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Algunas
cuestiones sobre la vida de los adolescentes y adultos con síndrome
de Down
Dennis E. Mcguire
y Brian A. Chicoine
Resumen
El
notable incremento de la longevidad de las personas con síndrome
de Down debe animar a los profesionales y cuidadores a dar lo mejor de sí mismos para asegurar
que esta vida más larga sea también una vida más plena y más sana,
tanto en términos de su salud en general como de bienestar emocional
y de su funcionamiento social. Basados en su experiencia clínica
con más de 1.200 jóvenes y adultos, los autores analizan los principales
problemas de carácter psicosocial, laboral y médico que han encontrado,
y ofrecen soluciones y recomendaciones para prevenirlos o para mejorarlos.
A comienzos del pasado siglo, la esperanza
de vida que tenía, como media, una persona con síndrome de Down
era de unos 9 años. Actualmente está alrededor de los 56 años –un
aumento de más de seis veces (Eyman y col., 1956). Como profesionales
y cuidadores que
trabajamos junto a las personas con síndrome de Down, hemos de dar
lo mejor de nosotros mismos para asegurar que esta vida más larga
sea una vida más plena y más sana, tanto en términos de su salud
en general como de bienestar emocional y de su funcionamiento social.
Deseamos
presentarles lo que hemos aprendido a partir de nuestros esfuerzos
realizados dentro de un centro multidisciplinario que sirve a más
de 1.200 adolescentes y adultos con síndrome de Down (sobre las
características de este centro, v. Chicoine y col., 1995). Nos centraremos
en los aspectos médicos y psicosociales de nuestro trabajo (Chicoine
y McGuire, 1996), con las esperanza de que nuestros resultados ayuden
a los cuidadores y otros profesionales a salir mejor al frente de
las necesidades de las personas con síndrome de Down.
Cuestiones psicosociales: habilidades
en la vida adaptativa
Si los
adultos con síndrome de Down han de alcanzar un grado de independencia
y aprovechamiento en sus vidas diarias, es esencial que se les ayude
a desarrollar las habilidades adaptativas. Sin embargo, nos parece
que además de dominar estas actividades de la vida diaria, existen
otras habilidades que desempeñan también un papel crítico para alcanzar
con éxito esta adaptación. Y comprenden el aprendizaje del lenguaje
expresivo, el mantener creencias y actitudes personales que sean
positivas, el comprender temas sociales e interpersonales, y el
desarrollar unos modos de abordar los cambios de la vida diaria
de una manera creativa y flexible.
Actividades de la vida diaria
Para valorar las habilidades de la vida diaria de una
persona, utilizamos el Developmental
Disability Profile. Se trata de un sistema de medición rápido
y fiable de las habilidades básicas y el grado de independencia
de una persona (Brown y col., 1986). Nos ayuda también a determinar
si la pérdida o cambio de una determinada función puede atribuirse
al envejecimiento normal o si es consecuencia de alguna condición
física o mental.
Evaluación de habilidades básicas
Hemos visto que la mayoría de las personas con síndrome
de Down puede realizar su aseo personal rutinario y demás actividades
relacionadas con su higiene, actividades de la casa y preparación
de alimentos. Muchos pueden emplear un horno o el microondas, poner
la lavadora y elegir con asesoramiento su ropa. Entre las habilidades
que requieren una ayuda más directa están el uso de transporte público,
la planificación de los menús, la compra diaria de alimentos, el
manejarse de forma suelta por el barrio, y el uso y cálculo del
dinero.
Valoración de la independencia
Gracias a nuestro trabajo con las personas con síndrome
de Down, hemos aprendido qué es lo que deberían hacer por sí mismos.
Si una persona que es capaz de hacer ciertas cosas no las realiza,
puede que sea porque no está suficientemente motivada. Puede deberse
también a un exceso de sobreprotección por parte de sus cuidadores.
La sobreprotección deliberada puede ahogar el impulso natural de
una persona hacia la independencia y podría ocasionar problemas
de conducta o depresión.
A veces
vemos sobreprotección no intencionada – situaciones en las que los
cuidadores hacen cosas que una persona con síndrome de Down puede
hacer, aunque con más lentitud y menos eficientemente. Es importante
hallar un equilibrio entre las necesidades que exigen el llevar
una casa y las necesidades de la persona con síndrome de Down.
Por ejemplo, en familias en las que ambos padres trabajan,
con frecuencia no hay tiempo para que esa persona realice las tareas
a su propia velocidad, como es el ayudar a poner la mesa o hacer
el lavado. Por eso, y siempre que sea posible, ha de permitírsele
realizar sus propias tareas de la vida diaria, sobre todo si le
ayudan a desarrollar nuevas habilidades o a utilizar el sistema
de ensayo y error. El terminar con éxito estas nuevas tareas le
irá acrecentando su experiencia y su confianza cuando haya de afrontar
situaciones nuevas y más difíciles, como es la etapa dificultosa
de la transición desde la escuela al trabajo.
En cambio,
a veces el problema está en la excesiva independencia, y entonces
puede arriesgarse la salud de una persona, su seguridad y su autoestima.
