EL ENVEJECIMIENTO
DE LAS PERSONAS CON SINDROME DE DOWN
Jesús Flórez
Laboratorio de Neurobiología del Desarrollo
Departamento de Fisiología y Farmacología
Facultad de Medicina, Universidad de Cantabria
Santander
Al iniciar la exposición de las características
biológicas del envejecimiento de las personas con síndrome de Down,
no quisiera que atendieran sólo al neurobiólogo que aporta datos
y hechos científicos de una manera despegada y ajena. Por el contrario,
me gustaría que tuvieran presente que quien esto escribe tiene una
hija de 24 años con síndrome de Down. Hablar, pues, de envejecimiento
es hablar del envejecimiento de mi hija. Y cuanto muestre, cuanta
realidad exponga –dura o menos dura–, cuantas esperanzas sea capaz
de suscitar, van a estar condicionadas por lo que espero que sea
la aproximación a su ancianidad, y por lo que espero y deseo que
conozcan y, sobre todo, ejecuten quienes a ella le acompañen en
esa época de su vida.
Vamos, pues, a abordar el tema conjuntando el interés,
el realismo y la sensibilidad.
Un punto de partida
La primera reacción que me surge al iniciar
el estudio del envejecimiento de la persona con síndrome de Down
es de alegría y de satisfacción. Ahora podemos hablar ya de envejecimiento,
e incluso nos urgen a hacerlo como es el caso de estas Jornadas,
porque son ya muchas las personas con síndrome de Down que envejecen.
Lo hacen antes que el resto de la población, ciertamente, pero un
gran número de personas alcanzan los 60 años y no pocas los superan,
un hecho que hace bien pocos años parecía imposible. Hay, pues,
un largo período en la vida de estas personas que está repleto de
experiencias, de acontecimientos, de alegrías, de logros y de fracasos.
Inexorablemente, el acontecer de estas varias decenas de años –
la biografía– va a condicionar el modo de envejecer, ateniéndonos
a ese conocido y cierto aforismo que nos dice que nuestra vejez
va a depender de cómo ha transcurrido nuestra vida de adulto. Es
lo que en otro lugar llamo "el envejecimiento a la carta".
Efectivamente, los adultos jóvenes con síndrome de
Down que hoy día vemos por nuestras calles presentan unas características
que van a condicionar significativamente la forma y el modo de envejecer,
entendidos en su visión biológica más completa:
1. En su mayoría siguen un programa de salud. Esto
significa que están sometidos a revisiones periódicas, algunas anuales,
lo que implica que deberían estar controlados o fácilmente detectados
aquellos problemas que hasta ahora se veían más frecuentemente en
los ancianos con discapacidad intelectual en general, y con síndrome
de Down en particular: los trastornos de carácter sensorial (audición,
visión), los trastornos endocrinos (especialmente los tiroideos
y la obesidad), los cardiovasculares. En resumen, han sido entrenados
y formados en el hábito de controlar su salud.
2. Viven una vida con autonomía proporcional a su
desarrollo psicológico. Esto significa que su vida es más abierta,
más expuesta a estímulos de diverso contenido y a focos de interés
relacional, acude a centros de esparcimiento, no está recluido en
su casa.
3. Ha tenido, o todavía retiene, un trabajo que, en
principio, está adaptado a sus capacidades cognitivas y a sus habilidades
manipulativas. La vida laboral significa, además, un centro muy
particular de interés debido a las relaciones que se establecen,
la necesidad de adaptarse a su entorno, tanto de jefes como de compañeros;
ofrece, además, la oportunidad de disponer de un dinero propio y
de contribuir a sus gastos diarios, tanto los imprescindibles como
los de esparcimiento.
En definitiva, es una persona a la que se le han dado
oportunidades para desarrollar sus capacidades y sus habilidades
en múltiples áreas: el diálogo, la comunicación y la relación interpersonal,
la lectura y la escritura, el disfrute de espectáculos y música,
etc. Es una persona, por tanto, con un bagaje vital absolutamente
diferente del que vemos descrito en tantas publicaciones, en el
que apenas si se podía obtener información sobre la evolución de
sus capacidades cognitivas y sus gustos debido a la pobre capacidad
de expresión y al escaso contenido de su realidad vital. En suma,
la persona de la que se decía que resultaba muy difícil apreciar
si había o no, en el curso del envejecimiento, una reducción de
sus capacidades y habilidades porque el punto de partida de su nivel
intelectual era muy bajo.
Es posible que más de uno piense
que estoy presentando una situación idílica o, cuanto menos, minoritaria.
Pero la experiencia que voy teniendo es que numerosos jóvenes con
síndrome de Down que se encuentran en la veintena de su vida pertenecen
ya a esta categoría; en ellas se aprecia, de una manera más o menos
explícita, un proyecto de vida abierto y rico. Es posible que no
posean todas las cualidades que he descrito pero sí muchas de ellas.
Por consiguiente, la evolución de su adultez se presta para examinar
y detectar en qué grado y con qué ritmo van evolucionando sus cualidades
cognitivas, su interés, sus capacidades, para ver cómo se realiza
esa transición hacia el envejecimiento en el síndrome de Down, tal
como aquí y ahora se va expresando.
Me he detenido a presentar los rasgos que caracterizan
a los actuales jóvenes con síndrome de Down, con todas las excepciones
que se quieran, para que comprendamos que cuanto voy a exponer sobre
el envejecimiento en el síndrome de Down corresponde a la experiencia
obtenida con las pasadas generaciones. Tenemos que estar muy alertas
para analizar cómo evolucionan las actuales, y comprobar si siguen
evolucionando hacia su ancianidad con los mismos patrones. Éste
es el valor de los estudios longitudinales y prospectivos frente
al de los transversales, ya que, al partir de circunstancias nuevas
y distintas, hay que detectar los cambios que aparecen en los mismos
individuos; sólo así se detectan los cambios intraindividuales,
se identifican las relaciones entre dichos cambios y se puede analizar
la variabilidad interindividual en los determinantes del cambio
operado en un individuo determinado.
Una realidad comprobada
De acuerdo con nuestro actual estado de conocimientos,
debemos partir de los siguientes datos que considero incontestables:
1. La esperanza media de vida de las personas con
síndrome de Down se aproxima a los 60 años. Esta cifra es claramente
inferior a la que ofrece la población general y la población con
deficiencia mental no debida a síndrome de Down. Este síndrome,
por tanto, es un claro factor de riesgo en lo que a anticipación
de la mortalidad se refiere (Strauss y Zigman, 1996). Ya antes me
he referido ampliamente a lo que significa que estas personas consigan
alcanzar esa edad. No olvidemos, además, que la cifra es una media
y que el intervalo es muy amplio. Son varios los informes que han
aparecido sobre personas con síndrome de Down que han llegado a
la década de los ochenta sin signos de demencia (Chicoine y McGuire,
1997).
