SOPHIA MAYO 2003  Nº 173

DESDE LA ATALAYA
Surendra Narayan

 

“Reconocemos una sola ley en el Universo”

 

En las Cartas de los Mahatmas a A.P. Sinnett, hay una frase impresionante: “Reconocemos una sola ley en el Universo, la ley de la armonía, o del Equilibrio perfecto”. En otra carta el Maestro vuelve a referirse a “la ley de la justicia y del equilibrio perfectos, que prevalece en la Naturaleza”.

Nos damos cuenta de que la vida en la Naturaleza fluye y se manifiesta en formas innumerables, en forma mineral, vegetal, animal y humana, y que este fluir es un ritmo, una armonía, un canto celestial denominado “la música ordenada de las órbitas en marcha”. Como dijo Hermes: “El cosmos tiene un nombre apropiado, porque todas las cosas que hay en él se han forjado en un conjunto ordenado por la inmutable necesidad que lo gobierna”. En todas partes de la Naturaleza existe el orden, la armonía y el ritmo. El sol sale cada mañana, la luna sigue sus fases desde la luna creciente del primer día hasta la gloriosa luna llena, las estaciones se suceden una detrás de otra; el león, el ciervo, el reptil y el gorrión siguen su propio ritmo vital.

Otro aspecto de este orden o armonía es el de que todo en la Naturaleza está relacionado entre sí, es inter‑dependiente y recíprocamente útil. Como expresó Michael Sendivogius, un alquimista del siglo diecisiete:

El fuego impide que la tierra acabe sumergida o disuelta; el aire evita que se extinga el fuego; el agua impide la combustión de la tierra. Esto es lo que los sabios llaman equilibrio de los elementos y es un ejemplo de la colaboración que se prestan entre sí.

La vida en la Naturaleza funciona con una estrecha conexión, como la semilla, el árbol, la flor, el fruto y otra vez la semilla. La tierra nutre a las plantas, las plantas alimentan a los pájaros, a los animales y a los humanos y después, a su vez, los pájaros, los animales y los seres humanos vuelven a la tierra para enriquecerla. Así, la rueda sigue girando. Todo el esquema de la Naturaleza está basado en relaciones mutuas, en las que se comparte y se colabora de forma armoniosa. Lo que a veces puede parecer desorden se convierte en algo necesario para mantener un equilibrio entre distintas partes. Einstein observó una vez que su sentido religioso se expresaba en forma de una admiración extática ante la armonía de la ley natural que revelaba una inteligencia tan superior que, comparada con ella, el pensamiento sistemático y los actos humanos no eran más que insignificantes reflejos.

Todo este orden y armonía de la Naturaleza es realmente un reflejo de la unicidad de toda la vida. Durante miles de años, los grandes pensadores, los sabios y los santos iluminados han cantado sobre esta unicidad en términos gloriosos. El Rg. Veda dice:

Agni (el fuego), encendido en muchos sitios, es uno sólo; uno sólo es el Sol que todo lo abarca; una la Aurora, que extiende su luz sobre la tierra. Todo cuanto existe es uno, y de allí nace todo el mundo.

¿Por qué, entonces, cuando llegamos a las relaciones humanas, vemos tanta falta de armonía? La causa es nuestra mente, el principio pensante que se nos dio como un don para crecer y desarrollarnos, pero que, desgraciadamente, se ha convertido en nuestro amo y señor, en nuestro “yo”, en nuestra “yoidad”. Como se dice en en Las Cartas de los Mahatmas, “el verdadero Mal procede de la inteligencia humana y su origen parte enteramente del hombre razonador que se disocia de la Naturaleza” y entonces vive una vida limitada de separatividad, con la ilusión del “yo” y de “lo mío”, creándose un espejismo de felicidad para sí mismo, sin darse cuenta de que el orden y la felicidad duradera no pueden basarse en las arenas movedizas del propio interés, que avanza por una vía contraria a la ley del equilibrio.

