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Taller de teatro y convivencias
extraescolares: dos experiencias de ocio y tiempo libre para los
niños y jóvenes con síndrome de Down
Emilio Ruiz, Paz Elorza,
Mercedes del Cerro, Begoña González, Ada Afane, Mónica Bastida,
Ruth Garay, Covadonga González, Ana Haro, Cecilio Pérez
Resumen
El artículo recoge dos experiencias prácticas
de educación para el ocio y tiempo libre llevadas a cabo en la Fundación
Síndrome de Down de Cantabria a lo largo de una década: el taller
de teatro y las convivencias de verano. Se exponen los objetivos
planteados para estas actividades y algunos de los aspectos característicos
de ambas: su carácter motivador, su perspectiva social, su enfoque
educativo y especialmente su vinculación directa con la realidad.
Ofrecen tantas posibilidades, que pueden ser presentadas como ejemplo
ideal de actividades formativas para el tiempo libre de niños y
jóvenes con síndrome de Down.
Introducción
La
adecuada utilización del tiempo de ocio es fundamental para todas
las personas en la sociedad en que vivimos. La evolución del mundo
del trabajo apunta, desde hace años y con más intensidad en un futuro
cercano, hacia una mejora progresiva de las condiciones laborales,
entre las que se encuentra la reducción de la jornada. Cada vez
se dispone de más tiempo libre y se ha de educar a los ciudadanos
del futuro para saber utilizarlo de la forma más provechosa posible,
porque se trata de una parte esencial de nuestras vidas. Insistir
en la importancia de la educación para el ocio en las personas con
síndrome de Down parece innecesario, una vez admitido el principio
de la igualdad de derechos de estas personas respecto a los demás.
Por ello, en la bibliografía especializada, la formación para el
tiempo libre es un tema habitual (Rynders 1991, Izuzquiza 2000,
Palafox, 1998, Perán 1995, Ruiz 2002).
La capacidad de interacción social en todo tipo de ambientes
resulta crucial para la correcta integración de las personas con
síndrome de Down. En general, las principales dificultades que han
de resolver no están directamente relacionadas con la competencia
intelectual, sino con la habilidad social, es decir, con la capacidad
para el entendimiento mutuo en las relaciones sociales, el saber
qué hacer ante los demás y la comprensión y actuación en situaciones
interpersonales diversas, como las de juego o de diversión. El tiempo
de ocio es una posibilidad excepcional para la convivencia, para
la interacción social, para la formación en relación con los demás.
Las notas más características que hacen “visibles” a las
personas con discapacidad intelectual se refieren a los aspectos
de su interacción personal. Una persona con dificultades escolares
no se hace socialmente “visible” en su entorno habitual, a menos
que junto a éstas, aparezcan fallos notorios en la interacción social.
Bien es verdad que el síndrome de Down tiene una cualidad especial
respecto a la “visibilidad”
de su deficiencia, debido a los rasgos fenotípicos característicos.
No obstante, la existencia de adecuadas habilidades sociales y la
normalización en su vida social, ayudan sustancialmente a que sus
carencias sean menos manifiestas.
Siguiendo este hilo argumental, en la Fundación Síndrome
de Down de Cantabria consideramos que la formación en y para el
tiempo de ocio es un elemento primordial e ineludible en la educación
de los niños y jóvenes con síndrome de Down. Además de la educación
física y el deporte, dos de las actividades que nos sirven para
incidir en este campo formativo son las convivencias y el taller
de teatro.
Las
convivencias de verano se realizan en la Fundación desde al año
1989 y el teatro desde 1990, al menos oficialmente, pues con anterioridad
ya se realizaban excursiones conjuntas promovidas por padres entusiastas.