2. Existe una clara relación entre síndrome de Down
y enfermedad de Alzheimer. Esta relación se expresa en los siguientes
hechos:
2.1. La tasa de aparición de enfermedad de Alzheimer
en la población con síndrome de Down es muy superior a la de la
población general o la de la población con deficiencia mental no
debida a síndrome de Down.
2.2. La edad de aparición de la enfermedad de Alzheimer
en el síndrome de Down es claramente más temprana que en el resto
de las poblaciones antes señaladas. Sin duda, éste es un factor
muy importante –aunque no el único– que contribuye al acortamiento
de la vida de la persona con síndrome de Down.
2.3. Existen claras razones de naturaleza biológica
que explican esta relación.
Resulta, pues, inevitable que, al analizar el envejecimiento
de una persona con síndrome de Down, nos sintamos casi obsesionados
por esta realidad y olvidemos o no prestemos la suficiente atención
a otros elementos que considero importantes en el curso del envejecimiento.
No sé si seré yo mismo capaz de liberarme de esa obsesión –y con
ello liberarles también a mis lectores– pero vamos a intentarlo.
El curso del envejecimiento en el síndrome de Down
El primer riesgo que podemos correr es considerar
que cualquier cambio o deterioro en la capacidad cognitiva o en
la conducta de un adulto con síndrome de Down expresa el comienzo
de la demencia tipo Alzheimer. Nada más lejos de la realidad. Existe
todo un conjunto de cuadros patológicos que pueden aparecer en las
personas con síndrome de Down, y que tienen rasgos que pueden semejar
demencia; los principales quedan expuestos en la tabla 1.
Tabla 1. Diagnóstico diferencial de enfermedad
de Alzheimer y síndrome de Down*
|
Depresión
Disfunción tiroidea
Cardiopatía no diagnosticada
Trastornos epilépticos
Problemas de sueño
Pérdida de la audición
Pérdida de visión
Compresión de médula cervical
Neoplasias no diagnosticadas
|
*Según Van Dyke et al. (1998)
Todos estos cuadros son valorados sistemáticamente
si se siguen bien las instrucciones del Programa de salud para Personas
con Síndrome de Down. McGuire y Chicoine (1997) explicaron recientemente
de forma muy ilustrativa cómo el análisis y el examen sistemáticos
de varias personas con síndrome de Down, que podían haber sido diagnosticadas
de demencia, tenían realmente otros cuadros patológicos que podían
ser perfectamente tratados. Es particularmente necesario resaltar
la frecuencia con que pueden iniciarse procesos depresivos coincidiendo
con acontecimientos variados que ocurren en la vida de un adulto:
muerte de familiares, cambios de domicilio y de ambiente, pérdida
de un amigo, temas laborales, etc. En la tabla 2 se exponen de forma
comparada síntomas que pueden deberse a depresión y a enfermedad
de Alzheimer (Sung et al., 1997).
Tabla 2. Síntomas de depresión y de demencia en
adultos con síndrome de Down
|
Síntomas propios tanto de depresión como
de demencia
|
Síntomas de demencia
|
Síntomas de depresión
|
|
Apatía/inactividad
|
Convulsiones
|
Tristeza
|
|
Pérdida de habilidades de
atención a sí mismo
|
Cambios de personalidad
|
Crisis de sollozos
|
|
Depresión
|
Declive en la memoria visual
|
Fácil cansancio
|
|
Incontinencia
|
Pérdida del lenguaje
|
Declive psicomotor
|
|
Retraso psicomotor
|
Desorientación
|
Cambios de apetito
|
|
Irritabilidad
|
Preocupación excesiva sobre
su propia salud
|
Conducta autolesiva
|
|
Falta de cooperación,
terquedad
|
Incapacidad para orientarse
|
Conductas agresivas
|
|
Aumento de dependencia
|
Conducta estereotipada
|
|
|
Pérdida de interés
|
Trastorno en su capacidad de
aprendizaje
|
|
|
Pérdida de peso
|
Pérdida de sus habilidades
laborales
|
|
|
Deterioro emocional
|
Temblor fino de dedos
|
|
|
Conducta destructiva
|
Modificaciones del EEG
|
|
|
Alucinaciones, delirios
|
Deterioro intelectual
|
|
|
Dificultades para el sueño
|
|
|
Información tomada de Aylward et al. (1995), Burt
et al. (1992), Zigman et al. (1993).
Otras veces son las pérdidas sensoriales de la visión
y de la audición, o la aparición de hipotiroidismo que, si no son
reconocidas y no son expresadas por el interesado, pueden ocasionar
graves modificaciones de conducta. De ahí la importancia de crear,
mantener y fortalecer relaciones de compañía y amistad que suplan
la pérdida de seres queridos; la importancia de conseguir y promover
la comunicabilidad durante la vida de adulto, para que sepan y se
acostumbren a contar sus problemas y notifiquen las molestias y
dificultades que experimentan.
Así, pues, el diagnóstico de demencia tipo Alzheimer
exige, en primer lugar, descartar cualquier otra posibilidad diagnóstica
mediante la realización de análisis y exámenes oportunos; y, en
segundo lugar, aplicar los métodos de diagnóstico de que hoy disponemos
para evaluar clínicamente la presencia de la demencia y medir su
intensidad.
Para lo primero, habrá que analizar la función tiroidea,
los niveles de ácido fólico y vitamina B12, la fórmula
sanguínea, la velocidad de sedimentación y la presencia de autoanticuerpos
para descartar anemias, infecciones y enfermedades autoinmunes;
habrá que hacer exploraciones neurológicas completas con las técnicas
complementarias de EEG y resonancia magnética. Visser et al. (1996)
han destacado la importancia que tiene el estudio del EEG como herramienta
diagnóstica de la demencia en las personas con síndrome de Down:
hay un enlentecimiento progresivo del ritmo occipital dominante
que guarda relación con el declive cognitivo.
Desde el punto de vista de la evaluación cognitiva
y conductual, habrá que aplicar el uso de unas determinadas escalas
de evaluación psicométrica que han sido progresivamente adaptadas
y perfeccionadas para su aplicación en personas con deficiencia
mental y específicamente con síndrome de Down. En la tabla 3 se
indican las más utilizadas.
Tabla 3. Escalas descritas para el diagnóstico
diferencial de enfermedad de Alzheimer en personas con deficiencia
mental
|
Aylward ED, Burt OB, Thorpe LU, Lai AC, Dalton
A. Diagnosis of dementia in individuals with intellectual
disability. J Intellec Disabil Res 1997; 42: 152-164,
1997.
Castelló A, Carrillo M, Barnosell E. Tests
d’Aptitudes Cognitives per a Deficiencia del 65%, TACD-65.
Barcelona, Coordinadora de Centres per a Minusvàlids Psíquics
de Catalunya, 1996.
