|
EVALUACIÓN DE LA CAPACIDAD
INTELECTUAL EN PERSONAS CON SÍNDROME DE DOWN
Emilio Ruiz
Fundación Síndrome
de Down de Cantabria
Santander, España
Resumen
El artículo presenta las principales pruebas
para valorar la inteligencia de las personas con síndrome
de Down que se utilizan en la Fundación Síndrome de
Down de Cantabria. Tras aclarar algunos de los conceptos fundamentales
relacionados con la capacidad intelectual y reflexionar sobre las
principales polémicas que acompañan a su estudio,
como su carácter genético o ambiental o la dificultad
y sentido de su medida, plantea algunas características de
la inteligencia en las personas con síndrome de Down. Posteriormente
enumera las pruebas utilizadas en la Fundación Síndrome
de Down de Cantabria, incluyendo aspectos favorables y desventajas
de cada una de ellas, así como las estrategias de aplicación
adaptadas que permiten obtener el máximo rendimiento de los
tests. Por último se reflexiona sobre la finalidad real de
la evaluación intelectual y se dan sugerencias para la utilización
práctica de dichas pruebas.
La inteligencia y su medida
Aunque el estudio de la inteligencia ha sido una
constante casi permanente desde los inicios de la Psicología
científica, no se ha conseguido un acuerdo consensuado entre
los psicólogos a la hora de definirla (Sternberg, 1987; Davidoff,
1995). Se puede decir que para la capacidad más específicamente
humana existen tantas definiciones como teóricos. La facultad
para comprender símbolos abstractos, la habilidad para adaptarse
a situaciones nuevas o la capacidad para el conocimiento son algunas
de ellas. Las teorías de la inteligencia, de un modo conciso,
se pueden resumir en tres enfoques: las teorías biológicas,
que consideran la inteligencia como la capacidad de adaptación
del organismo, las psicológicas que ponen el énfasis
en las capacidades de resolver problemas, de aprender y de relacionarse
socialmente y las teorías operativas, que sin entrar en el
fondo de la cuestión, se basan en la elaboración de
pruebas de medición.
Se ha discutido también mucho sobre si la
inteligencia es una capacidad o función unitaria o la suma
de varias independientes (Pinillos, 1991). En la actualidad se reconoce
que junto a un factor general de inteligencia (denominado factor
"g"), operan otros factores específicos de los
cuales se han llegado a definir más de 200. Agrupándolos
en campos, nos encontramos con factores de tipo verbal, numérico,
espacial, de inteligencia formal (razonamiento, deducción
e inducción), memorístico, perceptivo y psicomotor,
además del pensamiento divergente o creativo y la llamada
inteligencia social.
Otro tema de debate respecto a la inteligencia
es el de su carácter genético o ambiental. ¿La
inteligencia se hereda o se desarrolla en función del medio
en el que el individuo se desenvuelve? (Eysenck-Kamin, 1989). Las
diferentes investigaciones parecen confirmar que en realidad es
el resultado de la interacción de ambos factores, aunque
el tipo de conducta medido por los tests de inteligencia depende
más de elementos hereditarios que del ambiente, en una cuantía
que se suele cifrar entre el 60 y el 80 % de la varianza. Lo que
está claro es que la inteligencia comienza por ser una función
biológica, por lo que cada persona nace con un límite
o techo intelectual determinado por la herencia, que es insalvable,
al menos por ahora. Sin embargo, la mayoría de las personas
permanecen por debajo del límite de sus potencialidades,
al no aprovechar las posibilidades de su circunstancia social y
del ambiente en el que les ha tocado vivir.
Si resulta difícil establecer qué
es exactamente la inteligencia y cuáles son sus componentes
fundamentales, más ardua puede parecer la labor de medirla
(Deval, 1984). Sin embargo la inteligencia, al igual que otras aptitudes
mentales, puede ser medida. Del mismo modo que se puede calcular
la fiebre, representando la dilación o contracción
de una columna de mercurio los cambios térmicos del organismo,
la medida de la inteligencia manifiesta numéricamente cambios
de intensidad de procesos, en este caso de carácter mental.
