| FENOTIPO
CONDUCTUAL DE LAS PERSONAS CON SINDROME DE DOWN
Robin S. Chapman y Linda J. Hesketh
Waisman Center, Universidad de Wisconsin-Madison.
MADISON, WI (USA)
En este trabajo se revisan los datos
que ponen de manifiesto la aparición de un fenotipo conductual a
lo largo del desarrollo de las personas con síndrome de Down. Se
caracteriza por un retraso importante en el desarrollo cognitivo
no verbal (retraso mental) que se acompaña de déficit adicionales
y específicos en el lenguaje verbal, la producción lingüística y
la memoria auditiva a corto plazo en la infancia y la niñez, si
bien existen menos problemas de conducta adaptativa que en las personas
con otras discapacidades cognitivas. La demencia aparece hasta en
un 50% de las personas estudiadas, de más de 50 años (varía según
distintos estudios). Se analizan aspectos relacionados con la investigación
que tienen que ver con la selección de un grupo control para poder
establecer las características fenotípicas, así como los posibles
mecanismos genéticos que puedan ser la causa de la variabilidad
que se aprecia en el retraso cognitivo general, en los trastornos
específicos de lenguaje, y en la demencia de la edad adulta.
El origen trisómico del síndrome
de Down
El síndrome de Down está causado por la presencia
de una tercera copia del cromosoma 21 (trisomía 21), habiendo un
2% de casos mosaico para la trisomía 21 (que normalmente muestran
menos afectación), y un 2% por traslocación de un segmento del cromosoma
21 a otro segmento, a menudo el cromosoma 14 (Dennis, 1999). El
aumento en la expresión de proteínas por parte de los genes del
cromosoma 21 origina una cascada de efectos en el desarrollo de
la estructura del cerebro fetal, con los efectos consiguientes tanto
estructurales como funcionales a lo largo de la vida de las personas
con síndrome de Down. No se comprenden bien todavía los mecanismos
precisos que dirigen la aparición de los efectos específicos debidos
a la dosis génica y su traducción en conducta (Patterson, 1995).
Hay una pequeña región en la parte distal del brazo largo del cromosoma
21 (21q22.1-22.3), la región crítica síndrome de Down, que está
asociada a muchos de los rasgos físicos del síndrome de Down, en
especial los faciales, la cardiopatía congénita y la estenosis duodenal,
y algunos componentes del retraso mental, pero hay otros lugares
o "loci" fuera de esta región cromosómica que parece que
contribuyen al fenotipo conductual completo, incluidas algunas formas
leves de retraso mental, la aceleración del envejecimiento y la
enfermedad de Alzheimer (Korenberg 1991; Epstein y col., 1992; Korenberg
y col., 1994). En la actualidad se han mapeado unos 90 genes en
el cromosoma 21; pero para la mayoría, se desconocen sus efectos
conductuales.
Variabilidad del genotipo
La diversidad del fenotipo conductual propio del síndrome
de Down va a depender de la interacción entre los alelos de los
genes, que se sobreexpresarán de modo diverso en los diferentes
tejidos y en momentos distintos, y no de un único y defectuoso gen.
En consecuencia, las variaciones del fenotipo abarcan mucha de la
variabilidad conductual y física que observamos en las personas
que no tienen trisomía 21. La variabilidad en la expresión durante
el desarrollo fetal puede afectar a la estructura del cerebro en
formación, o ejercer su impacto en periodos críticos del desarrollo
del cerebro, para producir una alteración selectiva en el funcionamiento
cognitivo. La acción subsiguiente de estos genes puede afectar otros
aspectos de la función fisiológica y conductual.
Los genes concretos cuya sobreexpresión tiene consecuencias
graves, pero no letales, sobre el desarrollo pueden estar asociados
a facetas diversas conductuales y fisiológicas del síndrome. Dos
de estas facetas fisiológicas son el envejecimiento rápido, asociado
provisionalmente a la superóxido dismutasa (SOD-1),
y la enfermedad de Alzheimer, asociada al gen de la proteína precursora
de b -amiloide (APP), codificados
en 21q21.1; se podrán identificar muchos más en el futuro. El hecho
de que no aparezcan los síntomas conductuales (demencia) de la enfermedad
de Alzheimer, a pesar de que en todos los individuos con síndrome
de Down tengan efectos de "dosis génica" (es decir, en
todos haya aumento de proteína b -amiloide),
ha llevado a descubrir la variabilidad de los alelos de los genes
que regulan la expresión de APP (apolipoproteína E, en el cromosoma
19) como elemento que contribuye a la gravedad de la enfermedad.
Por eso es importante caracterizar de modo completo la variabilidad
de los aspectos conductuales en estudios que relacionen la conducta
con la influencia de los sitios particulares de un gen y sus alelos;
se están investigando varios sitios adicionales.
Un factor más a añadir en la variación conductual
puede estar relacionado con los genes que se ha visto que están
impresos en el cromosoma 21, esto es, aquellos genes cuya expresión
es apagada de forma característica en la línea materna o paterna.
Para tales genes, la información sobre el origen paterno o materno
del cromosoma extra será importante; la diferencia debería conducirnos
hacia conjuntos bimodales de conducta, como se ha descrito recientemente
para el síndrome de Turner y el síndrome de Prader-Willi (Keverne,
1997).
El fenotipo conductual del síndrome
de Down
Vamos a revisar el fenotipo conductual (O´Brian y
Yule, 1995) del síndrome de Down; es decir, todo el conjunto de
consecuencias que se ven asociadas al síndrome en las áreas del
desarrollo cognitivo, lingüístico, motor-oral y social, a la vista
de los datos que poseemos sobre los específicos elementos débiles
y fuertes que aparecen a lo largo del desarrollo en cada una de
estas áreas, en el mejor modo en el que se han podido determinar
a partir de los estudios de que disponemos. Vamos también a considerar
los factores que afectan a la amplia variación interindividual en
la ejecución en cada una de estas áreas, así como a los datos correspondientes
aportados por los estudios de neuroimagen. En la tabla 1 se resume
la aparición del fenotipo conductual tal como aparece a lo largo
del desarrollo en cada uno de los correspondientes dominios.
