Jerico

Hace días, medio aburrido, medio agobiado por el calor, encontré, entre ficheros antiguos, el final de un relato que había escrito hace años para un foro en la red. Lo extraño es que sólo estaba el final. Intenté reconstruir la historia desde el principio pero mi memoria, una vez más, volvió a traicionarme. Movido por no sé que extraña curiosidad busqué y busqué en carpetas y archivos. Sólo estaba el final, este final:

" Cuando los israelitas destruyeron Jericó, las murallas, la Casa del Agua y el resto de edificaciones quedaron reducidos a montones de barro, escombros y cenizas. Todos sus habitantes murieron, sólo Rahab la ramera traidora y su familia se salvaron porque así lo dispuso Yahvé. Ante las ruinas de Jericó el rey de los israelitas dijo: Maldito de Yahvé quien se ponga a reedificar esta ciudad. Desde el siglo pasado arqueólogos de todo el mundo han excavado en Palestina en busca de las ruinas. A comienzos de este siglo los arqueólogos alemanes Sellin y Watzinger descubrieron la doble muralla. Posteriormente arqueólogos italianos han continuado los trabajos. Después de meses de excavaciones, Lorenzo, uno de los arqueólogos contratados por la Universidad La Sapienza de Roma, ha localizado los restos de la puerta y la fuente central de Jericó en los antiguos territorios ocupados por Israel en el año 1967 y devueltos recientemente. Entre la tierra donde estaba enterrada la fuente de la Casa del Agua, Lorenzo ha encontrado una anillo con un extraño sello, dos serpientes entrelazadas que se muerden entre sí "

Una mañana, algunos días después, justo después de despertarme y casi sin querer, abrí la Biblia. Sorprendentemente, entre sus páginas, apareció escrito en un papel cuadriculado lo que parece era el comienzo del relato:

" Hace diez milenios comenzó a construirse Jericó, la primera ciudad fortificada de la historia, probablemente la primera ciudad construida por el hombre. Sólo la traición y el hérem permitió a los israelitas franquear su puerta de tres metros de ancho en un punto de difícil acceso. La ciudad tenía una gran fuente de agua central cuyo origen precedía en el tiempo a Jericó. Ésta comenzó a construirse alrededor de un antiguo oasis. La fuente, circundada por una muralla propia, era el lugar público y cotidiano de reunión. Todos los días del año las tribus acudían allí a beber agua compartiendo abrevadero con las bestias. En una época en la que no existía ni siquiera la cerámica, bebían el agua en sus propias manos entre risas, discusiones y también susurros. No se sabe muy bien cuando aquella fuente, con vida propia al margen de la ciudad, donde todos bebían, hombres y animales, empezó a llamarse la Casa del Agua "

 

Un día releyendo el relato incompleto ocurrió como si de pronto me hubiera reencontrado con aquel día que lo escribí por primera vez. Me pasó algo muy curioso....estaba leyendo y me llegó un pensamiento, una sensación de futuro...como si el tiempo se hubiera adelantado ...y estuviera leyendo lo que había vivido en el pasado desde el futuro......es difícil de explicar....y puede que inútil.... También recordé que en aquel relato ocurría un asesinato.

Sin motivo, que yo sepa, el relato me estuvo rondando día y noche hasta que sin poderlo evitar me puse a escribir. Recordé de pronto que así era, en la historia, alguien se había echado sobre su enemigo con una espada y le había segado la garganta. Y vi como por el tajo, en poco tiempo, a borbotones, se vaciaron las arterias de la víctima. La fuente de la Casa del Agua fue por unos momentos un gran charco rojo. No recuerdo cual fue la causa de la reyerta, tal vez una mujer, no sé.... Los primeros pobladores de la Casa del Agua practicaban la poliandria, probablemente porque escaseaban las mujeres. Salían a guerrear como mercenarios y regresaban a la Casa del Agua con mujeres como botín de guerra.

Pensé en el anillo que encontró Lorenzo en la ruinas de Jericó entre la tierra donde estaba enterrada la fuente de la Casa del Agua. Aquel extraño sello con dos serpientes entrelazadas que se muerden entre sí, en mi opinión, representaba las dos fuerzas presentes en todas las religiones, dos fuerzas que se neutralizan una a otra, el yin y el yang. Las dos serpientes se inmovilizan una a otra, sus fuerzas se neutralizan, si ese equilibrio desapareciera una de las dos, o las dos harían demostración de su poder.