El número de problemas que alguien puede resolver o el número
de sinónimos que puede encontrar en una determinada fracción
de tiempo, nos puede indicar cuál es su capacidad matemática
o verbal respectivamente, si se comparan con los resultados obtenidos
con los de muchos otros individuos que posean nivel y edad semejante.
Sobre la base de cálculos de este tipo se
han confeccionado los tests de inteligencia, recogiéndose
las puntuaciones generalmente en términos de un cociente
intelectual cuyos valores centrales oscilan entre 90 y 110, con
una media de 100. La noción de cociente intelectual fue elaborada
por Stern en 1912 y representa el nivel medio que alcanzan en los
tests los sujetos de determinada edad cronológica. Dividiendo
la edad mental por la cronológica y multiplicando los resultados
por una constante, se obtiene el cociente intelectual (C.I.) :
C.I. = Edad cronológica . 100.
Edad mental
Actualmente los tests utilizan escalas para transformar
las puntuaciones directas, con lo que el C.I. ya no es el resultado
de una división, sino que es "corregido" por unos
coeficientes de adecuación, por lo que se habla en ocasiones
de coeficiente intelectual o coeficiente intelectual de desviación.
Se considera a una persona con una capacidad
intelectual inferior en el rango del retraso mental cuando su C.I.
se encuentre por debajo de 70. La clasificación de los sujetos
según su nivel de deficiencia o de retraso se realiza agrupándolos
entre los siguientes márgenes:
Denominación C.I.
Ligero 50/55-70
Medio 35-49
Severo 20-34
Profundo < 20
El C.I. de los adultos es bastante estable,
aunque durante la infancia varía notablemente comenzando
a estabilizarse hacia los 11-12 años. La educación
y la práctica de los tests ayudar a mejorar las puntuaciones
de éstos y por lo tanto "mejoran" el C.I. Los programas
de "educación compensatoria" y los de "modificabilidad
de la inteligencia", como el Proyecto Inteligencia de Harvard
o el Programa de Enriquecimiento Instrumental de Feuerstein, entre
otros, se basan en estas premisas (Yuste, 1994).
Inteligencia y síndrome de Down
En el caso del síndrome de Down, una característica
definitoria de esta alteración genética es que siempre
se acompaña de deficiencia mental en diferentes niveles.
El grado de deficiencia, no obstante, no correlaciona con otros
aspectos como pueden ser la intensidad de los rasgos faciales o
el grado de lesión cardiaca. En otras palabras, no por tener
más rasgos externos propios del síndrome de Down o
mayor afectación cardiaca, necesariamente se ha de ser menos
inteligente.
De la misma manera, entre los factores específicos
de la inteligencia anteriormente mencionados, puede un sujeto con
síndrome de Down destacar en uno de ellos respecto a sus
compañeros (por ejemplo, en el factor verbal) enmascarando
su baja capacidad en otros. O a la inversa, una persona con muchas
dificultades de expresión lingüística puede tener
mayor capacidad intelectual que otra que se exprese con más
claridad. La afectación puede ser muy distinta en cada uno
de los campos, sin que necesariamente se dé una relación
directa entre unos y otros.
Respecto a dichos factores, las personas con
síndrome de Down obtienen mejores resultados en pruebas manipulativas,
perceptivas y motrices, destacando también en algunos aspectos
de la inteligencia social con entrenamiento adecuado. Sus puntuaciones
suelen ser más bajas en los factores de tipo verbal, numérico,
de inteligencia formal abstracta y en pruebas de pensamiento creativo.
El nivel de deficiencia o retraso en las personas
con síndrome de Down como grupo se mueve en la actualidad
en el rango de la deficiencia ligera o media, con algunas excepciones
por arriba (capacidad intelectual "límite") y por
abajo (deficiencia severa y profunda), estas últimas debidas
en la mayor parte de los casos a una estimulación ambiental
limitada más que a carencias constitucionales.
