedan conocer los signos de los tiempos"[184].
El Sínodo ha insistido también en la atención pastoral de los laicos:
"Es necesario que el alumno sea capaz de proponer y ayudar a vivir a los
fieles laicos, especialmente los jóvenes, las diversas vocaciones
(matrimonio, servicios sociales, apostolado, ministerios y
responsabilidades en las actividades pastorales, vida consagrada,
dirección de la vida política y social, investigación científica,
enseñanza). Sobre todo es necesario enseñar y ayudar a los laicos en su
vocación de impregnar y transformar el mundo con la luz del Evangelio,
reconociendo su propio cometido y respetándolo"[185].
Por último, la conciencia de la Iglesia como comunión
"misionera" ayudará al candidato al sacerdocio a amar y vivir la
dimensión misionera esencial de la Iglesia y de las diversas actividades
pastorales; a estar abierto y disponible para todas las posibilidades
ofrecidas hoy para el anuncio del Evangelio, sin olvidar la valiosa
ayuda que pueden y deben dar al respecto los medios de comunicación
social;[186]
y a prepararse para un ministerio que podrá exigirle la disponibilidad
concreta al Espíritu Santo y al Obispo para ser enviado a predicar el
Evangelio fuera de su país[187].
II. AMBIENTES PROPIOS DE LA
FORMACION SACERDOTAL
La comunidad formativa del Seminario
mayor
60. La necesidad del Seminario mayor -y de una análoga Casa
religiosa de formación- para la preparación de los candidatos al
sacerdocio, como fue afirmada categóricamente por el Concilio Vaticano
II[188],
ha sido reiterada por el Sínodo con estas palabras: "La
institución del Seminario mayor, como lugar óptimo de formación, debe
ser confirmada como ambiente normal, incluso material, de una vida
comunitaria y jerárquica, es más, como casa propia para la formación de
los candidatos al sacerdocio, con superiores verdaderamente consagrados
a esta tarea. Esta institución ha dado muchísimos frutos a través de los
siglos y continúa dándolos en todo el mundo"[189].
El seminario, que representa como un tiempo y un espacio geográfico,
es sobre todo una comunidad educativa en camino: la comunidad
promovida por el Obispo para ofrecer, a quien es llamado por el Señor
para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia
formativa que el Señor dedicó a los Doce. En realidad los Evangelios nos
presentan la vida de trato íntimo y prolongado con Jesús como condición
necesaria para el ministerio apostólico. Esa vida exige a los Doce
llevar a cabo, de un modo particularmente claro y específico, el
desprendimiento -propuesto en cierta medida a todos los discípulos- del
ambiente de origen, del trabajo habitual, de los afectos más queridos
(cf. Mc. 1, 16-20; 10, 28; Lc. 9, 11. 27-28; 9, 57-62; 14,
25-27). Se ha citado varias veces la narración de Marcos, que subraya la
relación profunda que une a los apóstoles con Cristo y entre sí; antes
de ser enviados a predicar y curar, son llamados "para que estuvieran
con él" (Mc. 3, 14).
La identidad profunda del seminario es ser, a su manera, una
continuación en la Iglesia, de la íntima comunidad apostólica formada
en torno a Jesús, en la escucha de su Palabra, en camino hacia la
experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la
misión. Esta identidad constituye el ideal formativo que -en las muy
diversas formas y múltiples vicisitudes que como institución
humana ha tenido en la historia- estimula al seminario a encontrar
su realización concreta, fiel a los valores evangélicos en los que se
inspira y capaz de responder a las situaciones y necesidades de los
tiempos.
El seminario es, en sí mismo, una experiencia original de la vida
de la Iglesia; en él el Obispo se hace presente a través del
ministerio del rector y del servicio de corresponsabilidad y de comunión
con los demás educadores, para el crecimiento pastoral y apostólico de
los alumnos. Los diversos miembros de la comunidad del seminario,
reunidos por el Espíritu en una sola fraternidad, colaboran, cada uno
según su propio don, al crecimiento de todos en la fe y en la caridad,
para que se preparen adecuadamente al sacerdocio, y por tanto a
prolongar en la Iglesia y en la historia la presencia redentora de
Jesucristo, el buen Pastor.
Incluso desde un punto de vista humano, el Seminario mayor debe
tratar de ser "una comunidad estructurada por una profunda amistad y
caridad, de modo que pueda ser considerada una verdadera familia que
vive en la alegría"[190].
Desde un punto de vista cristiano, el Seminario debe configurarse
-continúan los Padres sinodales-, como "comunidad eclesial", como
"comunidad de discípulos del Señor, en la que se celebra una misma
liturgia (que impregna la vida del espíritu de oración), formada cada
día en la lectura y meditación de la Palabra de Dios y con el sacramento
de la Eucaristía, en el ejercicio de la caridad fraterna y de la
justicia; una comunidad en la que, en el progreso de la vida comunitaria
y en la vida de cada miembro, resplandezcan el Espíritu de Cristo y el
amor a la Iglesia"[191].
Confirmando y desarrollando concretamente esta esencial dimensión
eclesial del Seminario, los Padres sinodales afirman: "como comunidad
eclesial, sea diocesana o interdiocesana, o también religiosa, el
Seminario debe alimentar el sentido de comunión de los candidatos con su
Obispo y con su Presbiterio, de modo que participen en su esperanza y en
sus angustias, y sepan extender esta apertura a las necesidades de la
Iglesia universal"[192].
Es esencial para la formación de los candidatos al sacerdocio y al
ministerio pastoral -eclesial por naturaleza- que se viva en el
Seminario no de un modo extrínseco y superficial, como si fuera un
simple lugar de habitación y de estudio, sino de un modo interior y
profundo: como una comunidad específicamente eclesial, una comunidad que
revive la experiencia del grupo de los Doce unidos a Jesús[193].
61. El Seminario es, por tanto, una comunidad eclesial
educativa, más aún, es una especial comunidad educativa. Y lo que
determina su fisonomía es el fin específico, o sea, el acompañamiento
vocacional de los futuros sacerdotes, y por tanto el discernimiento de
la vocación, la ayuda para corresponder a ella y la preparación para
recibir el sacramento del Orden con las gracias y responsabilidades
propias, por las que el sacerdote se configura con Jesucristo Cabeza y
Pastor y se prepara y compromete para compartir su misión de salvación
en la Iglesia y en el mundo.
En cuanto comunidad educativa, toda la vida del Seminario, en sus más
diversas expresiones, está intensamente dedicada a la formación
humana, espiritual, intelectual y pastoral de los futuros presbíteros;
se trata de una formación que, aun teniendo tantos aspectos comunes con
la formación humana y cristiana de todos los miembros de la Iglesia,
presenta contenidos, modalidades y características que nacen de manera
específica de la finalidad que se persigue, esto es, de preparar al
sacerdocio.
Ahora bien, los contenidos y formas de la labor educativa exigen que
el Seminario tenga definida su propio plan, o sea, un programa de vida
que se caracterice tanto por ser orgánico-unitario, como por su sintonía
o correspondencia con el único fin que justifica la existencia del
Seminario: la preparación de los futuros presbíteros.
En este sentido escriben los Padres sinodales: "en cuanto comunidad
educativa, (el Seminario) está al servicio de un programa claramente
definido que, como nota característica, tenga la unidad de dirección,
manifestada en la figura del Rector y sus colaboradores, en la
coherencia de toda la ordenación de la vida y actividad formativa y de
las exigencias fundamentales de la vida comunitaria, que lleva consigo
también aspectos esenciales de la labor de formación. Este programa debe
estar al servicio -sin titubeos ni vaguedades- de la finalidad
específica, la única que justifica la existencia del Seminario, a saber,
la formación de los futuros presbíteros, pastores de la Iglesia[194].
Y para que la programación sea verdaderamente adecuada y eficaz, es
preciso que las grandes líneas del programa se traduzcan más
concretamente y al detalle, mediante algunas normas particulares
destinadas a ordenar la vida comunitaria, estableciendo determinados
instrumentos y algunos ritmos temporales precisos.
Otro aspecto que hay que subrayar aquí es la labor educativa que, por
su naturaleza, es el acompañamiento de estas personas históricas y
concretas que caminan hacia la opción y la adhesión a determinados
ideales de vida. Precisamente por esto la labor educativa debe saber
conciliar armónicamente la propuesta clara de la meta que se quiere
alcanzar, la exigencia de caminar con seriedad hacia ella, la atención
al "viandante", es decir al sujeto concreto empeñado en esta aventura y,
consiguientemente, a una serie de situaciones, problemas, dificultades,
ritmos diversos de andadura y de crecimiento. Esto exige una sabia
elasticidad, que no significa precisamente transigir ni sobre los
valores ni sobre el compromiso consciente y libre, sino que quiere decir
amor verdadero y respeto sincero a las condiciones totalmente personales
de quien camina hacia el sacerdocio. Esto vale no sólo respecto a cada
una de las personas, sino también en relación con los diversos contextos
sociales y culturales en los que se desenvuelven los Seminarios y con la
diversa historia que cada uno de ellos tienen. En este sentido la
obra educativa exige una constante renovación. Por ello, los Padres
sinodales han subrayado también con fuerza, en relación con la
configuración de los Seminarios: "Salva la validez de las formas
clásicas del Seminario, el Sínodo desea que continúe el trabajo de
consulta de las Conferencias Episcopales sobre las necesidades actuales
de la formación, como se mandaba en el decreto Optatan totius (n.
1) y en el Sínodo de 1967. Revísense oportunamente las Rationes
de cada nación o rito, ya sea con ocasión de las consultas hechas por
las Conferencias Episcopales, ya sea en las visitas apostólicas a los
Seminarios de las diversas naciones, para integrar en ellas diversas
modelos comprobados de formación, que respondan a las necesidades de los
pueblos de cultura así llamada indígena, de las vocaciones de adultos,
de las vocaciones misioneras, etc."[195].
62. La finalidad y la forma educativa específica del Seminario mayor
exige que los candidatos al sacerdocio entren en él con alguna
preparación previa. Esta preparación no creaba -al menos hasta hace
algún decenio- problemas particulares, ya que los aspirantes provenían
habitualmente de los Seminarios menores y la vida cristiana de las
comunidades eclesiales ofrecía con facilidad a todos indistintamente una
discreta instrucción y educación cristiana.
La situación en muchos lugares ha cambiado bastante. En efecto, se da
una fuerte discrepancia entre el estilo de vida y la preparación básica,
de los chicos, adolescentes y jóvenes -aunque sean cristianos e incluso
comprometidos en la vida de la Iglesia- por un lado, y, por otro, el
estilo de vida del Seminario y sus exigencias formativas. En este punto,
en comunión con los Padres sinodales, pido que haya un periodo adecuado
de preparación que preceda la formación del Seminario: "Es útil que haya
un periodo de preparación humana, cristiana, intelectual y espiritual
para los candidatos al Seminario mayor. Estos candidatos deben tener
determinadas cualidades: la recta intención, un grado suficiente de
madurez humana, un conocimiento bastante amplio de la doctrina de la fe,
alguna introducción a los métodos de oración y costumbres conformes con
la tradición cristiana. Tengan también las aptitudes propias de sus
regiones, mediante las cuales se expresa el esfuerzo de encontrar a Dios
y la fe (cf. Evangelii nuntiandi, 48)[196].
"Un conocimiento bastante amplio de la doctrina de la fe", de que
hablan los Padres sinodales, se exige igualmente antes de la teología,
pues no se puede desarrollar una "intelligentia fidei" si no se
conoce la "fides" en su contenido. Una tal laguna podrá ser más
fácilmente colmada mediante el próximo Catecismo universal.
Mientras que, por una parte, se hace común el convencimiento de la
necesidad de esta preparación previa al Seminario mayor, por otra, se da
diversa valoración de sus contenidos y características, o sea: si la
finalidad prioritaria ha de ser la formación espiritual para el
discernimiento vocacional, o la formación intelectual o cultural.
