Jesús Flórez
Resumen
El
futuro del síndrome de Down ha de ser encarado a partir de la
transformación más profunda que ha tenido lugar en las personas
con síndrome de Down: la conciencia que han adquirido de
sus propias posibilidades, conforme van madurando. Han dejado
de ser sujetos pasivos, receptores y ejecutores autómatas de órdenes,
preceptos, indicaciones u ordenanzas. Se sienten ahora protagonistas,
exigen un hueco en la sociedad, se sienten capaces de ofrecer
y aportar sus ricas cualidades y capacidades, y quieren hacerlo.
Sin olvidar los avances realizados en el campo de la salud, esta
transformación en las perspectivas de vida se deben a una auténtica
revolución en la intervención educativa, que empezó por aceptar
a la persona con síndrome de Down tal como es, por creer en ella
y por sustituir el “no” por el “sí”. No se ha de tener reparo
en aceptar que en el síndrome de Down existe una desviación biológica,
la trisomía del cromosoma 21, que acarrea una serie de consecuencias
anómalas en el desarrollo y función de muy diversos órganos y
aparatos del organismo humano. Esto no resta un ápice a la dignidad
humana de la persona con síndrome de Down; reconocer las limitaciones
intrínsecas o propias del síndrome de Down es sentar la base para
dotarle de recursos. La transformación iniciada con los programas
de intervención temprana han tenido, por encima de todo, una repercusión
esencial: mostrar a los padres su posibilidad de convertirse en
agentes fundamentales del cambio; es decir, en ejecutores. En
la medida en que se han hecho conscientes de que su acción tiene
una virtud modificadora sobre el progreso de los hijos, se han
convencido de que éstos no son meros sujetos pasivos a los que
hay que dejar tranquilos y a su aire, a su evolución natural,
sino que se han puesto a intervenir. Esto sirve para la gran mayoría
de las personas con síndrome de Down, pero es preciso tener en
cuenta las excepciones tanto en la parte alta como en la baja
del espectro, para poder dar las respuestas más adecuadas.
Supongo
que les será fácil creerme si les confieso que el sentimiento
que me embarga en estos instantes es de intensa emoción. Hemos
llegado hasta aquí y, sobre todo, hemos llegado juntos. Especialmente
con nuestros hijos: ellos, en etapas sucesivas, se han ido incorporando
a nuestro viaje; y a lo largo de él han ido acrecentando y enriqueciendo
su capacidad, sus habilidades, sus posibilidades y, en definitiva,
la calidad de su vida. Son nuestro orgullo y nuestra satisfacción,
la razón de ser de todo nuestro trabajo en la Fundación Síndrome
de Down de Cantabria.
Por este motivo, parece
oportuno que, al cumplir nuestro 20º aniversario, nos impongamos
unos minutos de reflexión para analizar el futuro de la persona
con síndrome de Down a partir del presente.
La
gran novedad
Vamos
a hablar del futuro del conjunto. Y es posible que, al desplegarlo,
acertemos a atisbar ciertas estelas que nos sirvan de guía para
enriquecer el desarrollo vital del futuro de nuestros hijos y
alumnos. Me avala un cuarto de siglo dedicado a estudiar y, sobre
todo, a convivir día a día con el síndrome de Down. Como científico,
como médico, como amigo y, sobre todo, como padre he podido refrendar
una determinada trayectoria, ser testigo y, a veces, origen y
protagonista de cambios sustanciales en el mundo del síndrome
de Down tanto en España como fuera de ella.
Con
este aval me atrevo a declarar que la gran novedad que he podido
atestiguar en estos 25 años vividos junto al síndrome de Down
ha sido la conciencia que las personas con síndrome de Down
están adquiriendo de sus propias posibilidades, conforme van madurando.
Han dejado de ser sujetos pasivos, receptores y ejecutores autómatas
de órdenes, preceptos, indicaciones u ordenanzas. Se sienten ahora
protagonistas, exigen un hueco en la sociedad, se sienten capaces
de ofrecer y aportar sus ricas cualidades y capacidades, y quieren
hacerlo.
Esta
realidad está transformando radicalmente nuestra postura vital
ante el hijo o el alumno. Porque ha dejado de ser el sujeto llamado
a ser guardado y protegido en una preciosa jaula de oro, para
convertirse en ave que remonta el vuelo y que, en determinadas
circunstancias, va incluso a emigrar. Esto significa que el futuro
es abierto y, consiguientemente, mucho más comprometido y exigente.
