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Educación
de la sexualidad: cómo construir
los cimientos de actitudes sanas
Segunda parte: Los años de
crecimiento
Terri Couwenhoven,
MS.
Resumen
En
la primera parte expliqué la importancia de los padres como educadores
principales de la sexualidad. Cuando inician pronto la formación
en los conceptos de la sexualidad, proporcionan la base sobre la
que ha de cimentarse una sana sexualidad en la edad adulta. El artículo
ofrecía estrategias para que los padres, como educadores, introduzcan
criterios clave a lo largo del tiempo. Conforme nuestros hijos con
síndrome de Down crecen y se desarrollan, es importante seguir reforzándoles
sus primeros aprendizajes, al tiempo que añadimos nuevos conceptos
y nueva información. Como sucede con los demás niños, serán las
escuelas, las parroquias y otras instituciones las que empezarán
a desempeñar también un papel cada vez más importante a la hora
de hacer progresar su formación en materia sexual. En este segunda
parte se aborda el momento crítico de la pubertad y el despertar
sexual. Se exponen las líneas fundamentales que se han de seguir
en el conocimiento y cuidados del propio cuerpo, la formación de
habilidades sociales que han de facilitar el establecimiento de
relaciones, el sentido de seguridad y reafirmación en sí mismos
para que sus conductas sean claras y eviten situaciones difíciles.
Aspecto importante será el que ellos mismos comprendan y acepten
su propia identidad y sus limitaciones.
Cuando su hijo tiene unos 8 o 9 años
(un poco más en los varones) entra en una fase que llamo “los años
de crecimiento”. Esta fase de crecimiento rápido, a la que solemos
referirnos habitualmente como pubertad, marca el comienzo de la
adolescencia. Es el tiempo en el que sobrevienen grandes cambios
físicos y emocionales y presenta problemas para todos los hijos,
incluidos los que tienen síndrome de Down.
Para muchas familias esta etapa es
un recordatorio de que su hijo con discapacidad va a desarrollarse
y a madurar exactamente igual que cualquier otro. Es también una
oportunidad para evaluar y definir dónde se encuentra en relación
con el aprendizaje sexual. Si está usted justo empezando a comprender
sus obligaciones como principal educador de la sexualidad de su
hijo, y no ha empezado a trabajar de modo formal sobre los criterios
y los temas que analicé en la primera parte de este trabajo, no
sea duro consigo mismo. Por el contrario, utilice estos años de
crecimiento como el momento de introducirle en estos criterios y
de ayudarle a su hijo a que se sienta bien sobre quién es como persona
sexuada. Si ya lo ha hecho, tenga presente que probablemente habrá
de repetir y reforzar mucho esa información inicial, conforme su
hijo vaya tratando de aplicar sus habilidades en situaciones nuevas
y diferentes. Con independencia de cómo hay sido su formación en
los temas relacionados con la sexualidad, surgirán nuevos temas
en relación con la pubertad y las relaciones. El presente artículo
aborda estos temas y preocupaciones que avanzan unos pasos más a
partir de los conceptos de base en la formación sobre la sexualidad.
Comprender la pubertad
En relación con el desarrollo físico
sexual de los chicos, existen pocas diferencias entre los que tienen
y no tienen discapacidad intelectual. Con otras palabras, un adolescente
de once o doce años con síndrome de Down experimentará los mismos
signos de maduración, como son el desarrollo del pecho, el vello
púbico, el olor del cuerpo, aproximadamente a la misma edad que
los demás jóvenes. Por tanto, la enseñanza y el aprendizaje sobre
la pubertad habrá de empezar en una época similar: para las chicas
hacia los 10 años y para los muchachos entre 11 y 12.
Aunque
las situaciones en una clase de integración pueden ser momentos
apropiados para enseñar, animo a los padres a que pidan programas
adicionales adaptados a las cualidades cognitivas de sus hijos.
En la clase de integración, lo corriente es que se aborde mucha
información en cortos períodos de tiempo, merced a la utilización
de instrumentos docentes más sofisticados. Para los pre-adolescentes
que ya comprenden algunos de los conceptos básicos de la pubertad,
puede ser una buena oportunidad para reforzar lo ya aprendido. Para
los chicos con discapacidad intelectual, es frecuente que los temas
más importantes como son el aseo e higiene y las conductas apropiadas
sean ignorados por completo o sepultados bajo un montón de material
menos importante.
