|
PATOLOGÍA CEREBRAL Y SUS REPERCUSIONES
COGNITIVAS EN EL SÍNDROME DE DOWN
Jesús Flórez
Laboratorio de Neurobiología del Desarrollo
Departamento de Fisiología y Farmacología
Facultad de Medicina, Universidad de Cantabria
Santander
I. UN SÍNDROME CON VARIABILIDAD EN SU EXPRESIÓN
El exceso de carga génica derivado de la presencia
de un cromosoma extra del par 21, o de una parte importante de
él, provoca un desequilibrio en la acción generadora de proteínas
que los genes tienen. Es bien sabido que no todos los genes de
un individuo se expresan; algunos permanecen silentes durante
toda la vida o se expresan solamente durante un determinado periodo
de la vida. Algunos genes participan en la expresión de proteínas
de células pertenecientes a casi todos los órganos y aparatos,
mientras que otros restringen su actividad a pocos o sólo un órgano.
Además, hay genes pertenecientes a un cromosoma cuya función,
sin embargo, va a depender de la actividad de otros genes situados
en ese o en otros cromosomas. Por último, algunas de las acciones
de los genes pueden ser compensadas por las de otros genes.
Tal diversidad de situaciones por parte de los genes
provoca una enorme variedad en su incidencia sobre las características
fenotípicas de un individuo, de forma que, aunque en la trisomía
del par 21 exista en conjunto una sobreexpresión de los genes
del cromosoma 21, su incidencia real y particular varía extraordinariamente
entre una persona y otra; dependerá de cuáles sean activos y cuáles
no y de qué interacción establezcan con los demás genes de su
genoma. Ésa es la causa de que las manifestaciones fenotípicas
de las personas con síndrome de Down sean tan distintas unas de
otras, incluida la deficiencia mental.
El desequilibrio originado por el exceso de carga
génica es permanente durante toda la vida del individuo, si bien
su influencia será distinta según el momento o fase de la vida
en que opere y el órgano sobre el que incida. Por ejemplo, hay
alteraciones que se establecen en fases muy tempranas de la época
fetal y originan alteraciones en la conformación de ciertos órganos,
como puede ser el corazón; en cambio, otras aparecen más tardíamente
y se limitan a un solo órgano, como puede ser una alteración tiroidea
que aparezca en la edad adulta.
Entre los cuadros patológicos de los diversos órganos
en el síndrome de Down destacan los del cerebro como causa de
la discapacidad intelectual. Aparece siempre en mayor o menor
proporción, porque los procesos de formación y desarrollo del
cerebro son tan variados y complejos que sin duda dependen de
la acción e interacción de numerosos genes situados en todos los
cromosomas. Ésta es la razón de que toda trisomía, cualquiera
que sea el par cromosómico responsable, curse con deficiencia
mental. Y aunque el cromosoma 21 es el más pequeño de los que
existen, aporta genes suficientes como para que su desequilibrio
repercuta en una alteración del desarrollo del sistema nervioso.
Pero, por las razones que antes se han expuesto, la repercusión
de la trisomía 21 sobre el cerebro de una persona determinada
será muy individual: dependerá de cuáles sean los genes que realmente
actúen en exceso y desequilibren la normal formación de los diversos
elementos del cerebro, y ya hemos insistido que éste es un determinante
altamente individualizado.
La genética molecular va detectando en el cromosoma
21 un número creciente de genes que se expresan con particular
intensidad en el cerebro y que probablemente desempeñan un importante
papel en su desarrollo (p. ej., los genes MNB, SIM-2).
Otros tienen papeles más discretos y pueden limitarse a regular
acciones metabólicas cuya alteración va incidiendo lenta y solapadamente
sobre la función neuronal, resultando más difícil la valoración
de su repercusión de su actividad (Kola y Hertzog, 1998).
El desarrollo completo del cerebro abarca todo un
conjunto de procesos responsables de la formación de las neuronas
y demás células que constituyen el sistema nervioso, de su desplazamiento
y migración desde el punto de origen, del crecimiento de sus prolongaciones
(dendritas y axones), de la formación de la vaina de mielina que
envuelve a los axones y contribuye a la transmisión nerviosa,
de la formación y constitución de sinapsis como centros fundamentales
de la conexión entre una neurona y otra, de la muerte y eliminación
natural de un cierto número de neuronas y sus sinapsis, de los
procesos de diferenciación y organización funcional. Hay todo
un desarrollo progresivo y selectivo que conduce a la organización
ordenada y programada de redes y circuitos cerebrales formados
por las neuronas y sus conexiones.
Pero, además de esta evolución programada, existe
en cada individuo un numeroso conjunto de factores personales
(externos e internos) que moldean y modifican hasta cierto grado
el desarrollo cerebral, de acuerdo con las plasticidad que las
neuronas poseen. Las modificaciones producidas en el ambiente
físico y electroquímico a lo largo del desarrollo condicionan
la configuración definitiva y estable del complejo entramado nervioso.
Las posibilidades de configuración son mayores, lógicamente, en
las etapas más tempranas de la vida y van reduciéndose después,
pero la plasticidad neuronal siempre deja un margen de maniobra
que permite modular la actividad en un sentido determinado a lo
largo de la vida.
Desconocemos las claves neurobiológicas exactas
que dictan la existencia de una disfunción cerebral en el síndrome
de Down. Se admite actualmente que dicha disfunción es el resultado
de una alteración en el desarrollo del cerebro, o en el proceso
de degeneración neuronal, o de ambos procesos que actúan de manera
interrelacionada.
A lo largo de las primeras semanas de vida intrauterina
hay una abundante producción de neuronas que habrán de emigrar,
ubicarse y conectarse conforme a patrones bien establecidos para
ir conformando las diversas estructuras y núcleos del sistema
nervioso. Dentro de cada estructura, su ubicación y relación con
las células adjuntas no es al azar sino que viene establecida
por un conjunto de fuerzas de carácter genético y epigenético
(ambiental).
Ahora bien, el número de neuronas que se genera
inicialmente supera con creces el número de neuronas que han de
permanecer activas y funcionales, lo que significa que en propio
periodo de desarrollo existe un proceso de muerte neuronal bien
programada, por el que las neuronas autolimitan su número y su
función. Este proceso, llamado apoptosis, es también el
resultado de varias influencias que se complementan. En primer
lugar, las células poseen genes que favorecen el desencadenamiento
de los mecanismos de autodestrucción neuronal, y su acción se
ve contrarrestada o compensada por la acción de otros genes que
limitan dichos mecanismos, por lo que la prevalencia de la acción
de los primeros sobre la de los segundos originará tendencia a
la muerte neuronal (Flórez, 1998). En segundo lugar, el exceso
de neuronas durante la organogénesis cerebral crea una auténtica
competencia entre ellas para beneficiarse de los elementos tróficos
presentes en sus ambientes; la neurona que no los consiga, sucumbe.
En tercer lugar, la neurona va produciendo constantemente compuestos
tóxicos que habitualmente son contrarrestados por mecanismos de
protección; pero si la producción de determinados elementos tóxicos
(p. ej., radicales libres) es excesiva como consecuencia de la
sobreexpresión de genes, predominará la acción tóxica que facilitará
la muerte neuronal.
Sean cuales fueren los mecanismos responsables,
en los cerebros de las personas con síndrome de Down se aprecian
alteraciones de manera constante, por más que sean varias en su
ubicación y extensión .
II. ALTERACIONES MORFOFUNCIONALES
1. Alteraciones morfológicas
1.1 De naturaleza macroscópica
Hasta hace pocos años, los estudios morfológicos
del cerebro se realizaban mediante autopsia. En el nacimiento
no suelen apreciarse anomalías neuropatológicas macroscópicas
en el cerebro de los bebés con síndrome de Down, que se hacen
más evidentes conforme avanzan los primeros meses. El peso del
cerebro es casi normal en el momento del nacimiento, pero al
avanzar la edad suele aumentar en menor proporción. A los 3-5
meses de edad el diámetro anteroposterior resulta más corto
que el de los demás niños debido al menor crecimiento de los
lóbulos frontales y al aplanamiento de los occipitales. En la
mayoría de los casos, las circunferencias occipitofrontales
se encuentran por debajo de las dos desviaciones estándar, una
vez pasada la mitad de la edad lactante (Cronk y Pueschel, 1983;
Wisniewski, 1990; Becker et al., 1991).
La circunvolución temporal superior se aprecia
más estrecha en un tercio de los individuos entre el nacimiento
y los 5 años; al aumentar la edad, esta alteración llega a verse
en casi la mitad de los cerebros, pudiendo ser unilateral o
bilateral, si bien es más probable que esto ocurra en el hemisferio
izquierdo que en el derecho (Kemper, 1988). Son también más
pequeños el tronco cerebral y el cerebelo en los niños menores
de 5 años; la hipoplasia del cerebelo se debe principalmente
a la reducción de los lóbulos de la línea media (Zellweger,
1977). Es también frecuente la hipoplasia del hipocampo (Sylvester,
1983, 1986).
Muchos de estos datos se han confirmado mediante
las modernas técnicas de reproducción de imágenes cerebrales,
como la tomografía axial computadorizada (TAC) y la resonancia
nuclear magnética (RNM) que sirven para analizar las imágenes
cerebrales de seres humanos vivos con un alto poder de resolución.
Ocurre, sin embargo, que estas técnicas se han utilizado en
personas con edades superiores a los 25 años. En los estudios
de TAC los adultos jóvenes con síndrome de Down muestran cerebros
y volúmenes intracraneales inferiores a los de los controles
de edad similar (Schapiro et al., 1989). Mediante RNM, Raz et
al. (1995) analizaron imágenes de 13 adultos con síndrome de
Down, de edades comprendidas entre 22 y 50 años (media 35,2±
8,32). El estudio confirmó la existencia de una reducción global
del volumen de los hemisferios cerebrales y de los hemisferios
cerebelosos, del hipocampo y del área ventral de la protuberancia.
