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La(s) guerra(s) de los profes de inglés (o cómo dejar a La guerra de los mundos de Orson Wells a la altura de una zapatilla) Una de las causas que puede llegar a alimentar nuestra insatisfacción como profesores (obviando problemas de todos conocidos que emanan de la realidad de las aulas hoy en día) es una posible indefinición sobre lo que hacemos. Muchas veces se trata de un problema de ubicación profesional, de saber realmente el lugar que ocupamos en el desempeño de nuestra labor como docentes. Bueno, de qué lugar ocupamos y de hacia dónde nos dirigimos, que también es parte del problema. La conciencia territorial (metafóricamente hablando, por supuesto) es esencial en el ser humano, todos necesitamos saber qué hacemos o representamos y por qué luchamos, o dicho en plan más cañí, todos necesitamos saber a qué jugamos. Lo que siente el profesor de inglés hoy en día puede ser un estado de ánimo parecido al que aludían Siniestro Total en su elepé Menos mal que nos queda Portugal de principios de los ochenta cuando cantaban aquello de “¿quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos? ¿estamos solos en la galaxia o acompañados?”. Pero lo que hace a esta indefinición aún más grave, cuando el problema se complica todavía más, es cuando los demás no saben o fingen no saber dónde estás, y encima te lo dicen.
Toda esta presentación revestida de un aparente carácter filosófico viene a cuento porque aquí el que escribe, un servidor, está más que cansado de la excesiva gremialidad que existe entre los diferentes colectivos que conforman el cuerpo de docentes, en mi caso, de enseñantes de inglés. Digo esto y me quejo en voz alta porque en vez de luchar todos juntos por mejorar y hacer más efectivo nuestro trabajo (no hablo de “dignificar” ni demás zarandajas demagógicas sobreutilizadas por los políticos cuando adoptan la forma humana de autoridades educativas) resulta que nos enrocamos en nuestras posturas más o menos gremiales y ponemos nuestros pequeños reductos en pie de guerra continuada con los demás. De esta forma nos encontramos con que los profesores de primaria, secundaria, EOI, academias y centros de idiomas, de universidad, nativos y no nativos, etc., nos quejamos mutuamente de intrusismo, insolidaridad, arrogancia, desconocimiento de la realidad de los demás e incluso, si a alguno se le cruzan un poco los clables, hasta de incapacidad. Y yo me pregunto, ¿no sería mejor que nos parásemos un poco a pensar que todos estamos en el mismo barco y que nos preocupásemos por prepararnos bien y de forma continuada para mejorar el producto que ofrecemos?. ¿No sería mejor que dejásemos de fruncir el ceño pensando que hay gato encerrado cuando profesionales de otros estamentos educativos a los nuestros nos ofrecen consciente o inconscientemente sus ideas?. ¿No sería mejor, por último, que nos uniésemos para conseguir el acceso a una mejor preparación inicial para quienes todavía se encuentran estudiando y continuada para los que ya trabajamos y que nos uniésemos también para reivindicar unas mejores condiciones de trabajo?. Y hablando de esto último, cuando me refiero a luchar por unas “mejores condiciones” estoy aludiendo directamente a luchar, por ejemplo, contra el recorte de horas en la secundaria obligatoria y a luchar por conseguir una mejor dotación material en los centros, dentro de lo que sería el sistema público de enseñanza. Pues no, en vez de eso nos dedicamos a echarles la culpa a los demás de la absoluta incapacidad del sistema educativo de nuestro país para dotar a su población de un conocimiento siquiera básico de cómo comunicarse en una segunda lengua, en vez de considerar que se trata de un problema global que requiere de la participación de todos los que, en cada uno de los distintos niveles, intentamos conseguir que nuestros alumnos terminen hablando y escribiendo en la lengua de Shakespeare.