Además, no pueden olvidarse las muchas y profundas diversidades que
existen, no sólo en relación con cada uno de los candidatos, sino
también en relación a las varias regiones y países. Esto aconseja una
fase todavía de estudio y experimentación, para que puedan definirse de
una manera más oportuna y detallada los diversos elementos de esta
preparación previa o "periodo propedéutico": tiempo, lugar,
forma, temas de este periodo, que desde luego han de estar en
coordinación con los años sucesivos de la formación en el Seminario.
En este sentido, asumo y propongo a la Congregación para la Educación
Católica la petición hecha por los Padres sinodales: "El Sínodo pide que
la Congregación para la Educación Católica recoja todas las
informaciones sobre las primeras experiencias ya hechas o que se están
haciendo. En su momento, la Congregación comunique a las Conferencias
Episcopales las informaciones sobre este tema"[197].
El Seminario menor y otras formas de
acompañamiento vocacional
63. Como demuestra una larga experiencia,
la vocación sacerdotal tiene, con frecuencia, un primer momento de
manifestación en los años de la preadolescencia o en los primerísimos
años de la juventud. E incluso en quienes deciden su ingreso en el
Seminario más adelante, no es raro constatar la presencia de la llamada
de Dios en periodos muy anteriores. La historia de la Iglesia es un
testimonio continuo de llamadas que el Señor hace en edad tierna
todavía. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, explica la predilección de
Jesús hacia el apóstol Juan "por su tierna edad" y saca de ahí la
siguiente conclusión: "esto nos da a entender como ama Dios de modo
especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera
juventud"[198].
La Iglesia, con la institución de los Seminarios menores, toma bajo
su especial cuidado, discerniendo y acompañando estos brotes de vocación
sembrados en los corazones de los muchachos. En varias partes del mundo
estos Seminarios continúan desarrollando una preciosa labor educativa,
dirigida a custodiar y desarrollar los brotes de vocación sacerdotal,
para que los alumnos la puedan reconocer más fácilmente y se hagan más
capaces de corresponder a ella. Su propuesta educativa tiende a
favorecer oportuna y gradualmente aquella formación humana, cultural y
espiritual que llevará al joven a iniciar el camino en el Seminario
mayor con una base adecuada y sólida.
Prepararse "a seguir a Cristo Redentor con espíritu de generosidad
y pureza de intención": éste es el fin del Seminario menor indicado
por el Concilio en el decreto Optatam totius, donde se describe
de la siguiente forma su carácter educativo: los alumnos "bajo la
dirección paterna de sus superiores, secundada por la oportuna
cooperación de los padres, lleven un género de vida que se avenga bien
con la edad, espíritu y evolución de los adolescentes, y se adapte de
lleno a las normas de la sana psicología, sin dejar a un lado la
razonable experiencia de las cosas humanas y el trato con la propia
familia"[199].
El Seminario menor podrá ser también en la diócesis un punto de
referencia de la pastoral vocacional, con oportunas formas de acogida y
oferta de informaciones para aquellos adolescentes que están en búsqueda
de la vocación o que, decididos ya a seguirla, se ven obligados a
retrasar el ingreso en el Seminario por diversas circunstancias,
familiares o escolares.
64. Donde no se dé la posibilidad de tener el Seminario menor
-"necesario y muy útil en muchas regiones"- es preciso crear otras
"instituciones"[200],
como podrían ser los grupos vocacionales para adolescentes y
jóvenes. Aunque no sean permanentes, estos grupos podrán ofrecer en un
ambiente comunitario una guía sistemática para el análisis y el
crecimiento vocacional. Incluso viviendo en familia y frecuentando la
comunidad cristiana que les ayude en su camino formativo, estos
muchachos y estos jóvenes no deben ser dejados solos. Ellos tienen
necesidad de un grupo particular o de una comunidad de referencia en la
que apoyarse para seguir el itinerario vocacional concreto que el don
del Espíritu Santo ha comenzado en ellos.
Como siempre ha sucedido en la historia de la Iglesia, y con alguna
característica de esperanzadora novedad y frecuencia en las actuales
circunstancias, se constata el fenómeno de vocaciones
sacerdotales que se dan en la edad adulta, después de una más
o menos larga experiencia de vida laical y de compromiso profesional. No
siempre es posible, y con frecuencia no es ni siquiera conveniente,
invitar a los adultos a seguir el itinerario educativo del Seminario
mayor. Se debe más bien programar, después de un cuidadoso
discernimiento sobre la autenticidad de estas vocaciones, cualquier
forma específica de acompañamiento formativo, de modo que se asegure,
mediante adaptaciones oportunas, la necesaria formación espiritual e
intelectual[201].
Una adecuada relación con los otros aspirantes al sacerdocio y los
periodos de presencia en la comunidad del Seminario mayor, podrán
garantizar la inserción plena de estas vocaciones en el único
presbiterio, y su íntima y cordial comunión con el mismo.
III. PROTAGONISTAS DE LA
FORMACIÓN SACERDOTAL
La Iglesia y el Obispo
65. Puesto que la
formación de los aspirantes al sacerdocio pertenece a la pastoral
vocacional de la Iglesia, se debe decir que es la Iglesia como tal el
sujeto comunitario que tiene la gracia y la responsabilidad de
acompañar a cuantos el Señor llama a ser sus ministros en el sacerdocio.
En este sentido, la lectura del misterio de la Iglesia nos ayuda a
precisar mejor el puesto y la misión que sus diversos miembros
-individualmente y también como miembros de un cuerpo- tienen en la
formación de los aspirantes al presbiterado.
Ahora bien, la Iglesia es por su propia naturaleza la "memoria", el
"sacramento" de la presencia y de la acción de Jesucristo en medio de
nosotros y para nosotros. A su misión salvadora se debe la llamada al
sacerdocio; y no sólo la llamada, sino también el acompañamiento para
que la persona que se siente llamada pueda reconocer la gracia del Señor
y responda a ella con libertad y con amor. Es el Espíritu de Jesús el
que da la luz y la fuerza en el discernimiento y en el camino
vocacional. No hay, por tanto, auténtica labor formativa para
el sacerdocio sin el influjo del Espíritu de Cristo. Todo formador
humano debe ser plenamente consciente de esto. ¿Cómo no ver una
"riqueza" totalmente gratuita y radicalmente eficaz, que tiene su "peso"
decisivo en el trabajo formativo hacia el sacerdocio? ¿Y cómo no gozar
ante la dignidad de todo formador humano, que, en cierto sentido, se
presenta al aspirante al sacerdocio como visible representante de
Cristo? Si la preparación al sacerdocio es esencialmente la formación
del futuro pastor a imagen de Jesucristo buen Pastor ¿quién mejor que el
mismo Jesús, mediante la infusión de su Espíritu, puede donar y llevar
hasta la madurez aquella caridad pastoral que El ha vivido hasta el don
total de sí mismo (cf. Jn. 15, 13; 10, 11) y que quiere que sea
vivida también por todos los presbíteros?
El primer representante de Cristo en la formación sacerdotal es el
Obispo. Del Obispo, de cada Obispo, se podría afirmar lo que el
evangelista Marcos nos dice en el texto reiteradamente citado: "Llamó a
los que él quiso: y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que
estuvieran con él, y para enviarlos..." (Mc. 3, 13-14). En
realidad la llamada interior del Espíritu tiene necesidad de ser
reconocida por el Obispo como auténtica llamada. Si todos pueden
"acercarse" al Obispo porque es Pastor y Padre de todos, lo
pueden de un modo particular sus presbíteros, por la común participación
al mismo sacerdocio y ministerio. El Obispo -dice el Concilio- debe
considerarlos y tratarlos como "hermanos y amigos"[202].
Y esto se puede decir, por analogía, de cuantos se preparan al
sacerdocio. Por lo que se refiere al "estar con él" -del texto
evangélico- esto es, con el Obispo, es ya un gran signo de la
responsabilidad formativa de éste para con los aspirantes al sacerdocio
el hecho de que los visite con frecuencia y en cierto modo "esté" con
ellos.
La presencia del Obispo tiene un valor particular, no sólo porque
ayuda a la comunidad del Seminario a vivir su inserción en la Iglesia
particular y su comunión con el Pastor que la guía, sino también porque
autentifica y estimula la finalidad pastoral, que constituye lo
específico de toda la formación de los aspirantes al sacerdocio. Sobre
todo, con su presencia y con la comparticipación con los aspirantes al
sacerdocio de todo cuanto se refiere a la pastoral de la Iglesia
particular, el Obispo contribuye fundamentalmente a la formación del
"sentido de Iglesia", como valor espiritual y pastoral central en el
ejercicio del ministerio sacerdotal.
La comunidad educativa del Seminario
66.
La comunidad educativa del Seminario se articula en torno a los diversos
formadores: el rector, el director o padre espiritual, los superiores y
los profesores. Ellos se deben sentir profundamente unidos al Obispo, al
que, con diverso título y en modo distinto representan, y entre ellos
debe existir una comunión y colaboración convencida y cordial. Esta
unidad de los educadores no sólo hace posible una realización adecuada
del programa educativo, sino que también y sobre todo ofrece a los
futuros sacerdotes el ejemplo significativo y el acceso a aquella
comunión eclesial que constituye un valor fundamental de la vida
cristiana y del ministerio pastoral.
Es evidente que gran parte de la eficacia formativa depende de la
personalidad madura y recia de los formadores, bajo el punto de visto
humano y evangélico. Por esto son particularmente importantes, por un
lado, la selección cuidada de los formadores, y por otro el
estimularles para que se hagan cada vez más idóneos para la misión
que les ha sido confiada. Conscientes de que precisamente en la
selección y formación de los formadores radica el porvenir de la
preparación de los candidatos al sacerdocio, los Padres sinodales se han
detenido ampliamente a precisar la identidad de los educadores. En
particular, han escrito: "La misión de la formación de los aspirantes al
sacerdocio exige ciertamente no sólo una preparación especial de los
formadores, que sea verdaderamente técnica, pedagógica, espiritual,
humana y teológica, sino también el espíritu de comunión y colaboración
en la unidad por desarrollar el programa, de modo que siempre se salve
la unidad en la acción pastoral del Seminario bajo la guía del rector.
El grupo de formadores de testimonio de una vida verdaderamente
evangélica y de total entrega al Señor. Es oportuno que tenga una cierta
estabilidad que resida habitualmente en la comunidad del Seminario y que
esté íntimamente unido al Obispo, como primer responsable de la
formación de los sacerdotes"[203].
Son los Obispos los primeros que deben sentir su grave
responsabilidad en la formación de los encargados de la educación de los
futuros presbíteros. Para este ministerio deben elegirse sacerdotes de
vida ejemplar, y con determinadas cualidades: "la madurez humana y
espiritual, la experiencia pastoral, la competencia profesional, la
solidez en la propia vocación, la capacidad de colaboración, la
preparación doctrinal en las ciencias humanas (especialmente la
psicología) que son propias de su oficio, y el conocimiento del estilo
peculiar del trabajo en grupo"[204].
Respetando la distinción entre foro interno y externo, la conveniente
libertad en escoger confesores, y la prudencia y discreción del
ministerio del director espiritual, la comunidad presbiteral de los
educadores debe sentirse solidaria en la responsabilidad de educar a los
aspirantes al sacerdocio. A ella, siempre contando con la conjunta
valoración del Obispo y del rector, corresponde en primer lugar la
misión de procurar y comprobar la idoneidad de los aspirantes en lo que
se refiere a las dotes espirituales, humanas e intelectuales,
principalmente en cuanto al espíritu de oración, asimilación profunda de
la doctrina de la fe, capacidad de auténtica fraternidad y carisma del
celibato[205].