Se apreció también una reducción de ciertas áreas del vermix
cerebeloso (lóbulos VI a VIII). Aunque en menor grado que en
las anteriores estructuras, se apreció una reducción del tamaño
de los cuerpos mamilares y una tendencia a la reducción global
en otras varias áreas como son la corteza prefrontal dorsolateral,
la corteza cingulada anterior, lacorteza temporal inferior y
parietal inferior y sustancia blanca parietal (fig. 1). En cambio,
fue notable el aumento de la circunvolución parahipocámpica,
aumento que ha sido también descrito por Kesslak et al. (1994)
y que guardó relación con el grado de deficiencia mental. En
otros estudios de RNM se ha confirmado la disminución de la
corteza frontal y de la corteza límbica temporal (Jernigan et
al., 1993), y la anchura de la porción más rostral del cuerpo
calloso que es precisamente la que lleva las proyecciones desde
la corteza prefrontal (Wang et al., 1992), lo que concuerda
con los estudios que muestran hipoplasia de las regiones más
frontales. Igualmente, se ha confirmado por RNM la reducción
del volumen de hipocampo y amígdala (Pearlson et al., 1998),
y del volumen del planum temporale, un área cortical temporal
relacionada con la audición y el lenguaje (Frangou, 1997).
figura1. |
| Figura 1. Cortes
coronales representativos de una serie de imágenes obtenidas
por resonancia magnética en una persona adulta joven con síndrome
de Down (A) y otra control de la misma edad y sexo (B). El valor
medio del volumen de la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC)
disminuyó de 20,6± 4,4 cm3
en los controles a 15,1± 1,8 cm3
en los adultos con síndrome de Down; el de la corteza orbitofrontal
(OFC), de 5,95± 1,3 cm3
a 5,05± 0,9 cm3, respectivamente;
y el de la corteza cingulada anterior, de 2,68±
0,74 cm3 a 0,72± 0,3 cm3,
respectivamente. (Tomada de Raz et al., 1995). |
1.2 De naturaleza microscópica
En buena parte, esta disminución generalizada del
volumen cerebral, y más en concreto de ciertas estructuras, corresponde
a disminuciones de la celularidad. Destaca en primer lugar,
la reducción del número de neuronas en áreas muy diversas de la
corteza cerebral (prefrontal, frontal, áreas asociativas sensoriales),
hipocampo y cerebelo. Parece tratarse de una disgenesia que ocurre
en épocas relativamente tardías del desarrollo fetal que afecta
principalmente a las células granulares pequeñas del neocórtex,
cerebelo y gyrus dentado del hipocampo. Esto repercute en la citoarquitectura
y disposición laminar, de forma que con frecuencia los estratos
laminares se difuminan y quedan poco diferenciados.
Las células granulares pequeñas llegan a la corteza
cerebral en fases algo tardías, hacia las semanas 18 a 22 de gestación;
es en esta época cuando empiezan a verse alteraciones en el desarrollo
de la laminación de algunas áreas de la corteza cerebral, es decir,
el proceso por el que se van diferenciando e identificando las
seis láminas celulares con que se organiza la corteza cerebral.
La maduración de la corteza en estas seis capas requiere que exista
un crecimiento de los axones, que éstos encuentren las dianas
con las que han de conectar y que se estabilicen estas conexiones.
Este proceso de laminación ha sido estudiado en cerebros de fetos
con síndrome de Down (entre las semanas 20 y 40), particularmente
en la circunvolución superior del lóbulo temporal (Golden y Hyman,
1994), una región frecuentemente afectada como ya se ha indicado.
A partir de la semana 23 se aprecia ya una reducción en el grosor
de la corteza y anomalías en el patrón temporal de laminación,
con acumulación de células en las láminas más superficiales, lo
que indica un retraso en el grado de maduración laminar. Así,
pues, el proceso inicial de migración neuronal es normal mientras
que se retrasa el proceso posterior de laminación. Cabe deducir
de estos datos que, si la laminación está diferida, también lo
estará el proceso de organización y de conexión de circuitos locales
y de los diversos sistemas neuronales. Efectivamente, el análisis
de ciertas proteínas que sirven de marcadores de la formación
y establecimiento de sinapsis (neuromodulina o GAP-43, sinaptofisina,
cromogranina A) en cerebros con síndrome de Down muestran una
alteración de la sinaptogénesis que ya es visible alrededor de
las semanas 20-22 de la gestación y continúa en épocas postnatales,
particularmente en la corteza cerebral (Wisniewski y Kida, 1994).
Nos encontramos en la segunda mitad de la gestación,
pues, con problemas de organización de la laminación en ciertas
áreas de la corteza, o de reducción del número de neuronas, o
de ambas simultáneamente. Estudios recientes del grupo de Wisniewski
et al. (1997) describen una marcada irregularidad en la distribución
espacial y temporal de los genes reguladores de la muerte celular
programada en los cerebros de fetos con síndrome de Down, especialmente
en las capas granulares de las cortezas frontal y temporal; parece
haber una menor expresión de Bcl-2, un factor que es protector
contra esta muerte celular.
Especial interés, en este sentido, tiene el hallazgo
de que las neuronas obtenidas de la corteza cerebral de fetos
con síndrome de Down y mantenidas en cultivo sufren procesos degenerativos
mucho más rápidamente que las obtenidas de cerebros normales (Busciglio
y Yankner, 1995). Esta mayor actividad neurodegenerativa va asociada
a una mayor producción de radicales reactivos de oxígeno que pueden
ser tóxicos y causar esa muerte celular más acelerada (Odetti
et al., 1998).
Esto indica que algunas neuronas de la persona con
síndrome de Down poseen un mayor riesgo de degeneración ya desde
las primeras etapas del desarrollo, riesgo que perdura a lo largo
de la vida y que puede ayudar a explicar la reducción de la celularidad
que acabamos de comentar, y no sólo en la fase de la cerebrogénesis
sino posteriormente, durante la edad adulta. En efecto, con la
edad, la celularidad va disminuyendo e incluso puede hacerlo de
forma más acelerada. Existe, sin embargo, una gran variabilidad
de un cerebro a otro: en algunos casos la reducción llega a ser
de un 50 % mientras que en otros sólo alcanza el 10 %. Tampoco
la reducción de la celularidad o la alteración de la laminación
cortical se extienden a todos las áreas cerebrales. Estos hechos
habrán de ser tenidos muy en cuenta a la hora de prever e interpretar
las alteraciones de laas capacidades cognitivas, como más adelante
se explicará.
El desarrollo de las prolongaciones neuronales y
de la sinaptogénesis ha sido también objeto de estudio. No se
aprecian grandes alteraciones en el grado de ramificación dendrítica
durante el período fetal pero se observa, en cambio, en los primeros
meses y años debido probablemente a una disminución de su división
y desarrollo. Tampoco se aprecia en el período fetal diferencia
en la morfología o en el número de espinas dendríticas. Sin embargo,
a lo largo del primer año de vida se aprecia un marcado retraso
en la aparición de espinas en las dendritas de variadas neuronas,
incluidas las piramidales (Takashima et al., 1981). Este retraso
ocasiona una reducción cada vez más intensa en el número total
de espinas, según se aprecia en cerebros de niños con síndrome
de Down de 3 años o más (Suetsugu y Mehraein, 1980). Por otra
parte, la morfología de las espinas en el síndrome de Down muestra
rasgos distintos de la de los cerebros normales: las espinas pueden
ser anormalmente largas y sinuosas o, por el contrario, muy cortas
(Fabregues y Ferrer, 1983; Marín Padilla, 1976; Purpura, 1974).
También se aprecian claras alteraciones en el aparato
sináptico cuando se estudia mediante microscopía electrónica (Scott
et al., 1983). La densidad sináptica (número de sinapsis por unidad
de volumen) se encuentra algo reducida en ciertas áreas cerebrales,
y la morfología de las sinapsis muestra ciertas alteraciones como
son una disminución de la longitud pre y postsináptica, así como
del área de contacto sináptico (Wisniewski et al., 1986).
1.3. Comentario
Todas estas alteraciones difusas, aunque a veces
sutiles, de la arquitectura y de la organización neuronales en
la corteza cerebral y en algunos núcleos cerebrales y cerebelosos,
influyen de manera decisiva sobre el funcionamiento de las estructuras
tan variadas que intervienen en los complejos procesos cognitivos
que han sido analizados en el artículo anterior (Kaufmann et al.,
1996). El hecho de que ya en la época fetal se aprecien ciertas
limitaciones del desarrollo neuronal condiciona los problemas
que vamos a detectar en los primeros meses de vida extrauterina.
Pero va a ser durante estos primeros meses y años cuando ha de
surgir la explosión de pleno desarrollo de la corteza cerebral
como consecuencia del incremento de la arborización dendrítica
y neurítica, y es cuando se han de establecer las innumerables
y ricas conexiones sinápticas entre neuronas empujadas por la
avalancha de influencias y estímulos ambientales. Indudablemente,
la limitación que se aprecia en los elementos de interacción sináptica
en los cerebros con síndrome de Down durante la corticogénesis
va a suponer un freno y obstáculo para el pleno desarrollo posterior.
Sabido es que las interacciones celulares desempeñan
un papel crítico en la toma de decisiones durante el desarrollo
del cerebro. Esta comunicación intercelular de tipo sináptico
o mediado por neurotransmisores está siempre presente, prenatalmente
y, aún en mayor grado a favor del bombardeo sensorial e informativo
que se recibe tras el nacimiento, postnatalmente. Por tanto las
interacciones celulares, sean sinápticas o de otra naturaleza,
van a constituir el microambiente que desencadena o activa la
expresión de genes reguladores o efectores que son esenciales
para completar las sucesivas fases del desarrollo. Es decir, los
estímulos provocan información sináptica que, a través de los
mediadores celulares y de la acción de éstos sobre el núcleo neuronal,
determinan la actividad de los genes que han de influir sobre
el ulterior desarrollo neuronal. Esto significa que si existen
anomalías o limitaciones de los elementos sinápticos (dendritas,
espinas, número de neuronas) como hemos visto que sucede en el
síndrome de Down, habrá una disminución del conjunto de señales
interneuronales y del número de influencias que han de recibir
los genes implicados en el acabado de la citoarquitectura de la
corteza cerebral y de sus conexiones con los diversos núcleos
y áreas del cerebro.
Esto tiene una clara consecuencia de carácter terapéutico,
ya que si existe una limitación en las unidades de recepción informativa,
parece lógica que se trate de compensar, en lo posible, con un
incremento en el número y calidad de señales que estimulen la
actividad de esas unidades.
2. Alteraciones
neuroquímicas
En comparación con los datos morfológicos, es muy
escaso el avance que se ha realizado en el análisis de la realidad
neuroquímica del cerebro del síndrome de Down en las primeras
etapas de la vida. Contrasta con la profundización del análisis
del cerebro anciano, sobre todo en estudios comparativos con el
del anciano con enfermedad de Alzheimer. El extraordinario interés
suscitado por esta última enfermedad, dada su creciente prevalencia
en la población general, y el hecho de que el síndrome de Down
sea un factor de riesgo para que aparezca la enfermedad de Alzheimer
por la relación patogénica que existe entre ambas patologías,
ha hecho multiplicar las investigaciones neuroquímicas sobre ambos
tipos de cerebros. Pero su análisis nos desviaría del objetivo
real del presente estudio que va dirigido a comprender la realidad
del cerebro de la persona con síndrome de Down en su formación
y desarrollo, como base para entender la problemática de su cognición
y de su aprendizaje, y no de la problemática que aparece cuando
su vida empieza a declinar.
