Orientación
cristiana en la educación sexual (1ª parte)
María Victoria Troncoso
Este
artículo y el siguiente tratan de completar lo expuesto en estas
páginas por Terry Couwenhoven, que nos ha ofrecido unas magníficas
orientaciones en la educación de las personas con síndrome de
Down, llenas de experiencia, sentido común y respeto hacia ellas.
Carecen, sin embargo, de orientación cristiana. No tienen en cuenta
la maravilla que supone comprender y elevar a la dimensión cristiana
una realidad biológica y humana que es apasionante para todas
las personas, incluidas quienes tienen síndrome de Down.
En
la actualidad se da mucha importancia a la sexualidad humana.
Poco a poco, se anima a los padres a comprender que sus hijos
con discapacidad son seres humanos sexuados y que es preciso atender
de un modo exquisito, eficaz y constante a este aspecto del “ser”
y de la vida de sus hijos. Y así deben hacerlo. Sin embargo, es
cierto que, con mucha frecuencia, los padres se muestran inseguros
y no suelen dedicar el tiempo adecuado, ni se preparan convenientemente
para ayudar a sus hijos en este tema.
En
primer lugar tienen que tener la convicción plena de que ellos
son quienes tienen el derecho y el deber de educar a sus hijos,
y de un modo muy especial en todo cuanto afecta a los valores.
La delegación de su tarea educativa a otros es para completar
aquello a lo que los padres no llegan, y nunca puede hacerse en
contra de sus creencias y de su moral (Constitución Española,
art. 27, 3).
Pero
sucede que lo que debería ser un complemento y ayuda de la misión
de los padres, en muchos casos se invierte y son los profesionales
y muchos que se autodefinen expertos en sexualidad, quienes deciden
qué y cómo enseñar. Quieren que sean las familias quienes colaboren
y trabajen en la línea que ellos marcan.
Con
este fin se imparten conferencias, se desarrollan seminarios y
sesiones de trabajo, se publican libros y se preparan materiales
audiovisuales. Todo ello, en principio, es bueno o debería serlo,
pero con demasiada frecuencia –juzgo por mi propia experiencia–
es insuficiente, o inadecuado, o contraproducente para un porcentaje
alto de personas. Muchas familias nos piden ayuda y orientación
porque comprueban, una y otra vez, que se omiten por completo
algunas dimensiones de la sexualidad humana y se enseñan otras
que no respeta las creencias y los valores de muchas familias.
Para comprender
en plenitud la sexualidad humana es preciso tener en cuenta sus
tres dimensiones:
1.
La biológica o fisiológica.
2.
La psicológica, específicamente humana, en la que la
inteligencia y la voluntad, así como los sentimientos, los afectos,
las emociones y los vínculos juegan un papel fundamental.
3.
La cristiana, que para los creyentes que han bautizado
a sus hijos es un deber y un compromiso irrenunciables.
Los hijos tienen
derecho a una educación completa, integral, en la que la dimensión
cristiana eleva, ilumina y trasciende todos los aspectos de la
vida humana.
En la práctica
habitual de la llamada educación sexual se producen profundos
y graves reduccionismos. Como denunciaba recientemente una filósofa
francesa, los jóvenes de hoy lo saben todo sobre contraceptivos,
ignorando por completo la maravilla que es el amor humano, la
concepción, la gestación y el desarrollo de un nuevo ser humano.
Uno de los reduccionismos
es el que consiste en dar sólo información, la cual es por supuesto
necesaria e imprescindible, pero insuficiente si no se acompaña
de formación. Pero incluso la información es también reducida
a los aspectos puramente físicos, biológicos, que enseñan cómo
realizar determinados actos sexuales para obtener el máximo de
placer con el mínimo de “riesgos”, llámense embarazos “no deseados”,
infecciones o compromisos afectivos. En ocasiones, por ejemplo,
cuando se enseña o propone la práctica de la masturbación, se
prescinde del respeto a uno mismo como persona, como sujeto, contemplándole
sólo como objeto para obtener placer. También con otras propuestas
se falta al respeto al otro o a un tercero, a quienes se puede
perjudicar seriamente sin dar ninguna importancia a daños personales
que pueden ser profundos.
Otro reduccionismo
es el de ocuparse de la educación sexual en una etapa concreta
de la vida: en torno a la pubertad. Sin valorar que desde que
el niño nace ya es un ser sexuado y hay muchos aspectos educativos
que, como señala Terri Couwenhoven en uno de sus anteriores artículos
(Revista Síndrome de Down 18: 42-52, 2001), deben tenerse en cuenta
desde las primeras etapas. También conviene acompañar y ayudar
a los jóvenes cuando inician la relación afectiva de pareja, facilitándoles
información y formación adecuadas.
Muchos ponen el
énfasis sólo en las conductas, en lo externo, sin tener en cuenta
los conocimientos y los criterios en virtud de los cuales se adquiere
una formación auténtica que nos ayuda a hacer o a omitir algo,
en función de la valoración que hagamos de este acto como bueno
o perjudicial para mí y para el otro. ¿Es que negamos, a priori,
a las personas con síndrome de Down esta capacidad? ¿En qué nos
basamos? ¿Qué medios hemos puesto?
Con este reduccionismo
evidente se considera a las personas con retraso mental incapaces
de desarrollar su inteligencia y voluntad, como si sólo fueran
instinto y como si los instintos no pudieran ser dirigidos y gobernados
por la voluntad y por la inteligencia, iluminada con determinados
valores humanos y cristianos.
He vivido personalmente
algunas de estas situaciones, y bastantes familias me han contado
sus experiencias: hay profesionales que hablan y tratan a nuestros
hijos como si fueran “animales no racionales”.
Nunca he tenido
la oportunidad de escuchar una conferencia, o de manejar un material
bibliográfico en el que se expusiera de un modo práctico, asequible,
útil, eficaz, real, cómo aplicar las enseñanzas cristianas en
la formación de los niños y jóvenes con síndrome de Down. Van
creciendo sin conocer, vivir y desarrollarse en los valores cristianos.
