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El Monumento

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EL MONUMENTO A SAN FRANCISCO

 

  “En el Campillo de San Francisco nos topamos, sin quererlo, con el Monumento a San Francisco, obra del escultor gallego Francisco Asorey, con motivo del séptimo centenario de la muerte del santo”

    Es un  monumento surgido a partir de la celebración del séptimo centenario de la muerte de San Francisco de Asís. Su primera piedra fue colocada el 17 de octubre de 1926; casi cuatro años después, el 24 de julio de 1930, se inaugura. 

    Semeja un crucero de 4 m. de largo por 12 de alto, que preside la calle de San Francisco. En su base aparece la inscripción conmemorativa, la fecha y la firma del escultor.

   Arranca una base de piedra sin labrar, “rústica”, evocando las representaciones de vicios de las basas del Pórtico de la Gloria. La integran dos grupos delante y dos atrás, separados por idílicos relieves de la oveja con su cordero y el lobo de Gubio (“el hermano lobo”), cobijando entre sus patas un conejo.

    Hacia el centro de la cara principal  converge la sociedad gótica, poder y pueblo en actitud de ofrenda. Representan el poder el monarca, el caballero y el prelado, quienes portan sus atributos con hieratismo egipcio. El pueblo es representado por una familia campesina pletórica de sentimiento. El padre descansa sobre el azadón, en actitud recogida y estática como el rey. Ella es una maravillosa representación de la maternidad, mediante la femenina gracia con la que sostiene al niño y las flores en su regazo, gracia a la que también contribuye la curiosidad de la hija adolescente, y todas las figuras, nobles y plebeyos, respiran un vigoroso realismo. 

    El Reverso del monumento se destina para los ya transfigurados por el espíritu de Asís, los continuadores de la obra de San Francisco. El escudo de la Orden preside los otros dos grupos: a la derecha, Santa Clara, mística y activa vencedora de sarracenos, portando el ostensorio eucarístico, comparte con la religiosa sedente y meditabunda la encarnación del evangélico relato de Marta y María, rezo y trabajo que predican los mendicantes; más atrás, una dama ciñe el cordón sobre las ropas mundanas, en clara representación de las terciarias. A la izquierda, San Bernardino de Siena, secundado por un caballero de la Tercera Orden, mientras la otra figura de fraile constituye una alegoría de la vida interior, de la mística contemplación. Tal influjo románico se ve también en la torsión de algunas cabezas, sobre todo las de ambos terciarios.

    Encima de estas figuras las piedras se anudan en forma de cordón franciscano, como dosel de las mismas y triple pedestal de las Virtudes superiores. Es empleado como algo simbólico, aunque recuerda el sogueado visigodo, enlazando así las tradiciones arcaicas con la tendencia del momento.

   Pobreza, Obediencia y Castidad, tres imágenes femeninas, rodean al santo en la cumbre de su apoteosis. La primera es una exquisita doncella, que se yergue sonriente sobre las zarzas y espinas de su penuria, con recuerdos de la mejor estatuaria gótica, tanto por los pliegues acanalados de la túnica como por la hermosura platónica del rostro. La Obediencia preside el frente opuesto a San Francisco, y es la más interesante figura de dichas virtudes; la violenta actitud de los brazos, la torsión de las piernas (quizás una influencia románica) y el expresionismo de los pliegues, líricas fantasías sobre el trémulo cuerpo, hacen de ella otro extraordinario ejemplo de la sensibilidad contemporánea. La Castidad, con el lirio representativo entre los dedos de la mano izquierda, evoca, al levantar la derecha, a la postura de la Virgen del Pórtico de Mateo.

    Presidiendo a estas tres esculturas está San Francisco, abriendo los brazos hacia las lejanas torres de la Catedral, como recuerdo de su peregrinaje. Viste el hábito de la Orden, que ciñe el blanco cordón sobre granito gris oscuro. La alternancia de materiales la completa el mármol sepia de la cabeza, manos y pies, acentuador de un gran realismo, lleno de religiosidad. La grandiosa figura, de casi tres metros de alto, está rodeada por rosas de amor y lirios de pureza.

    Sendas guirnaldas de palomas prolongan hacia lo alto la actitud del abrazo fraternal y consiguen el lógico tránsito entre San Francisco y el Cristo superior, cuya caridad se vuelca sobre el fraile y a través de él irradia hacia todas las criaturas.

    El Cristo combina las formas humanas con las extremidades membranosas, destacando las primeras en un finísimo granito blanco, que se opone poéticamente al color sepia de éstas. La iconografía busca la majestad románica; la cabeza mira de frente, el torso subraya una anatomía vigorosa pero hierática, y el inicio de los brazos certifica su posición horizontal. No obstante, la estrecha corona de espinas recuerda a las imágenes de escultores como Berruguete. Frontalidad y patetismo conforman, pues, esta creación con la que culmina el monumento, entre el plegarse de las alas que insinúa ya el signo redentor, constituyéndolo en uno de los más grandiosos cruceiros gallegos, ya el esquema de una estrella.