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Educación
de la sexualidad: cómo construir los cimientos de actitudes
sanas
Terri Couwenhoven, MS.
WISCONSIN, USA
Todos vivimos algunos de esos momentos. Momentos en los que
algo sucede y tratamos de imaginar por qué reaccionamos de
una manera determinada. Para cuando se han desvanecido, comprendemos
algo sobre nosotros mismos de lo que no nos habíamos dado
cuenta hasta entonces. Pasé por uno de esos momentos hace
unos meses. Mi hija de 11 años con síndrome de Down
me preguntó:
- ¿Para qué es eso
del sexo?
Para cualquier otra madre podría no haber sido éste
un momento memorable.
Para mí, que soy educadora de la sexualidad, éste
fue el momento. En aquellos segundos de silencio que siguieron
a su pregunta, mi mente se estuvo moviendo como una pelota de ping-pong
en un partido de campeonato. ¿Quién le habría
estado hablando a ella sobre el sexo? ¿Habría utilizado
su hermana alguna terminología que no le resultara familiar?
¿Habría sido alguna película que se me pasó
prohibírsela? ¿Habría estado mirando algunos
de mis libros? No, porque estaban muy lejos de su alcance.
No estoy segura del tiempo que pasó hasta preguntarle
con voz suavemente inquisidora:
- ¿Dónde oíste
esa palabra? - Se encogió
de hombros.
"Vale, pensé". Soy educadora de la sexualidad.
Puedo afrontarlo. Tengo recursos. Tengo información
- Mami, ¿para qué
sirven los calcetines? preguntó.
Esta vez decía algo diferente. Me di cuenta en ese momento
de los calcetines que me había echado sobre mis hombros mientras
doblaba la ropa que había lavado. Me sentí aliviada.
Como si se tratara de un plazo para presentar un proyecto que esta
a punto de vencer, mi tiempo se había ampliado. Pero ciertamente
aquel día aprendí algo sobre mí misma. Este
asunto de la sexualidad no es nada fácil. Y hablar
a otras personas con discapacidades del desarrollo, a otras familias,
o a otros profesionales que atienden a gente con discapacidad es
diferente a cuando tengo que hablar a mi hija. Hasta ese
momento me había sentido bastante bien sobre el progreso
que Anna había hecho en su camino para convertirse en una
persona sexualmente sana. Pero tenía que seguir avanzando.
Quedaba tanto que ella necesitaba saber.
Momentos como éste me hacen recordar por qué
disfruto enseñando a los padres y los profesionales sobre
sexualidad. Describiré la importancia de la educación
temprana sobre la sexualidad y explicará la primera base
de temas en los que haya de introducir a su hijo.
Cuanto trato de definir la sexualidad en los programas a padres
y profesionales, no me resulta una tarea fácil. Lo que lo
hace difícil es que la sexualidad es un término tan
amplio que abarca muchas facetas de lo que realmente somos. La sexualidad
concierne a lo que creemos y a lo que sentimos sobre el ser hombre
o mujer, y sobre los papeles y expectativas que están asociadas
a esas creencias y sentimientos. Involucra a nuestras conductas,
interacciones y relaciones con las demás personas, sean del
mismo o del sexo opuesto. Incluye cómo nos sentimos con nuestro
cuerpo y con nosotros mismos. La sexualidad es un proceso de aprendizaje
que evoluciona a lo largo de nuestras vidas, y forma parte activa
e inseparable de quiénes somos.
El aprendizaje sexual: por qué
ocurre y por qué es necesario que ocurra
Los padres son los primeros educadores
de la sexualidad de sus hijos, que es como debe ser. Desde el nacimiento,
servimos de modelo y enseñamos a nuestros hijos mensajes
sobre el amor, el afecto, el contacto, las relaciones. El modo de
abrazar y de sostener a nuestros hijos les está enseñando
lo que sentimos acerca de ellos. Algunos afirman que el contacto
amoroso de las primeras etapas de la vida marca ya la pauta para
una sana intimidad cuando se es adulto.
Qué somos como adultos sexuales es un buena parte del
resultado de la información que hayamos recibido en la niñez.
Para la mayoría de nosotros, el aprendizaje sobre la sexualidad
ocurrió de muy diversas maneras. Probablemente fueron nuestros
padres los primeros educadores de la sexualidad, ya que suelen ser
los primeros y más frecuentes maestros y modelos. Después,
nuestros compañeros, los medios de comunicación, la
enseñanza religiosa y las experiencias de la vida han ido
influyendo sobre nuestro aprendizaje sexual.
Para las personas con discapacidad, como es el síndrome
de Down, las oportunidades para aprender sobre la sexualidad se
encuentran limitadas. El nivel de lectura de materiales está
fuera de su alcance, lo que les limita el acceso a material impreso
y recursos de calidad. Aunque nosotros, como padres, entendemos
la importancia de crear oportunidades para la socialización,
estas oportunidades para nuestros hijos con síndrome de Down
son escasas. Como resultado, disponen de menos oportunidades para
observar, desarrollar y practicar habilidades sociales, que son
particularmente importantes en la primera y segunda adolescencia.
