El texto "Memoria, identidad y espacio" fue publicado por la Academia Canaria de la Lengua, Colección Discursos de Ingreso, Islas Canarias, 2006. __________________________________________________________________
MEMORIA, IDENTIDAD Y ESPACIO (Discurso de ingreso en la Academia Canaria de la Lengua, 28 de abril de 2006)
Iltmo. Señor Presidente de la Academia Canaria de la Lengua; Señoras y Señores miembros de la misma; Señoras y Señores:
Yo pertenezco a una generación que todavía alcanzó a ver al archipiélago justo debajo de las Islas Baleares, meciéndose en un rectángulo del mar Mediterráneo, en medio de las coordenadas meteorológicas que, tres veces al día, narraba el telediario. Por aquel entonces, la tecnología no había solucionado la pertenencia de estas islas a su lugar de origen y, desheredados del océano Atlántico, crecimos convencidos de que nuestro espacio era aquella pequeña porción cuadrangular, delimitada para más señas por unas líneas que, gráficamente, nos aislaban del resto.
Y a pesar de que los mapas y las clases de geografía lograban restituir nuestra exacta situación en el universo, no era suficiente para acallar aquel discurso mediático, repetido durante años, días tras día, en la blanda materia gris de nuestra infancia. No era bastante, no; porque aún delante de la mejor cartografía, resonaba en nuestros oídos la respuesta de los mayores, cada vez que un espíritu inquieto preguntaba por aquella extraña situación televisiva: “no cabemos en la pantalla”, nos decían. Y sin duda, no es lo mismo estar fuera de sitio que no tener espacio; lo primero es provisional o reversible; lo segundo es un drama o una catástrofe.
Yo pertenezco, también, a una hornada de criaturas que crecimos creyendo que había un Español correcto, y otro que lo era menos. Que había un léxico refinado, y otro que no era tanto; que había refranes que forjaron su prestigio en la andadura antigua del Castellano, y otros que, sin embargo, no resultaban tan distinguidos; que había expresiones legitimadas por su lugar de origen, pero que en cambio no todos los orígenes otorgan legitimidad a las expresiones; que gozábamos de una brillante historia literaria, pero que no todo el país se hallaba en ella; y que la educación y, sobre todo, el conocimiento, no eran un viaje de ida y vuelta: mientras que en las islas aprendíamos de memoria todos los ríos de España con cada uno de sus grandes o breves afluentes, el resto del país era incapaz de distinguir La Palma de Las Palmas y de Palma de Mallorca, lugares que aún hoy se confunden con frecuencia, casi un trabalenguas que parece resistírsele a no pocos compatriotas.
El poeta cubano Nicolás Guillén, hombre de isla y de una cultura largamente minusvalorada por el soberbio eurocentrismo, diría que estas cuestiones son meros “Problemas del subdesarrollo”, título de un poema suyo cuyos versos reflejan las peculiares circunstancias de las localidades ex-céntricas:
Monsieur Dupont te llama inculto, porque ignoras cuál era el nieto preferido de Víctor Hugo.
Her Müller se ha puesto a gritar, porque no sabes el día (exacto) en que murió Bismarck.
Tu amigo Mr. Smith, inglés o yanqui, yo no lo sé, se subleva cuando escribes shell. (Parece que ahorras una ele, y que además pronuncias chel.)
Bueno ¿y qué? Cuando te toque a ti, mándales decir cacarajícara, que dónde está el Aconcagua, y que quién era Sucre, y que en qué lugar de este planeta murió Martí. […]
A estas alturas de la historia, y en términos culturales, el subdesarrollo no es cuestión de incapacidad, sino de ignorancia; y aún más, no es un asunto de ineptitud, sino una torpeza del espíritu: la de aquellos que, como bien dijo Eugenio Padorno —en su discurso de ingreso a esta Academia, precisamente— rechazan “que los intercambios culturales también pueden producirse horizontalmente y en los dos sentidos”, y no exclusivamente de arriba abajo. La “democracia del espíritu”, como él mismo la llama, es más amplia que la cultura occidental y, en todo caso, más ancha que los límites de una patria. Será por eso que en este archipiélago, y a pesar de su lejanía, sabemos quién es Dámaso Alonso, aunque aún no haya cruzado el mar Pedro García Cabrera; y leemos Poeta en Nueva York, aunque en el otro lado el Crimen de Espinosa no sea noticia; y analizamos los versos livianos de Manuel Machado, aunque allá se ignore la exquisita profundidad de un Alonso Quesada.