Teniendo presente -como también lo han recordado los Padres
sinodales- las indicaciones de la Exhortación Christifideles laici[206]
y de la Carta Apostólica Mulieris dignitatem, que advierten la
utilidad de un sano influjo de la espiritualidad laical y del carisma de
la feminidad en todo itinerario educativo, es oportuno contar también
-en forma prudente y adaptada a los diversos contextos culturales- con
la colaboración de fieles laicos, hombres y mujeres, en la labor
formativa de los futuros sacerdotes. Habrán de ser escogidos con
particular atención, en el cuadro de las leyes de la Iglesia y conforme
a sus particulares carismas y probadas competencias. De su colaboración,
oportunamente coordenada e integrada en las responsabilidades educativas
primarias de los formadores de los futuros presbíteros, es lícito
esperar buenos frutos para un crecimiento equilibrado del sentido de
Iglesia, y para una percepción más exacta de la propia identidad
sacerdotal, por parte de los aspirantes al presbiterado[207].
Los profesores de teología
67. Cuantos
introducen y acompañan a los futuros sacerdotes en la sagrada
doctrina mediante la enseñanza teológica tienen una particular
responsabilidad educativa, que con frecuencia -como enseña la
experiencia- es más decisiva que la de los otros educadores, en el
desarrollo de la personalidad presbiteral.
La responsabilidad de los profesores de teología, antes que en
la relación de docencia que deben entablar con los aspirantes al
sacerdocio, radica en la concepción que ellos deben tener de la
naturaleza de la teología y del ministerio sacerdotal, como también en
el espíritu y estilo con el que deben desarrollar su enseñanza
teológica. En este sentido, los Padres sinodales han afirmado justamente
que el "teólogo debe ser siempre consciente de que a su enseñanza no le
viene la autoridad de él mismo, sino que debe abrir y comunicar la
inteligencia de la fe últimamente en el nombre del Señor Jesús y de la
Iglesia. Así, el teólogo, aun en el uso de todas las posibilidades
científicas, ejerce su misión por mandato de la Iglesia y colabora con
el Obispo en el oficio de enseñar. Y porque los teólogos y los Obispos
están al servicio de la misma Iglesia en la promoción de la fe, deben
desarrollar y cultivar una confianza recíproca y, con este espíritu,
superar también las tensiones y los conflictos (cf. más ampliamente la
Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre La
vocación eclesial del teólogo)"[208].
El profesor de teología, como cualquier otro educador, debe estar en
comunión y colaborar abiertamente con todas las demás personas dedicadas
a la formación de los futuros sacerdotes, y presentar con rigor
científico, generosidad, humildad y entusiasmo su aportación original y
cualificada, que no es sólo la simple comunicación de una doctrina
-aunque ésta sea la doctrina sagrada-, sino que es sobre todo la
oferta de la perspectiva que, en el designio de Dios, unifica todos los
diversos saberes humanos y las diversas expresiones de vida.
En particular, la fuerza específica e incisiva de los profesores de
teología se mide, sobre todo, por ser "hombres de fe y llenos de amor a
la Iglesia, convencidos de que el sujeto adecuado del conocimiento del
misterio cristiano es la Iglesia como tal, persuadidos por tanto de que
su misión de enseñar es un auténtico ministerio eclesial, llenos de
sentido pastoral para discernir no sólo los contenidos, sino también las
formas mejores en el ejercicio de este ministerio. De modo especial, a
los profesores se les pide la plena fidelidad al Magisterio porque
enseñan en nombre de la Iglesia y por esto son testigos de la fe"[209].
Comunidades de origen, asociaciones,
movimientos juveniles
68. Las comunidades de las que proviene el
aspirante al sacerdocio, aun teniendo en cuenta la separación que la
opción vocacional lleva consigo, siguen ejerciendo un influjo no
indiferente en la formación del futuro sacerdote. Por eso deben ser
conscientes de su parte específica de responsabilidad.
Recordemos, en primer lugar, a la familia los padres
cristianos, como también los hermanos, hermanas y otros miembros del
núcleo familiar, no deben nunca intentar llevar al futuro presbítero a
los límites estrechos de una lógica demasiado humana, cuando no mundana,
aunque a esto sea un sincero afecto lo que los impulse (cf. Mc.
3, 20-21. 31-35). Al contrario, animados ellos mismos por el mismo
propósito de "cumplir la voluntad de Dios", sepan acompañar el camino
formativo con la oración, el respeto, el buen ejemplo de las virtudes
domésticas y la ayuda espiritual y material, sobre todo en los momentos
difíciles. La experiencia enseña que, en muchos casos, esta ayuda
múltiple ha sido decisiva para el aspirante al sacerdocio. Incluso en el
caso de padres y familiares indiferentes o contrarios a la opción
vocacional, la confrontación clara y serena con la posición del joven y
los incentivos que de ahí se deriven, pueden ser de gran ayuda para que
la vocación sacerdotal madure de un modo más consciente y firme.
En estrecha relación con las familias está la comunidad
parroquial: ambas se unen en el plano de la educación en la fe;
además, con frecuencia, la parroquia, mediante una específica pastoral
juvenil y vocacional, ejerce un papel de suplencia de la familia. Sobre
todo, por ser la realización local más inmediata del misterio de la
Iglesia, la parroquia ofrece una aportación original y particularmente
preciosa a la formación del futuro sacerdote. La comunidad parroquial
debe continuar sintiendo como parte viva de sí misma al joven en camino
hacia el sacerdocio, lo debe acompañar con la oración, acogerlo
entrañablemente en los tiempos de vacaciones, respetar y favorecer la
formación de su identidad presbiteral, ofreciéndole ocasiones oportunas
y estímulos vigorosos para probar su vocación a la misión.
También las asociaciones y los movimientos juveniles, signo y
confirmación de la vitalidad que el Espíritu asegura a la Iglesia,
pueden y deben contribuir a la formación de los aspirantes al
sacerdocio, en particular de aquellos que surgen de la experiencia
cristiana, espiritual y apostólica de estas instituciones. Los jóvenes
que han recibido su formación de base en ellas y las tienen como punto
de referencia para su experiencia de Iglesia, no deben sentirse
invitados a apartarse de su pasado y cortar las relaciones con el
ambiente que ha contribuido a su decisión vocacional, ni tienen por qué
cancelar los rasgos característicos de la espiritualidad que allí
aprendieron y vivieron, en todo aquello que tienen de bueno, edificante
y enriquecedor[210].
También para ellos este ambiente de origen continúa siendo fuente de
ayuda y apoyo en el camino formativo hacia el sacerdocio.
Las oportunidades de educación en la fe y de crecimiento cristiano y
eclesial que el Espíritu ofrece a tantos jóvenes a través de las
múltiples formas de grupos, movimientos y asociaciones de variada
inspiración evangélica, deben ser sentidas y vividas como regalo del
espíritu que anima la institución eclesial y está a su servicio. En
efecto, un movimiento o una espiritualidad particular "no es una
estructura alternativa a la institución. Al contrario, es fuente de una
presencia que continuamente regenera en ella la autenticidad existencial
e histórica. Por esto, el sacerdote debe encontrar en el movimiento
eclesial la luz y el calor que lo hacen ser fiel a su Obispo y dispuesto
a los deberes de la institución y atento a la disciplina eclesiástica,
de modo que sea más fértil la vibración de su fe y el gusto de su
fidelidad"[211].
Por tanto, es necesario que, en la nueva comunidad del Seminario -que
el Obispo ha congregado- los jóvenes provenientes de asociaciones y
movimientos eclesiales aprendan "el respeto a los otros caminos
espirituales y el espíritu de diálogo y cooperación", se atengan con
coherencia y cordialidad a las indicaciones formativas del Obispo y de
los educadores del Seminario, confiándose con actitud sincera a su
dirección y a sus valoraciones[212].
Dicha actitud prepara y, de algún modo, anticipa la genuina opción
presbiteral de servicio a todo el Pueblo de Dios, en la comunión
fraterna del presbiterio y en obediencia al Obispo.
La participación del seminarista y del presbítero diocesano en
espiritualidades particulares o instituciones eclesiales es ciertamente,
en sí misma, un factor beneficioso de crecimiento y de fraternidad
sacerdotal. Pero esta participación no debe obstaculizar sino ayudar el
ejercicio del ministerio y la vida espiritual que son propios del
sacerdote diocesano, el cual "sigue siendo siempre pastor de todo el
conjunto. No sólo es el "hombre permanente", siempre disponible para
todos, sino el que va al encuentro de todos -en particular está a la
cabeza de las parroquias- para que todos descubran en él la acogida que
tienen derecho a esperar en la comunidad y en la Eucaristía que los
congrega, sea cual sea su sensibilidad religiosa y su dedicación
pastoral"[213].
El mismo
aspirante
69. Por último, no se puede olvidar que el
mismo aspirante al sacerdocio es también protagonista necesario e
insustituible de su formación: toda formación -incluida la sacerdotal-
es en definitiva una auto-formación. Nadie nos puede sustituir en la
libertad responsable que tenemos cada uno como persona.
Ciertamente también el futuro sacerdote -él el primero- debe crecer
en la conciencia de que el Protagonista por antonomasia de su formación
es el Espíritu Santo, que, con el don de un corazón nuevo, configura y
hace semejante a Jesucristo el buen Pastor; en este sentido, el
aspirante fortalecerá de una manera más radical su libertad acogiendo la
acción formativa del Espíritu. Pero acoger esta acción significa
también, por parte del aspirante al sacerdocio, acoger las "mediaciones"
humanas de las que el Espíritu se sirve. Por esto la acción de los
varios educadores resulta verdadera y plenamente eficaz sólo si el
futuro sacerdote ofrece su colaboración personal, convencida y cordial.
CAPITULO VI
TE RECOMIENDO QUE REAVIVES
EL
CARISMA DE DIOS QUE ESTA
EN TI:
Formación permanente de
los sacerdotes
RAZONES TEOLOGICAS DE LA
FORMACION PERMANENTE
70. "Te recomiendo que reavives el
carisma de Dios que está en ti" (2 Tim. 1, 6).
Las palabras del Apóstol al obispo Timoteo se pueden aplicar
legítimamente a la formación permanente a la que están llamados todos
los sacerdotes en razón del "don de Dios" que han recibido con la
ordenación sagrada. Ellas nos ayudan a entender el contenido real y la
originalidad inconfundible de la formación permanente de los
presbíteros. También contribuye a ello otro texto de san Pablo en la
otra carta a Timoteo: "No descuides el carisma que hay en ti, que se te
comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos
del colegio de presbíteros. Ocúpate en estas cosas; vive entregado a
ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Vela por ti
mismo y por la enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando
así, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen" (1 Tim. 4, 14-16).
El Apóstol pide a Timoteo que "reavive", o sea, que vuelva a encender
el don divino, como se hace con el fuego bajo las cenizas, en el sentido
de acogerlo y vivirlo sin perder ni olvidar jamás aquella "novedad
permanente" que es propia de todo don de Dios, -que hace nuevas todas
las cosas (cf. Ap. 21, 5)- y, consiguientemente vivirlo en su
inmarcesible frescor y belleza originaria.
Pero este "reavivar" no es sólo el resultado de una tarea confiada a
la responsabilidad personal de Timoteo, ni es sólo el resultado de un
esfuerzo de su memoria y de su voluntad. Es el efecto de un dinamismo de
la gracia, intrínseco al don de Dios: es Dios mismo, pues, el que
reaviva su propio don, más aún, el que distribuye toda la extraordinaria
riqueza de gracia y de responsabilidad que en él se encierran.
Con la efusión sacramental del Espíritu Santo que consagra y envía,
el presbítero queda configurado con Jesucristo Cabeza y Pastor de la
Iglesia y es enviado a ejercer el ministerio pastoral. Y así, al
sacerdote, marcado en su ser de una manera indeleble y para siempre como
ministro de Jesús y de la Iglesia, e inserto en una condición de vida
permanente e irreversible, se le confía un ministerio pastoral que,
enraizado en su propio ser y abarcando toda su existencia, es también
permanente. El sacramento del Orden confiere al sacerdote la gracia
sacramental, que lo hace partícipe no sólo del "poder" y del
"ministerio" salvífico de Jesús, sino también de su "amor"; al mismo
tiempo, le asegura todas aquellas gracias actuales que le serán
concedidas cada vez que le sean necesarias y útiles para el digno
cumplimiento del ministerio recibido.