El taller de teatro
Cuando
se inició el taller de teatro hace ya 12 años como programa educativo
(del Cerro, 1992), se pensó en ofrecerles una actividad que estaba
muy extendida ya en otros ambientes (colegios, asociaciones culturales),
pero que en la mayor parte de los casos no se hallaba al alcance
de los niños con síndrome de Down. Y, además, con intención de hacerlo
lo más auténtico posible, con la posibilidad de que la obra que
ensayasen fuese puesta en escena ante un público real. Merecían
tener la oportunidad de sentir el gusanillo que recorre el estómago
de quienes han de subir a un escenario y enfrentarse a un público
expectante. Lo fundamental es, en este caso como en todas las demás
actividades que realizamos con ellos, hacerles protagonistas de
su propia vida; aquí con más razón debido al doble sentido de ese
“protagonismo”: la representación final era y es de ellos y para
ellos.
La
culminación de esos ensayos, la obra final, debería ser presentada
a la crítica del público en la fiesta de fin de curso. En las primeras
obras, se reducía a los familiares más cercanos. En la actualidad,
tras 12 años ininterrumpidos de estrenos, cada uno con mayor éxito
que el anterior, se ha ampliado a gentes de todas las edades y con
las más variadas relaciones con los chicos y las chicas: desde los
hermanos y abuelos hasta los compañeros de trabajo de los adultos;
desde los amigos y vecinos hasta familiares lejanos que utilizan
esta ocasión para volver a ver a sus “pequeños”. En la última representación
del pasado junio, las personas asistentes fueron casi 400. Y es
que la fiesta de fin de curso ha ido creciendo al ritmo de crecimiento
de la Fundación y, al igual que ella, ha incrementado su complejidad.
Características
El
taller de teatro es un programa que requiere una intensa planificación
previa y un esfuerzo destacado de organización. Se ha de elegir
una obra adecuada en la que todos tengan cabida, se han de proyectar
y confeccionar disfraces y decorados, se han de repartir papeles,
se ha de ensayar. Durante dos meses la actividad es febril. Sin
embargo, la experiencia de todos estos años nos ha permitido comprobar
que el taller de teatro cuenta con la mayor parte de los requisitos
previos de cualquier programa educativo potencialmente enriquecedor:
1.
Es enormemente motivador. La obra de
fin de curso ha permitido que chicos con
grandes limitaciones de memoria
aprendan de manera imborrable extensos párrafos. Que los de carácter
tímido e introvertido muestren su cara más abierta ante el público.
Que alguno con dificultades de dicción articule más claramente una
frase compleja. Que los más nerviosos aprendan a dominarse en situaciones
de tensión. Que todos los esfuerzos y nervios merezcan la pena tras
el inevitable rotundo éxito de la representación final. Y todo ello
se debe a que hacen algo que les gusta, y esa motivación interior
ayuda a superar obstáculos que en otras circunstancias les limitarían.
Además, la motivación se extiende a las familias. Durante dos meses
todos viven los nervios y los esfuerzos de los ensayos y, terminada
la obra, todos disfrutan compartiendo las alegrías finales. A modo
de ejemplo: el mayor disgusto que se produjo entre las familias
fue el año en que se decidió apartar a los jóvenes adultos de las
obras para dar paso a las nuevas promesas del teatro; los padres
no estaban dispuestos a dejar de disfrutar de su premio de fin de
curso.
2.
Es un proyecto nuevo cada año, aunque
con un formato coincidente, que ellos
conocen y reconocen de inmediato.
Se consigue así darles la tranquilidad del que sabe cómo se va a
hacer (reparto de papeles, ensayos, representación final, siempre
con el mismo esquema de funcionamiento), pero con el atractivo añadido
de la sorpresa siempre gratificante que supone la obra nueva de
cada curso (nuevos decorados, nuevos guiones, nuevos personajes).
La obra de teatro se convierte en un centro de interés que engancha
a todos desde que se propone.
3.
Permite adaptar a cada participante y cada circunstancia, de acuerdo con sus
potencialidades e intereses,
el papel y los objetivos. Cada persona puede encontrar siempre un
personaje al que dar vida (con el deleite que supone vivir vidas
ajenas). Y cada personaje encuentra un niño o joven que se puede
adaptar a sus peculiaridades. Se cuenta con todos y se da un papel
a cada uno. El que habla poco tiene un papel con la misma presencia
en el escenario pero con menos palabras que el que articula mejor.