A mi hija se le inició el tema de la pubertad
en el 4º grado de la escuela elemental, dentro de una clase de orientación
dirigida por el consejero de la escuela. Puesto que mi hija y yo
habíamos tenido ya algunas conversaciones iniciales sobre lo que
significaba la pubertad y los cambios que le iban a ocurrir, pudo
sumarse al resto de compañeras de clase para ver un vídeo que yo
se lo había hecho ver previamente. Cuando le pregunté sobre el vídeo,
fue evidente que se había concentrado tanto en la socialización
de las protagonistas (“dos niñas que se reían un montón”) que había
perdido la información clave sobre la pubertad que se estaba presentando.
La educación sobre la pubertad en los adolescentes
con discapacidad ha de centrarse en los cambios que sufre el cuerpo,
la higiene y aseo, el despertar de los sentimientos sexuales, las
reglas de conducta en privado y en público, la pertenencia del cuerpo
y los límites o barreras entre uno y los demás. Por ejemplo, una
sesión informal y abierta con los varones sobre cómo comportarse
cuando aparecen erecciones espontáneas les ayuda a prepararse para
cuando lleguen esas situaciones. Del mismo modo, en programas sobre
pubertad femenina, gasto cierto tiempo hacia el final de la serie
de sesiones trabajando sobre los problemas corrientes como son qué
hacer cuando empieza la regla y no se dispone de compresas. Analizamos
conjuntamente como resolver todos estos problemas.
Higiene y aseo
La pubertad es el momento en que se necesita mayor enseñanza
sobre la higiene y aseo, si queremos ayudar a nuestros hijos a que
consigan aceptación social. La higiene guarda más relación con la
limpieza mientras que el aseo capta más los detalles que se relacionan
con la buena apariencia: el corte de pelo, las uñas bien cuidadas,
el cepillado y enjuague de dientes, el afeitado, etc. En la mayoría
de los chicos, tengan o no discapacidad,
resulta normal que aparezca un nuevo interés por el modo
de aparecer ante los demás. Animo a los padres a que se acostumbren
a utilizar esta etapa para ayudar a sus hijos a desarrollar buenos
hábitos.
La enseñanza de las habilidades para que los chicos con
síndrome de Down consigan una buena higiene significa ayudarles
a comprender los pasos que tienen que dar. Nuestro objetivo es que
aprendan a ser independientes en las prácticas rutinarias de higiene,
pero conseguirlo lleva tiempo. Como padres tendemos a olvidar lo
complicado que puede llegar a ser la higiene. Muchos padres se han
dado cuenta de que la enseñanza tiene más éxito cuando se parte
en pasos más pequeños. Por ejemplo, sólo el proceso de la ducha
implica aprender cómo ajustar la temperatura del agua, jabonar el
pelo, aclararlo con agua, lavar la parte superior del cuerpo, la
parte inferior, aclararlas con agua, etc. Si enseña un solo etapo
de cada vez será más fácil que su hijo lo consiga. Mi recurso favorito
para enseñar los pasos a seguir en la ducha es la serie First
Impressions de la compañía James Stanfield (v. página ¿). Uso
su vídeo de modo rutinario en mis programas sobre pubertad. El vídeo
contiene unas comparaciones exageradas entre lo que es una buena
y una mala higiene y las posibles respuestas por parte de otros, algo que nuestros hijos
no suelen ver. Aunque su costo puede ser prohibitivo para la mayoría
de las familias, las organizaciones locales de padres pueden adquirir
una copia para la biblioteca de préstamo, de modo que las familias
puedan utilizarla. También las instituciones escolares disponen
de presupuesto para incorporar programas complementarios en su curriculum.
Posibles problemas
en la higiene y aseo
En algunas familias puede ser un problema la falta de interés
por mantener la higiene y el aseo. Si su hijo se resiste a los hábitos
corrientes de higiene de forma regular, busque métodos e incentivos
que reduzcan su resistencia. Es usted quien mejor conoce a su hijo.
Descubrir lo que mejor puede funcionar para mantenerlos motivados
en su aseo exige tener un cierto pensamiento creativo. Por ejemplo,
si hay una fuerte resistencia para ducharse a última hora del día
(cuando el cansancio y el mal humor son máximos), puede ser menos
molesto ducharse por la mañana. Piense también en incorporar estrategias
de reforzamiento positivo como algo que puede añadir para completar
estos hábitos rutinarios de higiene. Pero es importante recordar
que, conforme su hijo gana independencia, se ha de reducir gradualmente
la utilización de reforzadores. El premio para la ducha, por ejemplo,
puede ser ver un vídeo o algo que guste a su hijo antes de irse
a la cama.