De esta manera, la formación permanente encuentra su propio
fundamento y su razón de ser original en el dinamismo del sacramento del
Orden.
Ciertamente no faltan también razones simplemente humanas que
han de impulsar al sacerdote a la formación permanente. Ello es una
exigencia de la realización personal progresiva, pues toda vida es un
camino incesante hacia la madurez, y ésta exige la formación continua.
Es también una exigencia del ministerio sacerdotal, visto incluso bajo
su naturaleza genérica y común a las demás profesiones, y por tanto como
servicio hecho a los demás; porque no hay profesión, cargo o trabajo que
no exija una continua actualización, si se quiere estar al día y ser
eficaz. La necesidad de "mantener el paso" con la marcha de la historia
es otra razón humana que justifica la formación permanente.
Pero estas y otras razones quedan asumidas y especificadas por las
razones teológicas que se han recordado y que se pueden
profundizar ulteriormente.
El sacramento del Orden, por su naturaleza de "signo", propia
de todos los sacramentos, puede considerarse -como realmente es-
Palabra de Dios. Palabra de Dios que llama y envía es la
expresión más profunda de la vocación y de la misión del sacerdote.
Mediante el sacramento del Orden Dios llama 'coram Ecclesia' al
candidato al sacerdocio. El "ven y sígueme" de Jesús encuentra su
proclamación plena y definitiva en la celebración del sacramento de su
Iglesia: se manifiesta y se comunica mediante la voz de la Iglesia, que
resuena en los labios del Obispo que ora e impone las manos. Y el
sacerdote da respuesta, en la fe, a la llamada de Jesús: "vengo y te
sigo". Desde este momento comienza aquella respuesta que, como opción
fundamental, deberá renovarse y reafirmarse continuamente durante los
años del sacerdocio en otras numerosísimas respuestas, enraizadas todas
ellas y vivificadas por el "sí" del Orden sagrado.
En este sentido, se puede hablar de una vocación "en" el
sacerdocio. En realidad, Dios sigue llamando y enviando, revelando
su designio salvífico en el desarrollo histórico de la vida del
sacerdote y de las vicisitudes de la Iglesia y de la sociedad. Y
precisamente en esta perspectiva emerge el significado de la formación
permanente; esto es necesaria para discernir y seguir esta continua
llamada o voluntad de Dios. Así, el apóstol Pedro es llamado a seguir a
Jesús incluso después de que el Resucitado le ha confiado su grey: "Le
dice Jesús: 'Apacienta mis ovejas'. 'En verdad, en verdad te digo:
cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero
cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te
llevará a donde tú no quieras'. Con esto indicaba la clase de muerte con
que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: 'Sígueme'" (Jn. 21,
17-19). Por tanto, hay un "sígueme" que acompaña toda la vida y misión
del apóstol. Es un "sígueme" que atestigua la llamada y la exigencia de
fidelidad hasta la muerte (cf. Jn. 21, 22), un "sígueme" que
puede significar una "sequela Christi" con el don total de sí en
el martirio[214].
Los Padres sinodales han expuesto la razón que muestra la necesidad
de la formación permanente y que, al mismo tiempo, descubre su
naturaleza profunda, considerándola como "fidelidad" al ministerio
sacerdotal y como "proceso de continua conversión"[215].
Es el Espíritu Santo, infundido con el sacramento, el que sostiene al
presbítero en esta fidelidad y el que lo acompaña y estimula en este
camino de conversión constante. El don del Espíritu Santo no excluye,
sino que estimula la libertad del sacerdote para que coopere
responsablemente y asuma la formación permanente como un deber que se le
confía. De esta manera, la formación permanente es expresión y exigencia
de la fidelidad del sacerdote a su ministerio, es más, a su propio ser.
Es, pues, amor a Jesucristo y coherencia consigo mismo. Pero es también
un acto de amor al Pueblo de Dios, a cuyo servicio está puesto el
sacerdote. Más aún, es un acto de justicia verdadera y propia: él
es deudor para con el Pueblo de Dios, pues ha sido llamado a reconocer y
promover el "derecho" fundamental de ser destinatario de la Palabra de
Dios, de los Sacramentos y del servicio de la caridad, que son el
contenido original e irrenunciable del ministerio pastoral del
sacerdote. La formación permanente es necesaria para que el sacerdote
pueda responder debidamente a este derecho del Pueblo de Dios.
Alma y forma de la formación permanente del sacerdote es la
caridad pastoral: el Espíritu Santo, que infunde la caridad
pastoral, inicia y acompaña al sacerdote a conocer cada vez más
profundamente el misterio de Cristo, insondable en su riqueza (cf. Ef.
3, 14 ss.) y, consiguientemente, a conocer el misterio del sacerdocio
cristiano. La misma caridad pastoral empuja al sacerdote a conocer cada
vez más las esperanzas, necesidades, problemas, sensibilidad de los
destinatarios de su ministerio, los cuales han de ser contemplados en
sus situaciones personales concretas, familiares y sociales.
A todo esto tiende la formación permanente, entendida como opción
consciente y libre que impulse el dinamismo de la caridad pastoral y del
Espíritu Santo, que es su fuente primera y su alimento continuo. En este
sentido la formación permanente es una exigencia intrínseca del don y
del ministerio sacramental recibido, que es necesaria en todo tiempo,
pero hoy lo es particularmente urgente, no sólo por los rápidos cambios
de las condiciones sociales y culturales de los hombres y los pueblos,
en los que se desarrolla el ministerio presbiteral, sino también por
aquella "nueva evangelización", que es la tarea esencial e improrrogable
de la Iglesia en este final del segundo milenio.
LOS DIVERSOS ASPECTOS DE LA FORMACION
PERMANENTE
71. La formación permanente de los sacerdotes, tanto
diocesanos como religiosos, es la continuación natural y absolutamente
necesaria de aquel proceso de estructuración de la personalidad
presbiteral iniciado y desarrollado en el Seminario o en la Casa
religiosa, mediante el proceso formativo para la Ordenación.
Es de mucha importancia darse cuenta y respetar la intrínseca
relación que hay entre la formación que precede a la Ordenación y la
que le sigue. En efecto, si hubiese una discontinuidad o incluso una
deformación entre estas dos fases formativas, se seguirían
inmediatamente consecuencias graves para la actividad pastoral y para la
comunión fraterna entre los presbíteros, particularmente entre los de
diferente edad. La formación permanente no es una repetición de la
recibida en el Seminario, y que ahora es sometida a revisión o ampliada
con nuevas sugerencias prácticas, sino que se desarrolla con contenidos
y sobre todo a través de métodos relativamente nuevos, como un hecho
vital unitario que, en su progreso -teniendo sus raíces en la formación
del Seminario- requiere adaptaciones, actualizaciones y modificaciones,
pero sin rupturas ni solución de continuidad.
Y viceversa, desde el Seminario mayor es preciso preparar la futura
formación permanente, y fomentar el ánimo y el deseo de los futuros
presbíteros en relación con ella, demostrando su necesidad, ventajas y
espíritu, y asegurando las condiciones de su realización.
Precisamente porque la formación permanente es una continuación de la
del Seminario, su finalidad no puede ser una mera actitud, que podría
decirse, "profesional", conseguida mediante el aprendizaje de algunas
técnicas pastorales nuevas. Debe ser más bien el mantener vivo un
proceso general e integral de continua maduración, mediante la
profundización, tanto de los diversos aspectos de la formación -humana,
espiritual, intelectual y pastoral-, como de su específica orientación
vital e íntima, a partir de la caridad pastoral y en relación con ella.
72. Una primera profundización se refiere a la dimensión
humana de la formación sacerdotal. En el trato con los hombres y en
la vida de cada día, el sacerdote debe acrecentar y profundizar aquella
sensibilidad humana que le permite comprender las necesidades y acoger
los ruegos, intuir las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas
y expectativas, las alegrías y los trabajos de la vida ordinaria; ser
capaz de encontrar a todos y dialogar con todos. Sobre todo conociendo y
compartiendo, es decir, haciendo propia, la experiencia humana del dolor
en sus múltiples manifestaciones, desde la indigencia a la enfermedad,
de la marginación a la ignorancia, a la soledad, a las pobrezas
materiales y morales, el sacerdote enriquece su propia humanidad y la
hace más auténtica y transparente, en un creciente y apasionado amor al
hombre.
Al hacer madurar su propia formación humana, el sacerdote recibe una
ayuda particular de la gracia de Jesucristo; en efecto, la caridad del
buen Pastor se manifestó no sólo con el don de la salvación a los
hombres, sino también con la participación de su vida, de la que el
Verbo que se ha hecho "carne" (cf. Jn. 1, 14), ha querido conocer la
alegría y el sufrimiento, experimentar la fatiga, compartir las
emociones, consolar las penas. Viviendo como hombre entre los hombres y
con los hombres, Jesucristo ofrece la más absoluta, genuina y perfecta
expresión de humanidad; lo vemos festejar las bodas de Caná, visitar una
familia amiga, conmoverse ante la multitud hambrienta que lo sigue,
devolver a sus padres hijos que estaban enfermos o muertos, llorar la
pérdida de Lázaro...
Del sacerdote, cada vez más maduro en su sensibilidad humana, ha de
poder decir el Pueblo de Dios algo parecido a lo que de Jesús dice la
Carta a los Hebreos: "No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda
compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que
nosotros, excepto en el pecado" (Heb. 4, 15).
La formación del presbítero en su dimensión espiritual es una
exigencia de la vida nueva y evangélica a la que ha sido llamado de
manera específica por el Espíritu Santo infundido en el sacramento del
Orden. El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con
Jesucristo Cabeza y Pastor, crea una relación que, en el ser mismo del
sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto es,
consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más
rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los
sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor
Jesús y el sacerdote -relación ontológica y psicológica, sacramental y
moral- está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella "vida según
el Espíritu" y para aquel "radicalismo evangélico" al que está llamado
todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su
aspecto espiritual. Esta formación es necesaria también para el
ministerio sacerdotal, su autenticidad y fecundidad espiritual.
"¿Ejerces la cura de almas?", preguntaba san Carlos Borromeo. Y
respondía así en el discurso dirigido a los sacerdotes: "No olvides por
eso el cuidado de ti mismo, y no te entregues a los demás hasta el punto
de que no quede nada tuyo para ti mismo. Debes tener ciertamente
presente a las almas, de las que eres pastor, pero sin olvidarte de ti
mismo. Comprended, hermanos, que nada es tan necesario a los
eclesiásticos como la meditación que precede, acompaña y sigue todas
nuestras acciones: Cantaré, dice el profeta, y meditaré (cf. Sal. 100,
1). Si administras los sacramentos, hermano, medita lo que haces. Si
celebras la Misa, medita lo que ofreces. Si recitas los salmos en el
coro, medita a quien y de qué cosa hablar. Si guías a las almas, medita
con qué sangre han sido lavadas; y todo se haga entre vosotros en la
caridad (1 Cor. 16, 14). Así podremos superar las dificultades que
encontramos cada día, que son innumerables. Por lo demás, esto lo exige
la misión que se os ha confiado. Si así lo hacemos, tendremos la fuerza
para engendrar a Cristo en nosotros y en los demás"[216].
En concreto, la vida de oración debe ser "renovada" constantemente en
el sacerdote. En efecto, la experiencia enseña que en la oración no se
vive de rentas; cada día es preciso no sólo reconquistar la fidelidad
exterior a los momentos de oración, sobre todo los destinados a la
celebración de la Liturgia de las Horas y los dejados a la libertad
personal y no sometidos a tiempos fijos o a horarios del servicio
litúrgico, sino que también se necesita, y de modo especial, reanimar la
búsqueda continuada de un verdadero encuentro personal con Jesús, de un
coloquio confiado con el Padre, de una profunda experiencia del
Espíritu.
Lo que el apóstol Pablo dice de los creyentes, que deben llegar "al
estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef.
4, 13), se puede aplicar de manera especial a los sacerdotes, llamados a
la perfección de la caridad y por tanto a la santidad, porque su mismo
ministerio pastoral exige que sean modelos vivientes para todos los
fieles.