En los tests estandarizados alcanzan mejores puntuaciones
en las pruebas manipulativas que en las verbales, lo que como conjunto
penaliza a la población con síndrome de Down, ya que
el contenido lingüístico de la mayor parte de las baterías
de tests es muy alto. También se observa que, al igual que
la mayoría de las personas con retraso mental, las puntuaciones
globales en las pruebas de inteligencia descienden de manera drástica
cuando se acercan a la adolescencia. Esto se debe a que en esta
edad la población general adquiere el denominado pensamiento
formal abstracto, con el cual las personas con síndrome de
Down tienen especiales dificultades. De hecho, en los primeros años
de vida, al aplicar pruebas de desarrollo a niños estimulados,
las puntuaciones obtenidas no varían en exceso respecto a
la población sin deficiencia. Sin embargo, con el paso del
tiempo el desnivel respecto a la población general se hace
cada vez más marcado.
Pruebas para valorar la inteligencia en personas
con síndrome de Down
De acuerdo con los conceptos anteriores, tanto
de inteligencia como de su medida, no tiene sentido hablar de "pruebas"
específicamente diseñadas para valorar la capacidad
intelectual de las personas con síndrome de Down. Al medir
la inteligencia se pretende comparar los resultados alcanzados por
un sujeto en una serie de ejercicios o actividades, con los que
obtienen otros sujetos de su misma edad, para comprobar su grado
de desviación respecto a un estándar general. Pueden
existir programas formativos o métodos de enseñanza
más adecuados para educar a niños con síndrome
de Down que se basen en sus peculiaridades biológicas y psicológicas,
pero para medir su nivel intelectual es preciso utilizar las mismas
pruebas que para las demás personas.
Lo más recomendable para valorar la inteligencia
de las personas con síndrome de Down es utilizar baterías
y escalas estandarizadas, a ser posible las de mayor difusión
internacional. Algunas de las ventajas más importantes de
utilizar este tipo de pruebas son:
- Están tipificadas y comprobada estadísticamente
su validez y fiabilidad.
- Son universalmente conocidas y de fácil acceso para cualquier
profesional en la mayor parte de los países.
- Permiten el intercambio de resultados y la difusión de
los mismos en un lenguaje común comprensible de forma inmediata
por todos los profesionales.
Las pruebas y tests de inteligencia y desarrollo
suelen clasificarse en las de aplicación individual y colectiva.
Basándonos en nuestra experiencia, en todos los casos realizamos
la aplicación de manera individual. Las dificultades que
tienen los niños y jóvenes con síndrome de
Down para seguir instrucciones verbales complejas en grupo y la
importancia de la información cualitativa que proporciona
la observación directa, hacen recomendable la aplicación
personalizada de los tests. Si en algún caso se aplica una
prueba de capacidad intelectual a una persona con síndrome
de Down de forma colectiva, especialmente si se le incluye dentro
de un grupo de sujetos sin deficiencia, los resultados que se obtengan
serán cuanto menos poco fiables.
A continuación se relacionan algunas de
las pruebas que se utilizan con mayor frecuencia para evaluar el
nivel intelectual de las personas con síndrome de Down, así
como ciertas peculiaridades de su aplicación en esta población
de sujetos:
- Escala de Inteligencia de L.M. Terman y M.A. Merrill.
Tiempo de aplicación: Algo más de
1 hora. Edades: A partir de los 2 años, hasta los 14 años.
Es la prueba que mejor discrimina, ya que permite
obtener un C.I. hasta con niveles muy bajos de capacidad y proporciona
una puntuación de edad mental. Consta de 6 pruebas en cada
nivel de edad, que aumentan su dificultad progresivamente. Se detiene
la aplicación cuando se producen errores en todas las pruebas
de un determinado nivel de edad. Aplicada a sujetos adultos con
síndrome de Down a partir de las pruebas de 8 años
responden a pocas de ellas y rara vez contestan a ninguna por encima
de 10 años.
Inconvenientes : En la estructura de la escala
se valoran de manera especial los componentes lingüísticos,
con elevado porcentaje de aplicación en todas las edades.
Los incrementos de dificultad de las pruebas no siempre se corresponden
con exactitud con los incrementos de edad.
- Escalas de Inteligencia de Wechsler
Tiempo de aplicación : De 1 hora y 30 minutos
a 2 horas (alrededor de 1 hora en el WIPPSI)
WIPPSI. Escala Wechsler para Preescolar
y Primaria. Edades: de 4 a 6 _ años.
