SOPHIA OCTUBRE 2003  Nº 178

DESDE LA ATALAYA
Radha Burnier (junio 2003)

¿Somos inherentemente egoistas?

En los contextos donde se habla del trabajo esencial que tiene la Sociedad Teosófica y del significado de la palabra “Teosofía”, a veces surge la pregunta de si el hombre puede ser totalmente altruista o si existe en él un egoismo innato e inevitable. Hay siempre personas indolentes que no están dispuestas a enfrentarse al desafío de un cambio y que afirman categóricamente que el hombre será siempre egoista. La conclusión es: nunca acabarán las guerras ni los conflictos en esta tierra, ni tampoco la explotación de los recursos, tanto materiales como no materiales, por parte del hombre. Evidentemente, esta opinión es absolutamente contraria a las enseñanzas teosóficas, que hablan de un futuro para la humanidad consistente en la perfección espiritual y en la manifestación de las virtudes más sublimes. De hecho, las personas totalmente pesimistas no están cualificadas para ser miembros de la ST, porque el ingreso en ella implica la aceptación del objetivo de formar un núcleo de Fraternidad Universal. Este núcleo tiene como fin ampliarse a una fraternidad humana a nivel mundial que viva en colaboración y confianza mutua, rechazando la guerra, la violencia y las luchas egoistas entre sí.

Si examináramos cómo se originan el egoismo y el sufrimiento, que es su sombra inseparable, quizá pudiéramos aclararnos las ideas hasta cierto punto. En las Cartas de los Maestros se dice que no existe el mal en la Naturaleza; la naturaleza humana cuyo egoismo la hace odiosa es la única fuente de todo mal. Entonces podemos preguntar ¿cómo ensucia el egoismo a la mente humana? ¿Cómo puede liberarse de él y, al igual que el resto de la Naturaleza, deshacerse del mal y por consiguiente del sufrimiento? Sin duda habrá que empezar por reconocer el inmenso daño producido por el engaño de una existencia separada, origen de las actividades egoistas.

En sus conferencias sobre el Bhagavadgita, T. Subba Row menciona que el Logos (equivalente griego de Isvara) es el primer Ego del cosmos. En el seno del Desconocido e Incognoscible Parabrahman, existe durante el pralaya, en modo latente, un centro de energía espiritual que emerge como el Logos, el primer Conocedor o Ego, en el momento de la actividad cósmica. Todos los demás egos o yoes son sólo un reflejo o manifestación de la luz y la energía del Logos.

Esta idea del Logos como el primer Conocedor aparece también en los Yoga Sutras de Patanjali (I.24), que describen a Isvara como un tipo especial de purusha o de Ser, no sujeto a las limitaciones que afligen a los seres inferiores. Como dice Subba Row:

Es la fuente una de toda la energía del cosmos y la base de todas las ramas del conocimiento y, además, es como si fuera el Arbol de la Vida, porque el chaitanya (conciencia), que anima todo el cosmos, nace de él.

La presencia de la luz o conciencia del Logos y de su energía en toda la manifestación significa que el Conocedor original o Ego está presente en todas partes, aunque débilmente reflejado en el nivel de la mente humana. Es el Yo de todos los seres, y genera la sensación sobrecogedora del “ser” que es la experiencia universal de la auto conciencia en la conciencia humana. A medida que la mente se desarrolla en el curso de la evolución, también crece la conciencia de ser un yo aparte de los otros. En el nivel más inferior, la vida una está relativamente indiferenciada, pero al ir ascendiendo en la escala de la evolución, va aumentando también la diferenciación y la “individualidad” y, volviendo a citar a Subba Row, forma “ese centro o ego que da lugar a todo el progreso mental y físico que vemos en el proceso de la evolución cósmica”.

Todos los grandes maestros espirituales han dicho que la “idea” del yo es un gran engaño; la idea del yo no es el yo en su verdadero sentido, como hemos dicho antes, que es un reflejo de Isvara o Logos. Por otra parte, es una imagen construida por procesos mentales condicionados por experiencias y reacciones, que se impone sobre el yo oculto. El verdadero Yo, que es la base de la individualidad en su sentido más elevado, no pertenece a nadie. Es la luz universal y se ha comparado con la luz de la luna que vemos reflejada en tantos estanques, charcas, lagos, en las aguas de los ríos y en el mar. “Mirad la forma en la que, como la luna que se refleja en las tranquilas olas, alaya se refleja en lo pequeño y en lo grande, se observa en los átomos más diminutos, pero no consigue llegar al corazón de todo” (La Voz del Silencio). Nos imaginamos que es “mío” o que soy “yo” y acabamos confundidos.

Uno de los grandes desafíos de la vida es el de abandonar el sentido de orgullo que nos produce la creencia en la realidad de nuestra propia idea del yo. Sankaracharya escribió: “Día a día, liberaros del orgullo”. Tal como señala A los Pies del Maestro: “Vuestro cuerpo mental quiere considerarse orgullosamente separado y verse muy superior a los demás. Aunque lo hayáis apartado de las cosas mundanas, seguirá intentando calcular para el yo, haciéndoos pensar en vuestro propio progreso, en vez de pensar en el trabajo del Maestro y en ayudar a los demás... Vosotros no sois esta mente, pero la tenéis para usar”. La misma mente puede utilizarse para percibir que el egoismo y el sufrimiento son sinónimos, que toda la humanidad puede progresar rápidamente hacia una vida superior en cuanto esta realización se haga patente en su conciencia.