Sabemos de un ejemplo en que una mujer ya mayor en un apartamento
llevado por una agencia era incapaz de manejarse por sí misma. Su
casa y su vida eran un desastre. Además de dejar que su apartamento
estuviese lleno de basura, con facturas sin pagar y con ropa sucia,
frecuentaba una taberna local que le llevó al alcoholismo y a grave
riesgo de su salud. Le encantó ser trasladada a una pequeña casa
de grupo porque eso le permitió recuperar sus sentimientos de competencia
y autoestima.
Es preciso
que haya unos niveles apropiados de supervisión que les ayuden a
resolver los problemas de su vida independiente. Se ha de permitir
a las personas con síndrome de Down que sientan lo que es el reto
de la independencia, pero nunca a riesgo de hacer peligrar su salud
y su seguridad.
Evaluación de la pérdida de habilidades
Cuando
las personas con síndrome de Down tienen dificultad para expresarse
por sí mismas, la pérdida de las habilidades de la vida diaria puede
ser un indicador que nos anuncie problemas, preocupaciones o cuestiones
de su vida. El envejecimiento normal,
los problemas de salud mental, las dificultades sensoriales
(pérdida de visón o audición) u otros problemas médicos pueden ocasionar
pérdida de habilidades. Es importante que los cuidadores consideren
las causas subyacentes y que, si está indicado, busquen asistencia
para hacer una evaluación correcta.
El proceso
de envejecimiento normal se encuentra acelerado en los adultos con
síndrome de Down, quienes lo hacen unos 10 a 20 años antes que la
población general. Los cuidadores a menudo perciben este envejecimiento
prematuro como un acortamiento de la edad madura o un inicio rápido
del envejecimiento; en consecuencia, una persona de unos 40 a 50
años puede parecerse más a una de 60 o 70. De ahí que la pérdida
de habilidades a una edad que podría considerarse prematura puede
en realidad ser el resultado del envejecimiento normal propio del
síndrome de Down.
Nosotros
decimos a los cuidadores que, como sucede con los jubilados de la
población general, los adultos con síndrome de Down que siguen estando
activos es posible que tengan unas vidas más largas y más sanas.
Quienes viven en el ambiente de su vecindario pueden mantener sus
habilidades e incluso retrasar
el proceso de envejecimiento. Incluso cuando pierden el interés
por objetivos laborales formales o se retiran de ellos, deben seguir
estando implicados en muchas actividades sociales y recreativas.
Algunos
cuidadores pueden no comprender cómo envejece una persona con síndrome
de Down y pueden interpretar erróneamente su retraso en el trabajo
o en otras actividades como
síntoma de enfermedad de Alzheimer o de algún problema de conducta.
Y esto puede inducirles a desplazarle de su puesto de trabajo o
a transferirlo a un tipo diferente de modo de vida. Mejorar el conocimiento
del proceso de envejecimiento debe ayudar a las familias y a los
cuidadores a atender las necesidades de la persona con síndrome
de Down que está envejeciendo.
Existen
otras condiciones que pueden también ocasionar una pérdida importante
de las habilidades de la vida diaria. La pérdida de visión o de
audición, que ocurre con mayor frecuencia que en la población general,
puede estar en la raíz del problema. La depresión u otros trastornos
de salud mental pueden ser también un factor, así como otros problemas
médicos como puede ser el hipotiroidismo. Existen tratamientos bien
asequibles para todas estas condiciones que ayudan a detener la
pérdida de habilidades.
A menudo
se culpa a la enfermedad de Alzheimer como responsable de la pérdida
de habilidades en las personas
mayores con síndrome de Down. De acuerdo con los resultados de algunos
estudios (Dalton y Crapper-McLachlan, 1984; Lai y Williams, 1989;
Oliver y Holland, 1986), se pensó que el declive de una persona
con síndrome de Down debía ser siempre atribuido a la enfermedad
de Alzheimer, que es una condición irreversible y progresiva. La
reciente investigación ha demostrado que cuando la enfermedad de
Alzheimer se desarrolla en una persona con síndrome de Down, lo
hace frecuentemente a una edad más temprana, posiblemente como consecuencia
del envejecimiento prematuro (Devenny y col., 1996; Wisniewski y
Rabe, 1986). Sin embargo, cuando aparece un declive en una persona
con síndrome de Down, y se la somete a una exploración exhaustiva,
se demuestra que el diagnóstico es con frecuencia algo diferente
y potencialmente reversible (Chicoine y col.,1999). El error diagnóstico
y el consiguiente tratamiento ineficaz son con frecuencia el resultado
de la presunción de que el declive funcional de la persona con síndrome
de Down forma parte enfermedad de Alzheimer.
Es esencial evaluar
de forma completa a una persona cuyas habilidades estén declinando.
En nuestra propia muestra clínica de 443 personas, 148 (33 %) mostraron
pérdida de habilidades. De estas 148, sólo 11 –justo el 7 %– fueron diagnosticadas con
enfermedad de Alzheimer. Para las que tenían más de 40 años –el
grupo de edad con más riesgo de Alzheimer– 11 de 53 personas con
pérdida de habilidades fueron diagnosticadas con esta enfermedad.
Las otras 42 respondieron positivamente a tratamientos médicos o
de salud mental, o a la terapéutica de sus problemas sensoriales.
El mensaje para
los cuidadores es obvio: Insistir en una evaluación completa antes
de aceptar el diagnóstico de enfermedad de Alzheimer.