WISC R. Escala de Inteligencia de
Wechsler para Niños Revisada. Edades: de 6 a 16 años.
Además del C.I. Total proporciona una puntuación
de C.I. Verbal (6 pruebas) y otra de C.I. Manipulativo (6 pruebas),
con la consiguiente utilidad para niños con bajo nivel lingüístico.
Da una información amplia y rica, útil para la confección
posterior de programas educativos.
Inconvenientes : No discrimina apenas en niños
con síndrome de Down, puesto que en muchas de las pruebas
la puntuación obtenida está por debajo del mínimo
exigible o no cumplen los presupuestos del test (Bernard, 2001).
- MSCA. Escalas McCarthy de Aptitudes y Psicomotricidad
para Niños.
Tiempo de aplicación: Algo más de
1 hora. Edades: de 2 _ a 8 _ años.
Con 18 tests proporciona infomación sobre
6 subescalas: Verbal, Perceptivo-Manipulativa, Numérica,
Memoria, Motricidad y General Cognitiva. Se obtiene a partir de
ella un I.G.C. (Índice General Cognitivo) equiparable al
C.I. Las subescalas Numérica, de Memoria y de Motricidad
son lo novedoso respecto a las otras pruebas. Proporciona también
información sobre lateralidad.
Inconvenientes : Discrimina poco en alumnos con
síndrome de Down en algunas de las pruebas en las que no
llegan al mínimo para puntuar en las tablas.
Las tres Escalas descritas para valorar la inteligencia
y el desarrollo, son de aplicación individual, de carácter
amplio y compuestas por varios tests. Aunque requieren más
tiempo para ser aplicadas y corregidas, la información que
se obtiene con ellas es más extensa. Todas ellas proporcionan
una puntuación de C.I. (o un valor equivalente) y una puntuación
de edad mental.
Como pruebas de uso más rápido pueden
ser utilizadas algunas de las que en los manuales se catalogan como
de aplicación colectiva, como por ejemplo:
- RAVEN. Matrices progresivas.
Tiempo de aplicación: 30-45 minutos.
Escala CPM Color Edades: de 4 a 9
años.
Escala SPM General.- Edades: de 6 años
a adultos.
Utiliza un material gráfico (matrices) universalmente
conocido y no precisa de expresión verbal, ya que basta con
que la persona evaluada comprenda las instrucciones iniciales y
señale la respuesta correcta. Aumenta de manera paulatina
el nivel de dificultad. Aunque según el autor no mide la
"inteligencia general" se obtiene a partir de ella un
C.I.
- Escala de Madurez Mental de Columbia (CMMS)
Tiempo de aplicación: 30 minutos aproximadamente.
Edades: entre 3 _ y 10 años.
Está formada por 100 láminas con
dibujos que reproducen formas geométricas, personas, animales,
vegetales y objetos de la vida corriente. Se basa en la localización
del dibujo que es distinto a los demás o no se relaciona
con ellos. No precisa de lenguaje expresivo y basta con que el sujeto
comprenda las instrucciones iniciales y señale con el dedo.
Se obtiene una puntuación en forma de Índice de Madurez
(I.M.).
- Goodenough. Test de dibujo de la figura humana
Tiempo de aplicación: 10-20 minutos. Edades:
de 3 a 15 años.
Se trata de una prueba no verbal, de fácil
aplicación y bien aceptada por los sujetos. La tarea consiste
en realizar tres dibujos, de un hombre, una mujer y de sí
mismo, representando el cuerpo entero. La puntuación se convierte
en C.I., pero debe interpretarse con ciertas precauciones ya que
su justificación estadística no está suficientemente
contrastada.
Estas tres últimas escalas son útiles
cuando se ha de obtener una puntuación rápida de C.I.,
por ejemplo para fines estadísticos o de investigación.
Para personas con dificultades lingüísticas pueden ser
útiles como pruebas complementarias.
Inconvenientes: la información que proporcionan
a la hora de confeccionar una programación educativa es escasa,
ya que miden factores muy concretos.