Nuestros hijos pierden con frecuencia los sutiles mensajes, miradas
e insinuaciones con que bromean los preadolescentes y adolescentes
en la televisión y en la escuela. Pueden tener dificultades
para tomar decisiones y para pensar de un modo realista sobre las
situaciones. Todos estos factores subrayan una mayor necesidad aún
de educación de la sexualidad a niños con discapacidad
que a los demás niños.
Los estudios nos dicen lo que los padres ya conocen: el riesgo
de abuso en las personas con discapacidad es mayor que en las que
no la tienen. Algunas de las razones son:
- Los niños con discapacidad tienen mayor probabilidad
de depender de los demás para atender sus necesidades básicas,
a causa de la naturaleza de su discapacidad.
- A veces no poseen las habilidades sociales necesarias para
solucionar una determinada situación.
- Pueden tener dificultades en su modo de razonar y juzgar.
- Se encuentran expuestos a un número mayor de cuidados
que lo demás compañeros.
Cada uno de estos factores aumenta la vulnerabilidad de su
hijo frente a algún tipo de explotación o de abuso.
Aunque la necesidad es mayor, muchos padres evitan o posponen
abordar los temas de la sexualidad hasta que es demasiado tarde.
Hay varias razones para que esto ocurra, como son:
- Su propio proceso de aprendizaje sexual. Algunos padres
tienen pobres modelos de enseñanza y aprendizaje sobre la
sexualidad.
- La edad o generación de los padres. Las actitudes
de los padres sobre la educación de la sexualidad frecuentemente
refleja las actitudes de la sociedad durante su niñez.
- La disponibilidad de recursos y apoyos. Fácilmente
los padres están abrumados por los temas del día a
día implícitos en la crianza de un hijo con discapacidad.
Es fácil que se coloque a los temas de sexualidad en el cuarto
oscuro. Y cuando se sienten dispuestos, hay pocos recursos en la
comunidad que realmente ayuden, lo que hace difícil enseñar
sobre sexualidad y los temas afines.
- La discapacidad del hijo: En mi experiencia como educadora
de la sexualidad, las habilidades del niño afectan directamente
a si sus padres lo ven como un ser sexual. A menudo, cuanto mayor
sea la discapacidad, menos probable será que los padres sientan
la necesidad de abordar los temas sobre la sexualidad.
Educación activa de la
sexualidad
Con demasiada frecuencia en las
familias con niños que tienen discapacidades en el desarrollo,
la enseñanza de la sexualidad se desenvuelve alrededor de
situaciones de crisis. Recibo frecuentemente llamadas de padres
furiosos cuyos hijos han sido expulsados del autobús por
haber realizado contactos inapropiados. O llamadas del personal
de una escuela que desea disponer de programas dirigidos a solucionar
un problema semejante, en lugar de abordar los temas más
amplios de la sexualidad de un individuo antes de que surja un problema.
Más adelante en este artículo abordaré algunas
ideas de cómo enseñar sobre sexualidad.
Todos los niños inician sus vidas entre personas sexuales,
de modo que el enseñar sobre sexualidad debería ser
algo que ocurriera durante toda la vida. Los chicos con problemas
de desarrollo no son una excepción. Al ofrecer información
y abordar los temas en edades tempranas, le permite reforzar conceptos
a lo largo de amplios periodos de tiempo y de una más amplia
variedad de situaciones de la vida real.
Es aconsejable que los padres piensen a largo plazo sobre los
proyectos y expectativas de sus hijos con discapacidad. Si somos
conscientes de los temas normales sobre la sexualidad que se presentan
en las diversas etapas de la vida de nuestro hijo, podremos concretar
mejor las expectativas, planear los objetivos, y pedir ayuda antes
de que surjan los problemas.
Enseñanza colaboradora
Aunque probablemente los padres son los educadores con más
influencia y constancia, en la educación sexual están
implicados también otros profesionales. A menudo comparto
en los programas con los profesionales y los padres un "triángulo
de la educación sexual" que ayuda a recordar la importancia
de la colaboración.
El triángulo de la educación
de la sexualidad
Este triángulo representa una situación
ideal: los padres y los profesionales trabajando conjuntamente para
ayudar a una persona con discapacidad intelectual en su camino hacia
una adultez sexualmente sana. Pero incluso en esta situación
ideal, el camino que hay que recorrer es difícil. El viaje
requiere que tanto los padres como los profesionales examinen sus
propios valores y actitudes en una diversidad de temas sobre la
sexualidad. Con frecuencia este es un proceso doloroso. Conozco
a una madre que estaba muy disgustada cuando se enteró de
que en la escuela a la que iba su hijo le permitían masturbarse
en un lavabo privado con la puerta cerrada, cuando en absoluto era
algo que se le permitiera hacer en casa. ¿Valores diferentes?
Por supuesto. ¿Chico en confusión? Probablemente.