Lenguaje expresivo
Las
personas con síndrome de Down encuentran difícil a menudo el hablar
con claridad y expresar sus pensamientos y sentimientos de manera
efectiva. Muchos se enzarzan en soliloquios, que se describen como
una conversación que se mantiene consigo mismo y en voz alta.
La inteligibilidad
se define como el grado en que los demás comprenden el lenguaje
hablado. La mayoría de los adultos con síndrome de Down experimentan
algún grado de dificultad para hacerse entender por otros que no
sean sus cuidadores directos. Esta situación conduce a una dependencia
de las personas que mejor les entiendan lo que hablan, pero surgen
los consiguientes problemas cuando no se puede echar mano de esos
“intérpretes”. Una persona que pierda a quien le entiende se sentirá
perdida y desorientada, lo que a su vez puede ocasionar problemas
de ajuste y depresión. Hemos comprobado que las personas que disponen
de un círculo amplio de familiares y amigos tienen menores dificultades
de ajuste ante la pérdida de esa persona. Aprender el lenguaje de
signos o de un modo alternativo de comunicación puede ayudar también
a impedir la dependencia de sólo unas pocas personas.
Incluso si llegan
hablar de modo inteligible, es nuestra experiencia que muchos adultos
con síndrome de Down tienen dificultades para contar a otros sus
pensamientos y sentimientos personales. Incluso cuando pueden transmitir
emociones fuertes mediante su expresión facial y lenguaje corporal,
a menudo sus cuidadores no son capaces de comprender y de responder
a lo que se les está comunicando. Esto es particularmente cierto
en el trabajo o en otras situaciones fuera de casa con gente que
está menos familiarizada con las personas con síndrome de Down.
Para remediarlo,
la familia y los cuidadores pueden enseñar al personal del centro
de trabajo o de la institución residencial a interpretar mejor las
expresiones no verbales. Esto ayudará al interesado a sentirse más
confiado y competente. Y cuanto más gente haya que le comprenda,
menos probabilidad habrá de que sufra cuando alguien desaparezca
de su vida.
Las familias nos
cuentan que a menudo oyen a su familiar con síndrome de Down comentar
solo en alto (soliloquio) los sucesos del día, muy parecido al modo
en que solemos revisar mentalmente nuestro día (McGuire y col.,
1997). Un padre respondió a su hijo, que estaba hablando solo, dando
golpecitos en la puerta de su cuarto y preguntó: “¿Con quién estás
hablando ahí dentro?” Y le llegó rauda esta respuesta: “¡Conmigo
mismo! ¿Con quién creías?”
Dado el nivel cognitivo
de la mayoría de los adultos con síndrome de Down, nos parece que
el soliloquio no es inapropiado. En la población general, el soliloquio
llega a interiorizarse hacia la edad de 5-7 años, pero en los adultos
con síndrome de Down sigue actuando como mecanismo adaptativo. Les
ayuda a planificar sus acciones y a encontrar soluciones alternativas,
a repasar sus acontecimientos diarios, a entretenerse cuando están
solos, y a ventilar sus sentimientos que no pueden expresar fácilmente
a otros.
Es importante saber
que cuando el soliloquio cambia de un modo espectacular por su tono
o por la frecuencia de aparición, puede ser señal de que surge algún
problema psicológico como pueden ser la depresión, o un cierto grado
de ansiedad, de dolor físico o de enfermedad. Las conversaciones
adquieren un tinte de enfado o excesivamente animadas. Otras indicaciones
pueden ser las conversaciones de tipo alucinatorio con otros seres
imaginados, obsesión consigo mismo, o un aumento del soliloquio
en público. Afortunadamente, los antidepresivos resultan muy eficaces
para tratar este u otros síntomas de la depresión o de la ansiedad.
Se ha señalado que, como esta conducta puede ser confundida con
una psicosis (McGuire y Chicoine, 1996; Sovner, 1986), ha sido tratada
a veces con fármacos antipsicóticos en lugar de antidepresivos.
Pero los antipsicóticos tienen mayor riesgo de provocar efectos
secundarios (Sovner y DesNoyers, 1993). Si una persona con SD requiere
tratamiento, los médicos y cuidadores deben tener en cuenta estos
aspectos para asegurar que se prescribe la medicación más adecuada.
Opiniones
El modo en que las personas con síndrome de Down se ven
a sí mismas y la confianza que tienen al encarar el mundo son fundamentales
para que su capacidad de adaptación se realice con éxito (Bandura,
1971; Beck, 1976). Sin embargo, les resulta difícil a los adultos
generar sentimientos positivos sobre sí mismos. Dentro de las dos
áreas fundamentales de la autoestima y de la competencia, hemos
identificado tres opiniones que afectan a los adultos con: la estigmatización,
la aceptación de su discapacidad, y la desmoralización.
Estigmatización
Las
personas con síndrome de Down conforman una minoría dentro de la
sociedad, y como son identificados fácilmente, a menudo son definidos
y tratados como seres diferentes. Este estigma que la sociedad atribuye
al síndrome de Down puede ejercer una profunda influencia sobre
la autoestima de estas personas (Gibbons, 1985; Reiss y col. 1982).
La estigmatización puede no ser obvia en los chicos pequeños, pero
cuando alcanzan la adolescencia cobran a menudo conciencia de las
realidades de sus vidas, sobre todo cuando se comparan a sí mismos
con los hermanos que van a la universidad, viven su vida y se casan.