Protocolo para el estudio del fenotipo conductual
El protocolo de análisis de la conducta (Epstein y
col., 1991) que se desarrolló en unas sesiones de trabajo de 1990
auspiciadas por el National Institute of Child Health and
Human Development (Instituto Nacional de Salud
Infantil y Desarrollo Humano, USA) recomendaba la obtención de información
clínica de base sobre los trastornos de la conducta, trastornos
psiquiátricos, edad de comienzo de los síntomas de la enfermedad
de
Aparición y evolución del fenotipo
conductual propio del síndrome de Down a lo largo del desarrollo
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Edad
|
Dominio
|
Fenotipo conductual
|
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Infancia
(0-4 años)
|
Cognición
Habla
Lenguaje
|
Retrasos en el aprendizaje entre
0 y 2 años, que se aceleran entre los 2 y 4 años
No hay diferencias en los tipos
de vocalización: más lentos en la transición del balbuceo
al habla; peor inteligibilidad
Retrasos (en comparación con
la cognición) en la frecuencia de peticiones no verbales,
en la velocidad de desarrollo de vocabulario expresivo, en
la velocidad con que aumenta la longitud media de emisiones
verbales; pero no en la comprensión
|
|
Niñez
(4-12 años)
|
Cognición
Habla
Lenguaje
Conducta adaptativa
|
Déficits selectivos en la memoria
verbal a corto plazo
Período más prolongado de errores
fonológicos y mayor variabilidad; peor inteligibilidad
Continúan los retrasos de lenguaje
expresivo comparado con la comprensión
Menos problemas de conducta si
se comparan con otros grupos con discapacidad cognitiva; más
problemas de conducta si se comparan con sus hermanos sin
síndrome de Down. Hay una correlación positiva de la ansiedad,
la
depresión y el retraimiento con
el incremento de edad
|
|
Adolescencia
(13-18 años)
|
Cognición
Habla
Lenguaje
Conducta adaptativa
|
Déficits en la memoria verbal
operacional o a corto plazo y en la evocación diferida
Mayor variabilidad en la frecuencia
fundamental, en el control de la velocidad y en la posición
del énfasis dentro de la frase
El déficit de lenguaje expresivo
en la sintaxis es mayor que el déficit de lenguaje expresivo
en el léxico
La comprensión de las palabras
es normalmente más avanzada que la cognición no verbal
La comprensión de la sintaxis comienza
retrasarse con respecto a la cognición no verbal
Menores problemas de conducta
si se comparan con otros grupos con discapacidad cognitiva
Hay una correlación positiva
de la ansiedad, la
depresión y el retraimiento con
el incremento de edad
|
|
Adultez
(de 18 años en adelante)
|
Cognición
Habla
Lenguaje
Conducta adaptativa
|
Empiezan a surgir síntomas conductuales
de demencia (a los 50 años, hasta en un 50% según estadísticas)
Mayor incidencia de tartamudez
u otras disfluencias, e hipernasalidad
La comprensión de la sintaxis
sigue por detrás de la cognición
Menores problemas de conducta
si se comparan con otros grupos con discapacidad cognitiva
Mayores tasas de depresión conforme
aumenta la edad
La demencia en el síndrome de
Down no va asociada con tasas mayores de agresividad
|
Alzheimer, y edad de comienzo de un declive intelectual
de grado apreciable. Entre las
evaluaciones psicológicas que se recomendaban se encontraban
la búsqueda de trastornos neuroconductuales (psicosis, conducta
compulsiva, manierismos estereotipados, conducta autolesiva, trastornos
con déficit de atención), mediciones de la capacidad auditiva, de
la cognición, de la memoria, de las habilidades adaptativas de la
vida diaria, del lenguaje expresivo y receptivo y del funcionamiento
motórico; y en los adultos de edad avanzada, la evaluación de síntomas
pre-Alzheimer y del declive intelectual. En cuanto a las condiciones
físicas coexistentes, habían de valorarse todas aquellas que pudiesen
estar asociadas con las modificaciones conductuales, a saber: convulsiones,
diabetes, disfunción tiroidea, hipotonía, visión y cardiopatía.
El trabajo que desde entonces se ha realizado se ha beneficiado
del impulso evaluador recomendado en esas jornadas. Se ha hecho
posible la elaboración de un perfil que contrasta las mediciones
del lenguaje con las de la cognición no verbal, los procesos de
la comprensión del lenguaje con los de la expresión, y dentro de
estos últimos, los que separan el dominio del léxico con el de la
sintaxis, con el fin de esclarecer el específico trastorno lingüístico
que caracteriza al síndrome de Down. De la misma manera, se resume
de forma separada la memoria operacional (corto plazo) visual de
la verbal, lo que permite identificar el déficit selectivo en la
memoria operacional verbal.
Desarrollo de la cognición y del lenguaje
El desarrollo cognitivo sigue un curso que generalmente
es típico de la secuencia del desarrollo, con amplias diferencias
individuales en la velocidad de desarrollo (los CI tiene un promedio
de unos 50 con variaciones entre 30 y 70) y con unas áreas específicas,
notables y fenotípicamente características de retraso adicional
en el lenguaje expresivo y en la memoria verbal a corto plazo (v.
revisión de Chapman y col., 1999). La velocidad o tasa de desarrollo
cognitivo, medida por las tareas sensoriomotoras de Piaget, se retrasa
a partir de los dos años de vida (Dunst, 1990), y parecen guardar
relación en la infancia con el índice de retraso en el proceso de
mielización de los axones neuronales en el cerebro (Koo y col.,
1992). En un estudio realizado sobre potenciales cerebrales evocados
por eventos visuales en bebés de hasta 6 meses de edad con síndrome
de Down se apreció un retraso en el desarrollo de los procesos inhibitorios
que normalmente tienen lugar en el curso de tareas visuales prolongadas
(Karrer et al., 1998). El progreso en el desarrollo desde el nacimiento
hasta los 11 años está caracterizado por una mayor variabilidad,
incluidos los fracasos para ejercitar y mantener las habilidades
ya aprendidas, o la persistencia en el uso de estrategias viejas
y contraproducentes para la solución de problemas nuevos (Wishart,
1993). Los informes Vineland aportados por los padres revelan que
las habilidades en la comunicación se encuentran retrasadas si se
comparan con las habilidades sociales y de la vida diaria, y que
a partir de los 24 meses el lenguaje expresivo es significativamente
más débil que el receptivo (Dykens et al., 1994).
Los déficit de memoria
El estudio comparado con el síndrome de Williams (Wang
y Williams, 1994) ha revelado la doble disociación de la memoria
a corto plazo, verbal y visual. Los adolescentes con síndrome de
Down muestran mejor memoria visual y peor memoria verbal a corto
plazo (p. ej., Marcell y Weeks, 1988). Si se comparan con adolescentes
con retraso mental de origen desconocido, se aprecia que la repetición
de frases está significativamente alterada: la latencia de repetición
es más larga y muestra menor precisión (Marcell et al., 1995). Si
se compara con su propia ejecución de otras tareas, la memoria auditiva
verbal a corto plazo está alterada de forma significativa, en un
nivel normativo que es típico de un déficit en el lenguaje expresivo
(v. revisión de Chapman, 1995; Carlesino et al., 1997). Además,
los adolescentes con síndrome de Down muestran una dificultad excepcional,
si se los compara con los que tienen déficit intelectual de otra
etiología, para ejecutar los tests de repetición inversa de listados
tanto para secuencias verbales como visuales (Vicari et al., 1995).