Para que el papel de los padres sea eficaz, deben:
- Entender los valores personales y comunicarlos a los
que atenden al hijo.
- Compartir los métodos de intervención que
se emplean en casa para afrontar conductas sexuales inapropiadas
- Identificar las estrategias formativas que mejor han
funcionado para el chico o adulto.
- Darse cuenta de dónde surgen de modo habitual
las dificultades de aprendizaje.
La mayoría de las familias son capaces de compartir ejemplos
de los éxitos y dificultades que han experimentado enseñando
a su hijo sobre la sexualidad. Si se comparten, tanto los padres
como los profesionales pueden utilizarlos para mejorar la educación
sexual del niño.
Los profesionales que atienden y apoyan a la persona con discapacidad
tienen un papel importante también en la enseñanza
de la educación sexual. Con frecuencia tienen acceso a materiales
que están diseñados específicamente para personas
con discapacidad, y son económicamente prohibitivos para
la mayoría de las familias. Pueden además diseñar
técnicas alternativas de enseñanza para abordar los
temas de sexualidad, ayudar a las familias a identificar los recursos
que existen en la comunidad, y completar y reforzar los conceptos
sobre sexualidad dentro de los ambientes de la comunidad.
Finalmente, es importante recordar que la persona con discapacidad
se encuentra en el vértice superior del triángulo
por una razón. Y es la de recordarnos que las necesidades
del individuo habrán de estar en primer plano a la hora de
desarrollar y llevar a cabo la programación sobre la sexualidad,
y habrán de animarnos a realizar un diálogo permanente
y abierto entre las familias y los profesionales.
Los primeros años:
Conceptos y temas clave sobre
sexualidad
La información y la enseñanza sobre sexualidad,
compartidas durante los primeros años del niño, proporcionan
el comienzo de un sólido cimiento que necesitará que
sea repetido, completado y reforzado conforme el niño crezca.
Este cimiento proporcionará la base sobre la cual se seguirá
construyendo, añadiendo conceptos sobre sexualidad más
avanzados que se van a enseñar al hijo conforme vaya madurando.
Por ejemplo, es más difícil enseñar al niño
los cambios físicos que acompañan a la pubertad si
no conoce previamente el vocabulario de los órganos genitales.
La enseñanza del cuerpo
Todos los niños pequeños muestran una curiosidad
natural sobre sus cuerpos y sobre cómo funcionan. Los niños
con discapacidad intelectual no son diferentes. Debe iniciarse pronto
la enseñanza sobre su cuerpo, incluidos los aspectos sexuales.
Si se analizan pronto y abiertamente (aunque en privado) estos temas
probablemente eliminarán los sentimientos de culpa, de vergüenza
o de negatividad que a menudo acompañan al cuerpo y los genitales,
y se sentará la base para futuras conversaciones conforme
el hijo vaya creciendo.
Un aspecto fundamental de la enseñanza es ayudar al
hijo a utilizar las palabras correctas para los genitales es. Debe
realizarse al mismo tiempo que se le enseñan otras partes
del cuerpo y su funcionamiento. Sin embargo, la enseñanza
de las partes que son íntimas ha de hacerse en un contexto
de intimidad. Por ejemplo, no es lo más apropiado en la mayoría
de las situaciones hablar sobre los genitales y su funcionamiento
en mitad del cuarto de estar. Es mejor hacerlo en las sesiones privadas
durante el baño. Cuando su hijo está aprendiendo a
identificar los ojos, la nariz y los dedos, pueden también
aprender a identificar su pene, la vulva, los pechos y las nalgas.
La literatura profesional sugiere que cuando los niños disponen
de un lenguaje preciso para señalar las partes íntimas
del cuerpo, es más probable que avisen cuando haya sufrido
un abuso. Cuando lo hagan, serán más creíbles
a causa de la precisión del vocabulario que utilizarán
en la descripción.
Otra pieza que forma parte de los cimientos es la comprensión
de la pertenencia del cuerpo y el saber cuidarlo uno mismo. Enseñe
a su hijo a lavarse y a cuidarse, incluidas las partes íntimas.
Acuérdese de ir reduciendo gradualmente la intensidad de
la ayuda que le presta, y dele la responsabilidad de lavar y mantener
limpias todas las partes de su cuerpo.
Cuando enseñe a su hijo las partes del cuerpo, incluya
información sobre las reglas sociales que les conciernen.
Por ejemplo, en América las partes íntimas siempre
han de estar cubiertas en los lugares públicos. La mayoría
de los niños, conforme maduran de modo natural, desarrollan
el pudor sobre sus cuerpos. A los niños con discapacidad
intelectual hay que enseñarles a ser modestos. Y usted puede
educarle envolviendo a su hijo en una toalla y llevándolo
así al sitio para vestirlo o cambiarlo. Señale en
su casa los sitios privados. Y esto significa también que
respeta el deseo de su hijo para retirarse a un sitio privado cuando
le parezca apropiado.