El tiempo de aplicación especificado se
refiere a nuestra experiencia con la población con síndrome
de Down con la que solemos trabajar. Con niños y niñas
con síndrome de Down la duración de la prueba tiene
una variabilidad más alta y en general precisan más
tiempo del que emplean los sujetos sin deficiencia. Las edades son
las recogidas en las pruebas, aunque en nuestro caso las aplicamos
a niños y jóvenes de edades superiores a las que recogen
los manuales.
Si se aplican dos pruebas diferentes a un mismo
sujeto pueden obtenerse hasta 10 puntos de C.I. o más de
diferencia entre una y otra, por lo que los resultados no son equiparables
o intercambiables. Este aspecto ha de ser también tenido
en cuenta cuando en evaluaciones repetidas se cambia de test al
objeto de no cansar a los sujetos o de obtener datos complementarios.
Existen muchas otras pruebas en el mercado
que pueden ser aplicadas a personas con síndrome de Down.
Las que se muestran son las que en la Fundación Síndrome
de Down de Cantabria utilizamos habitualmente, pero cualquier otra
que proporcione datos fiables y contrastados puede ser válida.
No obstante no suelen ser recomendables las pruebas con alto componente
conceptual o de razonamiento, como los tests de dominós (D-48
y D-70, por ejemplo) ya que valoran funciones centrales de la inteligencia
como la abstracción y la comprensión de relaciones
de difícil acceso para personas con síndrome de Down.
Estrategias adaptadas de aplicación
Más importante que conocer cuáles
son los conocimientos del sujeto en este momento, como si la inteligencia
fuese una capacidad inmutable, es saber cómo realiza los
ejercicios y en qué elementos tiene dificultades, para mejorar
los procesos. Por ello es conveniente realizar ciertas "adaptaciones"
a la población con síndrome de Down a la hora de aplicar
y de corregir las pruebas. En la aplicación de las escalas
nos permitimos cierta flexibilidad y no siempre se siguen al pie
de la letra las indicaciones normativas de la prueba. Se pretende
realizar una evaluación dinámica y no estática,
del proceso y no de los productos. Por ejemplo, algunas de estas
adaptaciones son:
- En ocasiones se dedica más de un día a la aplicación
de un test, especialmente si es una batería amplia de pruebas,
empleando por ejemplo dos sesiones de 45 minutos en lugar de 1
_ horas seguidas. Los alumnos con síndrome de Down acostumbrados
al trabajo académico suelen tener un periodo de atención
concentrada que ronda los 45 minutos. Por encima de este tiempo,
el rendimiento baja de forma palpable.
- Se utilizan también pruebas de forma complementaria o
partes de una prueba, para ampliar datos o valorar distintos aspectos.
Empleando la Escala de Terman como base, se puede completar con
las pruebas de Motricidad o de Lateralidad de las Escalas McCarthy
o con las pruebas manipulativas del WISC-R para niños con
bajo nivel expresivo verbal.
- Las circunstancias concretas de la persona que va a ser evaluada
pueden influir de manera notable en los resultados obtenidos (hora
del día en que se aplica, nivel de cansancio, estado de
salud, estado emocional, nivel de motivación, grado de
empatía logrado por el evaluador, etc.). Todos estos factores
han de ser tenidos en cuenta a la hora de realizar la prueba y
al valorar los resultados.
- Se aplican muchas veces a niveles de edad superiores a los permitidos
en la prueba. Es el caso de las Escalas McCarthy que hemos pasado
a alumnos de 13 y 14 años, con los que obtenemos mayor
discriminación. En las escalas de Wechsler, aplicamos las
escala WISC-R, para niños a jóvenes y personas mayores
con síndrome de Down, a pesar de existir una prueba específica
para adultos (WAIS).
- Se proporcionan más ayudas de las permitidas en las instrucciones
en muchos casos. Por ejemplo, más tiempo, términos
diferentes a los que aparecen en el manual, repeticiones (que
por lo general no son admitidas), instigación gestual,
verbal o física e incluso algún ejemplo o modelo.
Consideramos, en la línea marcada por Vygotsky, que es
esencial comprobar lo que son capaces de realizar con ayuda, pues
nos define los márgenes de su zona de desarrollo próximo,
o sea, lo que están capacitados para aprender o en vías
de adquisición. No es lo mismo que un sujeto con síndrome
de Down sea incapaz de realizar una prueba que la solucione con
algo más de tiempo o con ciertas ayudas.