Por ejemplo, durante mucho tiempo después de que su hermana más
joven se casara, una chica con síndrome de Down se mostró malhumorada,
triste y retraída. Con el tiempo, pudo explicar que se encontraba
molesta porque ella probablemente nunca se casaría, ni viviría de
modo independiente, ni tendría “un trabajo importante” como el que
tenía su hermana.
Algunas
personas no pueden verbalizar estos sentimientos y terminan frustradas
y desmoralizadas. Pueden acabar en un estado de enfado y de depresión.
En nuestra experiencia, aunque
resulta inevitable que aparezca alguna reacción a estas realidades
de la estigmatización, las personas que tienen más posibilidades
de elegir y más oportunidades en sus entornos laborales, sociales
y recreativos tienen menor probabilidad de verse seriamente afectadas
por las limitaciones y el estigma de sus vidas.
Aceptación de la discapacidad
En algún
momento de su vida de adulto, la mayoría de las personas con síndrome
de Down se enfrentan con los temas habituales de identidad sobre
quiénes son realmente. Y sin embargo, hemos visto que a muchas de
ellas no se les ha dado la oportunidad de analizar el tema más básico
de su identidad –el hecho de que tienen síndrome de Down. Favorecer
el diálogo en el momento oportuno, ayuda a estas personas a entender
mejor y aceptar su propia condición. Sostenidas por la aceptación
de sí mismas, a menudo se sienten más felices. Y además es más probable
que hagan mejor uso de sus recursos y habilidades, y defiendan con
más eficacia sus derechos y sus necesidades.
Un segundo
aspecto en este terreno de la aceptación es la actitud de una persona
con síndrome de Down hacia otras que también tienen discapacidad.
Algunas sienten aversión a asociarse con la gente con discapacidad.
Esto puede ser problemático porque limita gravemente sus oportunidades
para crear amistades. Puesto que cada uno tiende a asociarse con
otros del mismo nivel cognitivo, las personas con síndrome de Down
que rechazan relacionarse con otros que también presentan discapacidad
pueden terminar por verse a sí mismas “en tierra social de nadie”,
porque por un lado algunas personas de la población general no las
aceptan, y por otro ellas se desligan deliberadamente de sus compañeros
con discapacidad.
Esta
actitud puede durar relativamente poco tiempo, pero la hemos encontrado
más persistente en los individuos de nivel más alto, que pueden
ser más sensibles a las realidades estigmatizadoras de la vida con
síndrome de Down. Aceptando que esta aversión viene provocada por
una autoimagen negativa, hemos aprendido que darles oportunidades
para convertirse en líderes o personas de apoyo para sus compañeros,
les hace sentirse mejor consigo mismo y con los demás.
Desmoralización en el puesto de
trabajo
Diversos
trabajos han demostrado que mucha gente con discapacidad se siente
profundamente frustrada y desmoralizada en su centro de trabajo
(Zetlin y Turner, 1985; Weyman y col., 1988). Además, su sentido
de competencia se ve afectada adversamente por el limitado número
de ofertas de que disponen y por la falta de independencia y de
control que tienen sobre sus propias vidas (Weyman y col., 1988).
Estos estudios también indican que mucha gente se queda muy por
debajo de alcanzar los objetivos de su vida. Nuestra propia muestra
en las personas que atendemos clínicamente ha presentado algunas
pruebas de desmoralización, algo que hemos comprobado que contribuye
como un factor en el diagnóstico de la depresión.
Los
estudios sugieren métodos para disminuir esta pérdida de satisfacción
en el puesto de trabajo (Weyman y col., 1988). Los resultados demuestran
que las personas que con más probabilidad alcanzan y mantienen un
trabajo en el medio ordinario una vez terminada su escolarización,
son las que han tenido una experiencia previa de trabajo dentro
de su ambiente ordinario (Hasazi y col., 1985). Es importante señalar,
no obstante, que el éxito en el trabajo no depende necesariamente
de conseguir un sueldo. El trabajo voluntario es capaz de aportar
un significado y un objetivo a la vida de muchas personas.
Mucha
gente se desmoraliza cuando no han tenido oportunidad de opinar
sobre dónde desean trabajar. Cumplir las expectativas de la familia
no es tan importante como cumplir las necesidades y los deseos de
la persona con síndrome de Down. Por ejemplo, su familia puede sugerir
un trabajo en el medio ordinario, pero ella quizá se sentiría mejor
trabajando con sus amigos en un centro de trabajo más protegido.
A la inversa, la preferencia de la familia por dar más seguridad
en un centro laboral protegido puede resultar asfixiante para una
persona con síndrome de Down que desea trabajar en un ambiente ordinario.
Como ya sabemos, no es fácil con frecuencia para estas personas
expresar sus pensamientos y sentimientos, por lo que se puede manifestar
su descontento de un modo inapropiado. Un joven que trabajaba en
una tienda de ultramarinos lanzaba tarjetas a la calle; otro simplemente
permanecía sentado. Los cuidadores, pese a su mejor voluntad, habrán
de evitar el imponer sus deseos o su necesidad sobre la persona
con síndrome de Down. La solución ideal sería poder ofrecer para
elegir diversos puestos laborales, aunque sólo fueran unos pocos.