Se piensa que estos tests revelan la actuación de la función ejecutiva
en la memoria operacional. Dentro de las tareas visuoespaciales,
las que marcan la memoria secuencial diferida a corto plazo (como
el subtest Bead Memory en el Stanford-Binet, 4ª edición), muestran
índices más lentos de desarrollo con la edad entre los 5 y 20 años,
que las tareas de cognición espacial inmediata (p. ej., Análisis
de Patrones) (Chapman et al., 1991), lo que complica la posibilidad
de hacer emparejamientos con base en la edad mental no verbal. También
se han demostrado problemas en la memoria a largo plazo, especialmente
la referida a la información explícita (Carlesimo et al., 1997;
Vicari et al., 1995).
Lenguaje y habla
La reciente investigación sobre el desarrollo del
lenguaje en niños y adolescentes con síndrome de Down demuestra
la existencia de un trastorno específico en el lenguaje expresivo
en las personas con síndrome de Down (v. revisiones de Fowler, 1990;
Stoel-Gammon, 1990; Chapman, 1995, 1997 a, b; Miller, 1999), si
se comparan los niños con desarrollo normal y emparejados con una
misma edad mental no verbal. Los retrasos aparecen primero en las
conductas comunicativas no verbales de petición que tratan de pedir
(Mundy et al., 1995), aunque la frecuencia de gestos como sustitución
de comentarios mediante es similar (Franco y Wishart, 1995). Si
bien los primeros hitos del lenguaje (primeras palabras, primeras
combinaciones de dos palabras) surgen en momentos que son coherentes
con el desarrollo cognitivo general del niño, se aprecian una frecuencia
más lenta de desarrollo en el léxico y en la sintaxis expresivos
en los informes de los padres y muestras de lenguaje posteriores
(Cardoso Martins y Col., 1985; Miller, 1995; Caselli y col., 1998).
Existen diferencias individuales en el grado de retraso del vocabulario
expresivo (Caselli y col., 1998); el 35% de los niños pequeños estudiados
por Miller (1995) tenían índices que eran coherentes con su edad
mental no verbal. Los informes de los padres son fiables (Miller
y col., 1995).
El desarrollo del lenguaje, tanto en lo que se refiere
a la comprensión como a la producción, continúa a lo largo de la
adolescencia y primera etapa de la adultez, abriéndose una divergencia
creciente entre comprensión y producción y, dentro de estos procesos,
entre vocabulario y sintaxis (Fowler, 1990, 1995; Chapman y col.,
1991, 1998; Vicari y col., 2000). Hacen falta muestras de lenguaje
narrativo, más que conversativo, para demostrar el progreso continuado
y la aparición de una sintaxis compleja (Chapman, 1999). Los niños
con síndrome de Down muestran tasas más lentas de desarrollo en
la morfología gramatical, como ocurre en los niños que muestran
trastornos específicos de lenguaje expresivo en inglés, pero que
por lo demás se desarrollan con normalidad, (Fabretti, 1997; Chapman
y col., 1998). Tienden también a omitir verbos (Hesketh y Chapman,
1998).
La comprensión del vocabulario es uno de los puntos
fuertes, cuando se compara la ejecución con los tests de comprensión
sintáctica o con las mediciones de edad mental en los adolescentes
(Rosin y col., 1998; Chapman y col., 1991). La contribución de la
edad cronológica a la predicción de la comprensión de vocabulario
en la adolescencia sugiere que la mayor variedad en las experiencias
vitales de los adolescentes con retraso mental puede contribuir
a la mayor variedad que se aprecia en la comprensión de vocabulario
(Facon y col., 1998). Téngase en cuenta que la práctica de usar
el PPVT, un test de comprensión de vocabulario, como medición de
la edad mental pondrá en desventaja sistemáticamente a los adolescentes
con retraso mental frente a los controles con desarrollo normal,
en otras mediciones de lenguaje y cognición.
El aprendizaje rápido para asociar palabras nuevas
con objetos nuevos en la comprensión ("marcaje rápido"
del vocabulario) es mejor cuando se proporcionan buenos prototipos
de categorías de nuevos objetos (Mervis, 1990). La capacidad para
emitir la palabra requiere normalmente mayor número de exposiciones
para todos los individuos, en los niveles iniciales preoperativos
de desarrollo (Chapman y col., 1990; Mervis y Bertrand, 1995). La
adquisición de palabras en los estados internos es más lenta y más
sujeta al contexto que en los controles de igual edad mental, lo
que refleja un déficit en el lenguaje expresivo (Beeghly y Cicchetti,
1997). Si se analiza la identificación por sus nombres de fotos
de familiares, por parte de adolescentes y adultos jóvenes con síndrome
de Down en comparación con controles emparejados por CI o por edad
mental, se demuestra que no hay dificultad en la selección adecuada
de palabras por parte de los primeros, ni en lo que se refiere a
la precisión ni en lo que se refiere a velocidad (Marcell y col.,
1998).
Habilidades motoras orales
Sintetizando la investigación realizada sobre el desarrollo
fonológico en los niños con síndrome de Down, Stoel-Gammon (1997)
concluía: (1) los tipos de vocalización durante el periodo
prelingüístico eran similares a los de los bebés con desarrollo
normal (p. ej., Dodd, 1972; Smith y Oller, 1981), pero la transición
del balbuceo al habla estaba significativamente retrasada (Smith,
1984); (2) los patrones de error fonológico persistían más
tiempo en los niños con síndrome de Down (p. ej., Smith y Stoel-Gammon,
1983) y eran más variables (p. ej., Dodd, 1976), variabilidad que,
a su vez, repercutía negativamente sobre la inteligibilidad (Stoel-Gammon,
1997); (3) con frecuencia los padres de los niños con síndrome
de Down señalaban como fuente de preocupación la pobre inteligibilidad
del habla debida a problemas de articulación (p. ej., Pueschel y
Hopman, 1993; Kumin, 1994); (4) en personas con síndrome
de Down se ha apreciado una mayor proporción de patrones atípicos
de habla, en relación con las variaciones en la frecuencia fundamental,
calidad de la voz, control de la velocidad y colocación del énfasis
dentro de una frase (p. ej., Weinberg y Llatin, 1970; Pentz y Gilbert,
1983; Moran y Gilbert, 1986).