Dentro de los grandes sistemas de transmisión neuroquímica,
el colinérgico tiene evidente protagonismo. En el cerebro del
adulto con síndrome de Down existe deficiencia colinérgica (McCoy
y Enns, 1986); también se apreció disminución de colinoacetiltransferasa,
un marcador colinérgico específico, en la corteza cerebral de
un lactante de 5,5 meses en comparación con la de otros dos que
tenían el síndrome inmunodeficiencia adquirida (McGeer et al.,
1985); pero este dato no se confirmó en 7 lactantes de 1 año de
edad o menos, en los que la actividad de la colinoacetiltransferasa
era normal en las cortezas cerebral y cerebelosa, en el cerebro
límbico y en los ganglios de la base (Kish et al., 1989), ni en
la corteza cerebral de un feto a mitad de gestación (Brooksbank
et al., 1989). Sin embargo puede haber una reducción de receptores
colinérgicos muscarínicos en el mesencéfalo de niños prematuros
(Flórez et al., 1990). Parece más lógico pensar que la actividad
colinérgica cerebral evoluciona con la edad y puede ir disminuyendo
a lo largo de la vida de la persona con síndrome de Down. En tal
caso su actividad podría ser restaurada, al menos parcialmente,
con fármacos que incrementan la actividad colinérgica como es
el caso de los inhibidores de la acetilcolinesterasa (Capone,
1998). Se ha iniciado ya tímidamente el estudio de esta posibilidad
terapéutica con uno de ellos, el donepezilo (Kishnani et al.,
1999), pero debemos esperar a que se hagan estudios más completos
para determinar su real eficacia.
Faltan estudios sobre otros sistemas neuroquímicos
en las etapas tempranas del síndrome de Down, que incluyan también
el análisis del funcionamiento de los sistemas de transducción
intraneuronal tras recibir las señales producidas por los mediadores
químicos. Los datos que hay sobre transmisión catecolaminérgica
y serotonérgica siguen siendo muy escasos y poco concordantes
(ver Flórez, 1992). Y esto es tanto más necesario cuanto más se
aprecia el papel destacado que desempeñan los sistemas de fosforilación
de proteínas y de factores de transcripción intranucleares en
la iniciación de mecanismos inductores de genes de acción inmediata
y tardía, dentro de los procesos de memoria y aprendizaje. La
activación de la proteincinasa A, proteincinasa C y proteincinasa
dependiente de Ca/calmodulina, cuyo papel ha sido descrito en
el capítulo anterior, depende en buena parte de la estimulación
provocada por estos sistemas de neurotransmisión, por lo que será
preciso en el futuro prestarles mayor atención. El análisis de
estos sistemas de transducción es tanto más necesario por cuanto
en el modelo experimental murino de síndrome de Down se ha demostrado
que el cerebro tiene una menor capacidad para generar AMP cíclico
en respuesta estímulos específicos (Dierssen et al., 1997).
Tampoco existen estudios sobre el funcionamiento
de sistemas de carácter inhibidor, como pueden ser los sistemas
gabaérgicos, a pesar de que se han hecho muchas sugerencias de
que pueden ser deficientes en el síndrome de Down.
Aunque realizado en cerebros de adultos, tiene interés
conocer un reciente estudio (Risser et al., 1997) en el que no
se apreciaron diferencias en la concentración de varios neurotransmisores
(glutamato, aspartato, noradrenalina, dopamina y serotonina) en
la corteza frontal entre cerebros controles y con síndrome de
Down, mientras que había clara disminución en la circunvolución
parahipocámpica de los cerebros con síndrome de Down. Éste es
un nuevo dato que muestra la singularidad de la corteza parahipocámpica
en el síndrome de Down, cuyo significado aún no ha sido aclarado.
3. Alteraciones neurofisiológicas
Los estudios neuronales electrofisiológicos son muy
escasos y restringidos principalmente a neuronas del sistema nervioso
periférico. Se han descrito alteraciones neurofisiológicas en la
transmisión sináptica de las neuronas cultivadas de ganglios raquídeos,
obtenidas de fetos con síndrome de Down, que consisten principalmente
en un acortamiento de la duración del potencial de acción, con aceleración
de la fase de despolarización y repolarización, posiblemente relacionados
con modificaciones en las corrientes de potasio (Nieminen et al.,
1988). Si a los problemas de transmisión sináptica se suma la marcada
reducción de la densidad sináptica y del número de células granulares
en la corteza cerebral, cabe suponer que los flujos informativos
aferentes y eferentes de las columnas de células corticales, que
representan la unidad funcional de la arquitectura cortical, han
de estar seriamente comprometidos. En consecuencia, el patrón temporoespacial
que emite cada neurona efectora cortical, como resultado de la interacción
existente en cada equipo o columna de neuronas que conforman la
unidad operativa de la corteza cerebral, se encuentra distorsionada.
Como ha señalado Courchesne (1988), esta distorsión de la integración
de la activación neuronal debida al proceso disgenético debe ejercer
una influencia negativa sobre la capacidad para filtrar, integrar,
elegir y almacenar la información durante la maduración cerebral.
La presencia de redes neuronales que están generando patrones anómalos
de actividad nerviosa durante los primeros meses de vida ha de dificultar
la formación posterior de conexiones sinápticas, lo que repercutirá
negativamente sobre el establecimiento permanente de conexiones
sinápticas.
4. Análisis instrumentales de la
actividad cerebral
4.1. Potenciales evocados
Para estudiar la actividad funcional de los sistemas
neuronales implicados en las funciones sensitivas, motoras y cognitivas
se utiliza ampliamente el análisis de los potenciales que se originan
en las diversas regiones del cerebro, bien evocados por estímulos
sensoriales de distinto carácter, bien relacionados con variados
tipos de acontecimientos. La creciente calidad tecnológica de estos
análisis permite diferenciar la actividad neuronal relacionada con
la recepción del estímulo, con su procesamiento, y con la conducta
o elaboración de respuesta que dicho estímulo o acontecimiento evoca
en las diferentes regiones del cerebro. Como se comprende, un factor
importante al diferenciar unos componentes de otros es el factor
tiempo correspondiente a cada fluctuación u onda del potencial
registrado tras la aplicación del estímulo. En primer lugar aparecen
los llamados componentes exógenos evocados por estímulos sensoriales;
son los componentes de latencia corta: las ondas I a V y las Na
y Pa, que aparecen en los primeros 50 mseg., seguidas de las ondas
N100 (N1) y P200 (P2) las cuales son poco identificables en la infancia
En cambio, las ondas Nc, P3b (P300) y SW son llamadas componentes
endógenos porque aparecen asociadas con el componente endógeno o
cognitivo (p. ej., relacionado con la atención y el procesamiento
de la memoria) ya que aparecen pasados los 300 mseg, y su presencia
no depende tanto de la aparición de un estímulo como de la exigencia
de tener que realizar una tarea. Por eso se piensa que guardan más
relación con procesos de memoria y aprendizaje, y se aprecian muy
tempranamente en la infancia (Courchesne, 1990).
4.1.1. Modificaciones en los componentes iniciales
En las personas con síndrome de Down, cuando el estímulo
es acústico se aprecian ciertas anomalías de las latencias de aparición
de las primeras ondas de los potenciales (ondas I a V), que corresponden
a todo el proceso de transmisión aferente a lo largo del nervio
auditivo, protuberancia, tubérculo cuadrigémino inferior, cuerpo
geniculado lateral y radiaciones talamocorticales. Estas anomalías
son independientes de que haya o no deficiencia acústica por lesión
del aparato auditivo, por otro lado frecuente en el síndrome de
Down. Igualmente se aprecian anomalías en la latencia y amplitud
de las respuestas neurales de los potenciales corticales asociados
con estímulos sensoriales de diversa cualidad (Dustman y Callner,
1979; Squires et al., 1979).
4.1.2. Modificaciones en los componentes P2 y N2
Aparece en el síndrome de Down un aumento de la latencia
de aparición de estas ondas en respuesta a estímulos visuales y
auditivos (Lincoln et al., 1985; Squires et al., 1979; Yellin et
al., 1979; 1980), lo que sugiere una alteración en la capacidad
de procesar la información, si bien Ellingson (1986) comprobó que
la latencia de la onda P2 al estímulo visual se normalizaba a los
5 meses del nacimiento. Pero destaca también otro hecho, que se
aprecia cuando los estímulos auditivos son aplicados de manera repetida.
Conforme en los individuos normales la amplitud de las ondas P2
y N2 disminuye al ir repitiéndose el estímulo, lo que indica un
proceso de habituación, en las personas con síndrome de Down
la amplitud se mantiene con la misma intensidad o incluso aumenta,
es decir, no aparece el proceso de habituación. Parecen fallar,
pues, los mecanismos endógenos de acomodación o modulación rápida
que permiten filtrar y dirigir la información y que, como se ha
explicado ampliamente en el capítulo anterior, constituyen elementos
importantes en el proceso de memoria y aprendizaje. Es posible que
estos mecanismos dependan de la actividad de neuronas intercalares
de carácter inhibidor, por ejemplo las granulares, que son precisamente
las que están más disminuidas en el síndrome de Down.
4.2. Potenciales cerebrales y desarrollo cognitivo
en la primera infancia de los niños con síndrome de
Down
Uno de los problemas más candentes en el análisis
del aprendizaje de los niños con síndrome de Down es el de poder
evaluar en las etapas más tempranas de su desarrollo la capacidad
de responder a los estímulos en términos cognitivos. En la evaluación
del estado o capacidad cognitiva de un bebé se ha dado creciente
importancia a la memoria, tomando como paradigma la respuesta conductual
a estímulos visuales. Elemento clave en este paradigma es la aplicación
sucesiva de estímulos visulaes iguales (p. ej., una cara) que terminan
por provocar la habituación de respuesta, antes mencionada, por
la cual el bebé deja de mantener su atención ante el estímulo. Si
en esas condiciones se le presenta un segundo estímulo novedoso
(otra cara distinta) vuelve a apreciarse una respuesta positiva
lo que demuestra que el decremento de la respuesta al primer estímulo
se debe a la habituación. Numerosas investigaciones han demostrado
que los niveles de habituación, reconocimiento de memoria y atención
obtenidos durante los primeros meses guardan relación con otras
medidas que valoran el nivel intelectual obtenidas en etapas posteriores
del desarrollo.
Si interés tiene estudiar el fenómeno conductual (p.
ej., tiempo durante el cual el bebé mantiene fija la mirada hacia
el estímulo ya conocido y ante otro no conocido o nuevo), no menos
interés tiene analizar cómo evolucionan los potenciales eléctricos
del cerebro que se generan durante la respuesta a esos estímulos;
es decir, comprobar si también en ellos se dan los fenómenos de
habituación, cómo se comportan en las diversas áreas del cerebro,
etc. Estos potenciales relacionados con el evento o acontecimiento
(PRA) han de suministrar amplia información porque dan cuenta no
sólo de la actividad cerebral que se desarrolla cuando penetra el
estímulo en el cerebro sino también de la actividad que se desarrolla
durante el procesamiento de la información, su almacenamiento y
su respuesta. Si se comparan estímulos conocidos con novedosos,
se puede analizar la evolución de los PRA ante uno y otro tipo de
estímulo, el grado de atención que se desarrolla, los fenómenos
de habituación, la memoria de reconocimiento, etc.