Habilidades sociales e interpersonales
Se ha investigado mucho sobre la importancia de las habilidades
sociales e interpersonales para conseguir un buen nivel de adaptación
y sentirse bien (Greenspan y Grandfield, 1992). Cuando faltan estas
habilidades aparecen dificultades de ajuste y problemas de salud
mental, habiéndose demostrado una estrecha asociación entre la pobreza
de habilidades sociales y la depresión (Reiss y Benson, 1985).
La pobreza
de habilidades sociales juega también su papel en el fracaso laboral
(Greenspan y Shoultz, 1981; Martin y col., 1986). Por desgracia,
la mayoría de los preparadores laborales no enseñan esas habilidades
que ayuden a que la gente mantenga su puesto laboral. Se ha de enseñar
a los trabajadores con síndrome de Down a restringir sus soliloquios
durante el trabajo, cómo llegar con puntualidad y correctamente
vestidos, y cuándo y de qué manera han de tratar a sus compañeros
de trabajo y a su supervisor.
En nuestro
grupo hemos tenido experiencia de sólo unos pocos casos de conducta
ruda u ofensiva. Con más frecuencia, el problema ha sido la muestra
inapropiada de afecto –especialmente abrazos.
En su mayoría, se corrige fácilmente esta conducta mediante
entrenamiento y experiencia social.
La interacción
social supone para las personas con síndrome de Down un problema
mucho mayor. A menudo les resulta difícil iniciar y participar en
una conversación, mostrar interés por otra persona, o captar el
punto de vista de otra persona dentro del grupo social (Greenspan
y Garndfield, 1992). Estas limitaciones han originado determinadas
cuestiones sobre la calidad de la amistad entre personas con discapacidad
(Clegg y Standen, 1991). Y sin embargo, los cuidadores insisten
en que, para la mayor parte, las relaciones entre compañeros son
fuertes, duraderas, y extraordinariamente importantes. Dicen que
estas amistades se van desarrollando con el tiempo y con la familiaridad
que se va creando, como es el caso de que la gente que comparte
el sitio de trabajo o de programa escolar durante muchos años. Este
valor del tiempo y de la familiaridad se ha demostrado incluso en
personas con grave discapacidad cognitiva, para las que se consideraba
que apenas si podrían mantener alguna relación.
En consecuencia,
realizar cambios en la vida que signifiquen separar amistades puede
resultar devastador. Una persona con síndrome de Down puede sentirse
abrumada al tener que comenzar de nuevo relaciones con gente no
conocida, y ello puede entorpecer su capacidad de ajuste y terminar
en depresión. No obstante, se pueden minimizar las pérdidas de personas
si se asegura que existan otros círculos de amigos además de los
de la escuela o el trabajo. Para ello se deben fomentar los programas
de actividad social y recreativa, que aseguren la existencia de
relaciones duraderas entre un grupo estable de amigos personales.
Flexibilidad de pensamiento y de conducta
La razón de que a muchos adultos con síndrome de Down
les resulte difícil la presencia de cambios en sus vidas es que
necesitan constancia, repetición y orden. Solemos llamar a esta
tendencia “el hábito” (McGuire, 1999). En la población general esta
tendencia puede ser considerada como conducta obsesivo-compulsiva,
pero para las personas con síndrome de Down los hábitos les ayudan
a manejarse y a afrontar el estrés y la tensión de su vida diaria.
Cuando
las tareas están claramente programadas y los horarios siguen su
rutina, la mayoría de las personas con síndrome de Down lo hacen
muy bien. Sus hábitos les proporcionan un sentido de orden y una
estructura. Los hábitos ayudan también a la gente que procesa las
cosas lentamente en un mundo que se mueve rápidamente a tener un
mayor control de sus vidas. Y además, puesto que les sirven para
organizar y manejar las tareas diarias, en realidad los hábitos
promueven la independencia.
Aunque
muchos adultos con síndrome de Down se adaptarán a los cambios importantes
si se les da tiempo y se les prepara, quienes no lo consigan pueden
desarrollar una conducta obsesivo-compulsiva (Vitello y col., 1989).
Entre los síntomas de este trastorno cabe señalar las actividades
que se repiten de forma exagerada, una dilación o retraso en la
conducta, y un exceso de seguridad en el modo preciso de hacer las
cosas (McGuire y Chicoine, 1995). Para impedir que el hábito se
convierta en trastorno, es importante que se anime a la gente con
síndrome de Down a enfrentarse y a superar los retos del día a día.
Promoción de la salud
Estar sano significa mucho más que no estar enfermo.
Salud significa un estado de bienestar físico y mental que sólo
se alcanza cuando sabemos elegir de manera inteligente e informada
el modo de cuidarnos a nosotros mismos. Esto es tan cierto para
las personas con síndrome de Down como para el resto de la población.
Nutrición
Aunque los adultos con síndrome de Down tienden a desarrollar
con menor frecuencia una cardiopatía o la hipertensión arterial
(Brattstrom y col., 1987), han de seguir las mismas recomendaciones
sobre la nutrición que la población general. En pocas palabras,
esto significa que han de seguir una dieta elevada en carbohidratos
complejos y baja en grasa (el conocido modelo de la pirámide alimenticia).