Observe qué barreras pueden impedir que su hijo progrese.
Nuestra hija lo pasaba mal en la fase de aclararse el champú, lo
que daba una impresión como de “escama” poco agradable de ver y
de pelo poco limpio. Descubrimos después que se pasaba bajo el chorro
de la ducha el menor tiempo posible. La explicación que nos dio
es que el agua le hacía daño (no le gustaba el chorro a alta presión).
Ajustar la cebolla de la ducha resolvió el problema. En otra ocasión
cambié la marca de champú (y me olvide de avisárselo) En las siguientes
sesiones de ducha se sintió confundida para saber qué frasco tenía
que emplear, y se equivocó utilizando una loción en lugar de jabón,
el jabón en lugar del champú, etc. No hace falta decir que salía
de la ducha peor que como había entrado. Por fin compramos un estuche
de ducha especial para su material de higiene y aseo, lo que impidió
toda confusión en el futuro.
Recuerden que prestar cuidados a nuestro cuerpo es una gran
tarea, y exigirá una suave persistencia durante bastante tiempo,
muy parecido a lo que nos ocurre con otras cosas que tratamos de
enseñar a nuestros hijos. Otros puntos a considerar son los siguientes:
·
Deje que su hijo participe activamente en
la elección de su productos de higiene. Hay muchos productos “neutros”
por ahí fuera. Si le deja elegir los que más le gusta, más fácil
será que los use.
·
Simplifique. Por ejemplo, el juego para
la ducha es una pastilla de jabón (para las personas con síndrome
de Down es mejor que sea con hidratante, tipo Dove) y un champú.
·
Enseñe la higiene y el aseo en pasos cortos.
Trabaje en uno cada vez hasta que el adolescente lo domine, y pase
después al siguiente.
·
Alabe y refuerce positivamente la buena
higiene y la independencia, haciendo que la higiene forme parte
normal de su maduración.
·
Preste atención a la manera de vestir, el
corte de pelo y las tendencias de la moda que observa en los compañeros
de su hijo si no es él quien ya lo nota. Si es él quien se da cuenta
de estas tendencias, ¡lléveselo de compras!
·
Introdúzcale en las rutinas del aseo que
son relajantes, agradables y ajustadas a las costumbres sociales,
como son la peluquería, la manicura y pedicura, la limpieza de cutis,
el maquillaje realizado por profesionales, etc.
Habilidades sociales
En la primera parte de esta serie expuse la importancia
de hacer de modelo y enseñar las habilidades sociales (modales,
maneras, etc.) en las edades más tempranas. Conforme el niño se
desarrolla, la adquisición y ampliación de su repertorio de habilidades
sociales van a requerir un continuo entrenamiento. Al tratar del
aprendizaje de las habilidades sociales, la mayoría de los expertos
están de acuerdo en que las personas con discapacidad intelectual
necesitan una intervención individualizada (basada en los puntos
débiles y fuertes de cada persona), centrada (en objetivos específicos
de una determinada conducta), repetida a lo largo del tiempo y en
una diversidad de contextos. Esto significa que de ninguna manera
podemos asumir que porque el hijo esté en un ambiente de integración
va a adquirir automáticamente sus habilidades sociales. Como padres,
habremos de ingeniar situaciones sociales de forma concreta para
practicarlas de manera segura y bastante frecuente.
Uno de los problemas de los padres es conocer cuáles de
estas habilidades habrán de practicar con sus hijos adolescentes.
He aquí algunos ejemplos:
·
Utilizar los saludos apropiados, como son
hola, adiós, y saber cuándo hay que dar la mano o un beso.
·
Mantener el contacto ocular cuando se habla
o se escucha a otra persona.
·
Usar los modales apropiadas para decir “gracias”,
“lo siento” o “perdón”.
·
Ofrecer simpatía o apoyo a quienes se están
sintiendo mal.
Tengan presente
que el comienzo de su segunda decena es también el momento en que
nuestros hijos empiezan a mostrar interés en el desarrollo de relaciones.
Esto requiere un conjunto completamente diferente de habilidades
sociales. Ejemplos de relaciones sociales para citarse con alguien
y desarrollar una relación son:
· Presentarse a sí mismo y a los demás
a otra persona.
