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LOS SONIDOS DE LA NATURALEZA


“...el teatro creció a susto con el ruido de truenos que le siguió, imitados tan al natural, que parecía se desplomaba no solo aquella material arquitectura sino toda la máquina celeste”

Hado y divisa de Leónido y Marfisa
Pedro Calderón de la Barca


Desde la antigüedad se utilizaron en el teatro máquinas simples para imitar los sonidos de la naturaleza. Como espectadores del siglo XXI hemos perdido la hermosa costumbre de escuchar estos sonidos producidos en directo. Los técnicos teatrales se convertían en intérpretes de idiófonos, es decir, instrumentos musicales cuyo sonido se produce por la vibración del propio material que los componen al ser golpeado, rascado, frotado o entrechocado y llegan hasta nuestros oídos en forma de ondas. No hace tantos años, por ejemplo, que dos medios cocos y unas sonajas se utilizaban en los seriales radiofónicos para imitar el sonido de los cascos de un caballo y sus campanillas.

Es muy importante señalar que todas estas máquinas y artilugios se concibieron para ser utilizadas dentro de un escenario. Por tanto, la sonoridad de muchas de ellas respondería de forma satisfactoria bajo las condiciones acústicas de un escenario tradicional: entarimado, bajo el que se esconde el foso, y que actuaría como un tambor o caja de resonancia. Así las láminas de chapa de la maquina del trueno [cat. 10] se estrellarían estrepitosamente sobre el tablado del escenario, generando un sonido amplificado en el foso. Las estradas o galerías, que recorren el vacío del escenario sobre sus paredes perimetrales, servirían de camino para las carretillas de truenos [cat. 12-15], consiguiendo un sonido en movimiento. Además muchas de estas máquinas, como ya se ha dicho anteriormente, fueron concebidas para utilizarse de forma orquestada, unas con otras. Su ubicación en distintos lugares del escenario recrearía con mas realismo el sonido dimensional de, por ejemplo, una tormenta.

Conviene subrayar la escasez de fuentes históricas sobre máquinas de sonido -descriptivas e iconográficas- que han pervivido de la época objeto de este análisis. Con excepciones, la mayoría pertenecen a la segunda mitad del siglo XVIII y al siglo XIX. El sentido común y el tratamiento que hacen de ellas las fuentes documentales y bibliográficas del siglo XIX, hacen sospechar que estas máquinas –con su natural y lógica evolución y perfeccionamiento- se utilizaron con muy pocos cambios durante los siglos anteriores. De hecho es conocido que en la antigüedad griega ya se usaban máquinas para imitar el sonido de los truenos: la caja de los truenos. Algunas son instrumentos del folklore que se hunde en el tiempo. Como en tantos otros aspectos del teatro, otras fueron recetas de tramoyistas, ingenios que había que resolver con celeridad ante una necesidad planteada por una obra en periodo de ensayo. Desgraciadamente, por su carácter efímero, desaparecieron como la mayoría de los teatros históricos de Europa.

El tiempo y el hábito de utilizarlas las convirtieron en parte de los ajuares de todo teatro que se preciase: sabemos que el Corral de comedias de Alcalá de Henares en 1831 poseía un juego completo de máquinas de efectos: “...el llamero para figurar relámpagos; la máquina de truenos; la otra de lluvia...” (Coso, Higuera y Sanz pag. 311).

Los textos teatrales del Siglo de Oro y sus acotaciones son una fuente indirecta de información muy valiosa, especialmente de aquellas obras destinadas a representarse en Palacio, que certifican su pleno uso “normalizado” durante el Barroco. Pero las máquinas no sólo se utilizaron en representaciones cortesanas. En efecto, la audiencia de los teatros públicos (corrales de comedias) disfrutó de estos ingenios como demuestra la acotación de la tragedia La Numancia de Cervantes: “hácese ruido debajo del tablado con un barril lleno de piedras...” [cat. 11].

Se presenta una colección de dieciséis máquinas para imitar los sonidos de la naturaleza. Están construidas a escala real, reproducidas con toda fidelidad según las técnicas de construcción tradicional y completamente operativas. Su organización se ha estructurado en cuatro bloques atendiendo al tipo de sonido: viento, lluvia, tormenta y terremoto. Sirvan como un sencillo intento de acercarnos a los rumores del pasado.