Además, si hace falta, se adapta la obra a las necesidades
de los actores; este año Blancanieves se hizo acompañar no de 7
sino de 12 enanitos, pues eran 12 los niños que participaban del
grupo de los más pequeños. Y para el que no quiere hacer teatro,
siempre hay una actuación que ofrecer al público, una pieza musical
interpretada al piano, un baile regional o el recitado de una poesía.
4.
Conviven niños y adolescentes de diferentes edades, haciendo cosas distintas pero
todos con plena conciencia
de tener un objetivo común. Los pequeños se fijan en los mayores
y aprenden de ellos. En algunos casos son sus héroes. Los mayores
ayudan a los pequeños y aprenden el valor de la colaboración. El
planteamiento es global pues todos buscan el mismo fin, e individualizado
pues cada uno recibe una atención de acuerdo con sus necesidades.
Esfuerzo común y recompensa individual, aunque compartida. Muchos
se aprenden el papel de otros y hay quien, tras muchos ensayos,
se sabe la obra completa y podría representar cualquier papel.
5.
La familia está profundamente implicada. Los padres participan de forma activa.
Memorizan los guiones con
sus hijos, ensayan en casa, comparten alegrías y desilusiones, ayudan,
apoyan, animan. En muchos casos participan de todo el entramado
organizativo de la obra: construyen decorados, confeccionan trajes
y disfraces, se encargan de las luces y el sonido, cargan y descargan
materiales. Si la colaboración familiar es requisito imprescindible
para la adecuada educación de los niños con síndrome de Down, aquí
se proporciona con enorme generosidad.
Contando
con todas estas condiciones iniciales, el éxito está más que asegurado.
Una actividad motivadora, sorprendente, adaptada, cooperativa y
en la que se compromete plenamente la familia, responde a las necesidades
de los niños y adolescentes con síndrome de Down y por tanto ha
de ser enriquecedora. Y con más motivo si se culmina con una obra
final, en la que los aplausos del público premian de forma directa
y real el trabajo realizado. Todos y cada uno de los participantes
reciben su recompensa y a todos ellos se les valora, más que los
resultados obtenidos, mejorables sin duda, el esfuerzo realizado
y la evolución personal.
Evolución
con los años
La
obra de fin de curso es, de alguna manera, la culminación del trabajo
educativo de cada año y una muestra del desarrollo de un curso con
otro. Hemos podido observar a lo largo de los años la evolución
del taller de teatro, tanto en los chicos como en los organizadores.
En
los chicos y chicas, porque hemos comprobado sus mejoras individuales,
uno a uno y los avances por grupos de edad. Cada uno evoluciona
desde el principio de los ensayos hasta la representación de la
obra y de un año al siguiente, mostrando la madurez que va adquiriendo.
Al principio los papeles son cortos y sencillos y poco a poco van
aumentando en complejidad. Se aprecian mejorías en el lenguaje,
el vocabulario, la memoria, la expresión, la relación social, e
incluso en su autoestima, cuando alguno comprueba que puede hacer
algo que nunca pensó que sería capaz de realizar. Una vez más, al
percibir la confianza que los demás depositan en ellos aumenta la
suya propia. Aspectos específicos del teatro producen mejorías generalizables
a otros entornos: mejoran la dicción y el tono de voz, aprenden
cuándo deben entrar, se acostumbran a escuchar y a guardar el turno
de palabra, se motivan para leer, desarrollan su capacidad de cooperación
y respeto a los demás, aumentan la capacidad de su memoria y el
control de sus gestos y de su expresividad. Incluso se les educa
en sus gustos. Los primeros jóvenes elegían para cantar en play-back
a artistas de la época de sus padres (Julio Iglesias o incluso Rafael
Farina). Se les mostró que debían escoger cantantes propios de su
tiempo y de su edad; ahora tenemos como invitados a las fiestas
a Coyote Dax, King África y los protagonistas de operación triunfo,
con David Bustamante a la cabeza, que son auténticos ídolos de las
jovencitas con síndrome de Down. Por otro lado, el taller de teatro
permite descubrir el talento artístico que atesoran algunos, con
una capacidad innata para la interpretación que sin esta posibilidad
nunca habría podido manifestarse.