También la dimensión intelectual de la formación requiere que
sea continuada y profundizada durante toda la vida del sacerdote,
concretamente mediante el estudio y la actualización cultural seria y
comprometida. El sacerdote, participando de la misión profética de Jesús
e inserto en el misterio de la Iglesia Maestra de verdad, está llamado a
revelar a los hombres el rostro de Dios en Jesucristo, y, por ello, el
verdadero rostro del hombre[217].
Pero esto exige que el mismo sacerdote busque este rostro y lo contemple
con veneración y amor (cf. Sal. 26, 8; 41, 2); sólo así puede darlo a
conocer a los demás. En particular, la perseverancia en el estudio
teológico resulta también necesaria para que el sacerdote pueda cumplir
con fidelidad el ministerio de la Palabra, anunciándola sin titubeos ni
ambigüedades, distinguiéndola de las simples opiniones humanas, aunque
sean famosas y difundidas. Así, podrá ponerse de verdad al servicio del
Pueblo de Dios, ayudándolo a dar razón de la esperanza cristiana a
cuantos se la pidan (cf. 1 Pe. 3, 15). Además, "el sacerdote, al
aplicarse con conciencia y constancia al estudio teológico, es capaz de
asimilar, de forma segura y personal, la genuina riqueza eclesial.
Puede, por tanto, cumplir la misión que lo compromete a responder a las
dificultades de la auténtica doctrina católica, y superar la
inclinación, propia y de otros, al disenso y a la actitud negativa hacia
el magisterio y hacia la tradición"[218].
El aspecto pastoral de la formación permanente queda bien
expresado en las palabras del apóstol Pedro: "Que cada cual ponga al
servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos
administradores de las diversas gracias de Dios" (1 Pe. 4, 10).
Para vivir cada día según la gracia recibida, es necesario que el
sacerdote esté cada vez más abierto a acoger la caridad pastoral de
Jesucristo, que le confirió su Espíritu Santo con el sacramento
recibido. Así como toda la actividad del Señor ha sido fruto y signo de
la caridad pastoral, de la misma manera debe ser también para la
actividad ministerial del sacerdote. La caridad pastoral es un don y un
deber, una gracia y una responsabilidad, a la que es preciso ser fieles,
es decir, hay que asumirla y vivir su dinamismo hasta las exigencias más
radicales. Esta misma caridad pastoral, como se ha dicho, empuja y
estimula al sacerdote a conocer cada vez mejor la situación real de los
hombres a quienes ha sido enviado; a discernir la voz del Espíritu en
las circunstancias históricas en las que se encuentra; a buscar los
métodos más adecuados y las formas más útiles para ejercer hoy su
ministerio. De este modo, la caridad pastoral animará y sostendrá los
esfuerzos humanos del sacerdote para que su actividad pastoral sea
actual, creíble y eficaz. Mas esto exige una formación pastoral
permanente.
El camino hacia la madurez no requiere sólo que el sacerdote continúe
profundizando los diversos aspectos de su formación sino que exige
también, y sobre todo, que sepa integrar cada vez más armónicamente
estos mismos aspectos entre sí, alcanzando progresivamente la unidad
interior, que la caridad pastoral garantiza. De hecho, ésta no sólo
coordina y unifica los diversos aspectos, sino que los concretiza como
propios de la formación del sacerdote, en cuanto transparencia, imagen
viva y ministro de Jesús buen Pastor.
La formación permanente ayuda al sacerdote a superar la tentación de
llevar su ministerio a un activismo finalizado en sí mismo, a una
prestación impersonal de servicios, sean espirituales o sagrados, a una
especie de empleo en la organización eclesiástica. Sólo la formación
permanente ayuda al "sacerdote" a custodiar con amor vigilante el
"misterio" del que es portador para el bien de la Iglesia y de la
humanidad.
SIGNIFICADO PROFUNDO DE LA
FORMACION PERMANENTE
73. Los aspectos diversos y
complementarios de la formación permanente nos ayudan a captar su
significado profundo que es el de ayudar al sacerdote a ser y a
desempeñar su función en el espíritu y según el estilo de Jesús buen
Pastor.
[exclamdown]La verdad hay que vivirla! El apóstol Santiago nos
exhorta de esta manera: "Poned por obra la Palabra y no os contentéis
sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos" (Sant. 1, 22). Los
sacerdotes están llamados a "vivir la verdad" de su ser, o sea, a vivir
"en la caridad" (cf. Ef. 4, 15) su identidad y su ministerio en la
Iglesia y para la Iglesia; están llamados a tomar conciencia cada vez
más viva del don de Dios y a recordarlo continuamente. He aquí la
invitación de Pablo a Timoteo: "Conserva el buen depósito mediante el
Espíritu Santo que habita en nosotros" (2 Tim. 1, 14).
En el contexto eclesial, tantas veces recordado, podemos considerar
el profundo significado de la formación permanente del sacerdote en
orden a su presencia y acción en la Iglesia "mysterium, communio et
missio".
En la Iglesia "misterio" el sacerdote está llamado, mediante
la formación permanente, a conservar y desarrollar en la fe la
conciencia de la verdad entera y sorprendente de su propio ser, pues
él es "ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios" (cf.
1 Cor. 4, 1). Pablo pide expresamente a los cristianos que lo consideren
según esta identidad; pero él mismo es el primero en ser consciente del
don sublime recibido del Señor. Así debe ser para todo sacerdote si
quiere permanecer en la verdad de su ser. Pero esto es posible sólo en
la fe, sólo con la mirada y los ojos de Cristo.
En este sentido, se puede decir que la formación permanente tiende,
desde luego, a hacer que el sacerdote sea una persona profundamente
creyente y lo sea cada vez más; que pueda verse con los ojos de
Cristo en su verdad completa. El debe custodiar esta verdad con amor
agradecido y gozoso; debe renovar su fe cuando ejerce el ministerio
sacerdotal: sentirse ministro de Jesucristo, sacramento del amor de Dios
al hombre, cada vez que es mediador e instrumento vivo de la gracia de
Dios a los hombres; debe reconocer esta misma verdad en sus hermanos
sacerdotes. Este es el principio de la estima y del amor hacia ellos.
74. La formación permanente ayuda al sacerdote, en la Iglesia
"comunión", a madurar la conciencia de que su ministerio está
radicalmente ordenado a congregar a la familia de Dios como
fraternidad animada por la caridad y a llevarla al Padre por medio de
Cristo en el Espíritu Santo[219].
El sacerdote debe crecer en la conciencia de la profunda comunión
que lo vincula al Pueblo de Dios; él no está sólo "al frente de" la
Iglesia, sino ante todo "en" la Iglesia. Es hermano entre hermanos.
Revestido por el bautismo con la dignidad y libertad de los hijos de
Dios en el Hijo unigénito, el sacerdote es miembro del mismo y único
cuerpo de Cristo (cf. Ef. 4, 16). La conciencia de esta comunión lleva a
la necesidad de suscitar y desarrollar la corresponsabilidad en
la común y única misión de salvación, con la diligente y cordial
valoración de todos los carismas y tareas que el Espíritu otorga a los
creyentes para la edificación de la Iglesia. Es sobre todo en el
cumplimiento del ministerio pastoral, ordenado por su propia naturaleza
al bien del Pueblo de Dios, donde el sacerdote debe vivir y testimoniar
su profunda comunión con todos, como escribía Pablo VI: "Hace falta
hacerse hermanos de los hombres en el momento mismo que queremos ser sus
pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más
todavía, el servicio"[220].
Concretamente, el sacerdote está llamado a madurar la conciencia de
ser miembro de la Iglesia particular en la que está incardinado,
o sea, incorporado con un vínculo a la vez jurídico, espiritual y
pastoral. Esta conciencia supone y desarrolla el amor especial a la
propia Iglesia. Esta es, en realidad, el objetivo vivo y permanente de
la caridad pastoral que debe acompañar la vida del sacerdote y que lo
lleva a compartir la historia o experiencia de vida de esta Iglesia
particular en sus valores y debilidades, en sus dificultades y
esperanzas, y a trabajar en ella para su crecimiento. Sentirse, pues,
enriquecidos por la Iglesia particular y comprometidos activamente en su
edificación, prolongando cada sacerdote, y unido a los demás, aquella
actividad pastoral que ha distinguido a los hermanos que les han
precedido. Una exigencia imprescindible de la caridad pastoral hacia la
propia Iglesia particular y hacia su futuro ministerial es la solicitud
del sacerdote por dejar a alguien que tome su puesto en el servicio
sacerdotal.
El sacerdote debe madurar en la conciencia de la comunión que
existe entre las diversas Iglesias particulares, una comunión
enraizada en su propio ser de Iglesias que viven en un lugar determinado
la Iglesia única y universal de Cristo. Esta conciencia de comunión
intereclesial favorecerá el "intercambio de dones", comenzando
por los dones vivos y personales, como son los mismos sacerdotes. De
aquí la disponibilidad, es más, el empeño generoso por llegar a una
justa distribución del clero[221].
Entre estas Iglesias particulares hay que recordar a las que, "privadas
de libertad, no pueden tener vocaciones propias", como también las
"Iglesias recientemente salidas de la persecución y las Iglesias pobres
a las que ya, desde hace tiempo, muchos, con espíritu generoso y
fraterno, han enviado ayudas y continúan enviándolas"[222].
Dentro de la comunión eclesial, el sacerdote está llamado de modo
particular, mediante su formación permanente, a crecer en y con el
propio presbiterio unido al Obispo. El presbiterio en su verdad
plena es un mysterium: es una realidad sobrenatural porque tiene
su raíz en el sacramento del Orden. Es su fuente, su origen; es el
"lugar" de su nacimiento y de su crecimiento. En efecto, "los
presbíteros, mediante el sacramento del Orden, están unidos con un
vínculo personal e indisoluble a Cristo único Sacerdote. El Orden se
confiere a cada uno en singular, pero quedan insertos en la comunión del
presbiterio unido con el Obispo (Lumen gentium, 28;
Presbyterorum ordinis, 7 y 8)"[223].
Este origen sacramental se refleja y se prolonga en el ejercicio del
ministerio presbiteral: del mysterium al ministerium. "La unidad
de los presbíteros con el Obispo y entre sí no es algo añadido desde
fuera a la naturaleza propia de su servicio, sino que expresa su esencia
como solicitud de Cristo Sacerdote por su Pueblo congregado por la
unidad de la Santísima Trinidad"[224].
Esta unidad del presbiterio, vivida en el espíritu de la caridad
pastoral, hace a los sacerdotes testigos de Jesucristo, que ha orado al
Padre "para que todos sean uno" (Jn. 17, 21).
La fisonomía del presbiterio es, por tanto, la de una verdadera
familia, cuyos vínculos no provienen de carne y sangre, sino de la
gracia del Orden: una gracia que asume y eleva las relaciones humanas,
psicológicas, afectivas, amistosas y espirituales entre los sacerdotes;
una gracia que se extiende, penetra, se revela y se concreta en las
formas más variadas de ayuda mutua, no sólo espirituales sino también
materiales. La fraternidad presbiteral no excluye a nadie, pero puede y
debe tener sus preferencias: las preferencias evangélicas reservadas a
quienes tienen mayor necesidad de ayuda o de aliento. Esta fraternidad
"presta una atención especial a los presbíteros jóvenes, mantiene un
diálogo cordial y fraterno con los de media edad y los mayores, y con
los que, por razones diversas, pasan por dificultades. También a los
sacerdotes que han abandonado esta forma de vida o que no la siguen, no
sólo no los abandona, sino que los acompaña aún con mayor solicitud
fraterna"[225].
También forman parte del único presbiterio, por razones diversas, los
presbíteros religiosos residentes o que trabajan en una Iglesia
particular. Su presencia supone un enriquecimiento para todos los
sacerdotes y los diferentes carismas particulares que ellos viven, a la
vez que son una invitación para que los presbíteros crezcan en la
comprensión del mismo sacerdocio, contribuyen a estimular y acompañar la
formación permanente de los sacerdotes.
