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EL DESARROLLO DE LAS PERSONAS
CON SÍNDROME DE DOWN: UN ANÁLISIS LONGITUDINAL
María Victoria Troncoso,
Mercedes del Cerro y Emilio Ruiz
Fundación Síndrome de Down de Cantabria
Santander
I. EL DESARROLLO MENTAL
De acuerdo con el conjunto de datos morfológicos y
funcionales obtenidos mediante el análisis del sistema nervioso
de las personas con síndrome de Down de distintas edades, numerosos
trabajos han comprobado que, en mayor o menor grado, presentan problemas
relacionados con el desarrollo de los siguientes procesos:
a) Los mecanismos de atención, el estado de
alerta, las actitudes de iniciativa.
b) La expresión de su temperamento, su conducta,
su sociabilidad.
c) Los procesos de memoria a corto y largo
plazo.
d) Los mecanismos de correlación, análisis,
cálculo y pensamiento abstracto.
e) Los procesos de lenguaje expresivo.
Los datos actuales permiten afirmar que la mayoría
de las personas con síndrome de Down funcionan con un retraso mental
de grado ligero o moderado, a diferencia de las descripciones antiguas
en las que se afirmaba que el retraso era en grado severo. Existe
una minoría en la que el retraso es tan pequeño que se encuentra
en el límite de la normalidad; y otra en la que la deficiencia es
grave, pero suele ser porque lleva asociada una patología complementaria
de carácter neurológico, o porque la persona se encuentra aislada
y privada de toda enseñanza académica.
Este cambio se debe tanto a los programas específicos
que se aplican en las primeras etapas (estimulación, intervención
temprana), como a la apertura y enriquecimiento ambiental que, en
conjunto y de manera inespecífica, está actuando sobre todo niño,
incluido el que tiene síndrome de Down, en la sociedad actual. Lo
que resulta más esperanzador es comprobar, a partir de algunos estudios
longitudinales, que no tiene por qué producirse deterioro o regresión
al pasar a edades superiores (niño mayor, adolescente) cuando la
acción educativa persiste. El coeficiente intelectual puede disminuir
con el transcurso del tiempo, en especial a partir de los 10 años.
Pero la utilización de la edad mental ayuda a entender mejor el
paulatino enriquecimiento intelectual de estos alumnos, puesto que
dicha edad mental sigue creciendo, aunque a un ritmo más lento que
la edad cronológica. Además muchos aprendizajes nuevos y experiencias
adquiridas a lo largo de la vida, si se les brindan oportunidades,
no son medibles con los instrumentos clásicos, pero qué duda cabe
que suponen un incremento en las capacidades de la persona. Incluso
se empieza a advertir que los nuevos programas educativos consiguen
mantener el coeficiente intelectual durante períodos significativos
de la vida.
Existe un conjunto de características que son comunes
con otras formas de deficiencia mental:
a) el aprendizaje es lento;
b) es necesario enseñarles muchas cosas que
los niños sin deficiencia mental las aprenden por sí solos;
c) es necesario ir paso a paso en el proceso
de aprendizaje.
Sabemos que, cuando se tienen en cuenta estas características
y se ajusta consiguientemente la metodología educativa, mejorando
las actitudes, adaptando los materiales y promoviendo la motivación,
los escolares con síndrome de Down son capaces de aprender mucho
y bien; ciertamente, bastante más de lo que hasta ahora se creía.
Características cognitivas
Es preciso tener en cuenta los problemas que más comúnmente
apreciamos en este grupo. En primer lugar hay que considerar el
estado general de salud y la funcionalidad de sus órganos de los
sentidos, muy en particular la visión y la audición. Los problemas
de visión y de audición son muy frecuentes y, sobre todo, corregibles;
es evidente que su mal funcionamiento ha de repercutir muy negativamente
en los procesos de entrada de la información y en su posterior procesamiento
cerebral.
En los preescolares con síndrome de Down suelen apreciarse
las siguientes características en el área cognitiva:
a) Ausencia de un patrón estable o sincronizado
en algunos ítems del desarrollo.
b) Retraso en la adquisición de las diversas
etapas.
c) La secuencia de adquisición, en líneas
generales, suele ser similar a la de los niños que no tienen síndrome
de Down, pero a veces se aprecian algunas diferencias cualitativas.
d) Suele haber retraso en la adquisición del
concepto de permanencia del objeto; una vez adquirido, puede manifestarse
de modo inestable.
e) La conducta exploratoria y manipulativa
tiene grandes semejanzas con otros niños de su misma edad mental;
pero, aun mostrando un interés semejante, su atención dura menos
tiempo.
f) La sonrisa de placer por la tarea realizada
aparece con frecuencia; pero no suele guardar relación con el grado
de dificultad que han superado, como si no supieran valorarla.
g) El juego simbólico va apareciendo del mismo
modo que en otros niños, conforme avanzan en edad mental. Pero el
juego es, en general, más restringido, repetitivo y propenso a ejecutar
estereotipias. Presentan dificultades en las etapas finales del
juego simbólico.
h) En la resolución de problemas, hacen menos
intentos y muestran menos organización.
i) En su lenguaje expresivo, manifiestan poco
sus demandas concretas aunque tengan ya la capacidad de mantener
un cierto nivel de conversación.
j) Pueden verse episodios de resistencia creciente
al esfuerzo en la realización de una tarea, expresiones que revelan
poca motivación en su ejecución, e inconstancia en la ejecución,
no por ignorancia sino por falta de interés, o rechazo, o miedo
al fracaso.
Nos parece importante señalar y puntualizar estos
aspectos negativos porque la intervención educativa tiene clara
capacidad de conseguir una mejoría. Cuando esto se hace, el niño
termina su etapa preescolar habiendo adquirido en un grado aceptable
las siguientes cualidades:
a) Buen desarrollo de la percepción y memoria
visual.
b) Buena orientación espacial.
c) Una personalidad que podríamos definir
como de "tener gusto en dar gusto"; no rechaza, en principio,
el trabajo en general aunque después señalaremos ciertos problemas,
y éste es un elemento que va a depender mucho de la percepción emocional
que el interesado experimente en relación con su educador.
d) Buena comprensión lingüística, en términos
relativos, y siempre que se le hable claro, en frases cortas.
e) Suele disponer de suficiente vocabulario
expresivo, aunque después se señalarán sus problemas lingüísticos.
f) En general, lo que ha aprendido bien suele
retenerlo, aunque es necesario reforzar y consolidar el aprendizaje.
En cambio, se constata una serie de puntos débiles
o dificultades que con frecuencia presentan:
a) El niño tiene dificultades para trabajar
solo, sin una atención directa e individual.
b) Tiene problemas de percepción auditiva:
no captan bien todos los sonidos, procesan peor la información auditiva,
y por tanto responden peor a las órdenes que se dan. Por otra parte,
tiene dificultades para seguir las instrucciones dadas en un grupo;
a veces se observa que el niño hace los movimientos y cambios de
situación que se han ordenado al grupo, pero su conducta es más
el resultado de la observación e imitación que de una auténtica
comprensión e interiorización de lo propuesto por el profesor.
c) Tiene poca memoria auditiva secuencial,
lo que le impide grabar y retener varias órdenes seguidas; es preciso,
por tanto, darlas de una en una y asegurarse de que han sido bien
captadas.
d) Dificultades para el lenguaje expresivo
y para dar respuestas verbales; da mejor las respuestas motoras,
lo cual debe ser tenido en cuenta por el educador para no llamarse
a engaño creyendo que el niño no entiende una orden si sólo espera
una respuesta verbal.
e) Presenta ciertos problemas de motricidad
gruesa (equilibrio, tono, movimientos de músculos antigravitatorios)
y fina (manejo del lápiz, las tijeras).
f) No acepta los cambios rápidos o bruscos
de tareas; no comprende que haya que dejar una tarea si no la ha
terminado; o que haya que interrumpirla si se encuentra con ella
a gusto.
g) La concentración dura tiempos cortos. Se
nota a veces en la mirada superficial, que se pasea sin fijarse.
El problema no es siempre de pérdida de concentración sino de cansancio.
h) En los juegos con los compañeros es frecuente
que el niño esté solo porque así lo elige, o porque no puede seguir
tanto estímulo y con tanta rapidez, o porque los demás se van cansando
de animarle a participar y de tener que seguir su propio ritmo.
i) Presenta dificultades en los procesos de
conceptualización, transferencia y generalización.
j) Le cuesta comprender las instrucciones,
planificar las estrategias, resolver problemas, atender a varias
variables a la vez.
k) Su edad social es más alta que la mental,
y ésta más alta que la edad lingüística; por ello puede tener dificultad
para expresarse oralmente en demanda de ayuda.
Este listado no supone que un alumno en concreto presente
todo este conjunto de problemas, y mucho menos aún que todos los
alumnos presenten el mismo grado de dificultad.
Ante esta problemática no cabe adoptar una actitud
pasiva, sino que el buen educador trata de compensar, estimular,
activar o buscar alternativas que compensen o mejoren las dificultades
intrínsecas. A modo de ejemplo y sin ánimo de agotar las posibilidades,
destacamos en la tabla 1 adaptada de Espinosa de Gutiérrez, unas
pautas de intervención que sirvan de solución a los correspondientes
problemas; y que, aun referidas a alumnos con deficiencia mental
en general, son eficaces para los alumnos con síndrome de Down en
particular.
Tabla 1. Características del niño con síndrome
de Down
Problemas Soluciones
1. Su aprendizaje se realiza a ritmo lento
1. Debemos brindarle mayor número de experiencias y muy variadas,
para que aprenda lo que le enseñamos.
2. Se fatiga rápidamente, su atención
no se mantiene por un tiempo prolongado.
2. Inicialmente debemos trabajar con él durante periodos cortos
y prolongarlos poco a poco.
3. Su interés por la actividad a veces está
ausente o se sostiene por poco tiempo.
3. Debemos motivarlo con alegría y con objetos llamativos y variados
para que se interese en la actividad.
4. Muchas veces no puede realizar la actividad solo.
4. Debemos ayudarle y guiarle a realizar la actividad, hasta que
la pueda hacer solo.
5. La curiosidad por conocer y explorar lo que lo
rodea está limitada.
5. Debemos despertar en él interés por los objetos y personas que
le rodean, acercándonos y mostrándole las cosas agradables y llamativas.
6. Le cuesta trabajo recordar lo que ha hecho y conocido.
6. Debemos repetir muchas veces las tareas ya realizadas, para que
recuerde cómo se hacen y para qué sirven.
7. No se organiza para aprender de los acontecimientos
de la vida diaria.
7. Debemos ayudarle siempre a aprovechar todos los hechos que ocurren
a su alrededor y su utilidad, relacionando los conceptos con lo
aprendido en "clase".
8. Es lento en responder a las órdenes que le damos.
8. Debemos esperar con paciencia, ayudarle estimulándole al mismo
tiempo a dar una respuesta cada vez más rápida.
9. No se le ocurre inventar o buscar situaciones nuevas.
9. Debemos conducirle a explorar situaciones nuevas, a tener iniciativas.
10. Tiene dificultad en solucionar problemas nuevos,
aunque éstos sean parecidos a otros vividos anteriormente.
10. Debemos trabajar permanentemente dándole oportunidades de resolver
situaciones de la vida diaria, no anticipándonos, ni respondiendo
en su lugar.
11. Puede aprender mejor cuando ha obtenido éxito
en las actividades anteriores.
11. Debemos conocer en qué orden se le debe enseñar, ofrecerle muchas
oportunidades de éxito, secuenciar bien las dificultades.
12. Cuando conoce de inmediato los resultados positivos
de su actividad, se interesa más en seguir colaborando.
12. Debemos decirle siempre lo mucho que se ha esforzado o que ha
trabajado y animarle por el éxito que ha logrado. Así se obtiene
mayor interés y tolera más tiempo de trabajo.
13. Cuando participa activamente en la tarea, la aprende mejor
y la olvida menos.
13. Debemos planear actividades en las cuales él sea quien intervenga
o actúe como persona principal.
14. Cuando se le pide que realice muchas tareas en
corto tiempo, se confunde y rechaza la situación.
14. Debemos seleccionar las tareas y repartirlas en el tiempo, de
forma tal que no le agobie ni le canse
II. LA ATENCIÓN TEMPRANA
Los niños con síndrome de Down y otros niños con dificultades
de aprendizaje difieren de los niños que no las tienen por su necesidad
de ser enseñados para gran parte de sus adquisiciones, incluidas
las que otros niños aprenden por sí solos, como la marcha y el lenguaje.
Durante los tres primeros años de vida los programas de Atención
Temprana contienen una serie de objetivos que deben trabajarse porque,
si no se hace, se corre el riesgo de que el niño con discapacidad
intelectual no logre esa destreza o habilidad o la logre de un modo
inadecuado.
En la actualidad la mayoría de los bebés con síndrome
de Down y sus familias tienen la oportunidad de participar y beneficiarse
de buenos programas de intervención temprana o estimulación precoz.
Estos programas son dirigidos por un equipo de profesionales quienes
orientan a las familias sobre múltiples aspectos en relación con
los cuidados, la salud, los juegos, y especialmente el desarrollo
y evolución de su hijo. En ocasiones es únicamente la familia quien,
con sus propios recursos y formación, provee al niño de un ambiente
enriquecedor y estimulante. A veces, desgraciadamente, hay familias
aisladas y con pocos recursos que, por dificultades para acceder
a un Centro de Estimulación, no logran con sus hijos tan buenos
resultados como otras. Ya no existen dudas sobre la eficacia y beneficio
reales de una atención y dedicación adecuadas durante los primeros
años de la vida de cualquier niño, lo cual adquiere un relieve mayor,
si el niño tiene síndrome de Down (Hanson, 1987; Cunninghan, 1991;
Candel, 1993; Zulueta, 1991; Hines y Bennett, 1996). La característica
fundamental de esta primera etapa de la vida del niño, como ya hemos
señalado, es la plasticidad del sistema nervioso, del cerebro y,
por tanto, la posibilidad de influir en él logrando un buen desarrollo
biológico cerebral que será la base estructural y el fundamento
del desarrollo de esa persona (Dierssen, 1994; Flórez, 1999).