Es la ventaja de toda periferia, cuya cultura acumulativa conoce por decreto la tradición del centro y, sumándola a la suya, la amplifica y la implementa; el centro, en cambio, por su propia naturaleza, no siente necesidad de conocer los extrarradios de su canon, ese conjunto modélico de normas o preceptos a partir del cual se ordenaron la realidad y el mundo. Y si, tal como define el Diccionario de la Real Academia, la periferia es “el espacio que rodea a un núcleo cualquiera”, no sería errado decir que las Islas Afortunadas lo son porque a su lava volcánica le tocó en suerte habitar este lugar oceánico, auxiliar e independiente, cuya marginalidad, antes que un signo negativo y triste, nos provee, por el contrario, de una posibilidad múltiple y única: la de construirnos imaginativamente, la de inaugurarnos fundando nuestro propio imaginario, en medio de un diálogo atento al latido íntimo del ser insular y a las voces planetarias que nos rodean y que nos pueblan. Ya lo insinuaba Quesada al describir el Puerto de Las Palmas: "El muelle, al llegar el ‘Limburia’ u otro trasatlántico sin clérigos de Comillas, se llena de Europa, es como si Europa misma se cortara en muchos pedazos y nos la vinieran a sembrar sobre estos arenales africanos". Y ya lo dijo también con explícita claridad Pedro García Cabrera: que no somos islas “mordiéndose la cola en un círculo de agua, sino reductos alzados con hambre de universalidad”.
Sin embargo, y a pesar de la luminosa situación estratégica del archipiélago, no debe olvidarse que la identidad insular es siempre compleja, pues sus tensiones discurren en una polaridad que necesita de un sutil equilibrio para no perecer en el aislamiento, pero tampoco en el exceso de extranjería. Es obvio que requerimos de los espejos para articular nuestro rostro auténtico, y que nos apremia el contacto con “los otros” para evitar una cultura desmayada y narcisista. Pero también es cierto que, muy a menudo, en lugar de escucharnos a nosotros mismos, y de otorgar credibilidad a nuestra propia tradición escrita y a los autores que han dibujado desde adentro el mapa de las islas, seguimos empeñados en una cultura tímida que necesita del aplauso foráneo para creerse a sí misma y que precisa del reconocimiento ajeno para sentirse legítima. No se explica, si no, esa perpetua dejadez institucional que se niega a incluir la Literatura Canaria entre los contenidos obligatorios de su enseñanza, orillándola en materias optativas o en los llamados “contenidos transversales”, como si nuestra tradición fuera un eco colateral de nuestra historia y no el eje central de un pensamiento propio. Ni se explican, tampoco, otros síntomas sociales que mucho tienen que ver con el escaso aprecio a nuestros valores singulares y con la falta de estima hacia las raíces más elementales de nuestra idiosincrasia: me refiero, por ejemplo, a la devastación de nuestro paisaje, a la conversión de nuestras costas en amasijos despersonalizados de hormigón y de cemento, o a la planificación de ciudades que, pudiendo abrirse a la infinitud del horizonte, parecen tristemente abocadas a dar la espalda al océano.
No deberíamos engañarnos por más tiempo: la valoración de nuestra identidad, y la consideración y el respeto hacia nuestro espacio, empiezan por la valoración de nuestra cultura y por el conocimiento de nuestra tradición literaria, porque no hay que olvidar que, en una civilización como la nuestra, el conocimiento se erige sobre las bases del lenguaje, de la representación y del discurso ¿Cómo podrían, entonces, conocernos los otros, si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos? Y más aún, tampoco deberíamos olvidar que nociones como reputación, autoridad o prestigio, se fraguan en la tenacidad de los discursos, porque ellos son los responsables de nuestra imagen del mundo. Nuestra visión de la realidad depende de las artes que nos han influenciado y, por ello, también nuestra idea del espacio, nuestra imagen de ciudades, países y territorios, está fuertemente condicionada por la cultura y por los discursos artísticos, de ahí que Oscar Wilde, por ejemplo, señalara que las famosas nieblas de Londres no se deben a un fenómeno atmosférico, sino más bien a la pintura impresionista, que las impregnó de un modo indeleble con su sustancia prodigiosa y mítica:
"En la actualidad, la gente ve nieblas no porque haya tales nieblas, sino porque los poetas y los pintores le han enseñado la misteriosa belleza de sus efectos. Es muy posible que desde hace siglos haya habido nieblas en Londres. Sí, seguramente las ha habido. Pero nadie las veía […] Hasta que el Arte las inventó, puede decirse que no empezaron a existir."