· Iniciar la conversación con otros.
· Proponer o aceptar una cita con
un amigo.
· Escuchar con interés.
· Comprender las emociones, tanto
verbales como no verbales.
· Encontrar semejanzas con otros.
· Saber dar y recibir cumplidos.
· Comprometerse.
El
sentimiento de reafirmación como habilidad social
Con la mayoría de los hijos, conforme
van creciendo es natural que los padres les permitan expresar verbalmente
sus preferencias y decisiones. Ser capaces de expresar necesidades,
esperanzas, preferencias y opiniones constituye un conjunto de habilidades
que necesitamos para sentirnos independientes y para desarrollar
y mantener relaciones sanas. Por ejemplo, las habilidades que necesitamos
para conocer nuevas personas, como son las invitaciones sociales
o el pedir o aceptar una proposición, exigen sentir seguridad o
saber reafirmarnos en nosotros mismos.
Este sentimiento de seguridad es también
importante cuando analizamos la autoprotección y la prevención del
abuso. Las personas con discapacidad a las que se educa con refuerzos
positivos para ser condescendientes, pasivos y obedientes, van a
tener después problemas en esta habilidad. Como padres, habremos
de respetar e incluso promover, en situaciones adecuadas, que no
sean sumisos si ello les hace sentirse seguros. Evitemos la utilización
de frases como “escucha lo que...”, o “haz lo que te dicen”.
La mayoría de los abusos sexuales a personas
con discapacidad se realizan por parte de personas a las que la
víctima conoce y en la que confía. A menudo tranquilizamos a nuestros hijos para que confíen en las opiniones
de otros sobre lo que es mejor para ellos en lugar de dejarles elegir.
Cuando a la gente se le da formación, apoyo y oportunidades para
practicar el sentimiento de seguridad y reafirmación en sí mismos,
se comprueba un tremendo crecimiento. Es una experiencia de gran
valor práctico y algo que debe ejercitarse de forma regular el dejar
a nuestros hijos que desarrollen pronto ese sentimiento de seguridad
y afirmación de sí mismos durante su trato con los amigos, con la
familia y con las personas que tienen autoridad. Es educarles en
una combinación de confianza y de respeto que han de ser mutuos.
Recientemente, mi hija y yo hacíamos
planes para encontrarnos con unos amigos en McDonald’s. Después
de la comida, Anna y su amiga decidieron elegir un helado como postre.
Le di un dólar a Anna y mi amiga hizo lo mismo con su hija. Las
chicas se fueron al mostrador y poco después su amiga volvió con
un McFlurry. Anna, cabizbaja y frustrada, se volvió sin nada. Su
amiga había pedido la primera y cuando se dio cuenta de que necesitaba
más dinero, le pidió a Anna (o se lo quitó, todavía no estamos seguras)
su dólar. Todavía me sorprende el impacto que tuvo esta situación
en Anna (sigue hablando de ellos). Con frecuencia, experiencias
diarias de este tipo se convierten en instrumentos valiosos e importantes
para enseñar a nuestros hijos. No teman usarlos pero enmárquenlos
de una manera positiva y activa. David Hingsburger también nos lo
recuerda en su libro Just Say Know!: Understand and Reducing the
Risk of Sexual Victimization of People with Developmental Disabilities,
“a menos que digamos NO a pequeñas cosas, no seremos capaces de
decir NO a las grandes”.
Relaciones
Un componente crítico de la educación
sexual es ayudar a su hijo a comprender las relaciones y las consecuencias
que de estas relaciones se derivan sobre nuestro modo de tocar,
hablar, y comportarnos unos con otros, aunque puede resultar un
concepto abstracto. La mayoría de los programas diseñados para personas
con discapacidad intelectual dividen los tipos de relaciones en
las siguientes categorías:
·
Uno mismo: es difícil para la mayoría de
nosotros desarrollar relaciones sanas con los demás a menos que
consigamos primero tener una sólida comprensión de quiénes somos
y de qué vamos en la vida, y sentirnos bien sobre lo que somos.
Ser capaces de tener una relación con nosotros mismos es unfundamento
importante para el desarrollo de futuras relaciones.
·
Familia, amigos, vecinos / Profesionales
de apoyo, conocidos / Extraños
Sin embargo,
en el tema de las relaciones hay algo más que categorías. Por eso,
en la formación sobre relaciones hay incorporar también:
·
Los papeles que estas relaciones desempeñan
en nuestras vidas.