El egoismo es una hidra de muchas cabezas. Una de sus facetas puede ser la de menospreciar a los demás, encontrarles defectos, criticarles y competir con ellos. El orgullo crece si nos comparamos con los demás e imaginamos que no son nuestros iguales. Los celos no son más que el yo imaginario deseoso de obtener lo que no cree tener y que los demás tienen. Es también la compasión de uno mismo, el placer derivado de lamentarse por uno mismo mientras hay miles de otras personas en una situación mucho peor. Nos sería imposible ahora hacer la lista de las iunnumerables formas que puede tomar esta hidra de mil cabezas.

Como la misma evolución desarrolla la individualidad, está claro que no hay nada malo en ello. Por otra parte, como el Logos es el centro primario de la energía consciente, el Conocedor supremo, es una bendición poder recibir incluso el reflejo de su luz. Somos el templo de Dios, nuestro corazón es el santuario en el cual se guarda esa; esta es la esperanza de la vida eterna. “El alma del hombre es inmortal y su futuro es el futuro de algo cuyo crecimiento y esplendor no tienen límites” es una de las grandes verdades de la Teosofía. Intentemos darnos cuenta de que esta luz reflejada internamente nos dota de un esplendor único, aunque haya miríadas de otros seres en los cuales también derrama su luz. No es motivo de orgullo para nosotros, pero sí algo que venerar. “Según la constancia que tengáis para observarla y venerarla, su luz se irá fortaleciendo. Entonces tal vez sabréis que habéis encontrado el principio del camino. Y cuando hayáis encontrado el final, su luz se convertirá, de repente, en la Luz Infinita” (Luz en el Sendero).

Caminar sin muletas

Según la filosofía teosófica, el hombre, en el curso de su progreso, tendrá que desarrollar la intuición necesaria para comprender no sólo la estructura y las fuerzas del universo físico, sino también su propósito y lugar en la totalidad de la existencia, que incluye, además de la dimensión física, muchas otras dimensiones más sutiles. Tiene que aprender a comprender lo que la Naturaleza le reserva a la humanidad y el lugar adonde, a su debido tiempo, ella le conducirá. El papel del hombre es el de hacerse colaborador y copartícipe de las facultades que actualmente están latentes y sin reconocer en lo más profundo del ser humano.

Los extraordinarios Maestros que han recorrido el Sendero por delante de la mayoría de la humanidad, como los Budas y otros seres que ya han despertado, se han negado una y otra vez a proporcionar muletas para la gente que quiere seguir el sendero espiritual pero sin confiar en sí mismos. Gautama Buda dijo la célebre frase de “Sé una lámpara de mismo”. En los pamfletos de Adyar, Nueva Serie N.3 del mismo título, el autor nos dice que este mismo consejo procede de fuentes hindúes, cristianas, del jainismo y de otros orígenes, dándonos un ejemplo de la verdad contenida en aquella idea antigua según la cual todos los hombres sabios hablan de las mismas verdades. Todos los maestros quieren que los seres humanos se den cuenta por sí mismos del Plan de la Manifestación que emana de la Mente Divina, ejercitando sus propias facultades emergentes. No quieren dar unas instrucciones a la carta para obedecer. Por otra parte, todas sus instrucciones tienen como fin “despertar la inteligencia”.

En la primera carta que el Sr. A. O. Hume recibió de KH, éste escribió:

Nunca consentiremos en “guiarte”. Por más que podamos hacer, sólo podemos prometer darte la medida completa de tus méritos. Merece mucho y responderemos honestamente; merece poco, y eso es lo que recibirás a cambio. Esto no es un simple texto de la libreta de un escolar, aunque lo parezca, sino solamente una mera afirmación de la ley de nuestro orden, y no podemos trascenderla.

C.W. Leadbeater recibió un mensaje similar. El maestro no deseaba liberar al discípulo de su deber de reflexionar sobre las cosas por sí mismo y de aprender de sus propias experiencias. Respecto a los Fundadores de la ST, HPB y HSO, dijeron: “Les dejamos que se apañen solos”.

Algunas personas no lo comprenden y esperan ser favorecidas con instrucciones y órdenes, mientras que hay casos de personas que creen que están siendo constantemente guiadas por seres de una evolución superior. Reciben mensajes sin cesar. Se sienten enardecidos por la creencia de que son canales escogidos para traer comunicados de un nivel superior. Estas creencias podrían ser el resultado de ideas ilusorias persistentes: lo que imaginamos como deseable acaba convirtiéndose en una realidad percibida. Un deseo muy fuerte de estar cerca de un Maestro crea una forma de pensamiento muy fuerte, como por ejemplo de nosotros mientras nos instruye el Maestro o el gran ser, y esa forma de pensamiento se alimenta continuamente con la repetición mental de ese suceso tan deseado. Acabamos por ver nuestra propia forma de pensamiento como si fuera una entidad independiente. Así, un devoto de Rama o Krishna ve a su divinidad preferida y un devoto de Kwan Yin o la Virgen María ve la forma creada por su propia mente. Otros ven u oyen a distintos Maestros.

En estos casos, la pregunta del motivo por el que nosotros en concreto somos el foco preferido de la atención, la guía o la bendición constante de un Maestro o divinidad ni siquiera se nos plantea. La ilusión es tan satisfactoria para la mente y las emociones, y resulta tan halagadora para el sentido del ego, que no se desea cuestionar nada. El hecho crucial de que hay que merecer lo que se consigue mediante una vida de altruismo y de servicio, y de que las compensaciones que recibamos vendrán por sí mismas, parece pasarse por alto.

Estas son las sutiles tentaciones contra las que tiene que protegerse el aspirante serio. Las leyes universales no las pueden romper ni siquiera los más elevados Maestros con grandes poderes y según la ley, tal como escribió KH a Hume, uno tiene que merecer lo que busca, no para él, sino porque es bueno. Por consiguiente, todo cuanto debemos hacer es “vivir la vida” y estar totalmente atento observando al yo egoista que surge en formas sutiles y deliciosas.

(The Theosophist, junio 2003)