Sencilla oración

Anoche, en la cama, quise rezar pero no me salía, era una sencilla plegaria solicitando ayuda para otra persona, una de esas oraciones que rezaba cuando era niño, pidiendo ayuda para aprobar un examen o para que se obrase algún milagro doméstico. Y no me salía, no porque no recordase la oración, no, la dificultad venía por la conceptualización del destinatario, quiero decir por la dificultad de construir la idea de Dios. Tal vez había perdido la costumbre de enviarle mensajes telepáticos. Toda habilidad puede perderse por falta de entrenamiento. El caso fue que tuve que hacer un considerable esfuerzo intelectual para recomponer el concepto de Dios, para moldear la idea de ese misterioso ser, tres en uno, el Dios de los cristianos, un Dios que, según dicen sus ministros quema a los pecadores y premia a los buenos con su contemplación. Amar y hablar con ese Dios se parece, salvando las distancias, a hablar con alguien en la red, a amar a alguien en la red. Alguien con quien intercambias mensajes pero no conoces físicamente. Se puede llegar a amar a ese alguien. Es una habilidad que tenemos los humanos, una capacidad para la abstracción y para el símbolo. Algo tan trascendental que posibilitó la evolución y el progreso del ser humano. Tuve que hacer esfuerzos para conectar con mi interlocutor, con Dios, pero al final lancé la plegaria a mi idea de Dios. No sé si la escuchó, ni si la consideró, ni lo que decidió, ni lo que hizo. Tampoco sé si la chica aprobó el examen.