El sombrero

por Franci§co
Estaba hecho de lona y era un sombrero vulgar, un poco ridículo, ala corta, muy corta, tal vez no merecía que se le llamara sombrero porque sombra, desde luego, no daba, sólo la protección de una copa amorfa y fofa, jaja, ¿he dicho de qué color era? bah, no importa, creo que era acromático, era un sombrero un tanto soso, ya os digo. Lo compré con el cupón de una revista, 4.990 pesetas, IVA incluído, gastos de envío aparte. El cupón no preguntaba por la talla, así que se suponía que el sombrero tenía una misteriosa capacidad de adaptarse a cualquier perímetro o sencillamente a algunos les taparía la frente y a otros no.
No sé por qué cuento esto, porque, la verdad, no me vais a creer, seguro que pensaréis que estoy inventando.
La cosa es que recibí mi sombrero ridículo contra reembolso, allí en una aldea de Galicia, donde vivía antes. Todavía recuerdo el día que me entregó el aviso postal la cartera del pueblo, enfundada en un enorme chubasquero azul, casi navegando con una pequeña moto amarilla sobre los charcos de la corredoira, azul y amarillo, los dos únicos colores que podían apreciarse en un aburrido y gris día de lluvia.
Lo más curioso no fueron los extraños sucesos que acontecieron después que el sombrero fue a parar a mis manos, lo más curioso de todo es que nunca supe por qué me decidí a comprar un sombrero que no necesitaba, que ni siquiera me gustaba, y además por correo.
Estuvo mucho tiempo arrinconado en el armario porque, ya os digo, nunca supe por qué compré aquel sombrero que ni me gustaba ni necesitaba. Fue en la sardiñada de San Juan, hace dos años, cuando, después de pasar la noche más corta del año, como de costumbre, comiendo sardinas con pan de maíz y viño xove, después de la cena y de las canciones, cuando ya todos se habían ido, fue entonces cuando me quedé dormido en el jardín con el sombrero encajado hasta las cejas, bajo las estrellas esperando que transcurrieran las pocas horas que faltaban para la salida del sol. En un duermevela oí varias veces mi nombre y algo así como "te vas a quedar frío".
Recuerdo esa noche, bueno, creo que la recuerdo porque la realidad se volvió volátil e incierta. Recuerdo el sueño, un sueño intenso, de esos que no sabes si es un sueño o si lo que pasa de verdad te está pasando, no sé si me explico, esa clase de sueños que te hacen ser muy felíz o muy desgraciado porque eres muy consciente de lo que está courriendo, sueños que te pueden hacer llorar de tristeza o de angustia.
La noche de San Juan en Galicia, como en otras regiones de influencia celta, es una noche mágica, noche dionisíaca, de hogueras, rituales, conjuros y hechizos, tiempo de purificaciones contra el meigallo. Entonces pensaba que tal vez había sido el embrujo de esa noche o quizás el aguardiente, o las dos cosas combinadas, lo que propició aquel extraño sueño. Soñé, bueno, no sé, creo que tengo fama de fantasioso, en fín, sigo con el relato.
Aquella noche no supe si fue la intensidad del sueño o una ráfaga de aire frío lo que me despertó sobresaltado, desconcertado cuando vi que el viento se había llevado el sombrero hasta el pie de un manzano al lado de un viejo pozo, el mismo árbol y pozo que también aparecían en el sueño. Ahora lo estoy viendo claro y nítido como la pantalla donde estoy escribiendo esto.
Nunca he tenido experiencias paranormales pero, claro, después de que varias veces, no sé, tres o cuatro, el sombrero reiteradamente acabara siendo arrastrado por una corriente de aire frío hasta el pozo, empecé a preocuparme. La última vez que ocurrió, la ráfaga de viento helado me produjo un profundo esalofrío que recorrió mi cuerpo desde la cabeza a los pies. A partir de ese día decidí no ponerme nunca más el sombrero.
En aquel lugar, antes de construirse la urbanización donde yo vivía estuvieron enclavadas dos casas que fueron totalmente derruídas. El terreno que en su día se destinó a labradío y huerta fue adquirido por la constructora al Obispado. La antigua propietaria, ahora difunta, había dejado en herencia todos sus bienes al cura párroco. Del uso anterior solo sobrevivieron dos magnolios, un camelio, dos frutales, cuatro pinos y el pozo. Así está inscrito en el Registro de la Propiedad, y así debió ser. Todo esto lo averigüé movido por el extraño comportamiento de mi sombrero volador.
Hablando con los vecinos más antiguos supe que en las dos casas vivieron dos hermanas, una casada y la otra soltera. Las malas lenguas hablan de relaciones adúlteras entre el marido de la casada y la hermana soltera. Un día, sin previo aviso, el hombre desapareció, nunca se volvió a saber de él. Al poco tiempo, la mujer soltera enfermó. No volvió a levantarse de la cama hasta que la llevaron al cementerio junto a la Iglesia.
Los sueños son a mi juicio la llave para liberar ciertas funciones mentales que tenemos y que no utilizamos en estado de vigilia. Son también, creo yo, un enlace con el subconsciente colectivo en la medida que nuestro cerebro está impregnado de un substrato común a nuestra especie donde reside la constelación de símbolos y claves para percibir lo que acontece en nuestro mundo entorno. Los estados de la mente y la percepción del mundo circundante a partir de determinado estado de consciencia, son un campo mínimamente explorado. En Galicia hay testimonios de gente con nombre y apellidos que afirma haberse cruzado con la Santa Compaña o haber mantenido conversaciones con espíritus.
Aquella noche de San Juan, el próximo viernes cumplirá los dos años, soñe que del pozo junto al manzano salía una voz, casi un quejido que repetía solo dos palabras "tengo frío...... tengo frío......".
Probablemente el lector espere que desvele como llegué al descubrimiento de un horrible secreto que permanecía oculto junto al pozo gracias a mi sombrero que, desafiando toda lógica, se empeñaba en señalar ese lugar. Probablemente si yo hubiera seguido con mis investigaciones habría llegado finalmente a descubrir que dentro del pozo hay un cadáver. Pero no tengo el valor necesario para averiguar si realmente allí, bajo el agua, hundido en el fango del pozo, está el cadáver del marido adúltero. No tengo el valor y quiero pensar que todo ha sido algo que ha creado mi mente proclive a fantasías y elucubraciones.
A riesgo de haberos defraudado, doy por finalizado el relato, no sin antes confesar que nunca más volví a beber agua de aquel pozo.
Fin