SOPHIA JUNIO 2003  Nº 174

 

DESDE LA ATALAYA

Radha Burnier



La locura de la guerra

La sociedad humana ha sufrido tanto la plaga de la guerra que las clases de historia suelen centrarse en las guerras. Se habla de la guerra casi como de un hecho normal y corriente. Realmente hemos oído decir que, antiguamente, los campesinos labraban sus campos y continuaban con sus actividades, sin inmutarse por las encarnizadas batallas de su entorno. Mientras los conquistadores y los señores de la guerra iban y venían de un sitio a otro, la vida de la gente no se veía demasiado afectada.

Hoy en día la escena es totalmente distinta; los efectos de la guerra ya no pueden localizarse en un sitio determinado y tienen repercusiones psicológicas, ecológicas, económicas y espirituales. La guerra ahora significa que morirán o quedarán malheridos incontables números de personas, entre combatientes y civiles. Las bombas nucleares que cayeron en Hiroshima y Nagasaki no son una historia del pasado, porque las víctimas siguen sufriendo sus consecuencias y la salud de las generaciones futuras está en peligro. Las guerras dejan secuelas, no sólo entre los tullidos y los enfermos, sino también con los innumerables huérfanos, que sufren el trauma de la separación de sus padres y parientes, que padecen amputaciones (como en Sierra Leona) y que son utilizados como escudos en la línea del frente. Son muchísimas las mujeres que han sido violadas y humilladas para demostrar la supremacía de las fuerzas conquistadoras, además de satisfacer la lujuria de los soldados. Se está utilizando la tortura y la violación como armas políticas para someter al adversario. Es imposible describir las desgracias de los refugiados de guerra y la agonía de los millones de personas que tienen que desplazarse. Los hay en los dos lados del conflicto. Los gobernantes dementes, los fabricantes de armas y otras personas con intereses económicos promueven las guerras. El sufrimiento lo padecen poblaciones enteras que lo tienen todo para perder y nada que ganar.

Para los que abren el corazón a este enorme sufrimiento que engulle tanto a los combatientes como a los civiles, a las familias, niños y mujeres, la pregunta de quién tiene razón y quien no la tiene es algo secundario. Lo más importante es que en ambos bandos se perpetúan los horribles recuerdos, los miedos, los odios, los deseos de venganza, el endurecimiento del corazón y la deshumanización. Todas las fuerzas armadas, tanto en la parte ofensiva como en la defensiva, están entrenadas para la brutalidad y para acostumbrarse al derramamiento de sangre, a la tortura y a otras formas de horror. Aunque algunas naciones afirmen que defienden la paz y los derechos humanos, la guerra se basa en la violencia y en el ataque a los derechos y a la dignidad humana.

El Centro Penitenciario de los Estados Unidos en Afganistán es un ejemplo. A los sospechosos se les encerraba en unos "contenedores metálicos de barco protegidos por una triple capa de alambrada" y se les tenía de pie, arrodillados o en posturas dolorosas sin dejarles dormir. Esto es más que una pequeña parte de las técnicas de "stress and duress". Según algunos periodistas del Washington Post, "todos y cada uno de los actuales oficiales nacionales de seguridad entrevistados para este artículo defendieron el uso de la violencia con los prisioneros como algo justo y necesario". Dicen que este centro penitenciario especial de USA es uno de los varios que tienen en el extranjero, y en los que no se aplica el "juicio justo" de los Estados Unidos. Si el estado que se auto-proclama como mayor defensor de los derechos civiles y de las libertades, según nos dice uno de sus periódicos más prestigiosos, desciende a este nivel horrendo de belicosidad, llamado eufemísticamente "antiterrorismo", ¿qué podremos decir de los regímenes en los que ni siquiera se aceptan teóricamente los derechos humanos? La información que nos ofrecieron durante el juicio de Milosevic y de otros déspotas es demasiado fuerte como para poder describirla con palabras. ¿Conseguirán olvidar nunca las familias de las víctimas? ¿Nos puede sorprender que cada guerra genere más odio y más guerras?

