DESDE LA ATALAYA
Radha Burnier
La Teosofía es la religión per se, la Sabiduría Religión que se halla en el corazón de todas las religiones, liberada de sus incrustaciones, malas interpretaciones y supersticiones. La religión verdadera tiene que ofrecer la solución de todos los problemas. La Sociedad Teosófica fue elegida como la piedra angular, como la base de las futuras religiones de la humanidad. Estas frases les resultan familiares a todos los estudiantes de Teosofía y miembros serios de la ST, pero su implicación, especialmente respecto al papel futuro que tiene la Sociedad, ha de comprenderse mejor. Evidentemente, el nombre de “Sociedad Teosófica” indica la conexión que existe entre el grupo de personas que componen la Sociedad y ese conocimiento trascendental que es la Sabiduría Religión, y el estilo de vida de abnegación sacrificada que abre el alma del hombre a lo Eterno y le prepara para ser un sirviente compasivo y sabio del mundo que sufre.
La ST nunca tuvo como fin ser una asociación normal y corriente de hombres y mujeres de buenas intenciones en general, idealistas y nada más. Y tampoco es la Teosofía una filosofía conceptual. Otros grupos “ocultos” y “esotéricos” se han inspirado en nuestra Sociedad y a veces han presentado su filosofía de manera distorsionada o sensacionalista para captar la atención. Aunque esos grupos atraigan a más personas, no hay razón para descorazonarse. A la ST le esperan una renovación de energía y una nueva era de espléndido trabajo, siempre que los miembros no se queden estancados al nivel de las ideas y de la información. Ha llegado el momento de que la ST influya en las mentes con un espíritu religioso fortalecedor y universal, y viva de acuerdo con las elevadas implicaciones que su nombre indica.
El primer objetivo de la ST es la filantropía. El verdadero teósofo es un filántropo, “no para sí mismo, sino para el mundo en el que vive”. Esto y la filosofía, la comprensión adecuada de la vida y sus misterios, constituirá la “base necesaria” (para buscar esferas de influencia) y mostrará el sendero correcto a seguir.
Este consejo del Maestro KH va seguido de su comentario sobre la necesidad absoluta de la “doctrina del corazón”, en contraposición a la “doctrina del ojo”. Es lo único que puede ayudar a rescatar al mundo de su sufrimiento espiritual y moral.
Los Objetivos de la Sociedad conllevan ya este concepto: la abnegación sacrificada, que es la base de una conciencia verdaderamente religiosa, un espíritu dinámico y altruista dedicado a descubrir la verdadera solución del sufrimiento moral y espiritual de la humanidad; y el compromiso de hacer todos los sacrificios necesarios para penetrar en el misterio de la vida, especialmente en la naturaleza del yo. Los Objetivos de la ST se practican actualmente de forma superficial porque los miembros son raramente conscientes de la necesidad de llevar a cabo el trabajo de preparar la mente humana con la orientación y el fervor religioso, tomando la palabra “religión” en su sentido más amplio.
Los seres humanos tienen responsabilidades especiales, porque están dotados de facultades especiales. Una de ellas es la capacidad de discernir el bien del mal y lo correcto de lo incorrecto. Desde la sensación rudimentaria que nos mueve a hacer lo correcto, experimentada como punzadas en la conciencia, y que existe incluso en los humanos primitivos, hasta la etapa en la que uno sabe lo que es verdaderamente bueno, hay un trayecto peligroso que todo ser humano tiene que recorrer. Muchos perecen por ese camino, porque la mente es el destructor de lo real. Es capaz de enmascarar el mal, haciéndolo parecer algo beneficioso y bueno.
Mucha gente se ríe de la actitud de ese maestro ancestral que pegaba al pobre niño que está a su merced, mientras le decía: “Me duele más a mí que a tí, pero es por tu bien”. Pero hay muchos ejemplos de éstos en personas que afirman ser altruistas y hacen daño a gran escala o dentro de su pequeña esfera. Los comunistas genuinos intentaron sinceramente establecer una sociedad igualitaria en la que nadie sufriera la pobreza y nadie disfrutara de ventajas excesivas. Pero aquellos idealistas fueron los responsables de sufrimientos indescriptibles. Las autoridades de la Iglesia que crearon la Inquisición, con su sistema de presión y de tortura, para poder “salvar las almas”, creían que sus objetivos religiosos justificaban el trato cruel que daban a los “herejes”.