Significa que hemos de aplicar mucho más y mucho mejor nuestro
saber para enriquecer sus cualidades, para reforzar o enderezar
sus tendencias, para dotarle de los valores en los que creemos.
Y todo eso, a sabiendas de que su inteligencia y su mente se desenvuelven
en medio de trabas y escollos que les impiden adaptarse con rapidez
y flexibilidad a las condiciones de su entorno, y que su discapacidad
intelectual les imposibilita a veces realizar elecciones necesarias
e imperiosas.
Podemos
afirmar rotundamente, por tanto, que como conjunto afrontamos
un futuro mucho más rico y personalizado. Que el proyecto de vida
que empezamos a entrever, imaginar y programar cuando nuestro
hijo es pequeño ha de cobrar una nueva dimensión a lo largo de
su desarrollo, un nuevo marco de actuaciones en el que ese hijo
algo tendrá que decir.
¿Será
siempre así? Lamentablemente no. Y esto nos lleva a adentrarnos
en ese mundo cada vez más conocido y, al mismo tiempo, más ignoto
de la realidad biológica del síndrome de Down.
Cada
vez se van aclarando mejor, en las sucesivas reuniones científicas
en las que se analiza la biología molecular del síndrome de Down,
las razones por las que en una misma trisomía, como es la del
cromosoma 21, la expresión fenotípica puede ser tan variada y
tan dispersa. (Abstracts, 2002). Teóricamente, la sobreexpresión
de genes (en razón de 3 a 2) debería originar una similar sobreexpresión
de sus productos resultantes, las proteínas. Nada más lejos de
la realidad porque la variedad de alelos en un mismo gen, por
una parte, la interacción entre genes del mismo cromosoma o de
otros cromosomas, por otra, y la interacción entre las proteínas
resultantes son mucho mayores en la trisomía que en la disomía
y configuran un resultado extraordinariamente variable. Ello repercute
en el número de órganos afectados y en la intensidad con que se
encuentran alterados. Así, por ejemplo, vemos que unas personas
con síndrome de Down nacen con cardiopatía y otras no; en las
que la tienen, puede ser de diversa naturaleza y afectar a válvulas
distintas, o con diversa intensidad. Lo mismo ocurre en el cerebro
pero de forma más acusada, porque el número y la variedad de células
que lo componen es muchísimo mayor, y su funcionamiento es más
complejo y variado, por lo que necesariamente tienen que intervenir
muchos más genes en su desarrollo y en la regulación de su funcionamiento
a lo largo de la vida. De ahí la enorme variabilidad de afectación
cerebral que se demuestra en las distintas personas con síndrome
de Down.
Un
ejercicio de clarificación
Yo quisiera invitarles, en primer lugar, a huir del engaño
o, si prefieren, del disimulo. La persona con síndrome de Down
es, ante todo y por encima de todo, una rica realidad, intrínsecamente
humana. Y como tal, plena de dignidad, merecedora de toda consideración
como la que prestamos a cualquier otro ser humano. Su dignidad
es inherente a su humanidad. Sobre esto no cabe discusión.
Pero no debemos tener reparo en aceptar que en el síndrome
de Down existe una desviación biológica, la trisomía del cromosoma
21, que acarrea una serie de consecuencias anómalas en el desarrollo
y función de muy diversos órganos y aparatos del organismo humano.
Entramos, pues, –nos guste o no– en el terreno de la patología.
Y puesto que uno de los órganos más comúnmente afectado es el
cerebro, con alteraciones que son visibles y demostrables en el
microscopio, en el tubo de ensayo del laboratorio, en las imágenes
obtenidas por diversos métodos, en variadas pruebas funcionales,
habremos de aceptar que algunas de las funciones propias de ese
cerebro se verán alteradas en mayor o menor grado. Esto no resta
un ápice a la dignidad humana de la persona con síndrome de Down;
pero hemos de reconocer que determinadas expresiones
de la vida y función de ese cerebro se desvían de la normalidad:
unas veces en su dimensión cognitiva, otras veces en la del comportamiento,
otras veces en la capacidad de adaptación, otras veces en su habilidad
comunicativa... Negarlo, o lo que aún me parece peor, aceptarlo
como algo “normal” pero simplemente “distinto”, no nos lleva a
ninguna parte; o más bien nos lleva a la inacción y al fracaso
de una vida; porque si es normal aunque distinto, ¿por qué intervenir?
