SOPHIA ABRIL 2003  172

DESDE LA ATALAYA

Radha Burnier

 

Ser eternamente joven

Hay un verso sánscrito, que ha inspirado a muchas generaciones de la India por su simplicidad y su profundidad y que, traducido al inglés dice: “¡Mirad! Sentados debajo del árbol baniano se hallan los ancianos discípulos y un joven maestro. El maestro explica en silencio y a los discípulos se les disipan todas las dudas”.

Este verso habla de Dakshinamurti, un aspecto del gran dios Shiva. Se le describe como la quintaesencia de los maestros, eternamente joven. Resulta intrigante el hecho de yuxtaponer la juventud y la edad –la juventud relacionada con la sabiduría y la edad con las dudas. La magnificencia del árbol baniano, el símbolo de la Naturaleza de la longevidad e incluso de la perpetuidad, constituye el telón de fondo.

Según las tradiciones antiguas, todos los seres inmortales son siempre jóvenes. No podemos imaginar a un inmortal envejeciendo perennemente, “sin dientes, sin ojos, sin sabor, y sin nada”, para usar las palabras de Shakespeare. Esta persona no podría ser nunca una figura divina inspiradora. Los devas o seres inmortales no envejecen, tal como sugiere el concepto de que los seres inmortales nunca tocan la tierra. Si lo hacen, quedan manchados y son castigados. Los devas no sólo son eternamente jóvenes, sino que irradiían luz, están alerta y son felices.

Según la literatura teosófica, los adeptos, o seres liberados que han trascendido las cadenas del karma, pueden vivir muchos años en el cuerpo físico (si desean tenerlo) sin envejecer aparentemente. Hablando con Charles Johnston, que le había preguntado la edad de su Maestro, Madame Blavatsky respondió:

No se lo puedo decir exactamente, porque no lo sé. Pero sí que le diré algo. Le conocí por primera vez cuando yo tenía veinte años, en 1851. El se encontraba entonces en la flor de la edad. Y ahora yo soy una anciana, pero él sigue igual. (Biografía de HPB, de Cranston)

El karma nos afecta a todos a nivel físico, emocional y mental. El cuerpo que tenemos y el estado en que lo mantenemos con nuestras acciones, emociones y pensamientos, forma todo parte del juego de las fuerzas kármicas. Si nacemos con ciertos rasgos genéticos y con unas características raciales, eso es resultado del karma.

Pero según la cualidad de nuestra vida en el presente podemos darle gracia al cuerpo o podemos dejarle envejecer de una forma poco atractiva. El cuerpo cambia según sean nuestras condiciones mentales. La ansiedad produce arrugas de preocupación en el rostro; la ambición lo endurece. Los deseos y el egoísmo causan estress y eso afecta no sólo a la salud sino también al aspecto del cuerpo. Por esto hay personas que embellecen con la edad y otras son poco atractivas incluso con menos años.

La actitud mental varía mucho de persona a persona según si se vive apegado o no. Los adeptos, libres del apego a las irrealidades del mundo, no tienen problemas que estropeen el estado del cuerpo. No crean ningún karma en el presente y la mayoría de ellos han agotado el karma creado en el pasado. Por esto su cuerpo no se deteriora, al menos no lo hace con la misma velocidad que el de la gente corriente.

Es maravilloso ser joven, como todos sabemos. La gente que se desespera por ser joven, experimentan, en cierto modo, la belleza de la juventud y también sufren del miedo a la muerte. Los jóvenes están vivos, sienten entusiasmo, y responden con gozo y espontaneidad ante la Naturaleza, ante los demás seres humanos y ante lo bueno y lo bello. Son espontáneos, porque están menos condicionados que los adultos. La inocencia les hace saltar de alegría sin un motivo concreto, son felices como no puede serlo ningún adulto. En contacto con la juventud, los adultos experimentan, por contagio, parte de ese gozo, de esa espontaneidad y de esa inocencia. Ansían encontrar la manera de seguir siendo jóvenes.