Aparte de sus efectos psicológicos, el impacto que tiene la guerra moderna sobre la ecología de la tierra es incalculable y está fuera de todo control humano. El agua y el aire no están confinados a unas zonas limitadas y una vez envenenados podrían ser una amenaza más para la diversidad de la vida, ya seriamente afectada, incluyendo a las generaciones de seres humanos. Algo como las minas personales plantadas en territorio enemigo son un gran impedimento para que la gente corriente puedan vivir tranquilos y en paz. Nadie puede prever cual será la consecuencia del empleo de armas químicas y bacteriológicas.

Con la globalización y el creciente número de relaciones económicas entre las distintas partes del mundo, la guerra también supondrá un riesgo para la seguridad y estabilidad de enormes poblaciones. El destino de los millones de personas que continúan a punto de morirse de hambre será cada vez peor. Los que declaran las guerras desde un país lejano pueden acabar de rematarlos. La India ha gastado muchísimo dinero con el despliegue de tropas en su frontera occidental durante diez meses, mientras que tenemos una necesidad urgente de subvencionar elementos esenciales para el desarrollo del país. Los USA proponen gastar 200 billones de dólares o más en la guerra contra Iraq, mientras 30 millones de personas en África no pueden comer. Toda guerra es un desperdicio colosal, una forma de locura.

Además de todo lo anterior, pensemos en las consecuencias espirituales que tiene la propagación de la crueldad, del deseo de matar, de la ocupación arbitraria del territorio y de la eliminación de otras personas. Cuando se acepta la guerra como una norma de la sociedad humana, los seres humanos están negando el propio futuro espiritual que les pertenece. La guerra no debería considerarse solamente desde el ángulo político, económico o ecológico, porque es también una regresión espiritual.



Los Tres Refugios

La palabra "Buddha" no se refiere solamente a una figura histórica de gran eminencia espiritual; denota un estado de iluminación, de sabiduría y de amor ilimitados, además de otros atributos espirituales del más elevado orden. Esta iluminación o despertar trasciende el estado normal de la conciencia humana y se halla totalmente más allá de las ilusiones, de la confusión y de las tensiones que ha creado ella misma. Sin etiquetarnos como buddhistas, o como cualquier otra cosa, todos podemos decir "me refugio en el Buddha", es decir, en el principio de la iluminación, sabiendo que la mente liberada de sus ideas limitadas y de sus locos deseos está despierta a la verdad de la vida.

Igualmente, podemos refugiarnos en el Dhamma (del sánscrito Dharma), una palabra difícil de traducir. Digamos, para simplificar, que es el gran orden cósmico que se manifiesta en todo cuanto existe y que da origen al sentido de la belleza en la mente del hombre. Refugiarse en el Dharma significa reconocer que lo que llamamos Enseñanza de la Sabiduría es esa enseñanza que explica el orden natural divino. Este orden natural existe a distintos niveles. Desde el descubrimiento de Newton, hemos aceptado siempre que, a nivel físico, existe una atracción mutua entre todas las cosas que tienen masa, y que es proporcional a la distancia existente entre ellas, a su densidad etc. Esta misma ley existe también a otros niveles, aunque vivimos sin saber cómo funciona a nivel psicológico y espiritual. Se expresa como el anhelo de amor, que experimentan todas las criaturas.

Todos los niños necesitan amor y se desarrollan gracias al amor que su madre les profesa. Es como la luz del sol a nivel invisible, que ayuda el crecimiento interno. Todas las criaturas absolutamente privadas de amor se van retorciendo por dentro. Todas las criaturas necesitan no sólo recibir amor, sino darlo. En una forma muy superficial, explica incluso el deseo universal de ser apreciado. Indudablemente existe egoísmo y vanidad en ese deseo, pero también es una respuesta natural para una persona que ve la bondad en el interior de otra. Cuando alguien, de forma genuina, aprecia, reconoce y respeta la bondad de otra persona, se crean unas vibraciones que favorecen la expansión interna. El amor es uno de los factores más importantes para el progreso de los individuos.