La obesidad
es frecuente en la población con síndrome de Down, y los estudios
recientes sugieren que se la considere un problema serio de salud
pública que merece permanente investigación (Rubin y col., 1998).
Otros estudios nos indican que los niños con síndrome de Down tienen
un metabolismo más lento (Luke y col., 1994) que la población general.
Como media, las personas con síndrome de Down queman 200-300 calorías
menos por día en reposo. Además, si se intenta corregir este metabolismo más
lento sólo mediante la dieta, hay riesgo de que aparezca un déficit
nutricional; de ahí que se recomiende a los adultos que realicen
ejercicio físico para evitar el aumento de peso.
En nuestra
muestra clínica, restringir postres y meriendas no consigue tanto
éxito como el ofrecerles alternativas sanas y de poca grasa, como
son las frutas, las verduras, el maíz, “pretzels”. Sigue siendo
actual el viejo consejo médico: a la larga, la mejor salud se consigue
no siguiendo una dieta sino comiendo comidas sabrosas, nutritivas,
y haciendo ejercicio de modo regular.
Ejercicio
¿Qué entendemos por ejercicio de modo regular? Generalmente,
consiste en 20-30 minutos de ejercicio aeróbico al menos 3 días
por semana. Los ejercicios aeróbicos comprenden el caminar a paso
ligero, jogging, natación, ciclismo, esquí. No obstante, hemos visto
que el realizar actividades sociales, no necesariamente ejercicio,
ayuda a la gente con síndrome de Down a mantenerse próxima a su
peso corporal ideal (Fujura y col., 1997). Resultan beneficiosos
los grupos de teatro, la jardinería, las visitas a museos y otras
actividades de este tipo.
Los
médicos aconsejan con frecuencia que cualquiera que se proponga
un programa de ejercicio físico se haga primero un examen físico.
Esto es especialmente importante para las personas con síndrome
de Down ya que pueden tener ciertos problemas físicos que se vean
afectados por el ejercicio.
Alrededor
del 40-50 % de los niños que nacen con síndrome de Down tienen cardiopatía
congénita (Greenwood y Nadas, 1976). Suele corregirse antes de la
adultez, pero no todos han sido sometidos a la cirugía. Además,
algunos estudios demuestran que los adultos con síndrome de Down
pueden desarrollar más adelante alguna enfermedad valvular. De ahí
la importancia de que el médico valore la condición de la persona
antes de que inicie su régimen de ejercicio. Puede ser necesario
reducir el tiempo de ejercicio o su intensidad.
Puede
ser necesario también restringir el ejercicio si la persona tiene
inestabilidad atlantoaxoidea, una alteración en la que la primera
vértebra del cuello se desliza sobre la segunda. Suele ser más frecuente
en las personas con síndrome de Down (Pueschel y Scola, 1987), y
pueden resultar peligrosos los deportes o actividades que obliguen
a forzar el cuello. Esta
es la razón de que Special
Olympics exija que a los muchachos con síndrome de Down que
vayan a participar en su programa se les practique una radiografía
lateral de cuello.
La investigación
no ha profundizado demasiado en tema del ejercicio realizado por
las personas con síndrome de Down. Se sabe muy bien que en la población
general el ejercicio ayuda a mejorar la forma de le gente, su autoestima
y esa sensación general de bienestar (Simon, 1985). Además, es un
mecanismo excelente para que las personas afronten el estrés y minimicen
sus efectos.
Sueño
Dormir lo suficiente resulta fundamental para gozar de
una buena salud. Cuánto es lo suficiente varía de una persona a
otra, pero después de un buen sueño nocturno la gente se siente
con energía para todo el día.
Muchas
familias han comentado sobre la posición que su hijo con síndrome
de Down adopta para dormir – doblado por la cintura, con la cabeza
reposada sobre las piernas. Por sí mismo, esto no parece ser un
problema importante. Pero una posición poco normal de sueño podría
significar la presencia de una apnea del sueño. Las personas con
síndrome de Down tienen una mayor incidencia de apneas del sueño,
lo que se caracteriza por un sueño intranquilo, respiración irregular,
ronquido, y somnolencia durante el día. Se debe en su mayoría a
la obstrucción de las vías respiratorias y puede ocasionar complicaciones
cardíacas y otros problemas de salud.
Oportunidades sociales
Hemos demostrado ya que los adultos con síndrome de Down
tienden a estar más sanos cuando están socialmente activos – con
amigos, familia, compañeros de trabajo. Aprovechándose de las oportunidades
sociales, refuerzan su sentimiento de autoestima, de bienestar,
de felicidad. Tanto los estudios en la población general como los
nuestros en la población con síndrome de Down, favorecen la idea
de que estos sentimientos contribuyen a una buena salud en general.
En la población general, los estudios asocian depresión y estrés
con menor inmunidad y mayor padecimiento de enfermedades.
Medidas preventivas
Vacunaciones
Recomendamos que todos los adultos reciban las vacunaciones
pertinentes. Se recomienda la vacunación difteria-tétanos de refuerzo
cada 10 años. Las personas de más de 65 años o con ciertas enfermedades
crónicas deben recibir la vacuna de la gripe cada año, así como
la de la neumonía una vez. Algunos investigadores recomiendan que
los adultos con síndrome de Down reciban las vacunas de la gripe
y de la neumonía a los 50 años a causa de la mayor debilidad de
su sistema inmunitario. Y además, todos los que vivan en residencias
o con alta exposición al virus de la gripe deberán recibir la vacuna
una vez al año. Los demás niños y adultos jóvenes con síndrome de
Down no necesitan recibir estas vacunas a menos que tengan cardiopatía
congénita o neumonías recurrentes.