Los programas de atención temprana dirigidos por profesionales
y que se llevan a cabo durante los tres primeros años de la vida
del niño, son muy sistematizados (Candel, 1993; Stafford, 1996).
Están estructurados por áreas y por niveles. El objetivo fundamental
es lograr que el niño con síndrome de Down o con otra discapacidad
adquiera las progresivas etapas de su desarrollo de la forma más
adecuada y correcta posible, con el mínimo de retraso en relación
con el progreso que realizan los niños sin dificultades, quienes
sirven como modelo o patrón del desarrollo. Hoy en día, después
de varios años de experiencia, se ha comprobado que este planteamiento
es incompleto y a veces inadecuado.
Es preciso tener en cuenta otros factores, en función
de las patologías biológicas de los niños y de sus ambientes familiares
y socio-culturales. Algunas veces puede ser un error grave plantearse
los mismos objetivos de desarrollo que para los niños sin discapacidades
de otro ámbito cultural muy diferente. De hecho, las escalas de
desarrollo se han elaborado con muestras amplias de niños de regiones
o países muy concretos, quienes tienen acceso a una serie de estímulos,
condiciones ambientales, culturales y exigencias, que no se dan
en otros lugares. Pero, además, se ha visto también la inconveniencia
de no tener en cuenta lo específico de cada una de las patologías,
y con frecuencia se intenta la perfección en el logro de un objetivo
concreto, en un área en la que el niño atendido tiene especial dificultad.
Basta pensar, por ejemplo, que para un niño con parálisis cerebral,
afectado severamente en el área motora, frente a planteamientos
de hace unos años, en la actualidad se considera que es mejor que
se desplace como pueda para coger un objeto, sin esperar a que adquiera
un buen control de cabeza y tronco, o un patrón postural "correcto"
para moverse (Hanson, 1987; Troncoso, 1994). Lo mismo puede suceder
con los niños con síndrome de Down, para quienes se programa muy
pronto un uso correcto de la pinza digital pulgar-índice que muchos
de ellos en edades posteriores no utilizarán apenas porque las características
de sus manos hacen que su pinza digital "natural" es la
formada por los dedos corazón y pulgar. Ellos solos hacen una adaptación
funcional cuando realizan espontáneamente actividades manipulativas,
ganando así en eficacia, aunque no logren hacer la pinza digital
índice-pulgar.
El estudio más especializado de cada una de las causas
que producen discapacidad, el análisis más profundo de las manifestaciones
de esa patología concreta, el estudio de la evolución de los diferentes
grupos de riesgo que se manifiestan de modos tan distintos, exigen
que al menos una parte de los acercamientos terapéuticos y educativos
sean diferentes.
Debemos tener en cuenta que, hoy en día, el niño pequeño
con síndrome de Down que es o debe ser un participante activo de
un programa de atención temprana, cuando tenga tres años será ya
un alumno en una escuela infantil común para niños sin discapacidades.
Cuando cumpla 6 ó 7 años será un alumno más en un centro escolar
ordinario. Estas perspectivas obligan a mejorar y completar los
programas de estimulación precoz de modo que los niños con dificultades
en general y con síndrome de Down en particular, puedan iniciar
la Escuela Primaria en óptimas condiciones. Actualmente tenemos
datos suficientes para afirmar que la mayoría de los niños con síndrome
de Down se integran muy bien en las escuelas infantiles si han recibido
un buen programa en los tres primeros años de vida. La preparación
previa incluye diversos aspectos del desarrollo y madurez en las
siguientes áreas: autonomía personal, cuidado de sí mismo, lenguaje,
motricidad gruesa y fina, socialización y área cognitiva. Al mismo
tiempo el niño debe estar inmerso en un ambiente familiar afectivo,
enriquecedor, estimulante, que es también imprescindible y fundamental
para lograr el máximo desarrollo de las capacidades del niño pequeño.
Hay que tener en cuenta que cada familia es diferente, que hay que
respetar la diversidad, y que frente a una hipotética familia "ideal",
los profesionales se encuentran con una familia real, diferente
a otras y a quien deben respetar y alentar.
III. PROGRAMAS ESCOLARES
Así es como desde hace unos años va lográndose que
gran número de niños con síndrome de Down de tres o cuatro años
de edad cronológica, tengan una madurez y un nivel de desarrollo
bastante próximos a los de los niños sin dificultades de su misma
edad cronológica. Sin embargo, a pesar de estos logros, conviene
estar vigilantes y alertas porque es casi seguro que la mayoría
no progresarán a ese mismo ritmo durante los años sucesivos. De
hecho, los datos que vamos recogiendo en la actualidad y las experiencias
cotidianas van mostrando que, a partir de los cuatro o cinco años,
los progresos pueden ser pequeños si los comparamos con lo logrado
en los años anteriores.
1. Dificultades de la primera transición
Como hemos dicho, es frecuente que los niños con síndrome
de Down bien estimulados y con una buena evolución se incorporan
a la escuela infantil con una línea base de nivel muy semejante
a la de sus compañeros, e incluso en algunas áreas pueden superarles
aunque en otras estén por debajo, como es en la del lenguaje expresivo.
Sin embargo, en un par de años o tres, quedan por detrás y alejados
de sus compañeros en las adquisiciones preacadémicas. (Troncoso,
1992).
Esto se debe, en parte, a las consecuencias que la
alteración biológica produce en su desarrollo y en sus funciones,
pero también se debe al cambio producido en los programas educativos.
Los programas que recibe el niño a partir de los tres o cuatro años
no están adecuadamente elaborados para él porque no hay una selección
correcta de los objetivos, éstos no están bien secuenciados y no
se detalla con precisión cómo pueden lograrse. Los programas no
son específicos, especializados, estructurados, individualizados
como lo son los de la etapa de atención temprana. En la etapa pre-escolar
ordinaria nos encontramos con los programas generales, diseñados
para niños sin dificultades, que se llevan a cabo con demasiada
rapidez para los niños con dificultades mentales y, por tanto, para
los niños con síndrome de Down. En dichos programas hay algunos
contenidos que en esta etapa son irrelevantes o inapropiados para
los niños con síndrome de Down, y que no permiten incluir otros
objetivos fundamentales, en los que ni siquiera se ha caído en la
cuenta de la necesidad de incorporarlos al programa. Tampoco se
tienen en cuenta las características específicas de estos niños,
ni las de un alumno en particular que siempre es diferente de otros
niños con síndrome de Down, como lo son sus familiares y sus estilos
educativos. Como consecuencia, es muy frecuente y doloroso que los
alumnos con síndrome de Down que reciben su educación en centros
de integración escolar, no adquieran una serie de aprendizajes y
habilidades que van a permitirles beneficiarse plenamente de los
programas académicos que la actual escuela común les ofrece. Tampoco
se preparan y forman adecuadamente para su vida de integración social
y laboral de adultos. Al menos esto ha pasado y está pasando en
España con los primeros alumnos con síndrome de Down en integración
escolar que ya han terminado su escolaridad y con los que están
a punto de terminarla.
2. Programación por objetivos
Como hemos dicho más arriba, los programas educativos
para los escolares con síndrome de Down difieren de los de la etapa
de Atención Temprana y de los de sus compañeros en la escuela común
en su estructuración y sistematización, así como en la descomposición
en mayor número de pasos intermedios u objetivos parciales más pequeños.
Esto supone que, además de seleccionar algunos objetivos que no
están contemplados en los currículos ordinarios, será preciso adaptar
otros, tanto en su contenido, que debe reducirse a lo esencial,
cono en los materiales utilizados y en las actividades a realizar.
Los objetivos a seleccionar serán:
a) los más importantes y funcionales para
ese momento de la vida del niño,
b) aquellos que son base y fundamento de futuras
adquisiciones claramente necesarias,
c) los que ayuden de un modo claro y determinante
al desarrollo de sus capacidades mentales: atención, memoria, percepción,
pensamiento lógico, comprensión, etc.
A la hora de sistematizar los objetivos específicos,
parciales o pasos intermedios, pueden encontrarse dificultades porque
no siempre es evidente qué pasos preceden a otros, ni si un niño
en concreto necesita más parcelación o, por el contrario, avanza
"saltándose" algún paso. Nuestra experiencia nos demuestra
que es más eficaz plantearse que el niño necesita avanzar poco a
poco, teniendo éxito siempre, y que por tanto hay que elaborar muchos
pasos intermedios antes de lograr un objetivo más general. Si un
niño no necesita esos pasos, ya nos lo mostrará y le facilitaremos
su propio avance más rápido. Muchos de los fracasos escolares que
se dan actualmente en la integración escolar se deben a una carencia
de programas elaborados o adaptados expresamente para ese alumno
concreto con necesidades educativas especiales.
Necesitamos ser observadores, flexibles y creativos
para analizar las causas de la falta de progreso o progresos demasiado
lentos, y así cambiar el programa. Unas veces será porque nos hemos
inventado una secuencia determinada y frenamos al niño que no alcanza
un paso, cuando a lo mejor puede alcanzar otro diferente que no
hemos previsto.
Tal vez, las capacidades intuitivas y perceptivas
de los alumnos con síndrome de Down son la clave para entender cómo
es posible que capten determinadas situaciones de aprendizaje y
resuelvan problemas que nos parecen difíciles cuando aún no tienen
capacidad de explicar las razones de lo que hacen o de cómo lo hacen.
¿Vamos a privarles por esto último de nuevas oportunidades si, basándonos
precisamente en sus puntos fuertes, pueden almacenar y procesar
mucha información?
Es importante destacar que los alumnos con síndrome
de Down pueden mostrar una cierta asincronía en su madurez,
en sus adquisiciones. Pueden tener un nivel bajo en una área y sin
embargo están maduros para avanzar más en otra. Consideramos que
es un error frenarle en un aspecto hasta que vaya igualándose el
más retrasado. Antes al contrario, creemos firmemente que, sin descuidar
un trabajo mejor elaborado y realizado en las áreas más difíciles,
conviene dejarle progresar cuanto pueda en las más fáciles para
él. No sólo ganará en su estima personal, sino que de un modo indirecto
se le facilitará el progreso en el área de mayor retraso. Esto es
evidente en el programa de lectura. Los niños pueden iniciarlo cuando
su lenguaje oral es mínimo, siendo un dato comprobado que la lectura
les facilita hablar antes, más y mejor, (Troncoso, 1990, 1992; Troncoso
y del Cerro, 1998;Buckley, 1992).
Los parones aparentes que muestran en algunos momentos
pueden ser síntoma de que en ese instante están al máximo de su
capacidad, o que están consolidando y generalizando lo adquirido,
o que su avance en otras áreas no les permite avanzar de un modo
simultáneo en la que aparece frenada. Nunca debemos creer que se
dio la plataforma o meseta permanente e inmutable. Hay que continuar
trabajando.
Si tenemos cuidado en la elaboración de un programa
con objetivos específicos, parciales, intermedios, para alcanzar
un objetivo más amplio y general, es evidente que eso nos permite
trabajar sin ambigüedades, vamos a lo concreto, es fácil evaluar
los progresos y las dificultades. Muchos programas son un fracaso
porque a veces son demasiado generales y ambiguos, o porque ofrecen
unos materiales o actividades para desarrollarlos que se saltan
los pasos intermedios, que deben ser más numerosos y más parcelados,
ya que los alumnos así lo necesitan. Mantener ese objetivo claro
y específico no implica rigidez, sino que facilita:
a) una programación concreta que todos cuantos
intervienen en la educación del niño deben conocer y pueden entender,
b) una observación detallada,
c) un registro diario,
d) una evaluación de resultados a corto plazo
y, como consecuencia,
e) un cambio ágil en cuanto se supera el objetivo
o se observa un error de programación o el alumno no progresa.
Así se evita el fracaso del alumno, el nuestro y la
frustración de todos. Los alumnos con síndrome de Down necesitan
mucha más práctica y repetición de actividades y ejercicios, variando
convenientemente la presentación del material, para evitar la rutina
y el aburrimiento. Con mucho trabajo realizado así, podrán alcanzar
muchos resultados semejantes a los de sus compañeros. ¡Pronto se
darán cuenta de que tienen que esforzarse más que los chicos de
su clase y que, aun así, las cosas les salen peor! Nuestro estímulo,
comprensión y apoyo estarán siempre presentes. Como se deduce lógicamente,
hace falta tiempo, medios, y un cambio en las actitudes de los profesores.
IV. DESARROLLO DE CAPACIDADES
1. Planteamiento general
Como es bien sabido, la educación de todos los niños
debe ir enfocada a la adquisición y desarrollo de sus capacidades
de modo que puedan actuar con madurez y responsabilidad, desarrollar
su autonomía personal, y adquirir conocimientos y destrezas que
les permitan integrarse al máximo en el grupo social y cultural
al que pertenecen. Los alumnos con síndrome de Down no tienen por
qué ser una excepción a esta regla general. Sin embargo, todavía
es difícil conseguirlo en todos los casos. Después de años de experiencia
y observación, hemos llegado a algunas conclusiones sobre las posibles
causas de este fracaso. Así, por ejemplo, vemos que en la práctica
diaria, al llevar a cabo los programas de atención temprana, a veces
se confunde el objetivo educativo general -que es el desarrollo
de capacidades- con la adquisición de habilidades específicas o
incluso con la ejecución de actividades y ejercicios concretos.
Un ejemplo muy frecuente es que se confunde la actividad de meter
bolitas o piezas pequeñas en un frasco, o tachuelas o clavos en
un tablero perforado -que son sólo ejercicios o actividades- con
el objetivo general de desarrollar la habilidad y destreza manuales.
Dentro de este objetivo está el de desarrollar el mejor uso posible
de la pinza digital. Para alcanzar estos objetivos hay múltiples
ejercicios y actividades que facilitan y mejoran la capacidad de
la mano. Del mismo modo se dan otros muchos ejemplos, tanto en esa
etapa como en la escolar.