- No siempre se utiliza el C.I. como puntuación final obtenida.
En muchos casos es más útil la Edad Mental, pues
al realizar valoraciones repetidas al cabo de los años
nos proporciona datos sobre la evolución del alumno y sus
mejoras. El C.I., al representar una relación entre Edad
Mental y Edad Cronológica, va disminuyendo con la edad
sobre todo a partir de la adolescencia. Por ello puede y suele
darse el caso de un chico o una chica que cada año está
mejorando y aumentando su edad mental, y su C.I. en cambio disminuye
irremediablemente. De hecho, estamos comprobando repetidamente
que los jóvenes adultos con síndrome de Down que
continúan formándose, siguen aumentando su Edad
Mental más allá de los 20 años.
- La aplicación de una prueba de este tipo permite al profesional
(psicólogo o pedagogo) permanecer con un niño o
niña con síndrome de Down al menos una hora observando
cómo se desenvuelve en la realización de diversas
tareas. No podemos olvidar la importantísima información
cualitativa que se puede obtener de esta observación y
que no queda reflejada en el test como tal. Algunos factores que
valoramos habitualmente son :
- Conducta. Atención, interés, colaboración.
Postura. Conductas inadecuadas.
- Estilo de aprendizaje. Capacidad de concentración. Tiempo
de permanencia en la tarea. Pasividad/Actividad. Reflexión/Impulsividad.
Autocontrol. Método de trabajo.
- Lenguaje. Expresión. Comprensión. Vocabulario.
Pronunciación.
- Coordinación motriz fina. Control del trazo.
- Lateralidad.
Una sencilla hoja de registro que recoja estos
aspectos acompañando a la prueba (sea cual sea la que apliquemos),
nos proporcionará datos muy útiles sobre aspectos
cualitativos no recogidos expresamente en el test.
- Por último, es recomendable en todos los casos completar
la información obtenida por medio del test con datos proporcionados
por otras personas y/o con otros instrumentos: entrevistas, observaciones,
pruebas de personalidad, proyectivas, de capacidades concretas,
etc. Una evaluación amplia y contextualizada permite superar
algunas de las carencias propias de los tests de inteligencia.
Finalidad de la evaluación de la capacidad
intelectual
Evaluar es obtener una información sobre
una realidad para emitir un juicio de valor y tomar decisiones con
respecto a ella. En el ámbito de la valoración de
la capacidad intelectual tradicionalmente se ha utilizado la evaluación
para recoger datos sobre el nivel de desarrollo de un sujeto para
fines de selección y clasificación. En muchos casos
se utilizaban estos resultados para justificar catalogaciones arbitrarias
y precipitadas y realizar predicciones sin fundamento sobre sus
posibilidades futuras. Y los tests de inteligencia se utilizaron
como presunta prueba de "objetividad" a la hora de realizar
esas predicciones.
Afortunadamente, en la actualidad, tras el entusiasmo
inicial por los métodos psicométricos, se ha pasado
a una fase de revisión y modificación de las estrategias
tradicionales de valoración psicológica de la discapacidad
intelectual. Algunos de los inconvenientes de estas técnicas
son que miden productos y no procesos de aprendizaje, que tienen
una meta estática que es valorar un nivel de inteligencia
que se recoge en una puntuación (C.I.) olvidando el dinamismo
propio de la actuación intelectual y que en la mayor parte
de los casos no proporcionan ninguna idea sobre programas de intervención
educativa para el sujeto en cuestión (Campllonch León,
1983).
Por eso, antes de aplicar una escala o una batería
se ha de hacer una reflexión seria y profunda sobre la finalidad
que pretendemos alcanzar. "¿Para qué se va a pasar
la prueba?". "¿Qué se va a hacer con los resultados?".
- Si lo que se pretende hacer es un diagnóstico
sobre la capacidad de un sujeto podemos adelantar que no es preciso
hacer una exploración de la inteligencia: el síndrome
de Down en todos los casos va acompañado de deficiencia
mental.