La futura investigación sobre el desarrollo motor
del habla habrá de centrarse en: (1) las causas de la variabilidad
de la inteligibilidad; (2) los modelos que describan y expliquen
las relaciones entre las diversas áreas motóricas (desarrollo motor
grueso, motor fino y el habla), y (3) la relación entre el
área motórica y la cognitiva.
Audición
Los déficit auditivos, tan corrientes en las personas
con síndrome de Down, sólo explican el 2-4% de la variabilidad en
la comprensión y producción, y algo más en la variabilidad de la
inteligibilidad. La edad mental no verbal y la edad cronológica
explican una buena parte de la varianza en la comprensión, lo que
a su vez explica una proporción sustancial en la variación de la
producción (Chapman, 1995). Marcell y Cohen (1992) también observan
que la pérdida auditiva no era dato predictor de la comprensión
o producción de frases, si bien iba asociada con el hecho de necesitar
más tiempo para identificar las palabras habladas.
Organización cerebral del lenguaje
A la espera de los datos que puedan aportar los estudios
con neuroimagen, se ha propuesto que las personas con síndrome de
Down muestran una disociación peculiar entre la percepción del habla,
realizada atipicamente en el hemisferio derecho, y la producción
del habla, realizada en el izquierdo (Elliott y col., 1987). Los
estudios sobre escucha dicótica (Elliott y Weeks, 1993) han mostrado
la dominancia del hemisferio derecho en la percepción del habla;
los estudios de asimetría bucal (el lado derecho se abre antes y
en mayor grado al hablar que el izquierdo, en las personas con predominio
derecho) han demostrado dominancia del hemisferio izquierdo en adultos
con y sin síndrome de Down (Heath y Elliott, 1999). La alteración
en la memoria verbal a corto plazo mostrada por las personas con
síndrome de Down concordaría con este modelo, o con la sugerencia
de Seung y Chapman (en prensa) de que la comprensión está normalmente
acompañada por una activación anterógrada de las áreas motoras más
tempranas, pero este proceso se daría en menor proporción en las
personas con síndrome de Down que en los controles de similar edad
mental.
Lenguaje y cognición del adulto
Enfermedad de Alzheimer
Se ha propuesto que la aceleración del envejecimiento
(asociada al gen SOD1) y el efecto de una tercera copia del
gen APP en el cromosoma 21, la proteína precursora del b
-amiloide (A4), contribuyen a la demencia precoz del tipo Alzheimer
que se constata en personas con síndrome de Down, y los estudios
autópsicos indican la presencia de placas seniles y de ovillos neurofibrilares
en todas las muestras de cerebros a partir de los 40 años (Wisniewski
y Silverman, 1998). Aunque el síndrome de Down es un factor reconocido
de riesgo de demencia en los adultos con retraso mental por encima
de los 40 años (Zigman et al., 1996), los estudios de conducta colocan
la prevalencia de demencia (en términos de conducta) en niveles
muy inferiores a los de los estudios neuropatológicos (Oliver y
col., 1998; Silverman y Wisniewski, 1999). Por ejemplo, en un estudio
de población de una cohorte entre 50 y 60 años de un condado danés
(Johannsen y col., 1996), sólo el 24% mostró demencia clara basada
en el diagnóstico EE4; otro 24 % mostró posible demencia. En otro
estudio longitudinal (Devenny y col., 1996) sólo 4 de 91 adultos
(entre 31 y 63 años y con síndrome de Down fueron identificados
como poseedores de clara demencia durante los primeros 6 años. La
prevalencia superior al 50% sólo se ha demostrado en personas con
más de 50 años (Lai y Williams, 1989). Los estudios sobre tiempo
de reacción han confirmado los hallazgos neuropsicológicos (Silvernman
y Kim, 1997).
La aparición de claros síntomas conductuales de enfermedad
de Alzheimer ha sido ligada o asociada con la incapacidad de eliminar
el péptido Ab 42 del sistema (la hipótesis
de la cascada de amiloide), producido durante el metabolismo
de la proteína precursora de amiloide (Hutton y col., 1998). Los
alelos de la apolipoproteína E (Apo E) en el cromosoma 19 parecen
modular de forma diferenciada este proceso en la población general,
de forma que la presencia del alelo E2 ofrecería protección, el
E3 sería neutro y el E4 favorecería el riesgo de demencia a una
edad más temprana (v. Roses, 1994), incluso entre los más ancianos
en los que la presencia del alelo E4 o una historia familiar de
demencia aumentó el riesgo nueve veces (Poyami et al., 1997). Se
ha demostrado una asociación parecida en ratones transgénicos para
Apo E que portan una mutación APP (v. revisión de Corder y col.,
1998); los que tenían genotipo E2/E4, E3/E4 o E4/E4 tenían una probabilidad
cinco veces mayor de tener demencia que los que tenían genotipo
E3/E3. En individuos con síndrome de Down y demencia se apreció
una frecuencia más baja de alelo E2 que en los que no la tenían
(Tyrrell et al., 1998; Lai et al., 1999), siendo 1´8 veces más probable
su aparición en mujeres (Lai et al., 1999). En algunos estudios,
las personas con síndrome de Down que tenían al menos un alelo E4
presentaron un índice más rápido de declive cognitivo que las que
no lo tenían (Del Bo y col., 1997), no así en otros estudios (Lai
et al., 1999). La incapacidad para encontrar una asociación puede
deberse en parte a una n pequeña y, por tanto, a un insuficiente
poder estadístico (p. ej., Farrer et al., 1997). La evaluación conductual
cuidadosa de la demencia constituye un problema cuando los instrumentos
de medida contienen ítems que corresponden a un nivel de desarrollo
demasiado alto, o cuando los cuidadores que emiten sus informes
están menos familiarizados con los individuos.
Las mutaciones en la presenilina-1 (cromosoma 14)
y presinilina-2 (cromosoma 1) contribuyen también a alterar el metabolismo
de la proteína precursora de amiloide (Hutton y col., 1998); la
variación alélica en el locus APP es también un factor de
riesgo (Wavrant-De Brieze y col., 1999), aunque su estudio en relación
con la conducta no ha tenido poder suficiente para demostrar esta
asociación (por ej., Farrer y col., 1997). Farrer y col. (1997)
informan de la existencia de una asociación entre variabilidad alélica
en D21S11 y el declive cognitivo en individuos con más de 50 años.
La asociación entre la lesión traumática del cerebro y la posterior
atrofia de hipocampo en ratones transgénicos que sobreexpresan APP
sugiere que hay un aumento en la vulnerabilidad de las neuronas
a la toxicidad de Ab después de una lesión
cerebral traumática (Nakogawa y col., 1999) o hipóxica (Ghribi y
col., 1999).
