A lo largo de todo ese siglo el territorio soriano fue frontera -y muy codiciada- entre Castilla y Aragón. Por eso se produjeron en ella frecuentes entrevistas reales, que implicaban como apoyo una política matrimonial que respaldase los tratados de paz.
Así el 6 de Febrero de 1221, por ejemplo, se hubo celebrado en Ágreda la boda de Jaime de Aragón y Leonor de Castilla. Y precisamente para arreglar el mal fin de este casamiento y las condiciones de la separación de los dos esposos, en 1235 vino al Monasterio de Huerta Jaime I de Aragón para parlamentar con Fernando III.
En 1256 se entrevistaron en Soria Alfonso X y Jaime I. Este encuentro permitió al rey sabio cubrirse las espaldas con Aragón y poderse dedicar a la empresa que le sorbía el seso: ser proclamado emperador. Fue precisamente en Soria donde recibió a una embajada de Pisa que venía a apoyarle en el propósito de conseguir el Imperio.
Siete
años después, en 1263, Alfonso X concedió a Monteagudo el Fuero de Soria y el
privilegio de Deza. Ya antes de su muerte sin embargo, ocurrida en Sevilla en
1284, su hijo Sancho se había rebelado contra él y había iniciado una serie
de guerras civiles que durarán a lo largo de todo su reinado.
Durante
todos esos años el territorio soriano se convierte en una tierra de todos y de
nadie. Precisamente para lograr una paz con Aragón acude Sancho IV a Monteagudo
-la fecha y el hecho que conmemoramos- para entrevistarse y concertar un tratado
con el nuevo rey aragonés Jaime II. Éste era hijo de Pedro III quien en 1285
había dividido sus estados, dejando a su hijo Alfonso los reinos de Aragón,
Valencia y el principado de Cataluña mientras que a Jaime le concedió Sicilia.
Pero el 18 de Junio de 1291 murió Alfonso sin descendencia por lo que su
hermano Jaime reúne todos los estados.
Lo primero que pretende Jaime II es alcanzar la paz con Castilla para tener las manos libres en sus conquistas mediterráneas y norteafricanas. Y por esa razón, a los tres meses de reinado, acude a Monteagudo de las Vicarías, para entrevistarse con su primo el rey castellano Sancho IV.
No es fácil hoy imaginarse el bullicio el colorido de las gentes y calles de Monteagudo en esos días, donde se mezclaban las comitivas de los dos reyes a la población local en la que sobresaldrían por sus atuendos las comunidades judía y morisca de las que se conoce una presencia numerosa en la ciudad.
En el tratado, entre otras cláusulas, se acuerda que el rey castellano apoyaría con quinientas lanzas el aragonés que en aquel momento se enfrentaba a Francia y a la Santa Sede. Jaime II a cambio debería ayudar a Castilla en la Reconquista, lo que cumplió al año siguiente en el sitio y toma de Tarifa. También se estipuló que, sin mutuo consentimiento, no admitirían en su territorio a moros y judíos que procedieran del otro reino.
J.I.Díez Gándara.