Cuando el niño empieza a usar apropiadamente la terminología
y a aplicar las reglas sociales relacionadas con las partes del
cuerpo, es el momento de incorporar frases que eviten la explotación
o abuso. Por ejemplo, enseñe a su hijo que las partes íntimas
de su cuerpo quedan fuera de los límites para los demás.
Analice con él las circunstancias o excepciones de esa regla:
para los médicos, para los padres o abuelos durante el baño,
o en otras circunstancias que sean específicas para su hijo.
Destáquele la importancia de informar cuanto suponga una
violación de esos límites. Asegúrese de que
comprende a quién se lo debe decir cuando su intimidad o
su cuerpo no hayan sido respetados.
Otros modos de enseñarle y de reforzar estos conceptos
son:
- Leer y compartir con su hijo libros ilustrados con mensajes
sobre el cuerpo, sus partes, y las reglas sociales
- Utilice cada día momentos naturales para la enseñanza,
de forma que refuerce los conceptos básicos. Por ejemplo,
si su hijo se está vistiendo, recuérdele que cierre
la puerta para respetar su intimidad. Si su hijo expone partes
íntimas del cuerpo en una zona pública de la casa,
adviértale o recuérdele las reglas relacionadas
con las partes íntimas del cuerpo.
La comprensión de las
diferencias de género
Otro bloque fundamental del conocimiento
de la sexualidad está constituido por la conciencia de las
diferencias físicas entre el cuerpo del hombre y el de la
mujer. La mayoría de los padres tienen anécdotas sobre
la curiosidad natural de sus hijos en relación con los cuerpos,
que les lleva al juego de "tú me enseñas a mí
y yo te enseñaré a ti", o a "jugar a los
médicos". A los niños con discapacidad intelectual
o retraso del lenguaje, esta misma curiosidad les llevará
a lo mismo, o quizá a algún tipo diferente de conductas.
Cuando era pequeña, mi hija iba a una guardería integrada
donde niños y niñas usaban el mismo cuarto de baño.
Aparentemente ella se dio cuenta de las diferencias de postura para
orinar porque en algún momento la vi en nuestro cuarto de
baño de casa intentando orinar de pie. Afortunadamente para
mí, la agarré antes de que iniciara el experimento.
Ni que decir tiene, fue un momento oportuno para enseñarle
y una oportunidad para compartir con ella cierta información
sobre ser una niña y las diferencias de funcionamiento de
los cuerpos de los niños y de las niñas. A otra madre
le preocupaba su hijo que le tocaba el pecho de modo inesperado
y en momentos inoportunos cuando era pequeño. Esto pudo haber
sido su manera de expresar cierta curiosidad por una parte del cuerpo
que él no tenía.
Tocar o estimular partes íntimas
Encarémoslo: muchos niños descubren bastante
pronto lo que sabemos como adultos: que al tocarse los genitales,
uno se siente bien. Aunque los términos tocar los genitales
y masturbación se usan con frecuencia de un modo intercambiable,
hay diferencias. Cuando se es pequeño, tocarse los genitales
no suele tener una intención ni va orientado hacia un objetivo;
más bien es el resultado de una normal curiosidad y exploración
del cuerpo. Para algunos chicos jóvenes, tocar sus genitales
ofrece un modo de pacificarse o de calmarse, como por ejemplo al
empezar la siesta o al acostarse, o en tiempos en que se experimentan
particulares emociones como puede ser con motivo del nacimiento
de un hermano, o de un divorcio. El término de masturbación
se usa cuando la estimulación genital tiene un propósito
más claro, con la intención de conseguir el placer
sexual u orgasmo. La masturbación puede realizarse antes
de la pubertad. Algunos chicos pueden no realizar la exploración
genital ni la masturbación, lo que también es normal.
La preocupación más común que oigo en
relación con este tema consiste en el niño con discapacidad
intelectual que toca sus genitales en sitios públicos o en
momentos inapropiados. Cuando esto ocurre, es preciso dar mensajes
claros y directos. Su hijo ha de saber que tocar su pene o su vulva
es una conducta íntima. Por tanto, esta conducta requiere
que se mantenga en un lugar privado, preferentemente su cuarto con
la puerta cerrada. Si su hijo no responde a una orden verbal, llévele
físicamente a su cuarto evitando en este proceso cualquier
expresión negativa o de castigo. Algunos niños tendrán
más dificultad para conocer la diferencia entre lugares públicos
y privados. Cuando se realiza una conducta íntima en público,
insista en que indiquen que no es apropiado realizar esa conducta
en un lugar público, y trate de reconducir al niño
hacia otra actividad. Si se trata de una conducta más perseverante
(una conducta que no va a parar una vez que la haya iniciado), será
necesario más preparación y control del ambiente.
Trate de ser constante en su modo de actuar.
Si las respuestas no son constantes en estas situaciones, se
crea confusión en el niño y disminuye la eficacia
de su enseñanza. No se olvide de eliminar posibles causas
físicas del tacto genital (por ejemplo infecciones urinarias
o vaginales, prendas de vestir poco confortables, roces, irritaciones
debidas a jabones, detergentes, etc.).