Los estudios de imagen confirman los síntomas de la
demencia. En un estudio longitudinal (con PET en personas con síndrome
de Down), tanto la función cognitiva como el metabolismo de la glucosa
en las regiones parietales y temporales (que se afectan en la enfermedad
de Alzheimer) mostraron un rápido declive lineal tras la aparición
de los síntomas conductuales de demencia, probados en tests de tareas
audiovisuales (Dani y col., 1996; Pietrini, 1996). No se apreció
una pérdida neuronal selectiva en la regiones parietales y temporales
del cerebro de un individuo con trisomía 21 parcial que era disómica
para el gen APP (Prasher y col., 1998).
Signos conductuales tempranos de demencia
Los test cognitivos capaces de predecir la aparición
futura de demencia consisten en el California Verbal Learning
Test, de evocación diferida a corto plazo (un test de memoria
verbal) que guarda relación inversa con la edad en el grupo con
síndrome de Down pero no en el de otros gruposcon retraso mental
de distinto origen; y que fue capaz de predecir la posterior pérdida
de memoria en el grupo con síndrome de Down (Brugge y col., 1994).
Se ha descrito que las modificaciones cognitivas de la memoria que
empezaban a una media de edad de 54 años precedían a modificaciones
en el ámbito de la actividad motora, o praxis, que se presentaban
a la media de edad de 57 años (Dalton y col., en prensa). A una
media de edad de 55 años, puede aparecer un deterioro en las puntuaciones
de la escala MOSES de valoración de conducta basada en la declaración
del informante (escala de observación multidimensional para personas
ancianas, Helmes y col., 1985) que mide habilidades de autoayuda,
desorientación, depresión, irritabilidad y retraimiento social.
Estos hallazgos son coherentes con las propuestas de Shapiro (1988)
y Haxby (1989), que según las cuales pueden observarse dos etapas
de declive cognitivo en los adultos mayores con síndrome de Down:
la primera corresponde a un declive en la capacidad cognitiva debida
a problemas para formar nuevas memorias a largo plazo; la segunda
corresponde a la pérdida de conductas bien aprendidas. Se piensa
que estas dos etapas corresponden a la acumulación de placas seniles,
en la etapa primera, y a la pérdida importante de neuronas en la
segunda. De igual manera Das y col. (1995) valoran el declive cognitivo
en adultos mayores (50-62 años) con síndrome de Down y los compararon
con adultos más jóvenes (40-49 años) también con síndrome de Down
en forma transversal, así como con otros grupos de jóvenes y de
mayores con un retraso mental que tenían un grado similar de intensidad
de retraso mental. Se apreciaron declives importantes en el grupo
de personas mayores, pero no en el de adultos jóvenes, con síndrome
de Down en la Dementía Rating Scale, comprensión de vocabulario
(PPVT-R) y en los test de planificación, atención y procesamientos
tomados del Das-Naglieri Cognitive Assessment System.
Modificaciones relacionadas con la edad en adultos
sin demencia
En los adultos jóvenes, en cambio, continúan el desarrollo
del lenguaje y el cognitivo. En un estudio longitudinal de adultos
con síndrome de Down de edades entre 14 y 42 años (media, 21), analizados
a lo largo de una media de 6 años, se demostraron notables incrementos
en los test de comprensión de vocabulario (Peabody Picture Vocabulary
Test), cognición no verbal (Raven´s Coloured Progressive
Matrices) y actividades de adaptación (Berry y col., 1984).
Se han descrito también importantes mejorías en el aprendizaje del
lenguaje receptivo y comprensivo a finales de la adolescencia y
comienzos de la adultez (Chapman y col., 1998).
Haxby (1989), al comparar adultos jóvenes (<39
años) y mayores (>39 años) con síndrome de Down sin demencia,
describieron un patrón distintivo de disminución de la memoria a
largo plazo y de construcción visuoespacial en el grupo de los mayores,
sin que disminuyera significativamente la puntuación del lenguaje
(aunque la n era pequeña en este grupo de mayores). Un estudio
sobre adultos mayores con síndrome de Down, de edades 22-39 (grupo
más joven) y 40-61 (grupo de mayores), analizado para excluir los
participantes que tenían demencias, demostró la existencia de algunas
modificaciones relacionadas con la edad en el Down Syndrome Mental
Status Exam (DSMSE), con puntuaciones significativamente menores
en orientación, memoria (evocación diferida) y habilidades visuoespaciales
en la mitad de más edad de la muestra (Alexander y col., 1997).
No se aprecian diferencias importantes en los tests de comprensión
de lenguaje (PPVT-R) y DSMSE, de producción de lenguaje (nombrar,
repetición de frases, expresión manual, cierre gramatical), o en
la puntuación de edad mental Stanford-Binet.
Cuando se usaron puntuaciones de comprensión de vocabulario
como co-variable, se mantuvieron diferencias en orientación y memoria
en relación con la edad; y desaparecieron las diferencias visuoespaciales.
Los test de asociación entre distribución de alelos Apo E y la capacidad
lingüística y cognitiva revelaron la existencia de una relación
inversa significativa de los alelos E2-3-4 tanto con la comprensión
del lenguaje como con las tareas de repetición de frases, incluso
después de que se suprimiera el factor edad; pero no se apreció
relación con las tareas de orientación, memoria y visuoespaciales.
Ninguno de los participantes en este estudio tuvo alelos E2/E2 ó
E4/E4, por lo que no se pudo comprobar de forma completa el efecto
de la distribución del alelo Apo E. En cualquier caso, este resultado
sugiere que los déficit tempranos en la comprensión sintáctica y
la repetición de frases, y el patrón asociado de alteración específica
del lenguaje y de la memoria, pueden estar también relacionadas
con la sobreexpresión de APP, modulada por el genotipo Apo E.
¿Neurotoxicidad asociada a la sobreexpresión de
APP como mecanismo responsable de los déficit fenotípicos de aprendizaje
en la primera y segunda décadas?