Dicho en otros términos: si la exploración ecográfica de
un recién nacido con síndrome de Down nos demuestra que padece
una cardiopatía congénita, nuestra respuesta inmediata es operarla
para corregirla (por cierto, hace 25 años muchas personas no pensaban
así: “total para qué”, decían). Pues bien, si la ciencia neurobiológica
nos demuestra que estructuras cerebrales como son el hipocampo,
o la corteza prefrontal, o el cerebelo de las personas con síndrome
de Down presentan alteraciones de tamaño o de organización, cuando
se las compara con las del resto de la población, lo lógico es
analizar qué consecuencias se derivan en los terrenos del comportamiento
y la conducta, de la capacidad cognitiva, del lenguaje y el habla,
con la finalidad de mejorarlas. Aceptar la patología inherente
al síndrome de Down no es, pues, minusvalorar a la persona que
lo tiene: es conocerla más para después poder servirle mejor,
como tantas veces repetimos. Reconocer las limitaciones intrínsecas
o propias del síndrome de Down es sentar la base para dotarle
de recursos. Y, al mismo tiempo, es reconocer sus cualidades,
tanto las individuales como, quizá, aquellas otras que empezamos
a sospechar que puedan estar también asociadas a su propio síndrome.
Creo importante este ejercicio clarificador de los conceptos
porque, en un intento sin duda bienintencionado de conseguir que
la sociedad acepte plenamente a las personas con síndrome de Down,
da la impresión de que a veces tratamos de ocultar o negar aspectos
que, por otra parte, a los demás les parecen evidentes. Al aceptar
un problema, iniciamos su solución. Y esto no está reñido con
el derecho de todo ser humano a ser distinto y a tener sus problemas:
todos los tenemos. Pero también tenemos el derecho a, si es posible,
intentar solucionarlos.
El
futuro de la intervención educativa
Sin duda nos produce admiración escuchar que la media de
vida de las personas con síndrome de Down ha aumentado en más
de 20 años durante el último cuarto de siglo, de forma que ahora
se encuentra alrededor de los 56 años. Un gran avance. Esa prolongación
de la vida ha sido conseguida
merced a la aplicación cuidadosa de unas normas ajustadas
de atención sanitaria: vacunación, detección precoz de anomalías,
corrección quirúrgica, prótesis, terapéutica farmacológica racional,
etc. Eso está muy bien y consideramos que se trata de un avance
ya irreversible. Por otra parte, los científicos sueñan en el
día en que se pueda silenciar el gen A o B, responsable de esta
o aquella anomalía particularmente perjudicial. Las dificultades
para conseguirlo son ingentes pero cabe imaginarlo. Y es posible
que vayan apareciendo nuevas formas de terapia farmacológica conforme
conozcamos mejor las posibilidades que el cerebro ofrece (p. ej.,
la aplicación de factores de crecimiento [Bimonte y col., 2002];
o de los inhibidores de la acetil colinesterasa para mejorar determinados
déficits [Heller y col., 2003]).
Pero eso no es suficientemente satisfactorio si, junto a
la buena salud, la persona con síndrome de Down no dispone de
recursos adecuados para vivir esa vida en plenitud y sentirse
satisfecha consigo misma. A eso es lo que solemos llamar “ser
feliz”, tener calidad de vida. Sentirse satisfecha consigo misma
significa conocer, conocerse y aceptarse. Apreciar lo que le rodea
y sus posibilidades de disfrutarlo, y apreciarse a sí misma con
sus posibilidades y limitaciones.
¿Se sienten más satisfechas ahora las personas con síndrome
de Down que hace 25 años? No nos apresuremos a responder porque
la respuesta puede requerir infinidad de matices. Lo único que
podemos afirmar con seguridad es que desde fuera apreciamos que,
efectivamente, están más expuestas y próximas a las posibilidades
y recursos casi infinitos de la vida ordinaria: la comunicación,
el juego, el disfrute de la compañía y la amistad, el aprendizaje
de múltiples habilidades con las que amplían su ámbito de influencia,
la apreciación de valores y la capacidad de disfrutarlos, la asistencia
a espectáculos, el contacto con lo artístico en sus diversas manifestaciones
de pintura, música, escritura, e incluso su capacidad para expresarlo
por sí mismos, los viajes, la vida afectiva, la disponibilidad
de un puesto de trabajo remunerado y ajustado a su capacidad.