Se les niega, intencionadamente o no, precisamente lo que realmente
puede ayudarles a comprender el sentido auténtico de sus vidas.
Con este breve
resumen de algunos de los reduccionismos, es fácil comprender
la gravedad de la situación y la necesidad de ponerse manos a
la obra, para no dejarse influir y arrastrar por enseñanzas materialistas
y hedonistas que atacan frontalmente la dignidad de nuestros propios
hijos con síndrome de Down.
Para quienes quieren
conocer y no escamotear la orientación cristiana a sus hijos,
así como el derecho a una formación integral, existen innumerables
documentos. Todos ellos están preparados con rigor, teniendo en
cuenta los datos de las diferentes ciencias humanas, con la colaboración
de expertos en diversas materias, y lógicamente iluminados a la
luz del Evangelio, con las enseñanzas de Cristo, interpretados
y expuestos por quienes tienen la misión y autoridad para hacerlo.
Del abundantísimo material disponible, en primer lugar
conviene leer y disfrutar todo cuanto sobre el amor y la sexualidad
humanas está recogido en el Catecismo de la Iglesia Católica.
Es el fundamento, la base, para entender y aplicar los criterios
educativos adecuados que serán comentados en el próximo artículo.
Orientación
cristiana en la educación sexual (2ª parte)
María Victoria Troncoso
Una vez más deseo recordar que los padres somos los principales
y primeros educadores de nuestros hijos. También insisto en la
idea fundamental de que la educación de un hijo con síndrome de
Down no difiere en lo esencial de la educación de otro hijo. Los padres cristianos
educarán a todos sus hijos en los valores cristianos. La fe no
anula, ni quita valor a lo humano, sino que lo eleva, lo trasciende,
lo hace llegar a su plenitud por encima de lo humano. Por ello,
mi objetivo va a ser el presentar un resumen de la doctrina y
moral cristianas sobre la educación sexual, que es común para
todos, para después dar unas orientaciones más específicas y concretas
que cada familia, cada educador deberá adaptar y aplicar de modo
personal e individual a su educando con síndrome de Down. Aconsejo
vivamente que las personas interesadas en este tema accedan directamente
a la bibliografía recomendada, para que puedan repasar, consolidar
o aclarar sus propios criterios y conocimientos.
Educación cristiana
Para los padres cristianos, es o debe ser una realidad que,
como causa y consecuencia de la fe que profesan, toda la educación
de sus hijos debe estar informada, impregnada de espíritu cristiano.
Esto quiere decir que la educación cristiana no se limita a llevar
a los niños a la catequesis, o a prepararles puntualmente para
recibir la Primera Comunión, ni a enseñarles a rezar de memoria
algunas oraciones y a recitarlas en algunos momentos concretos.
Todo eso está bien pero es mucho más y mucho mejor.
La educación cristiana se “vive” en el hogar de un modo
habitual porque el ambiente, las costumbres, los comentarios,
las reacciones, el modo de comportarse, y las relaciones con los
demás, son cristianos.
Esto supone que, aun no expresándolo explícitamente en cada
momento, se vive un sentido trascendente de la vida en todas las
situaciones cotidianas: desde el anuncio del nacimiento de un
hermanito, hasta el modo de cuidar a un anciano o un enfermo,
hasta la serenidad ante la muerte de un ser querido, pasando por
las pequeñas cosas de cada día en las que los pequeños servicios,
la alegría, la aceptación cariñosa de cada uno con su modo peculiar
de ser y de manifestarse, el perdón, están habitualmente presentes.
Pero tampoco todo esto, con ser mucho, es suficiente; porque
los hijos, desde el momento en que fueron bautizados, tienen el
derecho de recibir una formación cristiana explícita en la que
se les expliquen los contenidos de la fe, al mismo tiempo que
se les ayuda a vivir, a llevar a la práctica dicha fe de acuerdo
con las normas de la moral cristiana, y nosotros el deber de poner
los medios para conseguirlo. Los padres somos los primeros y principales
responsables de esta educación y debemos ser quienes la proporcionen
de un modo directo. Además, debemos velar para que en otros ámbitos
–principalmente en el centro educativo– impartan una formación
en plena coherencia y respeto con los principios cristianos. También
debemos estar atentos para salir al frente de cuantas influencias
contrarias a su fe puedan ir recibiendo a través de los medios
de información, lecturas, películas, amistades, etc.
Establecidos estos principios generales, y refiriéndonos
a la sexualidad, es evidente que en la actualidad existe una auténtica
avalancha de teorías, de conductas, de propuestas, de modelos
y de información que son contrarios a la fe cristiana. “Ante una
cultura que ‘banaliza’ en gran parte la sexualidad humana porque
la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola
únicamente con el cuerpo y el placer egoísta, el servicio educativo
de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea verdadera
y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza
de toda la persona –cuerpo, sentimiento y espíritu– y manifiesta
su significado íntimo al llevar a la persona hacia el don de sí
misma en el amor” (Familiaris Consortio, nº 37).
“La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres
debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa
como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos.
En este sentido, la Iglesia reafirma la ley de la subsidiariedad,
que la escuela tiene que observar cuando coopera en la educación
sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los padres.”...
“ Por los vínculos estrechos que hay ante la dimensión sexual
de la persona y sus valores éticos, esta educación debe llevar
a los hijos a conocer y estimar las normas morales como garantía
necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable
en la sexualidad humana. Por esto la Iglesia se opone firmemente
a un sistema de información sexual separado de los principios
morales y tan frecuentemente difundido, el cual no sería más que
una introducción a la experiencia del placer y un estímulo que
lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde
los años de la inocencia” (Familiaris Consortio, nº 37).