Lo auténticamente educativo y eficaz a largo plazo
es el desarrollo de las capacidades, para lo cual será necesario
hacer buenos programas y ejecutar muchas tareas. Una capacidad bien
desarrollada será la llave que abra la puerta a un amplio abanico
de destrezas y habilidades. La atención, la discriminación y percepción,
así como la destreza manual, no sólo son imprescindibles para aprender
a leer y a escribir con soltura, sino para otros muchos aprendizajes.
El educador debe tener siempre presente el objetivo
educativo fundamental preparando muchos y variados recursos para
lograrlo. Durante la ejecución del programa deberá tener suficiente
creatividad y flexibilidad para variar las actividades y ejercicios,
eligiendo aquellos que mejor ayuden a un niño, en un momento concreto.
Con frecuencia deberá posponer "la perfección", en beneficio
de mantener alta la autoestima del niño, su motivación y su alegría
por el esfuerzo realizado aunque el resultado no sea el "ideal".
La realidad de un niño concreto y todas sus características personales
merecen toda nuestra aceptación y respeto. Como consecuencia de
nuestro deber como educadores y de nuestro afecto por el alumno,
le ayudaremos a mejorar, pero no le exigiremos más de lo que puede
-a veces para "lucirnos"-, ni nos frustraremos si no alcanza
"nuestro" ideal. Lo importante es que el alumno siga progresando,
a su propio ritmo -nunca por debajo de sus posibilidades- sin la
pretensión de alcanzar el mismo nivel de otro alumno "que va
muy bien", o el de sus compañeros de clase que no tienen síndrome
de Down u otras dificultades especiales.
La participación de los niños pequeños con síndrome
de Down en buenos programas de atención temprana en los que se dedica
una parte importante al desarrollo cognitivo, de un modo sistemático,
ordenado y eficaz, les ayuda a desarrollar las capacidades de atender,
percibir, comprender y saber. Los primeros programas de estimulación
precoz dedicaron un gran esfuerzo al desarrollo de la motricidad;
lo cual es importante y necesario, aunque insuficiente. Más aún,
todavía hoy es frecuente que las familias digan que van a llevar
al niño "a la gimnasia", o que van a "hacerle los
ejercicios", refiriéndose sólo al área motora y no dando suficiente
importancia a otras áreas del programa. Desde hace unos años van
incorporándose las llamadas actividades preacadémicas en los programas
de atención temprana para niños menores de cuatro años. La aplicación
de la teorías de Piaget ha servido para desarrollar programas de
carácter cognitivo que incluyen objetivos en relación con la capacidad
de imitación, de resolución de problemas, de adquisición del concepto
de permanencia del objeto, de interacción personal, de actuación
sobre las cosas, de conocimiento de las propiedades de los objetos
y de desarrollo de las capacidades perceptivas, cognitivas y lingüísticas.
Todo cuanto el bebé hace o deja de hacer durante su primer año de
vida influye en su futuro desarrollo intelectual. Conforme el niño
madura es preciso que participe activamente en nuevas experiencias
que le ayuden a establecer las bases fundamentales de los aprendizajes
básicos. Por ello insistimos en que todo cuanto se haga por ayudarle
a mejorar su capacidad de atención, observación y percepción debe
ocupar un lugar de privilegio.
2. Un proceso evolutivo
Los recién nacidos con síndrome de Down están preparados
para percibir y responder ante los estímulos propios y ambientales.
Los cinco sentidos actúan como importantes fuentes de información
en una etapa en la que el desarrollo es muy rápido. Las respuestas
visibles que el bebé da al principio pueden ser muy pequeñas. A
veces consisten sólo en un cambio en el nivel de actividad, quedándose
quieto o tranquilo cuando oye un sonido, y a orientarse hacia el
origen del estímulo que oye. También patalea, sonríe o balbucea
si ve a su madre. Poco a poco el niño madura y aprende a seleccionar
ciertos estímulos de entre la gran variedad que tiene alrededor:
ruidos, luces, figuras. Este proceso de selección es el fundamento
de otras interacciones más complejas con el ambiente que serán necesarias
más tarde. Los padres y en general las personas que atienden al
niño pequeño, le proveen de muchos estímulos sensoriales. La cara
humana tiene un interés visual muy especial, el niño debe aprender
pronto a mirarla y lo hará con atención, observando, fijando sus
ojos en los ojos que le miran. Después pasará a observar los movimientos
de la boca. La sonrisa que percibe, provoca en él otra sonrisa.
El mejor estímulo auditivo es el de la voz, con todas sus posibilidades
de tono, intensidad, acento, ritmo, melodía. El niño comprende los
aspectos comunicativos por el tono que percibe y lo demuestra alegrándose,
sonriendo o llorando, como respuesta diferenciada ante un tono u
otro. Todo esto sucede muchísimo antes de que llegue la comprensión
de la primera palabra.
Así va comenzando el desarrollo de la atención, percepción
y discriminación que se amplía con el conocimiento de los objetos:
los sonajeros, las sabanitas y ropa, los peluches y muñecos de goma,
el biberón y cucharilla, etc. El niño percibe las diferencias de
textura, temperatura, color, tamaño, sabor. Inicialmente el niño,
aunque observe y manipule, da respuestas que son automáticas. Si
tiene hambre y "siente" molestia en el estómago, llora,
y después aprenderá a llorar porque quiere que venga su madre. Esta
segunda conducta la ha aprendido y la controla. Así mismo de su
reflejo automático de presión palmar pasará a una prensión voluntaria,
y moverá el sonajero porque quiere oír el sonido, o se lo acerca
a la boca porque quiere chuparlo. Por tanto actuará ya de un modo
diferenciado ante lo que percibe, buscando con anticipación un resultado
concreto. Conocerá la relación causa-efecto, y ejercerá su acción
voluntaria.
3. La atención
Existen en el síndrome de Down alteraciones cerebrales
que dificultan el complejo proceso del desarrollo y mantenimiento
de la atención. No es de extrañar, por tanto, que observemos precozmente
una dificultad, torpeza o demora en la capacidad de dirigir la mirada
hacia un estímulo y de interactuar con otras miradas, en la capacidad
de mantener el organismo -mente y cuerpo- receptivo y respondente
hacia los estímulos; cuánto más en la capacidad de mantener el niño
la atención durante un tiempo prolongado, para que tenga iniciativa
en la búsqueda.
Además, en una época de la vida en la que los estímulos
externos desempeñan un papel predominante como elementos que contribuyen
al desarrollo y establecimiento de las estructuras que comunican
unas neuronas con otras y a la configuración definitiva de las redes
y circuitos funcionales de la transmisión nerviosa, se comprende
la importancia que cobra este sistema implicado en los sistemas
de alerta y de atención para el posterior desarrollo de conductas
y destrezas específicas.
Conocidos estos datos, los especialistas en educación
dedicaremos un esfuerzo especial al desarrollo de la capacidad de
atención, como fundamento de otras muchas adquisiciones.
Desde que nace el niño se orienta y explica a los
padres y a la familia la importancia que tiene el desarrollo de
esta capacidad. El niño pequeño con síndrome de Down puede tener
dificultades para fijar la mirada por la laxitud ligamentosa y por
el bajo tono muscular. Aunque la atención auditiva parece mejor
en las primeras etapas de la vida extrauterina, las dificultades
de percepción y discriminación auditivas pueden llevar al niño a
no escuchar, a no atender auditivamente y preferir una acción manipulativa
llevada a cabo según sus intereses. Posteriormente, los problemas
de memoria auditiva secuencial (Pueschel, 1988) de algún modo le
bloquean o dificultan para mantener la atención durante el tiempo
preciso, ya que adquiere la experiencia de incapacidad para retener
mucha información secuencial. Otras veces es el propio cansancio
orgánico, o los problemas de comunicación sináptica a nivel cerebral,
lo que impide la llegada o el procesamiento de toda la información.
En ocasiones el periodo de latencia en dar respuesta, que en general
es más largo en comparación con otros niños de su misma edad mental,
se interpreta por parte del educador como falta o como pérdida de
la atención.
Lo que es absolutamente cierto y evidente es que un
niño que no mira, que no escucha, que no atiende o que no retiene,
difícilmente podrá progresar bien. Conocidas las posibles causas
de estas dificultades, y ante la imposibilidad de actuar directamente
sobre ellas, nos queda el recurso educativo de un entrenamiento
o estimulación temprana, adecuado, mantenido, con actividades bien
programadas y llevadas a cabo con perseverancia alegre.
De este modo vemos cómo los niños establecen y mantienen
la atención, lo cual les permite estar preparados para situaciones
muy variadas de aprendizaje, conducta y relación.
3.1. La educación de la atención
En el desarrollo durante los primeros meses de la
vida extrauterina se trabaja en primer lugar la atención visual,
con el objetivo de conseguir cuanto antes un buen contacto ocular
y un adecuado seguimiento ocular. Simultáneamente, como refuerzo
mutuo, se trabaja la atención auditiva -más desarrollada en el momento
del nacimiento- utilizando diversos estímulos sonoros: sonajeros,
música clásica, campanillas.
El estímulo más recomendado por su interés y eficacia,
es el rostro y la voz humanos, preferentemente los de la madre.
Los ojos, los movimientos faciales que tanto interesan a los niños,
los variadísimos sonidos, voces, canciones que una voz humana puede
emitir, preparan al niño, mejor que ningún otro estímulo, para la
atención a la persona y a las instrucciones y órdenes verbales,
que tanto necesitará después. Además sirve de enorme ayuda para
un mejor establecimiento del vínculo afectivo, con la gran repercusión
que tiene en el desarrollo óptimo del niño.
Muy pronto se planteará el objetivo de que el niño
reaccione y atienda adecuadamente cuando se le llama por su nombre.
Esta atención podrá mostrarla interrumpiendo su actividad, volviendo
la cabeza al origen de la llamada, mirando a la persona que le llama,
en actitud de alerta y espera. En este momento, con el niño mirando,
atendiendo y esperando, es cuando puede dársele la instrucción o
información que precisa o mostrarle y entregarle un objeto concreto.
La mayoría de los niños con síndrome de Down que han
participado en un buen programa de atención temprana, ya han adquirido
la habilidad de atender a su nombre y habitualmente responden a
la llamada desde que son pequeños. Por tanto será preciso progresar
más, adquiriendo niveles superiores de atención y manteniéndola
durante periodos más prolongados. Tendrá que aprender a atender
a la indicación física o instrucción verbal que le dé el educador,
dirigiendo su mirada al lugar adecuado. Después desarrollará la
capacidad de atender alternativamente a la persona y al objeto-estímulo,
para ejecutar la acción que le indican, confrontando si lo hace
bien y pidiendo ayuda en caso necesario.
3.2. Instrumentos para el desarrollo de la atención
Los niños con síndrome de Down frecuentemente comienzan
a actuar, a dar respuestas motoras, antes de procesar bien la información
recibida y de elaborar la respuesta correcta. Conviene, por tanto,
darles tiempo y enseñarles a inhibirse para darse a sí mismos unos
segundos de reflexión. Su cerebro procesa y asocia con cierta lentitud
la información sensorial recibida, y les falla la "sincronización"
de la respuesta motora que dan con la respuesta adecuada. Esto no
se debe a falta de comprensión, de conocimientos, sino a sus diferentes
"tiempos". Si el niño está trabajando con material manipulativo,
tanto si son objetos como si son maderitas o tarjetas, los errores
pueden evitarse o corregirse fácilmente. Si se trabaja con papel
y lápiz, el error puede quedar plasmado. En cualquier caso, conviene
evitarlo habitualmente, no sólo para que el alumno no viva la sensación
de fracaso, sino para que lo percibido visualmente sea correcto.
Una estrategia sencilla consiste en que educador sujete suavemente
las manos del niño para que no actúe mientras le da la orden y así
el niño la recibe, la procesa, elabora la respuesta hasta que muestra
con su actitud o con su mirada, que va a ejecutar la acción correcta.
Si, a pesar de esos segundos de tiempo, el niño se dirige al objeto
o estímulo que no corresponde, el adulto puede tapar con su mano
dicho objeto, así el niño tiene la oportunidad de volver a pensar
y responder con acierto. Si la actividad se realiza en una hoja
de papel, antes de darle la pintura o el lápiz, se pedirá al niño
que señale con el dedo dónde está el objeto que debe tachar o subrayar,
o que siga con su dedo la trayectoria que debe realizar. Cuando
lo haga bien, se le entregará el instrumento para escribir.
Una buena preparación para el desarrollo de la atención
con fines escolares, es que el niño con síndrome de Down comience
a permanecer sentado adecuadamente en una silla, desde edades muy
tempranas. Esto debe iniciarse en cuanto el niño es capaz de mantenerse
sentado en el suelo, con la espalda recta, con buena estabilidad
del tronco, sin caerse. La mayoría de los niños con síndrome de
Down están maduros para sentarse en un banquito o silla baja antes
de los 12 meses de edad. Desde el primer momento de sentarle en
una silla, incluida la silla alta, conviene habituarle a una postura
correcta. Esta postura correcta convendrá vigilarla para que la
mantenga siempre, porque, además de ser lo mejor para su cuerpo,
le facilitará una buena ejecución de las tareas de mesa. Es imprescindible
elegir bien el mobiliario que se va a utilizar y su colocación.
El niño debe tener las piernas juntas con los pies apoyados en el
suelo o en una plataforma con las rodillas flexionadas en el borde
del asiento, formando un ángulo recto. No se permitirá que el niño
suba las piernas y se coloque en posición "buda" o que
las separe una a cada lado del asiento. El apoyo permanente de los
pies le da estabilidad, permitiéndole mover los brazos libremente
y girar cabeza y tronco sin perder el equilibrio, y por tanto sin
distraerse por ello. La altura de la mesa será la adecuada para
el tamaño del niño, de modo que sentado como acabamos de explicar
sus brazos pueden quedar apoyados sobre la mesa sin tener que levantarlos
y sin que el niño se eche hacia delante. Conviene tener sillitas
y mesas de diferentes alturas, o tacos de madera y cojines no muy
blandos que permitirán comprobar que el niño tiene siempre el mobiliario
adecuado a su estatura. El educador debe colocarse de modo que sea
fácil el mantenimiento del contacto ocular con el niño y que éste
pueda recibir con facilidad una ayuda gestual o física. Lo más adecuado
es que el adulto se siente también en una sillita baja, frente al
niño o a su lado. La cercanía física y la misma altura facilitan
los aspectos afectivos y de motivación, evitando los de dominio
e imposición.