Evenhuis HM. Evaluation of a screening instrument
for dementia in aging mentally retarded persons. J Intellect
Disabil Res 1992; 36: 337-347.
Gedye A. Dementia scale for Down syndrome.
P.O. Box 39081. Point Grey, Vancouver BC. V6R 4P1 Canada.
Haxby JV. Neuropsychological evaluation of adults
with Down syndrome: patterns of selective impairment in non-demented
old adults. J Ment Defic Res 1989; 33: 193-210.
Prasher VP. Dementia questionnaire for persons
with mental retardation (DMR): Modified criteria for adults
with Down syndrome. J Appl Res Intellect Disabil 1997;
10: 54-60.
Visser FE, Aldenkamp AP, van Huffelen AC, et
al. Early signs of dementia checklist. Am J Ment Retard
1997; 101: 400-412.
|
Una vez descartada la existencia de cuadros patológicos
que podrían
confundir el diagnóstico de demencia, hay que analizar
si existen otras causas de demencia que no sean enfermedad de Alzheimer
(p. ej., de origen vascular, enfermedades desmielinizantes). El
factor decisivo va a ser la documentación de que existe una progresión,
un declive en varias áreas específicas, lo cual requiere un estudio
sistemático y longitudinal del individuo.
Por las razones arriba expuestas, son los estudios
longitudinales prospectivos los que ofrecen mayor garantía a la
hora de evaluar las características y la evolución de las personas
con síndrome de Down que padecen demencia. Una vez que disponemos
de una población habremos de analizar cuándo se puede precisar que
se inicia la demencia, qué curso sigue, cuáles son los elementos
que más se deterioran.
Visser et al. (1997), en un estudio longitudinal que
abarcó hasta 10 años de evolución, establecieron como criterios
diagnósticos para definir el comienzo de una franca demencia: la
aparición de al menos 10 síntomas incluidos en su Early Signs
of Dementia Checklist, la alteración de al menos el 25% en el
Inventario de Habilidades Sociales para personas con retraso mental,
y la reducción de al menos 1 Hz en el ritmo dominante de base del
EEG en la región occipital. Naturalmente, había personas que mostraban
también deterioros, pero en grado menor; a esas personas se les
considera que presentan un proceso en el que ciertamente existen
modificaciones de conducta, pero sin llegar a diagnosticarlas de
demencia. Lo cual significa un dato que debe ser muy tenido en cuenta
por familiares y cuidadores: hay personas con síndrome de Down que
desarrollan demencia, y hay otras que muestran un cierto declive
y deterioro en su evolución con la edad, sin que tengan por ello
que presentar demencia. Con otras palabras, existe un declive funcional
en los adultos ancianos con síndrome de Down, que es propio de la
edad y no de la enfermedad de Alzheimer, con un pronóstico favorable,
que requerirá como es lógico sus propias atenciones y cuidados.
En el citado trabajo de Visser et al. (1997), desarrollaron
demencia 56 personas de un total de 307, siendo la media de edad
a la que se inició los 56,1± 97,4 años
(intervalo entre 40,9 y 72 años). El deterioro suele comenzar con
síntomas clínicos poco específicos (p. ej., una disminución del
interés, de la velocidad con que se mueven, de la motivación), que
se acompañan de cambios de humor o de una exageración en sus rasgos
psicológicos. Estos síntomas se van haciendo más específicos conforme
se aproxima a lo que va a ser el diagnóstico definitivo, apareciendo
una disminución en la capacidad de hacer movimientos coordinados,
de ejecutar las tareas a las que la persona estaba acostumbrada;
aparece el deterioro en la capacidad de atenderse a sí misma en
las necesidades diarias habituales (alimentación, aseo), y en la
capacidad para comunicarse verbalmente. Muestran, por otra parte,
signos de pérdida progresiva de la orientación temporo-espacial,
y pueden llegar a mostrar serias dificultades en la marcha. Con
frecuencia hay incontinencia urinaria. Es también frecuente la aparición
de crisis epilépticas.
En otro estudio longitudinal y prospectivo realizado
en 128 sujetos con síndrome de Down a lo largo de 3 años, Prasher
et al. (1998) insisten de nuevo en el concepto de que un simple
declive asociado a la edad en las capacidades adaptativas no significa
que hay enfermedad de Alzheimer. Para llegar a diagnosticar la demencia,
según estos autores, es preciso observar cambios importantes en
la cognición, el humor, la conducta y el funcionamiento social,
de acuerdo con los criterios diagnósticos de la DCR-10 (Diagnostic
Criteria for Research) establecidos por la OMS en 1993, y que
se mantengan o agraven durante un mínimo de 2 años. De esta manera
distinguieron claramente dos grupos: el de los no afectados por
la demencia y el de los afectados (tabla 4). En los no afectados,
los síntomas relacionados con el funcionamiento
Tabla 4. Datos demográficos
| |
No afectados
|
Con demencia
|
Otras patologías
|
|
N
|
86
|
17
|
25
|
|
Media de edad al inicio (años)
|
42,26± 10,78
|
53,0± 9,89
|
- hipotiroidismo: 10
- depresión: 2
|
|
Intervalo (años)
|
16-71
|
36-72
|
- otros trastornos: 4
|
|
Retraso mental
|
|
|
- demencia menos de
|
|
- ligero
|
15
|
3
|
2 años: 9
|
|
- moderado
|
56
|
12
|
|
|
- severo
|
15
|
2
|
|
Según Prasher et al., 1998.
independiente (vestirse, comida, aseo) puntuaron significativamente
más altos a lo largo de los 3 años que en el grupo de los afectados,
mientras que ocurrió a la inversa en los síntomas relacionados con
la mala adaptación. Cuando la conducta adaptativa cae o empeora,
aumenta la aparición de conductas maladaptadas. Por otra parte,
en el grupo no afectado por la demencia el declive fue menor o inexistente
cuando no existía ninguna otra patología asociada.
A conclusiones similares llega el trabajo longitudinal
de Devenny et al. (1997), quienes habían seguido hasta entonces
91 adultos con síndrome de Down (con niveles cognitivos relativamente
altos) de edades comprendidas entre 50 y 63 años, a lo largo de
6 años, y hallaron que, con excepción de 4 casos, estas personas
mantenían esencialmente invariables sus niveles iniciales de funcionamiento.
También ellos proponen la necesidad de distinguir entre lo que es
un envejecimiento normal que se inicia precozmente (en el sentido
de que aparece antes que en el resto de la población pero el declive
progresa lentamente), y lo que es una evolución franca hacia la
demencia.
Es preciso señalar un reciente trabajo español realizado
en Lérida que ha sido presentado como tesis doctoral (Ribes, 1999).