Aunque todavía es especulativa, resulta coherente
con los resultados recientes de la investigación la posibilidad
de que la sobreexpresión de APP pueda explicar también los déficit
de aparición temprana en la memoria auditiva a corto plazo, repetición
de frases y lenguaje expresivo, así como el déficit propio de la
adolescencia en la comprensión sintáctica y en la memoria secuencial
visual. En primer lugar el procesamiento de APP para formar
péptidos Ab tiene lugar en múltiples
sitios dentro de una célula y origina la producción de los depósitos
de Ab : uno de Ab
40 que es segregado (extracelular) y otro intracelular de Ab
42, la forma que con mayor probabilidad es neurotóxica (ver revisiones
de Wilson y col., 1999; Storey y Cappai, 1999). Ambas pueden provocar
vías diferentes de lesión (Mattron y Pedersen, 1998). En segundo
lugar, el aumento de la producción de la forma Ab
42 (en ratones transgénicos que portan la forma mutante de APP
que está asociada con las formas autosómicas dominantes de enfermedad
de Alzheimer familiar) provoca déficit prominentes de la transmisión
sináptica en el hipocampo de los ratones jóvenes, mucho antes de
que aparezcan los depósitos de amiloide. Esto sugiere que Ab
tiene un efecto neurotóxico que es independiente de la ulterior
formación de placa y aparece tempranamente en el desarrollo (Hsia
y col., 1999; Moechars y col., 1999). En tercer lugar, los ratones
transgénicos que sobreexpresan formas diferentes de APP muestran
fenotipos esencialmente idénticos de déficit cognitivos en el aprendizaje,
que surgen en etapas tempranas de la vida.
Si la sobreexpresión de APP se encuentra asociada
de manera causal a los trastornos de lenguaje y cognición que son
específicos del fenotipo y que aparecen tempranamente en la infancia
y la adolescencia, entonces la disomía (dos copias) del gen APP
habría de estar asociada con un mejor aprendizaje del lenguaje así
como con una carencia de los síntomas conductuales de la enfermedad
de Alzheimer. Esto es lo que se ha descrito en un individuo de 78
años con trisomía parcial del 21 (Prasher y col., 1998), aunque
no se presentó su historia de aprendizaje de lenguaje. Como tampoco
se evaluó el funcionamiento lingüístico en los casos de trisomía
por traslocación de una región pequeña del cromosoma (la región
crítica "Síndrome de Down" que excluye SOD1 y APP),
estudiados por Korenberg y col. (1990). Rondal (1995) describió
un caso de un individuo con síndrome de Down que aprendió el lenguaje
de forma excepcional, pero no aportó la información genética.
Correlaciones fenotipo-genotipo en la cognición
general
Las personas con síndrome de Down muestran una variación
en su CI que es casi tan amplia como las que se ven en el desarrollo
normal, sólo que la media viene a ser de 50 en lugar de 100. Los
genes candidatos localizados dentro de la región síndrome de Down
(Korenberg y col., 1990), cuya sobreexpresión podría inducir el
retraso generalizado en la velocidad de los aprendizajes durante
el periodo de desarrollo, incluyen el DYRK, análogo humano
del gen minibrain de Drosophila necesario para la neurogénesis
(Song y col., 1996); el homólogo humano del gen SIM-2 de
Drosophila, que puede jugar un papel en la regulación de la neurogénesis
(Chrast y col., 1997) y que está asociado con alteraciones leves
del aprendizaje y la memoria en modelos de ratón (Ema y col., 1999);
el gen DSCR1, que se expresa abundantemente en cerebro fetal
(Fuentes y col., 1997); el DSCAM, molécula de adhesión celular
del síndrome de Down, que expresa transcritos distintos en las subestructuras
del cerebro adulto (Yomakawa y col., 1998); el TPRD, un gen
que contiene una repetición de tetratricopéptidos, que parece estar
implicado en la regulación de la síntesis de ARN o de la mitosis
(Ohira y col., 1996). Fuera de la región crítica, el SOD1
que codifica para la superóxido dismutasa, ha sido también implicado
en problemas de aprendizaje de recientes modelos animales (Sago
y col., 1998). El desarrollo de una amplia gama en modelos de ratón
ayudará a delimitar el espectro conductual de problemas de aprendizaje
que están asociados con genes específicos y su expresión (véase
revisión de kola y Hertzog, 1998). El GART, un gen asociado
a la síntesis de purinas se encuentra sobreexpresado en el cerebelo
de personas con síndrome de Down durante el desarrollo postnatal
(Brodsky y col., 1997).
Conducta adaptativa en niños con síndrome de Down
Los padres describen menos problemas de conducta en
los grupos con síndrome de Down, en comparación con grupos de la
misma edad con síndrome de Prader-Willi (Dykens y Kasari, 1997)
o con retraso mental de etiología desconocida (Gath y Gumley, 1986;
Stores y col., 1998), cuando contestan a los cuestionarios Child
Behavior Checklist (Achenbach, 1991), Aberrant Behavior Checklist
(Aman y Singh, 1986) y Rutter Behavior Scale (Rutter y col.,
1970). En contraposición, Gath y Gumley (1986) obtuvieron pruebas
de que había importantes diferencias en la conducta entre un grupo
con síndrome de Down y otro con retraso mental de edad, sexo y handicap
mental y físico similares, que variaban, y en función la escala
de medición de conducta que utilizaban, y en función del evaluador
(padre o maestro). Las comparaciones de grupo que utilizaban la
Adaptive Behavioral Scale (Nihira y col., 1974) demostraron
que no había diferencias en las puntuaciones medias de la conducta
o en los intervalos de las puntuaciones entre el grupo con síndrome
de Down y el control. Del mismo modo, las evaluaciones de los padres
en las escalas de Rutter no fueron diferentes entre los dos grupos,
mientras que las de los maestros mostraron que el grupo con síndrome
de Down tenía más problemas de escaparse que el grupo con retraso
mental de otra etiología, pero menos problemas de llanto y gritos.
Comparaciones con los hermanos
Los padres de niños y adolescentes con síndrome de
Down han descrito más transtornos de conducta y más problemas de
atención cuando los comparan con hermanos de desarrollo normal (Cuskelly
y Dadds, 1992; Stores y col., 1988). Se ha descrito también una
mayor hiperactividad en chicos de 5-11 años con síndrome de Down
cuando se los compara con un grupo de hermanos (Pueschel y col.,
1991). Sin embargo, para conductas de interiorización (p. ej., ansiedad,
depresión), las puntuaciones no difieren significativamente entre
hermanos con y sin trisomía 21. Es notable en el estudio de Cuskelly
y Dadds (1992) que, aunque describían más problemas de conducta
en el grupo con síndrome de Down que en el de sus hermanos, las
medias del grupo no alcanzaron valores que pudiesen ser considerados
como indicadores de conductas desviadas.
Efectos de la edad sobre la conducta
Son relativamente escasas las investigaciones sobre
la conducta de los niños con síndrome de Down que han analizado
los cambios que se pueden producir con la edad. Recientemente Stores
y col. (1998) han apreciado un aumento de informes sobre la hiperactividad
de niños mayorcitos con síndrome de Down. También se encontraron
efectos relacionados con la edad en relación con la presencia de
ansiedad, depresión, y retraimiento, con una correlación positiva
entre la aparición de estas conductas de interiorización y el aumento
de edad (Dykens y Kasari, 1997).