Ahora tenemos un paralelo a escala global: las naciones que quieren acabar con los “terroristas”, están burlando los principios básicos de la sociedad civilizada, como el habeas corpus, la igualdad ante la ley y las libertades civiles. Para poder “salvar” a ese mundo llamado democrático, se utilizan medios horrorosos con el fin de obtener información de personas inocentes, que se hallan muchas veces bajo una sospecha basada en prejuicios de raza, color o religión. Se está deteniendo a las personas sin darles acceso a parientes ni abogados. Incluso el gobierno británico ha tenido dificultades para ponerse en contacto con sus propios soldados desplegados en Afganistán por los Estados Unidos. La historia se repite: se está practicando la inmoralidad con la excusa de preservar la sociedad civilizada. En el Washington Post, Richard Cohen escribió sobre el tema diciendo: “La civilización está amenazada no sólo por los terroristas, sino también por los medios que nosotros utilizamos para combatirlos”.
Es difícil distinguir ahora entre terroristas y antiterroristas de estilo prefabricado. A la larga, sus métodos violentos sólo pueden destruir en vez de construir una buena sociedad. Creando una clase de gente que no tenga nada que perder si atacan al opresor, también se establecerá la base de un mundo todavía más dividido. Cohen cita las palabras de Jean Amery, un luchador de la resistencia que los nazis colgaron del techo sujetándole por las manos atadas a la espalda: “Veintidós años después todavía me parece estar balanceándome sobre el suelo con los brazos dislocados”. El hombre acabó por suicidarse. Hay muchas personas como él que pueden acabar suicidándose en el futuro y matando a otros porque están despedazados por dentro.
Se necesita una revolución interna para encontrar la manera correcta de asegurar una paz duradera, en vez de recurrir a la violencia para vencer a los enemigos, imaginarios o reales.
Las instituciones y organizaciones no pueden cambiar a la sociedad ni moralmente ni espiritualmente; sólo podrán hacerlo los individuos que tengan una visión clara, especialmente si trabajan juntos. Las protestas a nivel mundial contra la guerra y las peticiones de paz pueden ser los síntomas de un cambio de la conciencia humana. Tal vez la humanidad esté empezando a reconocer que la guerra no puede solucionar ningún problema. Puede que, lentamente, se esté experimentando un despertar moral global, tal como demuestra ese sentir público en distintos frentes, que apoyan los valores éticos, oponiéndose a las prácticas comerciales abusivas.
Las voces de los ciudadanos del mundo se levantan para desaconsejar la inversión de fondos en empresas que explotan cruelmente tanto a la gente como los recursos de Myanmar (anterior Burma); el comercio de productos cárnicos tratados con hormonas; los intereses bananeros de los USA en América Central que arruinan a los productores a pequeña escala del Caribe, etc. Se insiste cada vez más en concienciar a la gente para que inviertan solamente en empresas preocupadas por los temas éticos y por la mejora de las condiciones sociales del mundo en desarrollo.
En África del Sur, las empresas farmacéuticas que impiden que los pobres compren sus medicinas a un precio razonable han tenido que cambiar su actitud ante las protestas internacionales. Hace unos años, el boycot mundial hecho a los productos Nestlé obligó a la empresa a interrumpir su programa disuasorio de la lactancia materna en favor de su leche en polvo. Recientemente, la empresa Nestlé no ha podido cobrar una deuda importante de Etiopía por haber confiscado las instalaciones de las empresas extranjeras hace unas cuantas décadas. La reclamación de 6 millones de dólares americanos que le hacían a este pobre país, arrasado por la sequía, la guerra y la baja de los precios del café, ha movido a los ciudadanos del mundo a censurarles y hacerles rebajar la cantidad hasta un millón y medio de dólares, los cuales se comprometieron a devolver para ayudar a mitigar el hambre. Pagar con un precio razonable los productos exportados de los países pobres, desde plátanos hasta textiles, también se ha convertido en un tema digno de debate.
Estas tendencias son como la aurora de una nueva actitud respecto a los temas del mundo y presagian una nueva interpretación de la globalización, es decir, ponen en práctica el concepto de la unidad y de la repartición mundial.
(THE THEOSOPHIST, mayo 2003.)