Aunque tiene las limitaciones de ser un trabajo transversal y no
longitudinal, y de no analizar en profundidad los problemas de carácter
médico que pudiera aquejar la población, este trabajo aporta datos
de gran interés sobre las características del envejecimiento en
una población de 81 personas con deficiencia mental, de las que
39 tenían síndrome de Down (12 entre 19 y 29 años, 16 entre 30 y
38 años, y 14 de edad superior a los 38 años). De acuerdo con los
criterios DMR, 9 de las 21 personas que tenían síndrome de Down
con más de 35 años podían ser diagnosticadas de enfermedad de Alzheimer,
teniendo edades comprendidas entre los 37 y 63 años, con predominio
de edad mental baja e institucionalización. Los datos de Ribes confirman
la existencia de un declive que es más precoz y más rápido, en general,
en la población con síndrome de Down si se compara con la que tiene
otros tipos de deficiencia intelectual.
Así, pues, los criterios para confirmar la presencia
de un declive no son absolutos pero han de demostrar que existe
una progresiva pérdida funcional, diferente de la que es propia
del envejecimiento normal (Cooper y Prasher, 1998). Este declive
se aprecia en las siguientes áreas (Aylward et al., 1997).
a) Memoria. Hay problemas en la adquisición
de nueva información: acordarse de encuentros sociales, ubicación
de objetos colocados recientemente, tareas rutinarias que hay que
hacer, qué se ha tomado en el desayuno de la mañana.
b) Otras funciones cognitivas. Se aprecian
cambios o deterioros en el juicio y en el razonamiento (planes,
organización); qué vestido ponerse, cómo arreglarse, los saludos
sociales, el aseo personal.
c) Orientación. Se va perdiendo la orientación
en el tiempo y en el espacio.
d) Control emocional, motivación, conducta social.
Hay cambios en el estado emocional, irritabilidad, apatía, retraimiento
social; cambios de humor, pérdida de la actividad en general, inicio
de conductas anómalas (agresividad, alucinaciones, pérdida de atención.
Como se puede comprender, la detección precoz y la
evaluación de todas estas funciones exigen en primer lugar que haya
registros tomados previamente, en los que conste la evolución temporal
de estas funciones; y en segundo lugar, que los cuidadores y monitores
observen y anoten con diligencia las modificaciones que vayan surgiendo.
La utilización de los cuestionarios arriba citados constituyen una
importante ayuda para hacer un seguimiento sistemático, constante
y homogéneo. A este análisis del estado cognitivo, afectivo y comportamental
hay que añadir la exploración de las constantes biológicas que servirán,
además, para descartar la presencia de otra patología adicional,
y la realización de pruebas neurológicas como son el EEG y la resonancia
magnética, como ya se ha indicado.
En los trabajos que acabo de citar y en otros muchos
anteriormente realizados destaca un elemento: la enorme variabilidad
interindividual que existe en la edad del comienzo de la demencia
en las personas con síndrome de Down. Hay quienes comienzan
a tenerla a finales de los 40 años, pero hay quienes no la muestran
a los 70 años o más. Este dato está estrechamente relacionado con
la prevalencia de la demencia de Alzheimer en el síndrome de Down.
Las cifras que aportan los diversos autores son muy
diferentes, probablemente porque difieren los criterios que se establecen
para el diagnóstico clínico. Modificaciones en el área cognitiva
que se detectan con relativa facilidad en la población general son
más difícilmente detectables en las personas con deficiencia mental.
En éstas habrá que recurrir en mayor grado al análisis de las modificaciones
de carácter adaptativo y conductual; pero, a su vez, en ellas habrá
que distinguir entre las que son propias del envejecimiento natural
y las que constituyen el envejecimiento patológico. Las cifras expuestas
en la tabla 5 indican la claramente mayor prevalencia
Tabla 5. Aparición y prevalencia (%) de la demencia
tipo Alzheimer
|
Edad
(años)
|
Población generala
|
Deficiencia sin síndrome de Downb
|
Deficiencia con síndrome de Downc
|
|
|
|
30-39
|
-
|
-
|
0-10 %
|
|
|
|
40-49
|
-
|
-
|
10-25 %
|
|
|
|
50-59
|
-
|
-
|
20-55 %
|
|
|
|
60-64
|
1 %
|
-
|
Entre 60 y 69: 30-75 %
|
|
|
|
65-69
|
1,4 %
|
Entre 65 y 74: 15,6 %
|
|
|
|
|
70-74
|
4,1 %
|
|
|
|
|
|
75-79
|
5,7 %
|
Entre 75 y 84: 23,5 %
|
|
|
|
|
80-84
|
13 %
|
|
|
|
|
|
85-89
|
21,6 %
|
Entre 85 y 94: 70 %
|
|
|
|
|
90-95
|
32,2 %
|
|
|
|
|
aHofman et al., 1991. bCooper,
1997. cVan Dyke et al., 1998.
de la enfermedad de Alzheimer en el síndrome de Down,
en comparación con la de otras poblaciones, y su clara tendencia
a aumentar con la edad. Obsérvense también en esta tabla los amplios
intervalos en las cifras referentes al síndrome de Down, que comprenden
datos de Haveman et al. (1995), Schupf et al. (1989), Lai y Williams
(1989), Zigman et al (1995), Prasher (1995) y Visser et al. (1997).
Existen, además, otras opiniones. Hay quien afirma
que toda persona con síndrome de Down desarrollará demencia tipo-Alzheimer
si vive un tiempo suficientemente largo; eso no es decir nada porque
lo mismo cabría afirmar para la población general, salvadas las
diferencias de edad. Que el 40% o más de las personas con síndrome
de Down puedan superar los 60 años sin haber desarrollado Alzheimer
significa la importancia que tiene preparar y programas una vida
plena y rica en actividades, atender y cuidar la salud, enseñar
a desarrollar las capacidades y a disfrutar de las múltiples ofertas
de la vida.
Es de destacar, por otra parte, el trabajo anteriormente
citado de Devenny et al. (1997) quienes muestran que, a lo largo
de seis años, sólo se aprecian signos de desarrollo de demencia
en 4 de un grupo de 91 personas con edades comprendidas entre los
50 y 63 años, y con un nivel de funcionamiento intelectual bastante
alto. Semejante dato no se puede echar en saco roto, porque el actual
aumento de oportunidades y de programación de todo tipo están consiguiendo
mantener los índices de funcionamiento intelectual en niveles más
altos y en una población más extensa. Será preciso seguir la evolución
de los actuales adultos jóvenes que viven ya otro tipo de vida,
para comprobar si la aparición de la demencia se retrasa o disminuye.
Además, como ya se ha indicado anteriormente, este mismo aumento
en el nivel de funcionamiento intelectual servirá para hacer más
sensible la detección de un declive y más fácil su diagnóstico.
De lo expuesto hasta aquí podemos concluir lo siguiente:
- La frecuencia con que la población con síndrome de Down desarrolla
demencia tipo Alzheimer es superior a la del resto
de la población, tenga ésta o no deficiencia mental.