·
Las reglas sociales de conducta, como pueden
ser las fronteras o límites en la conversación y en el contacto,
dentro de estas diferentes relaciones.
·
La explicación de las consecuencias que
sobrevienen cuando no se siguen estas reglas sociales.
Uno de los instrumentos
docentes más populares para ayudar a las personas con discapacidad
intelectual a aprender y comprender estos conceptos es el sistema
de Círculos. Este recurso presenta de forma visual los niveles de relaciones
dentro de círculos concéntricos y en color. El círculo más interno
representa la relación que tenemos con nosotros mismos (la relación
más importante), y después hay más círculos que se van separando
del anterior. El concepto básico del programa de Círculos
consiste en que cuanto más cercano se encuentra un círculo a ti,
más íntima es la relación. Comprender las reglas que se aplican
a cada círculo ayuda a clarificar cuáles son las formas apropiadas
de hablar, tocar y comportarse con las diversas personas. Esta comprensión
ayuda a la gente a mantener el control de sus relaciones, de sus
cuerpos y de sus sentimientos. Otros temas sobre las relaciones
pueden consistir en:
·
La selección de un compañero
·
El ciclo de una relación: cómo comienza,
crece y cambia.
·
Las características de unas relaciones sanas
o peligrosas.
Si ayudamos
a nuestros hijos a comprender la diversidad de relaciones que existe
y las conductas apropiadas para cada relación, distinguirán más
fácilmente lo que es una conducta inapropiada. Por ejemplo, cuando
se encuentran con una persona que está invadiendo su espacio, dándoles
regalos, o actuando como si fuera el mejor camarada, cuando sólo
se acaban de conocer (ejemplos todos ellos de conductas que suelen
realizar los abusadores para ganar su confianza), se darán cuenta
más fácilmente de lo inapropiadas que son esas conductas. Asimismo,
si se les ha dado información sobre las reglas que conciernen
al tacto de las partes privadas del cuerpo, o que ser dañados (físicamente,
verbalmente, o sexualmente) no forma parte de una relación saludable,
podrán más fácilmente valorar sus relaciones y pedir ayuda.
Al enseñar el modo de relacionarse y
la conducta adecuada que debe haber en las relaciones, es importante
mirar de una manera global al mundo del individuo que puede estar
teniendo dificultades con estos temas. Una persona que
se sienta aislada de los demás es más probable que se apegue a la
primera persona que le preste atención, sin considerar lo apropiado
o la cualidad de la relación. Cuando las personas con discapacidad
intelectual carecen de oportunidades para desarrollar relaciones
con otros, su capacidad para discriminar entre relaciones apropiadas
e inapropiadas se encuentra mermada, haciéndolos más vulnerables
al abuso o explotación.
Reciprocidad
en las relaciones
En muchas familias, la persona con síndrome
de Down o con otro tipo de discapacidad crece experimentando un
alto sentido de “ser especial”. Este fenómeno se origina en las
sucesivas oportunidades en las que se le hace el centro de la atención
en diversos contextos sociales, y a menudo con el tiempo, puede
terminar en un nada atractivo egocentrismo que hace aún más difícil
desarrollar relaciones significativas o incluso cualquier tipo de
relación. En estas situaciones, las personas lo tienen más difícil
para comprender los conceptos de dar y recibir, tan necesarios para una sana relación.
Una amiga mía que se dedica a prestar
apoyo a personas con discapacidades intelectuales que viven en la
comunidad, trabajó con una mujer que tenía dificultad para desarrollar
habilidades sociales y para comprender el concepto de reciprocidad.
Invitaba en su casa frecuentemente a su amiga para hacerle de modelo
en el uso de las normas de cortesía, como eran el ofrecer una bebida
o un aperitivo, o incluso en alguna ocasión le preparó una comida
formal. Cuando mi amiga iba a visitarle a su casa, no solía devolverle
la misma conducta. En una ocasión intentó darle a su amiga un aviso
o recordatorio y le pidió una bebida. Su respuesta fue: “Hay en
la despensa y costará 50 centavos”.
Nuestros hijos necesitan comprender tempranamente
la importancia de la reciprocidad y la interdependencia. El mundo
no puede y no debe girar siempre a su alrededor. Habrá momentos
en los que conseguirán más dando que recibiendo, como es el caso
del desempeño de un trabajo y de las relaciones. Conozco a muchos adultos con discapacidad a los
que les encantaría tener más oportunidades para formar parte de
la comunidad, dándose de sí mismos con un objetivo determinado.