- Si lo que se busca es un C.I. o un percentil para clasificar
a los sujetos, al ser pruebas tipificadas para la población
"normal" los resultados obtenidos en personas con síndrome
de Down siempre se encontrarán por debajo de la media.
- Si lo que se intenta alcanzar es un pronóstico,
tampoco el C.I. es válido. Pasaron los tiempos en que a
partir de un C.I. se podía determinar si un sujeto era
"educable" para tareas académicas o únicamente
"entrenable" para hábitos de autonomía
básica. Hoy en día contamos con chicos y chicas
con síndrome de Down con cocientes de inteligencia cercanos
a 40 que leen, escriben, cogen el autobús de forma autónoma,
manejan el ordenador navegando por Internet e incluso ¡trabajan
en empresas ordinarias!. No se pueden predecir las posibilidades
futuras de un sujeto en base al C.I. exclusivamente.
Algunas de las finalidades más importantes
para las que son útiles las pruebas de valoración
de la inteligencia en personas con síndrome de Down son las
siguientes:
- La Asociación Americana sobre Retraso Mental (AAMR, 1992)
define este concepto en su manual de la siguiente forma : "El
retraso mental se refiere a limitaciones sustanciales en el funcionamiento
actual. Se caracteriza por un funcionamiento intelectual significativamente
inferior a la media, que generalmente coexiste junto a limitaciones
en dos o más de las siguientes áreas de habilidades
de adaptación aplicadas: comunicación, autocuidado,
vida en el hogar, habilidades sociales, utilización de
los servicios de la comunidad, autodirección, salud y seguridad,
rendimiento académico funcional, tiempo libre y trabajo.
El retraso mental se ha de manifestar antes de los 18 años
de edad.". La determinación objetiva del "funcionamiento
intelectual significativamente inferior a la media" nos obliga
a realizar una valoración de la capacidad intelectual mediante
la aplicación de pruebas o tests de inteligencia administrados
individualmente y teniendo en cuenta las características
peculiares de la persona que se está evaluando (Del Barrio,
1995).
- Las pruebas para valorar la capacidad intelectual permiten realizar
una exploración externa (por alguien que no es un familiar
ni el profesor del alumno, por ejemplo) y objetiva (con una prueba
estandarizada) de un determinado muchacho o muchacha. De esta
manera se obtiene un dato sobre su situación actual ajeno
a las personas que están con él o ella día
a día.
- Si se repiten periódicamente (cada año o cada
2 años) nos proporciona información sobre su evolución.
Si hay estancamientos o retrocesos, por ejemplo en su edad mental,
podemos suponer que la estimulación educativa que recibe
en ese momento no es la adecuada o que se dan otros factores que
están influyendo en el chico. Es decir, funciona como una
especie de alarma, que nos remitirá a un estudio más
profundo o a una revisión del programa educativo aplicado
en ese momento. En todo caso, al reflejar en informes el C.I.
obtenido a partir de un test, es conveniente dejar constancia
escrita de que la puntuación obtenida corresponde al momento
de la exploración y no predetermina con respecto al futuro
(Alfonso San Juan, 1987).
- Al aplicar baterías amplias con pruebas diversas (verbales,
manipulativas, numéricas, de memoria, etc.) se obtienen
múltiples datos que son de gran utilidad para realizar
programaciones educativas. Se puede, por un lado reforzar los
aspectos en los que el sujeto destaca y por otro intentar compensar
y apoyar en los ámbitos en que tiene dificultades.
- En resumen, no se trata de hacer un diagnóstico del alumno,
ni de clasificarlo o de pronosticar su evolución. Las valoraciones
no se realizan para compararlo con otros, sino para compararlo
consigo mismo y comprobar su desarrollo. A partir de ahí,
además, se planifica el trabajo educativo futuro para esa
persona en concreto (MEC, 1995).
- No se puede por último olvidar, la utilidad de las puntuaciones
obtenidas con estas escalas a la hora de presentar estudios científicos
o estadísticos. Únicamente en este caso nos servimos
del C.I. como número o en comparaciones grupales, por ser
eficaz para difundir datos de investigación.