Hill Karrer et al. (1998) han estudiado de manera
directa la evolución de los distintos componentes de los PRA y de
la conducta visual ante estímulos repetidos y novedosos (hasta un
total de 180, seguidos) en bebés con síndrome de Down de 6 meses
de edad, comparándolos con otros bebés de la misma edad sin patología
neurológica reconocible. Los PRA de bebés de 6 meses sometidos a
estímulos visuales presentan cuatro componentes. a) El rasgo
más prominente es una onda negativa (Nc) que aparece a los 400-600
mseg. del estímulo y que se relaciona intensamente con los procesos
de atención y de codificación del estímulo; es el primer componente
endógeno que aparece durante el desarrollo (Courchesne, 1990); b)
una onda positiva (P2 o Pb) que aparece inmediatamente antes de
la anterior a los 200-400 mseg., que suele asociarse con el reconocimiento
del contexto de la prueba, facilidad para la codificación del estímulo
y capacidad del bebé para aceptar la estructura del paradigma; c)
un componente negativo Nc2 que aparece a los 800-900 mseg. y que
parece relacionarse con las transiciones entre la codificación del
estímulo y la memoria de reconocimiento visual en la infancia; y
d) superpuesta a estos tres componentes, hay una onda lenta
y negativa (NSW) que comienza a los 10-50 mseg. del estímulo, de
forma que la parte inicial se relaciona con los procesos de anticipación
y atención (fig. 2).
|
figura 2.

|
|
Figura 2.
A. Componentes de
un potencial cerebral relacionado con un acontecimiento, registrado
tempranamente en la región frontal de un niño de seis meses
con síndrome de Down. Sobre el significado de los diversos
componentes, léase el texto.
B. Decremento del
área del componente Nc conforme se repiten los estímulos más
frecuentes, en bebés con síndrome de Down (líneas continuas)
y sin síndrome de Down (líneas de puntos). El decremento es
más lento en los primeros, lo que indica un menor grado de
habituación. "Iniciales" = estímulos 1 a 53; "intermedios"
= estímulos 54 a 107; "finales" = estímulos 108
a 160. El decremento fue mínimo en la región frontal (FZ).
C. Decremento del
área del componente Nc cuando los estímulos son infrecuentes
o raros (20% de probabilidad de aparición). En los bebés sin
síndrome de Down (líneas de puntos) la respuesta decae progresivamente
al repetirse los estímulos, mientras que en los bebés con
síndrome de Down (líneas continuas) muestra una tendencia
cuadrática en forma de U invertida. (Tomada de Hill Karrer
et al., 1998).
|
Los resultados que obtuvieron en los dos grupos de
bebés son altamente sugerentes. Los datos de mayor importancia fueron
los siguientes.
1. La morfología de las ondas fue similar en los dos
grupos; sin embargo, el componente Pb fue mínimo en los bebés con
síndrome de Down.
2. La repetición de estímulos (que llegó a ser de
hasta 180 presentaciones visuales) provocó en ambos grupos fenómenos
de habituación que se manifestaron como una reducción progresiva
de las amplitudes y áreas de los componentes de las ondas conforme
se repetía la experiencia. Ahora bien, mientras que en los bebés
sin síndrome de Down la habituación era muy rápida, con rápidos
decrementos de las ondas a lo largo de la sesión conforme los estímulos
se repetían, en el grupo con síndrome de Down la velocidad de la
habituación fue muy lenta en todas las áreas de la corteza cerebral
registradas; más aún, apenas hubo decremento de ondas en la región
más frontal del cerebro (fig. 2).
3. Cuando se introducían de vez en cuando estímulos
novedosos por entre los estímulos habituales, se apreció un nuevo
incremento de las ondas en los dos grupos (como corresponde al fenómeno
de deshabituación), seguido de un progresivo decremento en los dos
grupos; pero, de nuevo, este decremento fue más lento en los bebés
con síndrome de Down.
4. No hubo prácticamente diferencias en las latencias
de aparición de los distintos componentes de los PRA entre ambos
grupos.
5. El análisis de la conducta, expresado en forma
de duración de la fijación de la mirada hacia el estímulo presentado,
mostró también signos de habituación. Pero curiosamente, la velocidad
con que la respuesta conductual pareció habituarse fue similar en
los dos grupos, con y sin síndrome de Down. Es decir, en los bebés
con síndrome de Down hubo una disociación entre la lentitud con
que los potenciales cerebrales disminuían y la normalidad con que
la conducta se habituaba. Esto se interpreta como que los procesos
neurales reflejados en los potenciales, indispensables para la memoria
de reconocimiento visual, son menos eficientes.
A la vista de estos datos, los autores aportan las
siguientes conclusiones:
1. Si el componente Pb refleja la facilidad de procesamiento
del estímulo, los bebés con síndrome de Down parecen tener mayor
dificultad para comprender los estímulos y para percibir la forma
en que está estructurada la presentación del estímulo.
2. Puesto que la morfología de Pb y Nc en los bebés
de 6 meses con síndrome de Down se parecía más a la de los bebés
con 3 meses del grupo control, es posible que haya un retraso en
el desarrollo y maduración de los sistemas neurales, ya apreciables
en los primeros meses de la vida extrauterina.
3. Se aprecia una alteración en la integración de
los estímulos a nivel parietal en los bebés con síndrome de Down,
que concuerda con la alteración en las intercorrelaciones entre
lóbulos frontales y parietales detectada por los estudios de PET
(Horwitz et al., 1990) en adultos jóvenes con síndrome de Down.
En consecuencia, tanto las regiones frontales como las parietales
pueden estar alteradas en los bebés con síndrome de Down.
4. Los bebés con síndrome de Down, al tener una habituación
más lenta, parecen beneficiarse menos de los efectos propios de
la repetición de los estímulos. Este más lento decremento respalda
la hipótesis de que el cerebro del bebé con síndrome de Down puede
caracterizarse como "menos eficiente" a la hora de instaurar
los procesos de "inhibición" tan característicos de situaciones
en las que los estímulos se repiten. Aún parece más importante el
hecho de que la pérdida o falta de habituación aparezca sobre todo
en las áreas frontales, lo cual indica que es donde se manifiesta
el déficit más acusado en el procesamiento de la información. Se
han apreciado similares alteraciones en los procesos de habituación
de los lóbulos frontales tras estimulaciones auditivas en jóvenes
con síndrome de Down (Seidl et al., 1997; Kaneko et al., 1996).
Todo ello obligaría a concluir con Nadel (1994) que la acumulación
y almacenamiento de experiencias en las personas con síndrome de
Down es menos eficiente ya que su aprendizaje parece decaer más
rápidamente.
5. En conclusión, los resultados de este estudio muestran
que los bebés con síndrome de Down tienen déficits en su capacidad
de adaptar las respuestas neurales a la estimulación visual repetida
a una edad temprana como es la de los seis meses. Estas observaciones
respaldan el concepto de que hay una alteración de sus procesos
inhibidores y una menor eficiencia en sus procesos de memoria. Puesto
que se piensa que la habituación es la forma más precoz de aprendizaje
en la infancia, el grado de eficiencia de los procesos neurales
implícitos en el fenómeno de decremento de los PRA puede conseguir
una mejor comprensión de la memoria y el aprendizaje durante el
desarrollo cognitivo anormal.
4.3. Los potenciales en niños y jóvenes
En el síndrome de Down aparecen diversas alteraciones
en la latencia y amplitud de las ondas Pb, especialmente en corteza
frontal, en respuesta a estímulos visuales y auditivos (Lincoln
et al., 1985). Estas alteraciones se aprecian tanto si se comparan
con sujetos normales de la misma edad cronológica como de menor
edad cronológica y similar edad mental. En general, las latencias
son más largas cuando se comparan con niños de igual edad cronológica.
Es interesante relacionar esta latencia de aparición en la onda
Pb con la latencia de aparición de una determinada respuesta en
forma de conducta; por ejemplo, el tiempo que se tarda en identificar
mediante una respuesta motora la aparición de un estímulo auditivo
previamente definido. En este caso, los niños con síndrome de Down
muestran unas latencias de respuesta motora exageradamente aumentadas,
mucho mayores de lo que cabría esperar de las cifras aportadas por
las latencias de las ondas Pb. Esto parece indicar que existe retraso
en dos procesos: el de reconocimiento de la señal y el de organización
de la respuesta motora.
Varios estudios implican al hipocampo en la génesis
del potencial Pb (Halgren et al., 1980). En este sentido, y vistas
las alteraciones neuronales que existen en el hipocampo de las personas
con síndrome de Down, se podría afirmar que las alteraciones de
esta área repercuten sobre los procesos de memoria, orientación
y conocimiento, tal como los vemos en el síndrome de Down.
4.4. Macropotenciales cerebrales relacionados
con la realización de tareas
En un extenso trabajo, Chiarenza (1993) abordó el
estudio de las alteraciones que aparecen en los potenciales eléctricos
cerebrales de personas con síndrome de Down desde otra perspectiva:
cuando han de realizar una tarea determinada que se inicia por decisión
propia pero que, una vez iniciada, ha de seguir un curso previamente
establecido. La actividad cerebral eléctrica que acompaña a la realización
de esta tarea se denomina macropotenciales cerebrales relacionados
con el movimiento, que siguen un patrón determinado de registros,
en paralelo con el registro electromiográfico. Se distinguen cuatro
períodos: 1. Premotor, proporcional a la complejidad de la tarea
que se ha de desarrollar, se registra principalmente en las regiones
frontal y central, refleja los procesos de organización y selección
de estrategias. 2. Sensomotor, se inicia con el comienzo de la actividad
motora y representa la actividad reaferente generada por la propia
respuesta. 3. Período de finalización del movimiento, incluye la
onda P200, forma parte de potenciales somatosensoriales. 4. Posmotor:
comprende dos tipos de registros, uno positivo relacionado con la
valoración de la ejecución de la tarea, y otro negativo que sólo
aparece durante los primeros años de edad.
En las personas con síndrome de Down entre 18 y 25
años de edad, el estudio reveló los siguientes datos: disminución
o supresión de la amplitud del potencial en el período sensomotor,
reducción de la amplitud del potencial P200 y reducción de la amplitud
del potencial positivo relacionado con la valoración de la ejecución
de la tarea. Según Chiarenza, estos datos expresan en términos neurofisiológicos
las alteraciones y dificultades que existen en el cerebro de las
personas con síndrome de Down para preparar la ejecución motora
de una tarea, para elaborar la información somatosensorial que se
deriva de la reaferenciación propioceptiva, y para valorar el resultado
de la ejecución de la tarea en modo tal que le permita ir mejorando
la repetición de dicha tarea.