- La edad a la que se presenta la enfermedad de Alzheimer en las
personas con
síndrome de Down suele ser relativamente precoz,
con una evolución media de 4-5 años.
- La aparición y la evolución muestran un alto grado de variabilidad
interindividual. De hecho, hay personas con síndrome
de Down que nunca desarrollarán demencia.
- De ello se deduce que, para que aparezca enfermedad de Alzheimer,
deben
confluir factores diversos cuya expresión difiere
de una persona a otra.
- Es preciso saber distinguir entre lo que es un deterioro o declive
relacionado
con la edad en el síndrome de Down, de lo que es
la instauración de la demencia. Y es necesario diferenciar muy
bien la demencia de otros procesos que también pueden aparecer
en el síndrome de Down, como son la depresión, el hipotiroidismo
o las pérdidas sensoriales.
- La buena detección diagnóstica de la demencia requiere que se
conozca con
precisión el nivel previo de funcionamiento, tanto
de carácter intelectual como adaptativo.
- Son indicios la aparición de una cierta pérdida en las habilidades
de la
memoria, el lenguaje y la comunicación, y la orientación
general. Posteriormente habrá modificaciones progresivas en los
cambios de personalidad, períodos crecientes de apatía e inactividad,
reflejos hiperactivos y otros signos neurológicos (p. ej., las convulsiones),
pérdida de las habilidades diarias de adaptación, de la memoria
visual, reducción del lenguaje expresivo, confusión y desorientación
crecientes, aumento de estereotipias.
Relación entre síndrome de Down y enfermedad de
Alzheimer
Para intentar comprender las causas de esta marcada
variabilidad en la presencia de la demencia tipo Alzheimer en la
población con síndrome de Down, es necesario recurrir a algunos
conocimientos sobre las características y la biología molecular
de la enfermedad. En anteriores artículos (Flórez, 1993) han quedado
descritos los rasgos fundamentales de esta enfermedad y ciertos
elementos que la asocian al síndrome de Down. Resumiré aquí los
datos más importantes.
El diagnóstico definitivo de enfermedad de Alzheimer
se asienta sobre el hallazgo neuropatológico de las lesiones cerebrales
específicas: los depósitos de la proteína insoluble b
-amiloide que originan las placas neuríticas, la acumulación
de detritos neurofibrilares intraneuronales que constituyen los
ovillos o acúmulos neurofibrilares, la pérdida de neuronas
y de sus uniones sinápticas. Otras alteraciones son las modificaciones
vacuolares de las neuronas y los cuerpos de Lewis y de Hirano. Existen
amplias diferencias en la ubicación y conformación de las placas
neuríticas los acúmulos neurofibrilares, así como en su progresiva
distribución a lo largo y ancho del cerebro. De acuerdo con el número
e intensidad de estos depósitos, de la velocidad con que se forman,
de las regiones en las que se ubican y de la destrucción neuronal
que provocan, así serán la evolución y progresión de la enfermedad.
En los estadios I y II los acúmulos neurofibrilares se localizan
en la corteza transentorrinal; en los III y IV aumentan y alcanzan
también la región entorrinal; en los V y VI se extienden a múltiples
regiones de toda la corteza cerebral con una pérdida escalonada
y progresiva de neuronas de diverso carácter neuroquímico. Es frecuente
que las primeras neuronas afectadas sean las colinérgicas, es decir,
las que funcionan produciendo y liberando acetilcolina. La corteza
termina por atrofiarse y se ensanchan notablemente los ventrículos
cerebrales.
Desde el punto de vista molecular, es característica
la presencia de unas proteínas, entre las que destacan: a)
la proteína b -amiloide, que es un péptido
de 40-42 aminoácidos que deriva de una magna proteína precursora
de b -amiloide (APP), y se encuentra
principalmente en el núcleo central de las placas neuríticas; el
gen de la proteína APP se localiza en el cromosoma 21; b)
las proteínas tau que se encuentran hiperfosforiladas y originan
la degeneración neuronal y la formación de los acúmulos neurofibrilares;
c) otras proteínas que también concurren en el proceso son
las presenilinas PS-1 (formada por un gen del cromosoma 14) y PS-2
(cromosoma 1), y la apolipoproteína E, más concretamente la del
alelo e 4 (Apo-E4,
formada por un gen del cromosoma 19).
La hipótesis más aceptada para explicar el inicio
y proceso de las lesiones cerebrales es la de la cascada amiloide.
El proceso degenerativo comienza con un mal procesamiento de la
proteína APP que se escinde inadecuadamente y origina la proteína
b -A42, de carácter neurotóxico.
La precipitación de esta proteína provoca modificaciones reactivas
e inflamatorias en el tejido circundante, con presencia de astrocitos
y microglía y detritus neuronales de las placas neuríticas. Puesto
que la proteína APP es codificada por un gen del cromosoma 21, parece
lógico que, si existe una trisomía de este cromosoma, haya sobreexpresión
de la proteína APP, dato confirmado desde las etapas más jóvenes
de las personas con síndrome de Down.
No basta, sin embargo, con que haya exceso de APP;
hace falta que concurran otros factores. El primero es que la APP
se procese mal y origine la proteína b
-A42, que es la tóxica. Han de intervenir también otras
proteínas como las ya citadas, las PS-1, PS-2 y la Apo-E4.
Se desconoce el modo en que participan y actúan estas proteínas,
pero se admite que la presencia del alelo e
4 en la Apo-E es un factor de riesgo para el desarrollo
de la enfermedad de Alzheimer; en cambio, la presencia del alelo
e 2 de la Apo-E aparece como
un factor protector (Prasher et al., 1997).
En el síndrome de Down está asegurada la presencia
de uno de los principales factores desencadenantes, como es la proteína
APP, y ello parece ser la razón de su mayor prevalencia de la demencia.
Desconocemos, sin embargo, qué circunstancias concurren para que
se produzca su derivado tóxico b -A42;
este hecho y la presencia variable de las demás proteínas arriba
descritas son probablemente las causas de la variabilidad en la
presentación de la enfermedad en cada individuo. En un reciente
trabajo realizado en personas con síndrome de Down, Prasher et al.
(1997) no llegaron a demostrar una asociación significativa entre
la posesión del alelo Apo E e 4
y el comienzo de la enfermedad de Alzheimer, si bien las personas
con este alelo mostraron una mayor tendencia a que la enfermedad
apareciera a edades más tempranas, mientras que las personas con
el alelo Apo E e 2 podían
no desarrollar la demencia y tener una longevidad mayor. Los datos
son todavía poco convincentes.