Volviendo a la definición de la AAMR, además
de determinar el grado de funcionamiento intelectual es preciso
valorar las habilidades de adaptación, lo que ha llevado
a algún autor a plantear incluso la posibilidad de modificar
el término retraso mental, utilizando clasificaciones basadas
en la intensidad de los apoyos necesarios (Luckasson, 2001). Una
persona con C.I. por debajo de la media puede tener en la actualidad
una capacidad para adaptarse al entorno en las 10 áreas tan
adecuada, que no deba ser considerada con retraso mental. El progreso
y el desarrollo de un individuo no dependen exclusivamente de su
genética, ni de su síndrome, ni de su C.I. Lo esencial
son las ayudas que se le proporcionen, la capacidad del entorno
para dar respuesta a las necesidades de apoyo que cada persona con
síndrome de Down presenta en cada momento de su vida. De
lo que se trata es de llegar al máximo de lo que su potencialidad
intelectual y personal permite.
Bibliografía
Alfonso San Juan, M. ; Ibáñez López,
M. "Las minusvalías". U.N.E.D. Madrid. 1987.
American Association on Mental Retardation (AAMR).
"Definition, classification and systems of supports (9ª.
Ed.)". AAMR. Washington DC. 1992.
Bernard Ripoll, S. "Algunos problemas de los
tests de inteligencia en la evaluación de los alumnos/as
con retraso mental. El caso del WISC-R". Revista Siglo Cero.
Vol. 32 (2); nº 195 : p. 21-25. Madrid. 2001.
Campllonch León, J.M. "Evaluación
del retraso mental". En Fernández Ballesteros R. y Carrobles
J.A.I.. "Evaluación conductual" p. 678-715. Edic.
Pirámide. Madrid. 1983.
Del Barrio, J. A.. "Una nueva perspectiva
del retraso mental y su incidencia en el síndrome de Down".
Revista Síndrome de Down. 12 : p. 40-43. Fundación
Síndrome de Down de Cantabria. Santander. 1995.
Davidoff, L. "Introducción a la Psicología".
Edit. McGraw Hill. México. 1995.
Deval, J. "La inteligencia, su crecimiento
y medida". Colección Salvat. Temas clave - número
63. Barcelona. 1984.
Eysenck, H.J. contra Kamin, L. "La confrontación
sobre la inteligencia. ¿Herencia-ambiente?. Edic. Pirámide.
Madrid. 1989.
Luckasson, R. y Reeve, A. "Denominar, definir
y clasificar en el campo del retraso mental". ". Revista
Siglo Cero. Vol. 32 (2); nº 195 : p. 5-10. Madrid. 2001.
Ministerio de Educación y Ciencia (MEC).
"La evaluación psicopedagógica : modelo, orientaciones,
instrumentos". Documentos MEC. Centro de Publicaciones. Madrid.
1995
Pinillos, J. L. "La mente humana". Ediciones
Temas de Hoy. Madrid. 1991.
Sternberg, R.J. y Detterman, D.K. (eds.). "Qué
es la inteligencia". Edic. Pirámide. Madrid. 1988.
Yuste, C. "Los programas de mejora de la inteligencia".
Edit. CEPE. Madrid. 1994.
Pruebas
Burgemeister, B.B.; Blum, L.H.; Lorge, I. "Escala
de Madurez Mental de Columbia (CMMS)". TEA Ediciones. Madrid.
1983.
Goodenough, F.L. y Harris, D.B. "GOODENOUGH,
Test de dibujo de la figura humana." . Edit. Paidós.
Madrid. 1991.
McCarthy, D. "MSCA. Escalas McCarthy de Aptitudes
y Psicomotricidad para niños". TEA Ediciones. Madrid.
1996.
Raven, J.C. "RAVEN, Matrices progresivas.
Escalas CPM Color y SPM General". TEA Ediciones. Madrid. 1996.
Terman, L.M. y Merrill, M.A. "Escala de Inteligencia
de L.M. Terman y M.A. Merrill". Revisión 1.960. Espasa-Calpe.
Madrid. 1976.
Wechsler, D. "WISC-R. Escala de Inteligencia
de Wechsler para niños Revisada". TEA Ediciones.
Madrid. 1993.
Wechsler, D. "WPPSI. Escala de Inteligencia
para preescolar y primaria". TEA Ediciones. Madrid. 1996.
|