En
lo que se refiere a los
grupos, claramente se aprecia que, por ejemplo, los pequeños de
ahora superan a los de la misma edad de hace 10 ó 12 años: vocalizan
mejor, leen mejor, actúan de forma más natural, tienen más y mejores
habilidades sociales. Los que empezaron desde pequeños lo toman
con más naturalidad y actúan más espontáneamente. Si al principio
todas las niñas querían ser la princesa protagonista de la historia,
ahora saben que los papeles se reparten y que a cada uno le corresponde
el más cercano a sus características y capacidades. En las primeras
obras no “interpretaban”, se limitaban a memorizar frases que repetían
de forma monótona; hoy en día muchos son capaces de asumir formas
de ser propias de su personaje (de hecho, el papel de bruja es de
los más solicitados), de variar el tono de voz y los gestos e incluso
algunos improvisan o introducen frases de su propia cosecha El componente
emocional en estos casos es esencial; los que comprenden el sentido
del texto desde el principio lo hacen mejor. También han aprendido
que mientras unos ensayan otros han de esperar y son capaces de
ver 30 veces la misma representación en los ensayos y aplaudir en
cada una de ellas con la misma emoción de la primera. Se asientan
valores que solo es posible conseguir trabajando en grupo: la solidaridad,
la colaboración, el apoyo mutuo, la cooperación, la empatía. Siempre
hay alguien dispuesto a ayudar al que está desanimado; si uno no
se sabe el papel, otro le “sopla”; al que no se atreve lo alientan
los más decididos. Incluso para el que se bloquea y no es capaz
de seguir, hay aplausos de reconocimiento por su esfuerzo.
Respecto
a los aspectos organizativos, la mejoría en las obras (argumento
y complejidad) y en su realización (ensayos, coordinación) son un
reflejo de la experiencia acumulada con el paso de los años. Disponemos
además de una herramienta excepcional para valorar los logros alcanzados.
Las grabaciones en vídeo recogidas desde la primera representación
son una prueba objetiva y contrastable de estos avances.
Dificultades
No
podemos negar las dificultades que se presentan. En el teatro, no
siempre es fácil encontrar un hilo conductor que una todas las obras
y dé sentido a la “gala” final. La participación de las familias
es desigual (como en todo) y se nota las que están más comprometidas.
En el caso de los niños y jóvenes, no todos son conscientes de sus
propias posibilidades y cuesta hacerles ver sus errores. Aunque
el movimiento escénico y la expresión corporal mejoran con cada
ensayo, les cuesta entonar o elevar el volumen de su voz para que
les oigan. El día de la función final es un día de grandes nervios
y de algunas desilusiones, generalmente por poner demasiadas expectativas
algunos padres en sus hijos, colocando la exigencia por encima del
disfrute del día. Sin embargo, los que vencen la prueba del escenario
(casi todos) salen con esa sensación de enorme satisfacción del
que se enfrenta a un reto y lo supera y reciben una inyección de
autoestima que difícilmente se consigue por otros medios. Los aplausos
y el reconocimiento público de su esfuerzo es un premio que rara
vez reciben, aunque tantas veces merezcan.
Convivencias
Las
convivencias de verano que se realizan en la FSDC son una culminación
de las actividades formativas llevadas a cabo durante todo el año.
Por ello son complemento de otras actividades de mayor frecuencia,
como el club de ocio, de periodicidad quincenal. El sábado se reúnen
niños y niñas, muchachos y muchachas, agrupados por niveles de edad,
y comparten su tiempo con actividades variadas: juegos, canciones,
fiestas, meriendas y para los mayores salidas al cine, a cenar,
a bailar, a ver al Racing o a un concierto al Palacio de Festivales.