5. Metabolización regional en el
cerebro
Como ya se ha indicado anteriormente, la tomografía
por emisión de positrones es una técnica exploratoria que permite
analizar en el cerebro de personas vivas, entre otras cosas, la
intensidad con que una pequeña región del cerebro capta y utiliza
(es decir, metaboliza) un derivado de la glucosa que es marcado
radiactivamente. La velocidad con que una región metaboliza este
derivado químico refleja, por así decir, su "vitalidad"
o funcionalidad. De este modo se puede comparar el grado de actividad
de unas regiones del cerebro con otras, y el modo en que esta actividad
es modificada de acuerdo con las tareas o ejercicios que una persona
realiza.
Horwitz et al. (1990) utilizaron esta técnica para
analizar el patrón o modo de distribución del metabolismo cerebral
en personas relativamente jóvenes con síndrome de Down, y compararlo
con el de personas normales de la misma edad. Las edades estaban
comprendidas entre los 19 y los 34 años, por considerar que es a
partir de los 35 cuando empiezan a aparecer las alteraciones patológicas
cerebrales semejantes a las que caracterizan a la enfermedad de
Alzheimer. Tomando como elemento de comparación la relación entre
la velocidad de utilización de glucosa en un determinado territorio
cerebral y la de utilización en todo el cerebro, es posible establecer
una relación de las capacidades metabólicas de unas regiones con
otras, y comparar estas interrelaciones entre el grupo con síndrome
de Down y el grupo control. Basándose en estas comparaciones, Horwitz
et al. (1990) apreciaron que en las personas con síndrome de Down
existían alteraciones en las interrelaciones dentro de regiones
diversas de los lóbulos frontales y parietales, así como de dichos
lóbulos entre sí. Las correlaciones entre áreas frontales y parietales
presentaban también un menor valor que en el grupo control. Datos
posteriores del mismo grupo, utilizando técnicas más perfeccionadas,
no pudieron confirmar estas alteraciones en las relaciones frontoparietales
(Azari et al., 1994). Sin embargo, establecieron claramente la presencia
de alteraciones metabólicas en dos áreas corticales relacionadas
con el lenguaje en los cerebros de las personas con síndrome de
Down: la parte inferior del área premotora izquierda y la circunvolución
temporal superior izquierda.
6. Resumen
En las páginas que anteceden han quedado descritas,
a veces con detalle, la larga serie de alteraciones que valiéndonos
de diversos métodos, somos capaces de apreciar en el cerebro de
las personas con síndrome de Down, centrándonos cuando ha sido posible
en las primeras etapas –prenatales y postnatales– del desarrollo.
Pero existe el peligro de que los árboles no nos permitan contemplar
el bosque; por eso, a modo de resumen, seleccionamos los rasgos
que parecen más característicos.
1. Dentro del síndrome de Down existe una enorme variabilidad
entre la patología de un cerebro y de otro. Determinadas áreas o
lóbulos de la corteza cerebral pueden verse afectados con diversa
intensidad en unos casos, y mantenerse normales en otros.
2. Insistiendo en este concepto de variabilidad entre
distintos individuos, es frecuente que aparezca de manera temprana
postnatal una reducción del volumen total del cerebro y del cerebelo,
del hipocampo; más variables aún, pero relativamente frecuentes,
aparecen reducciones del tamaño de ciertas áreas de la corteza prefrontal
(dorsolateral, cingulada), cuerpos mamilares, circunvoluciones de
la corteza temporal y parietal.
3. Cuando hay afectación de alguna área, es frecuente
que consista en la disminución del número total de neuronas, especialmente
las granulares,, de sus ramificaciones y de las espinas dendríticas.
En consecuencia, si se trata de áreas de la corteza cerebral, hay
un desdibujamiento de la estratificación celular.
4. Ya en la época fetal se detectan trastornos de
desarrollo, poco explícitos todavía. Es en los primeros meses y
años de la vida cuando se aprecian los retrasos más sustanciales
y las carencias en el desarrollo de la arborización neuronal y de
las conexiones sinápticas.
5. es difícil afirmar con precisión qué factores son
los que promueven esta insuficiencia del desarrollo. Pero es muy
posible que también existan factores que favorecen la destrucción
neuronal progresiva a lo largo de la vida, y sean causa de un envejecimiento
más precoz.
De todo lo expuesto se desprende que en el cerebro
del síndrome de Down no hay una lesión única y nítidamente localizada
en un sitio o sistema concreto. Se trata, por el contrario, de alteraciones
difusamente distribuidas que redundarán en la afectación de unos
u otros sistemas con intensidad variable. En consecuencia y salvo
excepciones (por ejemplo, los sistemas relacionados con el lenguaje),
será difícil definir con precisión síndromes cerebrales concretos
propios del síndrome de Down, a diferencia de lo que ocurre con
otros trastornos del desarrollo originados por alteraciones genéticas
mucho más circunscritas (por ejemplo, el síndrome de Williams).
Más bien, deberán definirse patrones de actividad o de funcionamiento
prevalentes en una mayoría de individuos con síndrome de Down. Esta
es la tarea a desarrollar en la siguiente sección del presente trabajo.
III. SISTEMAS COGNITIVOS EN EL SÍNDROME DE DOWN
1. Introducción
Es evidente que un rasgo característico del
síndrome de Down es la discapacidad intelectual o mental, a la que
muchos siguen refiriéndose como deficiencia, retraso o retardo mental.
No es mi intención discutir lo apropiado de estos términos sino
delimitar y definir los problemas de forma que todos nos entendamos
con fines prácticos.
Suele afirmarse que la deficiencia mental del síndrome
de Down es de grado moderado a ligero, basándose en las puntuaciones
globales que se obtienen mediante los tests habituales que tratan
de medir el coeficiente intelectual. Muchas veces se ha repetido
que el CI define negaciones y no capacidades. Esto es cierto si
el resultado final se queda en una cifra y no describe los aspectos
positivos que la propia realización de las pruebas ha tenido necesariamente
que descubrir, y no se especifican las limitaciones técnicas que
son intrínsecas a cada prueba. Efectivamente, las pruebas psicológicas
tienen que detectar cuáles son las áreas o dominios en los que el
individuo se mueve con soltura y en cuáles presenta dificultades
y de qué tipo son. Una prueba basada preferentemente en la habilidad
verbal de respuesta puntuará anormalmente bajo en las personas con
síndrome de Down que presentan especiales problemas de lenguaje,
por más que ellas entiendan bien lo que se les pregunta u ordena.
La discapacidad intelectual significa que la persona
presenta dificultades cognitivas que son de grado diverso para las
distintas cualidades que han de constituir el conocimiento y la
conducta. Ese conjunto de dificultades conforman, por una parte,
alteraciones en el modo de alcanzar ciertas formas de razonamiento
mental, el cual exige el entendimiento simbólico en su más amplio
sentido, la captación de la relación espaciotemporal, y la elaboración
de pensamiento abstracto; y por otra, desequilibrios en el modo
de captar la realidad en su rica pluriformidad y, en consecuencia,
de ejercer constantes adaptaciones después de haberla valorado
convenientemente. Es quizá este componente, el de la adaptación
fluida a la realidad captada y cambiante, el que decide en términos
más prácticos la capacidad de una persona para valerse con independencia
y autonomía personales en la vida ordinaria. No está de más recordarlo
en estos momentos en que tanto se promueve el desarrollo de la autonomía
en las personas con retraso mental.
Definir la discapacidad intelectual propia del síndrome
de Down en términos modernos desde una perspectiva psiconeurológica
exige, pues, definir aquellas áreas en las que el individuo presenta
dificultades más especiales, sobre la base de las alteraciones observadas
en sus sistemas cerebrales, tal como se resume en la tabla 1.
Tabla 1. Correlación entre patología
cerebral y conducta cognitiva en el síndrome de Down
|
Conducta cognitiva
|
Estructuras afectadas en
el sistema nervioso
|
| I.
Atención, iniciativa
Tendencia a la distracción
Escasa diferenciación entre estímulos
antiguos y nuevos
Dificultad para mantener la atención
y continuar con una tarea
específica
Menor capacidad para autoinhibirse
Menor iniciativa para jugar
|
Mesencéfalo
Interacciones tálamo-corticales
Interacciones corteza fronto-parioetal |
|
II. Memoria a corto plazo
y procesamiento de la información
Dificultad para procesar formas
específicas de información sensorial,
procesarla y organizarla como respuestas
|
çreas de asociación
sensorial (lóbulo parieto-temporal)
Corteza prefrontal
|
|
III. Memoria a largo plazo
Disminución
en la capacidad de consolidar y recuperar la
memoria
Reducción en los tipos de memoria
declarativa
|
Hipocampo
Interacciones córtico-hipocámpicas |
|
IV. Correlación
y análisis
Dificultades para:
- integrar e interpretar la información
- organizar una integración secuencial
nueva y deliberada
- realizar una conceptualización y
programación internas
- conseguir operaciones cognitivas secuenciales
- elaborar pensamiento abstracto
- elaborar operaciones numéricas
|
Corteza
prefrontal en interacción bidireccional
con:
- otras estructuras corticales y subcorticales
- hipocampo
|
2. Visión global de las alteraciones
difusas
Hemos visto cómo, en la época fetal, se pueden detectar
alteraciones en la configuración general de las capas de la corteza
cerebral. Existe en algunas áreas corticales un cierto retraso madurativo
en la conformación de los estratos de neuronas, lo que significa
que en el momento del nacimiento no están establecidas, o lo están
en menor grado, los patrones previos de redes neuronales sobre los
cuales se ha de ir configurando la riqueza de conexiones sinápticas
en respuesta al bombardeo informativo de las primeras etapas postnatales.
Hay un retraso en la conformación de patrones, que redundará en
una demora en la aparición de conductas o hitos del desarrollo.
En un periodo de vida en el que el establecimiento de unidades funcionales
como respuesta a estímulos sensoriales e informativos sigue un curso
acelerado y progresivo, el entorpecimiento de estos procesos por
falta de maduración repercute negativamente en la instauración y
desarrollo de las redes sinápticas y de sus consecuencias funcionales.