Se recomienda
la vacunación de la hepatitis B, en serie de tres inyecciones, para
quienes viven en centros residenciales. Algunos estudios han demostrado
que los adultos con síndrome de Down tienen mayor riesgo de contraer
la hepatitis B cuando están en actividades de grupo. Aunque el riesgo
de transmisión del virus de la hepatitis B es mayor en la gente
que comparte jeringas o tienen contactos sexuales con diversas personas,
el virus puede encontrarse en cualquiera de las secreciones corporales.
Esto significa que la gente puede adquirir la hepatitis B en situaciones
en la que las prácticas higiénicas no son las adecuadas o en las
que se puede entrar en contacto con secreciones de una persona infectada.
Se recomienda
la vacuna de la varicela en los que no la hayan contraído previamente.
Recomendamos realizar un análisis de sangre para comprobar si la
persona se encuentra ya inmunizada frente a la varicela. Aparentemente,
mucha gente que no recuerda haberla padecido, la han tenido en forma
ligera y no reconocible. Si el análisis demuestra que la persona
está inmune, no se necesita vacunarla.
Profilaxis con antibióticos
La profilaxis con antibióticos significa simplemente
tomar un antibiótico antes de realizar determinadas maniobras para
evitar la infección. Algunas personas con cardiopatía congénita
necesitan tomar antibióticos antes de ir al dentista, incluso para
una limpieza rutinaria. Esto evitará la infección del corazón. Lo
mismo ocurre si han de someterse a ciertas pruebas del aparato gastrointestinal
o urinario (sondajes, escopias, etc.).
Educación sexual
Los adultos con síndrome de Down carecen a menudo de
información sobre la sexualidad y la reproducción. Por lo general
los varones son estériles, aunque se ha descrito un caso de un hombre
con síndrome de Down que fue padre de un niño. Las mujeres parecen
tener una fertilidad ligeramente menor. Aproximadamente, la mitad
de sus hijos presentarán la misma condición.
En términos
de control de la natalidad, los anticonceptivos orales, la Depo-Provera
y el Norplant muestran menores
complicaciones médicas que la ligadura de trompas. Los métodos de
tipo barrera – preservativos, diafragma – son con frecuencia ineficaces
por las limitaciones de la persona para utilizarlos correctamente
cada vez que lo necesitan.
El abuso
sexual es una seria preocupación y habrá de ser tenida en cuenta
incluso si la persona utiliza anticonceptivos o ha sido esterilizada.
Seguimiento de la salud y tratamiento
de los problemas médicos
Se aconseja aplicar a los adultos con síndrome de Down
el mismo programa de seguimiento de su salud que para la población
general. En la actualidad este programa comprende la mamografía,
el análisis vaginal mediante frotis, las pruebas de cáncer colorrectal
y el análisis de colesterol Una vez que se conozca la frecuencia
con que aparecen estas enfermedades en la población con síndrome
de Down se podrán variar estas recomendaciones.
Al hacer la historia
médica y la exploración, el médico deberá prestar una atención especial
a aquellas condiciones que son más frecuentes en los adultos con
síndrome de Down. El Programa de Salud (Cohen, 1999) aconseja un
análisis anual de la función tiroidea. Recomendamos también la radiografía
de cuello para descartar la inestabilidad atlantoaxoidea, si no
se ha hecho antes, y la exploración de la visión y audición cada
uno o dos años.
Visión
Es frecuente que las personas con síndrome de Down tengan
una cierta pérdida de visión, como acontece también en los demás
adultos. Pero les es más difícil percibirlo o comunicarlo a quien
les pueda ayudar. Si se aprecia deterioro en su trabajo o en sus
tareas diarias, la solución puede ser tan sencilla como ponerle
unas gafas.
Audición
La pérdida de audición es frecuente en los adultos con
síndrome de Down (Evenhuis y col., 1992). Puede deberse a la presencia
de líquido en el oído medio, o a la acumulación de cerumen en el
canal auditivo, cosas ambas fáciles de corregir. Más serios son
los problemas del oído interno, no infrecuentes en el síndrome de
Down, que afectan a su capacidad de oír los tonos más altos, incluidas
muchas consonantes del habla. Si se sospecha una pérdida auditiva,
habrá de consultarse al especialista.
Dientes y encías
La caries dental es menos frecuente en las personas con
síndrome de Down pero tienen tendencia a desarrollar periodontitis
(enfermedad que afecta a las encías) y eso puede ocasionar la caída
de los dientes. Debe controlarse mediante una buena higiene diaria
de lavado y las visitas periódicas al dentista.
Salud ginecológica
La atención ginecológica general comprende los cuidados
y la higiene diarios así como las exploraciones médicas rutinarias.
Es importante que una mujer con síndrome de Down aprenda a realizar
su propia higiene y que esté preparada para someterse a las exploraciones
ginecológicas. A veces las ecografías pueden dar buena información,
si la exploración directa no es posible.