El facilitarlo aumentará su comprensión del significado de la reciprocidad,
les ayudará a sentirse mejor consigo mismos, y aumentará la creación
de relaciones llenas de sentido en sus vidas.
Prevención de los abusos
Cuando dirijo sesiones educativas a padres
de hijos con necesidades especiales, una de sus preocupaciones más
agobiantes es cómo mantenerlos a salvo de riesgos. Por mucho que
nos gustaría creer, como padres, que podremos protegerlos de los
peligros, del abuso o de cualquier otro suceso infortunado, la realidad
es que esto es imposible.
No
hace mucho recibí una llamada telefónica de una madre angustiada
que había asistido a una sesión de trabajo que yo había dado hacía
unos diez años. Su hijo era entonces bastante pequeño y creía, como
la mayoría de nosotros, que quedaba aún cantidad de tiempo. Me llamó
porque había descubierto que su hijo, ya un adolescente, había sufrido
abusos sexuales sexualmente por un compañero que vivía en la casa
de al lado. Lo que más nos perturbó a las dos no fue que el abusador
fuera un buen amigo suyo sino que había estado abusando durante
bastante tiempo. Su hijo jamás se lo había dicho. La madre había
sido capaz de captar una sutil señal no verbal en el coche, que
le hizo imaginarse lo que estaba ocurriendo. Tiempo después me dijo
que nunca pensó que `pudiese ocurrir algo a su hijo ya que vivían
en el campo donde su hijo estaba bastante aislado de otras personas.
Quienes trabajamos en el campo de la
sexualidad comprendemos que la gente con mayor riesgo de explotación
es la que se encuentra aislada, protegida, refugiada de lo que sucede
a su alrededor. Mis ideas y mi respuesta a los miedos de los padres
sobre el abuso nunca cambia: el mejor medio de ayudar a que su hijo
evite la explotación es dotarle de instrumentos que le habiliten
y le eduquen. La información y el lenguaje son dos poderosos instrumentos,
y ésta es mi principal motivación para escribir este artículo.
Desconfíen, sin embargo, de los programas
sobre sexualidad iniciados con el único objetivo de mantener protegida
a la gente y no de abordar de modo completo todo un conjunto de
temas que contribuyen a llevar una vida adulta sexualmente sana.
Un buen programa sobre sexualidad debe abarcar ambos objetivos.
Por ejemplo, al enseñar las habilidades para crecer en seguridad
sobre sí mismos, los límites y las formas apropiadas de conducta,
el lenguaje sexual de las distintas partes del cuerpo, y las características
de unas relaciones sanas o peligrosas, estamos enseñando a impedir
la explotación; pero también hagan sentirse a su hijo a gusto sobre
quién es, y esto va mucho más allá que el simple ser menos vulnerables
a la explotación. Las siguientes habilidades e información son también
importantes:
·
Comprender las tácticas corrientes de los
que abusan.
·
Explicar las leyes y reglas sociales en
relación con los tocamientos inapropiados, por ejemplo niño / adulto,
jefe / empleado.
·
Desarrollar las técnicas básicas de seguridad
como el decir “no”, “vete”, formas de camaradería, etc.
·
Capacidad para informar. Esto comprende
el identificar por lo menos a tres personas clave a las que pueden
contar, y destacar la necesidad de insistir cuando no se les cree.
Adolescencia
y edad adulta
La adolescencia suele ser un tiempo difícil para todos los
chicos. Quienes tiene discapacidad no son una excepción. No sólo
se están desarrollando físicamente sino también psicosocialmente.
Durante esta fase todos los adolescentes se esfuerzan por tratar
de comprender quiénes son y qué pueden llegar a ser (identidad).
Están intentando comprender, a su manera, cómo llevarse con los
demás (relaciones e intimidad), y saber cómo hacerse más independientes.
Para el adolescente medio, éstos son temas difíciles que ha de sortear.
Para el que tiene síndrome de Down, será necesario ofrecer amplias
conversaciones y entrenamiento.
Independencia
Un aspecto del desarrollo psicosocial común a todos los
pre-adolescentes es la creciente separación de sus padres y la necesidad
de independencia y autonomía. Comprender que esto forma parte normal
del crecimiento y maduración debería ser nuestro indicador para
crear o favorecer el desarrollo de oportunidades que fomenten el
crecimiento y la independencia.