Cada vez que el niño se canse y relaje su postura,
echando su cabeza, separando las piernas, ocultando una mano, etc.,
habrá que recordarle que debe estar bien colocado, utilizando frases
como: "¡Ponte bien!" "¡Siéntate bien!" "¡Levanta
la cabeza!" "¿Dónde tienes los pies?" "¿Dónde
está la otra mano?" "¿Estás bien sentado?".
Todo el tiempo que se emplee en la educación de la
atención con las condiciones posturales que la facilitan, es una
buena inversión para toda la vida. Por tanto, vale la pena dedicar
el tiempo que sea preciso para este entrenamiento y no permitir
que se retroceda en otros ámbitos o en otras actividades o en fases
posteriores del programa.
Con el niño bien sentado, tranquilo, mirando al adulto
y en espera de la tarea, es cuando puede empezarse el trabajo. El
primer paso es, evidentemente, que el niño mire al adulto y que
éste le hable, proponiéndole la tarea, o el material. No debe empezarse
una sesión de trabajo con un niño que no atiende, que mira a otro
lado, que está moviéndose. A veces basta con sujetarle suavemente
las manos y decirle "¡mírame!" "¿quieres que...?",
y entonces se le indica que mire, y el niño tendrá que desarrollar
y practicar la habilidad de mirar sucesiva y alternativamente al
adulto o al material, según la necesidad del momento.
La acción manipulativa sobre los objetos y materiales
es el medio fundamental por el que todos los niños aprenden conceptos
y desarrollan capacidades lingüísticas y cognitivas. Por tanto,
se tendrá un cuidado exquisito en todo cuanto se haga y diga durante
el trabajo, con el objetivo de lograr la máxima eficacia durante
la sesión. Después de que el niño ya está bien atento, dispuesto
y se empieza el trabajo, conviene simultanear el estímulo visual
con el auditivo. Debe mantenerse la comunicación verbal con el niño
para mantener su atención y para que aprenda más y mejor sobre lo
que ve y sobre lo que hace. A través de las acciones propias o ajenas,
captará los conceptos. Las palabras que utilizamos para designarlos
aumentarán sus capacidades cognitivas y lingüísticas.
El lenguaje del educador debe ser claro, conciso,
firme, cordial, preciso, realzado en su entonación, pero sin gritos:
"!Mira aquí!" "¿ Dónde está?" "Ponlo encima"
"¡Abre-cierra!" "¡Dentro-fuera!", "¡Más-más!"
"Haz una raya" "Mételo dentro" "¡Fíjate
bien!" "¡Se acabó!" etc. Se tendrá sumo cuidado en
el uso de los términos de modo que la información verbal que el
niño reciba sea la más exacta posible y no le induzca a error. Por
ejemplo, en lugar de decirle "deja la pintura en la caja"
o "pon tu mano en la mesa", será mejor decirle "deja
la pintura dentro de la caja" y "pon tu mano encima de
la mesa". Se evitará que el adulto sea un espectador silencioso
ante un niño "aislado" en su tarea manipulativa. El educador
intervendrá verbalmente, sin largos párrafos, para informar, ayudar,
animar, corregir, llamar la atención, etc.
Siempre que sea posible, y lo es en muchas ocasiones,
se dará a elegir al niño qué prefiere hacer. Un alumno que se "compromete"
al decidir sobre una tarea o un material o un modo concreto de trabajo,
es un alumno que mantendrá su atención con más facilidad o al que
podemos ayudar a ser consecuente y responsable de sus decisiones...
"Me lo has pedido", "Tú lo has elegido, por tanto
vamos a acabar antes de...". Es cierto que el educador es quien
tiene claro el objetivo u objetivos de la sesión, pero un buen educador
sabe que esos objetivos pueden trabajarse de modos muy diferentes,
con materiales variados y que un cambio en el orden de las actividades
no tiene importancia. La flexibilidad controlada, permitirá un mejor
aprovechamiento del tiempo. La imposición de una tarea que el niño
no desea, es un fracaso seguro para todos. El truco educativo es
conseguir que el niño "quiera" hacer aquello que el educador
cree que le conviene hacer.
Al ofrecerle el material y explicarle la tarea, se
seguirá ayudando al niño en su atención, que en estos momentos debe
dirigirse visualmente al objeto que se le presenta. Si es preciso
se le ayudará en su tarea de observación. Si se trata de una lámina,
o un tablero, se comprobará que hace un rastreo visual completo.
Conviene que adquiera el hábito de mirar de izquierda a derecha
y de arriba abajo, no sólo para abarcar todos los dibujos o colores
o huecos, sino para que se acostumbre al movimiento ocular necesario
para nuestro sistema de lectura y escritura. Si se le ofrecen varias
piezas pequeñas, maderitas, tacos, vasos, también se colocarán de
modo que puede observarlos todos antes de pensar y realizar una
acción. Si es suficiente la ayuda verbal, diciéndole por ejemplo:
"¿Has mirado bien? ¿Las has visto todas?", no se le ayudará
físicamente. El educador debe tener sumo cuidado en no dar pistas
innecesarias que hacen que el niño las siga, sin pensar por sí mismo.
Por ejemplo, es frecuente que el adulto mire al lugar adecuado sin
darse cuenta, y el niño aprende muy pronto a seguir esa mirada en
lugar de buscar por sí mismo. Sólo en caso necesario el adulto señalará
con el dedo el lugar hacia donde debe mirar el niño o incluso le
sujetará suavemente la cabeza para ayudarle a dirigir su atención
al lugar indicado.
Algunos niños necesitan mucho entrenamiento, mientras
que otros adquieren estas habilidades en pocas sesiones.
4. Percepción y discriminación
La percepción requiere inicialmente un mínimo de desarrollo
de la atención, pero implica el funcionamiento preciso de las grandes
áreas corticales de asociación, en el cerebro. Normalmente estas
áreas se desarrollan con más lentitud que las áreas sensoriales
primarias que reciben los estímulos con toda la riqueza de matices,
hasta darles plena forma. La capacidad de discriminar y distinguir
unos estímulos de otros, o por el contrario, de asociarlos, exige
la presencia de redes nerviosas cada vez más intrincadas y más relacionadas
unas con otras.
De nuevo, la relativa pereza y pobreza en el desarrollo
intercomunicativo de las estructuras nerviosas, en el cerebro de
los niños con síndrome de Down, va a afectar de manera marcada a
las áreas corticales de asociación, y va a explicar el retraso en
el desarrollo de la capacidad perceptiva.
Entendemos por discriminación la habilidad para percibir
semejanzas y diferencias, respondiendo de un modo diverso ante lo
percibido. El uso de la habilidad discriminativa forma parte imprescindible
de la vida diaria para funcionar de un modo eficaz. De hecho todos
usamos habitualmente nuestras habilidades discriminativas en múltiples
circunstancias ordinarias. Desde el momento en el que suena el despertador
y reconocemos ese sonido, que nos hace levantarnos, pasando por
la elección de los calcetines o de los zapatos que hacen pareja,
hasta subir al autobús correcto que nos acerca al trabajo o la compra
de cualquier artículo en la tienda que corresponde, sin confundirnos
ni de lugar, ni del objeto que deseamos. Pero además de todas estas
situaciones de carácter funcional y ordinario, el aprendizaje discriminativo
es imprescindible en los programas educativos de la primera infancia
para preparar a los niños para los aprendizajes académicos. Los
alumnos con síndrome de Down así como todos los que tienen necesidades
educativas especiales necesitarán más que el resto de los alumnos
de una enseñanza específica para paliar o prevenir sus dificultades
de aprendizaje. La experiencia recogida nos permite asegurar que
un buen programa, con una enseñanza sistematizada, iniciada tempranamente,
ayuda mucho a los niños con síndrome de Down a desarrollar las capacidades
perceptivas y discriminativas.
En este sentido consideramos que la educación de estas
capacidades incluyen las habilidades para reconocer, identificar,
clasificar, agrupar y nombrar los objetos, imágenes y grafismos.
También forma parte del aprendizaje discriminativo el reconocimiento
e identificación de sonidos y palabras.
El aprendizaje discriminativo facilitará al alumno
con síndrome de Down el pensamiento lógico, el conocimiento de las
formas, tamaños, texturas, colores y otras propiedades de los objetos,
los conceptos numéricos y la lectura. También le servirá para la
adquisición de otros muchos aprendizajes en el área social y natural,
así como una mejoría evidente en su lenguaje.
Los bebés y niños pequeños que han sido atendidos
de un modo adecuado, han desarrollado muchas habilidades perceptivas.
Han tenido la oportunidad de ver a diferentes personas, de oír muchos
sonidos, de gustar diferentes alimentos, de manejar objetos de distintas
formas, tamaños, colores, materiales, de ser llevados y traídos
por diferentes lugares, en distintas posturas, por personas variadas,
etc. Han percibido muchas cosas a través de su cuerpo, por medio
de los cinco sentidos y han sido capaces de reaccionar ante los
estímulos internos y externos. Como hemos dicho anteriormente, al
comienzo la reacción del bebé es instintiva, automática, sin plena
consciencia y enjuiciamiento de la situación y de la reacción. Poco
a poco el niños evoluciona y es capaz de observar los efectos de
sus acciones, de los sonidos que emite y se inicia un control voluntario
sobre personas y cosas. "Aprende" a controlar la conducta
de su cuidador con sus gritos o lloros, sigue la trayectoria de
un objeto que lanza, escucha el ruido que hace un objeto al caer
al suelo, o capta el concepto de permanencia del objeto cuando alguno
queda oculto momentáneamente, cuando su mamá sale de la habitación,
cuando juega con su abuelita al "cu-cú-tras" tapándose
la cara con las manos. Así va siendo capaz de anticipar los resultados
de sus acciones aunque le falte la comprensión de los conceptos
que hay detrás, o no conozca las palabras que describen lo observado.
Progresivamente, con ayuda de los educadores, el niño
comprenderá más, conocerá mejor las cualidades de los objetos y
los nombres que se utilizan para describirlos, será capaz de elaborar
juicios, y de resolver problemas dando soluciones y actuando adecuadamente
según las circunstancias que percibe.
4.1. Ejemplos de intervención educativa
Los educadores pondrán un empeño especial en conseguir
que el niño con síndrome de Down desarrolle sus capacidades de atención,
observación, percepción y discriminación, que le facilitarán una
actuación adecuada en cada momento. Como es natural los niveles
o exigencias serán un poco más altos cada vez, de modo que el niño
progrese en todas sus capacidades. Las tareas incluirán actividades
que faciliten también el desarrollo de la destreza manual y de las
capacidades cognitiva y lingüística. También ahora será preciso
seguir un programa sistemático y estructurado para lograr que el
niño esté bien preparado para los aprendizajes escolares. La situaciones
naturales y espontáneas en las que el niño desarrolla y hace uso
de su capacidad discriminativa, son necesarias, pero insuficientes
para participar después con éxito en la escuela.
Los niños con dificultades de aprendizaje en general
y con síndrome de Down en particular, necesitan ver y hacer
de un modo sistemático y ordenado, para aprender y comprender. Esta
necesidad implica que el educador haga un buen programa, aprovechando
cada una de las tareas realizadas por su alumno. En cada una de
las tareas el niño debe recibir una buena información verbal de
lo que realiza. Además, en torno al objetivo fundamental de esa
actividad, se aprovechará esa tarea para repasar o afianzar objetivos
de otras áreas.
Un ejemplo podría ser el de un alumno que debe desarrollar
el uso y la coordinación de ambas manos, cuando habitualmente "ignora"
una de ellas. Si el educador elige la tarea de abrir y cerrar unos
cilindros o toneles encajables de colores, se aprovechará esta actividad
para "repasar" la asociación de color y tamaño, los conceptos
abrir-cerrar, meter y sacar, ¡más-más! Si se puede se harán una
o dos torres, se compararán las alturas, se repasará el concepto
encima. Al recoger todos los toneles, el niño comprenderá
las relaciones entre los diferentes volúmenes y afianzará su comprensión
sobre la permanencia del objeto. Será preciso que el educador le
ayude a observar, dándole la información verbal precisa sobre lo
observado. Así el niño incrementa su compresión. Es preciso evitar
grandes discursos y frases largas, que serían un obstáculo para
que el niño capte la palabra clave que describe el concepto o la
acción.
Esta práctica educativa, sencillísima de tener en
cuenta en las sesiones educativas individuales, será una ayuda muy
valiosa para los programas posteriores. No es infrecuente que los
niños con síndrome de Down de dos a cuatro años, que han participado
de programas como éste, comprendan los conceptos básicos: forma,
tamaño, color y relaciones espaciales antes de ingresar en la escuela
infantil, garantizado así su aprovechamiento en la enseñanza en
grupo que van a recibir en esos momentos. También se indicará a
la familia que aproveche las situaciones naturales que brinda el
hogar, para que el niño participe en tareas en las que tiene que
hacer uso de sus capacidades perceptivas: desde clasificar los cubiertos
que se sacan del lavaplatos, hasta colaborar en la descarga y orden
de la compra hecha en el supermercado, o recoger bien su ropa y
juguetes. En estas acciones realizadas en el hogar, es fácil incorporar
los conceptos básicos: grande-pequeño, dentro-fuera, encima-debajo,
etc. que el niño aprende en la realidad y practica en situaciones
diferentes, facilitando su consolidación, transferencia y generalización.
Muchos niños no avanzan más porque no se aprovechan las situaciones
naturales, ordinarias, para que piensen y aprendan.