¿Qué ha significado, a qué se ha debido toda esta portentosa
transformación en las perspectivas de vida de una persona con
síndrome de Down, casi inimaginables hace 25 años? Una auténtica
revolución en la intervención educativa. Una revolución pacífica
pero no menos radical que cualquier otra. Una revolución que empezó
por aceptar a la persona con síndrome de Down tal como es, y por
creer en ella. Una revolución que empezó por demoler los mitos
de los “no”: no podrá hablar, no podrá leer, no podrá comprender
valores, no podrá esto, no podrá lo otro... Una revolución que
sustituyó el “no” por el “sí”: es capaz de hacer, es capaz de
aprender, es capaz de trabajar, es capaz de disfrutar, es capaz
de asombrarnos. Una revolución que se esforzó por incorporar e
integrar –que es mucho más que incluir– a la persona en la sociedad
dotándole de medios y recursos para manejarse y adaptarse dentro
de ella, con sus luces y sus sombras.
Sin esa intervención educativa, la transformación de la
acción sanitaria de poco hubiera servido. Esa acción conjunta
de salud y educación ha significado la gran fuerza transformadora
que está colocando al ciudadano con síndrome de Down, poco a poco,
en el puesto que le corresponde.
¿Una
realidad demasiado idealizada?
He tratado siempre de no dejarme deslumbrar por los casos
extraordinarios de personas con síndrome de Down que alcanzan
niveles inusuales de desarrollo intelectual y social. Y es que
conozco la realidad biológica de la trisomía 21 lo suficientemente
a fondo como para percatarme de la enorme variabilidad con que
la trisomía se expresa, como ya he indicado. Si algo me preocupa
de esos casos extraordinarios, que tanto nos apresuramos a airear
y destacar, es la imagen distorsionada que pueden dar y las falsas
expectativas que pueden originar en muchas familias, con las consiguientes
frustraciones. Mi interés se centra, en cambio, en la media ordinaria
de la población con síndrome de Down. De ahí que la pregunta colocada
al inicio de este párrafo cobre toda su dimensión. Cuando hemos
hablado de revolución y transformación provocada por la intervención
educativa, ¿estamos pensando realmente en esa media de la población
con síndrome de Down? La respuesta es sí, sin el menor atisbo
de duda.
No es una realidad idealizada porque la estamos comprobando
de manera sistemática en numerosos adolescentes y jóvenes adultos
de cualidades, por otra parte, muy ordinarias. Y tiene su razón
de ser.
La transformación iniciada con los programas de intervención
temprana han tenido, por encima de todo, una repercusión esencial:
mostrar a los padres su posibilidad de convertirse en agentes
fundamentales del cambio; es decir, en ejecutores. En la medida
–mayor o menor– en que nos hemos hecho conscientes de que nuestra
acción tiene una virtud modificadora sobre el progreso de nuestros
hijos, nos hemos convencido de que ellos no son meros sujetos
pasivos a los que hay que dejar tranquilos y a su aire, a su evolución
natural, sino que nos hemos puesto a intervenir.
¿Con
qué problemas nos vamos a encontrar?
Al margen de los
problemas de salud, a los que atendemos puntualmente según van
surgiendo de acuerdo con los programas de salud, los problemas
a los que nos enfrentamos actualmente y a los que hemos de afrontar
en el inmediato futuro no son distintos de los que pudieran tener
las personas con síndrome de Down de hace tres o cuatro décadas.
Lo que ha cambiado es nuestra actitud. Y nos enfrentamos con los
problemas que afectan a los fundamentos mismos de la cognición
y del aprendizaje, a saber:
-
la motivación
-
la atención
-
la memoria
-
la comunicación
y,
en ocasiones, a algunos problemas de comportamiento.
Esas cuatro dimensiones que conforman la base del aprendizaje
presentan anomalías en las personas con síndrome de Down, en grado
diverso y distinto de unos individuos a otros, y con intensidad
y expresividad variables según las edades y la experiencia educativa.
La moderna investigación neurobiológica nos enseña y nos
documenta sobre las alteraciones cerebrales que son responsables
de estas deficiencias, que he descrito con detalle en otros lugares
(Flórez, 1999, 2002) . El estudio de los modelos animales de síndrome
de Down, además, nos está proporcionando datos con mucha más precisión
y nos está mostrando hasta qué punto estas alteraciones se deben
a las anomalías cromosómicas propias del síndrome de Down (X Reunión
Internacional, 2002).