La reducción en el número de las conexiones sinápticas,
porque existe un menor desarrollo de la arborización y de la constitución
de las estructuras receptoras (p. ej., las espinas dendríticas)
constituyen un factor añadido de dificultad en los procesos de flujo
informativo. Los estudios de Hill Karrer et al. (1998) en los bebés
de seis meses que han sido largamente explicados en la sección anterior
del capítulo, ofrecen importante información. Las neuronas de los
bebés responden a los estímulos visuales a juzgar por las modificaciones
de los potenciales cerebrales, pero fallan los mecanismos de adaptación
que normalmente se ponen en marcha para originar el proceso de habituación,
especialmente en las áreas más frontales del cerebro, aquellas que
tienen que ver con los sistemas de memoria y elaboración del contenido
informativo. Es evidente, pues, que el cerebro del bebé con síndrome
de Down dispone de los requisitos indispensables para recoger la
información e interpretarla; sus redes neuronales se lo permiten.
Pero puede fallar en los mecanismos más complejos que supone el
tener que retener esa información y, sobre ella, iniciar el complicado
proceso de elaborar respuestas, conformar esquemas, establecer pautas;
es decir, la elaboración de la experiencia.
No deja de ser enormemente significativo el hecho
de que los principales fallos que el grupo de Hill Karrer aprecia
sean en las áreas más frontales del cerebro. Recordemos que utilizan
estímulos visuales en su estudio, no auditivos cuya problemática
es aún mayor como se analizará más adelante. Si repasamos el capítulo
anterior, comprobaremos la importancia que la corteza prefrontal
en su conjunto, y determinadas zonas en particular, tienen en la
elaboración de numerosos procesos cognitivos, desde la atención
y la memoria a corto plazo a la elaboración mental y el cálculo.
Es evidente que ningún bebé tiene capacidad todavía para elaborar
muchos de estos procesos; pero no cabe duda que su corteza cerebral
se va preparando desde el comienzo mediante el establecimiento de
ricas redes neuronales para que, sobre la base de la ejercitación
y de la experiencia que se van acumulando, llegue a funcionar con
agilidad y soltura en la elaboración de pensamientos y conductas
crecientemente complejos.
Por lo que hemos expuesto en el trabajo anterior,
el número de áreas y núcleos del cerebro que intervienen en los
proceso cognitivos son más numerosos cuanto más dificultades supone
el proceso de aprendizaje; existe, además, una inmediata comunicación
entre ellas que hace que la respuesta fluya de modo rápido. Esto
no quita para que, asegurado un determinado aprendizaje, ciertas
áreas dejen de implicarse para dejar el puesto a otras que permiten
la realización de respuestas más automatizadas.
No debe sorprender, por tanto, que los obstáculos
de transmisión sináptica y de comunicación interneuronal que apreciamos
en el cerebro del síndrome de Down dificulte el fluido engranaje
de unas áreas con otras. Por tanto, a) el aprendizaje o elaboración
de respuestas será más lento y laborioso, requerirá mayor ejercitación;
b) la retención de la información será más débil, más expuesta
a la extinción, o sea, al olvido; c) la información ofrecida
de forma agolpada y aglomerada no puede ser procesada: existe bloqueo
informativo, justo lo contrario de lo que se necesita para aprender.
3. La atención
Ante un nuevo estímulo, la atención exige como mínimo
capacidad para desprenderse de aquello a lo que hasta entonces el
individuo prestaba atención, para orientarse ante el nuevo estímulo,
interpretarlo, retenerlo y reaccionar mediante los sistemas de atención
ejecutiva; esto ocurrirá siempre que el estímulo sensorial alcanza
adecuadamente las áreas sensoriales específicas y éstas son capaces
de procesarlo eficientemente.
En el síndrome de Down la información, como hemos
visto, presenta dificultades de habituación; cabe pensar, por tanto,
que pueden existir alteraciones en los mecanismos por los que se
consigue desprenderse de lo que ocupa la atención para prestarla
u orientarla hacia el nuevo centro de interés. Además, numerosos
autores confirman el hecho de que los bebés y niños con síndrome
de Down procesan con mayor dificultad la información auditiva que
la visual, y responden a ésta mejor que a aquélla (Pueschel et al.,
1987). ¿Qué pasa, pues, con la información auditiva? Considérese
que, en la especie humana, un gran porcentaje de la información
penetra por el sentido del oído; que esa información llega elaborada
como lenguaje y que, por tanto, el lenguaje con toda su complicación
simbólica es un componente informativo que el niño ha de empezar
a descodificar, transformar y manipular para ir generando su propio
conocimiento de la realidad.
Prescindiendo de los problemas que pueden existir
en el aparato periférico de la audición de los niños con síndrome
de Down (oído externo, medio e interno), debemos analizar los componentes
cerebrales que entran en juego para procesar los sonidos y, sobre
todo, para interpretarlos como lenguaje. Es ahí donde interviene
de manera absolutamente protagonista el lóbulo temporal y particularmente
su circunvolución superior. Pues bien, como se ha indicado anteriormente,
una de las regiones más constantemente afectadas por disminución
de su desarrollo y dificultades de la laminación cortical es, precisamente,
esta circunvolución superior del lóbulo temporal. Esto no significa
que el individuo no oiga en el sentido estricto del término; significa
que tiene dificultades para realizar operaciones complejas como
son la descodificación de los sonidos recibidos de manera secuencial,
tan necesaria para percibir bien, primero, e identificar y comprender
después los fonemas, las palabras y las frases. Si a ello se suman
los problemas del aparato auditivo externo, que pueden originar
reducción de la agudeza auditiva sobre todo para ciertos tonos,
comprenderemos el origen de esas dificultades, repetidas veces señaladas,
para el procesamiento de la información auditiva.
Volviendo ahora al tema de la atención, se entiende
ahora que el niño con síndrome de Down puede presentar un doble
problema: uno referido al sistema de recepción y descodificación
de buena parte de los estímulos, concretamente los auditivos; otro
referido al componente ejecutivo de la atención que requiere el
buen funcionamiento de las áreas corticales más directamente implicadas:
la corteza cingulada anterior y las áreas prefrontales dorsolaterales
y orbitofrontales.
Ahora bien, el componente ejecutivo de la atención
se encuentra en estrecha relación con los procesos de memoria a
corto plazo, y se expresa a través de sus sistemas subsidiarios
descritos en el trabajo anterior, entre los que destacan el fonológico
que tiene que ver con la información basada en el lenguaje, y el
visoespacial que maneja este tipo específico de información. Resulta
necesario abordar estos procesos en el síndrome de Down de forma
progresiva.
- Memoria a corto plazo
Considero altamente recomendable que el lector
repase lo descrito en el trabajo anterior sobre este tipo de memoria,
para comprender así mejor los problemas que van a surgir en el proceso
general de aprendizaje cuando los mecanismos cerebrales responsables
de esta forma de memoria se encuentran limitados.
Numerosos estudios demuestran que los niños con síndrome
de Down presentan con bastante uniformidad, aunque en grado diverso,
deficiencias en la memoria a corto plazo: sea para captar y memorizar
imágenes de objetos, listados de palabras, listados de números,
ya no digamos frases (Bilovsky y Share, 1963; Bower y Hayes, 1994).
A los problemas de procesamiento de la información y de la atención,
recién expuestos, se suman: a) la dificultad para retener
y almacenar brevemente esa información de modo que puedan responder
de inmediato con una operación mental o motriz, y b) la carencia
de iniciativa para recurrir a estrategias para facilitar esa retención.
Estas dificultades suelen ser muy evidentes en el niño pequeño pero
también se observan en el adolescente y en el adulto.
Más aún, se piensa que esta específica deficiencia
es más apreciable en el síndrome de Down que en otras formas de
discapacidad intelectual (Marcell y Armstrong, 1982). La memoria
a corto plazo en los niños con síndrome de Down no aumenta con la
edad a la velocidad con que lo hace el resto de la población. En
los niños normales, la capacidad de la memoria a corto plazo aumenta
rápidamente en la infancia. A los 3 años retienen tres dígitos como
media, y a los 16 retienen siete u ocho dígitos; en los niños con
síndrome de Down esta adquisición es mucho más lenta y pueden no
llegar a alcanzar el máximo.
Podríamos decir, pues, que es uno de los primeros
problemas que el educador debe afrontar de manera sistemática y
rigurosa; pero al mismo tiempo, debemos afirmar que los ejercicios
de intervención aplicados de manera sistemática, inteligente, ajustada
y constante consiguen mejorarlos. Si no se trabaja en ellos para
mejorar la memoria a corto plazo, el retraso cognitivo crece y contribuye
a que el grado deficiencia mental persista en los niveles bajos.
No en vano, la memoria a corto plazo es el primer escalón que se
debe superar para entrar en el ámbito del conocimiento y del aprendizaje,
especialmente el relacionado con la memoria de tipo declarativo
o explícito.
El grado de afectación de este tipo de memoria, casi
no hace falta decirlo, varía mucho de una persona con síndrome de
Down a otra como no podía ser menos, dada la extensión de estructuras
cerebrales que están implicadas en ella. Por una parte está la corteza
cingulada y otras áreas de la corteza prefrontal; por otra, las
áreas de asociación auditiva y visual (temporal superior y temporal
inferior) junto con la parietal posterior; finalmente, el propio
hipocampo en el lóbulo temporal medio.
Además, es importante destacar que las dificultades
de la memoria a corto plazo son mayores cuando la información es
verbal que cuando es visual, hecho que no ocurre en otras formas
de deficiencia mental (Hodapp et al., 1992). Esto se debe probablemente
a la mayor desestructuración de las áreas corticales de asociación
auditiva que las de asociación visual. Hulme y McKenzie (1992) han
confirmado estos resultados y han descrito que el desarrollo de
la memoria auditiva a corto plazo se desarrolla más lentamente en
los niños con síndrome de Down que en la población normal. Es preciso
recordar el impacto que la memoria a corto plazo ejerce sobre el
ulterior desarrollo cognitivo en general, como ya se ha indicado.
En lo que a la memoria fonológica se refiere, repercute también
sobre la adquisición y procesamiento del lenguaje. Para algunos
autores, ésta es una de las áreas débiles más específicas del síndrome
de Down (Wang, 1996).
Por este motivo es necesario insistir en la necesidad
de iniciar con prontitud y mantener con constancia la ejercitación
de este tipo de memoria. El niño no sabe inicialmente aplicar las
estrategias necesarias para aumentar su capacidad, con lo cual no
sólo el progreso en las demás áreas cognitivas se verá estancado,
sino también en el aprendizaje de las actividades de la vida diaria.
Es preciso caer en la cuenta que la memoria a corto plazo es requisito
indispensable para retener una instrucción el mínimo de tiempo necesario
para llegar a entenderla y ejecutarla. Las consecuencias prácticas
de esta realidad son enormes, pero no es mi intención ocuparme ahora
de las acciones pedagógicas que de ella se derivan: modo de dar
la información e instrucción, ejercicios a realizar, etc. (Broadley,
1992; Hulme y Roodenrys, 1995; Troncoso y del Cerro, 1997; Ruiz
et al., 1998).
5. Memoria a largo plazo
El lector debe saber que este término es engañoso
a juzgar por las numerosas y distintas formas de memoria a largo
plazo que han sido propuestas y documentadas.