Cuando llegan a la escuela infantil les falta el vocabulario
comprensivo básico y necesario para comprender el lenguaje de la
escuela. Frases como: "haced fila, uno delante de otro, el
más pequeño delante", serán totalmente incomprensibles. Aunque
el niño actúe por imitación de lo que hacen sus compañeros, sería
muchísimo mejor que comprendiese el mensaje verbal. Si ha hecho
filas de bloques o de latas, clasificándolas por tamaño, comprendiendo
los conceptos delante, detrás, al lado, etc. está más preparado.
Resumiendo, el desarrollo de las capacidades perceptiva
y discriminativa implica por tanto, que el alumno aprende a observar
y capta semejanzas y diferencias, las relaciona, asocia y clasifica
según diversas categorías y códigos. Aprende también a comprender
los términos y conceptos que implican esas relaciones, y poco a
poco aprende también a nombrar las diferentes cualidades o propiedades,
siendo capaz de dar pequeñas explicaciones. Todo esto se consigue
en parte con la manipulación y exploración natural que el niño hace
con todos los materiales que se le dejan a su alcance, pero lo adquirirá
mejor si además recibe una enseñanza sistematizada y estructurada,
en la que se seleccionen los materiales manipulativos y las representaciones
gráficas más adecuadas a cada uno de los objetivos específicos o
parciales que quieran ir alcanzándose.
5. Habilidad manual
Las personas con síndrome de Down suelen tener dificultades
específicas para muchas actividades de manipulación fina. Las causas
de estos problemas son varias. Una de ellas es la anatomía de la
mano porque ésta suele ser ancha, con dedos cortos, con una implantación
baja del pulgar, con ausencia de la última falange del dedo meñique.
La hipotonía muscular y la laxitud ligamentosa influyen en la pobre
sujeción de los instrumentos y en la presión que es necesaria hacer
en muchas tareas. Además, los problemas que tienen su origen en
el sistema nervioso central explican las dificultades de interiorización
y de producción simultánea de determinados movimientos. Esto puede
comprobarse tanto en coordinación motora gruesa como andar en triciclo,
y en actividades de coordinación motora fina como recortar, abrir
una lata, escribir, coser.
En relación con la dominancia lateral, algunos niños
con síndrome de Down tardan tiempo en mostrar si son diestros o
zurdos, lo cual tiene mucha importancia tanto para las actividades
de autonomía de la vida diaria, como puede ser el acto de comer,
como para el aprendizaje de la escritura o las tareas laborales.
Conocidas las necesidades que todos tenemos en relación
con la habilidad manual y conocidas las dificultades que tienen
las personas con síndrome de Down, no sorprende que desde la etapa
de atención temprana se establezcan objetivos y actividades encaminados
a desarrollar la máxima destreza. Entre los objetivos a largo plazo
que deben estar presentes está el de la escritura, con todas las
dificultades que hay desde la prensión del instrumento hasta la
percepción e interiorización de los trazos, el desarrollo de la
capacidad eferente para reproducirlos casi automáticamente, respetando
la dirección y el tamaño adecuados, y la realización de un movimiento
deslizante, suave y fluido hacia la derecha. El objetivo final desde
el punto de vista formal es que la escritura sea legible.
Para conseguir estos objetivos el educador tratará
de conocer lo mejor posible a su alumno con síndrome de Down. Sus
manos pueden no ser las manos "típicas" descritas más
arriba, sino que sean delgadas y con dedos largos. Tendrá que observar
cómo evoluciona la fuerza de oposición pulgar con los otros dedos,
los movimientos de flexión y extensión, la capacidad de prensión
y de presión, etc.
En cualquier caso, aun suponiendo que un niño concreto
tenga menos dificultades que la media de los chicos con síndrome
de Down, conviene diseñar un buen programa para facilitar que en
las múltiples tareas ordinarias en las que es necesaria la destreza
manual, sea competente para realizarlas por sí mismo: desde abrochar
botones y atar cordones, hasta abrir grifos, puertas con llave,
batir huevos, llamar por teléfono, coser o escribir, y un largo
etcétera.
5.1. Prensión y presión
Desde los primeros días de la vida de un bebé pueden
hacerse ejercicios encaminados a lograr esa destreza manual. Así
por ejemplo, se indica a los padres que ayuden a su bebé a sacar
el pulgar si tiene tendencia a tenerlo metido, debajo de los otros
cuatro dedos, tapado por ellos, con el puño cerrado. El adulto puede
poner uno de sus propios dedos dentro de la mano del bebé, mientras
le da de comer, sujetando al mismo tiempo el pulgar del niño en
una posición correcta de oposición al resto de la mano. Aprovechando
el reflejo automático de prensión del recién nacido, se le pondrá
en la mano un sonajero de mango largo, que no pese mucho.
Poco a poco, la mano irá abriéndose, el niño aprenderá
a coger y a soltar los objetos de un modo voluntario, consciente.
Se le ofrecerán juguetes y objetos que le interesen para que, al
verlos, inicie los movimientos adecuados para cogerlos. Los objetos
serán variados y diferirán de tamaño, forma, textura, peso, color
y olor. Conviene que algunos de ellos sean susceptibles de ser apretados
para obtener un resultado, como por ejemplo un muñeco pequeño de
goma blanda que suene al apretarlo, o una esponja de la que sale
agua. También son útiles los tente-tiesos que, al empujarlos un
poco, suenan y se mueven, volviendo rápidamente a su posición original.
Este resultado, tan estimulante, facilita que el niño quiera repetir
su acción y empiece a comprender la relación causa-efecto.
Los ejercicios pasivos de flexión y extensión realizados
en cada uno de los dedos de las manos del niño, y la presión suave
ejercida en cada una de las yemas, le ayudan a conocer mejor las
posibilidades de su mano, la independencia de cada dedo. Los ejercicios
que van acompañados de los juegos y canciones tradicionales, como
pueden ser: "éste compró un huevito..." "pulgar,
pulgar que sale a pasear...", son muy buenos porque hacen
que el niño lo pase bien y reciba una estimulación afectiva y sensorial
más completa.
Progresivamente el niño avanzará y será capaz de señalar
con el dedo índice y de apretar con él, "enviando fuerza"
a la punta del dedo. Los juegos de teclado, las cajas sorpresa que
se abren al apretar un botón, los muñecos y ranitas saltarinas,
y otros muchos juguetes que se encuentran fácilmente en las tiendas
especializadas, motivan al niño para realizar este ejercicio que
es bastante difícil para él. Después aprenderá a presionar con cada
uno de los otros cuatro dedos de las dos manos. Cuando el
niño con síndrome de Down alcance un año habrá aprendido a coger,
soltar, apretar, meter, sacar, abrir, cerrar, golpear, ensamblar,
encajar y martillear con materiales variadísimos. Se tendrá sumo
cuidado en ayudarle a desarrollar la capacidad de coordinación entre
las dos manos. Es muy frecuente que solos, sin ayuda, tarden en
descubrir que su tarea es más eficaz si no dejan una mano colgando,
como si no la tuvieran. Para conseguir este objetivo se le propondrá
tareas en las que necesariamente tenga que usar las dos manos:
como coger un objeto grande globo o pelota, para sujetar algo con
una mano y hacer el movimiento con la otra, (un frasco en el que
tienen que meter algo o quitar el tapón), o bien para empujar o
tirar con ambas manos a la vez al encajar o desencajar piezas de
lego, cuentas o cualquier otro material. El movimiento de rotación
de la muñeca se alcanzará un poco más tarde. Será conveniente disponer
de cajas musicales, muñecos para dar cuerda, frascos con tapones,
tornillos, destornillador y tuercas, carretes y lanas, sacapuntas,
relojes y radios. El niño tiene que desarrollar una coordinación
óculo-manual cada vez más fina y precisa, manejando objetos pequeños
-fichas, monedas, legumbres, palillos, fósforos, botones- y efectuando
actividades que sea imposible llevarlas a cabo si no mira qué hace,
como pasa por ejemplo en el enfilado de cuentas por un cordón. Por
supuesto, habrá que vigilar para que no se meta estas cosas en la
boca, con el consiguiente peligro de atragantamiento o intoxicación.
5.2. Dirección y coordinación visuomanual
Como también estamos hablando de la preparación para
un futuro programa de lectura y escritura, no se olvidará que nuestro
sistema para leer y escribir tiene una dirección concreta, que va
de izquierda a derecha, y por tanto se tendrá mucho cuidado para
que el niño trabaje de modo que la mirada y los movimientos de su
mano sigan esa dirección, o sea comenzando a mirar y a colocar la
mano, o el dedo, en el lado izquierdo y continuando el rastreo visual
y movimiento manual hacia el lado derecho, hasta llegar al final
del estímulo que se le presente. Así, sin darse cuenta, adquirirá
de modo automático un movimiento visual y manual simultáneos que
facilitarán mucho el aprendizaje y el progreso en la lectura y escritura.
Es más rentable y eficaz adquirir hábitos adecuados desde el principio,
que cambiar hábitos inadecuados cuando ya interfieren con otros
objetivos programados para ese momento evolutivo. Se hace así un
programa preventivo para evitar, por ejemplo, errores de inversión
de letras al leer y escribir.
Este trabajo de rastreo visual y movimiento manual
de izquierda a derecha es especialmente importante en el supuesto
de que el alumno sea zurdo. Nuestra experiencia personal, en la
enseñanza de la lectura y escritura a un grupo de niños zurdos que
presentaban verdaderas dificultades para progresar, nos ratificó
en la necesidad de preparar adecuadamente a los niños desde que
tienen dos o tres años de edad. Es fácil incorporar a la rutina
diaria actividades como las de mirar cuentos empezando por la izquierda,
o desplegar cartas o tarjetas o cualquier otro material, y nombrarlo
empezando por la izquierda y terminando por la derecha. También
es fácil ofrecer un loto con imágenes con dos, tres o más filas
y decir sus nombres como quien sigue las líneas de un texto escrito,
señalando con el dedo cada imagen y el orden de las filas, como
se hace al leer.
5.3. Material y actividades
En la actualidad disponemos de abundante material
que se usa habitualmente en las escuelas infantiles, y que debemos
tener a mano en su gran variedad. Cada material facilita una destreza
determinada. Como el niño con síndrome de Down tiene necesidades
en diferentes aspectos, conviene disponer de todo lo necesario para
no dejar de lado ni uno solo de los objetivos a conseguir. La plastilina,
las construcciones tipo lego, los punzones, la pintura de dedos,
todo tipo de pinceles y lápices de colores, las tizas, los rotuladores,
las bolas, los cubos y tapones de enroscar, las tijeras, muñecos
u objetos de armar y desarmar, permiten programar actividades variadísimas
y divertidas que favorecen la destreza manual del niño así como
una buena coordinación óculo-manual cada vez más precisa y eficaz.
Para estas tareas manipulativas, tenemos que seleccionar cuidadosamente
qué debe trabajar un niño en un momento dado y con qué material.
El uso del lápiz y papel supone un incremento notable
de dificultades por la necesidad de sostener el lápiz, moverlo sobre
el papel con suficiente presión para que marque, pero no con tanta
fuerza que implique rigidez de la muñeca o del brazo. Al mismo tiempo,
la otra mano debe sujetar el papel para que no se desplace, y los
ojos deben moverse en la trayectoria de los trazados, a la misma
velocidad que exige el movimiento de la mano .
La integración en la escuela infantil ordinaria puede
plantearnos algún problema por el desfase que existe entre el niño
con síndrome de Down y sus compañeros, en actividades como el recortado
con tijeras, la elaboración de objetos concretos con plastilina,
arcilla y otros. Por tanto, una vez más necesitará su propio programa
individual que le haga progresar a su ritmo, evitando que el profesor
o un compañero hagan o completen la tarea en su lugar, porque quieren
que haga lo mismo que los demás. Es un engaño que no le sirve de
ayuda para progresar.
Podemos afirmar que la escritura de un niño con síndrome
de Down puede no ser suficientemente clara, legible y más o menos
proporcionada hasta que tiene 9 años de edad cronológica, por lo
tanto con gran diferencia frente a sus compañeros sin síndrome de
Down. Esto ha supuesto que muchos educadores de niños más pequeños
han desistido antes de tiempo, por los pobres resultados que obtenían.
Nuestra experiencia es que el ejercicio diario, sin cansar ni psicológica
ni físicamente al niño que haría que su letra fuese cada vez peor,
se consigue mejorar la caligrafía y que puedan leerse los textos
manuscritos de las personas con síndrome de Down. De nuevo tendremos
que ser cuidadosos en el tipo de tareas que presentamos al alumno,
y en el momento en que debe realizarlas.
Se evitará que el alumno realice ejercicios de pre-escritura
demasiado infantiles o muy aburridos, precisamente en el momento
en el que sus compañeros que están en la misma clase están escribiendo
con soltura una redacción o un dictado. Será más adecuado trabajar
la caligrafía individualmente, a solas, o en su casa.
Mientras tanto, se simultaneará el trabajo de escritura
con teclado, que le hará sentirse más cerca de lo que realizan sus
compañeros. Recomendamos usar tanto el teclado de máquinas de escribir
convencionales, porque les obligará a pulsar con un golpe fuerte
y seco, como los teclados eléctricos o de ordenador (computadora)
los cuales, al no ser necesario enviar fuerza, obligan a ser cuidadosos
en la pulsación de teclas por lo fácilmente que se mueven. Ambos
teclados se complementan en relación con el objetivo de conseguir
una mejor habilidad manual. Este trabajo sirve para que aprenda
las letras de imprenta, las mayúsculas, así como el orden en el
que se presentan en los teclados. Cuando pueda escribir textos largos,
ya tendrá adquirida cierta soltura en el aspecto mecánico.