Hemos de señalar que la ley de la armonía o equilibrio de la Naturaleza no actúa de forma vengativa, de modo que si lo infringimos, Dios se irritará y nos castigará. Funciona de una manera impersonal, como cuando la pelota rebota o cuando, por su naturaleza, el fuego arde y la gravedad atrae; pero su propósito es el de contribuir a la evolución humana o movimiento hacia la bondad de la vida. La ley del karma puede considerarse como coadyuvante a la poderosa ley del equilibrio. Es un gran maestro, algunos aprenden muy deprisa y otros tardan mucho más. El poeta místico Francis Thompson subraya el propósito del funcionamiento de la Ley en uno de sus inspiradores poemas:

¡Qué pena! Tú no sabes

lo poco digno de amor que eres!

A quien encontrarás que amar, innoble de

sálvame, sálvame.

Todo cuanto tomé de no lo tomé para dañarte

sino sólo para que pudieras buscar en mis brazos

¡Levántate, dame la mano y ven!

 

Y quisiéramos referirnos aquí también a otro pasaje de La Luz de Asia:

Esta es la Ley que impulsa a la justicia,

que nadie puede evitar ni olvidar

Su corazón es el Amor, el objetivo

es la paz y la dulce consumación. ¡Obedece!

 

El equilibrio se alcanza cuando empezamos a ser conscientes de nuestro “yo original”, de nuestra verdadera naturaleza, y cuando nos elevamos por encima de la ilusión de la conciencia del yo. Un ejemplo que encontramos en las escrituras es el de las nubes y el cielo; las nubes no son el cielo, no le afectan ni le perturban. O, como explica Sankaracharya, la eliminación del cuerpo, los órganos, pranas, y la mente, es como la de una hoja, de la flor o del fruto de un árbol. No afecta al atman, que es nuestra verdadera naturaleza.

Respecto a la necesidad de elevarse por encima de la ilusión de la yoidad o identidad del yo, Ramana Maharshi sugiere que no se trata de convertirnos en algo sino de Ser. Un “yo” espúreo surge entre la conciencia pura y el cuerpo y se imagina limitado al cuerpo. Buscad este “yo” espúreo y se desvanecerá como un fantasma.

Buscar el “yo” espúreo no significa luchar o suprimir, porque cuanto más luchamos, más intentamos suprimirlo, más lo estamos reforzando; porque con nuestros pensamientos lo alimentamos y lo que conseguimos muchas veces suprimiéndolo es propiciar una aparatosa reaparición. Hace falta estar atentos, alertas, y ser conscientes, observar el movimiento de la mente, comprender la verdadera naturaleza de las cosas que nos rodean y después elevarnos por encima de ellas. Cuando un niño crece y se hace adulto, se va desapegando de los juguetes sin luchar, sin esforzarse. Las fantasías y los miedos del sueño desaparecen automáticamente cuando nos despertamos.

A los Pies del Maestro nos habla del plan divino de la evolución y añade que en cuanto alguien lo ha percibido, no puede dejar de colaborar con él y de identificarse con él, porque es algo glorioso y hermoso. Es un plan, creemos entender, cuyo objetivo es la regeneración espiritual de la humanidad, y nos empuja hacia un estado de perfecto equilibrio o armonía, basado en la realización de nuestra naturaleza verdaderamente divina de unicidad o plenitud. La paz, el amor y la capacidad de hacer el bien se hallan integrados en esta conciencia pura de forma natural, convirtiéndose así en una fuerza benefactora de la Naturaleza. Vamos a terminar con un pasaje del Reino de la Felicidad, de J. Krishnamurti:

Todos los que están en el mundo tienen que reconocer que no hay más que una Ley, un Objetivo, una Verdad, un reino de la Felicidad; y que podéis entrar en él sólo viviendo de acuerdo con esa Ley, que es el reconocimiento de la unicidad de la vida, de la Esencia una de todas las cosas... Una vez hayáis reconocido esta Ley, que es Universal, entonces viviréis con verdadera cordialidad y afecto para todos.

 

(The Theosophist, marzo 2003.)