A la acción de las proteínas hasta aquí mencionadas,
es preciso añadir otros mecanismos que probablemente confluyen o
ejercen una acción sinérgica en el fenómeno degenerativo. Entre
ellos se encuentran la producción de radicales libres de oxígeno,
la producción de citocinas y quimocinas propias de las reacciones
inflamatorias, y la acumulación de elementos potencialmente tóxicos
que se van produciendo a lo largo de la vida como consecuencia de
la sobreexpresión de genes del cromosoma 21. Parece también posible
que contribuya la existencia de una mayor propensión de las neuronas
a desarrollar apoptosis o muerte celular, a juzgar por la mayor
presencia de ciertas proteínas (p53, APO-1/FAS) asociadas a la apoptosis
en los cerebros de adultos con síndrome de Down Seidl et al., 1999).
La terapéutica y los cuidados en el anciano con
síndrome de Down
A la vista de lo expuesto, hemos de abordar el tratamiento
y los cuidados que se han de aplicar al anciano con síndrome de
Down, desarrollen o no enfermedad de Alzheimer. Si no la desarrollan,
será un anciano con deficiencia mental cuya atención ofrece características
algo distintas de las del anciano en general. Éstas han sido ya
expuestas en otro lugar (Flórez, 2000), pero resumiré aquí lo más
imprescindible.
El anciano sin enfermedad de Alzheimer
En su conjunto, los diversos autores apuntan al hecho
de que el anciano con deficiencia mental está expuesto, como mínimo,
al mismo tipo de problemas médicos (excluidos los mentales) que
el resto de la población. Hay cuadros patológicos cuya prevalencia
parece ser mayor, como son los sensoriales u otros que forman parte
de la etiología específica de la discapacidad intelectual. Lo que
ciertamente cambia y complica la situación es el contexto en el
que la enfermedad aparece y se desarrolla, los problemas que plantea
para su correcto diagnóstico, y las peculiaridades que puede tener
su tratamiento.
La población anciana con deficiencia mental presenta
una problemática particular en relación con su capacidad de movimiento,
que puede o no estar relacionada con su mayor riesgo de sufrir caídas
y fracturas. Las consecuencias en relación con la política de prevención
son evidentes.
Es enormemente importante el hecho, señalado por Evenhuis
(1997), de que las personas ancianas con discapacidad incluso ligera
no presenten quejas de manera espontánea que llamen la atención
sobre su proceso patológico; y así, toleran trastornos importantes
sensoriales, el dolor torácico, la disnea, la dispepsia o los problemas
relacionados con la micción, o expresan los síntomas de manera enteramente
atípica: mediante el aumento de la irritabilidad, la inactividad,
la pérdida de apetito, los problemas del sueño. A veces, los cuadros
alcanzan una gravedad que difícilmente se hace detectable si sólo
se atiende a lo que se considera la sintomatología característica.
Estas peculiaridades diagnósticas obligan a plantear
una estrategia también específica y propia, que cabe resumir en
los siguientes puntos.
a) Mejorar el conocimiento de los factores
específicos de riesgo (cuando se conozcan) y de la presentación
atípica de los síntomas.
b) Promover la observación atenta por parte
de los cuidadores: éste es un punto cuya práctica cambia conforme
la persona con deficiencia alcanza mayores grados de autonomía y
resulta menos "vigilada".
c) Realizar exploraciones de forma regular
y pautada que cubran los aspectos más básicos, al menos con la misma
frecuencia que se recomienda para el resto de la población. En este
sentido, es recomendable que, a partir de los 50 años, se realice
anualmente una exploración física rutinaria en la que se controle
el peso, la presión arterial, el corazón, los pulmones, la piel,
el estado de las mamas o de la próstata, la posible presencia de
estreñimiento, la glucemia y el sedimento urinario. La visión debe
ser explorada cada 3 años y la audición cada 5, como mínimo. Habrán
de establecerse acuerdos sobre cuáles son las técnicas diagnósticas
y terapéuticas más útiles, educando en ellas al médico general.
Determinadas etiologías, como es el caso del síndrome de Down, tienen
bien establecido el programa de salud basado en la creciente experiencia
sobre los ancianos con este cuadro; lo que hace falta es que los
médicos y cuidadores lo conozcan y lo ejecuten.
d) Apreciar si aparecen o aumentan problemas
de conducta o de insomnio, como síntomas atípicos de una patología
orgánica. Por sí mismo pueden ser signos de alarma sobre la aparición
de una depresión o de una demencia; pero a veces indican la existencia
de un dolor torácico que el paciente no identifica como tal, de
una dispepsia, de un dolor artrósico, de un estreñimiento prolongado,
o de que existen trastornos de la función tiroidea o de los órganos
sensoriales.
e) Instaurar un régimen general preventivo
e higiénico. A modo de ejemplo:
- controlar el tabaco y prevenir el tabaquismo pasivo;
- controlar el peso corporal, educar en las normas de la buena
nutrición, estimular la actividad física a lo largo de la vida;
- prevenir los trastornos de movilización y deambulación; actividad
física, calcio diario en la dieta, tratamiento quirúrgico de las
fracturas, movilización activa, supresión de barreras, colocación
de apoyos para facilitar la deambulación.
El anciano con enfermedad de Alzheimer
Debemos distinguir claramente tres aspectos: 1)
el cuidado general de la persona para mantener su calidad de vida
en el mejor grado posible; 2) la aplicación de fármacos;
3) las perspectivas futuras.
1. El cuidado del paciente y la calidad de vida
Empezaré por recordar que la calidad del envejecimiento
de una persona en general, y de una persona con discapacidad intelectual
en particular, depende en buena parte de la calidad que haya tenido
a lo largo de su vida, del grado en que su vida haya tenido un proyecto
y éste haya sido seguido con constancia. Cuanto más se haya poseído,
más retendrá o más se tardará en perderlo. Y esto sirve para conseguir
que continúen en la realización de algunas actividades, en el arreglo
personal, en el mantenimiento de la comunicación, etc. Cuidar adecuadamente
a un paciente con enfermedad de Alzheimer es todo un reto; hacerlo
a uno que, además, tiene síndrome de Down no es necesariamente más
difícil, pero es posible que el declive sea más rápido y el cuidador
se alarme.
Van Dyke et al. (1998) ofrecen un apretado conjunto
de sugerencias para tratar la demencia, que no renuncio a transcribir
por su alto contenido humano y que coinciden básicamente con las
útiles recomendaciones de Kerr (1999).
· Esforzarse en conservar
sus habilidades, sobre todo las que afectan a su propia dignidad
(comida, aseo personal), más que enseñarle otras nuevas.
· Reducir al mínimo
los cambios en el ambiente y en la rutina diaria.
· Simplificar las rutinas
y reducir las posibilidades de elección para minimizar la
ansiedad y la frustración.
· Tener paciencia, volver
a dirigir y que las órdenes verbales sean sencillas, que se note
que toda la atención va dirigida a apoyar.
· Mantener su conciencia
en lo posible, trayéndole recuerdos y conversando sobre experiencias
pasadas.
· Ayudarle a que mantenga
su orientación a base de anunciarle los sucesos que van a ocurrir
en el día, recordándole la fecha en que vive, los lugares, nombrando
las personas que le rodean. No forzarle a estar en la realidad pero
tampoco seguirle en su pensamiento delirante.