Intimidad
Para la mayoría de la gente,
la intimidad no es un problema. Es un derecho personal que se da
por hecho. Si hay veces en que uno necesita evadirse y dedicarse
a uno mismo, sabe arreglárselas para conseguirlo. Se retira
usted más tarde para tener una conversación privada
con quien le interesa, o se levanta un poco antes para disponer
de un tiempo tranquilo antes de que la casa estalle de actividad
por la mañana. El asunto es que usted conoce y valora el
concepto de intimidad y de su significado dentro de su vida.
Para las personas con discapacidad intelectual, la intimidad
se ve frecuentemente más como un privilegio que como un derecho.
Además, las reglas de la intimidad son violadas por la gente
que les atiende. Al tiempo de la adultez, estas personas están
tan acostumbradas a tener violada su intimidad que se sienten desensibilizadas
en relación con la palabra "intimidad" y su significado.
Esta desensibilización origina con frecuencia dificultades
en la distinción entre conducta pública y privada,
y ocasiona conductas inapropiadas ante los demás.
Por estos motivos, el concepto de intimidad es algo que debe
enseñarse muy pronto. Para los hijos sin discapacidad, se
les puede introducir en el concepto de intimidad tan pronto como
a los tres o cuatros años. La misma regla sirve para los
hijos con discapacidad. El mejor modo de enseñar la intimidad
es ofrecer modelos. Cuando mis hijas eran pequeñas ignoraban
constantemente mis intentos sobre el respeto a la intimidad. Esto
es corriente, pero resulta difícil cuando vives en una casa
pequeña con un único cuarto de baño. Después
de darle vueltas, me di cuenta que estaban modelando mi conducta.
Necesitaba ayudarles a comprender la importancia de la intimidad
para mí y para ellas. Empecé a modelar la conducta
que esperaba conseguir en ellas: dar golpecitos en las puertas y
esperar su respuesta antes de entrar en el cuarto de cada una. Cuando
irrumpían en mi cuarto, les pedía que llamaran antes
a la puerta. Cuando se daban una ducha, hablaba a través
de la puerta en lugar de entrar en el cuarto de baño. Si
necesitaban ayuda, les ayudaba y después les hacía
saber que me iba para dejarles en su intimidad. Dejamos de hablar
de las cosas privadas, como por ejemplo las funciones del cuerpo,
en lugares públicos como en la mesa o en el cuarto de estar,
un hábito que aprendieron observando a su abuela. Aunque
mi hija pequeña captó el concepto de respetar una
puerta cerrada, a menudo observaba las idas y venidas en el cuarto
de su hermana mirando por los cristales de su puerta antigua. Sentía
la necesidad de saber lo que hacía su hermana mayor y de
interpretar por qué lo hacía. Cosí una cortinilla
para cubrir los cristales de mi hija mayor y traté de ayudar
a mi hija menor a que comprendiera los modos sutiles con que estaba
violando los derechos a la intimidad de su hermana. Nos queda todavía
un largo camino por recorrer, pero mi hija ahora es capaz de verbalizar
cuándo desea estar en su intimidad. Es un gran paso.
El verano pasado experimentamos alguna regresión en
esta área cuando mi hija empezó a llevar un corsé
para su escoliosis. Aprendió muy pronto a quitárselo
de modo independiente y lo hacía siempre que lo necesitaba.
Se subía su camiseta en el parque a la vista de cualquiera
que pudiera estar mirando. Todo esto era lógico ya que me
di cuenta de que no habíamos tenido cuidado sobre el cuándo
y el dónde le quitábamos el corsé en casa.
Volvimos al tema de la intimidad para asegurar que, cuando se quitara
el corsé en casa, lo hiciera en el cuarto de baño
o en su cuarto, que son sus espacios privados. Nos aseguramos de
que los profesionales que le atendían comprendieran nuestros
objetivos y los cumplieran. Como para ella el concepto de intimidad
ya le era familiar, su compresión de las reglas relacionadas
con quitarse el corsé hizo que la enseñanza fuera
más fácil para todos nosotros.
La necesidad de la intimidad sigue el proceso del desarrollo.
La mayoría de los chicos desarrollarán algún
sentido de modestia conforme sus cuerpos empiecen a madurar. Conforme
crecen, será más importante para ellos su necesidad
por la intimidad y por estar en sitios privados. Una parte importante
del desarrollo de su independencia es el respeto a sus necesidades
de intimidad.
Contacto, afecto y límites
(fronteras)
Está muy bien comprobada la importancia del contacto
y del afecto sanos para el sano desarrollo sexual. Algunos profesionales
de la salud mental sugieren que el contacto amoroso en la primera
infancia crea la capacidad para el desarrollo de una sana intimidad
del adulto, más adelante en su vida. Las caricias cariñosas,
los contactos amorosos y el afecto ayudan a los hijos a conocer
lo que sentimos hacia ellos y les da un sentimiento de valía
y de bienestar.