Conductas adaptativas y maladaptativas en adultos
con síndrome de Down
En las investigaciones sobre estos dos tipos de conducta
en los adultos con síndrome de Down se han realizado comparaciones
con: (1) adultos sin síndrome de Down emparejados por nivel
de desarrollo (Schupf y col., 1997; Collacott y col., 1998); (2)
adultos que tenían o que no tenían depresión (Meins, 1995), o demencia
(Prasher y Filer, 1995; Roeden y Zitman, 1995; Prasher y Chung,
1996; Cooper y Prasher, 1998; Prasher y col., 1998); y (3)
adultos jóvenes o mayores, es decir, investigación sobre los efectos
del envejecimiento en estudios longitudinales de corta duración
(Collacott, 1992; Prasher y Chung, 1996; Schupf y col., 1997; Sung
y col., 1997; Prasher y col 1998).
Comparaciones en el nivel de desarrollo
Varios estudios sobre la conducta de adultos con síndrome
de Down han investigado las modificaciones relacionadas con la edad
tanto en la conducta adaptativa como maladaptativa, utilizando la
Adaptive Behavioral Scale (Nihira y col., 1974). Estas investigaciones
utilizan habitualmente los informes ofrecidos en forma de listados
o de entrevistas con los cuidadores. Con pocas excepciones, los
estudios no han considerado el tiempo transcurrido en la relación
entre el cuidador y el adulto con síndrome de Down (pero véase Prasher
y Chung, 1996; Kapell y col., 1998). Podríamos suponer que en los
grupos de mayor edad habría una alta variabilidad en el tiempo de
conocimiento del cuidador y el individuo con síndrome de Down. En
algunos casos los cuidadores eran padres o hermanos y, por tanto,
habrían conocido a la persona con síndrome de durante un largo periodo
de tiempo. En otros casos, se señaló que los cuidadores eran asistentes
o supervisores en programas residenciales –estos individuos podían,
o no, haber conocido al adulto con síndrome de Down durante largo
tiempo y, consiguientemente, podrían tener menos conocimiento de
las modificaciones de la conducta. Los datos sobre la conducta y,
especialmente, sus modificaciones se hacen difíciles de interpretar
cuando no hay control sobre la familiaridad que pueda existir entre
los adultos con síndrome de Down y sus cuidadores.
En un grupo de adultos con síndrome de Down (n=360)
comparado con otro con discapacidad de aprendizaje (n=1829), emparejados
por edad y CI, se apreciaron niveles significativamente menores
de conducta maladaptativa (Collacott y col., 1998) medida por el
Disability Assessment Schedule (Holmes y col., 1982). Fue inferior
la prevalencia de agresión, la conducta antisocial, la destrucción
de la propiedad, el molestar a otras personas por la noche, dispersar
objetos, llamar la atención, autolesión, engaños, exceso de atención,
ocultarse, y hacer ruido en exceso. También se compararon los grupos
en cuanto a la prevalencia para incorporarse a seis bloques o áreas
de conducta, resultando que el 83% del grupo con síndrome de Down
cayó dentro de una de dos áreas que estaban caracterizadas por un
porcentaje muy bajo de conductas maladaptativas (66%) o de falta
de cooperación, con otras pocas conductas maladaptativas (17%).
Los niveles de prevalencia en estas áreas fueron significativamente
mayores para el grupo con síndrome de Down (51%) que para el otro
grupo con discapacidad de aprendizaje (10%). En el síndrome de Down,
se han descrito tasas inferiores de trastornos psiquiátricos en
forma de trastornos de conducta, trastornos de la personalidad,
trastornos neuróticos excluida la depresión, y esquizofrenia, en
comparación con otro grupo de similar edad que presentaba discapacidad
de aprendizaje pero no tenía síndrome de Down (Collacott y col.,
1992). Sin embargo, el grupo síndrome de Down tenía tasas superiores
de depresión (11´3% comparado con un 4´3% para el grupo control)
y de demencia presenil (4´3% frente al 0´3% del control).
Comparaciones para niveles similares de demencia
o depresión
El establecer diferencias entre grupos que han sido
emparejados en función de la edad o del nivel de desarrollo cuando
los individuos de ambos grupos tienen depresión (Meins, 1995) o
demencia (Cooper y Prasher, 1998), ayuda a identificar fenotípicamente
los patrones característicos de la conducta. Cooper y Prasher (1998)
encontraron que cuatro tipos de conducta diferenciaban a un grupo
con síndrome de Down que tenía demencia de otro grupo algo mayor
pero similar desde el punto de vista de desarrollo que tenía retraso
mental de etiología desconocida y presentaba también demencia. El
grupo con síndrome de Down evidenció una prevalencia significativamente
menor de agresividad que los controles y una prevalencia mayor de
inquietud, bajo tono de humor y alteraciones del sueño. Se ha demostrado
que las puntuaciones de depresión aumentan con la edad en los adultos
con síndrome de Down, mientras que disminuyen en un grupo con retraso
mental de etiología desconocida, de similar edad y de igual proporción
de sujetos con un nivel dado de severidad de la deficiencia (Meins,
1995). Este estudio de Meins suscita la pregunta de si la depresión
podría estar ligada al envejecimiento en el síndrome de Down y,
en particular, si la depresión es precursora de la demencia propia
de la enfermedad de Alzheimer. Collacott y col. (1992) han cuestionado
que la depresión en adultos con síndrome de Down esté relacionada
con la demencia presenil dado que, en sus trabajos, hay 25 años
de diferencia entre el comienzo de la depresión y el de la demencia.
Desde la perspectiva de determinar un fenotipo en el síndrome de
Down, es importante comprender las conductas específicas que van
asociadas tanto a la depresión como a la demencia en estos adultos,
y las variables que ejercen su impacto sobre estas conductas (p.
ej., el hipotiroidismo, los trastornos sensoriales, la situación
de su vida). Anomalías de la función tiroidea en niños y adultos
con síndrome de Down varían desde un 8% (Prasher y Chung, 1996)
hasta 33% (Prasher y col., 1998). Comparando sólo mujeres, el 34´6%
de las que tenían síndrome de Down con más de 40 años mostraron
signos de hipotiroidismo, frente al 12´3% de mujeres de igual edad
con deficiencia mental de otro origen (Schupf y col., 1997). Aunque
uno de los síntomas de hipotiroidismo es la letargia, Collacott
y col. (1992) no apreciaron aumento de incidencia de hipotiroidismo
en las personas con síndrome de Down que habían sido diagnosticadas
de depresión. Sin embargo, como indicaron los autores, una limitación
de este estudio consiste en que empleó una revisión de los registros
retrospectivos en los que los diagnósticos fueron hechos por numerosos
clínicos en lugar de por unos pocos que hubiesen utilizado una metodología
estandarizada. Se necesitan nuevos estudios, especialmente longitudinales,
para comprender la relación que pueda haber entre hipotiroidismo
y depresión en los adultos con síndrome de Down.