· Darle seguridad cada
día, aun cuando no nos responda.
· Intentar comprender las
palabras y símbolos que emplee para la comunicación. Ser pacientes
y no tratar de que él venga a nuestro terreno sino al contrario:
ir nosotros al suyo.
· Darle los alimentos y
líquidos necesarios para su nutrición e hidratación.
· Consultar al médico cuando
se vea que una medicación deja de ser útil; pero asumir la responsabilidad
cuando se vea necesario darle alguna medicación.
· Reducir los riesgos de
accidentes que puedan surgir durante el aseo personal (suelo de
duchas y bañeras, afeitado), previéndolos y estableciendo las pertinentes
rutinas.
· Hacer llegar el afecto
y la protección con una voz tranquila, realizar contactos físicos
para darle seguridad, o para alabarle.
· Proporcionar un ambiente
familiar y seguro, con una supervisión estrecha para reducir la
confusión y la inseguridad.
· Mantener el nivel actual
de independencia a base de incrementar la supervisión por parte
del personal y de su pronta y eficaz respuesta ante las necesidades.
· Modificar el programa
del individuo, o hacer planes de anticipación de las actividades
de la vida diaria y de las necesidades de supervisión, cuando sea
necesario.
· Seguir y anotar los aumentos
que haya en los episodios de confusión, desorientación, lapsus de
memoria, para estar mejor preparados si se repiten. Seguir evaluando
su movilidad, seguridad y necesidades de la vida diaria.
· Informar al personal,
familiares y cuidadores sobre los cambios y estrategias previstas
en los planes de atención.
· Tratar de identificar
los factores que ocasionan una conducta inapropiada o peligrosa,
e intentar disminuir la probabilidad de que vuelvan a ocurrir en
el futuro.
2. La aplicación de fármacos
No existe en el momento actual ningún fármaco que
cure o alivie de una manera importante la enfermedad de Alzheimer,
o interrumpe su progresiva evolución degenerativa. Si se quiere
actuar de manera contundente, sería preciso atacar a la raíz de
la enfermedad, es decir, impedir que se vayan produciendo y precipitando
las proteínas de carácter tóxico que se han comentado anteriormente.
Los únicos fármacos que en la actualidad se admite
que ofrecen alguna ligera mejoría para algunos de los síntomas,
y eso sólo en las etapas más iniciales de la enfermedad, son unos
fármacos que incrementan la actividad de los sistemas neuronales
de acción colinérgica en el cerebro. Se ha mencionado más arriba
que uno de los grupos de neuronas que sucumben bajo la acción de
la enfermedad es el grupo colinérgico, que se caracteriza por comunicarse
mediante la producción y liberación del neurotransmisor acetilcolina.
Pues bien, los fármacos hasta ahora aprobados por las autoridades
sanitarias son los inhibidores de la acetilcolinesterasa;
se llaman así por que su acción consiste en impedir que la enzima
acetilcolinesterasa rompa la molécula de la acetilcolina recién
liberada por la neurona, con lo que la acción de la acetilcolina
se incrementa y prolonga, compensando así de alguna manera la disminución
de acción colinérgica que sufre el cerebro como consecuencia de
la destrucción de las neuronas colinérgicas.
En el momento actual existen disponibles en España
tres fármacos inhibidores de la acetilcolinesterasa: por orden de
aparición, la tacrina, el donepezilo y la rivastigmina. Es preferible
el segundo porque es menos tóxico que el primero y su acción dura
más que la de los otros dos, lo que permite administrarlo una sola
vez al día (véase Flórez, 1998). Su eficacia es muy limitada; mejoran
algo la actividad en general y la cognitiva (p. ej., memoria). Se
han utilizado ya en muchos ancianos con enfermedad de Alzheimer,
pero muy poco (y con resultados negativos, probablemente por lo
avanzado de la evolución de la enfermedad), en personas con síndrome
de Down y enfermedad de Alzheimer. Ha habido un intento de administrar
donepezilo en dos adultos con síndrome de Down sin signos de enfermedad
de Alzheimer, con algún resultado ligeramente positivo (Kishnani
et al., 1999; Flórez, 1999).
También se está tratando de incrementar la actividad
colinérgica por otros métodos; por ejemplo, mediante fármacos que
activen directamente los receptores que tienen las neuronas para
recibir la información colinérgica. Todavía no se ha conseguido
ninguno con eficacia real y contrastada (Flórez, 1998).
3. Las perspectivas futuras
Estas perspectivas pasan, como ya se ha dicho,
por actuar incisivamente sobre los mecanismos moleculares que actúan
en el proceso patogénico de la enfermedad. Cuando sepamos exactamente
cómo se producen e interactúan las proteínas que parecen ser consustanciales
con el desarrollo de la demencia tipo Alzheimer, será posible sintetizar
fármacos que bloqueen o perturben la formación o la acción de tales
proteínas. Dada la importancia epidemiológica y social de la enfermedad
de Alzheimer, son enormes los recursos económicos que se dedican
a la investigación sobre su terapéutica, por lo que confío que ello
supondrá un claro beneficio para nuestros ancianos con síndrome
de Down.
Resumen
La población con síndrome de Down ha aumentado en
los últimos años la media de su esperanza de vida, que se encuentra
ahora alrededor de los 56 años. Esto significa que son muchas las
personas que superan dicha edad. En conjunto, la población con síndrome
de Down muestra una mayor prevalencia y una aparición más precoz
de enfermedad de Alzheimer que el resto de la población con deficiencia
mental. Sin embargo, existe un numeroso grupo que, o no muestra
signos de demencia, o lo hace a edades muy avanzadas. Se puede hablar,
por tanto, en el síndrome de Down de un envejecimiento natural y
de otro patológico (la demencia tipo Alzheimer). Es muy importante
hacer el diagnóstico diferencial de la demencia con otras enfermedades
que, mostrando algunos síntomas parecidos, tienen tratamiento específico.
Es preciso que las personas que están al cuidado de
los adultos con síndrome de Down por encima de los 45-50 años, realicen
un cuidadoso seguimiento médico ajustado a los programas de salud
propios de este síndrome, con particular atención a las pérdidas
sensoriales, hipotiroidismo, depresión. Igualmente, han de seguir
el modo en que desarrollan sus actividades diarias, utilizan el
razonamiento y la memoria, muestran su emotividad, comunicabilidad
y orientación. Es muy conveniente que anoten las variaciones que
pueda haber en su evolución. Existen ya abundantes cuestionarios
y tests diagnósticos que orientan hacia el diagnóstico, pero el
factor fundamental en todos ellos es la evaluación de la variación
o declive temporal que se aprecia en el comportamiento de la persona.