Resulta difícil ayudar a la gente con discapacidad intelectual
para que comprendan las reglas relacionadas con los contactos, el
afecto y los límites. Diversos factores contribuyen a que
esto suceda.
Los niños con necesidades especiales
están acostumbrados a que se les violen sus fronteras desde
edades muy tempranas.
Desde edades muy tempranas, los niños con discapacidades
del desarrollo están inmersos en circunstancias que pueden
ser diferentes de las del resto de la población. Los programas
de intervención temprana requieren normalmente que el niño
participe en una terapia invasiva. Por ejemplo, el terapeuta físico
manipula el tronco y las piernas del niño, o el logopeda
realiza formas de estimulación oral alrededor de la boca.
Aparte de la intervención temprana, la mayoría de
los padres han experimentado que tanto parientes como extraños
sienten la necesidad de pellizcar el carrillo, pinchar en la barriguita,
tirar de los lóbulos de las orejas, o achuchar de manera
indiscriminada a su hijo porque "los niños con síndrome
de Down son tan ricos y cariñosos". Cuando los niños
constatan que sus fronteras son repetidamente violadas con este
tipo de conductas, por más que sea con la mejor intención,
pierden el sentido de lo que es apropiado. E inevitablemente, empiezan
a violar el espacio de los demás.
Las actitudes de nuestra sociedad en
relación con las personas con discapacidad intelectual como
seres humanos sexuales, se encuentran todavía distorsionadas
y son problemáticas.
Esos mitos que consideran a las personas con discapacidad intelectual
como "asexuales", "hipersexuales", o "niños
perpetuos" impiden que otros les enseñen estrategias
apropiadas a su edad en los temas de los contactos y de los límites.
Si los padres o los profesionales tienen la percepción de
una persona con discapacidad del desarrollo como ser asexuado, por
ejemplo, terminarán creyendo que esa persona no necesita
información y formación acerca de los contactos apropiados,
los límites, y otros aspectos de la sexualidad. Y si se piensa
que las personas con discapacidad son "hipersexuales"
o "incontroladas", la consecuencia será una suspervisión
constante y un escrutinio riguroso e hiperanálisis de cualquier
conducta sexual, o la percepción de que el individuo
necesita más afecto que el ciudadano medio. Cuando un adulto
con síndrome de Down es considerado como niño perpetuo,
impide que otros le vean como un individuo que madura, y que necesita
habilidades para pasar de una conducta propia de la infancia a otra
más adecuada a su edad.
Durante un taller que dirigí, una madre comentaba sobre
su hijo de 13 años que estaba teniendo algún problema,
expresando su afecto de modo inapropiado. Más tarde contó
que a su hijo le gustaba sentarse en sus rodillas en reuniones familiares.
Su hijo estaba recibiendo una mezcla de mensajes sobre el afecto
y los límites, lo que le creaba confusión. No estoy
pretendiendo que privemos a nuestros hijos de afecto y de contacto;
lo que sugiero es que empecemos a pensar en nuestros hijos como
seres humanos sexuados que probablemente necesitan mayor orientación
e instrucción intensa que los demás niños.
Un día, un tutor de escuela de mi hija me llamó
para comentar sus gestos de afecto con un determinado muchacho de
su clase. Poco después de hablar con ella sobre este incidente,
tuve que recogerla en la escuela para llevarla a una cita con el
médico. Después de recoger sus cosas y según
se disponía a salir de la habitación, un auxiliar
insistió en darle uno de esos abrazos intensos y prolongados.
Me dio un escalofrío, perpleja de que ninguno de los otros
profesionales en la habitación se inmutaran. ¿No está
fuera de lugar que un varón adulto con autoridad de un abrazo
de ese tipo a una niña de once años en el colegio?
Me parece que sí.
Las reglas sobre contactos y límites
son con frecuencia confusos y cambian en función de la cultura
y el contexto, haciendo que la enseñanza resulte dura, y
que sea una tarea difícil el establecer unas "reglas"
sencillas.
Como madre, lucho con esto de modo regular. Cuando
mi hija entró en la escuela de segundo grado, aprecié
un aumento de afecto físico para con sus amigas. Al mismo
tiempo, luchaba por intentar encajar en el ambiente como la mayoría
de los chicos de su edad. Intervine (una vez más) para enseñarle
otras maneras de mostrar a sus amigas que las quería sin
recurrir a los apretones y abrazos. Hablamos sobre las palabras
y las frases que podría utilizar con las amigas para reflejar
sus sentimientos. Hicimos una lista de las diversas formas de contacto
que podían funcionar, como suaves apretones de brazo, darse
una palmada una a otra con la mano abierta, pasar la mano sobre
la espalda, etc. Imaginen mi confusión y apuro cuando en
su fiesta de cumpleaños observé a niñas "no
discapacitadas" colgándose todas unas sobre las otras.