El don de la vida religiosa, en la comunidad diocesana, cuando va
acompañado de sincera estima y justo respeto de las particularidades de
cada Instituto y de cada espiritualidad tradicional, amplía el horizonte
del testimonio cristiano y contribuye de diversa manera a enriquecer la
espiritualidad sacerdotal, sobre todo respecto a la correcta relación y
recíproco influjo entre los valores de la Iglesia particular y los de la
universalidad del Pueblo de Dios. Por su parte, los religiosos procuren
garantizar un espíritu de verdadera comunión eclesial, una participación
cordial en la marcha de la diócesis y en los proyectos pastorales del
Obispo, poniendo a disposición el propio carisma para la edificación de
todos en la caridad[226].
Por último, en el contexto de la Iglesia comunión y del presbiterio,
se puede afrontar mejor el problema de la soledad del sacerdote,
sobre la que han reflexionado los Padres sinodales. Hay una soledad que
forma parte de la experiencia de todos y que es algo absolutamente
normal. Pero hay también otra soledad que nace de dificultades diversas
y que, a su vez, provoca nuevas dificultades. En este sentido, "la
participación activa en el presbiterio diocesano, los contactos
periódicos con el Obispo y con los demás sacerdotes, la mutua
colaboración, la vida común o fraterna entre los sacerdotes, como
también la amistad y la cordialidad con los fieles laicos comprometidos
en las parroquias, son medios muy útiles para superar los efectos
negativos de la soledad que algunas veces puede experimentar el
sacerdote"[227].
Pero la soledad no crea sólo dificultades, sino que ofrece también
oportunidades positivas para la vida del sacerdote: "aceptada con
espíritu de ofrecimiento y buscada en la intimidad con Jesucristo el
Señor, la soledad puede ser una oportunidad para la oración y el
estudio, como también una ayuda para la santificación y el crecimiento
humano"[228].
Se podría decir que una cierta forma de soledad es elemento necesario
para la formación permanente. Jesús con frecuencia se retiraba sólo a
rezar (cf. Mt. 14, 23). La capacidad de mantener una soledad positiva es
condición indispensable para el crecimiento de la vida interior. Se
trata de una soledad llena de la presencia del Señor, que nos pone en
contacto con el Padre a la luz del Espíritu. En este sentido, fomentar
el silencio y buscar espacios y tiempos "de desierto" es necesario para
la formación permanente, tanto en el campo intelectual, como en el
espiritual y pastoral. De este modo, se puede afirmar que no es capaz de
verdadera y fraterna comunión el que no sabe vivir bien la propia
soledad.
75. La formación permanente está destinada a hacer crecer en el
sacerdote la conciencia de su participación en la misión salvífica de la
Iglesia. En la Iglesia como misión, la formación permanente
del sacerdote es no sólo condición necesaria, sino también medio
indispensable para centrar constantemente el sentido de la misión
y garantizar su realización fiel y generosa. Con esta formación se ayuda
al sacerdote a descubrir toda la gravedad, pero al mismo tiempo toda la
maravillosa gracia de una obligación que no puede dejarlo tranquilo
-como decía Pablo: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de
gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ay de mí si no predicara
el Evangelio!" (1 Cor. 6, 16)- y es también, una exigencia, explícita o
implícita, que surge fuertemente de los hombres, a los que Dios llama
incansablemente a la salvación.
Sólo una adecuada formación permanente logra mantener al sacerdote en
lo que es esencial y decisivo para su ministerio, o sea, como dice el
apóstol Pablo, la fidelidad: "Ahora bien, lo que en fin de cuentas se
exige de los administradores es que sean fieles" (1 Cor. 4, 2). A pesar
de las diversas dificultades que encuentra, el sacerdote ha de ser fiel
-incluso en las condiciones más adversas o de comprensible cansancio-,
poniendo en ello todas las energías disponibles; fiel hasta el final de
su vida. El testimonio de Pablo debe ser ejemplo y estímulo para todo
sacerdote: "A nadie damos ocasión alguna de tropiezo -escribe a los
cristianos de Corinto-, para que no se haga mofa del ministerio, antes
bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha
constancia en tribulaciones, necesidades y angustias; en azotes,
cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia,
paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la
palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la
justicia: las de la derecha y las de la izquierda; en gloria e
ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo
veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a
la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte;
como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a
muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos" (2 Cor. 6,
3-10).
EN CUALQUIER EDAD Y
SITUACION
76. La formación permanente, precisamente porque es
"permanente", debe acompañar a los sacerdotes siempre, esto es,
en cualquier periodo y situación de su vida, así como en los diversos
cargos de responsabilidad eclesial que se le confíen; todo ello,
teniendo en cuenta, naturalmente, las posibilidades y características
propias de la edad, condiciones de vida y tareas encomendadas.
La formación permanente es un deber, ante todo, para los
sacerdotes jóvenes y ha de tener aquella frecuencia y
programación de encuentros que, a la vez que prolongan la seriedad y
solidez de la formación recibida en el Seminario, lleven progresivamente
a los jóvenes presbíteros a comprender y vivir la singular riqueza del
"don" de Dios -el sacerdocio- y a desarrollar sus potencialidades y
aptitudes ministeriales, también mediante una inserción cada vez más
convencida y responsable en el presbiterio, y por tanto en la comunión y
corresponsabilidad con todos los hermanos.
Si bien es comprensible una cierta sensación de "saciedad", que ante
ulteriores momentos de estudio y de reuniones, puede afectar al joven
sacerdote apenas salido del Seminario, ha de rechazarse como
absolutamente falsa y peligrosa la idea de que la formación presbiteral
concluya con su estancia en el Seminario.
Participando en los encuentros de la formación permanente, los
jóvenes sacerdotes podrán ofrecerse una ayuda mutua, mediante el
intercambio de experiencias y reflexiones sobre la aplicación concreta
del ideal presbiteral y ministerial que han asimilado en los años del
Seminario. Al mismo tiempo, su participación activa en los encuentros
formativos del presbiterio podrá servir de ejemplo y estímulo a los
otros sacerdotes que les aventajan en años, testimoniando así el propio
amor a todo el presbiterio y su afecto por la Iglesia particular
necesitada de sacerdotes bien preparados.
Para acompañar a los sacerdotes jóvenes en esta primera delicada fase
de su vida y ministerio, es más que nunca oportuno -e incluso necesario
hoy- crear una adecuada estructura de apoyo, con guías y maestros
apropiados, en la que ellos puedan encontrar, de manera orgánica y
continua, las ayudas necesarias para comenzar bien su ministerio
sacerdotal. Con ocasión de encuentros periódicos, suficientemente
prolongados y frecuentes, vividos si es posible en ambiente comunitario
y en residencia, se les garantizarán buenos momentos de descanso,
oración, reflexión e intercambio fraterno. Así será más fácil para ellos
dar, desde el principio, una orientación evangélicamente equilibrada a
su vida presbiteral. Y si algunas Iglesias particulares no pudieran
ofrecer este servicio a sus sacerdotes jóvenes, sería oportuno que
colaboraran entre sí las Iglesias vecinas para juntar recursos y
elaborar programas adecuados.
77. La formación permanente constituye también un deber para los
presbíteros de media edad. En realidad, son muchos los riesgos
que pueden correr, precisamente en razón de la edad, como por ejemplo un
activismo exagerado y una cierta rutina en el ejercicio del
ministerio. Así, el sacerdote puede verse tentado de presumir de sí
mismo como si la propia experiencia personal, ya demostrada, no tuviese
que ser contrastada con nada ni con nadie. Frecuentemente el sacerdote
sufre una especie de cansancio interior peligroso, fruto de dificultades
y fracasos. La respuesta a esta situación la ofrece la formación
permanente, una continua y equilibrada revisión de sí mismo y de la
propia actividad, una búsqueda constante de motivaciones y medios para
la propia misión; de esta manera, el sacerdote mantendrá el espíritu
vigilante y dispuesto a las constantes y siempre nuevas peticiones de
salvación que recibe como "hombre de Dios".
La formación permanente debe interesar también a los
presbíteros que, por la edad avanzada, podemos denominar
ancianos, y que en algunas Iglesias son la parte más numerosa del
presbiterio; éste deberá mostrarles gratitud por el fiel servicio que
han prestado a Cristo y a la Iglesia, y una solidaridad particular dada
su situación. Para estos presbíteros la formación permanente no
significará tanto un compromiso de estudio, actualización o diálogo
cultural, cuanto la confirmación serena y alentadora de la misión que
todavía están llamados a llevar a cabo en el presbiterio; no sólo porque
continúan en el ministerio pastoral, aunque de maneras diversas, sino
también por la posibilidad que tienen, gracias a su experiencia de vida
y apostolado, de ser valiosos maestros y formadores de otros sacerdotes.
También los sacerdotes que, por cansancio o enfermedad, se encuentran
en una condición de debilidad física o de cansancio moral, pueden
ser ayudados con una formación permanente que los estimule a continuar,
de manera serena y decidida, su servicio a la Iglesia; a no aislarse de
la comunidad ni del presbiterio; a reducir la actividad externa para
dedicarse a aquellos actos de relación pastoral y de espiritualidad
personal, capaces de sostener las motivaciones y la alegría de su
sacerdocio. La formación permanente les ayudará, en particular, a
mantener vivo el convencimiento que ellos mismos han inculcado a los
fieles, a saber, la convicción de seguir siendo miembros activos en la
edificación de la Iglesia, especialmente en virtud de su unión con
Jesucristo doliente y con tantos hermanos y hermanas que en la Iglesia
participan en la Pasión del Señor, reviviendo la experiencia espiritual
de Pablo que decía: "Ahora me alegro por los padecimientos que soporto
por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de
Cristo" (Col. 1, 24)[229].
LOS RESPONSABLES DE LA FORMACION
PERMANENTE
78. Las condiciones en las que, con frecuencia y
en muchos lugares, se desarrolla actualmente el ministerio de los
presbíteros no hacen fácil un compromiso serio de formación: el
multiplicarse de tareas y servicios; la complejidad de la vida humana en
general y de las comunidades cristianas en particular; el activismo y el
ajetreo típico de tantos sectores de nuestra sociedad, privan con
frecuencia a los sacerdotes del tiempo y energías indispensables para
"velar por sí mismos" (cf. 1 Tim. 4, 16).
Esto ha de hacer crecer en todos la responsabilidad para que se
superen las dificultades, e incluso que éstas sean un reto para
programar y llevar a cabo un plan de formación permanente, que responda
de modo adecuado a la grandeza del don de Dios y a la gravedad de las
expectativas y exigencias de nuestro tiempo.
Por ello, los responsables de la formación permanente de los
sacerdotes hay que individuarlos en la Iglesia "comunión". En este
sentido, es toda la Iglesia particular la que, bajo la guía del
Obispo, tiene la responsabilidad de estimular y cuidar de diversos modos
la formación permanente de los sacerdotes. Estos no viven para sí
mismos, sino para el Pueblo de Dios; por eso, la formación permanente, a
la vez que asegura la madurez humana, espiritual, intelectual y pastoral
de los sacerdotes, representa un bien cuyo destinatario es el mismo
Pueblo de Dios. Además, el mismo ejercicio del ministerio pastoral lleva
a un continuo y fecundo intercambio recíproco entre la vida de fe de los
presbíteros y la de los fieles. Precisamente la participación de vida
entre el presbítero y la comunidad, si se ordena y lleva a cabo con
sabiduría, supone una aportación fundamental a la formación
permanente, que no se puede reducir a un episodio o iniciativa aislada,
sino que comprende todo el ministerio y vida del presbítero.
