El “progreso” y el arte

(El Diario Vasco, 13 de Julio de 1994)

Amadeo Aizpurua

Últimamente, a pesar de que la mayoría de la ciudadanía opina que el llamado “estilo moderno” ha producido en su mayoría auténticos esperpentos tanto en arquitectura como en diseño urbano, se suceden desde los sectores modernos más reaccionarios declaraciones, ataques hacia la vuelta, hacia la recuperación del buen sentido, de la tradición.

Lo que además de en arquitectura, está ocurriendo en todos los campos del arte.

Hace años cuando la progresía política no había fracasado todavía, los “modernos” definían su arquitectura como “progresista”. Asimismo tachaban cualquier arquitectura que tuviera que ver con la tradición de “reaccionaria”.

En política el “progresismo” ha fracasado. La izquierda divina ya no existe. Sin embargo, ahí sigue la arquitectura “progresista”. Los arquitectos “progresistas” en un alarde de narcisismo se niegan a cambiar, a desaparecer. El tiempo se los llevará pero desgraciadamente para la ciudadanía, quedarán durante mucho tiempo sus lastimosos productos, denostados, hoy como mañana por todos menos ellos.

Lo que saco a colación porque en nuestra ciudad como consecuencia de lo dicho estamos a punto de sufrir una actuación de este tipo. Y me refiero al caso concreto de la construcción del Palacio de Congresos en el solar “K” del paseo de la Zurriola.

Como se recordará existía en ese solar, un edificio que se derribó, el Gran Kursaal, y hoy se propone construir un nuevo edificio, el ganador del concurso que para tal fin se estableció denominado “Rocas Varadas”, más conocido como el proyecto de “Los Cubos”.

En mi opinión, en este caso no es preciso explicar a la opinión pública qué es mejor, si el antiguo edificio o el nuevo que se propone. Sin duda la inmensa mayoría de los ciudadanos de San Sebastián que han conocido el antiguo Gran Kursaal, lamentan que haya sido derribado. Y ello por dos motivos: porque el antiguo edificio gozaba de gran belleza y porque el que se propone no gusta.

Y no me refiero que no guste a la crítica, sino al público. Porque es preciso decir que en arquitectura, la opinión del público y la de la crítica no coinciden en absoluto.

La mayoría de las personas más o menos formadas, cultas, cuando ven una obra arquitectónica moderna dicen generalmente: “no sé, no entiendo” sin osar decir, simplemente: “no me dice nada” que es lo que realmente piensan. De lo que es prueba el silencio ante la próxima, anunciada, construcción del citado proyecto de “Los Cubos”. Sin duda el más elemental contenedor para personas imaginable, que para colmo, llevará el nombre de Palacio de Congresos.

“En cuestión de gustos no hay nada escrito” se me dirá.

Sin embargo, en cuestión de cómo puede alcanzarse algo valioso sí que lo hay, y mucho.

Nadie, creo yo discutirá, que solo puede alcanzarse algo valioso si no es a través de un gran esfuerzo, de una constante aplicación, elaboración. Luego sería preciso que el camino elegido se revele como acertado. Pero el gran esfuerzo es siempre inevitable.

Y la pregunta sería: ¿Para hacer un contenedor de personas compuesto por una plataforma que en sí nada dice y dos cubos aunque sean de cristal, es preciso un gran esfuerzo?

Pues intentando matizar un poco me limitaré a decir que toda obra humana de calidad es consecuencia de un constante diálogo de ajuste entre las primeras ideas que uno imagina inicialmente como solución y las posibilidades y condicionamientos que aparecen a lo largo del proceso; proceso que culminará en un resultado, una solución final perfectamente, en muchas ocasiones, imprevisible al comienzo. Por lo que lógica e inevitablemente, las primeras ideas, las que componen la primera inicial, solución, son simples y las que componen la última son complejas.

Stravinski decía: “La turbación emotiva que se encuentra en la base de la inspiración no es más que una reacción del creador en lucha con eso desconocido que debe convertirse en obra. Lo irá descubriendo eslabón a eslabón. Esta cadena de descubrimientos y cada descubrimiento en sí es lo que da nacimiento a la emoción, emoción que sigue siempre de cerca las etapas del proceso creador”.

La cuestión sería ahora: ¿Puede imaginarse algo más simple como contenedor de personas que un cubo, o dos, aunque sean de cristal?

¿Dónde están en una propuesta edificatoria de este tipo los eslabones descubiertos a lo largo del duro proceso creativo, de elaboración? ¿Son los cubos, la plataforma quizá? O dicho de otro modo: ¿Puede imaginarse que tras un largo proceso de elaboración formal, funcional, de un edificio, se llegue a la emocionada conclusión de que la mejor solución es dos cubos sobre una plataforma?

Por otro lado, ¿puede esperarse cuando un visitante de nuestra ciudad pasee por la Zurriola, una vez construido el nuevo edificio, que se sorprenda favorablemente, abandone su caminar y se dedique a la contemplación de dos cubos más bien sucios, uno de ellos enorme, mayor que una manzana? Creo que esto no sucederá.

Y sin embargo este es el test: si gusta a una mayoría el producto en cuestión es bueno, si no, no lo es.

Lo que no deja de resultar curioso, además de inadmisible, es que justamente haya sido en el presente siglo, en el que la soberanía popular se ha impuesto en todos lo aspectos de la vida del hombre, que en el arte, y en particular en la arquitectura, ésta, la soberanía no sólo no la posea sino que le haya sido arrebatada.

Julio Caro Baroja decía hace poco: “En todas partes se aplica la misma fórmula. Aquí había un olivar, aquí una viña, aquí un huerto: bloque al canto. Lo mismo en la provincia de Málaga que en la de Guipúzcoa. ¡Guerra al reino vegetal!¡Mineralicemos, todo en nombre del Progreso y de la Economía! Y lo peor es que el bloque, el suburbio no pueden reconvertirse”.

“Ahí quedan y quedarán envejecidos o reformados para peor..., una receta única: hagamos cubos y destruyamos el reino vegetal. Antes, dentro de las ciudades, además de parques y jardines había calles con árboles, como acacias, castaños, tilos, etc. Hoy nada. El constructor mineraliza todo, destruye todo lo natural y lo convierte todo en cubos. Es el verdadero cubista.

El representante más imbécil de la abstracción, el que le hace sospechar al viejo desengañado si este arte no será también un signo de imbecilidad de los tiempos modernos...”.

“Mineralicemos a troche y moche y construyamos cubos. Cubos que, en fin, no son en la forma como los de la basura, pero si iguales en contenido”.