Efectos de la demencia sobre la conducta
En un estudio que indagó los participantes que pudieran
tener modificaciones cognitivas o conductuales debidas a otras causas
(p. ej., hipotiroidismo no tratado), Prasher y Filer (1995) comprobaron
que las conductas que diferían entre los adultos con síndrome de
Down, que tenían además demencia y los de un grupo de igual edad
sin demencia consistían en: fácil cansancio, bajo humor, dificultad
para comunicarse, dificultad para andar sin ayuda, dificultad para
asearse, dificultad para reconocer los sitios de su propia casa,
trastornos del sueño, deambular durante el día e incontinencia urinaria.
Especialmente notable fue el dato de que no hubo diferencias en
conducta agresiva entre ambos grupos. Prasher y col. (1998) obtuvieron
similares resultados, de modo que las puntuaciones de adaptación
(p. ej., informes sobre funcionamiento independiente en tareas de
cuidados de sí mismos, actividad física, actividad laboral) eran
más bajas en los adultos con síndrome de Down que tenían demencia
durante al menos dos años, comparados con los que no la tenían,
pero no hubo diferencias significativas entre los grupos en cuanto
a las conductas maladaptativas. En cambio, la presencia de demencia
predijo significativamente un aumento en conductas maladaptativas
en el estudio de Prasher y Chung (1996). También se ha descrito
un aumento en la tasa de crisis epilépticas (80%) en los adultos
con síndrome de Down que tenían demencia y vivían en instituciones
(Roeden y Zitman, 1995).
Efectos del estilo de vida sobre la conducta
Se han encontrado puntuaciones más bajas de conducta
adaptativa en los adultos con síndrome de Down que vivían en una
institución comparados con los que vivían en otras situaciones residenciales
(p. ej., grupos, casa familiar) (Collacott, 1992; Roeden y Zitman,
1995; Prasher y Chung, 1996), aunque en el estudio de Collacott
hubo una interacción con la edad de modo que las puntuaciones de
adaptación diferían en función del tipo de residencia sólo para
las edades 40-49 años o inferiores. Al comparar las habilidades
de la vida diaria en adultos que vivían en instituciones, según
tuvieran o no demencia, se comprobó el resultado ya esperado en
el sentido de que la ejecución era significativamente mejor en quienes
no tenían demencia (Roeden y Zitman, 1995).
Efectos de la edad sobre la conducta
¿Hay efectos debidos a la edad sobre la conducta adaptativa
y la conducta maladaptativa o el diagnóstico psiquiátrico de depresión
o demencia? Con pocas excepciones (Sung y col., 1997; Prasher y
col., 1998), la mayoría de los estudios sobre modificaciones de
conducta asociados al envejecimiento en el síndrome de Down han
utilizado un diseño transversal (Collacott, 1992; Prasher y Chung,
1996; Schupf y col., 1997). En dos estudios se han descrito declives
relacionados con la edad en 9 de 10 dominios o áreas de funcionamiento
adaptativo (Collacott, 1992; Prasher y Chung, 1996). En el trabajo
de Collacott se apreciaron declives en: funcionamiento independiente,
desarrollo físico, actividad económica, cálculo y tiempo, actividad
doméstica, actividad laboral, dirección de sus actividades, responsabilidad
y socialización, sin que se apreciaran cambios en el desarrollo
del lenguaje entre adultos ancianos con síndrome de Down que nunca
estuvieron institucionalizados (60 años o más) y adultos jóvenes
(18-29 años); en cambio, en el estudio de Prasher y Chung identificó
declives en todas las áreas excepto en la actividad laboral. Posibles
explicaciones para estas diferencias entre grupos de edad son: la
carencia de educación, la falta de oportunidades de programas laborales,
y/o el inicio de demencia en los grupos de más edad (Collacott,
1992). Los factores significativos que explican el declive relacionado
con la edad son: la edad, la presencia de demencia y la gravedad
del retraso mental (Prasher y Chung, 1996). Debe señalarse también
que los factores que no predijeron significativamente el declive
en la puntuación del funcionamiento adaptativo fueron: el sexo,
el hipotiroidismo, los problemas sensoriales, y todos los trastornos
psiquiátricos. También se han detectado modificaciones relacionadas
con la edad para el funcionamiento independiente, el cálculo y el
tiempo, dirección de sus actividades y responsabilidad en una muestra
de 103 adultos con síndrome de Down (17 de los cuales tenían también
demencia) seguidos durante un periodo de tres años (Prasher y col.,
1998). Fue interesante, por cierto, que no se apreciaran efectos
significativos al relacionar el grupo con el tiempo.
Resumen
Los estudios revisados en este trabajo sugieren que
el fenotipo conductual en los niños y adolescentes con síndrome
de Down se caracteriza por retraso mental, acompañado de un déficit
específico adicional en el desarrollo del lenguaje expresivo, especialmente
la sintaxis, alteraciones en la inteligibilidad del lenguaje hablado,
y alteraciones en la memoria verbal a corto plazo. Las habilidades
de la conducta adaptativa concuerdan con su nivel de inteligencia
general, aunque pueden variar en función de la particular puntuación
de la escala y del papel de la persona que la utilice. La prevalencia
de conducta maladaptativa es inferior cuando se compara con otros
grupos con discapacidad cognitiva, y no se aprecian en ella modificaciones
en función de la edad.
Las condiciones que distinguen a la población adulta
con síndrome de Down de otra de igual edad o con igual grado de
desarrollo son la depresión, el hipotiroidismo y la demencia (25-50%
de los individuos con más de 50 años); en la población con síndrome
de Down se aprecia un declive concomitante en el funcionamiento
diario y en la actividad física. La variación en los alelos de Apo
E guarda relación con la probabilidad de que aparezcan las manifestaciones
clínicas de demencia. Se propone que los déficit de lenguaje y de
memoria que surgen conforme avanza el desarrollo puedan también
estar asociados con la sobreexpresión del gen APP moderado
por la Apo E.
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El presente artículo ha sido traducido
al español con autorización de las autoras y de John Wiley &
Sons, Inc., reservados todos los derechos. Título original: Behavioral
Phenotype of Individuals with Down Syndrome, publicado en la revista
Mental Retardation and Developmental Disabilities Research Reviews,
6: 84-95, 2000. Copyright Ó 2000 Wiley-Liss,
Inc.
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