La grandeza del cambio al que estamos asistiendo consiste
en que, ante estos problemas, no nos quedamos cruzados de brazos.
Ante las dificultades en la motivación, en la atención, en la
memoria o en la comunicación, diseñamos estrategias, cambiamos
el rumbo, ideamos modificaciones imaginativas dirigidas todas
ellas a mejorar o a enriquecer esas deficiencias. Como consecuencia,
la adquisición de conocimiento no permanece estancada sino que
fluye. Y la persona con síndrome de Down, que al principio es
“objeto” de intervención, con el tiempo se va convirtiendo en
“sujeto” y “protagonista” de su propio cambio, de su propia intervención.
Es la propia ciencia neurobiológica la que también nos enseña
que el cerebro de una persona con síndrome de Down no es una estructura
inerte y petrificada; al contrario, es una realidad viva y plástica,
modificable y enriquecible. Ya no nos ponemos límites, aunque
sabemos que los hay y que la patología inherente al síndrome de
Down no puede actualmente ser corregida en su totalidad. Ni nos
creemos lo de los techos: se rompió el de la lectura, se está
rompiendo el del lenguaje y la comunicación, y el de la orientación,
y el de la estimación y vivencia de los valores, y el de la capacidad
de vivir con relativa autonomía. Ni nos creemos lo de las edades
“tope” a partir de las cuales el aprendizaje es imposible.
El gran cambio consiste en que esta nueva realidad ya no
es la excepción; por el contrario, afirmamos que una amplia mayoría
de la población con síndrome de Down tiene condiciones para acceder
a ella, de forma que su vida adulta, que lógicamente ha de abarcar
la mayor extensión de su vida, sea una vida en la que se consoliden
todos esos aspectos que han de contribuir a su satisfacción personal.
Este avance ni es espontáneo ni es gratuito. Vamos a decirlo
muy claramente y con rotundidad, para que no haya lugar a dudas.
Las consecuencias biológicas de las alteraciones cromosómicas
propias del síndrome de Down perturban permanentemente y de por
vida la función de los circuitos formados por las redes interneuronales.
Están constantemente vertiendo material tóxico sobre las neuronas.
El único modo actual de contrarrestar esa acción perturbadora,
en tanto no se encuentren instrumentos adicionales, es favorecer
el funcionamiento neuronal y activar circuitos compensadores del
cerebro que restablezcan parte de la función perdida. Eso es lo
que hace la intervención educativa. Por consiguiente, si no hay
intervención no se desarrollarán la motivación, la atención, la
memoria y la comunicación. Pero no basta con desarrollarlas: hay
que mantenerlas. Por eso su ejercitación ha de permanecer de manera
constante a lo largo de toda la vida. ¿Quién habló de la intervención
temprana? La intervención ha de ser permanente, lógicamente ajustada
en su forma y modo a la edad, a los intereses, a los logros alcanzados
anteriormente, a las circunstancias de tiempo y espacio.
Es así como vivimos las realidades. Tenemos asegurada la
intervención temprana. Tenemos asegurada –con enormes dificultades–
la etapa escolar. Pero ¿tenemos claros los objetivos que ha de
cubrir esa etapa escolar para que nuestros jóvenes ingresen en
esa insegura fase de la transición a la edad adulta y al mundo
del trabajo? ¿O estamos tan seducidos por el señuelo de las adquisiciones
estrictamente académicas (“que se separen lo menos posible de
lo que estudian sus compañeros”, imploramos) cuando lo que necesitan
por encima de todo es una buena formación para la vida real, preparación
para el trabajo, correctas habilidades sociales en el mundo real,
dominio de la lectura y escritura, dominio de la capacidad comunicativa?
Debemos preguntarnos qué están haciendo ahora nuestros jóvenes
que han superado la etapa escolar. ¿Cuántos ocupan ya una posición
laboral adaptada a sus cualidades y aptitudes? ¿Cuántos siguen
un programa de continuidad en la formación y de ocupación efectiva
de su tiempo? O, por el contrario, ¿se habrán vuelto a recluir
en sus casas sin más horizonte que la televisión, ese “gran instrumento
de ocio y tiempo libre” al que dedica gran parte de su tiempo
la mayoría de nuestros jóvenes con síndrome de Down, según indican
las encuestas? (Izuzquiza, 2000; 2002). ¿Queremos hablar de futuro
para las personas con síndrome de Down? Pues afrontémoslo de raíz:
dándoles ocupación seria y remunerada, integrándoles en el mundo
laboral y social.