El dios de los cananeos era "Él", "el creador de las cosas creadas", "Él" es también Jahvé el Dios de los israelitas, "el que hace caer". Los dos son dioses violentos y vengadores, los dos son el mismo dios pero personificados en fuerzas antagónicas, Jahvé es la fuerza que destruye Jericó. Creo que cuando una ciudad como Jericó o Tebas o Hiroshima son borradas de la faz de la tierra, una de las dos fuerzas se ha liberado. Rahab, la ramera traidora, algo tuvo que ver con eso, sus ojos, la fuerza de su mirada revelan extraños poderes, la práctica de secretos rituales. Rahab era una ramera, pero no sólo eso, era también una bruja.

Los espías que envió el hijo de Nun sabían de sus poderes. El rey de Jericó también los conocía porque con anterioridad los había utilizado para sus fines y por eso envió a decir a Rahab: "Saca a los hombres que han venido a ti, y han entrado a tu casa; porque han venido para espiar toda la tierra". Pero la bruja contestó al rey: "Es verdad que unos hombres vinieron a mí, pero no supe de dónde eran. Y cuando se iba a cerrar la puerta, siendo ya oscuro, esos hombres se fueron, y no sé a dónde han ido; seguidlos aprisa, y los alcanzaréis". Pero ella los había escondido y ya había sellado una alianza con los israelitas y con su Dios. Nunca sabremos cual fue el móvil de la traición a su dios y a su pueblo. Lo cierto es que Yahvé, un dios celoso, que castiga a los padres y a los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que le odian, obtuvo la ayuda de Rahab.

Durante el solsticio del verano todos los rincones de la Casa del Agua se llenaban de bullicio y alegría. De las puertas de las casas, abiertas de par en par, entraban y salían hombres y mujeres que bebían vino y sidra y su corazones se ensanchaban por el júbilo y el placer. Los tambores no dejaban de sonar desde la salida a la puesta del sol. Los moradores del oasis cantaban acompañados de cítaras, arpas, flautas, panderetas, cuernos y tambores. Y cuando a la caída del sol los tambores se callaban, en el silencio de la noche estrellada, hombres y mujeres intercambiaban canciones, sin acompañamiento de instrumentos, canciones que eran como dulces lamentos lanzados desde las azoteas de la ciudad. Y la noche y los lechos se llenaban de olor a alheña y aloe.

Durante siglos, milenios, la tradición continúo hasta que la Casa del Agua, un lugar que había comenzado con un círculo de piedras alrededor de una fuente se convirtió en la envidiada Jericó la primera y más grandiosa ciudad conocida.

Fue en una de esas fiestas cuando Rahab tuvo esa sensación de futuro, la misma sensación que todos alguna vez hemos sentido, una sensación como de dejà vú, como si el tiempo se hubiera adelantado y estuvieramos leyendo lo que habíamos vivido en el pasado desde el futuro. Vio derribada la puerta de su ciudad y la desolación entre los escombros. Hombres y bestias degollados entre las cenizas. Casas y templos destruidos, la ciénaga en el lugar de la fuente. Y no pudo evitar llorar con amargura durante toda la noche mientras escuchaba la dulce tristeza de las canciones. Rendida por el cansancio, en el duermevela que precede al sueño, escuchó que alguien la llamaba,

Rahab....., Rahab...., Rahab.....

Miró hacía donde alguien pronunciaba su nombre y vio, o le pareció ver, a un hombre con una espada deslumbrante en la mano que dijo ser un príncipe de Yahvé. Recordó de pronto que era el mismo hombre que había degollado al refugiado en la fuente, aquel extranjero que se había refugiado en Jericó por haber matado a alguien, para protegerse del vengador de sangre. Recordó también como le había rebanado el cuello como a un cordero y como la fuente estuvo durante un tiempo teñida de rojo.

Y el hombre de la espada habló a Rahab de la alianza de su Dios con los israelitas. Le habló también de los espías que esa misma noche la visitarían a los que debía debía proteger y esconder. Le dijo que todos los habitantes de la ciudad, hombres, mujeres, niños y ancianos serían pasados por la espada de los israelitas. Y el ganado también. Y los objetos de oro, plata, hierro y bronce pasarían a engrosar el tesoro de Yahvé. Sólo el anillo de las dos serpientes podría ser conservado por Rahab.

Cuando el hombre de la espada reluciente se fue, durante unos instantes, un silencio ensordecedor invadió la ciudad, las canciones cesaron, la llanura enmudeció y la luna durante unos instantes se tiñó de rojo. Las murallas de Jericó, los ánimos de aquellas víctimas de Yahvé habían comenzado a derrumbarse. Rahab vio, o le pareció ver, como una de las serpientes del anillo se movía....