Nuestra hija de doce años ha empezado recientemente a expresar
de modo indirecto su necesidad y deseo de ser independiente. Un
día Anna decidió enviar por correo un bloque de cartas que vio sobre
nuestra mesa. Sin decirnos nada, las cogió y las echó a un buzón
de correos a unas pocas manzanas de nuestra casa, aunque la mayoría
de ellas no tenían franqueo o remite. Nosotros le reforzamos positivamente
su deseo de ayudar, insistimos en el hecho de que debía haber avisado
a alguien que se iba, y ahora la hemos encargado de poner los sellos
y los remites en los sobres.
Unos días después, mi marido encontró a
Anna dándose un tratamiento de inhalación con albuterol (un dilatador
de los bronquios). Esto exigía hablar un poco sobre medicinas, las
consecuencias de dar una dosis excesiva, leer el prospecto, y por
qué es una buena idea consultar con un adulto. Comenzamos a encargarla
de anotar el tiempo entre las dosis de modo que nos recordara cuándo
le tocaba la siguiente inhalación.
Me sentí muy orgullosa de ella unas semanas
después cuando decidió llamarme por el teléfono del coche para avisarme
que salía de la escuela hacia casa. Con este fin hemos tenido escritos
siempre nuestros números de teléfono al lado del teléfono. Había
tomado ella la iniciativa de llamarme sin esperar a que la llamara
yo.
Todas estas anécdotas son intentos que
van surgiendo para demostrar su necesidad de ser independiente.
Organizar y manejar el trabajo de casa, planificar las actividades
sociales, delegar tareas domésticas en casa, o dejar que vaya aumentando
el tiempo de estar sola en casa, son otros ejemplos de medios para
fomentar y reforzar la independencia.
Comprender su discapacidad
La exploración del tema de la identidad en nuestros hijos
significa con frecuencia el tener que afrontar su propia discapacidad.
Empezamos a hablar sobre el síndrome de Down con Anna cuando era
pequeña. Sé con certeza, sin embargo, que no lo comprendió del todo
hasta su primer año de enseñanza media. Por primera vez desde que
había ido a una guardería, tenía junto a ella en clase a otra alumna
con síndrome de Down que había venido de otro distrito. Anna aprende
viendo, y estoy convencida de que fue al observar a su compañera
con síndrome de Down cuando comprendió más claramente lo que significaba
para ella. No fui consciente de sus esfuerzos por alcanzar su interna
identidad hasta una tarde de octubre en la que estábamos haciendo
en casa la tarea escolar. Estaba teniendo dificultad con uno de
los ejercicios cuando de repente puso el lápiz sobre la mesa y me
preguntó:
-Mamá, ¿tengo yo
síndrome de Down?
-Sí, lo tienes,
-respondí.
Suspiró, se encogió
de hombros, con frustración, ocultó su cabeza en sus manos y dijo:
-Sólo quiero ser
una chica normal.
Fue entonces cuando empezó a ver con precisión
sus diferencias. Por mucho que deseara yo pintar un cuadro de rosa,
supe en lo más profundo de mi ser que necesitábamos hablar sobre
sus limitaciones. Las vio y las comprendió en el día a día, y yo
debía ser honrada. Hablamos sobre lo que significaba el tener síndrome
de Down. Le dije que con frecuencia le costaría más tiempo aprender
cosas nuevas, y que a veces a la gente le costaría entenderle. Después
analizamos las cualidades en las que era como cualquier otra persona.
Hablamos de su futuro, tener un trabajo, vivir por su cuenta. Los
padres que son capaces de hablar honradamente con sus hijos sobre
su discapacidad están haciendo de modelo sobre el hecho de la aceptación,
lo cual ayudará al hijo a tener un sentido más claro de sí mismo.
¿Qué relación tiene todo esto con la sexualidad? Sentirse bien en
todos las facetas relacionadas con el quiénes somos es el cimiento
crítico para tener una sana estima de nosotros mismos. Nuestros
hijos han de sentirse bien con lo que son antes de que empiecen
a desarrollar unas sanas relaciones con los demás.
Terri Couwenhoven, M.S., es madre de dos
hijas, una de las cuales tiene síndrome de Down. Es consultora para
la educación sexual (Título AASECT) y es coordinadora clínica en
la Down Syndrome Clinic de Wisconsin. E-mail: tcouwen@execpc.com
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