El club va cimentando algunos de los objetivos que se han de consolidar
finalmente en las convivencias: el conocimiento mutuo, la amistad
entre los chicos, las afinidades de gustos y aficiones, el intercambio
de experiencias, la participación en juegos, las habilidades sociales,
el fomento de la iniciativa, el respeto de reglas o de turnos de
palabra.
Las
convivencias, a su vez, cierran y completan de algún modo lo realizado
en el día a día de trabajo y son, del mismo modo que la representación
teatral de fin de curso, un último premio y una señal del inicio
de las vacaciones. Por supuesto, no es necesario que se realicen
siempre así ni en esa época. Una excursión a principio de curso
o un viaje que sirva de conclusión a determinada actividad pueden
también producir los mismos efectos y favorecer la consecución de
los mismos objetivos.
Características
Las convivencias y excursiones tienen unas características
muy semejantes a las ya mencionadas en el taller de teatro: son
emocionantes, adaptadas, motivadoras y reales. Pretenden alcanzar
unos objetivos que en esencia son los mismos:
1.
Desarrollar su independencia y autonomía en las actividades cotidianas.
La
educación reglada propia de instituciones oficiales no siempre puede atender
los requisitos de formación para la vida diaria de los chicos con
síndrome de Down. Los padres y familiares desconocen en ocasiones
las estrategias para enseñar estas habilidades de manera adecuada
a sus hijos. La convivencia real con ellos, desde que se levantan
hasta que se acuestan y duermen, permite detectar sus necesidades,
corregir sus carencias y reforzar sus adquisiciones en aspectos
como la comida, el aseo o el vestido. Se comprueba, por ejemplo,
cómo en muchos casos el grado de dominio de algunas habilidades
es menor que el indicado por los padres, que en general suelen ver
con ojos en exceso optimistas lo que son capaces de hacer sus hijos.
Se puede, por tanto, con la información obtenida, orientar a las
familias sobre habilidades que han de mejorarse. Por otro lado,
la comparación con niños de edades y niveles semejantes permite
dar objetividad a las observaciones.
2.
Crear un ambiente lúdico y divertido. Desde un primer momento se insistió en
la necesidad de dar prioridad
a la diversión, a la alegría, al enfoque lúdico. Conseguir que los
niños y jóvenes se divirtieran, lo pasasen bien era el objetivo
fundamental. Sin dejar de lado la formación, la alegría debía reinar
en estas convivencias y ser el eje de todo lo que allí aconteciera.
Si en las clases han de aprender en un ambiente ameno y afectuoso,
con más razón (o con la misma razón), las convivencias deberían
ser un lugar de encuentro con la diversión. La seriedad en el planteamiento
y en el fondo, no puede estar reñida con la simpatía en el trato
y en las formas, coincidiendo con los demás campos de su formación.
3.
Enriquecer su mundo social, favoreciendo la formación de lazos de
amistad.
Un planteamiento formativo
en el que la atención individual es pilar básico, no puede confundirnos
respecto a la finalidad última de las convivencias, el convivir,
el vivir con los demás. La socialización se logra compartiendo experiencias,
hablando, discutiendo, riendo, enfadándose, conociendo los límites
que los otros ponen a nuestros deseos, viéndonos en el espejo de
sus actos y sus palabras. Además de conseguir que cada niño se conozca
mejor, porque la mejor forma de conocerse es enfrentarse a los retos
de la relación interpersonal, se logra que se conozcan unos a otros.
Y a través de ese conocimiento surgirán los amigos, entre los más
afines, entre los que comparten aficiones, entre los que viven tiempos
y espacios juntos.