En un artículo reciente, escribe Javier Láinez: “En nombre
de una pretendida naturalidad se producen auténticas agresiones
al pudor, a la elegancia estética y al mismo núcleo sagrado de
la sexualidad humana.” ... “La hermosura de la vida conyugal,
el carácter sagrado de la sexualidad, el valor de la santa pureza,
de la castidad y del celibato por el Reino de los Cielos, el candor
de la virginidad, la inocencia del pudor y de la modestia y un
largo etcétera, son los frutos sabrosos de entender el amor humano
a lo divino. Frutos que traen consigo enormes energías humanas
de madurez, de vida feliz y de alegría”. (En “La normalidad de
no ser normal”. Mundo Cristiano, septiembre
2002, pág. 39).
Ésta es la tarea que propongo con estas reflexiones.
La educación en la sexualidad
Toda educación se inspira en una determinada concepción
del hombre. Para los cristianos, evidentemente, debe estar enraizada
en su fe. La visión cristiana del hombre reconoce al cuerpo una
particular función puesto que contribuye a revelar el sentido
de la vida y de la vocación humana.
“El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos
por Dios: por una parte, en una perfecta igualdad en tanto que
personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y
de mujer. ‘Ser hombre’ y ‘ser mujer’ es una realidad buena y querida
por Dios: el hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se
pierde, que viene inmediatamente de Dios su creador. El hombre
y la mujer son, con la misma dignidad, ‘imagen de Dios’. En su
‘ser hombre’ y su ‘ser mujer’ reflejan la sabiduría y la bondad
del Creador”. (Catecismo de la Iglesia Católica [C], nº 369).
“El hombre y la mujer son queridos por Dios el uno para
el otro. No es que Dios los haya hecho ‘a medias’ e incompletos,
los ha creado para una comunión de personas en las que cada una
puede ser ‘ayuda’ para el otro porque son a la vez iguales en
cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de
manera que formando ‘una sola carne’ puedan transmitir la vida
humana. “Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra”. Al transmitir
a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como
esposos y como padres, cooperan de una manera única en la obra
del Creador”. (C. nº 371).
“La mujer es otro ‘yo’ en la humanidad común. Desde el principio
aparecen como unidad de los dos. La descripción bíblica habla
de la institución del matrimonio por parte de Dios en el contexto
de la creación del hombre y de la mujer, como condición insispensable
para la transmisión de la vida a las nuevas generaciones de los
hombres, a la que el matrimonio y el amor conyugal están ordenados” (Mulieris Dignitatem, nº 6).
Este resumen
de la creación y destino del ser humano aclara los fundamentos
en los que se basa la realidad de la sexualidad humana tal y como
fue en el principio, y cómo es hoy querida por el Creador.
“Como consecuencia del pecado, la naturaleza humana quedó
debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento
y al dominio de la muerte a inclinada al pecado, aunque la victoria
sobre el pecado obtenida por Cristo nos ha dado bienes mejores
que los que nos quitó el pecado”. (C. nº 418).
La Iglesia,
fiel a la misión recibida de Cristo e intérprete de su mensaje,
elabora y publica suficientes documentos que han sido trabajados
con profundidad y conocimiento de las ciencias humanas y en los
que se dan las orientaciones necesarias para enfocar cristianamente
la educación sexual. Nuestra obligación es conocerlos y aplicarlos
en nuestras tareas educativas cotidianas.
Disponemos de mensajes muy explícitos, especialmente desde
el Concilio Vaticano II, que en la Constitución Gaudium et Spes concreta:
“Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, teniendo
en cuenta el progreso de la psicología, de la pedagogía y de la
didáctica, para desarrollar armoniosamente sus condiciones físicas,
morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un
sentido más perfecto de la responsabilidad en el recto y laborioso
desarrollo de la vida y en la consecución de la verdadera libertad,
superando los obstáculos con grandeza y constancia de alma. Hay
que iniciarles, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente
educación sexual”.
La Constitución Gaudium et Spes, a propósito de la dignidad del
matrimonio y de la familia, presenta a esta última como “el lugar
preferente para la formación de los jóvenes en la castidad como
virtud que desarrolla una auténtica madurez de la persona y la
hace capaz de respetar y promover el significado esponsal del
cuerpo. La castidad consiste en el dominio de sí, en la capacidad
de orientar el instinto sexual al servicio del amor y de integrarlo
en el desarrollo de la persona”.
Siendo todo ello un aspecto de la educación integral, exige
la cooperación de los educadores con los padres.
¿Qué debemos hacer?
Actuar más y mejor, iniciando tempranamente la educación
afectivo-sexual, manteniéndola durante mucho tiempo, realizándola
de modo positivo, gradual, progresivo, integral, integrado e integrador,
dando información y formación individual y personalmente de un
modo delicado, claro, completo y concreto, manteniendo en la familia
un ambiente respetuoso con relación a los hombres y a las mujeres,
valorando la particular contribución de todos para el bien de
la humanidad, vigilando que en los ambientes en los que participa
el niño o joven se mantenga el respeto a los valores cristianos,
y saliendo al frente de cuantos “modelos” o propuestas contrarios
llegan por medio de revistas, cine, televisión o la vida real.
Habremos de aprovechar cuantas oportunidades se presenten
para, de un modo natural y respetuoso con todas las personas,
dar los criterios humanos y cristianos por los que determinadas
conductas son rechazables.
Y finalmente, ayudar y animar a los niños y jóvenes a vivir
con plenitud los valores cristianos, ofreciéndoles nuestra confianza
y mostrándoles que son más maduros, responsables y libres cuando
son capaces de mantener el autodominio y de comportarse de acuerdo
con el bien, aunque a veces sea costoso y les apetezca o guste
hacer otra cosa.
¿Cómo?
La educación en el área afectivo-sexual exige mayor cuidado
y atención que la educación en otras áreas. Esto es así tanto
por el propio contenido, lleno de valores, como porque esa educación
está muy condicionada por el grado de desarrollo físico y psicológico
del hijo o del alumno, y en nuestro caso, por la formación cristiana
que recibe.
Siempre es preciso adaptarse a cada educando y tratarle
de un modo personal e individual. Las sesiones de grupo sólo son
adecuadas para algunos aspectos muy concretos, después de valorar
el nivel de cada participante y el bien que se espera obtener
de la sesión.