5.1. Memoria explícita
En el síndrome de Down, considerado de manera general,
está más afectada la memoria explícita o declarativa que
la implícita o no declarativa. No es de extrañar. En la memoria
explícita intervienen numerosas estructuras cerebrales y cerebelosas
cuyo desarrollo se encuentra frecuentemente limitado. El hipocampo
es un elemento central que recibe la información desde las áreas
asociativas corticales, y allí la transforma y consolida mediante
procesos bioquímicos complejos que implican la activación de genes
de acción inmediata y de acción tardía. Pues bien, el hipocampo
es una de las estructuras que con más constancia se ve alterada
en el síndrome de Down. La corteza prefrontal es otra estructura
necesaria para mantener la información, relacionarla y dotarla de
contenido y de significado; las áreas de asociación neocorticales
son las que, al cabo del tiempo, van a recoger y almacenar la información
en forma de memoria semántica y de memoria episódica o biográfica.
Ya hemos visto cómo diversos trabajos demuestran que
estas áreas corticales pueden tener menor desarrollo en el síndrome
de Down, y en todo caso presentan signos de menor organización laminar
y conectividad sináptica. Su capacidad, pues, para retener, relacionar
y evocar la información está disminuida. Esto no significa que las
personas con síndrome de Down no recuerden hechos, o que no relacionen
datos; una vez más, la variedad de capacidades es muy grande, y
ni que decir tiene que la buena intervención educativa consigue
desarrollar sus capacidades. Pero es frecuente constatar en ausencia
de esta intervención: a) la escasa capacidad para indicar
con precisión hechos y fechas; b) la dificultad para generalizar
una experiencia de modo que les sirva para situaciones similares;
c) los problemas que tienen para recordar conceptos que parecían
ya comprendidos y aprendidos; d) la lentitud con que captan
la información y responden a ella, es decir, aun pensando correctamente,
necesitan un tiempo para procesar la información y decidir de acuerdo
con ella; e) el tiempo que necesitan para programar sus actos
futuros.
Por otra parte, presentan serias dificultades para
el razonamiento aritmético y el cálculo, procesos en los que han
de intervenir la corteza prefrontal dorsolateral asociada a la memoria
a corto plazo y la corteza parietal inferior del hemisferio izquierdo
que está asociada con el procedimiento numérico. Entre ellas la
información ha de fluir con rapidez, al tiempo que se imaginan los
números cuyo significado es preciso conocer bien. Son demasiados
los procesos neurales y las áreas de la corteza que han de activarse
y funcionar con rapidez, coordinación y precisión como para que
un cerebro con las limitaciones estructurales y funcionales que
conocemos pueda proceder debidamente.
Tómense todas estas afirmaciones con la suficiente
relatividad. Si aquí se señalan es porque algunos o todos estos
problemas aparecen con relativa frecuencia, y ciertamente aparecen
cuando no hay una buena intervención educativa. Si los destaco es
precisamente porque muchos de estos problemas, que son reales, mejoran
en mayor o menor grado con buenos programas pedagógicos que han
de ser diseñados de manera muy concreta, muy ajustada a las características
de la persona con síndrome de Down, con planteamientos muy directos
si se pretende que sean de verdad eficaces. Por otra parte, la variabilidad
individual a la que tantas veces me refiero vuelve a ser aquí un
hecho incontestable, por lo que hay alumnos en los que no se aprecian
tan claramente algunos de los problemas descritos.
5.2. Memoria implícita
La memoria no declarativa, implícita o instrumental
está, en general, menos afectada en el síndrome de Down. Esto permite
aprender gran número de actividades de la vida diaria. Como buena
parte de este aprendizaje utiliza sistemas de transmisión refleja,
condicionamientos y asociaciones entre estímulos y respuestas, cobra
una particular importancia el principio de la contingencia o probabilidad
de que concurran simultáneamente los estímulos, como se ha explicado
en el capítulo anterior. Factores tales como premio y castigo, satisfacción
y motivación cumplen su función perfectamente y resultan altamente
eficaces en los procesos de aprendizaje. Es importante conocerlo
porque tienen alto valor pedagógico y deben ser promovidos de manera
especial.
Esto no significa que el aprendizaje sea rápido; es
probable que, atendiendo a la desorganización difusa de las redes
neurales, ciertos aprendizajes cuesten más que otros y que, una
vez aprendidos, sean retenidos suficientemente bien. No en vano,
los sistemas cerebrales que intervienen en este tipo de aprendizaje
como es el estriado, se encuentran bien conservados.
Pero puede haber problemas añadidos por el hecho de
que la instrumentación de lo que hay que aprender presente también
problemas. Por ejemplo, una respuesta motora como puede ser la realización
de trazos y grafismos no solamente requiere entender lo que hay
que hacer y saber hasta dónde hay que llevar la mano (digamos, unir
dos figuras con un trazo, recorrer con lápiz un camino con curvas)
sino apreciar visualmente el campo y orientarse en él, mantener
el equilibrio, controlar la prensión del lápiz y realizar el trazo
sin desviaciones por exceso o por defecto, etc.; es decir, esta
operación exige la participación de muchas áreas y núcleos cerebrales
y cerebelosos que han de actuar simultánea y secuencialmente. Alguna
o algunas pueden estar alteradas en el síndrome de Down, o bien
el sistema de coordinación entre todas ellas (p. ej., las que dirigen
la orientación visoespacial, o las que mantienen el tono muscular
y el equilibrio), y aunque el niño sepa perfectamente a dónde tiene
que llevar la mano, la ejecución será imperfecta y requerirá numerosas
sesiones de aprendizaje y entrenamiento. De hecho, y manteniéndonos
en el ejemplo descrito, las personas con síndrome de Down aprenden
a escribir mucho más tarde que a leer y su escritura muestra mayores
signos de imperfección.
A la hora, pues, de establecer aprendizajes, será
preciso distinguir cuándo el individuo no entiende la orden y cuándo
la dificultad estriba en su ejecución; porque si la dificultad de
ejecución es grande puede inducirle a negarse a realizarla: el educador
puede interpretar la situación como que no ha entendido la orden
(problema de inteligencia), o que no quiere ejecutarla (terquedad:
problema de conducta), cuando en realidad no es ni lo uno ni lo
otro, y el énfasis habrá de ponerse en facilitar paso a paso el
aprendizaje de la instrumentación y ejecución.
El aprendizaje visuomotor, en conjunto, llega
a desarrollarse adecuadamente de modo que en la juventud y adultez
desempeñan trabajos motóricos, de acción simultánea o secuencial,
con suficiente habilidad. Recuérdese, en ese sentido, que los núcleos
y áreas cerebrales relacionados con la conducta motriz se encuentran
bien conservados.
El aprendizaje visoespacial, en cambio, se
encuentra más alterado (Uecker et al., 1993) ya que en buena parte
depende de la estructura hipocámpica. La capacidad de entender o
de situarse en un mapa o plano está disminuida, si bien pueden alcanzar
buenos niveles de reconocimiento espacial que les permite reconocer
sitios y trayectos, y trasladarse con autonomía por la ciudad. Todo
ellos exige, sin embargo, entrenamiento específico.
La memoria incidental o de reconocimiento (priming)
es otra forma de memoria no declarativa, extraordinariamente rápida,
que permite identificar, detectar y procesar información incluida
en experiencias previas. Es una memoria con un alto contenido sensorial
y que, por tanto, va a depender de cómo funcionan las áreas corticales
de asociación sensorial, especialmente visuales y auditivas. En
las visuales, sobre todo para el reconocimiento de caras y objetos,
interviene la corteza temporal inferior, y en las auditivas la temporal
superior. Dado que ambas pueden verse comprometidas en el síndrome
de Down, no nos extrañe que las personas presenten problemas de
reconocimiento: es decir, es posible que tengan capacidad para recordar
una cara, un objeto un sonido o una frase, pero habrá que darles
tiempo suficiente para que perciban bien la información visual
o auditiva que se les pide que recuerden. Si los tests que se aplican
exigen un tiempo muy rápido de visualización o audición, puntuarán
muy bajo pero no nos dirán si la dificultad estriba en la percepción
o realmente en el reconocimiento.
6. Memoria emocional
Nos hemos referido a ella en el capítulo anterior
como una forma de memoria en la que los estímulos emocionales o
los acontecimientos cargados de componentes afectivos juegan un
desatacado papel para el aprendizaje. Intervienen en alto grado
ciertos núcleos de la amígdala, conectados por una parte con áreas
sensoriales de las que reciben la información, y por otra con diversos
sistemas efectores implicados en la expresión de la respuesta emocional.
El mundo de las emociones y de los afectos es un campo
fértil en las personas con síndrome de Down. Independientemente
de la dificultad con que en las primeras semanas de vida se haya
establecido el vínculo madre-hijo, es unánime la impresión de que
desarrollan largamente su mundo afectivo y muestran facilidad para
interactuar gratamente con las personas. Reconocen y aprecian con
facilidad los rasgos afectivos, positivos o negativos, que observan
en otras personas. El mundo, pues, de los sentimientos no sólo queda
resguardado en el síndrome de Down sino que incluso puede estar
hiperexpresado por la falta o penuria de inhibición que las áreas
neocorticales más frontales suelen ejercer sobre los núcleos más
primitivos del cerebro límbico implicado en la conducta emocional.
Éste es un hecho que debe ser bien tenido en cuenta
a la hora de plantear la intervención pedagógica. La relación afectiva
entre maestro y discípulo con síndrome de Down va a condicionar
intensamente la actitud y la respuesta del alumno y, consiguientemente,
su actividad de aprendizaje en sentido positivo o negativo. La situación,
sin embargo, no es sencilla porque el individuo puede presentar
problemas de percepción de los hechos y de su interpretación, por
los que puede aparecer hiporreactivo ante situaciones que para los
demás tienen carga afectiva; y al revés, puede captar el tono emocional
de un acontecimiento que para los demás resulte inexpresivo. Esto
desconcierta a quien carezca de experiencia y no haya convivido
y analizado de cerca las reacciones de las personas con síndrome
de Down.
En conjunto, el tono afectivo positivo favorecerá
la adquisición de conocimientos, como también la percepción positiva
de sí mismo, el deseo de agradar, o el de ser felicitado. Al igual
que ocurre con las demás personas, situaciones de miedo y de rechazo
bloquean el discurso de su mente; lamentablemente, estas situaciones
surgen con demasiada frecuencia y de manera imprevisible, lo que
suele hacer difícil a veces la continuidad del proceso educativo.