El amor no es ni un sentimiento personal ni la pasión sexual; en su sentido más puro, forma parte del orden natural del universo manifestado. Por eso, incluso en el nivel aparentemente inerte de los objetos materiales, existe una atracción mutua y una necesidad de unirse. Según la ley de las correspondencias, aparece, a un nivel superior o más profundo, como una necesidad de relacionarse, de tener amigos y amor. ¿Acaso no nos sentimos felices cuando le regalamos algo a otra persona? El objeto que se da y que se recibe importa poco. Pero el sentimiento que representa -el de querer dar y no sólo recibir-, tiene mucho valor. Es la necesidad que tenemos de una interacción cálida, armoniosa y afectiva. A un nivel espiritual más profundo, se convierte en amor puro, en una especie de radiación que parte de nuestra alma, que no pide nada y que da espontáneamente, sin que la mente tome ninguna decisión al respecto. Es maravilloso refugiarse en la Ley, especialmente en la Ley del Amor.

Pasando al tercer refugio de los buddhistas, -el refugio en el sangha o comunidad religiosa-, vemos también un significado más amplio. El shanga no tiene por qué referirse simplemente a una comunidad de monjes; hay otra comunidad de Seres Santos y Sagrados que están unidos en una hermandad de amor y sabiduría que no se rompe ni se resquebraja nunca. Esta fraternidad ha recibido distintos nombres en cada una de las tradiciones espirituales del mundo. En la literatura teosófica, sus miembros se llaman Adeptos, Mahatmas, Maestros de Sabiduría, Hermanos Mayores etc.

Ellos son realmente los hermanos mayores de nuestra humanidad. Cada uno de sus miembros ha experimentado las luchas de las personas normales del mundo, las luchas que, básicamente, son las que tiene que lidiar el hombre divino para superar la naturaleza animal de su interior. En Las Cartas de los Mahatmas, se dice que un Adepto se convierte en aquello que ya es; no aparece de forma arbitraria. Encarnación tras encarnación, se va venciendo la resistencia de todos los cuerpos, del físico, el emocional y el mental, hasta que triunfa el verdadero individuo interno, llamado a veces "el Yo de la Sabiduría" y consigue un completo dominio de todos los vehículos que utiliza. Por esto la palabra "Maestro" designa a quienes han alcanzado un estado de perfección, sin contradicciones, sin ilusiones ni límites que le nublen la conciencia.

Y no se trata de fantasías. Resulta lógico que a medida que el proceso evolutivo se va desarrollando a lo largo de los milenios, algunos seres estén más adelantados que otros, igual que en un río que fluye una parte del agua está más cerca del mar que el resto, aunque toda acabará desembocando en el océano. Los seres más adelantados conocen las dificultades del sendero espiritual y tienen también valiosos consejos que darnos sobre la manera de avanzar. Si nos sintonizamos con ellos obtendremos grandes beneficios, porque la comprensión no tiene por qué alcanzarse sólo con palabras, sino también mediante el desarrollo de las facultades internas que nos armonizan con toda la vida.



Refugiarse en la gran fraternidad de los sabios no significa que nos hagamos dependientes de ellos o que esperemos recibir favores. Siendo ya conscientes de la universalidad del orden cósmico, nos damos cuenta de que el progreso interno sólo tiene lugar cuando se crean las condiciones necesarias para producir algún resultado. Por esto no pedimos favores ni buscamos recompensas de los miembros de esa santa fraternidad de los seres humanos realizados. Sin embargo, si miramos más adelante y reconocemos el maravilloso destino que le espera a todo aquel ser humano que ha conquistado la naturaleza egoísta interna y se ha elevado hasta un estado de amor y sabiduría perfectos, también elevaremos nuestra propia conciencia.

Los tres refugios representan, pues, unas pautas para todas las personas, independientemente de su afiliación a una tradición o filosofía religiosa en particular.

(The Theosophist, abril 2003.)