Como criterio básico y ante las consultas que recibo, es
mejor anticiparse, formar desde pequeños, prevenir e ir preparando
al niño y adolescente para las situaciones particularmente difíciles
que deberá afrontar conforme vayan creciendo. Estas situaciones
tienen que ver con sus propios cambios personales y con el ambiente
en el que se mueve. En el caso de los chicos con síndrome de Down,
con tantas experiencias de integración escolar, social y laboral,
lo normal es que se encuentren en situaciones muy variadas y que
algunas de ellas les resulten muy complejas. No es infrecuente
que inicialmente sean víctimas de abusos sexuales, para después
convertirse en verdugos, haciendo daño sin saberlo ni desearlo,
sólo por falta de criterios y de formación.
La solución no es la de proteger, aislar, vigilar, reñir,
ignorar o permitir conductas inadecuadas, dejar pasar el tiempo,
esperar a que la escuela actúe, o incluso esterilizar. La solución,
como muy bien indica y detalla Terri Couwenhoven en la serie de
artículos publicados en esta revista (marzo, junio y diciembre
de 2001; véase también en: www.infonegocio.com/downcan), está
en la educación que debe iniciarse desde edades tempranas dentro
de la familia y mantenerla sin prisa y sin pausa a lo largo de
la adolescencia y juventud, adaptando los contenidos y métodos
a la evolución del niño y adolescente.
Condiciones
Esta educación, para que alcance el éxito que deseamos,
debe combinar de un modo armónico y gradual la información de
los aspectos biológicos, físicos, humanos y cristianos de la sexualidad,
con la ayuda personal y el estímulo para que el educando adquiera
y mantenga los hábitos adecuados en su conducta. En esto reside
la gran diferencia entre la enseñanza de materias como el cálculo
o la geografía... y la auténtica educación sexual.
El lenguaje empleado con los hijos o alumnos debe ser delicado
pero correcto: llamando
a cada cosa por su nombre; concreto: sin ambigüedades,
ni términos vagos, ni generalizaciones; y claro: sin dar lugar a equívocos y malentendidos.
Conviene realizar sesiones cortas, con objetivos seleccionados
cuidadosamente en función de la preparación del educando y de
sus necesidades, comprobando al final de la sesión cómo y qué
ha captado, para aclarar o modificar cuanto sea necesario.
Existen algunos materiales didácticos que pueden ser una
ayuda muy valiosa, pero deben elegirse cuidadosamente de modo
especial aquellos que están destinados a uso inmediato del alumno.
Algunos textos escolares sobre la sexualidad resultan nocivos
para una formación cristiana porque su carácter es exclusivamente
naturalista y por tanto reduccionista. Equiparan la sexualidad
humana a la reproducción de los animales.
Peor aún pueden resultar los materiales audiovisuales cuando
presentan crudamente realidades sexuales para las cuales el alumno
no está preparado, y pueden proporcionarle impresiones negativas
o incitarle a conductas inadecuadas, en lugar de ayudarle en su
formación. Máxime si se tiene en cuenta que algunos de los alumnos
pueden tener disminuida la capacidad de autoinhibición. Los educadores
–padres y profesionales– tienen que pensar en los graves daños
que por irresponsabilidad pueden causar a unos alumnos en una
materia tan delicada y tan maravillosa. Es aconsejable que usen
material que haya sido preparado con la colaboración de especialistas
en teología moral y pastoral, catequistas, pedagogos y psicólogos
con formación cristiana. No se deben conformar con lo que ofertan
algunos de los llamados sexólogos que no comparten los valores
cristianos ni los respetan.
En muchas diócesis hay librerías especializadas en pastoral
que ofrecen abundante material sobre estas materias. También pueden
facilitar referencias adecuadas en centros educativos con ideario
católico.
La Constitución Española, en su artículo 27, establece que
“los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres
para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que
esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Tenemos, pues,
el derecho y el deber de que se cumpla. Los educadores que colaboran
con la familia deben compartir, o al menos respetar, los valores
cristianos
Objetivos
El objetivo es que nuestros hijos con síndrome de Down reciban
una formación completa, en la que se integran los conocimientos
humanos y cristianos sobre la sexualidad con las conductas socialmente
aceptadas y moralmente buenas. Todo ello enmarcado en un desarrollo
armónico de la personalidad y madurez del educando, contando con
sus dificultades y contando más aún con sus posibilidades.
Es indudable que es preciso combinar desde el principio
la información –biológica, humana y cristiana– con los criterios
sociales y morales para las conductas, así como con las ayudas
necesarias para llevar a cabo dichas conductas. Así es como la
educación adquiere de verdad la calidad de integral, integrada
e integradora.
También es indudable que tenemos que hacerlo por etapas,
iniciando la tarea en edades tempranas y continuando año tras
año, sin prisa y sin pausa, hasta que sea necesario. Lo más probable
es que con los hijos con síndrome de Down esta tarea no acabe
nunca porque afortunadamente no se ha demostrado que tengan un
“techo” en sus logros cuando son adultos, y muchos muestran verdadero
interés y posibilidades por aprender, al mismo tiempo que van
adquiriendo cotas más altas de madurez y responsabilidad.
Finalmente, aunque tenemos que ser ambiciosos y partir convencidos
de que poco a poco se avanzará mucho, adaptaremos los contenidos
y las exigencias de conducta a las posibilidades reales del educando
en cada momento de su vida.
A lo largo del proceso, de un modo gradual y progresivo,
muchos de los niños con síndrome de Down deben conocer los aspectos
fundamentales de carácter biológico de la sexualidad, como son
los referidos a la anatomía y diferencias entre hombres y mujeres,
el aparato reproductor, la concepción, el embarazo y el nacimiento.
La enseñanza de todo ello irá acompañada de los criterios y del
aprendizaje del cuidado del propio cuerpo junto con la adquisición
de los correspondientes hábitos de salud, higiene y buena presencia.