Debo decir que Anna se mantenía distante de manera apropiada,
pero en este contexto parecía que se encontraba fuera de
sitio. Me di cuenta que ella había seguido el modelo de algunas
de las expresiones de contacto y afecto que había observado
en los pasillos de su escuela. En ese contexto con sus amigas compañeras,
sus expresiones habrían sido apropiadas.
He aquí algunos apuntes adicionales que pueden ayudar
a su hijo a comprender el contacto, el afecto y los límites.
· Establezca lo más
pronto posible las reglas sobre a quién se puede tocar o
no entre las personas que rodean a su hijo. Con demasiada frecuencia,
se desconocen las conductas inadecuadas de afecto y de contacto
físico en la niñez, lo que origina problemas posteriormente.
· Respete el derecho de su
hijo a elegir a quién muestra afecto, con independencia de
quién sea la persona (familiar o profesional).
· Comunique a las personas
que le van a apoyar sus objetivos y expectativas en relación
con el contacto y el afecto. Use el triángulo como guía.
La coherencia en la enseñanza y el reforzamiento de la mismas
reglas aumentarán las probabilidades de éxito, a pesar
de que los ambientes sean distintos.
· Si su hijo muestra afecto
de manera indiscriminada, adopte un conjunto de reglas concretas
que sean fáciles de aprender. Por ejemplo los apretones de
manos, los pequeños movimientos con la cabeza y los saludos
verbales son gestos muy apropiados para saludar a los superiores.
Elija uno y utilícelo de forma constante. Disponga de una
o dos alternativas para el contacto inapropiado que intenta eliminar.
Recuerde: no es que queramos eliminar del todo el contacto y el
afecto, simplemente queremos hacerlos socialmente más aceptables.
David Hingsburger, un autor y conferenciante canadiense sobre
sexualidad, aborda modos que podemos practicar para contactos más
íntimos. En su libro I Openers: Parents Ask Questiones
About Sexulity with Children with Developmental Disabilities,
describe un proceso de cuatro etapas que ayuda a los niños
a diferenciar entre el contacto íntimo y necesario, como
es la exploración de un médico, el cambio de pañales
o la ayuda en la higiene.
- Pida permiso antes de tocar.
Pedir permiso ayuda a suscitar un sentimiento de propiedad. Adopte
un tono "privado" de voz que sea más suave, más
delicado, más silencioso que su tono habitual de conversación.
Si su hijo tiene limitaciones verbales, dele tiempo para que responda
a su manera. Pregunte primero, toque después,
- Describa lo que está haciendo.
Usando los mismos tonos suaves, describa lo que va a hacer y
hable después mientras le toca. Explique lo que está
haciendo y porqué. Esto anima a su hijo a hacer preguntas,
a sentirse implicado en el proceso, enseña a su hijo el
lenguaje sobre su cuerpo, y le causa una sensación de seguridad.
- Facilite la participación
Como padres, nuestro objetivo para nuestro hijo con discapacidad
tendrá que ser una participación parcial en el contacto
necesario. Si, por ejemplo, le está enseñando las
habilidades de higiene, uno de sus objetivos sería dejar
que el niño se lave mientras le dirige a través de
las cortinas de la ducha.
4. Comunicación.
Hable a su hijo después de que haya tenido el contacto,
descúbrale lo que ha hecho. Por ejemplo, "acabamos de
lavar juntos todo el cuerpo, ahora ya estás limpio y listo
para empezar el día". Comentar los contactos y los sentimientos
sobre el contacto facilita el camino para seguir haciendo comentarios
en el futuro.
Identificar y comunicar los sentimientos
En el contexto de la educación de la sexualidad, ser capaz
de comunicar los sentimientos es una importante habilidad interpersonal.
Por ejemplo, ser capaz de identificar y responder a las emociones
de un amigo o de la propia pareja promueve la comunicación
y la intimidad. Esta habilidad ofrece también una base para
comentar y analizar los sentimientos acerca del contacto y los cambios
corporales. Para la mayoría de nosotros, resulta complejo
reconocer y responder a las emociones. También las personas
con discapacidad han de luchar con esto. Su hijo puede tener problemas
a la hora de expresar sus emociones, o puede expresarlas de manera
inapropiada, o puede interpretar equivocadamente los sentimientos
de los demás. Puede conseguirlo comentando sus sentimientos
(los de usted) con frecuencia, de un modo que sea sincero, y dando
razones sobre esos sentimientos: "Me sentí frustrada
porque me olvidé de coger el almuerzo". Anime a su hijo
a que se dé cuenta de sus propios sentimientos cuando van
asociados a un acontecimiento. Por ejemplo, "¿cómo
te sentiste cuando ganaste la carrera?"
Mi hija y yo solíamos jugar a un juego cuando era pequeña.
Lo llamaba el juego de los sentimientos. Yo ponía una expresión
exagerada de la cara y ella tenía que acertar cómo
me sentía. Por ejemplo, un bostezo indicaría que estaba
cansada. Una sonrisa que estaba feliz. Una mano cubriendo una boca
bien abierta, que me había sorprendido. Y después
le tocaba a ella. Ella cruzaría sus brazos y frunciría
el entrecejo, y yo tendría que adivinar el sentimiento que
trataba de expresar. La idea implícita en este ejercicio
era ayudarle a desarrollar un vocabulario de "sentimientos",
ayudarle a verbalizar sus sentimientos cuando así lo necesitara.