Las
sombras
El estado actual de la cuestión quedaría incompleto si no
abordara también lo que a mí me parece que pueden ser las sombras
que proyecta nuestra actual realidad.
La mayor parte de lo que hasta aquí he descrito se refiere
a la población media, a lo que en otro lugar he denominado “el
ciudadano corriente con síndrome de Down”.
También he hecho una breve referencia a esa minoría de casos extraordinarios,
los que muestran unas capacidades altamente cualificadas. Pero
la realidad no queda completa si no me refiero a las personas
con síndrome de Down que están en el otro extremo del espectro porque muestran
serias limitaciones en varias de sus capacidades.
¿Cuánto hay de: a) intrínsecamente genético, b)
patología añadida que compromete el normal desenvolvimiento del
individuo, c) una intervención educativa poco acertada?
He ahí tres factores que pueden ser decisivos, pero cuya contribución
individual en cada caso concreto no siempre es fácil delimitar.
a) Ya me he referido anteriormente a la intrínseca
variabilidad genética que explica las diferencias entre unos individuos
y otros.
b) La patología añadida constituye otra variable,
y no siempre sabemos en qué grado es consecuencia de la misma
alteración genética que aporta el síndrome de Down. Los casos
de extrema hipotonía y muy pobre respuesta a la estimulación ambiental,
la epilepsia añadida como es el síndrome de West, la cardiopatía
muy grave que condiciona negativamente todo el desarrollo, son
algunos ejemplos. Pero cada vez se va prestando mayor atención
a ciertos comportamientos que se desvían excesivamente de lo habitual:
episodios repetidos de conducta negativa, de rechazo, de aislamiento,
de autoestimulación, que claramente se han ido relacionando con
síntomas más propios del llamado espectro autista. De este modo
se ha ido configurando un subtipo fenotípico dentro del síndrome
de Down, de peor pronóstico en su evolución cognitiva y conductual,
que puede alcanzar el 5-7 % de los casos (Capone, 1999). Actualmente
se está trabajando en la elaboración sintomática y evolutiva de
esta variante, para delimitarla lo mejor posible y para tratar
de averiguar las causas cerebrales que la originan (X Reunión
Internacional, 2002). Lógicamente, es preciso abordarla con unos
métodos de intervención especiales que tanto la familia como los
rehabilitadores han de conocer y aplicar. De ahí la necesidad
de conocer los síntomas precoces que puedan advertirnos de su
presencia.
c)
Sin duda, el factor que probablemente más condiciona la diversidad
de adquisiciones, competencias y habilidades de un joven con síndrome
de Down es su bagaje educativo y su entorno enriquecedor,
iniciados tempranamente y mantenidos con constancia y coherencia.
No nos llamemos a engaño. El elemento crítico en este caso es
la familia, que es quien rodea permanentemente al individuo, le
dota de recursos para mejorar sus cualidades o enderezar sus desviaciones
en la vida real, con una acción paciente y alegre pero pertinaz
y constante. Sin agobiar pero sin ceder en lo fundamental.
Aún más: muchas conductas inaceptables, muchas
insuficiencias en la demostración de las habilidades sociales
que conforman la convivencia y favorecen la integración son consecuencia
de una pobre educación y de la escasa atención por parte de la
familia. Unas veces porque no cae en la cuenta, otras porque ella
misma carece de ciertas habilidades sociales o no les da importancia,
otras porque no le apetece o se cansa de intervenir adecuadamente,
o lo hace torpemente, lógicamente por ignorancia. Esto significa
que para que la familia de una persona con discapacidad intelectual
sea realmente el sujeto y ejecutora de la acción formadora, debe
ser ella primariamente consciente de su responsabilidad y a ella
habrá que ofrecer en primer lugar toda la atención educativa que
ha de prestar la institución especializada dentro de esa comunidad
o territorio.
Es ahora, en esta etapa histórica en
que los jóvenes con síndrome de Down empiezan a ocupar puesto de trabajo en ambientes ordinarios y empiezan
a mostrarse integrados en todas las actividades sociales y a vivir
una vida crecientemente normalizada, cuando más apreciamos las
enormes diferencias en el grado de formación recibida. Unos lo
consiguen y otros continúan aparcados y aislados. ¿Por qué? He
ahí una desigualdad y una diferencia dentro de nuestro propio
país, que nos señala la insuficiencia con que todavía estamos
abordando estos problemas. No sólo es problema de dinero y de
recursos, que también. Con frecuencia es un problema de ideas,
de compromiso y de voluntad de aportar soluciones.