No tenemos evidencia de la influencia directa
de los ejercicios de psicomotricidad realizados con todo el cuerpo
sobre la escritura y su legibilidad. Más bien parece que facilita
al niño o alumno un control, un dominio, una soltura de grandes
movimientos, y en cierto modo también una madurez global, más que
una mejoría de la letra. A nivel neurofisiológico están implicados
diferentes sistemas; sin embargo sí son convenientes y eficaces
todos los ejercicios de tensión-relajación, flexión-extensión, de
los distintos segmentos del brazo, movimiento de las articulaciones:
hombro-codo, muñeca, dedos, que se realizan con materiales tan variados
y diversos como los saquitos de arena o los pinceles. Muchos ejercicios
enfocados directamente a mejorar la habilidad manual influirán decisivamente
en la soltura para escribir mejor.
V. EL ESCOLAR CON SÍNDROME DE DOWN
A la hora de describir las características
que presenta cualquier grupo humano, existe el riesgo de plantear
generalizaciones que son peligrosas por inexactas, y porque pueden
marcar indiscriminada e irreversiblemente a una persona concreta
de ese grupo. Esto sucede cuando intentamos pormenorizar los problemas
y dificultades con que nos encontramos en la educación y formación
de los escolares y adolescentes con síndrome de Down.
Es obligado, por tanto, que destaquemos que cualquier
generalización es arriesgada, no aplicable necesariamente a cualquier
individuo. Sin embargo, es útil también que compartamos los problemas
que con cierta frecuencia hemos observado, por cuanto pueden ayudar
a los familiares, educadores y cuidadores que poseen menos experiencia
a comprender algunas de las dificultades con que se van a encontrar
en el proceso de formación y algunos de los comportamientos. Así
podrán adoptar las medidas de intervención que prevengan o corrijan
los problemas que se presentan.
Debemos subrayar, una vez más, la gran variabilidad
que existe entre un escolar y otro. Esta variabilidad se refiere
tanto al número de cualidades, adquisiciones o habilidades que presente
como al grado en que se desarrollan dichas habilidades. Es evidente
que la variabilidad interindividual es inherente a la condición
humana, pero sin duda aumenta considerablemente en la población
con síndrome de Down.
1. Principales dificultades
- Se aprecia en general un retraso en su edad cognitiva cuando
se la compara con la
Edad cronológica. Eso refleja su grado de deficiencia
e inmadurez, su diferencia. Pero es preciso señalar que la inmadurez
no es generalizada para todo tipo de actividades sino que pueden
ser más marcadas en unas áreas que en otras.
- Muestran lentitud en su capacidad cognitiva, en sus reacciones,
en su modo de
adquirir y procesar la información. No es de extrañar,
por tanto, que en la enseñanza integrada su velocidad de adquisiciones
se diferencie claramente de la del resto de sus compañeros, y
vaya acentuándose la diferencia a lo largo del curso. Esto debe
tenerse presente a la hora de programar las tareas, de concretar
los objetivos diarios, semanales, mensuales y anuales.
- La edad lingüística es inferior incluso a la cognitiva o mental.
Su capacidad
comprensiva es claramente superior a la expresiva
(ver Chapman, 1997; Stoel-Gammon, 1998; Kumin et al., 1999). Es
buena la capacidad de incrementar el vocabulario, dentro de unos
límites, pero las máximas dificultades se encuentran en la morfosintaxis.
No es infrecuente que desconozcan el significado de muchos términos
que empleamos en el lenguaje ordinario por lo que debemos asegurarnos
de que realmente comprenden las palabras que se utilizan. Muchos
de ellos no preguntarán por el significado de términos que no
entienden, por lo que es tarea de los padres y educadores constatar
permanentemente que entienden el significado de las palabras que
normalmente se expresan en la conversación.
- Son notorias, además, las dificultades en la articulación, en
la fluidez y en la
inteligibilidad del lenguaje, que exigen la aplicación
de programas de intervención lingüística en cuya especificación
no nos es posible ahora precisar (Lezcano y Troncoso, 1998 a,
b). Queremos insistir, sin embargo, que para que exista una buena
comunicación es más importante trabajar sobre la comprensión semántica,
en el significado de las expresiones, en la fluidez del intercambio
verbal y, sobre todo, en la iniciativa del alumno para emitir
su mensaje y mantener la conversación, que tratar de conseguir
la perfección de la articulación y de la expresión. Por consiguiente,
los programas de intervención del lenguaje habrán de promover
la comunicación aun a costa de reducir la perfección articulatoria.
Ya llegarán los momentos en que ésta pueda ser mejor trabajada.
De lo expuesto se desprende que tendrán mayores
dificultades para dar respuestas verbales, mientras que poseerán
mayor facilidad para dar respuestas gestuales y motoras.
- En general, poseen una buena percepción visual y una buena memoria
visual, dando
por supuesto que se han detectado y corregido las
anomalías que con frecuencia presentan en la visión. Este hecho
contrasta con las mayores dificultades que presentan para la percepción
y procesamiento de la información auditiva, y para el establecimiento
de la memoria secuencial auditiva. Por consiguiente, presentarán
dificultades mayores en la secuenciación cuando la información
que reciban sea de carácter verbal (Ruiz et al., 1998).
- Son frecuentes los problemas que tienen para integrar la información
y para, a partir
de conocimientos parciales, establecer interrelaciones
que les permitan alcanzar un conocimiento más integrado. En este
mismo sentido, pueden presentar dificultades para transferir los
aprendizajes de una situación concreta a otra, y para generalizar
las adquisiciones. Si no se tiene en cuenta esta realidad, es
muy fácil que el educador dé por adquirida una habilidad por el
hecho de que la haya visto consolidada en una situación concreta
y, sin embargo, el alumno no sea capaz de aplicar la misma habilidad
a otra situación diferente.
- En determinadas edades podemos apreciar rasgos de impulsividad
y de
hiperactividad, que perduran más tiempo de lo que
suele ser habitual y que nos pueden inducir a hacer falsos diagnósticos
(Dykens y Kasari, 1998). Junto a ello pueden apreciarse rasgos
de conducta que indican una actuación demasiado infantil, una
mayor dependencia del adulto, mayor reclamación de atención por
métodos que resultan inadecuados o poco tolerables para el conjunto
de la clase (en forma de enfados, rabietas, etc.).
- Puesto que la integración escolar del alumno con síndrome de
Down es una realidad
que felizmente se va imponiendo pese a sus dificultades
intrínsecas y extrínsecas (Flórez y Troncoso, 1998), el profesor
habrá de tener en cuenta que:
- El alumno tendrá dificultades para trabajar solo,
sin una atención directa e individual, y para seguir las instrucciones
dadas en grupo.
- Es posible que el alumno haga los movimientos y
cambios de situación por imitación de los demás, y no por auténtica
comprensión e interiorización de los propuesto por el profesor.
- Es frecuente que el niño esté solo porque así lo
elige, porque no puede sufrir ni el ritmo ni la riqueza de estímulos
que le envuelven, o porque los demás se cansan de animarle a participar.
- No es fácil que se exprese oralmente para demandar
ayuda cuando no comprende las instrucciones, o cuando debe planificar
estrategias de resolución de problemas, o ha de atender a diversas
variables a la vez. Su respuesta ante tales situaciones puede ser
la desconexión silenciosa y el aislamiento, o la ejecución de una
conducta inapropiada (escape, llamada de atención, etc.).
- Cada una de estas dificultades pueden ser superadas
poco a poco con medidas y programas de intervención educativa bien
planeados, aplicados con constancia, revisados periódicamente.
2. Desarrollo de vida autónoma
Cuando se analizan las características que presentan
los jóvenes y adolescentes con síndrome de Down, según se desprende
de las diversas fuentes bibliográficas y de la observación diaria,
destaca la diversidad de sus adquisiciones en función del área cultural
en la que se haya desarrollado, de la participación de la familia
en el proyecto educativo, de las oportunidades que el joven haya
tenido a lo largo de su infancia y adolescencia. Todo ello, al margen
de su propia personalidad y capacidad que influirán lógicamente
de manera decisiva.
Pero hay un dato común que les resulta claramente
favorable, destacado por diversos autores: la convivencia con los
jóvenes con síndrome de Down es en general agradable y fácil, máxime
si se compara con la que presentan otros grupos con deficiencia
intelectual (Kasari y Hodapp, 1997).
De acuerdo con nuestra experiencia, contrastada con
la expresada por otros autores (Tuner et al., 1991), hemos de marcar
un conjunto de prioridades que han de establecerse en todo programa
educativo, cuya aplicación concreta ha de adaptarse a cada edad
y a cada individuo.
1. Autonomía en el funcionamiento personal:
higiene, cuidado de la salud, arreglo personal, alimentación y aseo.
2. Autonomía en el funcionamiento doméstico:
implica el uso y cuidado de la ropa y cosas del hogar, preparación
de comidas y meriendas, participación en responsabilidades compartidas.
3. Autonomía en el funcionamiento en la calle:
se refiere al manejo del dinero, lectura y comprensión del reloj,
saber informarse e informar, manejo del teléfono público, compras,
comidas en el restaurante, itinerarios y libertad de movimientos,
toma de decisiones ante una situación imprevista.
El grado en que se adquieren estas habilidades en
cada una de estas situaciones va a depender de una serie de factores
(Tuner el al., 1991).
a) Positivos: el grado alcanzado de nivel mental;
el sentido práctico de las madres en el manejo de las situaciones;
la integración escolar.
b) Negativos: la existencia de problemas de
conducta; la irritabilidad o excesiva excitabilidad del joven; las
escasez de oportunidades brindadas para el contacto social.
c) Irrelevantes o neutros: los problemas de
salud que pudieran haber existido; las dificultades de tipo físico.
VI. EL ADOLESCENTE CON SÍNDROME DE DOWN
1. El apoyo al adolescente
La etapa de la adolescencia es muy peculiar
en la vida de todo ser humano, y no lo es menos por tanto en el
caso de la persona con síndrome de Down. Sus luces y sus
sombras se entrecruzan en múltiples quiebros, afloran sus limitaciones
y sus logros, sus posibilidades y sus carencias, dentro de un organismo
que, por lo demás, sigue un desarrollo biológico prácticamente normal
(Pueschel 1996; Van Dyke et al., 1998).
En su esencia, el adolescente con síndrome de Down
comparte los problemas de cualquier otro adolescente, como son:
la percepción de los cambios, una cierta confusión, el deseo de
reforzar su propia identidad, la necesidad de autoestima, la rebeldía
frente a la imposición, el deseo de pertenencia a un grupo, la necesidad
de expresar su afecto y de sentirse querido, el afán de independencia
y de alcanzar su plena autonomía, el sentimiento de competencia,
el sueño de sus proyectos.
Pero todo ello queda matizado por sus características
especiales: el desfase entre la edad biológica y la mental y lingüística,
la distorsión que puede tener de su percepción personal,
los mensajes contradictorios que reciben, para los
que tiene dificultades de interpretación, las dificultades objetivas
de aprendizaje y las no menos importantes de comunicación.
En función de lo expuesto, la acción educativa ha
de ser planteada con enorme delicadeza, honradez, dedicación y decisión.
El papel de la familia es de nuevo fundamental: se trata de una
etapa de transición en la que existen cambios bruscos de ambiente
y de educadores (Pueschel, 1997). La familia sigue estando en su
sitio: en ella las situaciones continúan siendo naturales e íntimas
y en ella se mantiene la aceptación incondicional.
Como vemos, a lo largo del tiempo y a través de
las distintas edades se van sentando las bases para alcanzar objetivos
posteriores. La estimulación temprana y la estabilidad emocional
que proporciona un ambiente familiar apropiado, son fundamentales
para el paso a la escuela. Por su parte, el aprendizaje de la lectura
y la escritura y la soltura en las interacciones sociales que proporciona
el colegio, favorecen la posterior integración laboral.
De todo lo anterior se deduce que cada época tiene
sus propias metas educativas, pero que la planificación global del
proyecto educativo de los alumnos y alumnas ha de tener en cuenta
también, los objetivos a largo plazo y el ideal de persona que tratamos
de alcanzar, pues en el quehacer educativo de hoy se sustentan los
logros de mañana. De esta manera, y dado lo limitado del tiempo
de que disponemos, no nos perderemos en objetivos intrascendentes
y poco funcionales, centrándonos en los que verdaderamente les serán
útiles en su desenvolvimiento cotidiano actual y futuro, y en su
bienestar personal.
Por tanto, en primer lugar, es esencial definir con
claridad los objetivos educativos que se pretenden alcanzar. A largo
plazo, en forma de ideales educativos hacia los que pretendemos
llegar, que si como tales ideales pueden ser inalcanzables en algunos
casos, sin embargo, proporcionan los cauces de intervención y las
líneas maestras que dirigen toda la actividad educativa.
El apoyo al adolescente con síndrome de Down habrá
de ser planteado teniendo en cuenta los siguientes objetivos:
- Reforzar el conocimiento de sí mismo.
- Fomentar la estima de la propia dignidad.
- Favorecer la vida de amistad y relación con los demás.
- Estimular el desarrollo de la autonomía y la independencia.
- Fomentar el sentido de responsabilidad.
Las estrategias y los métodos para alcanzar estos
objetivos son múltiples y variados en función de la personalidad
y circunstancias del joven con síndrome de Down. Sirvan como pensamientos
"guía" los siguientes:
- Aceptar y valorar al joven de un modo que le resulte evidente
e incondicional.
- Estar permanentemente atentos a los mensajes que el joven emite,
consciente o inconscientemente.
- Servir de estímulo constante, en una etapa en que no es infrecuente
el desánimo.
- Facilitar y crear oportunidades para que existan ocasiones en
las que se realicen los objetivos que propuestos, sin esperar
a que surjan espontáneamente.
- Prestar todo tipo de apoyos: emocionales, verbales, estratégicos.
Para ello hay que estar alerta.
A medio y corto plazo, los objetivos deben señalar
las pautas concretas de actuación para el día a día.
Esta planificación del trabajo diario con la vista
puesta en objetivos ulteriores nos lleva a tener que jugar con delicados
equilibrios, y a veces con proyectos aparentemente contradictorios.