Al mismo tiempo se le inculcarán los criterios asociados
a la intimidad, al pudor y a la modestia con el propio cuerpo,
así como al respeto a la intimidad y al cuerpo de los demás. Se
le ayudará cuanto sea preciso para que tenga las ideas muy claras
sobre cómo debe cuidarse, limpiarse, arreglarse, presentarse,
saludar, y se le exigirá que lo haga correctamente cuantas veces
sea preciso. Por eso se tendrá mucho cuidado con las expresiones
afectivas y el excesivo acercamiento físico. La tarea puede ser
ardua, pero vale la pena. Lo primero es que seamos coherentes
–por ejemplo, siendo los primeros en ser respetuosos con la intimidad
de nuestros hijos– y además debemos ser constantes, perseverantes.
Conforme el niño llega a la adolescencia tiene que recibir
una información precisa y clara de los cambios corporales que
va a tener, del por qué y para qué de dichos cambios y cómo debe
asearse. Y lógicamente se le ayudará a conocer los aspectos emocionales
y afectivos que el cambio conlleva para así conocerse un poco
mejor y conocer a los demás. Esta tarea es difícil para todos
los adolescentes, pero reviste un carácter especial en los chicos
con síndrome de Down.
Por un lado, tienen dificultad para tener una percepción
realista y positiva, al mismo tiempo, de sí mismos; y por otro
lado, les cuesta mucho ponerse en el punto de vista del otro.
Por este motivo, y otros que ahora no voy a detallar, es buen
momento para buscar y proporcionar situaciones sociales en las
que pueda desarrollar el valor auténtico de la amistad con sus
iguales, por lo que puede ayudarle en su maduración afectiva.
La amistad se diferencia sustancialmente del compañerismo –que
es simplemente estar físicamente al lado, sin compromiso personal–
por la comunicación, por la recíproca generosidad, por tener en
cuenta al otro y sus sentimientos, y por la estabilidad. Si el
adolescente con síndrome de Down descubre y vive la amistad verdadera,
realmente es que ha adquirido niveles altos de madurez afectivo-sexual.
Tenemos que ayudarle.
Éste será el momento de insistir con tenacidad y claridad
sobre cuáles son los límites adecuados para las expresiones afectivas
con cualquier persona, y de modo especial con las del otro sexo.
¡Cuántos comentarios negativos, y bien tristes, nos llegan de
las conductas inadecuadas, inoportunas, de adolescentes y jóvenes
con síndrome de Down que no han sido debidamente informados y
educados!
Será preciso aclarar y explicar bien, una y otra vez, las
diferencias entre el amor de una pareja que piensa casarse y otro
tipo de relaciones entre compañeros y amigos, aunque “se gusten”.
No se le seguirá ni se harán bromas cuando afirme que tiene “novio”
o “novia”, o que se la ha quitado a otro o que la comparte. Se
le dará un criterio claro sobre el concepto de compañeros, amigos,
novios y cónyuges. En algunos casos será preciso ayudarles de
un podo especial para que distingan realidades de fantasías, y
no vayan afirmando (¿se lo creen o no?...) que un actor, o una
actriz, o cualquier otro personaje es su novio o novia.
Durante este proceso de formación en aspectos biológicos
y humanos, el niño y joven debe ir recibiendo la correspondiente
formación cristiana en función de su nivel de conocimientos, de
su capacidad, y de la madurez adquirida. Así, por ejemplo, los
niños pequeños conocerán lo esencial de la creación y el papel
especial que Dios ha asignado al ser humano, para después ir pasando
a las diferencias entre hombre y mujer, creadas y queridas por
Dios en función de la familia, la procreación y la educación de
los hijos.
El proceso educativo se completará con la enseñanza de los
criterios morales en relación con las dificultades reales que
tienen y en función de la información que reciben por otros medios
y por las conductas que ven en otras personas.
De nuevo quiero destacar que hay una gran diversidad personal
y evolutiva entre unos chicos con síndrome de Down y otros. Si
nuestro hijo tiene un nivel bajo –porque aún es joven o porque
tiene más dificultades– no podrá comprender y asimilar –al menos
de momento– mucha información teórica, ni los criterios que debe
seguir para su conducta, pero nuestra tarea educativa debe mantenerse
firme para que aprenda y aplique conductas adecuadas. Unas veces
serán de acción: higiene, posturas adecuadas, etc.; y otras de
omisión, autodominio, autocontrol, inhibición: no abrazar, no
tocar ni tocarse, etc. El modo de hacerlo será con respeto y firmeza
pero en ningún caso con castigos o brusquedades. No bajaremos
la guardia y además pondremos los medios necesarios para que su
nivel cognitivo siga creciendo y pueda adquirir más conocimientos.
Que no sea por nuestra omisión por lo que nuestro hijo quede estancado.
En la actualidad, por el tipo de sociedad en la que estamos,
por la evolución que van mostrando las nuevas generaciones de
personas con síndrome de Down y por su mayor participación en
cualquier ambiente, tenemos que estar preparados para transmitirles
los valores morales y cristianos ante todos los temas relacionados
con la sexualidad: masturbación, relaciones prematrimoniales,
contracepción y preservativos, esterilización, homosexualidad,
aborto, parejas de hecho, adulterio, concepción in vitro, clonación,
etc. Todo ello da vértigo y asusta porque está en peligro la misma
humanidad. El ser humano deja de ser persona, alguien, sujeto,
para quedar reducido a cosa, algo, objeto. ¡Y esto programado
y realizado engañosamente como un progreso humano y científico!
Tenemos una gran tarea en la defensa de la dignidad del ser humano
en general, y de modo particular en la de nuestros hijos con síndrome
de Down: no son animales, no son cosas.