En distintas épocas, la gente ha tratado de descubrir el Elixir de la Vida. Los Vedas hindúes cantaban sobre el jugo soma del cual disfrutan los dioses. Se ha practicado la alquimia, se han utilizado hechizos, se han fabricado pociones y se han adoptado austeridades severas para conservar el cuerpo y preservarle de la vejez. Pero ninguno de estos métodos ha surtido éxito, porque nadie ha conseguido transmitir al mundo el secreto de la juventud.

¿Podemos conquistar el tiempo con todas estas actividades? Para averiguarlo, hemos de investigar cuál es la esencia de la juventud, cuál es su origen. ¿Es inherente al cuerpo? ¿Puede adherirse al cuerpo la juventud y la longevidad si se le cambia la composición o se le injerta material tomado de otro, como el hígado de un cerdo o el cerebro de un mono?

Cuando el cuerpo envejece, también envejece la mente, que se enquista con los recuerdos, los prejuicios, los deseos y los apegos. ¿O acaso ocurre al revés? En el verso antes citado, el joven maestro posee la luz de la sabiduría y es capaz de comunicarse sin palabras. El contexto plantea la pregunta repetida por Sri Ramana Maharishi: “¿Quién soy yo?” ¿Quién es ese “yo” que desea ser joven? Esta es una pregunta crucial; sin una verdadera respuesta es imposible descubrir el secreto de la eterna juventud. Los dinosaurios con su pequeño cerebro vivían mucho, pero seguro que los humanos desean ser jóvenes como los devas ¡y no aguantar años y años como los dinosaurios!

El Bhagavadgitâ compara el cuerpo con una vestidura; igual que descartamos la ropa usada y la sustituimos por otra nueva, también hemos de descartar al cuerpo cuando éste envejece y entrar en otro nuevo. Ya sabemos que la ropa nueva es mejor que la usada, pero incluso los que están muy enfermos, paralizados, o no se pueden levantar de la cama, se aferran a su cuerpo exhausto. El Buddha enseñó que todo lo que se agrega tiene que disgregarse, mientras que el Bhagavadgitâ señala que lo que nace tiene que morir y todo lo que está sujeto a la muerte está sujeto al renacimiento. Sólo el Morador del cuerpo es inmortal e invulnerable. Si no nos damos cuenta de que el Yo no es el cuerpo, sino ese elemento misterioso que utiliza al cuerpo, y lo abandona en el momento necesario, no descubriremos el secreto de la juventud y del ser inmortal.

La mayoría de nosotros somos conscientes de algo profundo en nuestro interior, que no es el cuerpo que vemos, aparte del “ser” o el Yo. También observamos las emociones, los recuerdos, los pensamientos y otras actividades internas. El sentido del “ser” no es ninguna de esas cosas. Si el cuerpo queda mutilado, el sentido del ser no se ve afectado por ello; nadie siente que su propia naturaleza haya sido mutilada. Los recuerdos, las imágenes y las fluctuaciones de la mente, todo esto es lo que Krishnaji llamaba el contenido de la conciencia. Aparecen y desaparecen continuamente. La experiencia de ser permanece, sin verse afectada ni identificarse con cada pensamiento o sensación que aparece para desaparecer después. Si tuviéramos que identificarnos con estas fluctuaciones estaríamos cambiando constantemente nuestro carácter. Debajo de todos los cambios hay un sentido del ser, que podemos experimentar en nuestros momentos de silencio.

Aunque la gente visualice al Señor Buddha con una imagen mental, él mismo dijo que aquél que ve el dhamma es quien verdaderamente le ve a él. El buddha es esencialmente la conciencia iluminada y no una figura. Ser uno con el dhamma o verdad es un estado de sabiduría. Quien capta la verdadera enseñanza y alcanza la sabiduría conoce al Buddha.