Hay
personas que defienden que la verdadera integración social sólo
es posible si viven constantemente en entornos normalizados y que
la relación social en tiempo de ocio con otros chicos y chicas con
síndrome de Down en el fondo limita su adecuada socialización. Sin
embargo, los demás, o sea nosotros, buscamos para compartir nuestro
tiempo libre a personas con gustos semejantes, con temas de conversación
comunes, con capacidades cercanas, con aficiones coincidentes. La
verdadera amistad suele surgir entre personas afines y las relaciones
forzadas (por la familia, por el colegio, por los vecinos)
siempre serán artificiales. Lo más lógico es que el amigo
o amiga íntima de un chico o una chica con síndrome de Down sea
otro chico o chica con características semejantes. A él o ella le
contarán sus dudas y sus ilusiones, sus deseos y sus recuerdos,
sus alegrías y desengaños, de forma más natural y espontánea que
a otras personas más alejadas en intereses y capacidades. Y en especial
si se han compartido esas vivencias en excursiones o talleres.
Por
lo que respecta a la integración, las convivencias inciden en sus
dos componentes fundamentales y complementarios. Por un lado, se
prepara a los niños y niñas con síndrome de Down para participar
activamente en sociedad, con acciones reales en entornos reales.
Por otro, se acostumbra a los demás a que las personas con síndrome
de Down compartan la vida con ellos. Se educa a la sociedad en la
adecuada atención a las personas con deficiencia. El camarero del
restaurante aprende a esperar mientras un niño con síndrome de Down
lee en el menú lo que desea tomar. El dependiente del comercio aprende
a responder a la niña con síndrome de Down que le pregunta y no
a su acompañante. El portero del teatro aprende a tratarlos con
normalidad no colándolos en la fila (la igualdad es también igualdad
de deberes, sin privilegios innecesarios). Los jóvenes excursionistas
aprenden a convivir con personas con distintas discapacidades y
a valorar la normalidad de la diferencia. Incluso hay quien se extraña
del “comportamiento ejemplar” del grupo de chicos con síndrome de
Down con el que compartieron albergue. La única forma de educar
a la sociedad es compartiendo la vida con esa sociedad el mayor
tiempo posible.
Por
otro lado, las convivencias y excursiones permiten adentrarse en
aspectos de los chicos y jóvenes que de otro modo serían difíciles
de contrastar y producen efectos indirectos que en un principio
no se habían previsto:
·
Algunos manifiestan en
estas circunstancias, características de su personalidad que
antes siempre permanecían
ocultas o al menos inaccesibles en situación de clase. Sirven para
conocer mejor a nuestros alumnos, ya que todo un día de convivencia
es demasiado para mantener una máscara de seriedad o una formalidad
fingida.
·
Se comprueba también
que la velocidad del mundo es diferente a la de las personas
con síndrome de Down. Ellos
han de aprender a adaptarse a ese ritmo, pero quizás los demás deberíamos
reflexionar sobre la utilidad real de esa vida vertiginosa en que
nos movemos. Bien es verdad que el metro de Madrid cierra sus puertas
a la velocidad que lo hace y el que no puede seguirlo se queda fuera.
Sin embargo, todos podemos hacer un esfuerzo de paciencia para escuchar
al chico con síndrome de Down que nos pregunta por una dirección
en plena calle.
·
Desde el principio suelen
buscar la referencia del adulto, profesor o monitor, pero
van experimentando paulatinamente
su propia independencia, que con los jóvenes es casi plena. Con
el tiempo van ganando en iniciativa y en autonomía, comprobando
en ocasiones por primera vez que son capaces de hacer algo que con
anterioridad nadie les permitió probar.
·
Buscan emociones y sorpresas.
Les atrae por ejemplo la noche, quizás porque tienen
pocas oportunidades de pasear
con linternas a la luz de la luna por el camino de un bosque. Una
excursión es siempre una aventura llena de potenciales misterios
y emocionantes experiencias.
·
Las familias “descansan”
durante unos días. En ocasiones es la única oportunidad que
tienen de pasar algunos días
tranquilos sin su hijo con síndrome de Down, lo que les sirve para
desconectar y después continuar su labor educativa con energías
renovadas. No obstante, para los padres a veces es la primera vez
que duermen sin sus hijos y les suele costar incluso más que a los
niños. Naturalmente, también los niños necesitan desconectar de
los padres y aprender a convivir con otras personas en otros ambientes.