Algunas conductas sexuales
Como marco general que marca el criterio moral dentro del
cual se incluyen los diferentes modos de buscar el placer sexual,
el Catecismo dice que “es moralmente desordenado usarlo por sí
mismo, separado de las finalidades de procreación y unión” (C.
nº 2351). “El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las
relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea
cual fuere el motivo que lo determina” (C. nº 2352). Aunque los
actos en sí mismos sean intrínseca y gravemente desordenados,
la responsabilidad moral de las personas variará en función de
“su inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el
estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que reducen,
e incluso anulan, la culpabilidad moral” (C. nº 2352).
En el caso de una persona con síndrome de Down puede aplicarse
con mayor razón la conveniencia de valorar el nivel de desarrollo
cognitivo y psicológico, la educación y apoyo que recibe, el aislamiento
y las experiencias. Todo ello exige de los padres cristianos,
por tanto, un mayor esfuerzo y dedicación para que sus hijos con
SD progresen paulatinamente en todos los niveles, incluido el
correspondiente a su madurez cristiana y a su comportamiento sexual de acuerdo con la
moral.
La masturbación
Desde el punto de vista humano el descubrimiento del propio
cuerpo y de las diferentes sensaciones placenteras que acompañan
a muchos de nuestros actos es algo normal y evolutivo en cualquier
niño. La masturbación consiste en darse a sí mismo, solitariamente,
el placer sexual por la excitación de las partes genitales, a
veces acompañada de evocaciones eróticas.
La masturbación frecuente o habitual puede ser síntoma de
diferentes problemas, los cuales provocan una tensión sexual que
la persona busca superar recurriendo a tal comportamiento. La
acción pedagógica debe ser orientada más hacia las causas que
hacia la represión. En ningún caso se enseñará o incitará a la
masturbación.
Desde el punto de vista psicológico, no hay demostración
ni evidencia alguna que demuestre que la masturbación es una necesidad
inevitable, y un bien para el desarrollo y madurez de las personas
con síndrome de Down.
Desde el
punto de vista cristiano, la masturbación contradice el sentido
de la sexualidad como alianza de amor. El ejercicio de la facultad
sexual queda privado de toda referencia afectiva con una pareja,
en la medida en que el sujeto se repliega sobre sí mismo en el
disfrute de su propio cuerpo. Para una persona con discapacidad
intelectual este repliegue puede convertirse en un problema grave,
añadido al que ya tiene con su falta de contacto, comunicación,
relación y apertura con los demás. Desde el punto de vista moral,
“tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición
constante, como el sentido moral de los fieles han afirmado sin
ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente
desordenado” (C. nº 2352).
La acción educativa de los padres debe estar dirigida a
que el niño o adolescente o joven esté informado sobre qué conductas
están bien o mal, y no sólo porque socialmente esa conducta no
esté bien realizarla en público, sino que tampoco debe darse en
privado. Pero, al mismo tiempo, nos ocuparemos de que la vida
de nuestro hijo esté llena de actividades que le interesen y motiven,
incluyendo el deporte. Le mostraremos estima personal, afecto
y confianza, y le facilitaremos las relaciones de amistad con
sus “iguales”. Le animaremos para que progrese en el dominio de
sí mismo y mantenga una conducta socialmente aceptable, respetuosa
consigo mismo y con los otros, y moralmente buena.
La homosexualidad
La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o
mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante,
hacia personas del mismo sexo. Su origen psíquico permanece en
gran medida inexplicado.
Es preciso distinguir entre el verdadero homosexual, que
experimenta su atracción durable y a menudo irreversible hacia
personas del mismo sexo, atracción acompañada de cierta indiferencia
erótica hacia las personas del sexo opuesto; y el falso homosexual
que adopta dicha conducta sólo transitoriamente, a veces durante
una fase de la adolescencia, y a veces por convivir durante mucho
tiempo en un ambiente cerrado con personas del mismo sexo.
El Catecismo afirma al referirse a este tema que todas las
personas deben ser “acogidas con respeto, compasión y delicadeza.
Se evitará todo signo de discriminación injusta” (C. 2358)., pero
eso no implica que la conducta homosexual sea buena, ni en lo
humano ni en lo cristiano. “Apoyándose en la Sagrada Escritura
que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado
siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’.
Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don
de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva
y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso” (C. nº
2357).
Algunos jóvenes con síndrome de Down, en función de su educación
y de sus experiencias, a veces terribles por los abusos que han
sufrido en silencio, pueden mostrar tendencia o conducta homosexual.
Conviene analizar el ambiente en el que se han formado y qué tipo
de relaciones mantienen a partir de la adolescencia. Como hemos
aconsejado más arriba, es muy bueno que puedan desarrollar la
amistad y tener la oportunidad de participar y pasarlo bien en
un grupo, en una pandilla, y evitando que hagan “fijaciones” afectivas
con una sola persona. A veces dichas fijaciones pueden ser transitorias
y se centran en un profesor o profesora, o en compañeros, pero
otras pueden ser más estables, especialmente si se “alimentan”
con bromas y con pasar por alto cuando emite mensajes o cartitas
o hace llamadas inoportunas.
Especialmente grave, y ha sucedido alguna vez, es que sea
precisamente nuestro hijo quien incite a otro en dichas conductas.
Conviene que desde pequeños aprendan y vivan el respeto y la complementariedad
que se da entre hombres y mujeres en todos los ámbitos de la vida:
la familia, la escuela, el trabajo, la parroquia, el club deportivo
y social, etc., y cómo esa complementariedad tiene un lugar único
en el matrimonio, institución que en ningún caso puede ser considerada
igual que una pareja de hecho, tanto sea heterosexual como homosexual.
La naturaleza, las condiciones y los fines no son equiparables.
Compañeros, amigos, novios
En la actualidad, casi todos los niños con síndrome de Down
tienen “compañeros” desde que son muy pequeños. Algunos chicos
tienen la oportunidad de compartir su clase con otros niños con
discapacidad, y otros que están en integración escolar tienen
sólo compañeros sin discapacidad.. Las dos situaciones son buenas
para ellos porque en ambas el niño puede progresar y madurar,
porque es “uno más” en un grupo, en el cual tiene que compartir,
esperar, respetar, colaborar, ser ayudado y ayudar. Así inicia
una vida de relación social que debe ir evolucionando.