El tema de la sensibilidad afectiva y su influencia
en el aprendizaje es importante no sólo en las relaciones padres-hijo
y profesores-discípulo sino que, ahora que está afianzándose la
incorporación al mundo ordinario del trabajo, lo es también en las
relaciones entre jefes y operarios o en las obligadas relaciones
entre compañeros. Esta relación de y con la persona con síndrome
de Down en el trabajo alcanza una importancia aún mayor que la estricta
ejecución material de las tareas encomendadas, por lo que debe ser
atendida y apoyada con esmero en los programas de integración laboral.
7. Un intento de integración
Recientemente Nadel (1999) ha abordado el estudio
de la influencia del síndrome de Down sobre los procesos de aprendizaje
y de memoria desde una perspectiva que intenta ser globalizadora.
Sin descartar la división clásica entre memoria explícita e implícita,
distingue cinco formas o módulos de aprendizaje:
a) Identificación de los rasgos sensoperceptivos:
se refiere al modo de obtener la información sobre las propiedades
de las cosas, cómo son, a qué saben, como se sienten y palpan; y
también cómo se mueven en el espacio y la relación del individuo
con ellas. Interviene fundamentalmente el neocórtex.
b) Hábitos: es el aprendizaje de habilidades,
de manipulaciones, e incluso los modos de resolver los problemas.
Intervienen el estriado y el cerebelo.
c) Significados: se trata de aprender el significado
de las cosas, de las palabras; o la utilidad de los objetos. Intervienen
la corteza prefrontal y el hipocampo.
d) Valores: se obtiene información sobre el
valor o propiedades físicas y organolépticas de las cosas e instrumentos.
Interviene principalmente la amígdala.
e) Contextos: Se trata de conocer la relación
temporal y espacial en las que suceden los acontecimientos. Tiene
que ver con la memoria episódica. Intervienen la corteza prefrontal
y el hipocampo.
El lector avisado habrá reconocido estas formas de
memoria y aprendizaje en la descripción que sobre los diversos modos
de memoria explícita e implícita se detalla en el artículo anterior,
si bien Nadel aporta ciertos matices funcionales. Más discutible
resulta la correlación que establece entre estas cinco formas o
módulos y los lugares del cerebro que en ellas intervienen, porque,
como hemos visto, difícilmente se puede asignar una forma de memoria
a un área o núcleo concreto cuando son varios los que suelen intervenir.
En el síndrome de Down se conservan mejor las formas
relacionadas con la memoria implícita que con la explícita. Según
Nadel, el aprendizaje de rasgos, de valores y de hábitos relacionados
con la imitación o el condicionamiento se encuentran relativamente
mejor conservados que el aprendizaje de los significados (sobre
todo de los episodios), los contextos y las habilidades relacionadas
con el lenguaje. Es decir, se conservarían peor aquellas funciones
que dependen de estructuras cerebrales que se desarrollan más tardíamente,
lo cual concuerda con los problemas de desarrollo cerebral que hemos
analizado en la primera parte de este artículo.
IV. CONCLUSIÓN
A la vista de todo lo expuesto hasta aquí, es evidente
que cuando se trata de abordar una educación integral, cualquier
esquema se queda corto. La rica individualidad de cada persona con
síndrome de Down, la amplia variedad de circunstancias por la que
atraviesa a lo largo del proceso de su desarrollo, las múltiples
circunstancias que inciden y le afectan en situaciones concretas,
obligan a observar, analizar, programar, decidir y estar prestos
a modificar las acciones de intervención que se vayan a realizar.
Conocidas las limitaciones más frecuentes o puntos débiles más previsibles,
aquí sugeridos, se debe diseñar una estrategia o proyecto de carácter
general que atenderá a la edad y alas circunstancias de cada individuo.
Será después cuando habrá que quitar o añadir, insistir hasta la
saciedad o interrumpir y abstenerse, en función de la evolución
que la formación del niño con síndrome de Down y su avance por la
adolescencia, juventud y adultez vayan señalando, así como de sus
necesidades actuales y futuras.
El recurso de la intervención temprana, tan ampliamente
incorporado ya en la rehabilitación precoz del bebé con síndrome
de Down, será baldío si no es continuado por la intervención constante
y permanente, ajustada a las necesidades reales de ese particular
individuo, a sus puntos débiles y fuertes. Como tantas veces se
ha insistido, el trastorno orgánico –la sobreexpresión de genes
que desorganiza la vida de las neuronas- permanece toda la vida,
por lo que hay que continuar de forma constante en la acción educativa,
en el desarrollo de tareas, en la prevención de conductas inadecuadas.
¡Cuántas formas de conducta inadaptada, consideradas incluso como
expresión de una patología mental, no son más que reacciones inadecuadas
derivadas de un abordaje educativo equivocado (o de una carencia
de acción educativa), que después cuesta mucho más corregir.
Fomentar el desarrollo de los procesos de aprendizaje
más limitados y aprovechar, en cambio, aquellos en los que se encuentra
mejor dotado, han de ser los dos pilares básicos de la intervención
educativa. Las deficiencias en la función cerebral son una realidad
que se aprecia desde los primeros meses de la vida. Pero no lo es
menor que el cerebro de la persona con síndrome de Down goza también
de la propiedad de la plasticidad, de la capacidad para el desarrollo
y para establecer compensaciones. Ello requiere, como en toda actividad
rehabilitadora, observación, ejercicio y constancia.
Agradecimiento. El presente trabajo ha sido
elaborado en el marco del Proyecto de Investigación "Desarrollo
y envejecimiento: Biología, conducta y educación", financiado
por la Fundación Marcelino Botín.
BIBLIOGRAFÍA
Azari NP, Horwitz B, Pettigreww KD, Grady CL, Haxby
JV, Giacometti KR, Schapiro MB. Abnormal pattern of cerebral glucose
metabolic rates involving language areas in young adults with
Down syndrome. Brain and Language 1994; 46: 1-20.
Becker L, Mito T, Takashima S, Onodera K. Growth
and development of the brain in Down syndrome. Prog Clin Biol
Res 1991; 373: 133-152.
Bilovsky D, Share S. The ITPA and Down’s syndrome:
an exploratory study. Am J Ment Defic 1965; 70: 78-82.
Broadley I. Teaching memory skills to children
with Down’s syndrome. Training manual for keyworkers. The
Sarah Duffen Centre, Portsmouth Polytechnic 1992.
Busciglio J, Yankner BA. Apoptosis and increased
generation of reactive oxygen species in Down’s syndrome neurons
in vitro. Nature 1995; 378: 776-779.
Bower A, Hayes A. Short-term memory deficits and
Down’s syndrome: A comparative study. Down’s Syndrome: Res
Pract 1994; 2: 47-50.
Brooksbank BWL, Walker D, Balázs R, Jorgensen OS.
Neuronal maturation in the foetal brain in Down’s syndrome. Early
Human Develop 1989; 18: 237-246.
Capone GT. Drugs that increase intelligence?: Application
for childhood cognitive impairment. Ment Retard Develop Disabil
Res Rev 1998; 4: 36-49.
Chiarenza GA. Movement-related brain macropotentials
of persons with Down syndrome during skilled performance. Am
J Ment Retard 1993; 97: 449-467.
Courchesne E. Physioanatomical considerations in
Down syndrome. En: Nadel L (ed), The psychobiology of Down
syndrome. Cambridge, MA, The MIT Press 1988; p. 291-313.
Courchesne E. Chronology of postnatal human brain
development: event-related potential, positron emission tomography,
myelinogenesis, and synaptogenesis studies. En: Rohrbaugh JW,
Parasuraman R, Johnson R (eds), Event-related brain potentials:
basic issues and applications. Oxford, Oxford University Press
1990; p. 210-241.
Cronk E, Pueschel SM. Anthropometric studies. En:
Pueschel SM (ed), A study of the young with Down syndrome.
New York, Human Science Press 1984; p. 105-141.
Dierssen M, Vallina IF, Baamonde C, García-Calatayud
S, Lumbreras MA, Flórez J. Alterations of central noradrenergic
transmission in Ts65Dn mouse, a model for Down syndrome. Brain
Res 1997; 749: 238-244.
Dustman RE, Callner DA. Cortical evoked responses
and response decrement in nonretarded and Down’s syndrome individuals.
Am J Ment Defic 1979; 83: 391-397.
Ellingson RJ. Development of visual evoked potentials
and photic driving responses in normal full-term, low-risk premature,
and trisomy-21 infants during the first year of life. EEG Clin
Neurophysiol 1986; 63: 309-316.
Fábregues I, Ferrer I. Abnormal perisomatic structures
in nonpyramidal neurons in the cerebral cortex in Down’s syndrome.
Neuropathol Appl Neurobiol 1983; 9: 165-170.
Flórez J, del Arco C, González A, Pascual J, Pazos
A. Autoradiographic studies of neurotransmitter receptors in the
brain of newborn infants with Down syndrome. Am J Med Genet
Suppl 1990; 7: 301-305.
Flórez J. Neurologic abnormalities. En: Pueschel
SM, Pueschel JK (eds), Biomedical concerns in persons with
Down syndrome. Baltimore, Paul H Brookes Pub 1992; p. 159-173.
(En español: Síndrome de Down: Problemática biomédica.
Barcelona, Masson 1994).
Flórez J. Terapéutica neuroprotectora. Medicine
1998; 7(99): 4617-4632.
Frangou S, Aylward E, Warren A, Sharma T, Barta
P, Pearlson G. Small planum temporale volume in Down’s syndrome:
a volumetric MRI study. Am J Psychiatry 1997; 154: 1424-1429.
Golden JA, Hyman BT. Development of the superior
temporal neocortex is anomalous in trisomy 21. J Neuropathol Exp
Neurol 1994; 53: 513-520.
Halgren E, Squires N, Wilson C, Rohrbaugh KW, Babb
T, Crandall P. Endogenous brain potentials generated in the human
hippocampal formation and amygdala by infrequent events. Science
1980; 210: 803-805.
Hill Karrer J, Karrer R, Bloom D, Chaney L, Davis
R. Event-related brain potentials during an extended visual recognition
memory task depict delayed development of cerebral inhibitory
processes among 6-month-old infants with Down syndrome. Int
J Psychophysiol 1998; 29: 167-200. (En español: Rev Síndrome
Down 1998; 15: 102-111 y 1998;15: 143-151)
Hodapp RM, Leckman JF, Dykens EM. K-ABC profiles
in children with Fragile X-syndrome, Down syndrome, and nonspecific
mental retardation. Am J Ment Retard 1992; 97: 39-46.
Horwitz B, Schapiro MB, Grady CL, Rapoport SJ. Cerebral
metabolic pattern in young adult Down’s syndrome subjects: Altered
intercorrelations between regional rates of glucose utilization.
J Ment Defic Res 1990; 34: 237-252.
Hulme C, Mackenzie S. Working memory and severe
learning difficulties. Hillsdale, NJ, Lawrence Erlbaum Associates
1992.
Hulme C, Roodenrys S. Practitioner review: Verbal
working memory development and its disorders. J Child Psychol
Psychiatr 1 |