BIBLIOGRAFÍA
Aylward EH, Burt DB, Thorpe LU, Lai F, Dalton A. Diagnosis
of dementia in individuals with intellectual disability. J Intellec
Disabil Res 1997; 42: 152-164, 1997.
Burt DB, Loveland, KA, Lewis KR. Depression and the
onset of dementia in adults with mental retardation. J Ment Retard
1992; 96: 505-522.
Castelló A, Carrillo M, Barnosell E. Tests d’Aptituds
Cognitives per a Deficiencia del 65%, TACD-65. Barcelona, Coordinadora
de Centres per a Minusvalids Psíquics de Catalunya, 1996.
Chicoine B, McGuire D. Longevity of a woman with Down
syndrome: A case study. Ment Retard 1997; 35: 477-479.
Cooper SA. High prevalence of dementia amongst people
with learning disabilities not attributed to Down syndrome. Psychol
Medic 1997; 27: 609-616.
Cooper SA, Prasher VP. Maladaptive behaviours and
symptoms of dementia in adults with Down’s syndrome compared with
adults with intellectual disability of other aetiologies. J Intel
Disabil Res 1998; 42: 293-300.
Devenny DA, Silverman WP, Hill AL, Jenkins E, Sersen
EA, Wisniewski KW. Envejecimiento normal en adultos con síndrome
de Down: un estudio longitudinal. Rev Síndrome Down 1997;
14: 94-104.
Evenhuis HM. Evaluation of a screening instrument
for dementia in aging mentally retarded persons. J Intellect
Disabil Res 1992; 36: 337-347.
Evenhuis HM. Medical aspects of ageing in a population
with intellectual disability: III. Mobility, internal conditions
and cancer. J Intel Disabil Res 1997; 41: 8-18.
Evenhuis HM. The natural history of dementia in ageing
people with intellectual disability. J Intel Disabil Res
1997; 41: 92-96.
Flórez J. Envejecimiento y síndrome de Down. ¿Alzheimer,
sí o no? Rev Síndrome Down 1993; 10: 55-62.
Flórez J. Terapéutica farmacológica de las demencias.
Medicine 1998; 7(99): 4633-4643
Flórez J. Nuevos tratamientos. Rev Síndrome Down
1999; 16: 49-51.
Flórez J. Aspectos médicos del anciano con deficiencia
mental. En: Gafo J (ed). Deficiencia mental y problemas éticos
en torno al final de la vida. Madrid, Pub. Univ. Pontificia Comillas
2000.
Gedye A. Dementia scale for Down syndrome.
P.O. Box 39081. Point Grey, Vancouver BC. V6R 4P1 Canada.
Haveman M, Maaskant MA, Sturmans F. Older Dutch residents
of institutions with and without Down syndrome: Comparison of mortality
and morbidity trends and motor/social functioning. Aust &
N Zeal J Develop Disabil 1989; 15: 241-255.
Haxby JV. Neuropsychological evaluation of adults
with Down syndrome: patterns of selective impairment in non-demented
old adults. J Ment Defic Res 1989; 33: 193-210.
Hofman A, Rocca WA, Brayne C, et al. The prevalence
of dementia in Europe: a collaborative study of 1989-90 findings.
Int J Epidemiol 1991; 20: 736-748.
Kerr D. Síndrome de Down y Demencia: Guía práctica.
Barcelona, Fundación Catalana Síndrome de Down 1999.
Kishnani PS, Sullivan JA, Walter BK, Spiridigliozzi
GA, Doraiswamy PM, Krishnan KRR. Cholinergic therapy for Down’s
syndrome. Lancet 1999; 353: 1063-1065.
Lai F, Williams RS. A prospective study of Alzheimer
disease in Down syndrome. Arch Neurol 1989; 46: 849-853.
McGuire DE, Chicoine BA. Trastornos depresivos en
los adultos con síndrome de Down. Rev Síndrome Down 1997;
14: 11-16.
Prasher VP, Chowdhury TA, Rowe BR, Bain SC. ApoE Genotype
and Alzheimer’s disease in adults with Down syndrome: Meta-analysis.
Am J Ment Retard 1997; 102: 103-110.
Prasher VP, Chung MC, Haque MS. Longitudinal changes
in adaptive behavior in adults with Down syndrome: interim findings
from a longitudinal study. Am J Ment Retard 1998; 103: 40-46.
Prasher VP. Dementia questionnaire for persons with
mental retardation (DMR): Modified criteria for adults with Down
syndrome. J Appl Res Intellect Disabil 1997; 10: 54-60.
Prasher VP. End-stage dementia in adults with Down
syndrome. Int J Geriat Psychiat 1995; 10: 1067-1069.
Ribes R. El Procés d’envelliment en la persona amb
la síndrome de Down. Indicadors del procés de deteriorament cognitiu
i funcional relacionats amb la demència Alzheimer. Tesis doctoral,
Universidad de Lérida 1999.
Rumble B, Retallack R, Hilbich C et al. Amyloid A4
protein and its precursor in Down’s syndrome and Alzheimer’s disease.
N Eng J Med 1989; 320; 1446-1452.
Schupf N, Silverman WP, Sterling R, Zigman WB. Down
syndrome, terminal illness and risk for dementia of the Alzheimer
type. Brain Dysfunct 1989; 2: 181-188.
Seidl R, Fang-Kircher S, Bidmon B, Cairns N, Lubec
G. Apoptosis-associated proteins p53 and APO-1/FAS (CD95) in brains
of adultpatients with Down syndrome. Neurosci Lett 1999; 260: 9-12.
Strauss D, Zigman WB. Behavioral capabilities and
mortality risk in adults with and without Down syndrome. Am J
Ment Retard 1996; 101: 269-281.
Sung H, Hawkins BA, Eklund SJ, Kim KA, Foose A, May
ME, Rogers NB. Depression and dementia in aging adults with Down
syndrome: A case study approach. Ment Retard 1997; 35: 27-38.
Van Dyke DC, Harper DC, Dyken E. Alzheimer’s disease
and Down syndrome. Down Syndrome Quart 1998; 3 (No. 3): 1-11.
Visser FE, Aldenkamp AP, van Huffelen AC, Kuilman
M, Overweg J, van Wijk J. Early signs of dementia checklist. Am
J Ment Retard 1997; 101: 400-412.
Visser FE, Kuilman M, Oosting J, Overweg J, van Wijk
J, van Huffelen AC. Use of electroencephalography to detect Alzheimer’s
disease in Down’s syndrome. Acta Neurol Scand 1996; 94: 97-103.
Zigman WB, Schupf N, Zigman A, Silverman W. Aging
and Alzheimer disease in people with mental retardation. En: Bray
NW (ed), International Review of Research in Mental Retardation
(vol. 19). New York, Academic Press 1993; p. 41-70.
Zigman WB, Schupf N, Sersen E, Silverman W. Prevalence
of dementia in adults with and without Down syndrome. Am J Ment
Retard 1995; 100: 403-412.
|