Sombrero
Estaba hecho de lona y era un sombrero vulgar, un poco ridículo, ala corta, muy corta, tal vez no merecía que se le llamara sombrero porque sombra, desde luego, no daba, sólo la protección de una copa amorfa y fofa, jaja , ¿he dicho de qué color era?, bah, no importa, creo que era acromático, era un sombrero un tanto soso, ya os digo. Lo compré con el cupón de una revista, 4.990 pesetas, IVA incluido, gastos de envío aparte. El cupón no preguntaba por la talla, así que se suponía que el sombrero tenía una misteriosa capacidad de adaptarse a cualquier perímetro o sencillamente a algunos les taparía la frente y a otros no.
No sé por que cuento esto, porque, la verdad, no me vais a creer, seguro que pensaréis que estoy inventando, lo mismo que Atha cuando dijo que los trilobites solo existían en mi pluma, se los tuve que enseñar cuando pasó por Madrid. Además yo no tengo la imaginación de Eva que teje así, sobre la marcha, como el que hace ganchillo, una constelación de mundos imaginarios donde me pierdo alucinado.
La cosa es que recibí mi sombrero ridículo contra reembolso, allí en una aldea de Galicia, donde vivía antes. Todavía recuerdo el día que me entregó el aviso postal la cartera del pueblo, enfundada en un enorme chubasquero azul, casi navegando con una pequeña moto amarilla sobre los charcos de la corredoira , azul y amarillo, los dos únicos colores que podían apreciarse en un aburrido y gris día de lluvia.
Lo más curioso no fueron los extraños sucesos que acontecieron después que el sombrero fue a parar a mis manos, lo más curioso de todo es que nunca supe por qué me decidí a comprar un sombrero que no necesitaba, que ni siquiera me gustaba, y además por correo.
Estuvo mucho tiempo arrinconado en el armario porque, ya os digo, nunca supe porqué compré aquel sombrero que ni me gustaba ni necesitaba. Fue en la sardiñada de San Juan, hace dos años, cuando, después de pasar la noche más corta del año, como de costumbre, comiendo sardinas con pan de maíz y viño xove, después de la cena y de las canciones, cuando ya todos se habían ido, fue entonces cuando me quedé dormido en el jardín con el sombrero encajado hasta las cejas, bajo las estrellas esperando que transcurrieran las pocas horas que faltaban para la salida del sol.
En un duermevela oí varias veces mi nombre y algo así como "te vas a quedar frío" Recuerdo esa noche, bueno creo que la recuerdo porque la realidad se volvió volátil e incierta. Recuerdo el sueño, un sueño intenso, de esos que no sabes si es un sueño o si lo que pasa de verdad te está pasando, no sé si me explico, esa clase de sueños que te hacen ser muy feliz o muy desgraciado porque eres muy consciente de lo que está ocurriendo, sueños que te pueden hacer llorar de tristeza o de angustia.
La noche de San Juan en Galicia, como en otras regiones de influencia celta es una noche mágica, noche dionisiaca, de hogueras, rituales, conjuros y hechizos, tiempo de purificaciones contra el meigallo. Entonces pensaba que tal vez había sido el embrujo de esa noche o quizás el aguardiente, o las dos cosas combinadas lo que propició aquel extraño sueño. Soñé, bueno, no sé, creo que no debo contarlo ahora. Por aquellas fechas se lo conté a una amiga de la Casa del Té que no me hizo mucho caso, creo que tengo fama de fantasioso, en fin, sigo con el relato.
Aquella noche no supe si fue la intensidad del sueño o una ráfaga de aire frío lo que me despertó sobresaltado, desconcertado cuando vi que el viento se había llevado el sombrero hasta el pie de un manzano al lado de un viejo pozo, el mismo árbol y pozo que también aparecía en el sueño.
Lo estoy viendo claro y nítido, tan claro y nítido como la pantalla donde ahora escribo esto.
Antes de construirse la urbanización donde yo vivía, en aquel lugar estuvieron enclavadas dos casas, números 8 y 7, que fueron totalmente derruidas el terreno que en su día se destino a labradío y huerta. El solar fue adquirido por la constructora al Obispado puesto que la antigua propietaria, ahora difunta, dejo en herencia todo sus bienes al cura párroco. Del uso anterior sólo, sobrevivieron dos magnolios, un camelio, dos frutales, cuatro pinos y el pozo.
Yo nunca he vivido hechos paranormales pero, claro, después de que varias veces, al pasar por allí el sombrero volase de mi cabeza para posase junto al pozo al pie del manzano empecé a inquietarme.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando la última vez que me puse aquel sombrero horrible percibí como a cámara lenta como se desprendía de mi cabeza y volaba hasta su repetido destino.
Los sueños son a mi juicio la llave para liberar ciertas funciones mentales que tenemos y que no utilizamos en estado de vigilia. Son también, creo yo, un enlace con el subconsciente colectivo en la medida que nuestro cerebro está impregnado de un substrato común a nuestra especie donde reside la constelación de símbolos y claves para percibir lo que acontece en nuestro mundo entorno.
Los estados de la mente y la percepción del mundo circundante a partir de determinado estados de consciencia de la mente son un campo mínimamente explorado. En Galicia hay testimonios de gente con nombre y apellidos que afirma haberse cruzado con la Santa Compaña o haber mantenido conversaciones con espíritus.
Aquella noche de San Juan, el próximo viernes cumplirán los dos años, soñé que del pozo junto al manzano salía una voz, casi un quejido que repetía sólo dos palabras: "tengo frío..., tengo frío...".
Probablemente Mar, Mili y Lalú esperan que en esta cuarta entrega del relato voy a desvelar como llegué al descubrimiento de un horrible secreto que permanecía oculto junto al pozo gracias a mi sombrero que, desafiando toda lógica, se empeñaba en señalar ese lugar. Probablemente si yo hubiera seguido con mis investigaciones habría llegado finalmente a descubrir que dentro del pozo hay un cadáver. Pero mis queridas amigas Mar, Mili y Lalú, no tengo el valor necesario para averiguar si realmente allí, bajo el agua, hundido en el fango del pozo, está el cadáver del marido adultero. No tengo el valor y quiero pensar que todo ha sido algo que ha creado mi mente proclive a fantasías y elucubraciones. A riesgo de haberos defraudado doy por finalizado el relato, no sin antes confesar que nunca más volví a beber agua del pozo.