Asimismo, uno de nuestros lúcidos vanguardistas, Agustín Espinosa, consciente de que todo proceso imaginario se apoya en una geografía legendaria, en un territorio fraguado en la profundidad de las operaciones artísticas, ya advirtió que lo que salva a un pueblo es la creación de “una mitología conductora”, un “clima poético donde cada pedazo de pueblo, astro o isla, pueda sentarse a repasar heroicidades”, una literatura, en fin, “que imponga su módulo vivo sobre la tierra inédita” y su imborrable huella psíquica en el conjunto de nuestro imaginario colectivo. Sabe que vemos la India a través de los ojos de Camoens, o Grecia a través de Virgilio, o la Roma que fabricó Homero, de ahí su sentencia inapelable: “Una tierra sin tradición fuerte, sin atmósfera poética, sufre la amenaza de un difumino fatal”.
Ciertamente, los beneficios del arte son incalculables. Y quizás todavía no hayamos reparado lo bastante en la importancia de nuestra historia literaria como un factor decisivo no sólo en la construcción de nuestro espíritu colectivo, sino en el incremento de nuestra propia autoestima. En un pueblo inhibido y —por qué no decirlo— cuyos complejos continúan siendo notorios, sigue siendo urgente la tarea de articular nuestro discurso y de hacerlo a través de la voz de nuestros autores, en cuyas letras hay alimento suficiente para fortalecer nuestra sensación de pertenencia y nuestro compromiso con la singularidad luminosa de nuestro archipiélago. Y es que, pasados ya los siglos en los que la nación se confundía con los límites cartográficos del territorio, hoy sabemos que los nacionalismos no se sustentan tanto en ideologías políticas como en grandes sistemas culturales, de ahí el rol decisivo que desempeñan los discursos artísticos, la textualidad, la enunciación y la escritura como poderosas estrategias en el establecimiento y la conformación de los espacios-naciones. Los estados modernos, las modernas naciones, no recrean sus territorios a través de mapas y de cartografías, sino a través de medios ideológicos, del lenguaje y la difusión de sus representaciones, hasta el punto de que a la hora de articular la invención de una comunidad, la creación de una literatura canónica resulta ser uno de los mecanismos más arraigados y populares:
"Construir la nación —señala Anthony D. Smith— es más una cuestión de diseminar representaciones simbólicas que de forjar instituciones culturales o redes sociales. Aprehendemos los significados de la nación a través de las imágenes que proyecta, los símbolos que usa y las ficciones que evoca en novelas, obras de teatro, poemas, óperas, baladas, panfletos y periódicos."
Por eso, en estos tiempos en que el proceso de globalización lamina las subjetividades particulares y locales, es más urgente que nunca releer nuestra historia, conocer a nuestros clásicos, profundizar en las piedras angulares de nuestro pensamiento, para no difuminarnos hasta desaparecer en la falsa homogeneidad planetaria. Configurar, en fin, la tradición literaria insular, tomar conciencia plena de esa misma tradición, embarcarse de una vez por todas en la postergada tarea de editar o reeditar los textos insoslayables de nuestros autores, de elaborar con ellos nuestra teoría cultural, de difundirlos en cada rincón del archipiélago, de instalarlos, definitivamente, en el alma de sus lectores y ciudadanos.
Alojar en nuestro espíritu el bagaje de la literatura insular no sólo es provechoso para conectar con los orígenes de nuestro ser más íntimo y profundo, sino también para afrontar nuestro diálogo universal bien anclados en las raíces de esta región que habitamos, armonizando —como dijera Juan Manuel García Ramos— las tensiones entre “los otros” y “nosotros” en medio del rico océano de voces de la atlanticidad. Del mismo modo, ese ejercicio espiritual resultará sin duda saludable para actualizar en el presente algunos de los instantes luminosos de nuestra tradición, cuyos mensajes ofician hoy como un norte inteligente de estima y consideración hacia el espacio de estas islas.