Al profundizar en estas diferencias
entre unos y otros, quisiera comentar algo que duele extraordinariamente
porque la historia se va repitiendo. Me preocupa que, en ocasiones,
sean los jóvenes con síndrome de Down que se encuentran afortunadamente
en la parte más alta del espectro quienes muestren carencias en
los valores de convivencia, de acogida, de solidaridad y de comprensión
hacia compañeros que no alcanzan sus propios niveles, y muestran
conductas de rechazo hacia los peor dotados. Otras veces apreciamos
que algunas personas con síndrome de Down muestran su desagrado
o su rechazo hacia personas con otro tipo de discapacidad.
Eso indica una falta muy grave en su formación.
No se trata de constituir una segregación sindrómica, pero hay
que ayudarles a que comprendan que todos nos necesitamos, que
todos debemos convivir y ayudarnos, y que son ellos precisamente
los llamados a prestar una mejor ayuda a sus compañeros, porque
será la mejor comprendida y valorada.
Esto
no se aprende de la noche a la mañana. Éste es un valor que se
adquiere en la convivencia familiar y escolar si quienes nos sentimos
responsables, estamos alerta y aprovechamos las múltiples circunstancias
de esa convivencia para hacerla vivir y transmitirla.
Conclusión
No quisiera terminar
con tintes negativos. Al contrario. Vivimos momentos de extraordinario
optimismo pese a las limitaciones e insuficiencias que observamos.
Nunca como ahora la sociedad ha estado más sensible y abierta
al mundo de la discapacidad, a pesar de que aún deba estarlo más.
Vuelvo a referirme a la visión objetiva que me otorgan 25 años
de perspectiva y de ser testigo fiel y comprometido de una evolución
ricamente vivida y compartida. Deseo muy sinceramente que, como
resultado de la vivencia de este 20º aniversario, reforcemos por
encima de todo la visión de la persona con síndrome de Down como
un ser humano, integral, llamado a tener un papel en la sociedad,
merced al cual pueda disfrutar y servir, sentirse acogido y acogedor
él mismo a un mismo tiempo. De tal modo que todos nos podamos
beneficiar de las maravillosas cualidades de las que está dotado
y que él ha sido capaz, con nuestro incondicional apoyo, de desarrollar
y de expresar.
Referencias
Abstracts, X International Meeting Molecular Biology of Chromosome 21 and
Down Syndrome. Revista Síndrome de Down, vol 19(3), Nº 74, Supl., septiembre 2002. Ver resumen en: http://www.down21.org/noticias_portada2/articulos/x_reunion.htm
Bimonte HA, Hunter CL, Nelson ME, Granholm A-CE. Frontal cortex BDNF levels
correlate with working memory in an animal model of Down syndrome.
Behavioural Brain Research, 2003. En prensa
Capone, G. Síndrome de Down y trastorno con espectro autista: una mirada
a lo que sabemos. Revista Síndrome de Down, vol 16(4),
Nº 63, 130-136, 1999.
Flórez, J. Patología cerebral y sus repercusiones cognitivas en el síndrome
de Down. Siglo Cero, vol. 30(3), 29-45, 1999. (Ver también
en: http://www.infonegocio.com/downcan/todo/interes/neuro.html).
Flórez, J. La Neurobiología en el síndrome de Down. 2002. En:
http://www.down21.org/salud/neurobiologia/mainneurobiologia.htm.
Heller JH, Spiridigliozzi GA, Sullivan JA, Doraiswamy PM, Krishnan RR,
Kishnani PS. Donepezil for the treatment of language deficits
in adults with Down syndrome: A preliminary 24-week open trial.
American Journal of Medical Genetics, vol. 116(2): 111-116,
2003. (Ver resumen y comentario en: http://www.down21.org/revista/2003/febrero/resumen.htm
Izuzquiza, D. La educación del ocio y el tiempo libre en las personas
con síndrome de Down: orientaciones para la elaboración de programas
especializados. Revista Síndrome de Down, vol 17(4): 113-120,
2000.
Izuzquiza, D. 2000. Ocio y Tiempo Libre para las personas con síndrome
de Down. En: http://www.down21.org/act_social/mainFrame.htm.