El siguiente paso es “tener amigos”. La amistad, como hemos
dicho más arriba, es algo muy distinto. Exige dar y recibir, preocuparse
por el otro, alegrarse de sus éxitos, acompañarle en sus momentos
duros, animarle, ceder, etc.; lo que implica una serie de virtudes
humanas, signo de madurez. Los adolescentes con síndrome de Down
pueden llegar a la verdadera amistad si se les pone en situación
de convivir con otros adolescentes que tengan parecidas características,
intereses, preocupaciones, y si se les ayuda a vencer el egoísmo
y el egocentrismo –que, veces y sin querer, nuestra propia educación
ha fomentado–. No es fácil, pero es posible y deseable.
Cuando logran la amistad con otros jóvenes del mismo o diferente
sexo, deberán distinguirlo de la atracción sexual. Todos podemos
y debemos tener amigos sin que ello suponga noviazgo, y menos
aún contactos físicos, especialmente los íntimos. Tanto con mujeres
como con hombres, sólo se mantendrán los contactos habituales
y aceptados en los saludos de carácter social.
Es el momento de ir aprendiendo y practicando, con hechos,
que el auténtico amor entre personas se muestra en la capacidad
de ayudar con generosidad, en la dedicación al otro para su bien,
en saber respetar su personalidad y libertad. El amor no es egoísta,
no se busca a sí mismo en el prójimo, sabe comprender, ceder y
perdonar. Estas manifestaciones son comunes a cualquier clase
de amor: entre padres e hijos, entre hermanos, entre esposos,
entre amigos. Es preciso distinguirlo claramente del llamado impropiamente
amor cuando se está hablando solamente del instinto sexual (“hacer
el amor”...), de la atracción física reducida a la genitalidad,
de buscar el inmediato placer o satisfacción personal, sin prever
consecuencias futuras ni el daño que se puede hacer al otro, sin
compromiso ninguno.
El amor entre
novios supone un nivel diferente al de amigos porque, en principio,
hay una intención de contraer matrimonio para establecer con esa
persona una definitiva “comunidad de vida y de amor” “humano”
“total” “fiel y exclusivo”, cual es el amor de los esposos cristianos
para quienes Cristo elevó dicho matrimonio a la dignidad de sacramento
(CIC, can. 1055,1).
Las personas con síndrome de
Down ¿pueden vivir en pareja, tener relaciones íntimas, casarse,
tener hijos?
Desde el punto de vista fisiológico, las personas con síndrome
de Down pueden tener relaciones sexuales. Desde el punto de vista
psicológico y humano, basándome
en la experiencia y conocimiento directo de muchas personas
con síndrome de Down y en los datos sociológicos de que actualmente
disponemos, opino que actualmente la mayoría no son suficientemente
conscientes del compromiso y obligaciones que conlleva la constitución
y atención de una familia y de un hogar, y tendrán grandes dificultades
en el día a día.
Las dificultades pueden ser muy importantes en el plano
emocional y afectivo, en la comprensión y superación de los problemas
que la vida en común supone, en la anticipación y previsión de
un “después” a corto, medio y largo plazo que afecta a aspectos
muy variados y esenciales de la vida conyugal y que van más allá
de la inmediata satisfacción sexual, en la administración y gestión
del hogar, en la obtención de recursos económicos suficientes,
en los cuidados de la salud y en la crianza y educación de los
hijos si los hubiere.
Hasta hace muy poco, la mayoría de las personas con síndrome
de Down han sido declaradas judicialmente como personas con incapacidad
total para regir su persona y sus bienes. En la actualidad, van
dándose casos de incapacitación parcial que, generalmente, suele
referirse a los actos de administración económica de cierta envergadura.
No parece lógico pensar que el matrimonio, como contrato o sociedad
civil, sea una cuestión más sencilla. ¿Puede suplirse esa incapacitación
jurídica? ¿Bastaría con el apoyo y ayuda de otras personas? ¿Quiénes
podrían hacerlo, durante cuánto tiempo y con qué tipo de compromiso?
¿Qué garantías existen para contar con ese apoyo? ¿En qué aspectos
tendría que prestarse? ¿Quién tendría el deber y la posibilidad
de hacerlo?
Con esto no estoy negando la posibilidad de matrimonio.
Es probable que se den situaciones en las que puede preverse que
las cosas irán bien en una pareja determinada si tienen los apoyos
necesarios y pueden garantizarse a lo largo del tiempo, y es posible
que, en la evolución que apreciamos dentro de la población con
síndrome de Down, esto sea cada vez más frecuente. Pero no me
parece realista pensar que actualmente el matrimonio sea un objetivo
fácil, deseable, alcanzable y adecuado para todas las personas
con síndrome de Down.
Desde el punto de vista cristiano, que es la reflexión principal
de este artículo, la vida íntima de pareja no está permitida fuera
del matrimonio: “La unión carnal entre un hombre y una mujer fuera
del matrimonio es gravemente contraria a la dignidad de las personas
y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los
esposos, así como a la generación y educación de los hijos” (C.
nº 2353).
El Derecho Canónico, en el canon 1055, establece que para
los bautizados el único matrimonio válido es el cristiano: “El
matrimonio lo produce el consentimiento de las partes legítimamente
manifestado entre personas jurídicamente hábiles, consentimiento
que ningún poder humano puede suplir. El consentimiento matrimonial
es el acto de voluntad por el cual el varón y la mujer se entregan
y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el
matrimonio”. (CIC, 1057). En cuanto a la capacidad, el canon 1095
establece: “Son incapaces de contraer matrimonio: 1) Quienes carecen
de suficiente uso de razón. 2) Quienes tienen un grave defecto
de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales
del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar. 3) Quienes
no puedan asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por
causas de naturaleza psíquica”.