En una línea similar, HPB declaraba que la gente que quiere ver al Maestro, lo que a menudo quieren ver simplemente es un cuerpo y un rostro: eso es una máscara, no es el Maestro. El Maestro es una conciencia que lo invade todo, una conciencia elevada, llena de amor, de sabiduría y de paz. No cambia nunca ni pierde la pureza de su propia naturaleza. En el Yoga-vasishtha un ser inmortal explica la ausencia de la muerte diciendo: “Mi mente no mora ni en el pasado ni el futuro, siempre está en el presente”. El pasado y el futuro son fenómenos mentales causados por movimientos de la mente. Retrocediendo para volver a capturar experiencias, crea el “pasado”; y movida por el deseo o la esperanza en otra dirección, construye el “futuro”. Cuando la mente no divaga, sino que permanece estable en el presente, se libera del tiempo. Solamente en el presente existe el amor, la relación verdadera y universal.

Continuando con esta enseñanza, el ser inmortal dice que los pensamientos como por ejemplo “Hoy he conseguido esto y mañana conseguiré algo mejor” nunca surgen en su mente. Su mente nunca experimenta algo como: “Este es mi amigo, mi compañero; el otro es un ajeno, un extraño”. Libre de las cadenas del deseo, -que proyecta el futuro y que vuelve la mirada al pasado para adquirir cosas deseables-, se halla el sabio de mente tranquila, que describe el Bhagavadgitâ. Es sereno, apacible y alegre y desde luego inmortal, una vez liberado de las garras del tiempo.

La Dra. Besant, en una conferencia publicada en The Spiritual Life, dice:

No somos esclavos del tiempo, excepto cuando nos inclinamos ante su imperiosa tiranía, y le dejamos que nos cubra los ojos con sus venas de muerte y nacimiento. Siempre somos nosotros mismos y podemos caminar firmemente hacia adelante a través de las luces y de las sombras cambiantes que proyecta su linterna mágica sobre la vida que él no puede hacer envejecer. ¿Por qué a los dioses se les representaría eternamente jóvenes, si no fuera para recordarnos que la verdadera vida está fuera del alcance del tiempo? Conseguiremos una parte de la fuerza y de la paz de la eternidad cuando intentemos vivir en ella, escapando de las redes del gran Encantador.

El tirano Tiempo vive dentro de nosotros, alimentado por nuestras actividades mentales y por el deseo de cosas transitorias. Según nuestra condición mental, el tiempo vuela o pasa lentamente. Las pasiones y las emociones perturban la mente de los mortales, mientras que los dioses, no contaminados por el pensamiento y el deseo mundano, experimentan la inmortalidad y la belleza.

Para ser jóvenes y bellos, obligatoriamente tenemos que liberarnos de las pulsiones, como la urgencia de llegar a algún sitio, de ser los primeros, de conseguir algo, de todo lo que nos hace esclavos del tiempo. El tiempo despoja al cerebro y a la mente de sensibilidad y flexibilidad, y los deja presa de las ansiedades propias del egocentrismo que envejecen al cuerpo.

Hay que vivir de forma absolutamente distinta para poder preservar la juventud. El Dhammapada dice: “La muerte se lleva a la persona que recoge flores mundanas, de la misma manera que una fuerte inundación arrastra un pueblo durmiente”. Las flores mundanas, por más ‘glamurosas’ que puedan ser, son falsas fuentes de felicidad. La Voz del Silencio dice: “Debajo de cada flor hay una serpiente enroscada”. En la Biblia también encontramos frases parecidas: “Levántate de entre los muertos”, que no es un mandato para sacar un cadáver de su tumba, sino para emerger de esa condición tan parecida a la muerte que tiene la mentalidad mundana.

El apego es la esencia misma de la mente mundana; la ausencia de apego es la libertad. Para ser joven, la mente tiene que estar libre y no encadenada. Volviendo a citar al Dhammapada: “La falta de atención es el camino hacia la muerte. Los que están alerta no mueren, y los que no lo están es como si ya hubieran muerto”. La vigilancia en la vida diaria, que nos ayuda a deshacernos de todas las pasiones, pensamientos y actitudes egoístas, es un sendero que nos llevará a un estado divino, repleto de amor y de sabiduría. El egoísmo es la ignorancia, la falta de sabiduría. ¿Vamos a rejuvenecer viviendo correctamente, o vamos a esperar que los técnicos y los magos prolonguen la miseria del egocentrismo?

(The Theosophist, febrero 2003.)