En efecto, la experiencia cristiana de las personas sencillas y
humildes, los impulsos espirituales de las personas enamoradas de Dios,
la valiente aplicación de la fe a la vida por parte de los cristianos
comprometidos en las diversas responsabilidades sociales y civiles, son
acogidas por el presbítero y, a la vez que las ilumina con su servicio
sacerdotal, encuentra en ellas un precioso alimento espiritual. Incluso
las dudas, crisis y demoras ante las más variadas situaciones personales
y sociales; las tentaciones de rechazo o desesperación en momentos de
dolor, enfermedad o muerte; en fin, todas las circunstancias difíciles
que los hombres encuentran en el camino de su fe, son vividas
fraternalmente y soportadas sinceramente en el corazón del presbítero
que, buscando respuestas para los demás, se siente estimulado
continuamente a encontrarlas primero para sí mismo.
De esta manera, todos los miembros del Pueblo de Dios pueden y deben
ofrecer una valiosa ayuda a la formación permanente de sus sacerdotes. A
este respecto, deben dejar a los sacerdotes espacios de tiempo para el
estudio y la oración; pedirles aquello para lo que han sido enviados por
Cristo y no otras cosas; ofrecerles colaboración en los diversos ámbitos
de la misión pastoral, especialmente en lo que atañe a la promoción
humana y al servicio de la caridad; establecer relaciones cordiales y
fraternas con ellos; ayudar a los sacerdotes a ser conscientes de que no
son "dueños de la fe", sino "colaboradores del gozo" de todos los fieles
(cf. 2 Cor. 1, 24).
La responsabilidad formativa de la Iglesia particular en relación con
los sacerdotes se concretiza y especifica en relación con los diversos
miembros que la componen, comenzando por el sacerdote mismo.
79. En cierto modo, es precisamente cada sacerdote el primer
responsable en la Iglesia de la formación permanente; pues, sobre
cada uno recae el deber -derivado del sacramento del Orden- de ser fiel
al don de Dios y al dinamismo de conversión diaria que nace del mismo
don. Los reglamentos o normas de la autoridad eclesiástica al respecto,
como también el mismo ejemplo de los demás sacerdotes, no bastan para
hacer apetecible la formación permanente si el individuo no está
personalmente convencido de su necesidad y decidido a valorar sus
ocasiones, tiempos y formas. La formación permanente mantiene la
juventud del espíritu, que nadie puede imponer desde fuera, sino
que cada uno debe encontrar continuamente en su interior. Sólo el que
conserva siempre vivo el deseo de aprender y crecer posee esta
"juventud".
Fundamental es la responsabilidad del Obispo y, con él, la del
presbiterio. La del Obispo se basa en el hecho de que los
presbíteros reciben su sacerdocio a través de él, y comparten con él la
solicitud pastoral por el Pueblo de Dios. El Obispo es el responsable de
la formación permanente, destinada a hacer que todos sus presbíteros
sean generosamente fieles al don y al ministerio recibido, como el
Pueblo de Dios los quiere y tiene el "derecho" de tenerlos. Esta
responsabilidad lleva al Obispo, en comunión con el presbiterio, a hacer
un proyecto y establecer un programa, capaces de estructurar la
formación permanente no como un mero episodio sino como una propuesta
sistemática de contenidos, que se desarrolla por etapas y tiene
modalidades precisas. El Obispo vivirá su responsabilidad no sólo
asegurando a su presbiterio lugares y momentos de formación permanente,
sino haciéndose personalmente presente y participando en ellos
convencido y de modo cordial. Con frecuencia será oportuno, o incluso
necesario, que los Obispos de varias Diócesis vecinas o de una Región
eclesiástica se pongan de acuerdo entre sí y unan sus fuerzas para poder
ofrecer iniciativas de mayor calidad y verdaderamente atrayentes para la
formación permanente, como son cursos de actualización bíblica,
teológica y pastoral, semanas de convivencia, ciclos de conferencias,
momentos de reflexión y revisión del programa pastoral del presbiterio y
de la comunidad eclesial.
El Obispo cumplirá con su responsabilidad pidiendo también la ayuda
que puedan dar las facultades y los institutos teológicos y pastorales,
los Seminarios, los organismos o federaciones que agrupan a las personas
-sacerdotes, religiosos y fieles laicos- comprometidas en la formación
presbiteral.
En el ámbito de la Iglesia particular corresponde a las
familias un papel significativo; ellas, como "Iglesias
domésticas", tienen una relación concreta con la vida de las comunidades
eclesiales animadas y guiadas por los sacerdotes. En particular, hay que
citar el papel de la familia de origen, pues ella, en unión y comunión
de esfuerzos, puede ofrecer a la misión del hijo una ayuda específica
importante. Llevando a cabo el plan providencial que la ha hecho ser
cuna de la semilla vocacional, e indispensable ayuda para su crecimiento
y desarrollo, la familia del sacerdote, en el más absoluto respeto de
este hijo que ha decidido darse a Dios y a sus hermanos, debe seguir
siendo siempre testigo fiel y alentador de su misión, sosteniéndola y
compartiéndola con entrega y respeto.
MOMENTOS, FORMAS Y MEDIOS DE LA
FORMACION PERMENENTE
80. Si todo momento puede ser un "tiempo
favorable" (cf. 2 Cor. 6, 2) en el que el Espíritu Santo lleva al
sacerdote a un crecimiento directo en la oración, el estudio y la
conciencia de las propias responsabilidades pastorales, hay sin embargo
momentos "privilegiados", aunque sean más comunes y establecidos
previamente.
Hay que recordar, ante todo, los encuentros del Obispo con su
presbiterio, tanto litúrgicos (en particular la concelebración de la
Misa Crismal el Jueves Santo), como pastorales y culturales, dedicados a
la revisión de la actividad pastoral o al estudio sobre determinados
problemas teológicos.
Están asimismo los encuentros de espiritualidad sacerdotal,
como los Ejercicios espirituales, los días de retiro o de
espiritualidad. Son ocasión para un crecimiento espiritual y pastoral;
para una oración más prolongada y tranquila; para una vuelta a las
raíces de la identidad sacerdotal; para encontrar nuevas motivaciones
para la fidelidad y la acción pastoral.
Son también importantes los encuentros de estudio y de reflexión
común, que impiden el empobrecimiento cultural y el aferrarse a
posiciones cómodas incluso en el campo pastoral, fruto de pereza mental;
aseguran una síntesis más madura entre los diversos elementos de la vida
espiritual, cultural y apostólica; abren la mente y el corazón a los
nuevos retos de la historia y a las nuevas llamadas que el Espíritu
dirige a la Iglesia.
81. Son muchas las ayudas y los medios que se pueden usar para que la
formación permanente sea cada vez más una valiosa experiencia vital para
los sacerdotes. Entre éstos hay que recordar las diversas formas de
vida común entre los sacerdotes, siempre presentes en la historia de
la Iglesia, aunque con modalidades y compromisos diferentes: "Hoy no se
puede dejar de recomendarlas vivamente, sobre todo entre aquellos que
viven o están comprometidos pastoralmente en el mismo lugar. Además de
favorecer la vida y la acción apostólica, esta vida común del clero
ofrece a todos, presbíteros y laicos, un ejemplo luminoso de caridad y
de unidad"[230].
También pueden ser de ayuda las asociaciones sacerdotales, en
particular los institutos seculares sacerdotales, que tienen como nota
específica la diocesaneidad, en virtud de la cual los sacerdotes se unen
más estrechamente al Obispo y forman "un estado de consagración en el
que los sacerdotes, mediante votos u otros vínculos sagrados, se
consagran a encarnar en la vida los consejos evangélicos"[231].
Todas las formas de "fraternidad sacerdotal" aprobadas por la Iglesia
son útiles no sólo para la vida espiritual, sino también para la vida
apostólica y pastoral.
Igualmente, la práctica de la dirección espiritual contribuye
no poco a favorecer la formación permanente de los sacerdotes. Se trata
de un medio clásico, que no ha perdido nada de su valor, no sólo para
asegurar la formación espiritual, sino también para promover y mantener
una continua fidelidad y generosidad en el ejercicio del ministerio
sacerdotal. Como decía el Cardenal Montini, futuro Pablo VI, "la
dirección espiritual tiene una función hermosísima y, podría decirse
indispensable, para la educación moral y espiritual de la juventud, que
quiera interpretar y seguir con absoluta lealtad la vocación, sea cual
fuese, de la propia vida; ésta conserva siempre una importancia
beneficiosa en todas las edades de la vida, cuando, junto a la luz y a
la caridad de un consejo piadoso y prudente, se busca la revisión de la
propia rectitud y el aliento para el cumplimiento generoso de los
propios deberes. Es medio pedagógico muy delicado, pero de grandísimo
valor; es arte pedagógico y psicológico de grave responsabilidad en
quien la ejerce; es ejercicio espiritual de humildad y de confianza en
quien la recibe"[232].
CONCLUSIÓN
82. "Os daré pastores según mi corazón" (Jer. 3, 15).
Esta promesa de Dios es, todavía hoy, viva y operante en la Iglesia,
la cual se siente, en todo tiempo, destinataria afortunada de estas
palabras proféticas y ve como se cumplen diariamente en tantas partes
del mundo, mejor aún, en tantos corazones humanos, sobre todo de
jóvenes. Y desea, ante las graves y urgentes necesidades propias y del
mundo, que en los umbrales del tercer milenio se cumpla esta promesa
divina de un modo nuevo, más amplio, intenso, eficaz: como una
extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés.
La promesa del Señor suscita en el corazón de la Iglesia la oración,
la petición confiada y ardiente en el amor del Padre que, igual que ha
enviado a Jesús el buen Pastor, a los Apóstoles, a sus sucesores y a una
multitud de presbíteros, siga así manifestando a los hombres de hoy su
fidelidad y su bondad.
Y la Iglesia está dispuesta a responder a esta gracia. Siente que el
don de Dios exige una respuesta comunitaria y generosa: todo el Pueblo
de Dios debe orar intensamente y trabajar por las vocaciones
sacerdotales; los candidatos al sacerdocio deben prepararse con gran
seriedad a acoger y vivir el don de Dios, conscientes de que la Iglesia
y el mundo tienen absoluta necesidad de ellos; deben enamorarse de
Cristo buen Pastor; modelar el propio corazón a imagen del suyo; estar
dispuestos a salir por los caminos del mundo como imagen suya para
proclamar a todos a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.
Una llamada particular dirijo a las familias: que los padres, y
especialmente las madres, sean generosos en entregar sus hijos al Señor,
que los llama al sacerdocio, y que colaboren con alegría en su
itinerario vocacional, conscientes de que así será más grande y profunda
su fecundidad cristiana y eclesial, y que pueden experimentar, en cierto
modo, la bienaventuranza de María, la Virgen Madre: "Bendita tú entre
las mujeres y bendito el fruto de tu seno" (Lc. 1, 42).
También digo a los jóvenes de hoy: sed más dóciles a la voz del
Espíritu; dejad que resuenen en la intimidad de vuestro corazón las
grandes expectativas de la Iglesia y de la humanidad; no tengáis miedo
en abrir vuestro espíritu a la llamada de Cristo el Señor; sentid sobre
vosotros la mirada amorosa de Jesús y responded con entusiasmo a la
invitación de un seguimiento radical.
La Iglesia responde a la gracia mediante el compromiso que los
sacerdotes asumen para llevar a cabo aquella formación permanente que
exige la dignidad y responsabilidad que el sacramento del Orden les
confirió. Todos los sacerdotes están llamados a ser conscientes de la
especial urgencia de su formación en la hora presente: la nueva
evangelización tiene necesidad de nuevos evangelizadores, y éstos son
los sacerdotes que se comprometen a vivir su sacerdocio como camino
específico hacia la santidad.
La promesa de Dios asegura a la Iglesia no unos pastores
cualesquiera, sino unos pastores "según su corazón". El "corazón" de
Dios se ha revelado plenamente a nosotros en el Corazón de Cristo buen
Pastor. Y el Corazón de Cristo sigue hoy teniendo compasión de las
muchedumbres y dándoles el pan de la verdad, del amor y de la vida (cf.
Mc. 6, 30 ss.), y desea palpitar en otros corazones -los de los
sacerdotes-: "Dadles vosotros de comer" (Mc. 6, 37). La gente
necesita salir del anonimato y del miedo; ser conocida y llamada por su
nombre; caminar segura por los caminos de la vida; ser encontrada si se
pierde; ser amada; recibir la salvación como don supremo del amor de
Dios; precisamente esto es lo que hace Jesús, el buen Pastor; El y sus
presbíteros con El.