El hecho de que la persona tenga síndrome de Down ya nos
muestra de antemano que puede tener dificultades cognitivas y
de madurez personal en mayor o menor grado, por lo que es evidente
que ello exige un análisis riguroso y una evaluación de la persona
o personas que quieran contraer matrimonio, porque podría faltar
la capacidad necesaria y el matrimonio sería nulo desde el punto
de vista canónico.
Desde el
punto de vista fisiológico, la posibilidad de tener hijos está
absolutamente clara en el caso de las mujeres con síndrome de
Down, pero no es así en el de los varones. Los hijos pueden nacer
con síndrome de Down o sin él. Muchos aún recuerdan aquella ponente
médico que, en un Congreso celebrado en París, inició su exposición
diciendo: “Mi madre, que tiene síndrome de Down...”.
Hay quienes defienden a ultranza que las personas con síndrome
de Down tienen derecho a mantener relaciones sexuales, pero se
atribuyen la “autoridad” para negarles la posibilidad de tener
hijos. ¿Dónde está la coherencia de este planteamiento? También
hay quienes proponen la esterilización y dicen que es para evitar
las violaciones... cuando lo que realmente quieren evitar es el
embarazo. La Constitución Española establece en su artículo 15
que “todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y
moral”. Desde el punto de vista jurídico, es preciso demostrar
que la esterilización es un bien para la persona, y es el juez
quien tiene que dictar la sentencia pertinente.
Desde una visión cristiana de la sexualidad, es intrínsecamente
mala “toda acción que, o en prevención del acto conyugal, o en
su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales,
se proponga como fin o como medio hacer imposible la procreación”
(C. nº 2370). Por tanto no está permitida la esterilización.
Algunas mujeres con síndrome de Down manifiestan que quieren
tener un hijo. Si quedan embarazadas necesitarán apoyo y ayuda
durante la gestación y en la crianza y educación del hijo. Desde
el punto de vista cristiano, en ningún caso de embarazo, sea por
violación o voluntariamente buscado, está permitido el aborto
(C. nº 2271). Se ayudará y atenderá del mejor modo posible a la
madre y al niño, en lugar de añadir un acto contra la vida humana
en una situación de por sí difícil.
La castidad y el celibato
Estas orientaciones quedarían incompletas si no incluyera
que dentro de la educación cristiana en la sexualidad, debe ocupar
un lugar destacado la educación para la castidad, aunque no esté
de moda y aunque parezca retrógrado. De hecho, es lo contrario
porque quienes viven la castidad según su propio estado de vida,
muestran un alto grado de madurez humana y psicológica.
La educación afectivo-sexual que los padres debemos dar
a nuestros hijos es una educación para el amor, que orienta a
cada uno según su vocación específica. Para algunos de nuestros
hijos será el matrimonio y para otros –tengan o no el síndrome
de Down– será el celibato. A veces porque Dios les llama al sacerdocio
u otro tipo de vida de entrega total a Dios, en la que el celibato
está incluido para estar más plenamente disponible a tareas apostólicas
y sociales, otras porque están llamados a una vida personal y
profesional incompatible con el matrimonio, y otras porque diferentes
circunstancias no lo hacen posible.
Debemos transmitirles, especialmente a nuestros hijos con
síndrome de Down, que esas vidas sin pareja no son vidas humanas
frustradas, incompletas, menos plenas. Todos podemos ver cuántas
personas “plenamente realizadas” y felices, se entregan y entregan
lo mejor de sí mismas al servicio de los demás en múltiples y
variados quehaceres y labores profesionales, sociales, religiosos.
Nuestros hijos tienen que darse cuenta de esas realidades humanas
tan enriquecedoras, algunas de las cuales probablemente tienen
cerca, y que pueden convertirse en los modelos que les ofrecemos.
Si ellos mismos, dentro de sus posibilidades (¡y no por
debajo!) con nuestro ejemplo y estímulo, colaboran desde pequeños
en el servicio y ayuda a los demás, vivirán plenamente su vocación
al amor. Empezarán con los pequeños servicios de colaboración
en casa, para pasar a preocuparse y ocuparse de sus compañeros
y amigos y finalmente, si es posible, participarán como voluntarios
con alguna institución de carácter social.
Conclusión
“Cuando el Magisterio de la Iglesia ayuda al hombre a descubrir
el contenido de las exigencias morales en el campo de la sexualidad,
le está dando la posibilidad de que viva verdaderamente como hombre,
en toda su dignidad; y no como criatura en su dimensión puramente
animal, que se comportará a merced de sus instintos y tendencias,
que no son, por sí mismas, moralmente buenas. Sus intervenciones
no brotan como una reacción motivada por un solapado maniqueísmo,
obedecen a un afán de fidelidad a Dios y en base al mayor servicio
que puede hacerle al hombre, dando lugar, de esta forma, a la
antropología mejor, de más profundo alcance y riqueza, que, prescindiendo
de esta dimensión, es humanamente inalcanzable” (Cófreces, 1987).
Bibliografía
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de la Familia. Carta Apostólica de Juan Pablo II. Editorial San
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de Editores del Catecismo. Getafe, Madrid 1992.
Código de Derecho Canónico. Eunsa,
Pamplona 1983.
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la teología católica. En: La educación sexual. Libros MC. Ediciones
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Enciso. Madrid 1991.
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algunas cuestiones de Ética sexual. Congregación para la Doctrina
de la Fe (1975). En: “La Educación sexual”, Ediciones Palabra,
Madrid 1987.
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Católica, Madrid 1972.
Encíclica Evangelium Vitae, Juan Pablo
II. Ediciones Palabra, Madrid 1995.
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Apostólica de Juan Pablo II. Ediciones San Pablo, Madrid 1994.
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esperanza de la sociedad. Instrucción pastoral, LXXVI Asamblea
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1981.
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la Educación Católica. Edit. Instituto Católico de Vida Religiosa,
Madrid 1984.
Sobre la atención pastoral a las personas
homosexuales. Carta de la Congregación para la Doctrina de la
Fe. En “La educación sexual”, ediciones Palabra, Madrid 1987.