Por ejemplo, si lo que pretendemos es mejorar su autoestima y favorecer
que tome iniciativas, hemos de apoyarnos en el elogio y el refuerzo
positivo. Pero la utilización excesiva de éstos provoca que los
jóvenes y los adultos con síndrome de Down rechacen la crítica y
muestren baja tolerancia a la frustración porque no están habituados
a que se les reprenda o enjuicie. De igual forma, la integración
escolar vino en su día acompañada de la provisión de recursos personales,
en forma de profesores de apoyo, que proporcionaban atención individualizada
a alumnos y alumnas. El niño con síndrome de Down se convirtió así
en centro de atención no sólo en casa, por los cuidados que requiere,
sino en el colegio y también en la calle. Por tanto, en el eterno
protagonista. De adulto, cuando se le abren las puertas del mundo
del trabajo, se presentan conductas de llamada de atención ya que
no quiere perder su posición privilegiada ante los demás, en todos
los ambientes.
El hacer excesivo hincapié en la labor de cada día,
perdiendo de vista la finalidad última nos puede llevar a alcanzar
objetivos útiles en la actualidad, pero contraproducentes para su
vida posterior. Puede ocurrir también que nos perdamos en actividades
rutinarias o sin contenido educativo real. Por el contrario, el
mirar excesivamente a lo lejos, puede provocar una lucha hacia ideales,
descuidando el trabajo secuenciado, paulatino y adaptado, que requiere
el día a día, con los pies cerca del suelo. Es preciso por tanto,
alcanzar ese difícil equilibrio de plantear objetivos y pautas de
acción que, con la mirada puesta en el futuro, planteen soluciones
para el presente.
2. Avances educativos
Los avances que se están observando en los últimos
años en todos los terrenos educativos son notorios. En lo relativo
a las habilidades sociales quizás esas mejoras sean aún más evidentes,
pues el proceso de integración a todos los niveles, favorece la
adquisición de las capacidades de interacción social, debido al
entrenamiento práctico en situaciones reales vividas a diario.
Los adolescentes con síndrome de Down con los que
nos relacionamos actualmente se parecen muy poco a aquellos adultos
que veíamos hace unos años de tarde en tarde por la calle, vestidos
como eternos niños, generalmente con sobrepeso, colgados del brazo
de algún adulto y dejándose llevar por él. Hoy en día, nos encontramos
con jóvenes más autónomos, con responsabilidades e iniciativas en
muchos terrenos, con un aspecto físico saludable y mayor confianza
en sí mismos. Estamos recogiendo los frutos de la siembra efectuada
con la estimulación temprana y la integración escolar. Éstas, junto
con el enorme esfuerzo de normalización realizado por las familias,
están produciendo un fenómeno de carácter social, el cambio de actitudes
hacia la deficiencia mental en general y hacia el síndrome de Down
en particular. Cada vez es más generalizado el comentario de que
"la gente ya no vuelve la cabeza al ver a un chico o una chica
con síndrome de Down"; ya no extraña el verles por la calle.
Los primeros pasos hacia el cambio de actitudes ya se están dando.
Haciendo un repaso general a algunos de los terrenos
en que observamos mejoras, basándonos en nuestras propias observaciones
de los adolescentes con los que trabajamos, podemos comprobar estos
cambios en los aspectos que a continuación se relacionan.
2.1. Apariencia exterior
La primera transformación que se ha producido en los
jóvenes con síndrome de Down, o al menos la más evidente, pues es
percibida de inmediato por quien con ellos se relaciona, es su apariencia
exterior. Se ha abandonado el estereotipo de persona obesa, de aspecto
descuidado, con una ropa y un peinado infantiles. Actualmente se
visten y se peinan de acuerdo con su época y con su edad, igual
que cualquier otro adolescente, siguiendo el modelo de compañeros
de colegio o hermanos y manifestando, como ellos, interés por las
marcas, los pantalones vaqueros o por llevar gafas de sol, para
mejorar su estética. La influencia del grupo de iguales también
se hace notar en este colectivo. La preocupación por su aspecto
parte cada vez más de ellos mismos, sin la intervención de las presiones
y los gustos familiares.
2.2. Forma física
La práctica regular de diversos deportes por parte
de las personas con síndrome de Down está variando también sus capacidades
físicas y su estructura corporal. Relacionado con el apartado anterior,
el aspecto general que ofrecen está influido tanto por la ropa o
el peinado que llevan, como por lo estilizado y proporcionado que
aparezca su cuerpo a los ojos de los demás. Y no hay que olvidar
que la opinión que nos hacemos de las personas viene marcada por
la impresión que nos ofrecen en el golpe de vista inicial, apenas
en segundos, la primera vez que las vemos. La capacidad de ofrecer
una imagen exterior atractiva y agradable, cara a los otros, es
una habilidad social básica.
La natación, el fútbol, los bolos, las artes marciales,
la danza, el atletismo, las marchas o la educación física en general,
practicados regularmente por algunos de los muchachos y muchachas,
están contribuyendo a producir ese cambio palpable de imagen que
estamos percibiendo. Si a esto añadimos una dieta equilibrada con
un interés creciente por lo que es adecuado comer, el triunfo sobre
la obesidad está prácticamente asegurado. Está en manos de la familia
el favorecer esta mejora de imagen, ya desde pequeños, promoviendo
que se vistan solos, que escojan su ropa, que hagan deporte con
asiduidad o que coman de forma adecuada.
Todo ello en función de las características y necesidades
personales de cada chico.
2.3. Lenguaje
Aun siendo uno de los mayores escollos con los que
nos enfrentamos en la formación de las personas con síndrome de
Down, las mejoras en el lenguaje son también reseñables en los últimos
años. La influencia de este aspecto en la calidad de sus interacciones
sociales es incuestionable. Aunque el ámbito lingüístico suele ser
el que presenta un nivel más bajo, inferior al nivel social o de
inteligencia general, sin embargo una serie de factores contribuyen
a este cambio manifiesto en su lenguaje expresivo y comprensivo
:
- La influencia del aprendizaje de la lectura y escritura. El
comenzar a leer incluso
antes de que hayan adquirido un lenguaje expresivo
comprensible, no sólo es posible sino que favorece el desarrollo
de su expresividad (Troncoso y del Cerro, 1998). La lectura contribuye
a aumentar su vocabulario y a mejorar la corrección de sus frases,
haciendo más comprensible su lenguaje.
b) El proceso de integración que se está produciendo
a todos los niveles, obliga a las personas con síndrome de Down
a relacionarse en muy diversos ambientes (familia, barrio, escuela),
lo que les fuerza a comunicarse y a hacerse entender. Se habla más
con ellos y se les escucha más.
c) La integración escolar, acompañado en muchos
casos de adaptaciones curriculares o actividades adaptadas a sus
necesidades que favorecen el desarrollo adecuado de su lenguaje.
La presencia cada vez más frecuente de especialistas en audición
y lenguaje (logopedas) en los colegios, junto con una concienciación
de la importancia básica de este aspecto, también puede contribuir
a esta mejora.
d) En general, el mayor nivel de exigencia
que está surgiendo entre los profesionales respecto a las personas
con síndrome de Down. Viendo los resultados que se están obteniendo
en este terreno, intentan alcanzar metas que antes ni tan siquiera
se imaginaban.
e) La preocupación por el lenguaje de estas
personas, que se refleja en la multitud de artículos y publicaciones
que sobre este tema están apareciendo últimamente. Es cada vez más
amplio el número de especialistas e investigadores que profundizan
en el ámbito lingüístico.
Debido a estas y a otras causas, la realidad muestra
que se está produciendo una mejora en su lenguaje, observable en
el ámbito de las habilidades sociales por un mayor grado de interacción
interpersonal y del número y calidad de los recursos a la hora de
llevarla a cabo. Ejemplos concretos de este cambio son la participación
en las conversaciones cotidianas, la iniciativa comunicativa, la
intervención en clases y reuniones dando su opinión o la expresión
cada vez más frecuente de sus ideas y sentimientos.
2.4. Capacidad de interacción social
En la misma línea de lo anterior, la capacidad para
relacionarse e interaccionar con otras personas ha experimentado
una clara mejoría en las personas con síndrome de Down. En años
anteriores no se les dio la oportunidad de hacerlo porque muchos
estaban recluídos en instituciones o limitados a la interacción
con un grupo familiar reducido. También porque se les suponía un
nivel inferior al que tienen y se les sobreprotegía. El hecho es
que sus recursos y las oportunidades a la hora de relacionarse eran
escasos, aún reconociendo su carácter "amable y cariñoso".
Hoy en día, sin falsas expectativas, pero tampoco
con limitaciones artificiales, se les está dando la oportunidad
de interaccionar en muy diversos contextos, a diferentes niveles
y con muy variadas personas, y están demostrando que la confianza
puesta en ellos está justificada. Su participación en grupos de
teatro, baile, deportes o campamentos, por poner solo algunos ejemplos,
así como su intervención en clases o reuniones de amigos están confirmando
que su capacidad de trato es mayor que la que les habíamos supuesto.
Desde la utilización de fórmulas de cortesía básica en los saludos
y las despedidas, hasta el mantenimiento de conversaciones sobre
temas de actualidad, están reflejando que, cuantas más oportunidades
se les ofrecen, más resultados positivos se obtienen.
2.5. Participación en actos sociales
Continuando en el terreno de la interacción social
es cada vez más frecuente la presencia de personas con síndrome
de Down en todo tipo de actos de carácter social o recreativo, comportándose
de forma adecuada, llevando a cabo las conductas más apropiadas
para cada evento, sin que necesariamente hayan de encontrarse cerca
o bajo la vigilancia estrecha de un adulto. Es habitual verles en
cafeterías o restaurantes pidiendo su consumición o eligiendo en
el menú lo que desean y comportándose de forma ejemplar en la mesa;
en grupos de juegos o deportivos participando en la actividad junto
con otros compañeros, de manera dinámica; en cines, teatros y conciertos,
escuchando con atención lo que en la pantalla o en el escenario
está aconteciendo; en cumpleaños, bodas o bautizos, interviniendo
en la celebración de forma adecuada; en actos religiosos, con una
actitud seria y responsable y en multitud de actos públicos, familiares,
escolares y sociales.
2.6. Autonomía
La progresiva inclusión en círculos sociales lo más
normalizados posible ha obligado a las familias de las personas
con síndrome de Down a trabajar para que logren la máxima autonomía
en los más variados campos. En el ámbito del aseo, procurando que
alcancen un grado aceptable de higiene, duchándose y lavándose,
afeitándose y peinándose desde pequeños de forma independiente y
sin ayuda. En el vestido, no solo colocándose y quitándose la ropa
por sí solos y de forma correcta, sino eligiendo ellos mismos las
combinaciones de estilos y colores más apropiadas para una estética
agradable. En el orden, recogiendo la ropa y guardándola en los
armarios cuando así haya que hacerlo. A la hora de desplazarse por
su ciudad o lugar de residencia autónomamente, utilizando los medios
de transporte más adecuados : a pie, en autobús, taxi o tren, según
los casos. Y en determinadas habilidades de carácter instrumental
necesarias para la vida diaria, como llamar por teléfono desde su
casa o desde un cabina o rellenar impresos o instancias. A todo
lo anterior se le ha de añadir de modo progresivo la asunción de
responsabilidades en su domicilio, en funciones como hacer su cama,
poner y quitar la mesa o colaborar en tareas del hogar, sea cual
sea el sexo de la persona. Todas estas habilidades están siendo
alcanzadas por muchos jóvenes que conocemos.
2.7. Participación en sesiones de grupo
La progresiva inclusión en diferentes grupos sociales
de los adolescentes con síndrome de Down, les está proporcionando
una experiencia enriquecedora en estas situaciones en las que cada
vez se sienten más cómodos y muestran mayor naturalidad.
Es de destacar, por ejemplo, la capacidad que están
demostrando para respetar el turno de intervención en las conversaciones,
esperando a que termine de hablar la otra persona para intervenir
ellos. De igual modo, la capacidad para la escucha puede ser entrenada,
y se comprueba que, con una práctica adecuada pueden escuchar de
forma activa, atentamente, cuando participan en coloquios de varias
personas. Una vez más, al ofrecérseles la oportunidad de intervenir
en grupos de diferentes características (equipos deportivos, pandillas
de amigos, compañeros de clase, etc.) su comportamiento, con la
práctica, se va convirtiendo en muy semejante al de cualquier joven
de su edad.
3. Aspectos mejorables
Las mejoras anteriormente reseñadas se deben, en gran
parte, a esa aventura constante de apertura al mundo exterior en
que están embarcadas las personas con síndrome de Down, ayudadas
por familias y profesionales. Sin embargo, en muchos casos, se trata
de pioneros, de descubridores que intentan abrir camino por una
ruta que nadie ha recorrido antes y que ellos se están arriesgando
a transitar. La confianza en las capacidades de estas personas,
ha superado barreras técnicas y "científicas" y ha permitido,
por ejemplo, que se les enseñe a leer y escribir, se les integre
en la escuela y en el barrio o se les proporcione un trabajo adecuado
a su nivel.
Por supuesto, esta ruta de aventuras tropieza con
múltiples obstáculos y se están cometiendo errores que, esperamos,
servirán de lección para los que ahora empiezan. Observamos algunas
conductas en adolescentes y adultos con síndrome de Down, que es
posible que se deban en parte a nuestra forma de relacionarnos con
ellos, y que esté por tanto en nuestra mano la posibilidad de influir
en ellas. Son aspectos mejorables de sus habilidades sociales, en
los que incidimos precisamente por nuestro interés en alcanzar las
mayores cotas de normalización posibles. Intentaremos repasar algunas
de esas pautas de conducta inadecuadas, que en muchos casos son
fruto de la dificultad que antes mencioné para llevar a cabo una
labor educativa correcta cada día sin perder de vista objetivos
más lejanos.