Así, es preciso retomar con Cairasco de Figueroa la “Selva de Doramas”, celebrando “las palmas altísimas mucho más que de Egipto las pirámides que los sabrosos dátiles producen a su tiempo y dulces támaras”. Amar, como Antonio de Viana, los términos que nombran la realidad de estas islas —“lentiscos, barbusanos, palos blancos, viñátigos y tiles, hayas, brezos, acebuches, tabaibas y cardones”— o en su mito de Dácil recordar nuestra condición insular y mestiza al mismo tiempo. Subirnos al Teide con Graciliano Afonso o el Vizconde del Buen Paso. Asegurar la continuidad de los símbolos sobre los que hemos erigido nuestra memoria colectiva, y hacerlo acompañados de Ventura Aguilar o Nicolás Estévanez. Reconocer la rara belleza de nuestra aridez en Mararía o en las blancas salinas de Espinosa. Apreciar nuestras piedras como si fueran “chácaras del silencio”, tal como las definió García Cabrera. Porque nuestras metáforas de la tierra influyen en nuestro modo de tratarla, y quizás sólo el arte pueda, a estas alturas, contener la ruina de un paisaje que no es sólo el escenario nativo, sino la realidad psicogeográfica sobre la cual edificamos nuestro modo de ser, los cimientos naturales de nuestra identidad.
Como poeta y botánico al mismo tiempo, ya se lamentó Viera y Clavijo, testigo de la tala desastrosa que acabó con la mítica “Selva de Doramas”: “Montaña de Doramas deliciosa, Quién robó la espesura de tus sienes? ¿Qué hiciste de tu noble barbusano? […] Yo vi el honor y gloria de tus tilos caer sobre tus fuentes”. Y de esa misma utilitaria filosofía que hiciera añicos la leyenda de Cairasco, habló también la prosa de Quesada, fino cronista de una especie insular que parece extenderse hasta nuestros días:
"El exportador insular es un tipo único en el orbe. […]Endiosado como un indiano, más rural y menos listo, nada sabe más que abonar, de un modo primitivo, sus platanales. Toda su estética se reduce al modelado de su huacal y toda su emoción es abrir el sobre de Houghton, de Yeoward o de Swanston que les trae la cuenta de venta británica. La ciudad entera está gobernada por ellos, que la han sembrado de su repugnante filosofía. Un exportador isleño no nace; se hace del propio abono de sus plátanos y va surgiendo de la tierra a trozos lentos. Él vive y se reproduce para su banana."
Es evidente que, aunque el paso de los años ha ido sustituyendo la banana por el cemento, el mensaje de Quesada sigue intacto, erigiéndose implacable por las costas y paisajes del archipiélago. Y no han bastado siquiera los elogiosos comentarios de Humboldt hacia la naturaleza canaria, ni el maravillado homenaje de André Breton en su ascensión y encuentro con el Teide, discursos ajenos que alguna vez legitimaron la singular belleza de estos parajes y que también forman parte de nuestro olvidado patrimonio colectivo. Nada ha sido suficiente porque, en el fondo, y salvo excepciones, poco hemos hecho todavía por conocernos, por difundir nuestra palabra y acomodar nuestra tradición en el espíritu de las tantas generaciones que han vivido en las islas.
Nuestra afamada posición tricontinental nos ha provisto de un fértil universo al que abrirnos en busca de lo nuevo, un territorio ilimitado con el que han dialogado, precisamente, los creadores e intelectuales más lúcidos y brillantes del archipiélago. Pero la fecundidad de ese diálogo con el otro no debe hacernos desoír lo vernáculo, ni infravalorar lo propio, ni volver la espalda a nuestra historia. Así lo entendió nuestra destacada generación vanguardista, aquel conjunto de sabios equilibristas que en el viaje hacia “los otros” se encontraron a sí mismos:
"Canarias —escribió García Cabrera— ha de imantarse primero en el cuadro de valores de la cultura de nuestro tiempo, ha de sentir las palpitaciones de ahora en toda su amplitud, solidarizándose con las corrientes, métodos y contenido de la época a fin de que su creación tenga unidad y sea actual. Esta etapa previa hay que buscarla fuera de casa para encontrar después nuestras islas con la profundidad de un hogar."
Desde aquellos antiguos telediarios que señalé al principio de estas páginas han pasado ya muchos años, y al fin la tecnología resolvió nuestra posición en el mapa, restituyendo nuestra presencia en el Océano Atlántico. Ya no somos un breve aditamento situado en aquel recuadro a la derecha de la península ibérica, por encima de las costas de África, bañado siempre por aguas mediterráneas. Sin embargo, todavía no hemos vuelto al hogar ni conocemos con profundidad nuestro espacio. Sigue siendo insuficiente el esfuerzo humano e institucional por instruirnos en nuestras señas colectivas, por restaurar nuestra memoria y fortalecer el conocimiento de nuestra historia literaria. Y sumarme a ese esfuerzo será, precisamente, mi compromiso con esta noble institución que hoy me abre las puertas.
ALICIA LLARENA Las Palmas de Gran Canaria, 28 de abril de 2006
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