Al igual
que en la población general, pueden tener dolor pélvico con la menstruación
o padecer el síndrome premenstrual. Dado que a veces no son capaces
de comunicar su dolor, los cambios de conducta pueden ser los únicos
signos que la familia y los cuidadores perciban en la fase de menstruación.
Además, si esos cambios son cíclicos pueden ser indicativos de síndrome
premenstrual.
Temas ortopédicos
Hemos hablado de la inestabilidad atlantoaxoidea en relación
con el ejercicio físico. Debe ser también considerado en relación
con la exploración prequirúrgica. Las personas que presenten esta
alteración pueden sufrir una grave lesión de la médula cervical
al extender el cuello para insertar una sonda endotraqueal en el
momento de la operación. Debe saberlo el anestesista y aplicar las
oportunas medidas para evitarlo. Incluso si el paciente con síndrome
de Down no muestra inestabilidad atlantoaxoidea, el anestesista
deberá manejar el cuello con cuidado. Además, conforme las articulaciones
envejecen y degeneran, incluso quienes no tienen inestabilidad atlantoaxoidea
pueden mostrar un incremento de la movilidad articular, facilitando
así el deslizamiento de las vértebras y la compresión medular. Los
síntomas de compresión de la médula espinal son la debilidad de
brazos y piernas, el comienzo de incontinencia urinaria o fecal,
una marcha inestable, dolor del cuello, ladear la cabeza. En tales
casos ha de explorarse radiológicamente la columna, incluida la
tomografía computerizada y la resonancia magnética.
Salud mental
Para que los adultos, tengan o no síndrome de Down, gocen
de una vida sana resulta indispensable considerar varios aspectos
críticos que afectan a la salud mental.
La capacidad
para comunicarse con los demás ejerce un impacto notable en la salud
mental de cada uno. Además de la logopedia y terapia del lenguaje,
puede facilitar las habilidades comunicativas la utilización de
tableros de comunicación o el lenguaje de signos. No obstante, hemos
observado que las personas con SD pueden mostrar dificultades para
transmitir sus emociones incluso cuando son buenas sus habilidades
verbales. A veces les ayuda reunirse con otros adultos con discapacidad
intelectual para compartir sus experiencias.
Vivir
en un lugar que les resulte confortable y seguro y tener un trabajo
que sea interesante y estimulante les potencia su autoestima y el
sentimiento de que realmente están consiguiendo algo. El darles
ocasiones de entretenimiento y de relacionarse con la familia y
los amigos les fomenta el desarrollo de una buena salud física y
mental.
Es importante
valorar la salud mental de una persona a la luz de su vida y de
sus capacidades. Después, si la evaluación indica que hay una problema
mental, resultará más fácil aislar el problema y desarrollar la
estrategia terapéutica.
Depresión
La depresión de las personas con síndrome de Down, que
aparece con cierta mayor frecuencia que en la población general,
resulta algo más difícil de identificar. A ello contribuye la carencia
de habilidades verbales. Si no se trata, la depresión puede durar
años. Afortunadamente, el tratamiento aporta
una notable mejoría en las habilidades de la vida diaria,
en la motivación y en la interacción con los demás.
Los
antidepresivos, la psicoterapia en grupos o individual, y el tomar
parte en las actividades diarias – especialmente el ejercicio –
resultan beneficiosos para sacar al individuo de su depresión. A
veces el paciente requerirá una ayuda adicional por parte de terapeutas
ocupacionales y otros profesionales para recuperarse del todo.
Trastornos obsesivo-compulsivos
Pueden aparecer junto con la depresión o de forma independiente,
y es posible que se den más frecuentemente en las personas con síndrome
de Down. Además de utilizar la medicación oportuna, el paciente
responde frecuentemente a la reestructuración del ambiente que reduce
la frustración de su compulsión.
Otros trastornos de salud mental
Aunque las personas con síndrome de Down pueden desarrollar
problemas psicológicos, como son el trastorno de déficit de atención
con hiperactividad y el trastorno bipolar (cuadros maníaco-depresivos),
no se tienen pruebas de que ocurran con mayor frecuencia que en
el resto de la población. De hecho se piensa que la esquizofrenia
es menos frevcuente en la población con síndrome de Down.
Conclusión
La mayoría de los adultos con síndrome de Down viven
una vida auténticamente sana. Los cuidadores y los profesionales
que viven o trabajan con ellos les pueden ayudar para que sigan
las ideas multivariadas que recomendamos en este artículo para mantener
una buena salud. El enfoque comprende llevar un estilo de vida que
sea sano, seguir ciertas reglas preventivas, participar en los programas
de seguimiento sanitario, y tratar a tiempo los problemas de salud
que puedan aparecer. Sabemos que algunos se dan más frecuentemente
en las personas con síndrome de Down, pero también que algunos son
menos frecuentes. Cobrar conciencia de los temas sanitarios y psicosociales
que son propios de las personas con síndrome de Down es el primer
paso que debemos dar para ayudarles a gozar de una vida plena y
feliz.
Agradecimientos
El
trabajo descrito en este artículo fue financiado en parte por el
Research and Training Center on Aging with
Mental Retardation, Institute on Disability and Human Development,
Universidad de Illinois en Chicago, con el apoyo de The U.S. Department of Education National Institute on Disability and
Rehabilitation Research, Grant No. H133b30069.
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