Es difícil proporcionar orientaciones de carácter
general en cuanto a la forma más idónea de relacionarse con las
personas con síndrome de Down, de manera que esa interacción sea
lo más enriquecedora y beneficiosa posible, para ellos. Y esto es
así porque toda instrucción o indicación de carácter general va
dirigida al individuo "en general", y en el caso de las
personas con síndrome de Down, como en todos los demás casos, tal
individuo no existe. Se dan personas individuales con características
propias, con su propia personalidad, con su carácter y temperamento,
con sus motivaciones personales, con su forma de ser, de pensar,
de sentir y de actuar, diferente cada una de todas las demás. No
existe el prototipo "alumno con síndrome de Down", para
el cual unas formas de tratamiento determinadas son válidas en todo
momento y lugar, en cualquier circunstancia y ante cualquier persona.
Existen alumnos concretos, para los cuales, en determinadas circunstancias,
algunas formas de actuación son más recomendables que otras.
Con esta premisa, trataremos de establecer unas pautas
de actuación concretas que pueden guiar la labor educativa con los
chicos y chicas con síndrome de Down, frente a unas formas de comportarse
determinadas por parte de ellos. Son por tanto, sugerencias de actuación
que tratan de contrarrestar algunas de las manifestaciones de comportamiento
que estamos observando en los adolescentes y adultos con síndrome
de Down. En principio puede parecer que únicamente son de interés
para edades superiores, sin embargo el plantear objetivos a largo
plazo en edades tempranas que traten de evitar inadecuadas conductas
futuras, permitirá prevenir esos comportamientos. En todo caso,
muchas de las tendencias de actuación que se van a mencionar ya
se observan en algunos chicos y chicas más pequeños.
3.1. Baja tolerancia a la frustración
Se observa cierta dificultad para aceptar la no consecución
de sus deseos. Si no consiguen lo que pretenden de forma rápida
y de acuerdo con sus intereses, pueden manifestar, entre otras,
conductas de rechazo de la tarea o de la persona que se la presenta,
negativismo o abandono de la situación.
Es conveniente conseguir un equilibrio entre un aprendizaje
basado en el éxito y un enfrentamiento gradual a situaciones que
no gustan, o al menos a otras en las que sus deseos no son satisfechos.
En el aprendizaje exitoso, se le presentan momentos de enseñanza
que sean asequibles para él o ella, aunque con algún elemento de
conocimiento nuevo que suponga alguna adquisición. La segunda parte,
es decir, el enfrentamiento paulatino a situaciones difíciles o
que no pueda superar, le permitirá ser consciente de que algunos
deseos son inalcanzables, y otros requieren un gran esfuerzo para
ser conseguidos, lo que no ha de impedir que, razonablemente, se
luche por ellos. Sin embargo, la frustración forma parte de la vida
cotidiana y se han de acostumbrar a que no siempre la realidad se
corresponde con los deseos.
3.2. Reacción negativa ante la crítica
La crítica suele producir una reacción negativa, de
rechazo, porque es un elemento de frustración, ya que supone una
visión negativa de lo que uno hace por parte de otra persona . En
un primer momento, en el proceso de enseñanza de los alumnos conviene
basarse en un aprendizaje sustentado en refuerzos positivos (premios,
elogios, recompensas), que evite el rechazo de la tarea y apuntale
su autoestima. Más tarde se le ha de enfrentar de forma paulatina
con el fracaso y la crítica ante actuaciones incorrectas. Es evidente,
aunque ellos no se den cuenta, que no todo lo hacen bien y que se
equivocan en ocasiones, como nos ocurre a todos. De los errores
nace el aprendizaje, siempre que sean bien digeridos. Por tanto,
es esencial enfrentarles progresivamente a sus errores, presentándoselos
como elementos de mejora. Por supuesto, las correcciones han de
ser oportunas en el momento y lugar y realizarse de la forma más
positiva y constructiva posible.
3.3. Búsqueda de protagonismo en todas las situaciones
Observamos una tendencia a la búsqueda constante de
protagonismo en la mayor parte de las situaciones. Es fácil comprender
que una persona que es objeto permanente de atención individualizada,
en la familia, en el colegio, con profesores de apoyo expresamente
dedicados a ella y en la calle, esté acostumbrada a ser centro de
las miradas de los que le rodean. De alguna manera se está promoviendo
su egocentrismo.
Sin embargo, la integración conlleva la aceptación
de su condición de persona "normal", sin privilegios especiales.
Ha de ser tratado como uno más en la familia, en el colegio, en
el barrio y en todo tipo de relaciones sociales. Se ha de dejar
de establecer un doble juego de normas, uno para el niño con síndrome
de Down y otro para los demás. Poco a poco se le ha de ir quitando
ese protagonismo al que está acostumbrado y que los demás, en general
sin pensarlo, le estamos dando. Compartir en casa protagonismo con
hermanos y otros familiares, en el colegio con compañeros, en la
calle con otros niños, le ayudará a sentirse uno más, que es la
forma más adecuada de normalización, sin ser apartado pero sin ser
tampoco centro de atención permanente.
3.4. Dificultad para ver el punto de vista de
los demás
Otra dificultad observada es la de ver el punto de
vista de los demás o de ponerse en el lugar de otros, lo que se
denomina empatía. Así como son plenamente conscientes de sus sentimientos,
les resulta dificultoso comprender que el resto de las personas,
en situaciones semejantes viven emociones de características e intensidad
semejantes a las de ellos. Se da en ellos una extraña paradoja:
perciben los sentimientos de dolor o enfado en los demás, pero si
se les exige una actuación o son ellos quienes con su actitud lo
provocan, no actúan en consecuencia. Parece que son conscientes
de los afectos, pero no de su influencia en ellos.
La comunicación expresa de nuestros sentimientos cuando
algo que ellos realizan nos afecta, exteriorizándolos y hablando
de ellos, les permitirá apreciar lo que sus actos afectan a los
otros. Presentar diferentes perspectivas de los hechos y situaciones,
así como opiniones contradictorias desde distintos puntos de vista,
favorecerá el que sepan salirse de su visión unidireccional. Por
último, todo tipo de actividades de grupo, desde conversaciones
normales, hasta debates, asambleas, mesas redondas, coloquios, etc.,
les ayudarán a ver la riqueza que encierra el compartir y contrastar
las opiniones propias con las de los demás.
3.5. Falta de iniciativa
Se manifiesta en forma de rechazo a la hora de intentar
tareas nuevas y de probar actividades diferentes a las que habitualmente
realizan. Se han de favorecer y reforzar todas las actuaciones que
surjan por iniciativa propia en el chico o chica, siempre que no
supongan un peligro o daño. Conviene elogiarle todo tipo de esfuerzos,
promoviendo los intentos de actuación novedosos y la actividad creativa
en general. Es positivo animarle a que haga pruebas, sin dejarse
llevar del temor a la equivocación, mostrándole cómo a través de
varios ensayos se llega a la solución correcta, si se aprende a
quitar importancia a los errores, que pueden subsanarse.
3.6. Dificultad para la generalización de tareas
aprendidas
Una característica común a todas las formas de deficiencia
mental, y por tanto, no exclusiva del síndrome de Down, es la dificultad
para generalizar los distintos aprendizajes que se van adquiriendo.
La habilidad aprendida en unas circunstancias concretas no se extiende
a otros contextos diferentes, ni a otras habilidades semejantes.
El mejor método educativo del que podemos servirnos
para que adquieran un determinado aprendizaje, dadas sus características,
se ha de basar en la repetición frecuente de la misma secuencia
de actos hasta que la interioricen. Sin embargo, más tarde será
preciso generalizar dicha conducta a otras circunstancias, para
lo cual es necesario entrenarla en distintos momentos, en diferentes
lugares y ante personas diversas. Además, no se ha de dar por sabida
una tarea por el mero hecho de que realice otra semejante, sino
que la generalización se ha de basar en el entrenamiento de cada
una de las conductas por separado.
3.7. Temor al fracaso
En todos nosotros se da un cierto temor al fracaso.
Los intentos de actuación nuevos se sustentan en la confianza en
la propia capacidad para llevarlos a cabo de forma satisfactoria,
algo que no siempre se da en las personas con síndrome de Down.
Se ha de tener en cuenta que su experiencia es de una vida acostumbrada
al error, a la equivocación, en la que lo nuevo suele ser sinónimo
de problemático. Es razonable que teman el fracaso, con el que tan
frecuentemente se enfrentan.
Se favorece el enfrentamiento a situaciones nuevas,
superando el temor a equivocarse, presentándoselas de forma que
el error sea poco probable, dándole todas las explicaciones necesarias
antes de que lo intente, incluso con ejemplos y haciendo de modelo
para él o ella y proporcionándole todas las ayudas que precise,
que paulatinamente se irán retirando. En el caso de que se equivoque,
intentará corregir el error y se excusará en los momentos en que
sea adecuado.
3.8. Inseguridad ante los imprevistos
En muchos adultos con síndrome de Down se observa
una tendencia a mostrar un interés exagerado en que los elementos
de su vida cotidiana se modifiquen lo menos posible. Suelen llevar
a cabo algunas de sus actividades diarias en forma de secuencias
de conductas invariables, que se repiten rutinariamente una y otra
vez, siempre de la misma manera y sin modificación hasta en los
detalles más insignificantes. Puede proporcionarles seguridad el
seguir permanentemente los mismos pasos, pues el hábito permite
no tener que reflexionar cada vez que se actúa. Sin embargo, llevado
a extremos ocasiona el que se sientan incómodos e inseguros cuando
un imprevisto interrumpe esa rutina. Lo mismo ocurre cuando se enfrentan
a situaciones nuevas o variaciones sobre lo que acostumbran a hacer.
La mejor forma de proporcionarles seguridad ante los
imprevistos es enfrentándoles a ellos. Las circunstancias novedosas,
los cambios, las modificaciones, han de ir surgiendo de forma paulatina
pero insistente, en su vida. Sin llegar al extremo de que cada nueva
jornada sea una aventura inesperada, sí se les ha de poner en contacto
con situaciones diferentes a menudo, pues la existencia, y ese es
uno de sus mayores atractivos, está repleta de sorpresas que nos
esperan cada mañana. Una vez que dominan una secuencia de actos
se ha de modificar para que se adapten a las posibles variaciones
de la misma.
4. Conclusión
Es indudable que los problemas que se han mencionado
anteriormente son comunes a todas las personas. A todos nos cuesta
reconocer nuestros errores o aceptar una crítica. Sin embargo, en
el caso de algunas personas con síndrome de Down, estos aspectos
parecen estar más marcados, más definidos y pueden llegar a mantenerse
hasta edades adultas.
La educación de las personas con síndrome de Down
está experimentando una clara evolución positiva en los últimos
años, fruto de diversos factores. Los de carácter social son, entre
otros, la influencia familiar, la apertura al exterior, la concienciación
social y la búsqueda de normalización. Entre los pedagógicos encontramos
los diversos programas educativos, de lectura, escritura, cálculo,
autonomía o habilidades sociales y la integración escolar. Los psicológicos
son el mayor grado de responsabilidad, la independencia, la confianza
en ellos mismos y la toma de iniciativas. Los éxitos en el terreno
de las habilidades sociales suelen relacionarse directamente con
el número y calidad de las oportunidades que se les dan para probar
sus capacidades y para ejercitarlas.
Las personas con síndrome de Down están demostrando
cada vez más que son merecedores de la confianza que se está poniendo
en ellos al promover su integración social plena. Su comportamiento
en todo tipo de situaciones sociales (asistencia a cines, teatros
y conciertos, fiestas de cumpleaños, desplazamientos en autobús
y tren, etc.) suele ser más que satisfactorio, ejemplar. Sin embargo,
en esa línea comentada de búsqueda de nuevos objetivos cuando se
van alcanzando los anteriores, hay aspectos mejorables que son los
que brevemente hemos expuesto.
La educación es un proceso que se basa en un establecimiento
claro de objetivos a alcanzar, previo a la intervención educativa
propiamente dicha y en una evaluación constante de esa actividad
durante su realización y al finalizarla. Algunos comportamientos
inadecuados observados en adolescentes y adultos con síndrome de
Down se deben a planificaciones anteriores que no valoraron adecuadamente
las consecuencias futuras de esa actuación educativa.
El camino a recorrer es largo y las piedras en las
que tropezaron los que nos precedieron han de servir como lección
y aviso, dirigiendo nuestros pasos, de forma que no sean baldíos
los errores ajenos. La planificación adecuada del trabajo actual
con los chicos y chicas más pequeños se ha de sustentar, entre otros
pilares, en la reflexión sobre el resultado de actuaciones previas
sobre los que ahora son adultos.
Corremos riesgos. Cada conducta que van adquiriendo,
cada nueva responsabilidad que adquieren, supone una nueva andanza,
un nuevo "peligro", desde manejar su propio dinero, a
desplazarse solos en autobús por la ciudad o llamar por teléfono.
Deben abrirse nuevas vías en su independencia intentando prevenir
el mayor número posible de riesgos. Sin embargo, el mayor obstáculo
que encuentran en su emancipación sigue encontrándose en los temores
de familiares y educadores. Superarlos es el precio que se ha de
pagar por su autonomía.
Existen unas a modo de condiciones básicas o de factores
esenciales que constituirán el lubricante que ha de facilitar que
el desarrollo de la personalidad pueda ser más realizable y abierto:
- La conciencia de su buena imagen y atractivo personal; ello
potencia la confianza y estima de sí mismo.
- El desarrollo de la conciencia del "otro", como ser
con el que hay que compartir. Eso facilitará la pertenencia a
un grupo en el que confía y dentro del cual se siente confortable
y acompañado.
- Las habilidades sociales, que han sido fomentadas y promovidas
desde la niñez; ellasfavorecerán la convivencia, tanto en ambientes
de ocio como de trabajo.
Pensamos que de esta manera vamos a contribuir a formar un adulto
que ha de ser maduro, responsable y, hasta donde es posible, feliz.
Es decir:
- Capaz de sentirse bien consigo mismo.
- Dispuesto a sentirse bien con los demás y a que los demás se
sientan bien con él.
- Capaz de enfrentarse a sucesivos retos, y a afrontar las dificultades
que sobrevengan.
- Presto a resolver y a tomar decisiones por sí mismo, solo o
con ayuda cuando sea
necesaria.
- En definitiva, capaz de asumir su propia responsabilidad.
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