Al hacerse mayor, frecuentemente hacía yo de modelo para
un sentimiento, le preguntaba que lo adivinara y después
le explicaba por qué estaba experimentando ese sentimiento.
Habilidades sociales
Un objetivo importante en la educación temprana de la
sexualidad es aprovechar al máximo la capacidad de nuestro
hijo para interactuar y relacionarse con los demás de forma
confiada. Pieza importante de ese objetivo va a ser comprender y
ser capaz de aplicar las habilidades sociales, algo que con frecuencia
es de lo más desafiante para los niños con síndrome
de Down. Aprender y aplicar las habilidades sociales requiere generalmente
una instrucción y entrenamiento concretos a lo largo de la
vida.
La formación temprana en las habilidades sociales comienza
ya con nosotros los padres. En la edades más jóvenes,
nuestros hijos aprenden a través del modelo que somos con
nuestras acciones y conductas. Empezamos a enseñar maneras,
por ejemplo, al decir "por favor", "gracias",
y "perdona" en presencia de nuestros hijos. Después
ya podemos animarles a que practiquen por sí mismos estas
conductas en las situaciones sociales. Gradualmente, conforme son
capaces de comprender el modo en que sus acciones y palabras afectan
a los demás, y por qué ciertas conductas son apropiadas
y otras no, empezamos a enseñar y a entrenar. Diane Maksym,
en su libro Shared Feelings, presenta unas etapas que le
pueden ayudar en la enseñanza de las habilidades sociales
a su hijo:
- Decida qué habilidad específica desea enseñar.
- Haga una demostración a su hijo de la conducta que
espera o de la respuesta.
- Practique o haga role playing de la conducta en
un ambiente seguro con personas que le apoyan o con la familia.
Infórmele a su hijo de los resultados (p. ej., ¿dónde
se pudo mejorar? ¿Qué hizo bien?).
No piense que porque su hijo demuestre una habilidad social en
un ensayo práctico lo va a transferir a una situación
real. Muchos niños con síndrome de Down tienen dificultades
para generalizar sus habilidades y necesitarán mucha práctica
en las interacciones sociales de la vida real. La habilidad social
recién adquirida habrá de ser enseñada en múltiples
situaciones y con muchos y diferentes individuos.
Cuando las cosas no van exactamente como se habían practicado,
háblele sobre esa situación y tranquilice a su hijo
de que lleva tiempo el aprender. Hable sobre lo que se podía
haber hecho de modo diferente y trate de iniciar y terminar su análisis
con comentarios sobre lo que hizo bien en esa situación.
Cuando su hijo domine bien esa situación, acuérdese
de premiarle y felicitarle.
Otras estrategias y recursos para reforzar y enseñar las
habilidades sociales son:
- El tiempo de juego. Para los niños pequeños,
el tiempo de juego es un momento excelente para iniciar el modelado
y entrenamiento de habilidades sociales. Por ejemplo, se pueden
enseñar modales mientras se juega con muñecas o se
comparten juguetes.
- Historietas sociales. Estas historietas son narraciones
sencillas que enseñan cómo responder ante una situación
social o problemática. Estos cuentos, que se emplean frecuentemente
con niños que tienen autismo, contienen una frase descriptiva
sobre el ambiente, una respuesta que sea directiva y apropiada,
y las reacciones de los demás ante la exhibición de
una conducta inapropiada.
- Juegos de tableros para habilidades sociales. Hay miles
de juegos que tratan sobre el entrenamiento y práctica de
las habilidades sociales apropiadas.
- "Role play" y sociodrama. El "role play"
es un método estupendo para practicar las nuevas habilidades
sociales. Puede hacerse en grupos o, de forma más privada,
su hijo y usted solos. Estos sistemas consiguen que su hijo explore
diversos resultados en situaciones sociales sin que haya consecuencias.
Estos son algunos de los principales componentes para ir formando
los cimientos de una educación de la sexualidad que sea positiva
y activa. Como han podido comprobar, estos conceptos no son temas
independientes y específicos para la sexualidad sino que
son importantes para otras aspectos como son el desarrollo de una
buena autoestima y la mejoría de la comunicación.
Las actividades que proponemos son fáciles de incorporar
en otras áreas en las que el niño aprende cuando es
pequeño. Conforme crece, puede usted seguir construyendo
sobre estos cimientos y alimentar la comprensión de su hijo
sobre quién es como varón o como mujer.
Terri Couwenhoven, M.S., es madre de
dos hijas, una de las cuales tiene síndrome de Down. Es consultora
para la educación sexual (Título AASECT) y es coordinadora
clínica en la Down Syndrome Clinic de Wisconsin. E-mail:
tcouwen@execpc.com
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