Al hilo de esto último, resulta, no ya solamente un hecho triste, sino algo patético y hasta sangrante que las autoridades educativas (da un poco de grima que se autodenominen “autoridades” en materia de educación, más que nada por lo que significa el término en toda su plenitud) no sepan explicar por qué después de tropecientos años estudiando inglés la mayoría de los alumnos no alcanzan un mínimo de competencia en las cuatro destrezas por igual. Bueno, perdón, sí que lo explican o al menos lo intentan, pero por supuesto los culpables somos los que, supuestamente, no sabemos entender la nueva filosofía educativa, lo que en román paladino significa que no sabemos enseñar bien. Recuerdo una conversación con un dirigente educativo andaluz sobre las causas de esta gravísima imperfección del sistema oficial en la que me dijo que, por supuesto, la situación era producto del (tremendamente malo) sistema educativo anterior, pero que con la implantación de “su” nuevo sistema las cosas cambiarían, y me ponía el ejemplo del aumento del número de horas totales dedicados a la enseñanza del inglés al haber adelantado el primer contacto con esa lengua. Todo muy bonito... en teoría. Lo sería si se percatasen de la situación especial de los alumnos en edades muy tempranas, niños con unas capacidades cognitivas en formación que necesitan una atención especial que saque provecho de los beneficios derivados de la exposición a un “input” cualificado, que fomente sus incipientes capacidades deductivas y que se beneficie también de sus todavía inestables capacidades de aprendizaje. Pero claro, o parece que sólo están interesados en la demagogia de decir que hay más horas totales y que como se empieza antes los alumnos aprenderán más y mejor , o simplemente es que desconocen el “abc” de las distintas necesidades que requieren las diferentes etapas del proceso de aprendizaje. Señores, por favor, que en este caso más que en ningún otro (ojo, cuidado con el chiste fácil) lo que cuenta es la calidad, no la cantidad. ¿Y saben que me contestó?, pues nada, cambió de tema, porque, aunque no lo dijo, para cuando empecé a hablar de desarrollo cognitivo, de lateralización cerebral, de la teoría del periodo crítico y de cómo todo eso afectaba a la edad óptima de aprendizaje me di duenta que ya había desconectado hacía tiempo.
Enlazando este caso con el tema central de esta modesta reflexión, parece evidente que para amortiguar las consecuencias de tanto disparate se impone que tomemos conciencia global del problema, una concienciación que será imposible de alcanzar si no nace de la puesta en común de las realidades y las necesidades de todos los niveles educativos dedicados a la enseñanza de inglés. Pero también debemos tomar conciencia de que somos nosotros, los profesionales de la enseñanza, los que debemos indicar el qué, el cómo y el cuándo. Para ello necesitamos poner en relación la apabullante cantidad de evidencias científicas sobre los procesos de adquisición y aprendizaje (de la cual, al igual que si de un proceso de destilación se tratase, nace la planificación metodológica) con la experiencia acumulada por los docentes durante años de batirse el cobre con sus niños, adolescentes o adultos. Parece obvio que para conseguir esta crucial puesta en común tenemos que unir a los profesionales de los distintos niveles educativos. Por eso decía antes que no podemos mirar con desconfianza a lo que los compañeros de otros niveles pueden aportar, ni podemos caer en la fácil tentación de descalificar lo que otros tienen que decir apelando a los tan manidos y lamentables tópicos de “algo querrán conseguir” si se trata de aportaciones de niveles educativos iniciales con respecto a otros sucesivos, o de “nos quieren imponer lo que debemos hacer” cuando la sugerencia proviene del estamento universitario, por ejemplo. En este punto tengo que recurrir a mi experiencia personal (porque lo he visto y vivido durante años) como profesor de secundaria en su momento y como profesor universitario en la actualidad para criticar, sin acritud pero sí con firmeza, a quienes no ven que todos estamos en lo mismo y que nuestro objetivo debe ser mejorar como profesores y ser más eficaces en nuestra enseñanza, para lo cual necesitamos saber más, y saber más implica poseer un conocimiento lo más exacto de la realidad diaria en las aulas así como de las últimas tendencias metodológicas, de los mejores recursos materiales y de los resultados de las más recientes investigaciones sobre enseñanza, aprendizaje y adquisición. Una de las sensaciones más descorazonadoras que he experimentado ha sido la de ver, como decía en anteriores líneas, cómo en demasiadas ocasiones personas pertenecientes a diferentes estamentos educativos (que en mi opinión, aunque no constituyen una mayoría, sí que son demasiados) llegan a desprestigiar y a descalificar a los que, por arriba o por abajo, parecen realizar una labor diferente a la de ellos. Se trata, sin duda, de una penosa forma de enfocar una docencia que, en realidad, persigue el mismo objetivo, una desgraciada actitud que tiene su germen en el más absoluto de los desconocimientos.
Quiero terminar enfatizando que es por todo lo anteriormente mencionado que iniciativas como la puesta en marcha por Atlantic Forum resultan ser fundamentales para un primer objetivo básico, el conocimiento mutuo entre todos los que nos dedicamos a la enseñanza de inglés. Asimismo, asociaciones como TESOL, IATEFL, APAC, GRETA, CETA y otras se convierten en referente obligado para quienes creen en la necesidad de que existan foros de discusión y puesta en común de problemas, aplicaciones pedagógicas o investigaciones aplicadas a la enseñanza y el aprendizaje. Estas iniciativas y estas asociaciones de profesores constituyen, no el último, sino el primer bastión en la búsqueda de una mejora de la calidad de la docencia.
Víctor Pavón Vázquez |