Y ahora, al terminar esta Exhortación, dirijo mi mirada a la multitud
de aspirantes al sacerdocio, de seminaristas y de sacerdotes que -en
todas las partes del mundo, en situaciones incluso las más difíciles y a
veces dramáticas, y siempre en el gozoso esfuerzo de fidelidad al Señor
y del incansable servicio a su grey- ofrecen a diario su propia vida por
el crecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad en el corazón y
en la historia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Vosotros, amadísimos sacerdotes, hacéis esto porque el mismo Señor,
con la fuerza de su Espíritu, os ha llamado a presentar de nuevo, en los
vasos de barro de vuestra vida sencilla, el tesoro inestimable de su
amor de buen Pastor.
En comunión con los Padres sinodales y en nombre de todos los Obispos
del mundo y de toda la comunidad eclesial, os expreso todo el
reconocimiento que vuestra fidelidad y vuestro servicio se merecen[233].
Y mientras deseo a todos vosotros la gracia de renovar cada día el
carisma de Dios recibido con la imposición de las manos (cf. 2
Tim 1, 6); de sentir el consuelo de la profunda amistad que os
vincula con Cristo y os une entre vosotros; de experimentar el gozo del
crecimiento de la grey de Dios en un amor cada vez más grande a El y a
todos los hombres; de cultivar el sereno convencimiento de que el que ha
comenzado en vosotros esta obra buena la llevará a cumplimiento hasta el
día de Cristo Jesús (cf. Flp. 1, 6); con todos y cada uno de
vosotros me dirijo en oración a María, madre y educadora de nuestro
sacerdocio.
Cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como
la persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de
Dios; que se ha hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en
su corazón y en su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la
humanidad; que ha sido llamada a la educación del único y eterno
Sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad materna. Con su ejemplo y
mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue vigilando el
desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia.
Por eso, nosotros los sacerdotes estamos llamados a crecer en una
sólida y tierna devoción a la Virgen María, testimoniándola con la
imitación de sus virtudes y con la oración frecuente.
Oh María,
Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes:
acepta este título con el que hoy te honramos
para exaltar tu
maternidad
y contemplar contigo
el Sacerdocio de tu Hijo
unigénito y de tus hijos,
oh Santa Madre de Dios.
Madre de
Cristo,
que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo de carne
por la
unción del Espíritu Santo
para salvar a los pobres y contritos de
corazón:
custodia en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes,
oh Madre del Salvador.
Madre de la fe,
que acompañaste al
templo al Hijo del hombre,
en cumplimiento de las promesas
hechas a nuestros Padres:
presenta a Dios Padre, para su gloria,
a los sacerdotes de tu Hijo,
oh Arca de la Alianza.
Madre de
la Iglesia,
que con los discípulos en el Cenáculo
implorabas el
Espíritu
para el nuevo Pueblo y sus Pastores:
alcanza para el
orden de los presbíteros
la plenitud de los dones,
oh Reina de
los Apóstoles.
Madre de Jesucristo,
que estuviste con El al
comienzo de su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro
entre la muchedumbre,
lo acompañaste en la cruz,
exhausto por el
sacrificio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan, como hijo
tuyo:
acoge desde el principio
a los llamados al sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña a tus hijos
en su vida
y en su ministerio,
oh Madre de los sacerdotes. Amén.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo -solemnidad de la
Anunciación del Señor- del año 1992, décimo cuarto de mi Pontificado.
[1]
Propositio 2.
[2]
Discurso final al Sínodo (27 ottobre 1990), 5: L'Osservatore Romano, 28
octubre 1990.
[3]
Cf. Propositio 1.
[4]
Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 28; Decreto
sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis; Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam
totius.
[5]
Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970): AAS 62
(1970), 321-384.
[6]Discurso
final al Sínodo (27 octubre 1990), 3: l. c.
[7]
Ibid., 1: l. c.
[8]
Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990),
III: L'Osservatore Romano, 29-30 ottobre 1990.
[9]Angelus
(14 enero 1990), 2: L'Osservatore Romano, 15-16 enero
1990.
[10]Ibid.,
3: l. c.
[11]
Cf. Propositio 3.
[12]
Pablo VI, Homilía en la IX sesión pública del Conc. Ecum. Vat. II (7
diciembre 1965): AAS 58 (1966), 55.
[13]
Cf. Propositio 3.
[14]
Cf. ibid.
[15]
Cf. Sínodo de los Obispos, La formación de los sacerdotes en las
circunstancias actuales - Lineamenta, 5-6.
[16]
Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,
4.
[17]
Cf. Sínodo de los Obispos, VIII Asam. Gen. Ord., Mensaje de los
Padres sinodales al pueblo de Dios (28 octubre 1990), I: l.
c.
[18]Discurso
final al Sínodo (27 octubre 1990), 4: l. c.; cf. Carta a
todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo 1991 (10
marzo 1991): L'Osservatore Romano, 15 marzo 1991.
[19]
Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium; Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis;
Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius; S.
Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis
institutionis sacerdotalis (6 enero 1970): l. c. 321-384;
Sínodo de los Obispos, II Asam. Gen. Ord., 1971.
[20]Propositio
7.
[21]
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
5.
[22]
Exhort. ap. post-sinodal Christifideles laici (30 diciembre
1988), 8: AAS 81 (1989), 405; cf. Sínodo de los Obispos II Asamb.
Gen. Extraord., 1985.
[23]
Cf. Propositio 7.
[24]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 7-8.
[25]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 1.
[26]
Cf. Propositio 7.
[27]Ibid.
[28]Propositio
7.
[29]
Sínodo de los Obispos VIII Asam. Gen. Ord., La formación de los
sacerdotes en las circunstancias actuales, "Instrumentum laboris",
16; cf. Propositio 7.
[30]Angelus
(25 febrero 1990): L'Osservatore Romano, 26-27 febrero
1990.
[31]
Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 7-9.
[32]Ibid.,
8; cf. Propositio 7.
[33]
Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 9.
[34]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 10.
[35]
Cf. Propositio 7.
[36]
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 10.
[37]
Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 20.
[38]
Cf. Propositio 12.
[39]Mensaje
de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990), III: l.
c.
[40]
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 40.
[41]
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 12.
[42]Sermo
340, 1: PL 38, 1483.
[43]
Ibid.: l. c.
[44]
Cf. Propositio 8.
[45]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 2; 12.
[46]
Cf. Propositio 8.
[47]
Sermo Morin Guelferbytanus, 32, 1: PLS 2, 637.
[48]
Misal Romano, Antífona de comunión de la Misa del IV domingo de
Pascua.
[49]
Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 26: AAS 80
(1988), 1715-1716.
[50]Propositio
7.
[51]
Homilía durante la adoración eucarística en Seúl (7 octubre 1989), 2:
Insegnamenti XII/2 (1989), 785.
[52]
S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus 123,5: CCL
36, 678.
[53]
A los sacerdotes participantes en un encuentro convocado por la Conf.
Episcopal Italiana (4 noviembre 1980): Insegnamenti, III/2
(1980), 1055.
[54]
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 14.
[55]Ibid.
[56]Ibid.
[57]
Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975),
75: AAS 68 (1976), 64-67.
[58]
Cf. Propositio 8.
[59]
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 12.
[60]
In Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5: l. c.
[61]
Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 12.
[62]Ibid.
5.
[63]
Cf. Conc. Ecum. Trident. Decretum de iustificatione, cap. 7;
Decretum de sacramentis, can. 6, (DS 1529; 1606).
[64]
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 12.
[65]
S. Agustín, Sermo de Nat. sanct. Apost. Petri et Pauli ex Evangelio
in quo ait: Simon Iohannis diligis me?: ex Bibliot. Casin. in
Miscellanea Augustiniana, vol. I, dir. G. Morin O.S.B., Roma, Tip.
Poligl. Vat. 1930, p. 404.
[66]
Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 4-6; 13.
[67]
Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975),
15: l. c., 13-15.
[68]
Cf. Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 8;
10.
[69]
Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 5.
[70]
Exhort. ap. post-sinodal Reconciliatio et paenitentia (2
diciembre 1984), 31, VI: AAS 77 (1985), 265-266.
[71]
Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 6.
[72]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 42.
[73]
Cf. Propositio 9.
[74]
Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 15.
[75]
Cf. Ibid.
[76]
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 42.
[77]
Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 16:
AAS 74 (1982), 98.
[78]Propositio
11.
[79]
Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, Presbyterorum Ordinis, 16.
[80]Ibid.
[81]Propositio
8.
[82]
Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 17.
[83]Propositio
10.
[84]Ibid.
[85]
Cf. S. Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y S.
Congregación para los Obispos, Notas directivas para las relaciones
mutuas entre los Obispos y los religiosos en la Iglesia Mutuae
relationes (14 mayo 1978), 18: AAS 70 (1978), 484-485.
[86]
Cf. Propositio 25; 38.
[87]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 10.
[88]
Cf. Propositio 12.
[89]
Carta Enc. Redemptoris missio, (7 diciembre 1990), 67: AAS
83 (1991), 315-316.
[90]
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 10.
[91]Homilía
a 5.000 sacerdotes provenientes de todo el mundo (9 octubre 1984), 2:
Insegnamenti, VII/2 (1984), 839.
[92]Discurso
final al Sínodo (27 octubre 1990), 5: l. c.
[93]
Cf. Propositio 6.
[94]
Cf. Propositio 13.
[95]
Cf. Propositio 4.
[96]
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
9.
[97]Ibid.
[98]
S. Cipriano, De dominica Oratione, 23: CCL 3/A,
105.
[99]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 3.
[100]Propositio
5.
[101]Angelus
(3 diciembre 1989), 2: Insegnamenti, XII/2 (1989), 1417.
[102]Mensaje
para la V Jornada mundial de oración por las vocaciones sacerdotales (19
abril 1968): Insegnamenti, VI (1968), 134-135.
[103]
Cf. Propositio 5.
[104]
Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 10; Decreto
sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 12.
[105]
Cf. Propositio, 13.
[106]
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia el mundo actual
Gaudium et spes, 16.
[107]
Misal Romano, Colecta de la Misa por las vocaciones a las Ordenes
sagradas.
[108]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia
Sacrosanctum concilium, 10.
[109]Propositio
15.
[110]Ibid.
[111]
Cf. C.I.C. can. 220: "A nadie es lícito (...) violar el derecho
de cada persona a proteger su propia intimidad"; cf. can. 642.
[112]
Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 2.
[113]
Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el oficio pastoral de los obispos en
la Iglesia Christus Dominus, 15.
[114]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal
Optatam totius 2.
[115]
Decreto sobre el ministerio vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 6.
[116]Ibid.,
11.
[117]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal
Optatam totius 2.
[118]Propositio
14.
[119]Propositio
15.
[120]
Cf. Propositio 16.
[121]Mensaje
para la XXII Jornada mundial de oración por las vocaciones sacerdotales
(13 abril 1985) 1: AAS 77 (1985) 982.
[122]Mensaje
de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990) IV: l.
c.
[123]Propositio
21.
[124]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal
Optatam totius, 11; Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum ordinis, 3; S. Congregación para la
Educación Católica, Ratio fundamentalis institutionis
sacerdotalis (6 enero 1970), 51: l. c., 356-357.
[125]
Cf. Propositio 21.
[126]
Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979) 10: AAS 71
(1979), 274.
[127]
Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981) 37: l.
c., 128.
[128]Ibid.
[129]Propositio
21.
[130]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia el mundo actual
Gaudium et spes, 24.
[131]
Cf. Propositio 21.
[132]Propositio
22.
[133]
Cf. S. Agustín, Confes., I, 1: CSEL 33, 1.
[134]
Sínodo de los Obispos, VIII Asam. Gen. Ord. La formación de los
sacerdotes en las circunstancias actuales" "Instrumentum laboris",
30.
[135]Propositio
22.
[136]Propositio
23.
[137]