ILUMINACIÓN PARA LA ESCENA
“Descubierto, pues, el teatro quedó todo
de color de cielo, con tantas luces disimuladamente artificiosas que,
sin que sus resplandores deslumbrasen, alumbraban sus reflejos”.
Andrómeda y Perseo
Pedro Calderón de la Barca
Durante siglos las representaciones teatrales se realizaron
al aire libre aprovechando la luz diurna para la escena. Pero el Sol no
discrimina entre actores y público, iluminando a todos por igual.
Como espectadores contemporáneos estamos acostumbrados a participar
de la representación desde el anonimato que proporciona
la oscuridad. La luz siempre se dirige a la escena: ya sea en lugares
al aire libre –en cuyo caso se efectúan en la noche- o bien
en recintos cerrados. Durante el Barroco se construyeron en las principales
cortes europeas teatros donde inmediatamente se comenzó a utilizar
la luz artificial para iluminar los decorados. Algunos llegaron a tener
cientos de luminarias para dar vida a una sola representación.
La luz de aceite y cera utilizada otorgaba a las representaciones un ambiente
mágico y en ligero movimiento natural, que dimensionaba la escenografía
y a los actores.
Fuentes de luz artificial y
materias primas
Para iluminar el escenario Barroco se usaron básicamente las mismas
materias primas usadas en el alumbrado doméstico: aceite para los
candiles; y cera o sebo para las velas y hachas. Se perfeccionan y adaptan
a las necesidades escénicas los recipientes que portan los combustibles
en la vida doméstica: candiles y candeleros de aire o de mesa,
palmatorias, blandones, antorchas, hachas, hachetas, linternas, lámparas
y morteretes. Por esta razón hemos considerado oportuno informar
–dedicando un apartado exclusivo- acerca del alumbrado doméstico.
Instrumentos de iluminación utilizadas en el teatro
En el teatro se intenta sacar el máximo rendimiento a los combustibles,
teniendo en cuenta la larga duración de un espectáculo o
fiesta cortesana en aquella época, y la necesidad de impresionar
al público con importantes concentraciones de puntos luminosos.
Los documentos sobre representaciones palaciegas en Madrid, (Shergold
y Varey 1982; Rich Greer y Varey 1997), revelan que en el Coliseo del
Buen Retiro de Madrid se utilizaron abundantemente durante la segunda
mitad del siglo XVII hachas de cuatro pábilos -mechas-, ocultas
en la escena, para conseguir mayor luminosidad en menor espacio. Además
las mechas de las hachas estaban impregnadas de resina para evitar que
el viento, provocado por los cambios de bastidores de las mutaciones,
las apagase.
Hemos
organizado el material dedicado a la iluminación escénica
en dos secciones atendiendo a su ubicación dentro del conjunto
del teatro. Por un lado se muestran aquellos aparatos que el público
podía ver desde la sala y que en general, como ya se dijo antes,
utilizan formas de la vida doméstica [cat. 25-28]. Estos se situaban
cerca del arco de proscenio para que su luz llegase al frente de los actores
y del decorado. Obviamente también iluminaban, en parte, la sala
de espectadores Aunque la decisión de oscurecer totalmente la audiencia
no se practica como norma generalizada hasta bien entrado el siglo XIX
con Wagner, ya se aprecian y practican, por parte de los teóricos
del siglo XVII, intenciones de resaltar con mas viveza el escenario. Por
eso se usan los huecos en el escenario –entre bastidores- para situar
luces en abundancia que otorguen todo el esplendor a la escena. Estas
luces laterales se intentan disimular para que no sean vistas desde la
sala [cat. 29-31], y se les dedica su apartado correspondiente en la organización
interna del catálogo.
Ya desde el año 1595 se utilizaron en el Teatro
Olímpico de Vicenza, construido por Andrea Palladio, centenares
de candiles de aceite, de vidrio y de hojalata [cat.29], los últimos
con varios pábilos o mechas. Permanecían ocultos en las
ventanas y en las entradas a escena del decorado permanente construido
por Scamozzi. Para proteger la madera de la escenografía y para
proyectar, por reflexión, la luz hacia la escena se dotaron de
unas chapas posteriores de hojalata.
Joseph Furttenbach, (Furttenbach 1640), propone dos tipos
de reflector o proyector teatral. En ambos la luz es lanzada hacia la
escena por una caja de metal en la que se introduce una bujía.
La superficie del proyector está trabajada en forma romboidal,
para difuminar la luz resultante. Los proyectores de Furttenbach podrían
ser utilizados desde varios puntos diferentes: como candilejas en el proscenio
del escenario, o como candilejas de bastidor, es decir en cada uno de
los segmentos de decorado que componen la perspectiva escénica.
Las candilejas de proscenio y las candilejas de bastidor serán
la principal fuente de iluminación escenográfica durante
los siglos XVI al XIX, prácticamente hasta la invención
de la luz eléctrica.
Intención estética y dramática.
Ya desde 1638 (Sabbattini 1638) se dedica especial atención a la
iluminación teatral y, lo que es más importante, a la manera
de iluminar la escena de forma volumétrica y dramática:
equilibrar las direcciones de la luz hacia el escenario balanceando las
que llegan frontales -para iluminar las caras de los actores y la escenografía-
con las laterales en una sola dirección, que aportarán volumen:
sombra y luz.
Sabbattini introduce en la escena un elemento especialmente innovador:
la posibilidad de modelar la luz en directo controlando su intensidad.
Él es el inventor de lo que consideramos el primer regulador de
intensidad de la iluminación teatral [cat. 31].
Se obvia en este catálogo una región de
la iluminación interesantísima, la de los efectos especiales
más sofisticados: fuegos en el escenario, infiernos y relámpagos.
En ese terreno se trabaja para un inmediato estudio. De momento se trata
de sentar las bases de lo que fue la iluminación básica
durante el periodo que estudiamos.
Varias generaciones de ingenieros italianos: Lotti, Fontana,
Baccio del Bianco, crearon espectáculos de primera magnitud en
la España del siglo XVII y aplicaron la tecnología luminosa
del momento. Como en el capitulo dedicado al sonido, se ha querido apoyar
el trabajo con fragmentos del Siglo de Oro español. Sirva como
ejemplo de sofisticación una de las interesantísimas acotaciones
de Triunfos de Amor y Fortuna, de Antonio de Solís, representada
en el Coliseo del Buen Retiro de Madrid en 1658:
“Al llegar el Amor a dar los brazos a Siques se oscurece
el teatro y se oyen truenos distantes, y se ven relámpagos y todos
se desvían asombrados...
Siques: Otra vez Amor me das
con las sombras en los ojos.
Coro: Ah Dios luz. ¡ La claridad
de los relámpagos ciega!”
|