En
definitiva, si una de las aportaciones fundamentales del taller
de teatro es la posibilidad de que cada niño o joven aprenda a interpretar
otros papeles, a ponerse en el lugar de otras personas, las convivencias
permiten comprender a los chicos y chicas con síndrome de Down tal
y como son. La nota fundamental que caracteriza a esta actividad
es la naturalidad. Convivir con ellos desde la mañana hasta la noche
permite conocerles mejor y ayudarles en su aprendizaje de la forma
más simple y más práctica, cuando realizan sus actividades cotidianas.
La
generalización de los aprendizajes es uno de los escollos principales
en la enseñanza de personas con deficiencia. La relación directa,
real, franca, que se produce en las convivencias, viajes y excursiones,
contribuye a ese proceso de llevar a todos los entornos posibles
las adquisiciones que se van produciendo. Se convierten por tanto
en actividades de obligada utilización en la educación de personas
con síndrome de Down desde la más temprana edad.
Evolución
con los años
Las
convivencias también representan un proceso, desde las lágrimas
del primer año, que para los más pequeños es quizás la primera ocasión
en que pasan dos noches fuera de casa, hasta las iniciativas de
los mayores que son capaces de organizar sus juegos y actividades
sin necesidad de ningún tipo de ayuda. Se nota año tras año su evolución.
Poco a poco van ganando en autonomía, los juegos pasan de ser dirigidos
a independientes, se van perdiendo los miedos y mejorando la confianza.
En las marchas, los más pequeños se paran a menudo, cogen piedras,
pisan charcos; los mayores por el contrario, mantienen el ritmo
y siguen la fila. Coinciden, no obstante, en que a todos les gusta
cantar. En cuanto a la duración, hasta los 8 ó 10 años, convivencias
de 2 días a pocos kilómetros de casa. Los preadolescentes y adolescentes
pasan casi una semana en algún albergue. Los mayores ya viajan incluso
fuera de la provincia a pasar más de una semana. Cada vez más tiempo,
cada vez más lejos. Los pasos de la casa de campo familiar, al albergue juvenil
y al viaje de fin de curso fuera de la provincia, son símbolos de
las diferentes metas que van alcanzando en su autonomía.
Dificultades
Las
convivencias suponen para algunos niños una prueba difícil, desde
el momento en que se les exigen grados de autonomía diferentes a
los de su casa. Éste nunca ha subido a un tren,
aquél es la primera vez que duerme fuera de casa; uno comprueba
que las llamadas de atención no sirven cuando no están sus padres,
otro ve que nadie le prepara el cepillo de dientes. Cada demanda
es un reto, pero también una oportunidad para crecer. Y ellos lo
saben, y se enfrentan a ese desafío con entusiasmo, porque son conscientes
de que si se les pone el listón a esa altura es porque la persona
que está con él sabe que puede saltar ese listón.
Conclusión
En
definitiva, consideramos que estas dos actividades son dos formas
de crecer, dos formas de desarrollar sus capacidades que, además
de instruirles individualmente, les preparan para su adecuada socialización.
Y con una característica esencial que les convierte en idóneos para
este colectivo de personas, su autenticidad. Una obra de teatro
que se ha de representar ante un público y una excursión en la que
se convive con semejantes, tienen los ingredientes fundamentales
para una correcta formación en el ocio para personas con síndrome
de Down.
BIBLIOGRAFÍA
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de programas individuales. Rev
Síndrome de Down 2000; 17 (4): 113-120.
Palafox C.
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Perán S, Gil JL. Contribución de la práctica del atletismo
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SM (eds). Síndrome de Down:
hacia un futuro mejor. Guía para Padres, 2ª edición. Fundación
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S. Entrenamiento intenso del atletismo en personas con síndrome
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